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domingo, 31 de julio de 2016

SOBRE LA LECTURA E INTERPRETACIÓN DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS




“Para eso puso Dios en la Iglesia doctores, para que interpreten las Escrituras y la interpretación de las palabras es uno de los carismas del Espíritu Santo como enseña Pablo en I Cor. 12,10 y 14,26”.

Cornelio a Lápide



“Para indagar y comprender los sentidos de la Escritura es necesaria una vida recta, un ánimo puro y la virtud que sea según Cristo, a fin de que la mente humana, corriendo por el camino de El, pueda conseguir lo que busca, en cuanto es concedido a la mente humana penetrar las cosas de Dios”.

San Atanasio



“Las Escrituras reclaman ser leídas con el espíritu con que han sido escritas: con ese espíritu se entienden”

San Bernardo



“La inteligencia de las Escrituras ha de buscarse no tanto revolviendo comentarios de intérpretes cuanto limpiando el corazón de los vicios de la carne, expulsados los cuales, pronto el velo de las pasiones cae de los ojos y empiezan éstos a contemplar, como naturalmente, los misterios de las Escrituras”


Abad Teodoro

jueves, 3 de diciembre de 2015

"ALZAOS Y ACTUAD"




“Hermanos, como custodios de los misterios de Dios, alzaos y actuad. Vosotros que veis ante vuestros ojos la devastación que otros están perpetrando”.


San Atanasio, “Patrología griega”, XXVII, 219.

domingo, 4 de octubre de 2015

LA VERDAD Y EL NÚMERO – SAN ATANASIO





Homilía de San Atanasio contra los que consideran
al número como prueba de la verdad
o que no juzgan de la verdad sino por el número


De Dios debemos esperar la fuerza y las luces necesarias para combatir la mentira y el error y a Él recurriremos para obtenerlas. Él es el Dios de la Verdad, Él nos ha sacado del seno del error y de la ilusión, Él nos dice en el fondo del corazón: "Yo soy la Verdad", Él sostiene nuestra esperanza y anima nuestro celo, cuando nos dice: “Tened confianza, Yo he vencido al mundo”.

Después de eso, ¿cómo no sentir compasión por los que sólo miden la fuerza y el poder de la Verdad por el gran número? ¿Han olvidado, por consiguiente, que Nuestro Señor Jesucristo no eligió sino doce discípulos, gentes simples, sin letras, pobres e ignorantes, para oponerlos, con una misericordia totalmente gratuita, al mundo entero y que no les dio, como única defensa, sino la confianza en Él? ¿Ignoran acaso que les dio como instrucción a estos doce enviados, no el seguir al gran número, y a esos millones de hombres que se perdían, sino ganar a esa multitud y comprometerla a seguirlos? ¡Cuán admirable es la fuerza de la Verdad! Sí, la Verdad es siempre vencedora, aunque no esté sostenida sino por un número muy pequeño. 

No tener otro recurso sino el gran número, recurrir a él como a una muralla contra todos los ataques, y como a una respuesta para todas las dificultades, es reconocer la debilidad de su causa, es convenir en la imposibilidad en que se está de defenderse, es, en una palabra, reconocerse vencido. 

¿Qué pretendéis, en efecto, cuando nos objetáis vuestro gran número? ¿Queréis como en otro tiempo, levantar una segunda Torre de Babel, para tener a raya a Dios y atacarlo en caso de necesidad? ¡Qué ejemplo el de esa multitud insensata! 

Que vuestro gran número me presente la Verdad en toda su pureza y su brillo, estoy dispuesto a rendirme y mi derrota es segura; pero que no me dé como prueba y razón nada más que su propio gran número y su autoridad: es querer causar terror y dar miedo, pero de ningún modo persuadirme. Cuando diez mil hombres se hubiesen reunido para hacerme creer en pleno día que es de noche, para hacerme aceptar una moneda de cobre por una moneda de oro, para persuadirme a tomar un veneno descubierto y conocido por mí, como un alimento útil y conveniente, ¿estaría obligado por eso a creerles?

Por consiguiente, puesto que no estoy obligado a creer en el gran número, que está sujeto a error en las cosas puramente terrestres, ¿por qué cuando se trata de los dogmas de la religión y de las cosas del cielo, estaría yo obligado a abandonar a los que están apegados a la Tradición de sus Padres, a quienes creen con todos los que han sido antes que ellos, lo que se ha creído en los siglos más remotos, y confirmado además, por la Sagrada Escritura? ¿Por qué, digo, estaría yo obligado a abandonarlos para seguir a una multitud que no da ninguna prueba de lo que afirma? ¿Acaso el Señor mismo no nos dijo que había muchos llamados, pero pocos escogidos; que la puerta de la vida es pequeña, que la vía que lleva a ella es estrecha y que son pocos los que la encuentran? Por consiguiente, ¿cuál es el hombre razonable que no prefiriese ser de este pequeño número, que entra a la vida eterna por ese camino estrecho, a ser del gran número que corre y se precipita a la muerte por el camino ancho? ¿Quién de vosotros, si hubiese estado en los tiempos en que San Esteban fue lapidado y expuesto a los insultos del gran número, no hubiese preferido e incluso no hubiese deseado ser de su partido, aunque él estuviese solo, antes que seguir al pueblo, que por el testimonio y la autoridad de la multitud creía estar en la verdadera fe? 

Un solo hombre de una probidad reconocida merece más fe y más atención que otros diez mil que no cuentan sino con su número y su poder. Buscad en las Escrituras y encontraréis las pruebas. Leed el Antiguo Testamento, allí veréis a Fineés [nieto de Aarón, Éxodo 6,25] quien se presenta solo ante el Señor, solo apacigua su cólera y hace cesar la matanza de los israelitas, de los que acababan de perecer veinticuatro mil. Si se hubiese contentado con decirse entonces, ¿quién osará oponerse a un número tan grande que está unido para cometer el crimen? ¿Qué puedo yo contra la multitud? ¿De qué me serviría oponerme al mal que cometen con voluntad plena? ¿Habría obrado valientemente y habría detenido el mal que cometía el gran número? No, sin duda, el resto de los israelitas habría perecido y Dios no habría perdonado a ese pueblo gracias al celo de Fineés. Es necesario, por consiguiente, que se prefiera el sentimiento de un hombre con probidad, que obra y habla con la libertad que da la Religión, a las opiniones y a las máximas corrompidas de una multitud.

En cuanto a vosotros, seguid si queréis al gran número que perece en las aguas y abandonad a Noé, el único que es conservado; pero al menos no me impidáis salvarme en el Arca con el pequeño número. Seguid si queréis al gran número de los habitantes de Sodoma; en cuanto a mí, yo acompañaré a Lot; y aunque él esté solo, no lo abandonaré para seguir a la multitud de la que se separó para buscar su salvación.

No creáis, sin embargo, que desprecio el gran número; no, lo respeto, y sé los miramientos que hay que tener con él: pero es ese gran número que da prueba y hace ver la verdad de lo que afirma, y no ese gran número que teme y evita la discusión y el examen; no ese gran número que parece siempre dispuesto al asalto y que ataca con orgullo, sino ese gran número que reprende con bondad; no ese gran número que triunfa y se complace en la novedad, sino ese gran número que conserva la heredad que sus Padres le han legado y está apegado a ella.

Pero, en cuanto a vosotros, ¿cuál es ese gran número del que os jactáis? Qué decir de los individuos vencidos, seducidos y ganados por las caricias, los presentes, de los individuos enceguecidos y arrastrados por su incapacidad y su ignorancia, de los individuos que, unos por timidez y otros por temor, sucumbieron ante vuestras amenazas y vuestro crédito, de los individuos que prefieren un placer de un momento, aunque pecando, a la vida que debe ser eterna.

¿Así, por consiguiente, pretendéis sostener el error y la mentira por medio del gran número, y establecerlo con perjuicio de la Verdad, que un grandísimo número no enrojeció en confesar públicamente a expensas de su vida? ¡Ah, por cierto, hacéis ver la magnitud del mal y hacéis conocer la profundidad de la llaga, pues la desgracia es tanto mayor cuanto más individuos se encuentran envueltos en ella!


"No sigáis la muchedumbre para obrar mal,
ni el juicio te acomodes al parecer del mayor número,
si con ello te desvías de la verdad".

miércoles, 2 de septiembre de 2015

ENTREGADOS





Penosamente entregados aparecen los resignados seguidores de Mons. Fellay y demás liberales de la Neo-FSSPX (otrora llamados lefebvristas, pero ¿qué queda de la combatividad de Mons. Lefebvre?). Aunque esa resignación aparece disfrazada de optimismo a la manera de los conservadores y línea-media que un día se desgañitan contra Francisco y al siguiente lo aplauden por esta clase de medidas, como si se tratase de un Dr. Jekyll y Mr. Hyde espasmódico que ya no se controla, y así un día se le ocurre una cosa y al otro día otra, totalmente imprevisible y opuesta, cuando es sabido que es un político astutísimo que no da puntada sin hilo y no está donde está por pura casualidad. Todavía hay zonzos (lo decimos suavemente) que hablan con entusiasmo de un “reconocimiento pleno y sin trabas para el accionar de la FSSPX dentro de Roma”. Así, creen que los enemigos de la Tradición católica, los mismos que hicieron la masónica revolución del Vaticano II, y que se han dedicado a demoler con satánica constancia todo lo que la Iglesia había construido en dos milenios, ahora quieren favorecer a la Tradición ¡justo cuando el hereje Bergoglio más claro demuestra su compromiso para construir el Nuevo Orden Mundial anticristiano! ¡Justo cuando la sodomización de la iglesia conciliar avanza a pasos agigantados! ¿Esperarían estos ilusos que los fariseos con Anás y Caifás a la cabeza permitieran o concedieran la libertad de accionar para Pedro, Pablo y demás Apóstoles? ¿En qué cabeza cabe? Sólo en cabezas trabajadas por mucho tiempo por el liberalismo, que les inoculó el espíritu dialoguista y les hizo perder el sentido del combate cristiano. ¡Ni siquiera queda ya el celo por la verdad y el odio al error y la mentira! ¡Sólo se busca entenderse con los enemigos! ¡Ya no se reconoce a los amigos y a los enemigos!

Varios tipos de comentarios ha suscitado la reciente medida dispuesta por Francisco en relación con la FSSPX durante el “Año de la Misericordia”. Por un lado, están los que se enredan en torno a discusiones leguleyas respecto de la validez o no validez de las confesiones de la FSSPX y mil cosas más, como si Dios fuese un Ministro o Juez de la Corte que sólo ejerce su caridad y salva las almas si el formulario A15 o J34 están debidamente sellados y firmados por el Secretario y el Adjunto del Jefe de la Oficina de Socorros romana…ignorando por completo el estado de necesidad y la ley suprema de la Iglesia, que es la salvación de las almas.

También están los que parecen preocupados o muy interesados (algunos quizás tengan un poco de resentimiento) por lo que dirán los que hasta ahora venían criticando a la FSSPX desde los sectores línea-media y neo-cones: “Ahora, cierta línea media (Aciprensa), que se caracteriza por su odio a la Fraternidad y su papolatría, van a tener que tragarse sus palabras”…“¿Qué dirán los Iraburu o los Bermúdez?”, etcétera. Pero ¡a quién diablos le importa lo que diga esa gente! ¿Lo único que les importa es la opinión ajena? Lo único que importa y debe importar es lo que piensa Dios y aunque todo el mundo se concierte en el desprecio y la crítica a nosotros, si nuestra conciencia no nos acusa y estamos ciertos de cumplir con Dios, ¿a qué esas quejas femeniles o preocupadas de “qué dirán los papólatras neocones que nos criticaban”?  ¡Nos tiene absolutamente sin cuidado! ¡Que digan lo que quieran! ¿O tiene importancia que los resabiados de liberalismo opinen “bien” de nosotros?

Pero esa preocupación por “el qué dirán”, es decir, deseo de agradar al mundo –y la iglesia conciliar, entiéndase bien, ES “Mundo”-  está en la base de la búsqueda de “regularizar la situación canónica” lo que hoy día quiere decir “que Roma reconozca a la FSSPX como católica”, es decir, que los que enseñan herejías y destruyen la Tradición y verdadera doctrina católicas, le den un sello a la FSSPX que diga que es católica. Y esto mientras los modernistas siguen a toda máquina con las consignas en pro del Nuevo Orden Mundial que sodomiza y destruye a las familias y unifica las religiones detrás del cuidado de la “Madre Tierra”…Vean por ejemplo este comentario en uno de los blogs fellecistas: “No deja de ser una buena noticia. Y mala para los que se regocijan en llamarnos cismáticos.(…) Después de todo,. no es cuestión que por un grupito de necio (sic) debamos vivir como no católicos cuando somos católicos. y que nos reconozcan como católicos es importante, sobre todo si damos buen ejemplo con humildad, verdad y caridad. Es lo que ha pedido varias veces el Papa a los tradicionalistas en serio, y en eso tiene razón. En eso, y por ahora nada más que en eso. Nos conoce tan bien como nosotros lo conocemos a él.” A lo que el responsable del blog responde: “Muy de acuerdo con lo suyo. Humildad, verdad y caridad. La humildad nos previene del Diablo sus pompas y sus obras; la verdad, de los modernistas y sus ocurrencias; y la caridad, de los falsos tradicionalistas y sus infamias”. Confundir la humildad con la estupidez es algo muy habitual de estos tiempos confusos. Si “la humildad nos previene del Diablo sus pompas y sus obras”, ¿dónde está la prevención al querer colocarse bajo el poder de aquellos que sirven y hacen las obras del Diablo (los modernistas), poniendo en riesgo la propia fe? ¿O las herejías no son las obras de la carne patrocinadas por el Diablo? Además, se suscribe allí el comentario que da a entender que se estaría viviendo como no católico por no contar con el reconocimiento de Roma (es decir, de los conciliares herejes modernistas), lo cual es una imbecilidad, mucho mayor viniendo de supuestos seguidores de Mons. Lefebvre.

jueves, 9 de julio de 2015

DE LOS SANTOS PARA MONS. FELLAY Y DEMÁS ACUERDISTAS LIBERALES QUE LO SECUNDAN





“Hablar impropiamente es el origen de las herejías. Por eso, con los herejes no debemos tener ni siquiera en común el lenguaje, para no favorecer sus errores”.

San Jerónimo



“Huid de los herejes, ellos son los sucesores del diablo que logró seducir a la primera mujer”.

San Ignacio de Antioquía



“¡Huid de todos los herejes!”.

San Irineo



“¡Huid del veneno de los herejes!”.

San Antonio del desierto



“¡No te sientes con los herejes!”.

San Efrén.



“He sabido que no sólo os entristece mi exilio, sino sobre todo el hecho de que los otros, es decir los arrianos, se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto vosotros habéis sido expulsados de esos lugares. Ellos, entonces, poseen los templos. Vosotros, en cambio, la tradición de la Fe apostólica. Ellos, consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de esa Fe. Confrontemos pues qué cosa sea más importante, el templo o la Fe, y resultará evidente desde luego, que es más importante la verdadera Fe”.

San Atanasio



“El Apóstol ordena esta intransigencia a todas las generaciones: siempre habrá que anatemizar a aquéllos que tienen una doctrina contraria a la recibida”.

San Vicente de Lerins



“Los enemigos declarados de Dios y de la Iglesia deben ser censurados y sancionados con toda la fuerza posible. La caridad obliga a gritar por el lobo, cuando un lobo se desliza en medio del rebaño e incluso en cualquier lugar donde se encuentre”.

San Francisco de Sales



“Uno de los medios de conservar la fe, una de las primeras marcas de unidad, es la huida de los herejes”.

Dom Guéranger



lunes, 16 de diciembre de 2013

EL LIBERALISMO Y SU CONTAGIO




El reciente y escandaloso episodio del Padre Bouchacourt con su entrevista al diario Clarín, donde manifestó un nunca desmentido NEGACIONISMO tan grato a los oídos de la Sinagoga de Satanás como también a los de los romanos como Francisco, no ha sido, según puede verse, ni tan escandaloso ni tan ingrato a los oídos de los fieles tradicionalistas de la Argentina, país donde este Superior de Distrito reside. Y decimos “según puede verse” porque, más allá de algún enojo o indignación en el fuero íntimo (que sin duda los hubo), y más allá de algún intento de reclamo de explicaciones para el P. Bouchacourt (que éste no ha dado, o por lo menos no directamente ni públicamente como correspondía), no ha habido ninguna reacción pública, ninguna reacción condigna con la gravedad del hecho, ninguna manifestación del santo furor que debería haber causado que el jefe de sus sacerdotes reniegue de la verdad para congraciarse con el mundo y los acérrimos enemigos de Cristo. No hubo –a excepción de una carta abierta con 4 firmas- la ¿esperada? reacción de quienes se dicen seguidores de Mons. Lefebvre. En otros tiempos, en aquellos tiempos en que el valeroso obispo daba el ejemplo y era seguido por sus subordinados, si un Superior de Distrito hubiese dicho las barbaridades que dijo Bouchacourt, se hubiera producido una revuelta. Las voces a lo alto y masivamente habrían reclamado explicaciones o una destitución que no se habría hecho esperar, porque de lo que se trata y está en juego es la fe y el honor de Cristo y la Santa Iglesia. Pero hoy, ¿dónde están hoy los combativos tradicionalistas? Está muy claro: cunde el ejemplo liberal acomodaticio de Mons. Fellay, Mons. Tissier, Mons. De Galarreta y los que les siguen. Entonces, ¿cómo va a haber reacción pública? ¡A ver si nos expulsan! ¡A ver si nos quedamos sin los sacramentos!, es lo que se escucha.

Perfecto. ¿Los sacramentos les impiden la defensa pública de la fe? Entonces coinciden con uno de los sacerdotes claudicantes y acuerdistas de Bs. As., que nos dijo que el levantamiento de las falsas e inexistentes excomuniones (asumiendo entonces que eran válidas) era bueno porque de esa forma más gente podría acercarse a la Fraternidad a recibir los sacramentos. Esto es poner el carro delante del caballo. ¿Qué es antes, los Sacramentos o la Fe?

Y entonces, queridos y ateridos fieles, entonces, ¿cómo criticar a Mons. Fellay por hacer una declaración doctrinal diplomática y conciliadora con los errores modernistas, cuando él argumentó a sus sacerdotes que lo hacía para evitar que la FSSPX fuera “excomulgada” y así muchos fieles dejaran de recibir los sacramentos? ¿Son los sacramentos, entonces, un medio de extorsión, en vez de un medio de salvación? ¿Son liberadores, o son la excusa para encadenar a los fieles al error? ¿Hay que callar la verdad para poder recibir los sacramentos?

Pero entonces, si los sacramentos no les sirven para tener la valentía de defender públicamente la verdad cuando deben hacerlo (y no estamos hablando de defenderla ante ajusticiadores de la antigua Roma, sino ¡ante Bouchacourt!), ¿de qué les sirven? ¿No es esto un querer interesadamente a Dios, esto es, quererlo por lo que nos da, y no por lo que Él ES?

Habrá otros que, seguramente, no tienen infundado temor de quedarse solos, de perder las habituales amistades y compañías, y por eso, preferirán disimular o aguantarlo todo, en desmedro de la fe. Habrá que recordarles a Santa Teresa cuando dijo: “Prefiero la verdad en soledad al error en compañía”. O a San Atanasio, en su célebre sentencia: “Si el mundo va contra la verdad, entonces Atanasio va contra el mundo”. “Bueno, pero yo no soy San Atanasio”. No, querido, vos no sos cristiano.

Hemos visto entonces cómo de manera sutil, una vez que los Superiores (Mons. Fellay) dejan de confesar clara y valientemente la fe en público, luego los siguen los inferiores (P. Bouchacourt) y luego, como contagio, los sacerdotes y fieles, no reaccionando varonilmente cuando se manosea la verdad. ¿Es que acaso ya no aman la verdad al punto de defenderla cuando ésta es atacada? He aquí unas palabras para hacer propias y tener siempre presentes:

“Retirarse ante el enemigo o callar cuando por todas partes se levanta un incesante clamoreo para oprimir la verdad, es actitud propia o de hombres cobardes o de hombres inseguros de la verdad que profesan. La cobardía y la duda son contrarias a la salvación del individuo y a la seguridad del Bien Común, y provechosas únicamente para los enemigos del cristianismo, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos. El cristiano ha nacido para la lucha” (S.S. León XIII).

Del maldito y cobarde liberalismo, ¡líbranos Señor!


Flavio Mateos

domingo, 31 de marzo de 2013

LA FE, MÁS IMPORTANTE QUE LOS TEMPLOS



“Que Dios os consuele. He sabido que no sólo os entristece mi exilio, sino sobre todo el hecho de que los otros, es decir los arrianos, se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto vosotros habéis sido expulsados de esos lugares. Ellos entonces poseen los templos. Vosotros en cambio la tradición de la Fe apostólica. Ellos, consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de esa Fe. Confrontemos pues qué cosa sea más importante, el templo o la Fe, y resultará evidente desde luego, que es más importante la verdadera Fe. Por tanto, ¿quién ha perdido más, o quién posee más, el que retiene un lugar, o el que retiene la Fe? El lugar ciertamente es bueno, supuesto que a1lí se predique la Fe de los Apóstoles, es santo, si allí habita el Santo. Vosotros sois los dichosos que por la Fe permanecéis dentro de la Iglesia, descansáis en los fundamentos de la Fe, y gozáis de la totalidad de la Fe, que permanece inconfusa. Por tradición apostólica ha llegado hasta vosotros, y muy frecuentemente un odio nefasto ha querido desplazarla, pero no ha podido; al contrario, esos mismos contenidos de la Fe que ellos han querido desplazar, los han destruido a ellos. Es esto en efecto lo que significa afirmar: “Tú eres el Hijo de Dios vivo”. Por tanto, nadie prevalecerá jamás contra vuestra Fe, mis queridos hermanos, y si en algún momento Dios os devolviere los templos, será menester el mismo convencimiento: que la Fe es más importante que los templos.

Y precisamente una Fe tan viva suple para vosotros, por ahora, la devolución de los templos. No es que yo hable sin respaldo de la Escritura, por e1 contrario, os digo con énfasis que os conviene confrontar sus testimonios. Recordad precisamente que el templo era Jerusalén, y que el templo no estaba en el desierto cuando los enemigos lo invadieron. Los invasores venidos de Babilonia habían irrumpido como juicio de Dios, que probaba o que corregía y que, precisamente por medio de estos enemigos ávidos de sangre imponía castigo a los que lo ignoraban. Los extranjeros, pues, se posesionaron del lugar, pero éstos, en el lugar, negaban a Dios. Justamente porque no sólo no tenían respuestas adecuadas, ni las proferían, sino que estaban excluidos de la verdad.

Por tanto ahora también, ¿de qué les sirve tener los templos? Sí, efectivamente, los tienen, pero eso a los ojos de quienes se mantienen fieles a Dios indica que son culpables, porque han hecho cueva de ladrones y casas de negocios, o sitios de disputas vanas lo que antes era un lugar santo, de modo que ahora les pertenece a quienes antes no les era lícito entrar. Muy queridos, por haberlo oído de quienes han llegado hasta aquí, sé todo esto y muchas otras cosas peores; pero, repito, cuanto mayor es el empeño de éstos por dominar la Iglesia, tanto más están fuera de ella. Creen estar dentro de la verdad, aunque en realidad están excluidos de ella, prisioneros de otra cosa, mientras la Iglesia, desolada, sufre la devastación de estos supuestos benefactores”.

San Atanasio el Grande, Padre y Doctor mayor de la Iglesia, Carta del año 356,  Patrología Griega, tomo 26, col. 118/90.