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viernes, 13 de enero de 2017

CATOLICISMO LIBERAL






FUENTE
 (extracto)

Cuando se lee la obra titánica del P. Felix Sarda y Salvany El Liberalismo es Pecado, de 1886, la conclusión sólo puede ser que la FSSPX ha abrazado segura y lentamente la mentalidad liberal católica. 

En el Capítulo 31 [37 en la versión en español], “Una Ilusión de los católicos liberales”, el P. Salvany advierte de las muchas tentaciones que el liberalismo presenta a los no liberales, siendo una de las más seductoras, la idea de que la victoria depende del número de personas que tenga uno a su lado. 

Las palabras del P. Salvany (transcritas abajo en su totalidad) son directamente aplicables a la situación en que la FSSPX se encuentra en la actualidad. 

Actualmente, obispos como Atanasius Schneider creen que una vez que la Fraternidad sea “regularizada”, se podrá “unir fuerzas” con otros “dentro” de la Iglesia, y de este modo permitir que comience finalmente el duro trabajo de reconstruir la Iglesia de Cristo. 

Como un virus, este argumento se ha alojado en las mentes de muchos fieles y sacerdotes de la Fraternidad. Frecuentemente se manifiesta de la siguiente manera: “La Fraternidad tiene aliados en la Iglesia. Ellos nos dicen que necesitan ayuda. ¿Cómo podemos sentarnos sin hacer mientras hay almas en necesidad? ¡Debemos unirnos con ellos! 

Discutiremos más acerca de los efectos psicológicos de la “regularización” que puede tener la Fraternidad en una entrada futura. Por ahora, presentamos la sabiduría del P. Salvany:

Es este, como hemos dicho antes, el sueño dorado, la eterna ilusión de muchos de nuestros hermanos. Creen éstos que lo que le importa principalmente a la verdad es sean muchos sus defensores y amigos. Número paréceles sinónimo de fuerza: para ellos sumar, aunque sean cantidades heterogéneas, es siempre multiplicar la acción, así como restar es siempre disminuirla. Vamos a esclarecer un poco más este punto, y a emitir algunas últimas observaciones sobre esta ya agotada materia.

La verdadera fuerza y poder de todas las cosas, así en lo físico como en lo moral, está más en la intensidad de ellas que en su extensión. Mayor volumen de igual intensa materia es claro que da mayor fuerza; más no por el aumento de volumen, sino por el aumento o suma mayor de intensidades. Es regla, pues, de buena mecánica procurar aumento en la extensión y número de las fuerzas, más a condición de que con esto resulten verdaderamente aumentadas las intensidades. Contentarse con el aumento, sin detenerse a examinar el valor de lo aumentado, es no solamente acumular fuerzas ficticias, sí que exponerse, como hemos indicado, a que con ellas salgan paralizadas en su acción hasta las verdaderas, si algunas hubiere.

Es lo que pasa en nuestro caso, y que nos costará poquísimo demostrar. La verdad tiene una fuerza propia que comunica a sus amigos y defensores. No son éstos los que se la dan a ella; es ella quien a ellos se la presta. Mas a condición de que sea ella realmente la defendida. Donde el defensor, so capa de defender mejor la verdad, empieza por mutilarla y encogerla o atenuarla a su antojo, no es ya tal verdad lo que defiende, sino una invención suya, criatura humana de más o menos buen parecer, pero que nada tiene que ver con aquella otra hija del cielo.

Esto sucede hoy día a muchos hermanos nuestros, víctimas (algunos inconscientes) del maldito resabio liberal. Creen con cierta buena fe defender y propagar el Catolicismo; pero a fuerza de acomodarlo a su estrechez de miras y a su poquedad de ánimo, para hacerlo (dicen) más aceptable al enemigo a quien desean convencer, no reparan que no defienden ya el Catolicismo, sino una cierta cosa particular suya, que ellos llaman buenamente así, como pudieran llamarla con otro nombre. Pobres ilusos que, al empezar el combate, y para mejor ganarse al enemigo, han empezado por mojar la pólvora y por quitarle el filo y la punta a la espada, sin advertir que espada sin punta y sin filo no es espada, sino hierro viejo, y que la pólvora con agua no lanzará el proyectil. Sus periódicos, libros y discursos, barnizados de   catolicismo, pero sin el espíritu y vida de él, son en el combate de la propaganda lo que la espada de Bernardo y la carabina de Ambrosio, que tan famosas ha hecho por ahí el modismo popular para representar toda clase de armas que no pinchan ni cortan.

¡Ah! no, no, amigos míos; preferible es a un ejército de esos una sola compañía, un solo pelotón de bien armados soldados que sepan bien lo que defienden y contra quién lo defienden y con qué verdaderas armas lo deben defender.

Denos Dios de esos, que son los que han hecho siempre y han de hacer en adelante algo por la gloria de su Nombre, y quédese el diablo con los otros, que como verdadero desecho se los regalamos.

Lo cual sube de punto si se considera que no sólo es inútil para el buen combate cristiano tal haz de falsos auxiliares, sino que es embarazosa y casi siempre favorable al enemigo. Asociación católica que debe andar con esos lastres, lleva en si lo suficiente para que no pueda hacer con libertad movimiento alguno. Ellos matarán a la postre con su inercia toda viril energía; ellos apocarán a los más magnánimos y reblandecerán a los más vigorosos; ellos tendrán en zozobra al corazón fiel, temeroso siempre, y con razón, de tales huéspedes, que son bajo cierto punto de vista amigos de sus enemigos. Y, ¿no será triste que, en vez de tener tal asociación un solo enemigo franco y bien definido a quien combatir, haya de gastar parte de su propio caudal de fuerzas en combatir, o por lo menos en tener a raya, a enemigos intestinos que destrozan o perturban por lo menos su propio seno? Bien lo ha dicho La Civiltá Cattolica en unos famosos artículos: "Sin esa precaución, dice, correrían peligro certísimo no solamente de convertirse tales asociaciones (las católicas) en campo de escandalosas discordias, mas también de degenerar en breve de los sanos principios, con grave ruina propia y gravísimo daño de la Religión."

Por lo cual concluiremos nosotros este capítulo trasladando aquí aquellas otras tan terminantes y decisivas palabras del mismo periódico, que para todo espíritu católico deben ser de grandísima, por no decir de inapelable autoridad. Son las siguientes: "Con sabio acuerdo las asociaciones católicas de ninguna cosa anduvieron tan solicitas como de excluir de su seno, no sólo a todo aquel que profesase abiertamente las máximas del liberalismo, si que a aquellos que, forjándose la ilusión de poder conciliar el Liberalismo con el Catolicismo, son conocidos con el nombre de católicos liberales". 
  

sábado, 29 de octubre de 2016

EL DOGMA REVOLUCIONARIO





“Todo el dogma revolucionario se reduce a tres negaciones fundamentales: negación del pecado original, negación de la divinidad de Cristo, negación de la autoridad de la Iglesia”.


P. Félix Sardá y Salvany, El año cristiano, 1892.

jueves, 9 de junio de 2016

LA POLÉMICA CATÓLICA





R.P. Félix Sardá y Salvany

Es lícita la defensa de la Religión desde el periódico* exclusivamente religioso. Esta es la forma de la polémica en el día, y es forzoso adoptarla. La Revolución quisiera sin duda que escribiésemos sobre cada cuestión diaria sendos tomos en folio, segura de que tales tomos no fueran leídos. Ahora, como el periódico lo lee todo el mundo, ahí está la razón de las invectivas contra el periódico. Y escucha, más. Si por nuestras razones particulares hubiésemos desdeñado esta forma de discusión, se nos hubiera echado en cara que no queríamos descender al terreno propio del siglo, que en odio a las luces odiábamos la institución de la prensa periódica, que no sabíamos movernos de las armas anticuadas de la Edad media. Hoy hemos adoptado el armamento de nuestros enemigos, y se nos echa en cara esto como crimen de lesa Religión, como si ellos más que nosotros celasen por su honra. ¡Qué perversidad! ¡Qué hipocresía!

Óyeme, pues. La verdad puede ser defendida hasta por un periódico, ¿estás? Y el interés de la verdad está en que cada día aumente el número de estos, defensores guerrilleros. Los grandes controversistas católicos, los autores de obras magistrales, vienen a ser la artillería gruesa de nuestro Ejército, que dispara de vez en cuando algún cañonazo para destruir las aparatosas fortificaciones del enemigo. La prensa periódica viene a ser la fusilería que al amparo de los fuegos de la artillería, y aprovechando la brecha que ésta abre en las obras enemigas, se lanza al combate parcial y de avanzadas, atacando, cuerpo a cuerpo, cansando con repetidos escarceos, explorando, el campo, reconociendo y obligando a contestar al quién vive a los sospechosos, etc., etc. Es, en fin, un ejército movilizado, excelente mientras no se separe, que nunca lo hará, de la voz del general en jefe. Lo repito. Por esto le aborrece en tanto grado el enemigo... Esto por lo que toca a la prensa exclusivamente religiosa.

¿Y por lo que toca a la prensa político-religiosa? Aquí te parecerá que tienen alguna razón nuestros adversarios: en efecto; aquello tan manoseado de que tales periódicos confunden la religión con la política es realmente un cargo atroz. Ya verás, no obstante, a qué queda reducido.

La política es una ciencia como otra. Y puede tratarse de política en orden a la fe:

O con criterio contrario,

O con criterio indiferente,

O con criterio favorable.

Si lo primero, el periódico será político anticatólico franco, y por lo tanto, dicho se está que será cosa mala.

sábado, 16 de enero de 2016

SÁBADO MARIANO - NO OLVIDE REZAR EL ROSARIO





Es el Rosario ante todo una profesión de fe, una protestación cabal y completa, no de ese deísmo vago e insustancial con que aparenta satisfacerse el sentimentalismo pseudo-religioso de algunas personas, sino del Cristianismo puro, íntegro y verdadero, con su Dios y su Criador y su Iglesia y su Encarnación y, su Redención y sus Sacramentos y su vida futura y sus premios y penas, y todo lo restante que constituye el edificio dogmático de nuestra Religión santa. El hombre que rece bien y con frecuencia el Rosario, es hombre que está de continuo repitiendo al mundo esta su protesta de Religión, y repitiéndose a la vez á sí propio el código de sus más imperiosos deberes. 
P. Félix Sardá y Salvany.

¡Únase al Rosario Perpetuo por la Consagración de Rusia!


jueves, 14 de enero de 2016

SARDÁ Y SALVANY: ATRACCIÓN Y TRANSACCIÓN



"En muchísimos casos, el mero callar constituye 
verdadera negación y formal apostasía."




ATRACCIÓN Y TRANSACCIÓN


Extractos tomados de Propaganda Católica, Tomo IX, Librería y tipografía Católica, 1900, Barcelona, España; págs. 48-56.

¿Habéis notado la analogía y casi igual fisonomía ortográfica y hasta el parecido eufónico que ofrecen las dos palabras “atracción y transacción”? Digo, pues, que es la "atracción” palabra de las que saben a miel y almíbar, y gozan del privilegio de atraer a sí multitud de aficionados a dulces y golosinas. 

A un panal de rica miel
Diez mil moscas acudieron,
Que por golosas murieron
Presas de patas en él.
¡Dulces recuerdos de la infancia! Sí, y también verdadero retrato de nuestra situación actual. Sí, que esta palabra es la “miel" con que la Revolución artera engolosina a muchos y los tiene cautivos en su red, al menos para que no se la combata y hostilice como debieran todos los hombres honrados y de buena voluntad. Reparad para eso que en tres sentidos se usa, y lo que es peor se practica, la palabra «atracción» y son los siguientes: 1°. Como simple atenuación de formas. 2.º Como simple preterición o silencio sobre alguna verdad. 3.º Como simple manera de presentarla bajo cierto aspecto a los amigos o a los adversarios.

¿Sabéis lo que es acostumbrar las almas a que oigan, sin horror, las más grandes infamias? ¿Sabéis lo que es acostumbrar al pueblo a ver tratados con respeto a los peores enemigos de la verdad? ¿Sabéis lo que es acostumbrar el corazón propio a que no se subleve contra ninguna injusticia? ¿Sabéis lo que es acostumbrar los oídos a que reciban como exageración cualesquier varonil arranque o impetuosa arremetida? ¿Sabéis lo que es acostumbrar los espíritus a ese perfecto equilibrio e igualdad de formas comedidas entre lo que es intrínsecamente malo y lo que es intrínsecamente bueno, entre lo que de veras se debe siempre odiar y combatir y lo que de veras (de veras, repito) se debe siempre amar y defender? ¿Sabéis lo que es todo eso? Pues es la primera etapa de los triunfos del mal sobre el bien; es lo primero a que aspira aquél como prenda segura de su definitivo triunfo; es el homenaje del respeto, es la consideración social, es la carta pacífica de ciudadanía, es cuando menos el pleno reconocimiento en su favor de legítima beligerancia. Tal manera de “atracción” es sencillamente la primera y más común y más desastrosa manera de “transacción”. Ya sé que se aducen aquí las reglas de urbanidad y cortesía; ya sé que hasta se invocan los sacratísimos fueros de la caridad. ¡Mentira! ¡Desvergonzada mentira! No se ha dado jamás verdadera caridad en daño de la verdad. Ni se ha estimado jamás digna la cortesía en ofensa y menoscabo del honor y de la virtud. ¡Y cuán frecuente es hoy en día esta fementida “atracción”, que no es en el fondo más que vil y cobarde “transacción”!

sábado, 26 de diciembre de 2015

REZA EL SANTO ROSARIO





“Rezad, vuelvo a insistir, rezad el Santo Rosario, y rezadlo siempre y rezadlo bien. Rezadlo, si andáis afligidos, para consolaros; si tentados, para resistir; si desalentados, para cobrar bríos; si con fortuna próspera, para equilibraros en la debida moderación y templanza. Colgad junto a vuestro lecho esta insignia de piedad, para que se vea que allí se ha echado a reposar un cristiano bajo los pliegues de su bandera: izadla en el lugar más visible del doméstico hogar, allí donde en hermoso grupo se reúne cada noche la familia, a fin de que sea como una señal para todo el mundo de que en aquella casa reina y es servido Cristo Dios. ¡Qué os acompañe siempre en vida y los oigáis murmurar por vuestros amigos a vuestro oído en la hora de la muerte, y os sea recomendación y eficacísimo empeño en el divino tribunal!”.

R. P. Felix Sardá y Salvany


martes, 30 de junio de 2015

DEL P. SARDÁ Y SALVANY PARA MONS. FELLAY Y DEMÁS ACUERDISTAS LIBERALES QUE LO SECUNDAN



“Con los liberales debemos abstenernos de relaciones como de verdaderos peligros para nuestra salvación. Aquí tiene lugar de lleno la sentencia del Salvador: «el que ama el peligro perecerá en él». Rómpase el lazo peligroso aunque mucho cueste.

“Sobre esto le habíamos oído decir a persona de gran jerarquía hoy en la Iglesia de Dios: «¡Nada con liberales; no frecuentéis sus casas; no cultivéis sus amistades!». A bien que antes lo había dicho ya de sus congéneres el Apóstol: «no os relacionéis con ellos» (I Cor. 5, 9), «con ellos ni sentarse a la mesa» (ibid. 5, 11).

“En país apestado lo primero que se procura es aislar. ¡Quién nos diese hoy poder establecer cordón sanitario absoluto entre católicos y sectarios del liberalismo!”.



R. P. Félix Sardá y Salvany

miércoles, 13 de mayo de 2015

LA ESPADA DE BERNARDO O LOS RIESGOS DEL FALSO CELO



Mons. Bernardo Fellay.


“Cismáticos-exponentes del celo amargo”.

Usted insista una y otra vez con ese latiguillo, no se canse de repetirlo, no afloje en su reiteración, no desista de usarlo, ubíquelo en cuanta nota, artículo, comentario o sermón dedicado a la Resistencia se oriente, y ya verá cómo va horadando las mentes cansadas de pensar por sí mismas, que buscan una respuesta simple y sencilla a todo el asunto de la crisis en la Fraternidad.

Repita: “Cismáticos-exponentes del celo amargo”-“Cismáticos-exponentes del celo amargo”-“Cismáticos-exponentes del celo amargo”-“Cismáticos-exponentes del celo amargo” -“Cismáticos-exponentes del celo amargo”.

Fíjese usted qué buen efecto han tenido otras aplicaciones de variantes ideológicas muy socorridas: “antisemita-neonazi”, “pelagianos”, “ultratradicionalistas”, “negacionista”, “derechista”, “lefebvriano”, etc.

No, no son herramientas nada desdeñables para los cabecillas de la Revolución, se encuentren operando donde se encontraren. La mayoría se acomoda fácilmente a estas consignas que resuelven fácil y rápidamente (instantáneamente) cualquier conflicto que la verdad pudiera suscitar en cabezas no dispuestas a realizar un gran esfuerzo por conquistarla. Nunca faltan los fatuos que se conforman con consignas o slogans que sustituyen como por arte de magia todo razonamiento. Es como aquel maquinismo del que hablaba el Padre Castellani (cit. en su biografía): “una “mecanización” sociológica de los grandes organismos espirituales, semejante a la arterioesclerosis: la máquina sustituye a la mente y los automatismos a las inteligencias; fenómeno general del mundo contemporáneo”.

Nunca faltan los que se valen de una verdad para mentir. Por ejemplo, condenar algo execrable como el celo amargo, para disimular su propia falta de celo auténtico por la verdad. O reducir a un problema psicológico o temperamental, un problema doctrinal.

Claro, el diablo hace de las suyas y hoy tiene puestos sus mayores empeños en destruir mediante la confusión y la discordia las numéricamente pequeñas fuerzas de la Tradición.

El latiguillo favorito de los liberales es el del viejo y querido “celo amargo”, siempre a mano para combatir a cualquiera que con o sin razones obstaculiza, critica o se opone a sus transacciones diplomáticas con los enemigos.

La existencia de verdaderos poseídos por tal celo amargo cuyo espíritu se ha tornado cismático, les sirve de pretexto para meter en la misma bolsa todo aquello que resulta irritante para sus operaciones cambiarias, pues las denuncias contra sus acciones no las pueden rebatir con argumentos de peso. Entonces sale de la vieja galera la tan útil herramienta que les permite evadir toda contienda en términos razonables: “cismáticos-exponentes del celo amargo”.  

Si la Neo-FSSPX ha llegado a tal situación, es porque no se entendió a tiempo que debía despojarse de una influencia liberal nefasta (claro, con el pretexto de no caer en el “celo amargo”) y entonces unas pocas manzanas podridas contagiaron su pudrición a una gran parte del cajón. Indudablemente que un árbol para mantenerse sano y dar buenos frutos debe ser podado periódicamente con la firmeza de la verdad que no transige, y regado con el agua de la caridad que sabe esperar. Debe ser fumigado contra las plagas que lo parasitan. Nada de esto ha ocurrido. Pero veamos mejor el problema que significan estos católicos liberales que han infestado a la Fraternidad, en las siguientes palabras del Padre Félix Sardá y Salvany  (de su gran libro que, aunque elogiado, es siempre dejado de lado por el “establishment” liberal fellecista):

“La verdad tiene una fuerza propia que comunica a sus amigos y defensores. No son éstos los que se la dan a ella; es ella quien a ellos se la presta. Mas a condición de que sea ella realmente la defendida. Donde el defensor, so capa de defender mejor la verdad, empieza por mutilarla y encogerla o atenuarla a su antojo, no es ya tal verdad lo que defiende, sino una invención suya, criatura humana de más o menos buen parecer, pero que nada tiene que ver con aquella otra hija del cielo.

Esto sucede hoy día a muchos hermanos nuestros, víctimas (algunos inconscientes) del maldito resabio liberal. Creen con cierta buena fe defender y propagar el Catolicismo; pero a fuerza de acomodarlo a su estrechez de miras y a su poquedad de ánimo, para hacerlo (dicen) más aceptable al enemigo a quien desean convencer, no reparan que no defienden ya el Catolicismo, sino una cierta cosa particular suya, que ellos llaman buenamente así, como pudieran llamarla con otro nombre. Pobres ilusos que, al empezar el combate, y para mejor ganarse al enemigo, han empezado por mojar la pólvora y por quitarle el filo y la punta a la espada, sin advertir que espada sin punta y sin filo no es espada, sino hierro viejo, y que la pólvora con agua no lanzará el proyectil. Sus periódicos, libros y discursos, barnizados de catolicismo, pero sin el espíritu y vida de él, son en el combate de la propaganda lo que la espada de Bernardo y la carabina de Ambrosio, que tan famosas ha hecho por ahí el modismo popular para representar toda clase de armas que no pinchan ni cortan.

¡Ah! no, no, amigos míos; preferible es a un ejército de esos una sola compañía, un solo pelotón de bien armados soldados que sepan bien lo que defienden y contra quién lo defienden y con qué verdaderas armas lo deben defender. Denos Dios de esos, que son los que han hecho siempre y han de hacer en adelante algo por la gloria de su Nombre, y quédese el diablo con los otros, que como verdadero desecho se los regalamos.

Lo cual sube de punto si se considera que no sólo es inútil para el buen combate cristiano tal haz de falsos auxiliares, sino que es embarazosa y casi siempre favorable al enemigo. Asociación católica que debe andar con esos lastres, lleva en sí lo suficiente para que no pueda hacer con libertad movimiento alguno. Ellos matarán a la postre con su inercia toda viril energía; ellos apocarán a los más magnánimos y reblandecerán a los más vigorosos; ellos tendrán en zozobra al corazón fiel, temeroso siempre, y con razón, de tales huéspedes, que son bajo cierto punto de vista amigos de sus enemigos. Y, ¿no será triste que, en vez de tener tal asociación un solo enemigo franco y bien definido a quien combatir, haya de gastar parte de su propio caudal de fuerzas en combatir, o por lo menos en tener a raya, a enemigos intestinos que destrozan o perturban por lo menos su propio seno? Bien lo ha dicho La Civiltá Cattolica en unos famosos artículos.

"Sin esa precaución, dice, correrían peligro ciertísimo no solamente de convertirse tales asociaciones (las católicas) en campo de escandalosas discordias, mas también de degenerar en breve de los sanos principios, con grave ruina propia y gravísimo daño de la Religión."

Por lo cual concluiremos nosotros este capítulo trasladando aquí aquellas otras tan terminantes y decisivas palabras del mismo periódico, que para todo espíritu católico deben ser de grandísima, por no decir de inapelable autoridad. Son las siguientes:

"Con sabio acuerdo las asociaciones católicas de ninguna cosa anduvieron tan solicitas como de excluir de su seno, no sólo a todo aquel que profesase abiertamente las máximas del Liberalismo, si que a aquellos que, forjándose la ilusión de poder conciliar el Liberalismo con el Catolicismo, son conocidos con el nombre de católicos liberales".

R.P. Félix Sardá y Salvany, El liberalismo es pecado. Cap. XXXVII.


miércoles, 1 de abril de 2015

EL LIBERALISMO DE MENZINGEN Y LA CONSAGRACIÓN DE MONS. FAURE





“El católico simplemente resabiado de Liberalismo se conoce en que, siendo hombre de bien y de prácticas sinceramente religiosas, huelen no obstante a Liberalismo en cuanto habla o escribe o trae entre manos. Podría decir a su modo, como Mad. Sevigné: "No soy la rosa, pero estuve cerca de ella, y tomé algo de su olor". El buen resabiado discurre y habla y obra como liberal de veras, sin que él mismo, pobrecito, lo eche de ver. Su fuerte es la caridad: este hombre es la caridad misma. ¡Cómo aborrece él las exageraciones de la prensa ultramontana! Llamarle malo a un hombre que difunde malas ideas, parécele a ese singular teólogo pecado contra el Espíritu Santo. Para él no hay más que extraviados. No se debe resistir ni combatir; lo que se debe procurar siempre es atraer. "Ahogar el mal con la abundancia del bien", esta es su fórmula favorita, que leyó un día en Balmes por casualidad, -y fue lo único que del gran filósofo catalán se le quedó en la memoria. Del Evangelio aduce únicamente los textos que saben a miel y almíbar. Las invectivas espantosas contra el fariseísmo diríase que las tiene él por genialidades e intemperancias del divino Salvador. A bien que sabe usarlas él mismo muy reciamente contra los irritables ultramontanos, que con sus exageraciones comprometen cada día la causa de una Religión que toda es paz y amor. Contra éstos anda acerbo y duro el buen resabiado, contra éstos es amargo su celo y agria su polémica y agresiva su caridad. Por él exclamó el P. Félix en un discurso célebre, a propósito de las acusaciones de que era objeto en persona del gran Veuillot: "Señores, amemos y respetemos hasta a nuestros amigos". Pero no; el buen resabiado no lo hace así: guarda todos sus tesoros de tolerancia y de caridad liberal para los enemigos jurados de su fe. ¡Es claro, como que el infeliz los ha de atraer! En cambio, no tiene más que el sarcasmo y la intolerancia cruel para sus más heroicos defensores. En suma, al buen resabiado, aquello de la oposición per diametrum del Padre San Ignacio en sus Ejercicios espirituales, nunca le pudo entrar. No conoce más táctica que la de atacar por los flancos, que en religión suele ser la más cómoda, pero no la más decisiva. Bien quisiera él vencer, pero a trueque de no herir al enemigo ni causarle mortificación o enfado. El nombre de guerra le alborota los nervios; mas le acomoda la pacífica discusión. Está por los Círculos liberales en que se perora y delibera, no por las Asociaciones ultramontanas en que se dogmatiza e increpa. En una palabra, si por sus frutos se conoce al liberal fiero y al manso, por sus acciones principalmente es como al resabiado de liberalismo se le ha de conocer”.

R. P. Félix Sardá y Salvany, El Liberalismo es pecado.




miércoles, 25 de junio de 2014

CÓMO RECONOCER A UN LIBERAL



Monseñor “Pero”.


Visto y considerando el presente de la FSSPX, podemos afirmar que la de aprender a reconocer a aquellos que entre la grey católica llevan en sí el germen liberal es una asignatura desaprobada por la gran mayoría de quienes pertenecen a sus filas. De otro modo no podría haber avanzado hasta donde llegó la facción liberal o acuerdista que hoy sigue pidiendo la tolerancia o "reconocimiento" a los modernistas romanos. Que a estas alturas experimentados sacerdotes sean incapaces de reconocer, tras siete horas de escuchar una conferencia o leer multitud de cartas y escritos, a un Superior General que es un liberal, habla a las claras de una falta de vigilancia gravísima, ya sea por falta de formación, por exceso de confianza, por desinterés o por falta de amor a la verdad y una obediencia muy mal entendida. Negligencia que hoy lleva comprometida la existencia misma de la congregación, al parecer condenada a su total hundimiento. Lo cierto es que ese espíritu liberal, que muchas veces aparece muy sutilmente, no lleva en sí una tarjeta de presentación, pero sí deja ver la hebra de su disfraz o el olor de su podredumbre. Es grave responsabilidad de los sacerdotes formarse al respecto y mantener despierto al rebaño de Cristo que apacienta.

Inmutable como el vaivén de las mareas, el doble lenguaje de Mons. Fellay vuelve en cada nueva carta, entrevista o sermón, a descolocar a los incautos mientras confirma a quienes ya conocen su juego liberal el descaro con que pretende urdir un rechazo tradicional al modernismo, cuando ayer nomás execraba a los que osaban condenar a éste con absoluta firmeza.

Esta estrategia conciliadora con Roma requiere una táctica Semi-acuerdista que se sustenta en un estilo de comunicación, cada vez más dirigido unívocamente desde Menzingen para que no haya un disenso en la forma y en el fondo del mensaje. El Padre Félix Sardá y Salvany ha hablado mucho y bien acerca de esto, y con él nos vamos a ayudar para ver más en detalle cómo descubrir a estos perniciosísimos enemigos de la verdad.

Explica en su indispensable “El liberalismo es pecado” el Padre Sardá y Salvany, que “todo error claramente formulado en la sociedad cristiana tuvo en torno de sí otra como atmósfera del mismo error, pero menos denso y más tenue y mitigado. El Arrianismo tuvo su Semi-arrianismo; el Pelagianismo su Semi-pelagianismo; el Luteranismo feroz su Jansenismo, que no fue más que un Luteranismo moderado. Así, en la época presente el Liberalismo radical tiene en torno de sí su correspondiente Semi-liberalismo” (Cap. VIII).

Del mismo modo y en nuestros días, así como ha habido un Acuerdismo con la Roma modernista de parte de Campos y otros grupos de la tradición (algunos desprendimientos de la misma FSSPX) que se movieron con total determinación hacia la iglesia conciliar, existe un Semi-acuerdismo o Acuerdismo mitigado, que hoy bajo el nombre de “Reconocimiento” es llevado adelante por la actual FSSPX. Esto ha debido ser así de tortuoso y ambiguo debido a la tenaz resistencia interna que este movimiento acuerdista ha encontrado en la congregación. Mons. Fellay y sus adláteres saben que no pueden ser totalmente abiertos y frontales en la admisión de su Acuerdismo (llamamos Acuerdismo al deseo de reintegrar la FSSPX dentro de la actual estructura de la Iglesia oficial o iglesia conciliar sin que ésta haya abjurado del modernismo y regresado a la Tradición, contra el deseo y final determinación del fundador de la congregación Mons. Lefebvre).

Es este el Acuerdismo “para el uso de los que no consienten todavía en dejar de parecer o creerse” de la Tradición. Es el liberalismo de quien desea pertenecer a ambos mundos inconciliables: la Tradición católica y la iglesia modernista. Por eso su discurso alterna las citas de los papas católicos preconciliares, con la condena a quienes “hacen de los documentos del Vaticano II super herejías”.

“Es el liberalismo –dice Sardá y Salvany-, triste crepúsculo de la verdad que empieza a obscurecerse en el entendimiento, o de la herejía que no ha llegado aún a tomar completa posesión de él”.

Como si estuviese viendo lo que pasa hoy con la nueva FSSPX, afirma este autor que “en efecto, suelen ser católicos liberales los católicos que van dejando de ser firmes católicos”. Y esto ocurre aunque las apariencias se mantengan. Este ingeniosísimo y sutil medio que usa el Diablo, como enseña aquel gran autor antiliberal, es “permitir que los tales tengan todavía un pie en el terreno de la verdad, a condición de que el otro pie lo tengan ya completamente en el campo opuesto. Así evitan el saludable horror del remordimiento los todavía no encallecidos de conciencia; así, además, se libran de los compromisos que trae siempre toda resolución decisiva los espíritus apocados y vacilantes, que son los más; así logran los aprovechados figurar, según les conviene, un rato en cada campo, haciendo por aparecer en ambos como amigos y afiliados; así puede, finalmente, el hombre dar como un paliativo oficial y reconocido a la mayor parte de sus miserias, debilidades e inconsecuencias” (Ibid.).

Lo que ha venido a ocurrir con estos acuerdistas disimulados o mitigados es que ya no tienen horror y asco por las herejías, por el contrario, toda definición firme, chocante y afrentosa para con los herejes les produce incomodidad y rechazo, como si eso fuera una falta a la caridad. Por eso si por un lado Mons. Fellay en su última Carta a los amigos y benefactores hace afirmaciones contra el modernismo del Vaticano II, anteriormente fue capaz de decir con la misma determinación que “no hay que hacer de los errores del concilio súper herejías” (Carta a los tres obispos). Lejos de los tradi-liberales o semi-acuerdistas el odio a la herejía que los haga reaccionar con el gesto viril correspondiente. Una moderación imprudente es su carta de presentación. El diálogo con los enemigos y la aceptación a discutir lo que no se debe, su modo de afirmar su iluso “optimismo”.

Muy lejos de ellos han dejado sentencias como las de Sardá y Salvany: “¡Horror, pues, a la herejía, que es el mal sobre todo mal! En país apestado lo primero que se procura es aislar. ¡Quién nos diese hoy poder establecer cordón sanitario absoluto entre católicos y sectarios del liberalismo!” (Ibid., Cap. XIX). Ese cordón sanitario fue roto con el levantamiento de las “excomuniones” por parte de Roma, y el correspondiente movimiento dialoguista por parte de la FSSPX. Alguna vez, y antes de que ocurriera, el mismo Mons. Fellay admitió la ventaja que ante los enemigos tenían las falsas “excomuniones”. Luego vino todo lo que ya sabemos, con Mons. Fellay como el abanderado de la sonriente “pax romana” y condenando la “excesiva rigidez reprensible” de algunos de sus sacerdotes.

Pero dijimos que hace falta reconocer a un católico liberal, y para eso cabe distinguir algunas de sus señas particulares, las cuales no vendrán simplemente indicadas por su solo aspecto exterior, sino más bien por su discurso y su comportamiento. En otro escrito, titulado “Los malos periódicos”, el P. Sardá y Salvany hace un análisis pormenorizado del “periódico liberal hipócrita hábil”, que muy bien le cabe a los liberales que estamos analizando dentro de la FSSPX, y en particular a Mons. Fellay y su discurso. Quien analice sus conferencias, entrevistas y sermones atentamente se dará cuenta de ello.

Dice aquel gran autor (y subrayamos nosotros): “La máscara del periódico hipócrita hábil suele ser en primer lugar la moderación. Vean Vds.: es moderado, templado y comedido hasta en la defensa de su fe atacada con frenesí y furor por sus enemigos. En el asalto de una combatida fortaleza él no se pondría de parte de los sitiadores, no, mas se limitaría a recomendar la calma, la moderación y la templanza a los combatidos. A los primeros no les vituperaría la fiereza del ataque; ¿por ventura no están en su derecho legal? Pero a los defensores les tacharía de execrable sinrazón el vigor de la defensa. (…)
El tipo que estoy sacando a la vergüenza suele tener, en segundo lugar, una palabrita que es la clave de todas sus operaciones y el secreto de todos sus equilibrios en la cuerda floja. Esta palabra dulce, blanda, acomodaticia, es la gran palabra de hoy, la gran palabra del siglo, la palabra compendio de todo el sistema filosófico de ciertas gentes. Esta palabra no es nombre, ni es verbo; es una simple conjunción, que ningún gramático reaccionario hubiese soñado llegase a tener con el tiempo tal importancia. Esta palabra mágica es el pero. Un pero, soltado a tiempo y con habilidad, es el admirable comodín con que se sale de todos los apuros y se contenta a todo el mundo. Con él se puede hacer, no como Jano, cara a dos, sino cara a ciento, como no imaginó jamás la mitología. Con un buen pero se unen cosas al parecer perpetuamente irreconciliables, como son el espíritu católico y el espíritu revolucionario, el amor a la Iglesia y el entusiasmo por sus opresores, etc. Se puede decir, como se decía no ha mucho: El Papa está en su derecho de convocar el Concilio, pero no conoce que los tiempos no están para eso. Lo de Víctor Manuel es una villanía, pero el Non possumus del Papa es una terquedad. La Iglesia ha sido la gran civilizadora del mundo, pero en el siglo actual no debiera oponerse a la corriente de las ideas. La unidad católica es gran bien, pero no por eso queremos la intolerancia. ¿Quién no ha leído estas y otras frases por el estilo? ¿Quién no conoce a alguno o algunos de estos periódicos sabios, que se erigen en intermediarios y amigables componedores entre la Iglesia y Satanás, dando lecciones al uno y otro, y lamentando melodramáticamente que por no seguir sus prudentes consejos se perjudique a la causa de la fe, que ellos indudablemente defenderían mejor que los mismos encargados de defenderla? ¿Qué es un catolicismo con peros sino un catolicismo que es un catolicismo mutilado, sino un catolicismo falso? ¡Maldito pero, gran encubridor de traiciones y apostasías!” (“Los malos periódicos”, artículos publicados en “Propaganda católica”, T. II).

Sí, amable lector, allí está la marca que deja a su paso tras largas, larguísimas disertaciones en los principales idiomas del mundo, Monseñor Fellay. Allí está su truco para anestesiar a los incautos o indolentes oyentes, aunque su habilidad está en no siempre articular la palabreja y su sentido sino después de variaciones distractivas ya sea mediante anécdotas o datos estadísticos que vuelven más farragoso y disperso su discurso. A veces no hace falta que use la palabra, sino solamente su sentido de otra forma. A veces puede decirse “sin embargo” o algo semejante. Lo importante es que tal sirva de nexo para unir cosas inconciliables, principios o actores contradictorios que por una hábil retórica se logra unir y conciliar. Veamos:

“Humanamente hablando, dudamos de que la jerarquía actual esté dispuesta a ello*. Pero una serie de indicaciones muy graves nos obligan a pensar que, no obstante, el Papa Benedicto XVI estaría listo para ello” (Cor unum 101, marzo 2012).

*”Que se le conceda a la Fraternidad una verdadera libertad y autonomía de acción, y que éstas le permitan vivir y desarrollarse concretamente”


“Así pues, hemos recibido una propuesta que trataba de hacernos entrar en el sistema de la hermenéutica de la continuidad. Ésta afirma que el Concilio está y debe estar en perfecta armonía con la enseñanza de la Iglesia a través de todos los tiempos (…) Por primera vez el 1º de diciembre, y por segunda vez el 12 de enero, comunicamos a Roma la imposibilidad en que nos encontramos de firmar un documento que contiene tales ambigüedades. (Pero) Con el fin de no cortar todos los contactos, hemos propuesto una alternativa, inspirados en un pensamiento que Monseñor Lefebvre dirigió al Cardenal Gagnon en 1987: aceptamos ser reconocidos TAL COMO SOMOS. Es importante no dejar de tener relaciones y mantener la puerta abierta, incluso si nada nos permite pensar que la Congregación para la Doctrina de la Fe estaría de acuerdo en abordar, así sea de lejos, una tal perspectiva.” Cor unum 101, marzo 2012).


“Si aceptamos que la Divina Providencia conduce los asuntos de los hombres, respetando su libertad, entonces hay que aceptar que los gestos de estos últimos años a nuestro favor están bajo Su gobierno. Estos indican una línea –no siempre recta- pero claramente a favor de la tradición” (Carta a los tres obispos, 14 de abril de 2012).


“Por el bien común de la Fraternidad, preferiríamos de lejos la solución actual de status quo intermedio, pero evidentemente Roma ya no lo tolera.” (Carta a los tres obispos, 14 de abril de 2012).


“La Iglesia sufre de los mismos males, las consecuencias son todavía más graves y manifiestas que en aquel entonces, pero al mismo tiempo se puede constatar un cambio de actitud en la Iglesia, ayudado por las acciones y los gestos de Benedicto XVI hacia la Tradición. (Carta a los tres obispos, 14 de abril de 2012).


“Así, por ejemplo, respecto al Concilio, podemos decir que hay que rechazar prácticamente todo. Sin embargo, de otra parte, podemos decir igualmente que hay que intentar salvar lo que podría serlo. Con todo, no todos podremos decir siempre la misma cosa. El Concilio es una mezcla: hay bueno y malo”. (Entrevista concedida en Menzingen el 31 de julio de 2012, Agencia italiana Apcom).

“¡Todavía no estamos de acuerdo doctrinalmente, y sin embargo el Papa quiere reconocernos! ¿Por qué? La respuesta es ésta: hay problemas tremendamente importantes en la Iglesia de hoy. Debemos hacer frente a estos problemas. Debemos dejar de lado los problemas secundarios y hacer frente a problemas mayores. Esta es la respuesta de tal o cual prelado romano, pero no lo dirán jamás abiertamente; hay que leer entre líneas para entender”. (Entrevista a Mons. Fellay del 6 de junio 2012, DICI)


“Las autoridades oficiales no quieren reconocer los errores del Concilio. Ellas no lo dirán nunca de manera explícita. Sin embargo, si leemos entre líneas, se puede ver que quieren remediar a algunos de estos errores”. (Entrevista a Mons. Fellay del 6 de junio 2012, DICI)


“Por supuesto, esto no elimina todos los problemas, y todavía hay graves dificultades en la Iglesia: el ecumenismo, Asís, la libertad religiosa… pero el contexto está cambiando; y no sólo el contexto sino la situación misma…” (Entrevista a Mons. Fellay del 6 de junio 2012, DICI)


“Por supuesto que lo mejor sería que Roma renunciara a los errores conciliares, regresara a la Tradición y únicamente después, sobre esta base, la Fraternidad obtuviera automáticamente un estatus canónico regularizado en la Iglesia. Sin embargo, la realidad nos incita a no hacer depender un eventual acuerdo de una gran autocrítica de Roma, sino de una atribución de garantías reales que Roma, tal cual ella es, permitiera a la Fraternidad permanecer tal como es”. (Mons. de Galarreta, entrevista en Polonia, 7 abril 2013).


“Porque es imposible que a la mayoría de los Superiores de la Fraternidad –después de una discusión franca, un análisis de fondo de todos los aspectos, de todos los pormenores-, es impensable que la mayoría se equivoque en una materia prudencial. (Pero) Y si, por casualidad, lo imposible sucede, entonces que así sea, de todos modos, vamos a hacer lo que la mayoría piensa”. (Mons. de Galarreta, sermón en Villepreux, 13 de octubre de 2012).


“Nos alegramos y agradecimos ese decreto, precisamente en cuanto nos quita ese estigma, en cuanto nos quita ese estigma, en cuanto quita esa condenación a lo que representamos, que es la verdadera Tradición católica, que es la verdadera Fe católica. Y ese primer aspecto allana el camino para que podamos discutir sobre doctrina, sobre Fe, con esta Roma” (…) (Pero) Ahora, que nos alegremos de eso no quiere decir que el decreto en sí mismo nos parezca bueno. Es evidente que ese decreto no responde ni a la realidad, ni a la verdad, ni a la justicia” (Mons. De Galarreta, Sermón en el Seminario de La Reja, 15 de enero de 2009. Nótese que ¡se alegra de discutir de doctrina con alguien que emite un decreto al que él mismo califica de irreal, injusto y mentiroso! ¿Qué confianza o qué podía esperar de esa gente? En este caso, se concilian dos cosas opuestas por un motivo de “caridad” que excluye la verdad).


“Estos acontecimientos sugirieron a Monseñor Fellay dejar de lado el principio que guio las negociaciones con Roma. Este principio era: “ninguna solución práctica sin acuerdo doctrinal”. Pero los acontecimientos pasados probaron que las diferencias relativas a la cuestión doctrinal no pueden ser resueltas. El papa quiere una solución canónica para la FSSPX… Si la Fraternidad rechaza un acuerdo, incluso en estas circunstancias, el resultado podría ser nuevas excomuniones". (Conferencia del padre Niklaus Pfluger, en Hattersheim, el 29 de abril de 2012)


Estas no son textuales pero sintetizan lo que se nos ha venido diciendo en montones de discursos o sermones de los superiores y sacerdotes:

-Las excomuniones son inexistentes, pero si las levantan lo aceptamos y agradecemos porque así podremos extender nuestro apostolado.

-El motu proprio Summorum Pontificum declara que el modo ordinario del rito romano es el Novus Ordo. Pero lo aceptamos y agradecemos porque también da lugar a que se pueda rezar libremente la Misa tradicional.

-Las discusiones doctrinales no llevaron a ningún acuerdo. Pero Roma igualmente quiere ofrecernos algo así que debemos escucharlos.

-El Papa no nos dio ni el acuse de recibo de nuestros ramilletes de rosarios. Las discusiones doctrinales fueron como si no hubiesen sido. Siguen los efectos del Vaticano II. Pero el clima cambió y tenemos amigos en Roma, por lo tanto tenemos que cambiar nuestra actitud para con ésta.

-En Roma sigue el modernismo, incluso peor que antes con Francisco. Pero si el Papa quiere reconocernos como somos ¿cómo no aceptarlo?

La táctica es siempre la misma: avanzar con afirmaciones católicamente impecables, citando a veces a Mons. Lefebvre, para en un momento dar un paso atrás poniendo el énfasis en algo que no es doctrinal, haciendo ver que tal posibilidad entrevista sería un gran bien para la Fraternidad. Mons. Fellay se seguirá valiendo de vaguedades, incertidumbres y palabras “pías” para enhebrar sus discursos donde subyace la misma idea de siempre, cada vez más lejos de las afirmaciones claras de los varones católicos que nos precedieron, esparciendo sus convenientes nebulosidades ante la obsecuente tribuna de descuidados hombres de Dios que ya no parecen reconocer y distinguir el lenguaje coherente de la verdad, que no lleva en sí contradicción alguna. Dios quiera que abreven más en los escritos antiliberales de aquellos cuyo ejemplo debemos seguir. El fundador de la FSSPX por la que dicen luchar, por ejemplo.
   


Nota:

En su exposición dada en el curso del “Premier Symposium de Paris” acerca de la religión del Vaticano II, realizada los días 4-5-6 de octubre de 2002, el Padre Paolo Pasqualucci, de la FSSPX, se refirió, al dar las hipótesis de trabajo para una tipología de los errores del Vaticano II, al uso de los adversativos. Dice así:

“El uso de la partícula pero (mais, en francés) para renegar de facto de verdades fundamentales. La cosa ha sido revelada por Amerio, que relata declaraciones del período post-conciliar.: “El fundamento de la vida religiosa no es puesto en cuestión, pero su estilo de realización”; “la clausura debe ser mantenida, pero ella debe ser adaptada según las condiciones de los tiempos y de los lugares, etc.” (ver Iota Unum, cap. V, par. 50). Esta “fórmula del pero” –continúa Amerio- se la encuentra a menudo en las intervenciones de los padres en el Concilio; remarquemos que en esas intervenciones “la aserción introducida con el pero destruye la aserción principal”. Según nosotros, habría que controlar todos los debates conciliares (y todos los textos del Concilio también) para reconstituir el rol eventualmente jugado por el pero y por construcciones adversativas similares”.
(« La religión de Vatican II », Editions des Cercles de Tradition de Paris, 2003, pp. 34-35).