La
FSSPX está atrapada en el engranaje revolucionario de la iglesia conciliar.
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sábado, 15 de julio de 2017
lunes, 28 de octubre de 2013
LA ACCIÓN
Los guerreros lucharán,
y Dios dará la victoria.
Es
odioso el engaño de ese pietismo, que se cree sobrenatural, porque está
desencarnado, en el que la oración lejos de esclarecer, lejos de fortificar la
acción se convierte en argumento de negligencia, de pasividad, de
inconsecuencia. Actitud que tiene tanto éxito porque favorece una tendencia
natural a la pereza, al esfuerzo efímero quizá, pero elemental, superficial,
sin resultados duraderos y serios. Sobrenaturalismo siempre dependiente de lo
que es camino extraordinario en la piedad. Espera en un milagro, en la
realización de una profecía según la cual todo se arreglará algún día por
simple intervención divina, sin que haya necesidad de entremezclarse en ello. Pero
¿quién tomará a esta caricatura por la piedad verdadera, de la que los santos
han ardido? Esta piedad que le valió al doctor de Poitiers la respuesta de
Juana:—“Decís que Dios quiere librar al pueblo de Francia de sus calamidades;
pues si lo quiere, no le será necesario poner en movimiento a los guerreros”. —“En
nombre de Dios—respondió la joven—los guerreros lucharán y Dios dará la
victoria”.
Esta es, en efecto, la respuesta más ortodoxa
tanto en la esfera natural como en la sobrenatural.
Orar,
como si nuestra acción debiera ser inútil, y actuar, como si nuestra oración
pudiera serlo también.
¿No
es monstruoso que una cierta rectitud doctrinal pueda no incitarnos a la
acción?
Se
ha dicho: “El mundo cristiano se presenta como el defensor de una mística
verdadera pero que ya no la vive; frente a un adversario que es promotor de una
mística falsa, pero vivida, servida intensamente”.
¿Hay
perversión más sutil y más grave, que la de una ortodoxia del pensamiento
satisfecha de sí misma, pero indiferente a la infecundidad de lo verdadero, al
triunfo del mal?
Una
ortodoxia completamente cerebral y especulativa no es suficiente. Es necesario,
para ser realmente, vitalmente ortodoxo, no solamente la ortodoxia de la
inteligencia; sino, si se pudiera decir, la ortodoxia de la voluntad. La cual
se manifiesta ante todo por una facultad normal de entusiasmo y de indignación.
Y, ciertamente, no por esta actitud de soberana indiferencia, que algunos
quisieran llamar prudencia y dominio de sí mismos.
“La
frecuencia, el poderío del crimen, escribe el Cardenal Ottaviani, han embotado,
desgraciadamente, a la sensibilidad cristiana, aun entre los cristianos. No
solamente como hombres, sino como cristianos, ya no reaccionan, ya no vibran.
¿Cómo pueden sentirse cristianos, si son insensibles a las heridas hechas al
cristianismo?
“...
Da escalofríos pensar en todos esos cristianos que están encarcelados con sus
pastores... se creería que íbamos a asistir a una protesta semejante al rugido
del océano, a un levantamiento de la humanidad, a un clamor de reprobación
semejante a un grito de lamentación que no se puede refrenar. Nada de eso.
Cierta prensa totalmente absorbida por las vicisitudes de la vida de los
campeones, de los actores, por las crónicas de sucesos, ignora lo que todo el
mundo sabe: que hay multitud de hombres en prisión o en trabajos forzados,
muchos ferozmente atenazados, que no pueden salir, ni siquiera por dos días, de
su país y de su casa...“
“Todo
se puede, menos vivir en este estado de insensibilidad. Porque la vida se
prueba por la sensación del dolor, por la vivacidad (la palabra es sugestiva)
con que se reacciona a la herida, con prontitud y la potencia de la reacción.
En la podredumbre y en la descomposición ya no se reacciona”.
Dios no niega al impío
el triunfo de su trabajo.
No
hay ninguna organización, ningún partido, ningún clan, ninguna secta, que no
tenga hoy un plan que proponer, y que no se afane en hacerlo aceptar. Sólo los
cristianos vamos a remolque, osando considerar como rasgos de virtud el hecho
de adoptar más bien las tesis del enemigo, en vez de proclamar “triunfalmente” las
nuestras.
jueves, 10 de octubre de 2013
A LOS POLÍTICAMENTE CORRECTOS.
San
Gregorio Magno, en sus Comentarios del
Libro de Job, habla de los cristianos que, hacia el fin de los
tiempos, “obedeciendo una falsa política, serían tímidos y cobardes en la
defensa de la verdad, y por una culpable tolerancia, se callarán ante las
violaciones de las leyes divinas y humanas. Predicarán la prudencia y la
política mundanas y pervertirán, con sus sofismas y su facundia, el espíritu de
los sencillos”.
La
realidad es que “creyendo llevar la fe al seno de las ideas liberales,
algunos han perdido la propia” (Blanc de Saint-Bonnet).
JEAN
OUSSET, Para que Él Reine, pág. 222
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