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viernes, 4 de marzo de 2016

LAS IRAS DEL DEMONIO





«¡Fuego, fuego! ¡Que se quema una casa!»



«Predicaba un día ante una gran concurrencia. Estaba ya en la mitad de la misión. El pueblo cada vez venía dando muestras de mayor arrepentimiento…Era de noche. Casi todos los habitantes del pueblo estaban reunidos en la iglesia. Cuando el Padre había tomado en sus manos el santo crucifijo para terminar el sermón con una inflamada súplica, un hombre desconocido, entrando a viva fuerza en el templo, alborotó al auditorio gritando:

— ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Que se quema una casa! ¡Auxilio!

El P. Claret, con una gran voz, dijo interrumpiendo el sermón:

— ¡Es el demonio! No se quema ninguna casa. Y para que lo veáis, que vaya el sacristán a mirarlo. Si hay fuego, todos iremos a apagarlo; pero hasta que venga el aviso, estad todos en silencio y tranquilidad.

Vino el sacristán, y dijo que no había la menor señal de incen­dio... Entonces el público quiso apalear al hombre que así había alarmado al pueblo; pero aquel hombre, misteriosamente, desapa­reció.

—¿ No os lo decía yo ?—exclamó entonces el P. Claret—. Es el demonio, enemigo de vuestras almas, que teme que os aprovechéis de esta santa misión.

Y tomando asunto de este suceso, les predicó sobre la impor­tancia de la salvación...»

(Anécdota de la vida de San Antonio María Claret. J. Echevarría, C.M.F., Recuerdos del Beato P. Claret, tercera edición, Madrid 1943).


domingo, 6 de diciembre de 2015

LA MANSEDUMBRE Y EL BUEN CELO APOSTÓLICO





Conocí que la virtud que más nece­sita un misionero apostólico, después de la hu­mildad y pobreza, es la mansedumbre. Por esto, Jesucristo decía a sus amados discípulos: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y así hallaréis descanso para vues­tras almas. La humildad es como la raíz del árbol, y la mansedumbre es el fruto. Con la humildad, dice San Bernardo, se agrada a Dios, y con la mansedumbre, al prójimo. En el ser­món que Jesucristo hizo en el monte dijo: Bien­aventurados los mansos, porque ellos posee­rán la tierra. No sólo la tierra de promisión y la tierra de los vivientes que es el Cielo, sino también los corazones terrenos de los hombres.

No hay virtud que los atraiga tanto como la mansedumbre. Pasa lo mismo que en un estanque de peces; que, si se les tira pan, todos vienen a la orilla, sin miedo ninguno se acercan a los pies; pero, si en lugar de pan se les tira una piedra, todos huyen y se esconden. Así son los hombres. Si se les trata con man­sedumbre, todos se presentan, todos vienen y asisten a los sermones y al confesonario; pero, si se les trata con aspereza, se incomodan, no asisten y se quedan allá murmurando del ministro del Señor.

La mansedumbre es una señal de vo­cación al ministerio de misionero apostólico. Cuando Dios envió a Moisés, le concedió la gracia y la virtud de la mansedumbre. Jesucristo era la misma mansedumbre, que por esta vir­tud se le llama Cordero: será tan manso, de­cían los profetas, que la caña cascada no aca­bará de romper, ni la mecha apagada acaba­rá de extinguir; será perseguido, calumniado y saciado de oprobios, y como si no tuviera lengua, nada dirá. ¡Qué paciencia! ¡Qué man­sedumbre! Sí, trabajando, sufriendo, callando y muriendo en la Cruz, nos redimió y enseñó cómo nosotros lo hemos de hacer para salvar las almas que él mismo nos ha encargado.

Los Apóstoles, adoctrinados por el divino Maestro, todos tenían la virtud de la man­sedumbre, la practicaban y enseñaban a los de­más, singularmente a los Sacerdotes. Así es que Santiago decía: ¿Hay entre vosotros alguno te­nido por sabio y bien amaestrado para instruir a otros? Muestre por el buen porte su proceder y una sabiduría llena de dulzura. Mas, si tenéis un celo amargo y el espíritu de discordia en vuestros corazones, no hay para qué gloriaros y levantar mentiras contra la verdad, que esa sabiduría no es la que desciende de arriba, sino más bien una sabiduría terrenal, animal y dia­bólica (Sant. c.3, 13-15).

viernes, 27 de junio de 2014

EL MINISTERIO DE LA PALABRA





La palabra divina sacó de la nada todas las cosas. La palabra divina de Jesucristo restauró todas las cosas. Jesucristo dijo a los Apóstoles: Euntes in mundum universum, praedicate evangelium omni creaturae. San Pablo dijo a su discípulo Timoteo: Praedica Verbum. La sociedad no perece por otra cosa sino porque ha reti­rado a la Iglesia su palabra, que es palabra de vida, palabra de Dios. Las sociedades están desfallecidas y ham­brientas desde que no reciben el pan cotidiano de la pa­labra de Dios. Todo propósito de salvación será estéril si no se restaura en toda su plenitud la gran palabra católica.

El derecho de hablar y de enseñar a las gentes, que la Iglesia recibió del mismo Dios en las personas de los apóstoles, ha sido usurpado por una turba de periodistas obscuros y de ignorantísimos charlatanes.

El ministerio de la palabra, que es, al mismo tiempo, el más augusto y el más invencible de todos, como que por él fue conquistada la tierra, ha venido a convertirse en todas partes, de ministerio de salvación, en ministerio abominable de ruina. Y así como nada ni nadie pudo contener sus triunfos en los tiempos apostólicos, nada ni nadie podrá contener hoy sus estragos si no se procura hacer frente por medio de la predicación de los Sacerdotes y de grande abundancia de libros buenos y otros escritos santos y saludables.

¡Oh Dios mío!, os doy palabra que lo haré. Pre­dicaré, escribiré y haré circular libros buenos y hojas vo­lantes en abundancia a fin de ahogar el mal con la abundancia del bien”.


San Antonio María Claret, Autobiografía

viernes, 22 de marzo de 2013

GRITAR CONTRA EL LOBO ES CARIDAD



STAT VERITAS

“¿Cómo tendré caridad si -sabiendo que en un camino hay ladrones y asesinos que roban y matan a cuantos pasan- no se lo advierto a los que se dirigen a él?

¿Cómo tendré caridad si -sabiendo que los carnívoros lobos están matando a las ovejas de mi Señor- callo?

¿Cómo tendré caridad si enmudezco al ver como roban las alhajas de la Casa de mi Padre, tan preciosas que le cuestan la sangre y la vida a Dios, y al ver que han pegado fuego a la Casa y Heredad de mi amadísimo Padre? (...)

¡Ah! No es posible callar, Madre mía. No callaré aunque supiese que de mí han de hacer pedazos, no quiero callar; llamaré, gritaré, daré voces al cielo y a la tierra, a fin de que se remedie tan gran mal.

No callaré… Y si de tanto gritar se vuelven roncas o mudas mis fauces, levantaré las manos al cielo, se espeluznarán mis cabellos, y los golpes que con los pies daré en el suelo, suplirán la falta de mi lengua…

Tal vez me diréis que ellos, como enfermos frenéticos, no querrán escuchar al que les quiere curar; antes bien me despreciarán y perseguirán de muerte. ¡No importa!”.

San Antonio María Claret