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viernes, 7 de noviembre de 2014

SIEMPRE ES MÁS GRAVE...



“Así, pues, siempre es más grave amar el pecado que perpetrarlo, como también es peor aborrecer la justicia que dejarla de practicar. En la Iglesia hay muchos que no solo no practican el bien sino que lo persiguen, y detestan en los demás lo que ellos desprecian hacer: el pecado de éstos no es de debilidad o ignorancia, sino de mala intención”. 

San Gregorio Magno.



miércoles, 20 de noviembre de 2013

LA CONVERSIÓN DE LOS JUDÍOS


LA CONVERSIÓN DE LOS JUDÍOS


R. P. Emmanuel André

El drama del fin de los tiempos
 (Noveno artículo, noviembre de 1885)




La Sagrada Escritura nos señala un gran acontecimiento, que nos muestra como entrelazado en la guerra que el Anticristo desencadenará contra la Iglesia: es la conversión de los Judíos. Hemos diferido de hablar de ella hasta ahora, para tratar este tema con más detalle. Además de que, en el punto en que vamos, se encuentra perfectamente en su lugar. Porque la conversión del pueblo judío nos es presentada como fruto de la predicación de Elías.

I

El pueblo judío es el punto alrededor del cual se desarrolla la historia de la humanidad. Fue acariciado por Dios, en la persona de Abraham, de quien sale; es, antes de Nuestro Señor, el pueblo sacerdotal por excelencia, cuyo estado, según la sentencia de San Agustín, es totalmente profético; ha dado nacimiento a la Santísima Virgen y al Salvador del mundo; ha formado el núcleo de la Iglesia naciente. Todos estos privilegios hacen de la raza judía una raza excepcional, cuyos destinos son extremadamente misteriosos.
Por una inversión extraña y lamentable, desde el momento en que produce al Salvador del mundo, la raza elegida, la raza bendita entre todas, merece ser reprobada. Ella se niega a reconocer, en su humildad, a Aquél cuyas invisibles grandezas no sabe adorar. Parece que Dios haya querido mostrar por ahí que la vocación al cristianismo no le debe nada ni a la carne ni a la sangre, puesto que los mismos de quienes Cristo venía según la carne (Rom. 9 5) fueron rechazados de ella por su orgullo tenaz y carnal.
Su reprobación, sin embargo, ¿es definitiva? ¿Seguirán siendo siempre la presa de Satán, y estando excluidos del resto del mundo por la cruz del Salvador? ¡Dios no lo quiera! Dios reserva misericordias supremas al pueblo que fue el suyo. A este pueblo, al que fue dicho: “Vosotros no sois mi pueblo”, se le dirá un día: “Vosotros sois los hijos del Dios vivo” (Os. 1 10). Después de haber quedado durante largo tiempo sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin altar, los hijos de Israel buscarán al Señor su Dios; y eso se hará sobre el fin de los tiempos (Os. 3 4-5).
Elías será el instrumento de esta maravillosa vuelta. “He aquí que Yo os enviaré, dice el Señor por Malaquías, al profeta Elías, antes de que llegue el día grande y terrible de Dios, para que vuelva el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a sus padres” (Mal. 4 5-6). Es decir, restablecerá la armonía de los mismos amores, de las mismas adoraciones entre los santos antepasados del pueblo judío y sus últimos descendientes.
San Pablo afirma a su vez este acontecimiento tan consolador. El ve en la reprobación de los judíos la causa ocasional de la vocación de los Gentiles. Luego añade: “No quiero que ignoréis, hermanos, este misterio: que el encallecimiento ha sobrevenido parcialmente a Israel, hasta que la totalidad de las naciones haya entrado; y entonces todo Israel será salvo” (Rom. 11 25).
Tal es, pues, el designio de Dios. Es necesario que toda la gentilidad entre en la Iglesia; y cuando haya concluido el desfile de las naciones, Israel entrará a su vez. Será el gran jubileo del mundo; la gracia se derramará por torrentes. Si se toman al pie de la letra las profecías, todos los Judíos que entonces vivan, hasta el último de ellos, aunque fuesen numerosos como las arenas del mar, se salvarán (Rom. 11, 27).
Para comprender los estremecimientos profundos que este gran acontecimiento producirá en el mundo, hay que recurrir a las figuras proféticas, por las que Dios se complació a anunciarlo de mil maneras.
El pueblo judío, entrando en la Iglesia, es Esaú reconciliándose con Jacob. ¡Y con qué ternura! “Corriendo al encuentro de su hermano, Esaú lo abrazó, se echó sobre su cuello y lo besó, rompiendo ambos a llorar” (Gen. 33 4).
Pero el verdadero símbolo de Jesús reconocido por sus hermanos Judíos, es sobre todo José reconocido por sus hermanos. En otro tiempo lo vendieron y lo crucificaron; mas una imperiosa necesidad de verdad y de amor los lleva a sus pies al fin de los tiempos. ¡Qué encuentro! ¡Qué espectáculo! ¡Jesús, en todo el brillo de su poder, desvelando a los Judíos los tesoros de su Corazón, y diciéndoles: Yo soy José, yo soy ese Jesús a quien vosotros vendisteis! (Gen. 45 3).
Abrid por fin el Evangelio, en la página del hijo pródigo (Lc. 25). Este pródigo, que viene de tan lejos, son los pobres Gentiles que entran en la Iglesia. Los judíos son representados por el hijo mayor, celoso y egoísta, que se obstina en permanecer afuera porque su hermano ha sido recibido en la casa. El padre sale y le hace invitaciones apremiantes, cœpit illum rogare. Este desnaturalizado se niega a escuchar a su padre; pero al fin lo escuchará, entrará, y habrá en la casa paterna doble regocijo.
¡No!, no podemos imaginarnos las alegrías de la Iglesia, cuando por fin abra su seno de madre a los hijos de Jacob. No podemos imaginarnos las lágrimas, los arrebatos de amor de éstos, cuando, después de desaparecer por fin el velo de sus ojos, reconozcan a su Jesús. ¿En qué momento preciso sucederá este gran acontecimiento? Ahí está el nudo de la dificultad. Sin pretender resolverla, esperamos esclarecerla un poco.

II

Parece seguro, según la tradición, que el Anticristo será de nacionalidad judía. Aparecerá como el producto de esta fermentación de odio que, desde hace siglos, agría el corazón de los judíos contra Jesús, su tierno hermano, su incomparable amigo.
Parece igualmente seguro que los Judíos en su mayor parte acogerán a este falso mesías, haciéndole cortejo, y le someterán el mundo por la mala prensa y la alta finanza.
Pero, ya desde el tiempo que precederá a la venida del hijo del pecado, se formará, entre los judíos, una corriente de adhesión a la Iglesia. Los grandes acontecimientos tienen siempre preludios que los anuncian.
San Gregorio declara que el furor de la persecución del Anticristo recaerá principalmente sobre esos judíos convertidos, cuya constancia en soportar todos los ultrajes y todos los tormentos por el nombre mil veces bendito de Jesús nadie igualará. Este pasaje de San Gregorio es demasiado importante para que lo omitamos.
El gran Papa explica una de las misteriosas profecías en acción de Ezequiel (Ez. 3). Es un drama en tres actos. 1º Dios ordena al profeta que salga al campo; esta salida representa la difusión del Evangelio entre los Gentiles. 2º Luego lo hace entrar de nuevo en la casa, donde es cargado de cadenas, apresado y reducido al silencio; lo cual indica cómo el Evangelio será predicado por los Judíos a los mismos Judíos, de los cuales unos se convertirán, y otros agarrarán a los predicadores y los abrumarán de malos tratos, a saber durante la persecución del Anticristo. 3º Dios aparece, abre la boca al profeta, que habla con más fuerza que nunca; es lo que sucederá con la venida de Elías, el cual, por sus predicaciones inflamadas e irresistibles, convertirá a los restos de su nación (In Ezech. lib. I, hom. XIII).
No podríamos aquí admirar bastante la lucidez profética de San Gregorio. Distingue de antemano las fases del gran acontecimiento que nos ocupa: escisión del pueblo judío en dos partes, opresión de los convertidos por parte de los refractarios, conversión total realizada por Elías.
El santo Papa asegura, en sus comentarios sobre Job, que esta vuelta definitiva de los restos de Israel tendrá lugar bajo los ojos mismos y a pesar de la rabia impotente del Anticristo (Moralia in Job, lib. XXXV, cap. 14). Si la Iglesia goza de semejantes consuelos en el mismo ardor de la persecución, ¡qué será a la hora del triunfo! Es lo que vamos a considerar rápidamente.

III

Hay destrucciones necesarias, para las cuales Dios se sirve de los malos ángeles. El Anticristo, a su modo y a pesar suyo, será la vara de Dios. Esta vara de hierro pulverizará los cismas, las herejías, las falsas religiones resto del paganismo, el mahometismo y el mismo judaísmo; triturará el mundo para conseguir una prodigiosa unidad.
Cuando este coloso de impiedad haya sido abatido por la pequeña piedra, ésta se convertirá en una montaña inmensa y cubrirá la tierra; el Evangelio, no encontrando ya obstáculos de ninguna clase, reinará sin contradicción en todo el universo.
Los judíos serán los principales obreros en este establecimiento del reino de Dios. San Pablo se extasía ante las grandes cosas que resultarán de su conversión. “Si la caída de los Judíos, exclama, ha sido la riqueza del mundo, y si su mengua ha sido la riqueza de los Gentiles, ¿cuánto más lo será su plenitud [esto es, su adhesión total]?... Si su repudio ha sido reconciliación del mundo, ¿qué será su acogida [en la Iglesia] sino un retornar de muerte a vida?” (Rom. 11 12, 15). Temeríamos debilitar, comentándolas, estas antítesis enérgicas. Es legítimo concluir de ello que los judíos convertidos pondrán al servicio de la Iglesia un ardor inexpresable de proselitismo. Rejuvenecida por esta infusión de vida, la Iglesia saldrá de los aprietos de la persecución como de la piedra de un sepulcro; y tomará posesión del mundo, con la majestad de una reina y la ternura de una madre.
Estos acontecimientos, ¿serán el preludio inmediato del juicio final, o la aurora de una nueva era? Enunciaremos las conjeturas que se pueden formular sobre este particular.




jueves, 10 de octubre de 2013

A LOS POLÍTICAMENTE CORRECTOS.




San Gregorio Magno, en sus Comentarios del Libro de Job, habla de los cristianos que, hacia el fin de los tiempos, “obedeciendo una falsa política, serían tímidos y cobardes en la defensa de la verdad, y por una culpable tolerancia, se callarán ante las violaciones de las leyes divinas y humanas. Predicarán la prudencia y la política mundanas y pervertirán, con sus sofismas y su facundia, el espíritu de los sencillos”.

La realidad es que “creyendo llevar la fe al seno de las ideas liberales, algunos han perdido la propia” (Blanc de Saint-Bonnet).
  
JEAN OUSSET, Para que Él Reine, pág. 222


miércoles, 28 de agosto de 2013

HABLAN LOS SANTOS




“Sólo cree de verdad el que practica lo que cree”.

San Gregorio Magno



“¿Sabéis cuál es la primera tentación que el demonio presenta a una persona que ha comenzado a servir mejor a Dios? Es el respeto humano”.

Santo Cura de Ars



“Es tan agradecido, que un alzar de ojos con acordarnos de El no deja sin premio”.

Santa Teresa



“El alma que venza la potencia del demonio no lo podrá conseguir sin oración ni podrá entender sus engaños sin mortificación y sin humildad”.

San Juan de la Cruz



“Si no quieres sufrir no ames, pero si no amas ¿para que quieres vivir?”.

 San Agustín



“Es el amor lo que da precio a todas nuestras obras; no es por la grandeza y multiplicidad de nuestras obras por lo que agradamos a Dios, sino por el amor con que las hacemos”.

San Francisco de Sales



“Tened por cierto el tiempo que empleéis con devoción delante de este divinísimo Sacramento, será el tiempo que más bien os reportará en esta vida y más os consolará en vuestra muerte y en la eternidad. Y sabed que acaso ganaréis más en un cuarto de hora de adoración en la presencia de Jesús Sacramentado que en todos los demás ejercicios espirituales del día.”

San Alfonso María de Ligorio



“No hay sufrimiento donde reina el amor, pero si existe sufrimiento, el sufrimiento mismo se convierte en objeto de amor”.

San Agustín



"La ley de Cristo, que se cumple en el amor, nos obliga a procurar la salvación de las almas más que la del cuerpo".

San Francisco de Asís



“Dios ama a cada uno de nosotros, como si sólo hubiera uno de nosotros”.

San Agustín



“El grado más perfecto de humildad es complacerse en los menosprecios y humillaciones. Vale más delante de Dios un menosprecio sufrido pacientemente por su amor, que mil ayunos y mil disciplinas.”

San Francisco de Sales



“El que, por obediencia, se somete al mal, está adherido a la rebelión contra Dios y no a la sumisión”.

San Bernardo




“Todos los santos comenzaron su conversión por la oración y por ella perseveraron; y todos los condenados se perdieron por su negligencia en la oración. Digo, pues, que la oración nos es absolutamente necesaria para perseverar”.

Santo Cura de Ars



“Si el mundo va contra la verdad, entonces Atanasio va en contra del mundo”.

San Atanasio



“¡Cuántos por el Rosario han salido del pecado! ¡Cuántos han llegado a la santidad! ¡Cuantos han conseguido con una muerte dichosa, la salvación eterna!”.

San Alfonso María Ligorio.



“El amor no consiste en grandes cosas, sino en tener grande desnudez y padecer por el Amado”.

San Juan de la Cruz



“La humildad, pues, nos perfecciona en lo que mira a Dios, y la mansedumbre en lo que toca al prójimo”.

San Francisco de Sales



“Si hubiese en la Iglesia corazones de madre en los sacerdotes, que amargamente llorasen de ver muertos a sus espirituales hijos, el Señor, que es misericordioso, les diría lo que a la viuda de Naím: “No llores”. Y les daría resucitadas las almas de los pecadores”.

San Juan de Ávila



“Están pues muy equivocados los que creen y esperan para la Iglesia un estado permanente de plena tranquilidad, de prosperidad universal, y un reconocimiento práctico y unánime de su poder, sin contradicción alguna; pero es peor y más grave el error de aquellos que se engañan pensando que lograrán esta paz efímera disimulando los derechos y los intereses de la Iglesia, sacrificándolos a los intereses privados, disminuyéndolos injustamente, complaciendo al mundo ‘en donde domina enteramente el demonio’, con el pretexto de simpatizar con los fautores de la novedad y atraerlos a la Iglesia, como si fuera posible la armonía entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y el Demonio. Son éstos, sueños de enfermos, alucinaciones que siempre han ocurrido y ocurrirán mientras haya soldados cobardes, que arrojen las armas a la sola presencia del enemigo, o traidores, que pretendan a toda costa hacer las paces con los contrarios, a saber, con el enemigo irreconciliable de Dios y de los hombres”.

San Pío X

domingo, 28 de julio de 2013

SERMÓN DOMINGO X DESPUÉS DE PENTECOSTÉS - R.P. RENÉ TRINCADO






Casi todo este sermón consistirá en leer algunos comentarios de los Santos Padres acerca del Evangelio de hoy, y que se leen en la “Catena Aurea” de Santo Tomás de Aquino:
Y dijo esta parábola a los que, confiando en sí mismos, se tienen por justos y desprecian a los demás: dos hombres subieron al templo a orar: uno fariseo y otro publicano.
Y el fariseo, estando de pie… Cuando dice que estaba de pie, Nuestro Señor indica el orgullo, porque el fariseo se mostraba muy soberbio aun en su actitud física. En la soberbia hay un menosprecio de Dios. Es soberbio el que se atribuye a sí mismo las buenas acciones que ejecuta y no a Dios. La causa por la que los soberbios confían excesivamente en sí mismos, está precisamente en no atribuir a Dios lo bueno que hacen o que tienen. Decía Mons. Lefebvre que para ser humildes debemos estar en presencia de Dios, es decir, en la realidad, conscientes de que Él es todo y nosotros somos nada.

Oraba el fariseo en su interior… Es decir, como si no orase delante de Dios, porque se volvía hacia sí mismo por el pecado de la soberbia. El soberbio es siempre un egoísta, un enamorado de sí mismo. Y decía: yo te doy gracias, Dios mío… San Agustín comenta que no es reprendido por agradecer a Dios, sino porque ya no deseaba nada más para sí. Creyéndose perfecto, no necesitaba decir: perdona nuestras deudas. Como si el fariseo dijera: Dios me ha hecho hombre pero yo me hago justo (o bueno o santo).

El clero modernista enseña la oración del fariseo. En el lenguaje corriente,  la Misa ha pasado a ser la Eucaristía, palabra que significa acción de gracias. Si para los modernistas estamos todos salvados, y si “el infierno, si es que existe, está vacío” (Von Balthazar), ¿para qué suplicar? Sólo queda agradecer. Y muchas veces se oye decir: “yo no le pido nada a Dios, sólo le agradezco”. Diabólica ilusión de rectitud, desinterés y simplicidad. Cuidado.

Gracias -decía- porque no soy como los demás hombres… Si solamente dijese "como muchos hombres", pero con eso de “los demás hombres” quiere decir todos excepto él mismo.

Comenta San Gregorio que de cuatro maneras suele demostrarse el orgullo: primero, cuando uno cree que lo bueno que tiene o hace nace exclusivamente de sí mismo; luego cuando uno, convencido de que se le ha dado la gracia de lo alto, cree haberla recibido por sus propios méritos; en tercer lugar, cuando se jacta uno de tener lo que no tiene y, finalmente, cuando desprecia a los demás queriendo aparecer como teniendo lo que ellos desean.

San Agustín agrega que al estar el publicano cerca del fariseo, se le presentó a éste una ocasión para aumentar su orgullo, y por eso sigue diciendo: ni como este publicano... Como queriendo decir: “yo soy único, y éste es como los demás”.

No le bastó menospreciar a toda la humanidad -dice San Juan Crisóstomo-, sino que se refirió también al publicano en particular. Su falta habría sido menor si le hubiese exceptuado, pero con sus palabras ofende a los ausentes y lacera la herida del que está presente. Porque la acción de gracias no debe ser un insulto a los demás. Cuando damos gracias a Dios,  no nos dirijamos a los demás hombres ni condenemos al prójimo.

Gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros... Como el fariseo sabe que conviene no sólo evitar el mal, sino también hacer el bien, añade en contraposición a los pecados “de los demás hombres” las siguientes obras buenas: ayuno dos veces en la semana (los fariseos ayunaban los lunes y los jueves), y doy el diezmo de todo lo que poseo... Está diciendo: “evito el mal y hago el bien. No peco, pero no sólo eso: además me mortifico y doy generosas limosnas de mis bienes”. Nada mal.

San Gregorio comenta: por el orgullo abrió la ciudad de su corazón a los enemigos que la sitiaban, que en vano cerró por la oración y el ayuno, porque todas las fortificaciones se hacen inútiles, cuando hay en ellas un solo punto por el que puede entrar el enemigo.

De ciertas  monjas jansenistas (las de Port Royal), decía Pascal: “son puras como ángeles pero orgullosas como demonios” Cuidado. Por algo Cristo dice “vigilad y orad” y no sólo “orad.” ¿Vigilar qué? Pues nuestras intenciones ante todo, nuestro corazón.

Dice San Agustín: observa sus palabras y no encontrarás ruego alguno dirigido a Dios. Sólo “eucaristía”, sólo acción de gracias. Había subido en verdad a orar, pero no quiso rogar o suplicar a Dios, sino alabarse o ensalzarse a sí mismo, e insultar al que rogaba.

Entre tanto el publicano, a quien alejaba de Dios su propia conciencia, se acercaba a Él por su piedad y su humildad. Por esto sigue diciendo el Evangelio: pero el publicano, estando lejos…

El publicano se diferencia del fariseo no sólo en las palabras y en la actitud, sino sobre todo en la contrición del corazón. Porque no se atrevía a levantar sus ojos al cielo, creyendo que eran indignos de ver lo alto los ojos que antes eligieron buscar y mirar las cosas bajas. Por esta razón se daba golpes de pecho, como para castigar su corazón por las malas intenciones pasadas, y por eso decía Dios mío, ten piedad de mí, pecador.

Cuarenta años estuvo dedicada Santa María Magdalena a hacer lo mismo en una cueva de Marsella, ella, que de gran pecadora se convirtió en gran santa, “porque amó mucho” (Lc. 7 47). Las monjas fariseas de Port Royal, exteriormente correctas e intachables, a las que poco o nada se les había perdonado -por eso amaban poco- no la habrían aceptado como postulante.

Si el publicano hubiera oído eso de: "gracias, Dios mío, porque no soy como este publicano", no se habría indignado, sino que habría experimentado mayor contrición. El fariseo había descubierto la enfermedad del publicano, pero éste no buscaba ocultarla: buscaba curarse. “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”, dice Cristo (Mc. 2 17).

San Agustín agrega: estaba lejos el publicano y, sin embargo, se acercaba a Dios, y el Señor se acercaba a él. Su conciencia lo hundía pero su esperanza lo elevaba. Hería su pecho y se castigaba a sí mismo, y el Señor le perdonaba, porque se confesaba.

Habéis oído al acusador soberbio y al culpable humilde -sigo citando a San Agustín-, oíd ahora al Juez que dice: os digo que éste y no aquél, descendió justificado a su casa.

Dice San Juan Crisóstomo que en esta parábola propone Nuestro Señor dos carros en una carrera. Uno es la justicia unida a la soberbia, el otro es el pecado unido a la humildad. El carro del pecado sobrepasa al de la justicia por la fuerza de la humildad que lo acompaña. El otro es vencido por el peso de la soberbia. Por tanto, aun cuando lleves en tu conciencia el peso de mil culpas, si te crees pequeño, alcanzarás a Dios.

Y el Evangelio señala la causa de la sentencia divina que condena al fariseo y absuelve al publicano, cuando añade porque todo el que se ensalza (o eleva) será humillado y el que se humilla (o rebaja) será ensalzado.  La soberbia -sigo citando al santo- puede privar del cielo al que no se cuide de ella, mientras que la humildad saca al hombre de sus pecados. Ella fue la que salvó al publicano, no al fariseo, y al buen ladrón dio el paraíso antes que a los Apóstoles. Si la humildad unida al pecado corre tan fácilmente que adelanta a la soberbia unida a la justicia, ¿cuánto más adelantará la humildad unida a la justicia? Y si el orgullo unido a la justicia puede dañar tanto a ésta, ¿a cuáles profundidades del infierno iremos si al orgullo unimos el pecado?


“Porque ha mirado la humildad de su esclava, por eso todas las generaciones me llamarán bienaventurada”, dice la Santísima Virgen en el Magnificat. Gracias, entonces, a la humildad, a su humildad, hubo Encarnación y pudimos ser redimidos. Todos los bienes nos vienen por la humildad. Que por la intercesión de nuestra Madre, Dios nos haga humildes.