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sábado, 19 de junio de 2021

SANTA TERESITA, EL PADRE CALMEL Y LA ACTUALIDAD



FUENTE

14/04/2021

 

De 1956 a 1957, el P. Roger Thomas Calmel OP (1914-1975) fue exiliado a España, víctima injusta del avance del modernismo dentro de la Iglesia, que no podía tolerar las posiciones firmes e intransigentes de este digno hijo de Santo Domingo sobre la doctrina y la moral católicas. Su estancia en España le puso inevitablemente en contacto directo con los grandes místicos de aquella tierra.

En San Juan de la Cruz, el P. Calmel vio, a través del camino místico, «al gran doctor del camino de la unión con Dios, del desamparo, de la docilidad al Espíritu Santo, junto a su hija, la pequeña Teresa«. Y es a esta última al que el P. Calmel dedicará páginas magistrales, mostrándola como la Santa dada a la Iglesia para nuestros tiempos de apostasía. Estudiando en profundidad la «pequeña vía» de la infancia espiritual, el P. Calmel muestra su actualidad en relación con la crisis desenfrenada de la Iglesia «en la que el Señor nos pide que demos testimonio«.

A quienes dudaban de los efectos de una posible «resistencia» a la creciente infiltración modernista en la Iglesia, el Padre Calmel respondía: «La pregunta de cuál será el fruto de nuestra resistencia no se pone en absoluto. Se sabe que Dios hace fructificar el testimonio de fe de quienes Lo aman. La verdadera pregunta es esta: ¿cómo dar santamente el testimonio que se debe dar? Al respecto la lección de la infancia espiritual es de un precio inestimable, ya que el cristiano cuya fe es de una sencillez infantil, tan pronto como ve en qué consiste el testimonio de fe, descansa en una perfecta rectitud y en una gran paz. El Padre Celestial, a través de su Hijo Jesús, le brindará la ayuda necesaria, día tras día. Saber si Él impide o no el mal, si la Tradición católica mantiene sus posiciones o si ella se detiene es una preocupación que no le puede ser ajena. Pero está lejos de invadir o poseer su alma; esta preocupación no tiene una repercusión formidable y trágica en su alma; la simple melodía de la confianza y del abandono nunca se ahoga en gritos de miedo.«

Recogemos en estas palabras la sabia aplicación que el P. Calmel había hecho de la doctrina de la infancia espiritual a las contingencias modernas: un espíritu de absoluta confianza en Dios y desconfianza en sí mismo, en el testimonio de fe llevado al extremo, según la propia vocación. El amor que Teresa nos enseña -señaló el P. Calmel- no supone necesariamente acciones extraordinarias, sino que exige que respetemos con extraordinaria atención las leyes de nuestra inserción en el Cuerpo Místico, cada uno según su propio estado de vida.

En nuestros tiempos de confusión y anarquía –sobre todo en tiempos de pandemia– en los que la caridad, sobre todo la caridad apostólica, sirve de pretexto para justificar la extravagancias, la profanaciones y traiciones de todo tipo, la voz del amor enseñada por la pequeña Teresa es «una voz de orden, no de desorden». ¿Entonces que hay que hacer? “Lo que el Señor nos pide es resistir: resistir respecto a la buena Misa y la buena Liturgia, sobre el Bautismo, el catecismo y la doctrina sagrada, como también sobre la moral. Lo que el Señor quiere hacer con sus amigos -no se puede dudar- es colmarlos cada vez más de su amor. Para lograr resistir, para perseverar, basta dejar que Él lo haga, ya que el amor que el Señor quiere poner en sus almas es fuerte como la muerte (Ct. 8,6) y es un alimento maravilloso e inagotable.«

Es precisamente en virtud de este amor que la pequeña Teresa soñaba con participar en los tormentos de los hijos de la Iglesia en tiempos del Anticristo. Entonces el P. Calmel, en una idealizada conversación, le pregunta: «¿Qué tormentos? ¿Pensaste, tal vez, ¡oh Santa! cuya vocación es el amor, en alguna reedición adaptada al mundo moderno de parrillas y minas incandescentes, minas asfixiantes o peines de hierro? ¿Habíais entrevisto que habría algo peor?¿Habíais pensado en los tormentos espirituales de tantos fieles engañados por la Jerarquía?«.

Y aquí procede a hacer una descripción implacable y profética de lo que está ante nuestros ojos. Él previó que «sacerdotes, obispos iban primero a aceptar ser encarcelados en gran número en un sistema muy perfeccionado que luego los habría hecho caer insensiblemente en una nueva religión, en el último culto inventado por el infierno: el de la humanidad en evolución. Sería la destrucción de la fe bajo anestesia, por el efecto conjunto de la democratización y de la autoridad paralelas. Cloroformados, manipulados por el sistema existente, vaciados de su alma, se verían sacerdotes en masa imponer ritos equívocos a los fieles y predicarles una doctrina dudosa. Se vería a obispos y sacerdotes en gran número intoxicados, dominados por el sistema, llevando a la apostasía a una multitud de simples fieles sin otra defensa que la de confiarse a la autoridad. El pueblo de Dios es engañado, abusado y traicionado por sus líderes. Quizás este no sea el tiempo del anticristo: es su prefigura. Ahora bien, es en una época así tan terrible que le hubiera gustado vivir para dar testimonio de su amor al Señor. En el innumerable ejército de santos y santos, eres la única que has manifestado tal deseo. Tú, por tanto, eres más capaz que otros de comprender nuestra situación y de acudir en nuestro socorro. Dígnate enseñarnos cómo llegar a ser Santos en la hora en que los precursores del anticristo gobiernan, dominan la ciudad y encadenan a la Iglesia».

Se sabe que ser santo no es cosa fácil, ni siquiera en una sociedad cristiana y en una Iglesia fiel a su Señor. Basta abrir cualquier hagiografía para comprender el alcance de las batallas espirituales a las que fueron sometidos todos los Santos.

Pero entonces -se pregunta el padre Calmel- «¿cuál será la intensidad del amor indispensable, cuál será la fuerza de espíritu necesaria para emprender el camino de la santidad cuando la apostasía no haya ganado ciertamente no a todos los prelados, ni a todos los fieles -lo que sería imposible- sino al menos una gran cantidad de ellos y hasta los rangos más elevados, ya que la abominación de la desolación se sentará en el lugar santo? Ciertamente será mucho más difícil y mucho más raro ser santo en la época del anticristo que en la época de Nerón. Por salvaje que fuera su persecución, Nerón atacó desde afuera; el anticristo (y sus precursores, ndr.) se enfurecerán, según las palabras de San Pío X, in sinu et gremio Ecclesiae (en el seno y gremio mismo de la Iglesia). Sea como sea, en estos como en todos los tiempos, es el amor el que hará la santidad. Pero en esta nueva situación, en la que la fe generalmente será obscurecida o negada, el primer efecto del amor será garantizar la perseverancia de la fe. No únicamente para conformar la vida a la fe por amor, sino para conservar la fe por amor. Conservar la fe, cuando la jerarquía permite que se disfrace y se pierda, permanecer firme en la fe ante un peligro de este género es imposible sin una gran sencillez de corazón. Por poco que nos dejemos atraer por la gloria que viene de los hombres, o si nos sentimos temerosos y débiles ante los males que nos infligen, nos traicionaremos sin darnos demasiada cuenta, argumentando con la sabiduría ilusoria de este mundo».

Ante este escenario apocalíptico, que el Padre Calmel considera como la prefigura de la época del anticristo, es difícil escapar de la tentación del desánimo, si no de la desesperación. Y entonces el gran Fraile dominico vuelve de nuevo a la pequeña carmelita de Lisieux. «No le pido a la pequeña Teresa –escribe– que me indique los detalles concretos de la perseverancia y de la resistencia; Le pregunto qué quiere darme: mostrarme el recurso oculto, el elemento invisible. Ella me responde que basta amar, ser pequeña y sencilla, que esto es todavía y siempre posible. Esto es lo que necesito saber en primer lugar antes que nada. Si lo sé, seré mucho más capaz de frenar el modernismo y perseverar en la fe».

A esta altura el Padre Calmel, como en una visión profética, describe cómo serán los santos que vivirán en tiempos de apostasía. Su lucidez, dice, «será evidentemente muy grande, proporcional al nuevo medio inventado por el padre de la mentira para engañar y provocar mareos. Y como estos medios estarán a la medida de los espíritus infernales y no a la medida del espíritu del hombre, será el mismo Espíritu Santo quien dará la lucidez necesaria. […] Esta claridad no será un principio de confusión o desesperación, sino de humildad y abandono. El alma tendrá plena conciencia de los hilos que le son tendidos, pero para el que tiene dos alas, poco importa la perfección técnica de los hilos que le son tendidos. Nuestro mundo, que siempre ha sido un valle de lágrimas, se convertirá, en estos tiempos finales, en una imagen del infierno; sin duda será un infierno indoloro, una antecámara climatizada del infierno eterno; pero los santos de estos últimos días volverán a decir con los santos que los han precedido en siglos de menor perversión y de tinieblas más ligeras: No temeré porque Tú, Señor, estáis conmigo… Tú habéis vencido al príncipe de este mundo».

Más que todos los otros santos, la pequeña Teresa intercede eficazmente por las almas que, como nosotros, viven en tiempos que prefiguran los del anticristo, porque más que los otros santos ella quiso vivir en esos tiempos y mostró el camino seguro al cual los precursores del anticristo no encontrarán acceso: el camino de la humildad, de la sencillez de corazón, de la infancia evangélica. «Es el espíritu de la infancia, con la sencillez de corazón que le es inseparable, lo que hizo a santa Juana de Arco capaz de defender la verdad de su misión ante un falso tribunal de la Iglesia y no obstante la prisión y el fuego; y es el mismo espíritu de infancia que hizo a San Pío X capaz de hacer frente donde sea al enemigo que estaba dentro (de la Iglesia), el modernismo, bien lejos de negociar nada con él. Porque el espíritu de la infancia no hace que la lucha se evite con dulzura, sino que hace afrontar en paz las más graves dificultades y responsabilidades por el amor del Señor».

A nuestro buen Dios, que ama confundir la sabiduría de este mundo, le gustó dar para los tiempos más apocalípticos de su Iglesia no un gran sistema de defensa, sino una pequeña vía de humildad. Él quiere recordarnos, una vez más, su palabra infalible: la puerta del Reino de los Cielos es «estrecha» y hay que ser «pequeño» para entrar. Es la «pequeña vía» de Teresa de Lisieux: «pequeña» no porque sea fácil, sino porque nos invita a hacernos pequeños. Pero hacerse pequeño es algo grande. De hecho, es lo más grande, porque abre las puertas del Cielo.

 

 

jueves, 31 de diciembre de 2020

ARGENTINA Y EL ABORTO: DUELO NACIONAL PERMANENTE

 


“Ante el trono de Dios todos los santos claman:

toma venganza de nuestra sangre, Dios nuestro”.

(Antífona de Laudes de la fiesta de Los Santos inocentes, mártires).

 

“La democracia es el mal; la democracia es la muerte.”

(Charles Maurras)

 

“Las matanzas democráticas pertenecen a la lógica del sistema. Las antiguas matanzas al ilogismo del hombre”.

(Nicolás Gómez Dávila)

 

“La democracia celebra el culto de la humanidad sobre una pirámide de cadáveres”.

(Nicolás Gómez Dávila)

 

“La providencia resolvió entregar al demócrata la victoria y al reaccionario la verdad”.

(Nicolás Gómez Dávila)

 

domingo, 26 de abril de 2020

RESISTIR FIRMES EN LA CRUZ






El sufrimiento es la vida del alma.
El alma que sabe aprovechar el valor
del sufrimiento vive la verdadera vida

(San Juan Evangelista, a Sor Josefa Menéndez,
29 de noviembre de 1922)


martes, 3 de octubre de 2017

SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS Y LA SANTA FAZ



"Lo que le complace al buen Dios en mi pequeña alma,
es verme amar mi pequeñez y mi pobreza,
 es la esperanza ciega que tengo en su misericordia”.


Santa Teresa del Niño Jesús, Carta 17-9-1896.

viernes, 13 de enero de 2017

NUESTRO COMBATE





“Luchemos sin descanso, aun sin esperanza de ganar la batalla. ¿Qué importa el triunfo? ¡Adelante siempre, por mucha que sea la fatiga del combate!”.

Santa Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz



“Dios no nos pide que venzamos, sino que no nos dejemos vencer”.

Padre Leonardo Castellani



“No soy un guerrero que haya combatido con armas de la tierra, sino con la espada del espíritu, que es la palabra de Dios. Así que la enfermedad no ha podido rendirme…Moriré con las armas en la mano”.

Santa Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz



miércoles, 16 de noviembre de 2016

PRINCIPIOS ASCÉTICOS FUNDADOS EN LA BIBLIA





Si quis vult post me venire, abneget semetipsum,
tollat crucem suam quotidie et sequatur me (Luc. 9, 23).

Los predicadores nos presentan estas palabras sólo en su aparente crudeza: Renunciarse a sí mismo. Deben añadir que el personaje al que debemos renunciar es un amigo fingido, un traidor desalmado, un espía encubierto, taimado y el más peligroso de los enemigos. ¿Sacrificio el renunciar a semejante enemigo? Esto es lo que sencillamente me exige Jesucristo. Para desalojar a semejante inquilino es necesario echarle la casa encima, y muerto él, renacer nosotros a nueva vida. El oráculo griego decía: Conócete a ti mismo; Jesús me dice: Niégate a ti mismo. El pagano buscaba lo que hubiese de bueno en el hombre; para mí es inútil esa búsqueda. Ya sé que estoy depravado. Omnis homo mendax (Rom. 3, 4). Séneca me dice: Afírmate; Jesús me dice: Humíllate para que yo te afirme. No nos dice: resígnate, como el estoico, a la desdicha; sino: hazte confiado como el niño sencillo y obediente. Entrégate como un niño, y yo te daré el gozo mío: ut habeant gáudiúm meum impletum in semetipsis (Jn. 7, 13). Si eres hijo y pequeño obtendrás cuanto quieras (Mar. 11, 24). Mi Padre velará para que nada os falte (Mat. 6, 33). Todo esto lo entiende sólo la infancia espiritual.


Qui non diligit manet in morte (I J n. S, 14).

Dios nos redimió por amor (Ef. 2, 4), y puso también el amor como condición
para aprovechar esta redención. Nuestro Padre celestial no nos pide favores, sólo quiere el amor de nuestro corazón. Debo de conectar mi pobre corazón con el Corazón de Jesús, surtidor abundante, que de tantas más gracias me provee cuanto más vacío encuentra el corazón mío de afectos terrenos (Jn. I, 16). Me lo enseña María, mi Madre; Dios llenó de bienes a los hambrientos y dejó vacíos los ricos (Luc. I, 53). Estoy vacío porque me creo capaz de bastarme, porque pienso que la instrucción, la experiencia. . . me bastan . . . dejo de ser niño y pretendo ser rico. Si han de surgir obras buenas y virtudes, no deben ser conquistas mías; ut non glorietur omnis caro in conspectu ejus (Cor. I, 29). No me enseña la Escritura a ser capitalista; debo ser el eterno mendigo. En esto se complace Dios, cuando ve la nada de su creatura: Ecce ancilla Domini (Luc. I, 48). Nuestro trato con Dios es como una sociedad. Yo pongo lo malo y lo poco o nada, y el capitalista, Dios, pone todo lo que falta, es decir, casi todo Y se siente feliz de hacerlo así y premia luego los mismos dones y gracias que El me ha concedido si los recibo. Sólo me pide que los reciba…como un niño y los agradezca y pida siempre mayores dones y mayores gracias. Da según la confianza que se pone en su bondad.


Sic enim Deus dilexit mundum, ut Filium
suum Unigenitum daret (Jn. 3, 16).

Es una de las revelaciones más estupendas de la Biblia: Jesucristo revelándonos que su Padre celestial le envía a la tierra por causa mía, para hacerme hijo adoptivo de Su mismo Padre. Jesús llama a Dios "Mi Padre y vuestro Padre" y a nosotros sus hermanos (Jn. 20, 17). Consecuente con este amor del Padre a su pobre creatura, Jesucristo me revela la cúspide de las promesas divinas; la igualdad de mi destino final con el propio Jesús. Ubi ego sum, illic et minister meus erit (Jn. 12, 26). Las mansiones del cielo serán mías. In domo Patris mei mansiones multae sunt…vado parare vobis locum. (Jn. 14, 2). Este amor del Padre al Hijo antes de la creación del mundo (Jn. 17, 24) existió también para mí desde entonces. Me lo enseña claramente S. Pablo (Ef. I, 4). Es este misterio escondido desde todos los siglos (Ef .3, 9). Una maravilla aún mayor me revelan. No sólo quiere y ruega a Su Padre que me admita a mí donde está El (Jn. 17, 24), este Jesús, hermano mío mayor, no puede consentir que El pueda tener algo que no tenga también yo. Las palabras: para que vean la gloria mía; quieren decir para que la compartan y la tengan igual que yo, como lo expresa el griego theoreo que es ver  gustando, poseyendo, y sintiendo la misma felicidad.


Ego sum vitis, vos palmites… qui manet
in me, et ego in eo, hic fert fructum
multum, quía sine me nihil potestis
facere (Jn. 15, 5).

Insensatos llama S. Pablo a los Gálatas (3, I) porque creían poderse salvar por otros medios que no fuera la aplicación de los méritos adquiridos por Cristo (Gál. 2, 11-21). Soy también insensato si no comprendo que Jesús me salvó gratuitamente y que me hace donación gratuita de sus méritos ante Su Padre. Se resiste el orgullo humano en convencerse que no somos nada por nosotros mismos, nada más que sarmientos secos (Jn. 16, 6). La aceptación de esta verdad es condición previa para toda auténtica vida espiritual. Qui manet in me et ego in eo, hic fert fructum multum (Jn. 15, 5). La bondad no consiste en ser bueno, pues esto es imposible sin El… La santidad consiste en confesarse impotente y buscar a Jesús para que de El nos venga la capacidad de cumplir la voluntad de Dios Padre como la cumplió el mismo Jesús (Jn. 8, 29). Como sarmiento necesito estar unido a Jesús, que es la vid, por medio de la gracia, que es la savia de esta planta (II Cor. 3, 5). La gracia y la gloria proceden de Su inexhausta plenitud (Pío XII. Enc. Cuerp. Míst.). Debo persuadirme de mi total incapacidad en la vida espiritual si no acudo a mi Redentor. Nemo potest dicere "Dominus Jesus", nisi in Spiritu Sancto (I Cor. 12, 3). En cambio todo lo puedo en El. Omnia possum in Eo qui me confortat (Fil. 4, 13).


Nisi conversi fueritis et efficiamini sicut
parvuli, nón intrabitis in regnum
coelorum (Mat. 18, 3).

El comentario de este pasaje lo hizo el Papa Benedicto XV en su discurso sobre Santa Teresita (14 de Agosto de 1921): La infancia espiritual está integrada por la confianza en Dios y por el ciego abandono en sus manos protectoras. No es difícil dar a conocer el valor subido de esta infancia espiritual, ora por lo que excluye, ora por lo que supone. Excluye en efecto, el sentir orgulloso de sí mismo, excluye la presunción de alcanzar un fin sobrenatural por medios humanos, excluye también el lamentable engaño de pretender bastarse a sí mismo en la hora del peligro y de la tentación. Y por otra parte supone fe vivísima en la exjstencia de Dios; supone un homenaje práctico a su poder y misericordia; supone confianza absoluta en la providencia de Aquel del cual podemos alcanzar la gracia de evitar todos los males y enriquecernos con toda suerte de bienes. Son tan preciosos los bienes de esta infancia espiritual, tanto por el lado negativo como por el positivo, que no es maravilla si el Divino Maestro la señaló como condición necesaria para el logro de la vida eterna. Tal es cabalmente el secreto de la santidad.

P. JOSÉ FUCHS – Revista Bíblica de Mons. Straubinger.



viernes, 21 de octubre de 2016

PRINCIPIOS ASCÉTICOS FUNDADOS EN LA BIBLIA




Carissimi, nunc filii Dei sumus; et nondum apparuit quid erimus; similes ei erimus (I Juan 3, 2).

Lo que S. Pablo dice en Gálatas (2,20) excede cuanto puede soñar un ardiente panteísta: vivo autem jam non ego: vivit vero in me Christus, quedará  consumado no solo místicamente, sino real y visiblemente. Es el cuerpo místico de Cristo que se unirá definitivamente a su cabeza el día de su venida para las Bodas. Iterum venio et accipiam vos ad meipsum, ubi sum ego et vos sitis ... (Jn. 14, 3) Gaudeamus et exultemus . . . quoniam venerunt nuptiae Agni. (Apoc.19,. 7). Esta Huiothesía -filiación divina- se verifica en este mundo en la infancia espiritual y se consuma después, en la eternidad. De este enigma de Dios visto por la fe, perfeccionado por el amor y sostenido por la esperanza, nos habla S. Pablo en Ef. (3, 20): Salvatorem expectamus qui reformabit corpus humilitatis nostrae configuratum corpori claritatis suae ... La fe en esta confianza absoluta del hijito que sigue a su padre y se fía de él sin la menor duda, convencido como está que el padre le ama y no puede desear sino el bien de su hijito mimado.


Quia respexit humilitatem ancillae suae . . . fecit mihi magna qui potens
est (Luc. 1, 48-49).

Si María Santísima no nos hubiera dejado más que esta enseñanza, nos habría
indicado ya en esas palabras la síntesis de todo el Evangelio. Con una sola cosa no transige nunca Dios, con la soberbia, y nunca resiste a la pequeñez reconocida y confesada. La Vulgata traduce por humildad la palabra griega "tapéinosis", que es pequeñez, debilidad, flaqueza, bajeza. Esta pequeñez o infancia espiritual es la gran bienaventuranza de los pobres de espíritu (Mat. 5, 3) , según la cual los que se hacen niños no sólo serán los grandes en el reino de los cielos (Mat. 18,4), sino también los únicos que entran en él. Nisi efficiamini sicut parvuli, non intrabitis in regnum coelorum (Mat: 18, 3). Muy legítimo y aún necesario parecerá a muchos el que se diga bien de ellos y de sus obras, pero Jesucristo no comparte sus ideas (Luc. 6,26). La pequeñez, el ser arrinconado, tenido por de poco valer, no se armoniza con el criterio corriente … J esucristo, entre otras paradojas dijo también éstas: Beati eritis cum vos oderint . . . separaverint . .. exprobraverint . . . et ejecerint nomen vestrum tanquam malum (Luc. 6, 22). ¿Quién más pequeño que el que es tenido por imperfecto y malo?. . . Gaudete in illa die et exultate; merces vestra multa est in coelo (Luc; 6,23).



Confitebor tibi, Domine, quod abscondisti haec a sapientibus et prudentibus
et revelasti ea parvulis (Luc. 10, 21).

He aquí de nuevo el gran misterio de la infancia espiritual que no acabamos de aceptar porque repugna al orgullo y la inteligencia razonadora y a la presunta propia suficiencia. La doctrina del Evangelio fue escándalo y locura (I Cor. 1, 28). No hemos cambiado de opinión del todo. En el Paternoster, nos enseña el Señor a pedir: Et ne nos inducas in tentationem (Luc. 11, 4). El confesar nuestra debilidad para vencer la tentación le agrada más que la presunción de poderla vencer. No nos ha enseñado a pedir tribulaciones y tentaciones. El fracaso de Pedro –animam meam pono pro te (Jn. 13, 37)- es una enseñanza. Dios prefiere vernos pequeños como niños a vernos heróicos y presumidos. Los pequeños penetran los secretos de la Escritura. 1 Cor. 12, 31, era texto muy conocido, pero sólo Santa Teresita vio en ese texto la orientación de su vida: "Mi vocación es el amor". El racionalista lee en el Evangelio "capilli capitis vestri omnes numerati sunt" (Luc. 12, 7) y piensa: es un modo de decir alegórico. El pequeño dice: "Ni la madre más cariñosa llega a contar los cabellos de su pequeñuelo"; y Dios lleva cuenta. ¡Qué amor me tiene Dios! ¿Dudaremos de esas palabras porque son demasiado tiernas? ¿No son acaso palabras de Dios como tantas otras del Evangelio?


P. JOSÉ FUCHS – Revista Bíblica de Mons. Straubinger.
  

martes, 6 de septiembre de 2016

EL ÚLTIMO LUGAR





“Lo que nadie envidia es el último lugar. Y este último lugar es lo único que no es vanidad y aflicción de espíritu…Sin embargo, “el hombre no es dueño de su camino”, y a veces comprobamos con sorpresa que estamos deseando lo que brilla. Entonces, coloquémonos humildemente entre los imperfectos, considerémonos almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener a cada instante.
Cuando él nos ve profundamente convencidas de nuestra nada, nos tiende la mano; pero si seguimos tratando de hacer algo grande –aunque sea bajo pretexto de celo- Jesús nos deja solas”.

Santa Teresa del Niño Jesús



La Parábola del Último lugar (leída el Domingo próximo pasado) no deja de ser un permanente aviso y llamado a combatir la soberbia que nos lleva a buscar los mejores y privilegiados lugares, y en el caso de los católicos de la Tradición o Resistencia, con la “excusa” de poder realizar un mejor apostolado, de hacer valer un “derecho” o de “hacer más visible y destacada” la fe. Dijo Nuestro Señor de los Fariseos que “quieren tener los primeros puestos en los banquetes y en las sinagogas” (Mt. 23,6), porque aman el ser vistos y ser tenidos por los mejores, los más observantes y los más ejemplares. La situación no deja de repetirse en sus diferentes caracteres protagónicos y hasta en apariencia antagónicos entre sí, ya sea en disputas o en negociaciones y “diálogos cordiales” por el privilegio de ser quien más cerca se siente de la cabecera en el banquete. Veamos lo que ocurre en las filas de la Tradición católica.

1)Los líderes de la Neo-FSSPX, claman desde hace mucho tiempo y cada vez con mayor premura por lograr ubicación destacada y “reconocida” en el banquete conciliar. Habiendo sido gloriosamente expulsados de tal banquete –no del Banquete de Nuestro Señor- en tiempos de Mons. Lefebvre, posteriormente buscaron y aceptaron las negociaciones con los mayordomos liberales y modernistas, con objeto de obtener al fin un “buen lugar” en el banquete que preside el apóstata Francisco, que no Cristo, pues Éste en tal banquete es el mayor desplazado – Jesucristo es para los modernistas apenas “una articulación que está también en el Dios de Moisés y en el de Alá, en el Brahma, en el Buda, en el Tao, en todas las divinidades que son nada más que una, plasmada por la historia de los hombres que la piensan” (sic, ver  acá) y no el Rey de reyes y Señor de señores, único Camino de salvación, Verdad y Vida. Es así como neo-fraternitarios preparan sus mejores sonrisas comerciales para sentarse allí donde los que se exaltan a sí mismos comparten viandas envenenadas con quienes llevan las vestiduras manchadas por la herejía, la blasfemia y la impiedad. Los asientos están dispuestos, pero no serán ubicados en lugares de privilegio, sino en lugares deshonra y carestía espiritual. Los enemigos de Cristo no honran a los soldados de Cristo. Y quien rinde sus armas ante los enemigos de Cristo merece sólo el desprecio. El que se exalta a sí mismo será humillado.

2)Las congregaciones “Ecclesia Dei” o simplemente conservadoras o tradicionales que aceptaron principios liberales para ser tolerados por los herejes modernistas, ya consintieron hace mucho tiempo ser comensales de tal banquete. Si hay algunos platos que no son de su gusto ponen mala cara, pero su protesta no llega a variar el menú ni mucho menos hacer que los cocineros dejen a un lado el veneno con que elaboran y sazonan la comida. Algunos querían tener el “honor” de estar en ese lugar de privilegio, otros sumisos a una obediencia ciega los siguieron; sin embargo los modernistas los desprecian y ellos ya no pueden afirmarse en el último lugar, aquel de la verdad que resiste toda combinación con el error y la traición afirmándose en voz alta.

3)Algunos grupos de sedevacantistas y otros tradicionalistas que no se atreven a admitir tal su posición, se ensalzan a sí mismos adoptando una postura “dura” en su apariencia, barnizándose de un integrismo de espadas flamígeras que no se mezcla con “resistentes fláccidos, debiluchos o impotentes” a quienes gustan denigrar mediante mentiras y calumnias que alternan con beaterías y piedades de utilería. Ellos mismos se colocan a la cabeza de su banquete, publicitando orgullosamente su derecho a no obedecer a nadie pues nadie fiel queda en el mundo, excepto ellos. Pero, el que se exalta a sí mismo, será humillado.

domingo, 14 de agosto de 2016

INFANCIA ESPIRITUAL





MONSEÑOR JUAN STRAUBINGER

En San Mateo XVIII, 1-4 y en San Marcos X, 14-15, etc., Jesús declara que los mayores de su Reino serán los niños y que no entrarán en ese Reino los que no lo reciban como un niño. Como un niño. He aquí uno de los alardes más exquisitos de la bondad de Dios hacia nosotros, y a la vez uno de los más grandes misterios del amor, y uno de los puntos menos comprendidos del Evangelio; porque claro está que si uno no siente que Dios tiene corazón de Padre, no podrá entender que el ideal no esté en ser para El un héroe, de esfuerzos de gigante, sino como un niñito que apenas empieza a hablar.

¿Qué virtudes tienen esos niños? Ninguna, en el sentido que suelen entender los hombres. Son llorones, miedosos, débiles, inhábiles para todo trabajo, impacientes, faltos de generosidad, y de reflexión y de prudencia; desordenados, sucios, ignorantes, y apasionados por los dulces y los juguetes.

¿Qué méritos puede hallarse en semejante personaje? Precisamente el no tener ninguno, ni pretender tenerlo robándole la gloria a Dios como hacían los fariseos (cfr. San Lucas XVI, 15; XVIII, 9 ss.). Una sola cualidad tiene el niño, y es el no pensar que las tiene. Eso es lo que arrebata el corazón de Dios, exactamente como atrae el de sus padres; es lo que Jesús alaba en Natanael (San Juan I, 47): la simplicidad, el no tener doblez. Simple quiere decir "sin plegar” es decir sin repliegues ocultos, sin disimulo, o sea sin afectar virtudes, ni ocultar las faltas para quedar bien, sino al contrario, mostrándose a su madre con sus pañales como están, sabiendo que sólo ella puede lavarlo, y entregándose totalmente a que su padre lo lleve de la mano, porque cree en el amor de su padre; y por eso, no dudando de cuanto él le dice, no pretende tener para sí la ciencia del bien y del mal".

En el momento en que la malicia entra en el corazón del niño, pierde automáticamente la docilidad, porque la serpiente sembró en él, como en Eva, la duda contra su padre. Así empezamos todos a desconfiar de la bondad, del amor y de la sabiduría de nuestro Padre celestial, y entonces su Reino ya no puede ser nuestro.

Entonces empezamos a ambicionar sabiduría y virtudes propias, como los fariseos. Cuando el niño comienza a valerse por sí mismo, deja de necesitar a sus padres y naturalmente se aleja de ellos, es decir, pierde ese contacto permanente que con ellos tenía mientras necesitaba que lo lavasen, lo vistiesen, le diesen de comer y lo llevasen de la mano. Ese contacto que era, al mismo tiempo que el sumo bien para el niño, la suma alegría para sus padres.

Con respecto a Dios, esa autonomía o suficiencia no nos llega a ninguna edad, porque sin Cristo no podemos nada, ni saber, ni pensar, ni obrar, ni menos gloriamos de nuestros méritos o virtudes. De ahí que Santa Teresita quería no crecer nunca, quería seguir siendo siempre niña delante de Dios.

El niño se deja formar, como María, que primero dice: Hágase en mí según tu palabra (Luc. I, 38) y después de haberse entregado, "bienaventurada por haber creído (Luc. I, 45), proclama que todos la felicitarán "porque el Poderoso, el Santo, el Misericordioso hizo en ella grandezas" (Luc. I, 48 y ss.). No hizo Ella grandezas, sino que se las hicieron.

El día en que el hombre deja de ser niño y se siente capaz de hacer por sí mismo algo sobrenaturalmente bueno, se coloca automáticamente fuera del Reino de Dios, según lo vemos en las palabras de Jesús. Porque El nos dijo que nadie es bueno, sino Dios solo (Luc. XVIII, 19). Y Dios no quiere rivales que le disputen su santidad. Quiere hijos pequeños, hermanos del Hijo grande Jesucristo (Rom. VIII, 29) que en todo vivan de lo que les dé su Corazón paterno, como lo practicó Jesús, que no daba un paso sin repetir que todo lo recibía del Padre.

El que quiere rivalizar con Dios en virtudes, es porque quiere rivalizar con El en méritos y en gloria, como nos lo enseñó Jesús en la parábola del fariseo y el publicano. Y en esta materia, la “negación de sí mismo" tiene que ser total y absoluta. Por eso la humildad cristiana consiste en ser así, como los niños... y en no ser como esclavos.


(Espiritualidad Bíblica, Editorial Plantín, Buenos Aires, 1949)

domingo, 3 de julio de 2016

CONFIANZA, A PESAR DE TODO





MONS. LUIS MARÍA MARTINEZ



En la vida espiritual no es raro que las almas que tratan generosamente de adelantar en la virtud, a fuerza de querer ser delicadas de conciencia y de evitar todo pecado venial deliberado, vengan a caer en el extremo de la inquietud y de la turbación, a embarazarse en mil perplejidades y escrúpulos, y a resfriarse, en fin, en la confianza a Nuestro Señor, que es la muerte de la devoción.

A evitar ese escollo de tanta trascendencia vienen estas breves reflexiones. Y así, a toda alma generosa no me cansaré de repetir: sé tan delicada cuanto puedas con Nuestro Señor; vigila exquisitamente tu conducta para evitar todo pecado venial deliberado; pero, por amor de Dios, que esto sea sin perder la confianza y la paz.

Y a tal grado encarezco esta recomendación, que, si para tener esa exquisita delicadeza fuera necesario perder esos dos bienes, la confianza y la paz, es preferible que por ahora no trabajemos tanto en ella, porque la paz del corazón y la confianza en Dios son bienes mucho más necesarios, y, por consiguiente, deben ser preferidos.

Y deben preferirse, no sólo por lo que mira a nosotros, por ahorrarnos penas, pues un alma generosa no debe rehuir ningún sacrificio, sino por los intereses mismos de Nuestro Señor. Porque con el fin muy santo y muy debido de evitarle a Nuestro Señor la herida leve que le causa un pecado venial, se le priva de la gran satisfacción y consuelo que experimenta en los progresos de un alma en su santificación cuando confía y vive en paz.

Pongamos un ejemplo para explicarnos mejor. Un alma fervorosa tiene la desgracia de cometer un pecado venial, lo cual no es raro dada nuestra persistente fragilidad. Una vez que lo ha cometido, se acuerda de todo lo que ha leído y meditado sobre el pecado venial, y empieza a inquietarse, llenándose de congoja, y de pena; la confianza en Nuestro Señor se enfría, se aleja de El, deja la oración o la hace mal, y todos sus ejercicios de piedad no andan en orden.

Al cabo de muchas horas de turbación, llega, a costa de no pocos esfuerzos y consultas, a recobrar la paz. ¿No es verdad que con todas esas horas de inquietud Nuestro Señor ha perdido más bien que ganado, porque el alma le privó del consuelo que podía haberle dado en su oración y en sus adoraciones, porque le negó la confianza, cosa que tanto lastima a su Corazón divino; porque perdió el tiempo, deteniendo el progreso en su santificación?

No lo hagamos así; antes bien, démonos cuenta de cómo se puede conciliar perfectamente el dolor de nuestros pecados con la confianza en Dios y la paz del alma.

Santa Teresa del Niño Jesús expresa muy bien esta conciliación cuando dice: "Yo lo sé muy bien: aun cuando tuviera en mi conciencia todos los crímenes que se pueden cometer, no perdería nada de mi confianza; antes iría con el corazón hecho pedazos por el arrepentimiento a arrojarme en los brazos de mi Salvador.

Sé cuánto amó al hijo pródigo, he escuchado sus palabras a María Magdalena, a la mujer adúltera, a la Samaritana. No; nadie puede atemorizarme, porque yo sé a qué atenerme respecto de su amor y de su misericordia. Sé que toda esa multitud de ofensas se abismarían en un abrir y cerrar de ojos, como una gota de agua arrojada en un horno ardiente.

Notémoslo bien: el corazón hecho pedazos por el arrepentimiento y la confianza intacta. De manera que, cargando todos los crímenes del mundo, ella se hubiera arrojado en los brazos de Jesús con una confianza plena.

No faltará quien diga: ¿Cómo es posible que se sienta ese dolor tan vivo por la ofensa de Dios, y, sin embargo, se tenga la confianza necesaria para arrojarse sin temor de ninguna especie, sin reserva alguna, en los brazos de Nuestro Señor?

Voy a intentar explicarlo.

jueves, 28 de abril de 2016

ESPIRITUALIDAD DEL EVANGELIO SEGÚN SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS




El problema religioso, para la huma­nidad caída, se designa en la Escritura con una palabra: CONTRADICCION (1). Y se resuelve con otra palabra: AMOR (2), la cual presupone la fe (3) o sea el conocimiento y aceptación del mensaje de AMOR que Dios Padre nos envió por su Hijo Jesucristo en el Evan­gelio (4).

El hombre que es capaz de creer que es AMADO como hijo, por aquel mismo Dios que CONTRADICE sus malos ins­tintos, ése tiene resuelto el problema religioso.

Para ello no hay más condición que la de “hacerse pequeño a fin de poder comprender” (5) que, no teniendo el hombre de propio más que la mentira y el pecado (6), vamos a pura ganancia al tomarnos de la mano de nuestro Pa­dre, el cual sólo espera ese acto para colmamos con la gracia y dones de su Espíritu Santo, que quita entonces aquel fantasma de la CONTRADIC­CION (7).

La gran sorpresa y maravilla consis­te en descubrir que este acto filial de entrega confiada, que sólo parecería un perfecto negocio para nuestro EGOIS­MO, resulta al mismo tiempo la supre­ma VIRTUD a los ojos de Dios, simple­mente porque EL TIENE CORAZON DE PADRE (8), y de Madre a un tiem­po (9). ¿Hay mayor felicidad para nos­otros?

Entonces comprendemos el camino se­ñalado por Jesús como UNICO camino: El que no es como niño no entrará al Reino; y quien se vuelve niño es el pri­mero en el Reino (10), así como el hijo más pequeño, sin mérito propio es objeto de la predilección paterna.

Para reconocer la insuperable santi­dad de este espíritu filial, basta saber que es el mismo espíritu de Jesús, o sea que la plenitud del Espíritu Santo con­siste EN SENTIRSE HIJO del Padre, según la enseñanza de San Pablo: Dios envió a nuestros corazones el espíritu de su Hijo, que nos hace clamar: ¡Pa­dre! (11).

Notemos, para nuestro gozo, qué, se­gún esta revelación de San Pablo, ese espíritu que significa todo nuestro bien es también un DON GRATUITO DEL PADRE, o sea que basta desearlo para tenerlo, como que Él está deseando dár­noslo (12) a fin de poder derramar sobre nosotros todos los tesoros de su amor y bondad amándonos como a nues­tro Hermano Jesús (13) y glorificándo­nos como a El (14).

Esta es la espiritualidad que Santa Teresa del Niño Jesús extrajo como esencia del Evangelio, con el nombre de INFANCIA ESPIRITUAL, y que el Sumo Pontífice Benedicto XV calificó definitivamente diciendo: es el secreto de la Santidad.


P. ANTONIO P.
Mons. Juan Straubinger, Revista Bíblica.

(1) Ver Luc. 2,34.
(2) Juan 14, 23-24
(3) Gál. 5,6.
(4) Juan 17,3.
(5) Luc. 10,21.
(6) Denz. 195.
(7) Juan 4,14. 7, 38-39. Ez. 36, 26-27.
(8) Salmo 102, 13.
(9) Is. 66,13.
(10) Mat. 18, 3-4.
(11) Gál. 4,6.
(12) Luc. 11,13.
(13) Juan 17,23 y 26.
(14) Ef. 1,5, 2,6, Rom. 8, 29-30; Col. 1, 13, I Juan 3,2.