El 8 de diciembre pasado tuvo lugar en Roma un
detestable sacrilegio a la basílica de San Pedro, el que fue placenteramente
contemplado por el papa Francisco desde la ventana de sus aposentos, y al que
en nuestro país no le dimos, me parece, la importancia simbólica que tuvo.
Pueden ver el espectáculo aquí.
Todas las profecías sobre los últimos tiempos y
sobre los falsos profetas que lo poblarán hablan de las asombrosas magias que
éstos serán capaces de hacer a fin de encandilar a las multitudes. Y el
espectáculo de luz y sonido que se vio era mágico: parecía que
realmente la basílica se poblaba de enormes bestias salvajes y se inundaba por
oceánicas corrientes de agua.
Nuestros amigos italianos, particularmente dotados
de sensibilidad para estos temas, han reaccionado con firmeza y claridad frente
a tamaña profanación. Les dejo la traducción de los párrafos más sobresalientes
de los artículos de Roberto De Mattei, Antonio Socci y Alessandro Gnochi:
Durante el show, pagado por el
Banco Mundial, las imágenes de gigantescos leones, tigres y leopardos se
superpusieron a San Pedro, que se levanta justamente sobre las ruinas del circo
de Nerón, donde las bestias salvajes devoraban a los cristianos. Gracias al
juego de luces, la basílica parecía derrumbarse, disolverse y sumergirse en el
agua, mientras sobre su fachada aparecían peces payaso y tortugas marinas, casi
evocando la liquefacción de las estructuras de la Iglesia, privadas de
cualquier elemento sólido. Una enorme lechuza y extraños pájaros volaban sobre
la cúpula, mientras monjes budistas marchando parecían indicar un camino de
salvación alternativo al cristianismo. Ningún símbolo religioso, ninguna
referencia al cristianismo, la Iglesia cedía el paso a la naturaleza soberana.
Cuando hace cincuenta años se
concluía el Concilio Vaticano II, el tema dominante de ese hecho histórico
parecía ser un cierto “culto del hombre”, encerrado en la fórmulahumanismo
integral de Jacques Maritain. El libro del filósofo francés que lleva
ese título es de 1936, pero su influencia se da sobre todo cuando uno de sus
más entusiastas lectores, Juan Bautista Montini, convertido en Papa con el
nombre de Pablo VI, quiso hacerlo una brújula de su pontificado. El 7 de
diciembre de 1965, en el homilía de la Misa, Pablo VI recordó que en el
Vaticano II se había producido el encuentro “entre la religión del Dios que se
ha hecho hombre” y la “religión (porque eso es) del hombre que se hace Dios”.
Cincuenta años después, asistimos
al pasaje del humanismo integral a la ecología integral, de la Carta de los
derechos del hombre a la de los derechos de la Naturaleza. En el siglo XVI, el
humanismo había rechazado la civilización cristiana medieval en nombre del
antropocentrismo. El intento de construir la ciudad del hombre sobre las ruinas
de la ciudad de Dios falló trágicamente en el Novecientos, y de nada sirvieron
los intentos de cristianizar el antropocentrismo bajo el nombre de humanismo
integral. A la religión del hombre se la sustituye por la de la tierra; al
antropocentrismo, criticado por sus “desvíos”, se lo sustituye por una nueva
visión eco-céntrica. La teoría del género, que disuelve toda identidad y toda
esencia, se inserta en esta perspectiva panteísta e igualitaria. (Roberto
de Mattei).
“Un espectáculo inconcebible en la
plaza de San Pedro; una afrenta a la basílica símbolo de la catolicidad”,
escribía Riccardo Cascioli, director del diario católico online Nueva
brújula cotidiana.


