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jueves, 7 de julio de 2016

¿QUÉ DEBE AMÉRICA A ESPAÑA?



El acueducto del Padre Fray Francisco de Tembleque, incluido 
en la Lista de Patrimonio Universal | Wikipedia.



El Papa ha pedido perdón a los indígenas americanos por los supuestos crímenes de los colonos. ¿Está la lágrima por encima del conocimiento?

Pedro Fernández Barbadillo

En su última visita a Hispanoamérica, el papa Francisco I se creyó obligado a pedir perdón por los supuestos crímenes que cometieron otras personas hace siglos, en la línea comenzada por Juan Pablo II,


“Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue San Juan Pablo II: Pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia, sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América”.



Cada vez más en Occidente se impone el sentimiento, la lágrima y el gemido por encima del conocimiento, el dato o la realidad. De la misma manera, se rompe la continuidad histórica, porque se pretende que el hombre actual, rebosante de incultura y soberbia, es mejor que sus predecesores y puede comprender y juzgar los actos y las almas de éstos.

Ambos papas colaboran en los planes de quienes quieren convertir el descubrimiento, la conquista y la colonización del Nuevo Mundo en un genocidio capitalista. En muchos casos, estos manipuladores son vástagos del comunismo, la ideología que en un siglo escaso ha matado más de cien millones de personas. La prueba de lo que decimos la tuvo el papa argentino cuando Evo Morales le regaló un Cristo crucificado en una hoz y un martillo.

¿Pero qué debe América a los españoles, fuesen militares, jueces, misioneros o reyes, obispos o comerciantes?

La primera respuesta es una religión que eliminó los sacrificios humanos, no establece diferencias sociales (premia o castiga a todos por igual) y da dominio sobre la naturaleza. La segunda, un idioma común. La tercera, la inclusión en la historia universal. La cuarta, la ciencia. Y la quinta, la imposición de la paz en un amplio espacio que, a partir de la independencia, se dividió y dio lugar a numerosas guerras.

Quizás, de acuerdo con el signo de la época, tengamos que enumerar beneficios materiales y no espirituales, como que la primera baja maternal de la historia aparece en las Leyes de Burgos, de 1512.

Acueductos, hospitales, imprentas…

Pocos días antes de que el Papa viajara a Sudamérica, la Unesco declaró como Patrimonio de la Humanidad el Acueducto del Padre Tembleque, la obra de ingeniería hidráulica más importante construida en la Nueva España con la finalidad de llevar agua de Otumba a Zempoala para beneficio de los indígenas. Tiene 48 kilómetros de largo y una sección de arquería en la que el punto más alto se acerca a los 39 metros: la mayor arcada de un solo nivel construida en todos los tiempos para una obra de esta clase. Se levantó en el siglo XVI, a instancias del padre franciscano Francisco de Tembleque, nacido en Toledo, y mezcló los conocimientos hidráulicos europeos con la construcción tradicional mesoamericana en adobe.

La primera universidad americana, la Santo Tomás de Aquino, se erigió en la isla de La Española (1537-1558). A finales del siglo XVIII, había 26 centros universitarios en los virreinatos españoles, que impartían Filosofía, Teología, Leyes, Medicina, Botánica, Matemáticas, Física y lenguas indígenas. En las colonias inglesas de Norteamérica, el primer centro universitario fue Harvard, fundado en 1636, un siglo después del primero español.

viernes, 10 de julio de 2015

FRANCISCO DEBE PEDIR PERDÓN

       


Si los múltiples medios oficiales y oficiosos no se han puesto de acuerdo para fabricar un horrible montaje, todos hemos visto y escuchado a Francisco en Bolivia, este 9 de julio de 2015, diciendo que "la Iglesia tiene que pedir humildemente perdón por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada Conquista de América".

No fue el único extravío grave de palabras y de gestos que tuvo el  Obispo de Roma en este viaje por América del Sur, pero sin dudas es uno de los más escandalosos y ultrajantes.

Ofende a la Verdad Histórica, a la Madre España y, sobre todo, a la Iglesia Católica, de la que se supone es su Pastor Universal. Son, en síntesis, las de Francisco, palabras inadmisibles, cargadas de injusticias, de calumnias, de vejámenes y de oprobio. Palabras mendaces que alimentarán todo el inmenso aparato mundial del indigenismo marxista, y que se sumarán al proceso de deshispanización y de desarraigo espiritual lanzado contra América Hispana. El daño que ya están provocando es incalculable.

 Son muchos los historiadores y pensadores de nota que pueden desmentir fácilmente la temeraria afirmación de Francisco, pues la misma no resiste la confrontación con las investigaciones solventes y eruditas.

Hasta nosotros mismos, movidos por el amor filial a la España Eterna y a la Esposa de Cristo, nos hemos ocupado de este tema hace ya muchos años y desde entonces lo venimos haciendo en la escasa medida de nuestras fuerzas.

Por eso nos parece oportuno reflotar un viejo escrito, el cual -aunque publicado hace ya largo tiempo y sin las muchas actualizaciones que cabrían hacerle para mejorarlo-  contiene una síntesis de criterios y de datos que contradicen el sofisma de Francisco. Lo adjuntamos en el presente mail.

El Papa debe pedir perdón. Sin duda. Pero no por los supuestos crímenes contra los supuestos pueblos originarios, sino por haber violado la Verdad para agradar al mundo. Debe pedir perdón a la Iglesia, a la Hispanidad, al Occidente y a la Cátedra de la Cruz, profanada por la hoz y el martillo, cuyo símbolo funestísimo le fue entregado por un patán roñoso, y no tuvo el coraje de quebrar a golpes de báculo.

Recemos por él, como lo pide. Pero recemos asimismo por las víctimas de su docencia errática, confusa, engañosa, sincretista y heretizante. Esas víctimas somos todos nosotros. Nosotros, los fieles de a pie, los bautizados, los simples feligreses y parroquianos. Los católicos, apostólicos, romanos.
              
                                                Antonio Caponnetto


Tres lugares comunes de las leyendas negras

 

Por Antonio Caponnetto

Introducción

La conmemoración del Quinto Centenario ha vuelto a reavivar, como era previsible, el empecinado odio anticatólico y antihispanista de vieja y conocida data. Y tanto odio alimenta la injuria, ciega a la justicia y obnubila el orden de la razón, según bien lo explicara Santo Tomás en olvidada enseñanza. De resultas, la verdad queda adulterada y oculta, y se expanden con fuerza el resentimiento y la mentira. No es sólo, pues, una insuficiencia histórica o científica la que explica la cantidad de imposturas lanzadas al ruedo. Es un odium fidei alimentado en el rencor ideológico. Un desamor fatal contra todo lo que lleve el signo de la Cruz y de la Espada.
 Bastaría aceptar y comprender este oculto móvil para desechar, sin más, las falacias que se propagan nuevamente, aquí y allá. Pero un poder inmenso e interesado les ha dado difusión y cabida, y hoy se presentan como argumentos serios de corte académico. No hay nada de eso. Y a poco que se analizan los lugares comunes más repetidos contra la acción de España en América, quedan a la vista su inconsistencia y su debilidad. Veámoslo brevemente en las tres imputaciones infaltables enrostradas por las izquierdas.

El despojo de la tierra

Se dice en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista.
Llama la atención que, contraviniendo las tesis leninistas, se haga surgir al Imperialismo a fines del siglo XV. Y sorprende asimismo el celo manifestado en la defensa de la propiedad privada individual. Pero el marxismo nos tiene acostumbrados a estas contradicciones y sobre todo, a su apelación a la conciencia cristiana para obtener solidaridades. Porque, en efecto, sin la apelación a la conciencia cristiana —que entiende la propiedad privada como un derecho inherente de las criaturas, y sólo ante el cual el presunto despojo sería reprobable— ¿a qué viene tanto afán privatista y posesionista? No hay respuesta. 
La verdad es que antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma, y el saqueo y el despojo las prácticas habituales. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados, y solían llevar como estigmas de su triste condición, mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos. Una "justicia" claramente discriminatoria, distinguía entre pudientes y esclavos en desmedro de los últimos y no son éstos, datos entresacados de las crónicas hispanas, sino de las protestas del mismo Carlos Marx en sus estudios sobre "Formaciones Económicas Precapitalistas y Acumulación Originaria del Capital". Y de comentaristas insospechados de hispanofilia como Eric Hobsbawn, Roberto Oliveros Maqueo o Pierre Chaunu. 
La verdad es también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles —mayas, incas y aztecas— lo eran a expensas de otros dueños a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes —carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera— se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento. Y la verdad, al fin, es que sólo a partir de la Conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos.