TRADICION DIGITAL
Como todo fiel católico puede advertir,
a poco que medite, bien fácil es detectar los tres grados de liberalismo que
conviven, entre mutuos taconazos, en el seno de la Iglesia. Como escribió el
Padre Raúl Sánchez Abelenda en un texto memorable, que vamos a resumir, el
primer grado del liberalismo corresponde al craso, grotesco, revolucionario
y chillón: el laicismo. Bien podría éste identificarse políticamente con
la izquierda y religiosamente con las teologías de la liberación, feministas,
etc., y que se da, especialmente, en los institutos religiosos más desviados de
sus reglas primitivas y en comunidades de base.
El segundo grado consiste en una cierta
consideración a la conciencia católica sin casi incidencia en lo público,
excepto en aquellos países de raigambre cristiana en los que aún perviven
ciertos restos, a los cuales, de vez en cuando, se les tira un hueso desde
lejos cual si fueran perros sarnosos; caso de España. En lo político está
significado por los impresentables partidos de derecha, tales como P.P., PNV o
CIU y en lo religioso por la mayoría de obispos, sacerdotes, e institutos y
congregaciones religiosas que sólo son fieles a las nuevas constituciones,
absolutamente diferentes a las de sus fundadores. Se sigue enseñando el
catecismo, sin contenido dogmático, pero en las parroquias; en las escuelas
públicas y privadas nada de catecismo, sino asimilación cultural de las
diversidades religiosas, sin validez curricular: la asignatura de Religión
Católica es una “maría” que, además, ni es digna de ser llamada católica.
Si al segundo grado se le podría llamar liberalismo
católico, al tercero le será más adecuado la denominación de catolicismo
liberal, expresamente condenado en el nº 80 del Syllabus (1),
Libertas (2), Mirari Vos, (3), entre otras encíclicas,
y muy bien descrita en la vigente obra “El liberalismo es pecado”,
de Sardá y Salvany, o por la formidable doctrina del Cardenal Billot contenida
en “El error del liberalismo”.
La oportunidad de describir algo más
este tercer grado de liberalismo nos la ofrece la reciente información sobre el
anuncio de la próxima beatificación del
primer Prelado del Opus Dei, Álvaro del Portillo, fiel discípulo de su maestro
Mons. Escribá de Balaguer, quien fue Marqués de Peralta. Huelga, al objeto del
presente, atender a las controversias, aún vivas, sobre la oportunidad e
irregularidad del proceso de su turbocanonización. Porque, en
efecto, si bien es cierto que no está permitido juzgar del fuero interno ni al
prelado ni al fundador de la Obra, ni de nadie, sí nos obliga la caridad
cristiana, que todo lo debe imperar, a anunciar que “No hay peor muerte para
las almas que la libertad del error”, según
sentencia de San Agustín (4); libertad del error que defiende con enorme poder
e influencia el Opus Dei; de tal manera que se ha constituido en el mejor y más
formidable freno a las ansias de la tradición que poseen las verdaderas almas
católicas; porque entre las monedas falsas, la mayor eficacia la tiene aquella
más parecida a la verdadera.
Los enemigos más significados durante
la vida pública de Jesucristo fueron el fariseismo, elherodianismo y
el saduceismo. El fariseismo es la corrupción de
lo religioso; generalmente tiene elementos propensos al sectarismo; es muy
propio de los noemovimientos de espíritu conciliar, entre los cuales se
inscribe el Opus Dei, aunque fuera fundado antes: “yo me salvo porque
pertenezco al Opus” o a, taconazo va, “los kikos”, o a, taconazo viene, ‘los
Legionarios de Maciel’, etc.; suelen ejercer un control
férreo sobre los miembros a través de cuidadosos escrutinios,
itinerarios, o mediante la prohibición de acudir a otro director espiritual
católico externo al grupo u otras formas consideradas abusos por el C.I.C.;
tienen espíritu de gueto; son asociaciones de fieles en lo les interesa, pero
sujetan con mayor obediencia que una orden cuando conviene a sus fines. Los herodianos aplican lo espiritual solamente a lo temporal,
desconocen el concepto de gracia, por lo que interpelan a Cristo en clave
secular, ya que no querían la dominación romana: ”¿Hay que pagar el
tributo al César?”; y aunque el Opus Dei, a decir de Monseñor Escribá, tiene
que volcarse al mundo y secularizarse, y agrega que no debe haber dialéctica
entre progresismo e integrismo, entre mundo y espiritualidad (…), no es esta
clave la más sobresaliente en ellos, sino más bien su marcado componente
saduceo.
