Mostrando entradas con la etiqueta Conversión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Conversión. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de octubre de 2014

martes, 7 de octubre de 2014

CONVERSIÓN DE ROY SCHOEMAN, DE SALVATION IS FROM THE JEWS





Era un judío hasídico, pero vivía mundanamente: en un sueño, la Virgen María respondió sus preguntas.

Roy H. Schoeman es un ingeniero informático de origen judío ortodoxo que ha contado su asombrosa conversión al catolicismo en diversas ocasiones. Hoy comparte su testimonio y su visión de cómo el cristianismo completa la revelación hebrea. Publicamos aquí su testimonio prácticamente tal como aparece en la web «Primera Luz», y puede encontrarse más detallado en inglés en su propia web Salvationisfromthejews.com.

 (Carifilii/InfoCatólica) «Crecí como judío en un barrio de clase media en la ciudad de New York, hijo de refugiados judíos que habían huido de Alemania a los inicios del régimen de Hitler.

«Mis padres eran activos en la congregación judía«conservadora» local, y para el promedio americano, tuve una educación judía bastante religiosa. Asistí a estudios de religión después de la escuela, desde el primer grado hasta que llegué a la universidad. Tuve mi Bar Mitzvah, y con frecuencia, aunque no siempre, asistía a los servicios del Sabbath y a las fiestas religiosas judías.

Rabinos místicos

«Crecí en contacto con rabinos extraordinarios, a quienes Dios me dio para mi formación religiosa, y hasta tuve que debatir si yo tenía vocación religiosa.

«El verano al final de mis estudios secundarios, antes de comenzar la universidad, lo pasé viajando por todo Israel, con un rabino hasídico carismático y «místico», el rabino Shlomó Carlebach, quien todas las noches ofrecía un concierto, que era en realidad una estática sesión de alabanza hasídica.

«Por un tiempo pensé quedarme en Israel para estudiar en alguna de las yeshivas (escuelas de religión) ultra ortodoxas que allí existen y que constituyen lo más cercano del judaísmo a la «vida religiosa», pero regresé para iniciar mis estudios en M.I.T. [Massachusetts Institue of Technology] en matemáticas e informática.

Universidad sin fe ni pureza

«En la universidad traté de preservar mi fervor religioso, y me mantuve activo en una congregación hasídica local, pero pronto caí en la moral y mentalidad más típica de M.I.T. Existe una estrecha relación entre la pureza de mente y de conducta, y la intimidad con Dios. Aunque al principio Él no sea estricto en sus reglas, más tarde o más temprano, no puede esperarse que se mantenga la intimidad, si no se juega según sus reglas. A medida que abandoné sus reglas, perdí la intimidad con Él.

«Al final de la universidad, el placer de la oración no era más que una memoria abstracta, y me había imbuido en los caminos del mundo. Después de algunos años diseñando sistemas de ordenadores, decidí asistir a la Escuela de Negocios de Harvard para estudiar una maestría en Administración de Empresas (MBA). Como resultado de un trabajo excepcional, se me invitó a formar parte de la facultad, a la vez que continuaba mis estudios hacia un doctorado, en preparación a una carrera en la enseñanza universitaria.

Éxito mundano, vacío interior

lunes, 21 de julio de 2014

DE LA KIPA A LA CRUZ: "PARA LOS JUDÍOS RELIGIOSOS, JESÚS ES EL "DIABLO"


Judío bautizado expresa sus dudas sobre el diálogo judeo-cristiano



De la kipa a la cruz



Jean-Marie Elie Setbon, nacido en 1964, fue rabino ultraortodoxo Jabab. Siempre se sintió atraído por el Cristo crucificado, hasta el punto de pedir el bautismo. Relata su conversión en su libro De la kipa a la cruz. Escribe:
“Para los judíos religiosos, Jesús es el “diablo”. Por esta razón miro con bastante escepticismo la sinceridad del diálogo judeo-cristiano que se practica (aunque en el fondo, que pueda ser muy enriquecedora). En cualquier caso, en lo que a mí respecta, puedo decir que cuando era un judío ortodoxo, perdón por la expresión, no quería saber nada de los cristianos. Seguramente es mejor hablar que darse trompazos. Pero si se dialoga sin tratar de lo que nos enfrenta, es inútil. … si los cristianos tienen miedo de hablar de Jesús, eso no es un diálogo […]”.





“Me gustaría encontrar católicos fuera de las iglesias. Sin embargo, no hay manera. De hecho, la Iglesia Católica nunca se ha dirigido a mí. Lo han hecho los Testigos de Jehová, bien que me acuerdo, pero ningún católico se dirigió a mí nunca en la calle. Tampoco recibí nunca ninguna carta de ningún sacerdote en mi buzón. [...] En este punto, me pregunto: ¿dónde están los católicos? Cuando uno los busca, no sabe dónde encontrarlos”.

“El cardenal Lustiger, al referirse a los judíos convertidos al cristianismo, les consideraba judíos realizados. No quiero ofender a nadie, pero no estoy de acuerdo con él. Yo no me considero como un judío realizado, sino un judío convertido a Cristo: no se habla de judíos realizados en los Hechos de los Apóstoles, ni en las Epístolas de San Pablo ni en toda la Santa Biblia. […] Una conversión es un cambio total. De repente vemos, pensamos, y comemos de otra forma. Pasamos a tener una relación diferente con los demás y con Dios”.


+ + + + +
Comentario de Tradición Digital: En el plano teológico, uno se pregunta cómo es posible que tras tantos años, decenios, de diálogo, no haya sido posible llegar a ninguna conclusión sobre el tema que nos separa: Si Cristo es el Hijo de Dios vivo, como declaró, o si blasfemó al hacerlo. No hay conclusión porque el tema ni siquiera está en la agenda. Nuestros pastores no se atreven a ponerlo. Y a eso llaman diálogo.
En el plano práctico, el estado Israel, por ejemplo, sigue posponiendo la concesión de personalidad jurídica a la Iglesia católica.
Desgraciadamente, la Iglesia católica desoye las advertencias de los judíos que se bautizan y exponen la doblez de la Sinagoga. Por bien del “diálogo”, o per metum judeorum.



lunes, 25 de noviembre de 2013

HERMANN COHEN, APOSTOL DE LA EUCARISTIA


Hermann Cohen, apóstol de la Eucaristía
Por Charles Sylvayn



                       Muerte de la señora de Cohen

La señora de Cohen falleció el 13 de diciembre de 1855, mientras el padre Hermann predicaba el adviento en Lion. Él mismo refiere la noticia a su amigo De Cuers:

«Dios acaba de descargar un terrible golpe sobre mi corazón. Mi pobre madre ha muerto... ¡y yo quedo en la incertidumbre! Sin embargo, tanto se ha rogado que debemos esperar que entre su alma y Dios algo habrá ocurrido en esos últimos instantes que nosotros no conocemos.

«He recibido orden de ir a París a consolar a la familia»...

Fácil será imaginarse el dolor del padre Hermann al enterarse de la muerte de su madre. Había rogado tanto y tanto había hecho rogar por su conversión...

«Yo tengo también madre -exclamaba un día, después de hablar de Mónica conversando, la víspera de su muerte, con su hijo Agustín-. La he dejado para seguir a Jesucristo, y ya no me llama su buen hijo. Sus cabellos están encanecidos, ya se le surca la frente, y tengo miedo de verla morir. ¡Oh, no! No quisiera que muriese antes de que amara a Jesucristo, y desde hace muchos años espero para mi madre lo que Mónica esperaba para Agustín. Y¿quién sabe si Dios no ha ligado la gracia de su conversión al fruto que sacáis de mis palabras?»

No obstante, si su dolor fue muy profundo, su esperanza en la bondad infinita de Dios no desfalleció ni un momento. La noche del mismo día en que recibió esta penosa noticia, debía predicar. Después de haber rogado y llorado mucho, subió al púlpito como de ordinario, conmoviendo a todos con un sermón sobre la muerte.

Algún tiempo después, confiaba al santo Cura de Ars las inquietudes que sentía sobre la muerte de su pobre madre, muerta sin la gracia del bautismo.

«Tenga esperanza, le respondió el hombre de Dios, y espere. Usted recibirá un día, en la fiesta de la Inmaculada Concepción, una carta que le traerá un gran consuelo».

Estas palabras proféticas estaban casi olvidadas, cuando el 8 de diciembre de 1861, seis años después de la muerte de su madre, un Padre de la Compañía de Jesús entregaba al padre Hermann una carta. Estaba escrita por una venerable sierva de Dios, que murió más tarde con fama de santidad y que era conocida por sus numerosos escritos sobre temas de espiritualidad, especialmente por su Eucaristía meditada, que alcanzó numerosas ediciones. La carta decía así:

«El 18 de octubre, después de la santa comunión, me hallaba en uno de esos instantes de unión íntima con Nuestro Señor, en los que me hace sentir su presencia en el sacramento de su amor de manera tan grata, que la fe ya no me parece necesaria para creer en ella. Al cabo de un rato, hizo que oyera su voz y se dignó darme algunas explicaciones relativas a una conversación que yo había tenido la víspera. Me acordé entonces de que, en dicha conversación, una de mis amigas me había manifestado su extrañeza de que Nuestro Señor, que había prometido otorgar todo a la oración, hubiese permanecido sordo, sin embargo, a las que el Rdo. padre Hermann le había dirigido tantas veces para obtener la conversión de su madre. Su sorpresa iba casi hasta el descontento, y me costó trabajo hacerle comprender que debíamos adorar la justicia de Dios y no tratar de penetrar sus secretos. Me atreví a preguntar a mi buen Jesús cómo era posible que, siendo la bondad misma, hubiera podido resistir a los ruegos del padre Hermann y no hubiese concedido la conversión de su madre.

«Ésta fue su respuesta:

«¿Por qué Ana quiere siempre sondear los secretos de mi justicia y trata de penetrar los misterios que no puede comprender? Dile que no debo la gracia a nadie, que la doy a quien me place, y que al obrar así no dejo de ser justo ni ceso de ser la justicia misma. Pero ha de saber también que, antes de faltar a las promesas que tengo hechas a la oración, trastornaré el cielo y la tierra, y que todo ruego que busca mi gloria y la salvación de las almas, siempre es oído favorablemente, cuando va acompañado de las cualidades necesarias».

«Luego añadió: "Y para probaros esta verdad, quiero enterarte de lo que ocurrió cuando la muerte de la madre del padre Hermann". Mi buen Jesús me iluminó entonces con un rayo de su luz divina y me dio a conocer, o mejor, me hizo ver en Él lo que voy a procurar contar.

«En los últimos momentos de la madre del padre Hermann, cuando estaba a punto de exhalar el último suspiro y que parecía estar privada de conocimiento, casi sin vida, María, nuestra buena Madre, se presentó ante su divino Hijo y, postrándose a sus pies, le dijo: "Gracia, piedad, Hijo mío, por esta alma que va a perecer. Un instante más y estará perdida, perdida para siempre. Haz, te lo ruego, por la madre de mi siervo Hermann, lo que quisieras que él hiciera por la tuya, si ésta estuviese en su lugar y tú estuvieras en el suyo. El alma de su madre es su bien más querido. Mil veces me la ha dedicado, y la ha confiado a mi amor, a la solicitud de mi corazón. ¿Podré soportar que perezca? No, no; esta alma me pertenece, la quiero, la reclamo como herencia, como el precio de tu sangre y de mis dolores al pie de tu cruz".

«Apenas la excelsa suplicante había acabado de hablar, cuando una gracia fuerte, poderosa, brotó del manantial de todas las gracias, del corazón adorable de nuestro Jesús, y fue a iluminar el alma de la pobre judía moribunda, triunfando instantáneamente de su obstinación y resistencia. Esta alma se volvió inmediatamente con amorosa confianza hacia Aquél cuya misericordia la perseguía hasta en los brazos de la muerte, y le dijo: "¡Oh Jesús, Dios de los cristianos, Dios que mi hijo adora! Yo creo, yo espero en ti ¡ten piedad de mí".

«En este grito, oído de Dios solo y que partía de las más íntimas profundidades del corazón de la moribunda, estaba encerrado el arrepentimiento sincero de su obstinación y de sus culpas, el deseo del bautismo, la voluntad expresa de recibirlo y de vivir según las reglas y los preceptos de nuestra santa religión, en el caso de que hubiera podido volver a la vida. Este impulso de fe y de esperanza en Jesús fue el último sentimiento de su alma. En el instante en que ella subía hacia el trono de la divina misericordia, los débiles lazos que la retenían a su envoltura mortal se rompieron y caía a los pies de Aquél que había sido su salvador antes de erigírsele en juez.

«Después de haberme mostrado todas estas cosas, Nuestro Señor añadió: "comunica todo esto al padre Hermann; es un consuelo que quiero otorgar a sus prolongadas penas, para que bendiga y haga bendecir por todas partes la bondad del corazón de mi Madre y el poder que ejerce sobre el mío».

Esta carta, verdaderamente sorprendente e imprevisible, había sido anunciada al padre Hermann con toda precisión por el santo Cura de Ars con seis años de antelación.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

LA CONVERSIÓN DE LOS JUDÍOS


LA CONVERSIÓN DE LOS JUDÍOS


R. P. Emmanuel André

El drama del fin de los tiempos
 (Noveno artículo, noviembre de 1885)




La Sagrada Escritura nos señala un gran acontecimiento, que nos muestra como entrelazado en la guerra que el Anticristo desencadenará contra la Iglesia: es la conversión de los Judíos. Hemos diferido de hablar de ella hasta ahora, para tratar este tema con más detalle. Además de que, en el punto en que vamos, se encuentra perfectamente en su lugar. Porque la conversión del pueblo judío nos es presentada como fruto de la predicación de Elías.

I

El pueblo judío es el punto alrededor del cual se desarrolla la historia de la humanidad. Fue acariciado por Dios, en la persona de Abraham, de quien sale; es, antes de Nuestro Señor, el pueblo sacerdotal por excelencia, cuyo estado, según la sentencia de San Agustín, es totalmente profético; ha dado nacimiento a la Santísima Virgen y al Salvador del mundo; ha formado el núcleo de la Iglesia naciente. Todos estos privilegios hacen de la raza judía una raza excepcional, cuyos destinos son extremadamente misteriosos.
Por una inversión extraña y lamentable, desde el momento en que produce al Salvador del mundo, la raza elegida, la raza bendita entre todas, merece ser reprobada. Ella se niega a reconocer, en su humildad, a Aquél cuyas invisibles grandezas no sabe adorar. Parece que Dios haya querido mostrar por ahí que la vocación al cristianismo no le debe nada ni a la carne ni a la sangre, puesto que los mismos de quienes Cristo venía según la carne (Rom. 9 5) fueron rechazados de ella por su orgullo tenaz y carnal.
Su reprobación, sin embargo, ¿es definitiva? ¿Seguirán siendo siempre la presa de Satán, y estando excluidos del resto del mundo por la cruz del Salvador? ¡Dios no lo quiera! Dios reserva misericordias supremas al pueblo que fue el suyo. A este pueblo, al que fue dicho: “Vosotros no sois mi pueblo”, se le dirá un día: “Vosotros sois los hijos del Dios vivo” (Os. 1 10). Después de haber quedado durante largo tiempo sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin altar, los hijos de Israel buscarán al Señor su Dios; y eso se hará sobre el fin de los tiempos (Os. 3 4-5).
Elías será el instrumento de esta maravillosa vuelta. “He aquí que Yo os enviaré, dice el Señor por Malaquías, al profeta Elías, antes de que llegue el día grande y terrible de Dios, para que vuelva el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a sus padres” (Mal. 4 5-6). Es decir, restablecerá la armonía de los mismos amores, de las mismas adoraciones entre los santos antepasados del pueblo judío y sus últimos descendientes.
San Pablo afirma a su vez este acontecimiento tan consolador. El ve en la reprobación de los judíos la causa ocasional de la vocación de los Gentiles. Luego añade: “No quiero que ignoréis, hermanos, este misterio: que el encallecimiento ha sobrevenido parcialmente a Israel, hasta que la totalidad de las naciones haya entrado; y entonces todo Israel será salvo” (Rom. 11 25).
Tal es, pues, el designio de Dios. Es necesario que toda la gentilidad entre en la Iglesia; y cuando haya concluido el desfile de las naciones, Israel entrará a su vez. Será el gran jubileo del mundo; la gracia se derramará por torrentes. Si se toman al pie de la letra las profecías, todos los Judíos que entonces vivan, hasta el último de ellos, aunque fuesen numerosos como las arenas del mar, se salvarán (Rom. 11, 27).
Para comprender los estremecimientos profundos que este gran acontecimiento producirá en el mundo, hay que recurrir a las figuras proféticas, por las que Dios se complació a anunciarlo de mil maneras.
El pueblo judío, entrando en la Iglesia, es Esaú reconciliándose con Jacob. ¡Y con qué ternura! “Corriendo al encuentro de su hermano, Esaú lo abrazó, se echó sobre su cuello y lo besó, rompiendo ambos a llorar” (Gen. 33 4).
Pero el verdadero símbolo de Jesús reconocido por sus hermanos Judíos, es sobre todo José reconocido por sus hermanos. En otro tiempo lo vendieron y lo crucificaron; mas una imperiosa necesidad de verdad y de amor los lleva a sus pies al fin de los tiempos. ¡Qué encuentro! ¡Qué espectáculo! ¡Jesús, en todo el brillo de su poder, desvelando a los Judíos los tesoros de su Corazón, y diciéndoles: Yo soy José, yo soy ese Jesús a quien vosotros vendisteis! (Gen. 45 3).
Abrid por fin el Evangelio, en la página del hijo pródigo (Lc. 25). Este pródigo, que viene de tan lejos, son los pobres Gentiles que entran en la Iglesia. Los judíos son representados por el hijo mayor, celoso y egoísta, que se obstina en permanecer afuera porque su hermano ha sido recibido en la casa. El padre sale y le hace invitaciones apremiantes, cœpit illum rogare. Este desnaturalizado se niega a escuchar a su padre; pero al fin lo escuchará, entrará, y habrá en la casa paterna doble regocijo.
¡No!, no podemos imaginarnos las alegrías de la Iglesia, cuando por fin abra su seno de madre a los hijos de Jacob. No podemos imaginarnos las lágrimas, los arrebatos de amor de éstos, cuando, después de desaparecer por fin el velo de sus ojos, reconozcan a su Jesús. ¿En qué momento preciso sucederá este gran acontecimiento? Ahí está el nudo de la dificultad. Sin pretender resolverla, esperamos esclarecerla un poco.

II

Parece seguro, según la tradición, que el Anticristo será de nacionalidad judía. Aparecerá como el producto de esta fermentación de odio que, desde hace siglos, agría el corazón de los judíos contra Jesús, su tierno hermano, su incomparable amigo.
Parece igualmente seguro que los Judíos en su mayor parte acogerán a este falso mesías, haciéndole cortejo, y le someterán el mundo por la mala prensa y la alta finanza.
Pero, ya desde el tiempo que precederá a la venida del hijo del pecado, se formará, entre los judíos, una corriente de adhesión a la Iglesia. Los grandes acontecimientos tienen siempre preludios que los anuncian.
San Gregorio declara que el furor de la persecución del Anticristo recaerá principalmente sobre esos judíos convertidos, cuya constancia en soportar todos los ultrajes y todos los tormentos por el nombre mil veces bendito de Jesús nadie igualará. Este pasaje de San Gregorio es demasiado importante para que lo omitamos.
El gran Papa explica una de las misteriosas profecías en acción de Ezequiel (Ez. 3). Es un drama en tres actos. 1º Dios ordena al profeta que salga al campo; esta salida representa la difusión del Evangelio entre los Gentiles. 2º Luego lo hace entrar de nuevo en la casa, donde es cargado de cadenas, apresado y reducido al silencio; lo cual indica cómo el Evangelio será predicado por los Judíos a los mismos Judíos, de los cuales unos se convertirán, y otros agarrarán a los predicadores y los abrumarán de malos tratos, a saber durante la persecución del Anticristo. 3º Dios aparece, abre la boca al profeta, que habla con más fuerza que nunca; es lo que sucederá con la venida de Elías, el cual, por sus predicaciones inflamadas e irresistibles, convertirá a los restos de su nación (In Ezech. lib. I, hom. XIII).
No podríamos aquí admirar bastante la lucidez profética de San Gregorio. Distingue de antemano las fases del gran acontecimiento que nos ocupa: escisión del pueblo judío en dos partes, opresión de los convertidos por parte de los refractarios, conversión total realizada por Elías.
El santo Papa asegura, en sus comentarios sobre Job, que esta vuelta definitiva de los restos de Israel tendrá lugar bajo los ojos mismos y a pesar de la rabia impotente del Anticristo (Moralia in Job, lib. XXXV, cap. 14). Si la Iglesia goza de semejantes consuelos en el mismo ardor de la persecución, ¡qué será a la hora del triunfo! Es lo que vamos a considerar rápidamente.

III

Hay destrucciones necesarias, para las cuales Dios se sirve de los malos ángeles. El Anticristo, a su modo y a pesar suyo, será la vara de Dios. Esta vara de hierro pulverizará los cismas, las herejías, las falsas religiones resto del paganismo, el mahometismo y el mismo judaísmo; triturará el mundo para conseguir una prodigiosa unidad.
Cuando este coloso de impiedad haya sido abatido por la pequeña piedra, ésta se convertirá en una montaña inmensa y cubrirá la tierra; el Evangelio, no encontrando ya obstáculos de ninguna clase, reinará sin contradicción en todo el universo.
Los judíos serán los principales obreros en este establecimiento del reino de Dios. San Pablo se extasía ante las grandes cosas que resultarán de su conversión. “Si la caída de los Judíos, exclama, ha sido la riqueza del mundo, y si su mengua ha sido la riqueza de los Gentiles, ¿cuánto más lo será su plenitud [esto es, su adhesión total]?... Si su repudio ha sido reconciliación del mundo, ¿qué será su acogida [en la Iglesia] sino un retornar de muerte a vida?” (Rom. 11 12, 15). Temeríamos debilitar, comentándolas, estas antítesis enérgicas. Es legítimo concluir de ello que los judíos convertidos pondrán al servicio de la Iglesia un ardor inexpresable de proselitismo. Rejuvenecida por esta infusión de vida, la Iglesia saldrá de los aprietos de la persecución como de la piedra de un sepulcro; y tomará posesión del mundo, con la majestad de una reina y la ternura de una madre.
Estos acontecimientos, ¿serán el preludio inmediato del juicio final, o la aurora de una nueva era? Enunciaremos las conjeturas que se pueden formular sobre este particular.