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martes, 7 de diciembre de 2021

LA DEMOCRACIA COMO RELIGIÓN – LA FRONTERA DEL MAL

 


Por Rafael Gambra (1920-2004)

Fue Aldous Huxley, en su fábula futurista Un mundo feliz, quien sugirió que lo que llamamos un axioma –es decir, una proposición que nos parece evidente por sí misma y que por tal la aceptamos– se puede crear para un individuo y para un ambiente determinados mediante la repetición, millones de veces, de una misma afirmación. Para este efecto –la génesis artificial de axiomas y de dogmas– proponía la utilización, durante el sueño, de un mecanismo repetitivo que hablase sin interrupción a nuestro subconsciente capaz, durante horas, de recibir y asimilar cualquier mensaje.

Este designio está, hoy, al cabo de medio siglo, muy cerca de la realidad, aunque sea a través de técnicas no exactamente iguales, como lo ha subrayado el propio Huxley en su Retorno al mundo feliz.

La realización más importante en este sentido a través de métodos de saturación mental por los mass-media ha sido, en nuestra época, el establecimiento a escala universal del dogma-axioma de la democracia. De esta noción –en su sentido individualista y mayoritario– se ha logrado hacer la piedra angular de la mentalidad contemporánea. Es decir, de lo que Kendall y Wilhelmsen han llamado la «ortodoxia pública» de nuestro tiempo. Esta expresión significaba, para estos autores, el conjunto de bases conceptuales o de fe en que se asienta toda sociedad histórica, elementos que son, a la vez, ideas-fuerza para sus miembros y puntos de referencia para entenderse en un mismo lenguaje y convenir, en último extremo, en unos cuantos axiomas y dogmas que sólo los marginados o extravagantes exigirían fundamentar.

La consolidación del dogma de la democracia y de su axiomática ha sido, por supuesto, obra de muchos años, pero es ahora cuando conoce su vigencia universal. Ya, a fines de los años veinte, se daba por supuesto, en el lenguaje político español, que, tras de la dictadura del General Primo de Rivera, era obligado «volver a la normalidad constitucional (o democrática)». Hoy se supone para el mundo todo, desde la Europa más culta hasta la selva africana, que sólo unas elecciones «libres» (de sufragio universal) pueden justificar un gobierno ortodoxo. Cualquier otro gobierno recibirá el calificativo de «dictadura» y se llamará a cruzadas contra él, previa su denuncia universal, como violador de los «derechos humanos», que constituyen la apelación última que en otro tiempo se situaba en el juicio de Dios Uno y Trino. (Existen, por supuesto, determinadas tolerancias o concesiones en gracia a la perfección universal del cuadro: el mundo soviético o sovietizado y múltiples sultanatos árabes prescinden de toda consulta a la «opinión pública» y les basta con autotitularse «populares» o «democráticos» para gozar de una suficiente inmunidad).

domingo, 7 de septiembre de 2014

SENTIDO CRISTIANO DE LA ACCIÓN - RAFAEL GAMBRA



RAFAEL GAMBRA


SENTIDO CRISTIANO
 DE LA ACCIÓN

  





«Nada puede comprenderse de la civilización moderna -ha escrito Bernanos- si no se admite previamente que constituye una inmensa conspiración contra toda clase de vida interior».

Por ello mismo esta civilización, en medio de su brillo y sus conquistas técnicas, es también una conspiración contra el sentido de la vida, es decir, una frustración universal. En el condicionamiento mutuo que se da entre la vida humana y los medios para su mantenimiento se crearía un círculo sin sentido (los medios se ordenarían a la vida y la vida a la adquisición de esos medios) por modo tal que suprimidos ambos términos (vida y medios), nada se habría perdido. Es justamente el instante contemplativo lo que rompe ese círculo de la praxis hacia una vivencia humana con valor propio y liberador.

La civilización contemporánea — civilización de los medios, del dinamismo y de la eficacia— niega o excluye de sí toda exigencia de contemplación tanto natural como sobrenatural y hace de los contemplativos unos extraños a su tiempo y a su medio humano. Nuestra época, en efecto, los considera inútiles y parásitos o, en lenguaje marxista, irremediablemente «alienados». A lo más, se los disculpa por ser pobres o poco costosos para la economía general, y, si alguien llega a defenderlos, lo hace en su calidad (utilitaria) de pararrayos de la justicia o de la cólera divina por el apartamiento y austeridad de sus vidas. Pero nadie se atreve a sostener hoy su valor en sí, incluso en el ámbito humano, corno término o resolución de la vida misma en aquello que posee de más propiamente humano.

La antigua cultura griega nos ha legado algunos mitos desesperados que simbolizan premonitoriamente lo que podría ser una civilización del activismo y de la temporalidad fluyente. El mito de Sísifo, por ejemplo, que, entregado a una actividad absoluta y sin término contra el consejo de su padre, se vio condenado por los dioses a subir eternamente un peñasco que, no asentándose jamás, rodaba, siempre por la ladera de la montaña. O el de Cronos o Saturno —el Tiempo— devorando a sus propios hijos (hijos de la temporalidad, cronólatras). Y en los albores de nuestra época, el mito de Fausto —símbolo de esta que se ha llamado civilización fáustica— es en el momento en que el doctor Fausto pretende sustituir el "en el principio era el Verbo” por “en el principio era la acción” cuando le aparece el Diablo y toma posesión de su alma.

* * *

Para comprender el sentido último de la contemplación y la relación que guarda con la acción creo necesario partir de la vieja idea griega del mundo como cosmos o universo ordenado, frente al caos o realidad exterior, sin orden ni medida, que precede y rodea al cosmos. El Cosmos es e1 habitáculo del hombre, mundo inteligible donde la razón y la voluntad humanas pueden conocer y decidir. Es curioso cómo la palabra griega οἶκος significa tanto la casa (de ahí economía, norma de gobierno doméstico y prudencia económica, virtud rectora de la casa o familia) como el universo, concebido como casa o medio del hombre. Para la concepción judeo-cristiana esta idea de cosmos se traduce (con diferencias y analogías) por la de Creación: el mundo como obra radical de Dios (ex nihilo) y, como tal ordenado, dotado de sentido, inteligible. De esa noción del orden universal como casa o morada del hombre derivan dos calificativos que pueden aplicarse a la iglesia de Cristo: católica y ecuménica, por cuanto es universal por el destino y vocación de su mensaje y no de este país o tiempo (calificativos sinónimos, pero que hoy —por extrañas mutaciones semánticas y terminológicas — han venido a contraponerse, por modo que al católico consciente le repugna el ecumenismo, como al ecumenista repugna el catolicismo real).

¿En qué sentido puede decirse que este mundo en que vivimos —obra de Dios y morada del hombre— es un cosmos o universo ordenado? La armonía o adecuación de medios a fines es algo que salta a la vista, a la mentalidad y a la observación del hombre normal. Sin embargo, han sido muchos las intentos, desde el atomismo de Demócrito hasta las modernas concepciones racionalistas —mecanicismo, evolucionismo— para explicar el aparente orden finalista del mundo como resultado casual de una fuerza eficiente, ciega, que se desarrolla y complica en un entrecruzamiento de átomos o en un impulso evolutivo creador. Coincide justamente con el predominio de esta mentalidad eficientista en nuestra época el menosprecio y abandono de la vida contemplativa a título de inútil o ''alienada", y el canto a la acción y a la eficacia. La noción de un cosmos o universo ordenado supone la existencia de unas causas finales —más o menos remotas o inmanentes — concebidas por una mente superior y trascendente al mundo mismo, esto es, la existencia de Dios, causa final última y supremo ordenador del mundo. Su existencia y la existencia de la finalidad —causa casarum— es lo que justifica la tendencia contemplativa, la contemplación misma.


“Cabe reflexionar sobre el contraste que media entre la simbolización plástica del sabio —o del pensar humano— en el hoy y en el ayer”.

sábado, 10 de agosto de 2013

CRISTIANISMO CONTRA DEMOCRACIA



Rafael Gambra
 "Cristianismo contra Democracia", Revista Roma Nº 75 (1982)


Si en materia política, hay algo claro en la Sagrada Escritura y en la doctrina del Magisterio eclesiástico es la verdad de que el cristianismo es contrario a la democracia. Nada en la historia del pueblo de Dios ni en la Historia de la Iglesia induce a creer que en la vida pública haya de hacerse la voluntad del pueblo —lo democrático—; y, por el contrario, todo induce a creer que en la vida pública ha de hacerse la voluntad de Dios. Es claro que si, en la mente de Dios, el mejor régimen fuera la democracia. Dios hubiera propuesto a Moisés y Jesucristo hubiera propuesto a su Iglesia el régimen democrático. Y por lo que toca al régimen de las órdenes religiosas, en el que algunos quisieran ver el inicio de la democracia moderna, como se ve por "Le principe de la majorité" de C. Leclerq, inicialmente, en las órdenes religiosas y en los monasterios decidía la "sanior pars" —la parte más sana o selecta—, no la "maior pars" —la mayoría—. Sólo se llegó en la organización religiosa a la democracia "frailuna", como diría Menéndez Pelayo, cuando "la parte más sana" coincidía con "la mayoría": la mayoría en una comunidad religiosa es buena; lo malo en una comunidad religiosa es la minoría, lo que es equivalente, cuando la voluntad de la mayoría de una colectividad —religiosa o civil— coincide de hecho con la voluntad de Dios, no es inconveniente, sino conveniente al régimen democrático. Por el contrario, cuando la voluntad de la mayoría de los ciudadanos es distinta y contraria de la voluntad de Dios, disconforme de la Ley de Dios, es mala la democracia, no es conveniente la democracia, en tanto en cuanto contraría a la Ley natural, al derecho natural. Por eso, el régimen democrático es bueno para una colectividad de verdaderos cristianos, de católicos que piensan y quieren y actúan conforme a la voluntad de Dios, en la misma medida que es un régimen malo en una sociedad pluralista, en una sociedad donde los ciudadanos hacen caso omiso del saber y del querer de Dios.

Hay otro discurso perfectamente claro y concluyente: la democracia liberal, lo que vulgar y comúnmente se llama democracia se funda sobre el liberalismo filosófico, es decir, sobre el racionalismo —la creencia de que nada hay válido si no es racional— y sobre el naturalismo —la creencia de que ha de rechazarse todo aquello que se presente con pretensiones de sobrenatural. En efecto, la democracia española actual, igual que la francesa, la británica, la sueca, la estadounidense, la italiana, etc., están fundadas en principios puramente racionalistas y naturalistas, ateos o, lo que es equivalente en la práctica, laicistas, laicos. Es así que el liberalismo filosófico (como se ve por la encíclica "Libertas", de León XIII, y por el "Syllabus", de Pío IX) es contrario a la fe y a la filosofía y teología políticas del catolicismo; luego la democracia liberal es contraria e incompatible con el catolicismo, con el cristianismo auténtico. Quiere decirse que aquél que sea substantivamente católico sólo puede ser demócrata adjetivamente, secundariamente, accesoriamente, es decir, falsamente. Y viceversa. Lo vemos ya en la Ley mosaica: "No te dejes arrastrar al mal por la muchedumbre" (Ex. 23, 2), el fiel a Dios no puede aceptar la ley que le imponga democráticamente la muchedumbre, si es contraria a la Ley de Dios. Y en la misma Ley mosaica se considera la posibilidad de que sea "la asamblea toda del pueblo" la que hiciera "algo que los mandamientos de Yahvé prohiben", dado que en la Biblia, "la voz del pueblo no es la voz de Dios". Allí se dice cuál debe ser el sacrificio que el pueblo debe ofrecer "por el pecado de la asamblea" (Ley. 4, 13-21). De aquí que el hijo de Dios debe ser un resistente y un objetor de conciencia constante en la democracia laica. Y, por eso, Pío XII, en su Radiomensaje navideño de 1944 acepta sólo la "democracia sana", la respetuosa de la Ley de Dios. Luis M Ansón director general de la agencia de noticias EFE tiene publicado en ABC de Madrid (13-X-59), un precioso artículo titulado "Pío XII y la democracia" con textos de varios Papas demostrativos de que el cristianismo es contrario a la democracia.


Por eso, los que se declaran prodemócratas, "ipso facto" se ponen en contradicción con la doctrina católica enseñada por la Tradición, las Escrituras y los Papas.