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viernes, 15 de julio de 2016

SERMÓN PARA EL DOMINGO VIII DESPUÉS DE PENTECOSTÉS - R.P. TRINCADO




LA FALTA DE PRUDENCIA DE LOS HIJOS DE LA LUZ



Este domingo se suele predicar acerca de la virtud de la prudencia. El P. Alberto María Weiss OP, ha escrito en 1906, su afamada “Apología del Cristianismo”. En esa obra hay un capítulo que se titula así: “Falta de Prudencia de los Hijos de la Luz”. Este texto aparece publicado, a su vez, en una obra de la BAC muy conocida por los Sacerdotes tradicionalistas hispanoparlantes:“Verbum Vitae - La Palabra de Cristo”, por Mons. Ángel Herrera Oria (año 1955, t. VI, p. 647-648).

Dice Mons. Herrera: “A la gran apología de Weiss le ocurre los que a todas las obras maestras, que, aunque se refieran a los problemas de su tiempo, presentan enfoques y soluciones permanentes”. En efecto, el P. Weiss señala certeramente las causas espirituales de la crisis que se avecinaba a inicios del siglo XX, que explotó en el fatídico concilio Vaticano II, y en cuyas espesas oscuridades nos encontramos sumergidos hasta el presente. Como se habla poco acerca de las causas de índole espiritual que nos llevaron a esta derrota temporal, daremos, en este sermón, algunas citas de ese texto del P. Weiss (la mayor parte de las veces extractadas y adaptadas). Y cuando las oigan no piensen sólo en la crisis de la Iglesia universal, sino que piensen también en la crisis que estalló el año 2012 en la FSSPX. Las causas espirituales de ambas son, en el fondo, las mismas.

La presente situación es triste, y sombrío es el porvenir. Noten que el P. Weiss escribe en 1906, en pleno reinado de San Pío X. El Padre ve cómo el liberalismo se extiende por el mundo entero y también, pese a los esfuerzos de los antiliberales encabezados por el Papa santo, dentro de la misma Iglesia. Si se hubiera escuchado a Sacerdotes como el P. Weiss, los liberales nunca habrían podido adueñarse de la Iglesia.

Como consecuencia, un profundo malestar ha invadido todo. Únicamente dos clases de personas se ven libres de ello: los liberales y los inconscientes que gozan tranquilos de su comodidad. Fuera de ellos, nadie hay que no diga que el estado actual de cosas no puede sostenerse. Unos echan la culpa al clero y al cristianismo. Otros la hacen recaer sobre los enemigos de la fe y de la Iglesia. Pero ¿de qué nos serviría mejorar el mundo entero si llevamos siempre en nosotros mismos los gérmenes de nuevos males? La simple prudencia exige que dirijamos todos nuestros esfuerzos por este lado. El justo comienza por acusarse él mismo, dice el Espíritu Santo (Prov 18, 17). Y de hecho, en circunstancias análogas, los justos ha obrado así cuando se hacía necesario mejorar la situación: “Cuanto has hecho con nosotros es justo” (Dan 3, 27).

Como vemos, el P. Weiss no pone el foco en los enemigos de la Iglesia, sino en las los mismos hombres de Iglesia, explicando en qué radica la imprudencia de los buenos, de los católicos, de los hijos de la luz. 

Dos cosas nos vemos obligados a aceptar si queremos ser verdaderos discípulos del Salvador, dos cosas que no fueron ahorradas tampoco al Hijo de Dios: el odio y la persecución. Sólo con esta condición estaremos seguros de conseguir el respeto del mundo y una energía interior invencible.  Para resumir en pocas palabras la causa de nuestra debilidad: nuestra fe no descansa en convicciones bastante sólidas y nuestra manera de obrar no es bastante sobrenatural. La mediocridad, la timidez, la indecisión, son actualmente mayores que en las otras crisis por las que atravesó la Iglesia.