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domingo, 3 de julio de 2016

CONFIANZA, A PESAR DE TODO





MONS. LUIS MARÍA MARTINEZ



En la vida espiritual no es raro que las almas que tratan generosamente de adelantar en la virtud, a fuerza de querer ser delicadas de conciencia y de evitar todo pecado venial deliberado, vengan a caer en el extremo de la inquietud y de la turbación, a embarazarse en mil perplejidades y escrúpulos, y a resfriarse, en fin, en la confianza a Nuestro Señor, que es la muerte de la devoción.

A evitar ese escollo de tanta trascendencia vienen estas breves reflexiones. Y así, a toda alma generosa no me cansaré de repetir: sé tan delicada cuanto puedas con Nuestro Señor; vigila exquisitamente tu conducta para evitar todo pecado venial deliberado; pero, por amor de Dios, que esto sea sin perder la confianza y la paz.

Y a tal grado encarezco esta recomendación, que, si para tener esa exquisita delicadeza fuera necesario perder esos dos bienes, la confianza y la paz, es preferible que por ahora no trabajemos tanto en ella, porque la paz del corazón y la confianza en Dios son bienes mucho más necesarios, y, por consiguiente, deben ser preferidos.

Y deben preferirse, no sólo por lo que mira a nosotros, por ahorrarnos penas, pues un alma generosa no debe rehuir ningún sacrificio, sino por los intereses mismos de Nuestro Señor. Porque con el fin muy santo y muy debido de evitarle a Nuestro Señor la herida leve que le causa un pecado venial, se le priva de la gran satisfacción y consuelo que experimenta en los progresos de un alma en su santificación cuando confía y vive en paz.

Pongamos un ejemplo para explicarnos mejor. Un alma fervorosa tiene la desgracia de cometer un pecado venial, lo cual no es raro dada nuestra persistente fragilidad. Una vez que lo ha cometido, se acuerda de todo lo que ha leído y meditado sobre el pecado venial, y empieza a inquietarse, llenándose de congoja, y de pena; la confianza en Nuestro Señor se enfría, se aleja de El, deja la oración o la hace mal, y todos sus ejercicios de piedad no andan en orden.

Al cabo de muchas horas de turbación, llega, a costa de no pocos esfuerzos y consultas, a recobrar la paz. ¿No es verdad que con todas esas horas de inquietud Nuestro Señor ha perdido más bien que ganado, porque el alma le privó del consuelo que podía haberle dado en su oración y en sus adoraciones, porque le negó la confianza, cosa que tanto lastima a su Corazón divino; porque perdió el tiempo, deteniendo el progreso en su santificación?

No lo hagamos así; antes bien, démonos cuenta de cómo se puede conciliar perfectamente el dolor de nuestros pecados con la confianza en Dios y la paz del alma.

Santa Teresa del Niño Jesús expresa muy bien esta conciliación cuando dice: "Yo lo sé muy bien: aun cuando tuviera en mi conciencia todos los crímenes que se pueden cometer, no perdería nada de mi confianza; antes iría con el corazón hecho pedazos por el arrepentimiento a arrojarme en los brazos de mi Salvador.

Sé cuánto amó al hijo pródigo, he escuchado sus palabras a María Magdalena, a la mujer adúltera, a la Samaritana. No; nadie puede atemorizarme, porque yo sé a qué atenerme respecto de su amor y de su misericordia. Sé que toda esa multitud de ofensas se abismarían en un abrir y cerrar de ojos, como una gota de agua arrojada en un horno ardiente.

Notémoslo bien: el corazón hecho pedazos por el arrepentimiento y la confianza intacta. De manera que, cargando todos los crímenes del mundo, ella se hubiera arrojado en los brazos de Jesús con una confianza plena.

No faltará quien diga: ¿Cómo es posible que se sienta ese dolor tan vivo por la ofensa de Dios, y, sin embargo, se tenga la confianza necesaria para arrojarse sin temor de ninguna especie, sin reserva alguna, en los brazos de Nuestro Señor?

Voy a intentar explicarlo.