MONS. LUIS MARÍA MARTINEZ
En
la vida espiritual no es raro que las almas que tratan generosamente de
adelantar en la virtud, a fuerza de querer ser delicadas de conciencia y de
evitar todo pecado venial deliberado, vengan a caer en el extremo de la
inquietud y de la turbación, a embarazarse en mil perplejidades y escrúpulos, y
a resfriarse, en fin, en la confianza a Nuestro Señor, que es la muerte de la
devoción.
A
evitar ese escollo de tanta trascendencia vienen estas breves reflexiones. Y
así, a toda alma generosa no me cansaré de repetir: sé tan delicada cuanto
puedas con Nuestro Señor; vigila exquisitamente tu conducta para evitar todo
pecado venial deliberado; pero, por amor de Dios, que esto sea sin perder la
confianza y la paz.
Y
a tal grado encarezco esta recomendación, que, si para tener esa exquisita
delicadeza fuera necesario perder esos dos bienes, la confianza y la paz, es
preferible que por ahora no trabajemos tanto en ella, porque la paz del corazón
y la confianza en Dios son bienes mucho más necesarios, y, por consiguiente,
deben ser preferidos.
Y
deben preferirse, no sólo por lo que mira a nosotros, por ahorrarnos penas,
pues un alma generosa no debe rehuir ningún sacrificio, sino por los intereses
mismos de Nuestro Señor. Porque con el fin muy santo y muy debido de evitarle a
Nuestro Señor la herida leve que le causa un pecado venial, se le priva de la
gran satisfacción y consuelo que experimenta en los progresos de un alma en su
santificación cuando confía y vive en paz.
Pongamos
un ejemplo para explicarnos mejor. Un alma fervorosa tiene la desgracia de
cometer un pecado venial, lo cual no es raro dada nuestra persistente
fragilidad. Una vez que lo ha cometido, se acuerda de todo lo que ha leído y
meditado sobre el pecado venial, y empieza a inquietarse, llenándose de congoja,
y de pena; la confianza en Nuestro Señor se enfría, se aleja de El, deja la
oración o la hace mal, y todos sus ejercicios de piedad no andan en orden.
Al
cabo de muchas horas de turbación, llega, a costa de no pocos esfuerzos y
consultas, a recobrar la paz. ¿No es verdad que con todas esas horas de
inquietud Nuestro Señor ha perdido más bien que ganado, porque el alma le privó
del consuelo que podía haberle dado en su oración y en sus adoraciones, porque
le negó la confianza, cosa que tanto lastima a su Corazón divino; porque perdió
el tiempo, deteniendo el progreso en su santificación?
No
lo hagamos así; antes bien, démonos cuenta de cómo se puede conciliar
perfectamente el dolor de nuestros pecados con la confianza en Dios y la paz
del alma.
Santa
Teresa del Niño Jesús expresa muy bien esta conciliación cuando dice: "Yo
lo sé muy bien: aun cuando tuviera en mi conciencia todos los crímenes que se
pueden cometer, no perdería nada de mi confianza; antes iría con el corazón
hecho pedazos por el arrepentimiento a arrojarme en los brazos de mi Salvador.
Sé
cuánto amó al hijo pródigo, he escuchado sus palabras a María Magdalena, a la
mujer adúltera, a la Samaritana. No; nadie puede atemorizarme, porque yo sé a
qué atenerme respecto de su amor y de su misericordia. Sé que toda esa multitud
de ofensas se abismarían en un abrir y cerrar de ojos, como una gota de agua
arrojada en un horno ardiente.
Notémoslo
bien: el corazón hecho pedazos por el arrepentimiento y la confianza intacta.
De manera que, cargando todos los crímenes del mundo, ella se hubiera arrojado
en los brazos de Jesús con una confianza plena.
No
faltará quien diga: ¿Cómo es posible que se sienta ese dolor tan vivo por la
ofensa de Dios, y, sin embargo, se tenga la confianza necesaria para arrojarse
sin temor de ninguna especie, sin reserva alguna, en los brazos de Nuestro
Señor?
Voy
a intentar explicarlo.
