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viernes, 13 de enero de 2017

IMITAR A LOS QUE ALABAMOS




"Todo el que admira con amor religioso a los Santos y celebra una y otra vez con alabanzas la gloria de los justos, debe imitar su justicia y su vida santa. El que siente alegría ensalzando los méritos de algún santo, ha de tener empeño también en ser, como el santo, fiel al servicio de Dios. Así, pues, o imita uno al que alaba o no alaba al que no quiere imitar. El que tributa elogios a otro, hágase digno de ser alabado, y el que admira el mérito de los Santos, hágase también admirar por su vida santa. Si amamos a las almas justas y fieles por el aprecio que hacemos de su justicia y su fe, también nosotros podemos ser lo que son ellos, si lo que hacen ellos, lo hacemos nosotros.

NUESTROS MODELOS

"Y no es difícil para nosotros imitar sus acciones, pues, mientras los primeros Santos, para hacerlas, no tuvieron ejemplos anteriores que imitar, no fueron imitadores de otros, se nos presentan ellos a nosotros como ejemplares que debemos copiar en la práctica de la virtud. Así, tanto por el provecho que sacamos nosotros de su ejemplo, como por el que saque el prójimo del nuestro, será Jesucristo perpetuamente glorificado por sus siervos en la Santa Iglesia.

"Ya en los primeros tiempos del mundo el inocente Abel fue sacrificado; Henoc, porque era grato a Dios, fue arrebatado de este mundo; Noé fue hallado justo; Abraham, probado y hallado fiel; Moisés se distinguió por su mansedumbre; Josué, en la castidad; David por la clemencia; Elías agradó al Señor; Daniel fue piadoso; sus tres compañeros, vencedores; los Apóstoles, discípulos de Cristo, fueron nombrados maestros de los creyentes; instruidos por ellos, los Confesores luchan con valentía; los Mártires, consumados en perfección, triunfan; y legiones de cristianos, armados por Dios, infligen al diablo continuas derrotas. Por sus virtudes todos estos son parecidos; por sus combates, diferentes; por sus victorias, gloriosos.

NECESIDAD DE LUCHAR

"Oh cristiano, eres soldado cobarde si piensas que vas a vencer sin luchar y a triunfar sin esfuerzo. Despliega tu fuerza, lucha con valor, pelea sin desmayo en esta refriega. Recuerda tu pacto, atiende a las condiciones, mira lo que es la milicia: el pacto, lo hiciste; las condiciones, las aceptaste; en la milicia, te alistaste".

San Juan Crisóstomo, Sermón sobre la imitación de los Mártires.



martes, 1 de marzo de 2016

DE LA HUMILDAD Y LA SOBERBIA





“El verdadero humilde ha de desear con verdad ser tenido en poco, y perseguido, y condenado, aunque no haya hecho porqué”

Santa Teresa de Jesús


“Hay una perversa imitación de arrogantes sacerdotes por la que imitan a los santos en el rigor de la disciplina y desdeñan seguirlos en el afecto de la caridad: quieren parecer rígidos por la severidad y no quieren dar ejemplos de humildad, para ser tenidos más como terribles, que como mansos y afables”

San Isidoro de Sevilla


“Dios mira con mayor agrado acciones perjudiciales acompañadas de humildad, que obras buenas, llenas de soberbia”.

San Agustín


“Un carro lleno de buenas obras, conducido por la soberbia, lleva al infierno; conducido por la humildad, aunque esté lleno de pecados, lleva al paraíso”.

San Gregorio de Nisa


“El pecador que elige la senda de la humildad, para seguir los pasos del Cordero, ha tomado un camino más seguro que el hombre que, siendo virgen sigue los caminos del orgullo. Porque al primero, su humildad lo purificará de sus manchas; mientras que al segundo, su soberbia le manchará la pureza”.

San Bernardo

miércoles, 23 de diciembre de 2015

SENTENCIAS DE LOS SANTOS PADRES – LA HUMILDAD





“La humildad debe de ir acompañada con la constancia y fortale­za, y en la misma condescendencia que debemos observar con los hombres, es necesario conservar una santa libertad de hijos de Dios, que no permita asustarnos con las amenazas de los grandes de la tierra, ni ceder a la voluntad de los malos, ni condescender por cobar­día a las cosas injustas que tal vez nos pueden pedir los príncipes, no lisonjeando los vicios de los otros, por una flaqueza que llegue a herir nuestra conciencia”. (S. Hilario, in Psalm. 14. sent. 25, Trie. T. 2. p. 263 y 264.)


 “Cuando sentís que las presentes gracias que Dios os hace os causan algún movimiento de soberbia, traed a la memoria vuestros pecados, y se os pasará esta hinchazón del corazón”. (S. Basilio. Homl. de humil.. sent. 20. Tric. T. 3. p. 194.)


"Considerad bien el consejo de Dios. No quiso escoger para la publicación del Evangelio a los sabios, a los ricos, ni a los nobles, sino a los simples pescadores y publicanos, para que no se creyese que los fieles habían sido persuadidos con la ciencia, ganados con las riquezas, o atraídos del poder y autoridad: y para manifestar a toda la tierra, que tan grandes progresos no se debían a los razonamientos de la elocuencia, sino a la fuerza de la verdad. (S. Ambrosio, lib. 5. c. 6. sent. 84. Tric. T. 4. p. 330.)"


"Los pecadores humildes entran con más facilidad por la estrecha puerta que lleva a la vida -la que tantos buscan y pocos hallan-, que los justos que son soberbios”. (S. Paulino, Ep. 29. ad Sever., seni. 9, Tric. T. 5. p. 331.)


"Hace Jesucristo de las Bienaventuranzas, como una cadena divi­na, y la primera, es como un escalón para subir a la segunda; porque la humildad del corazón va sin repugnancia a llorar sus pecados. El que llora sus pecados, será como por un efecto necesario, benigno, justo y misericordioso. El que esté lleno de benignidad, justicia y misericordia, tendrá puro el corazón. El que tenga puro el corazón, será sin duda pacífico; y el que posea todas estas virtudes, no temerá los peligros, ni se turbará con cuantas calamidades carguen sobre él”. (S. Juan Crisóstomo, Homil. 15, sent. 44, Tric. T. 6, p. 308).


 “¿En quién pondré yo mis ojos, sino en aquel que es humilde? En toda la Escritura se ve, que la humildad sirve de alas a la oración: porque Dios está muy cerca de los corazones contritos y humillados”. (S. Juan Crisóstomo, in Psalm. 9. sent. 126. Tric. T. 6, p. 323.).


"El fundamento de la filosofía cristiana, es la humildad. Levantad cuanto queráis un edificio espiritual, todo compuesto de limosnas, oraciones, ayunos y de todas las demás virtudes, si no habéis primero sentado el fundamento de la humildad, todo será inútil, y el edificio edificado sobre arena movediza, presto se arruinará. No hay obra buena que no necesite el apoyo de esta virtud: ninguna sin ella puede subsistir. Alabadme cuanto queráis la continencia, la virginidad, el desprecio de las riquezas y las demás virtudes: sin la humildad todo esto es impuro, profano y abominable en la presencia de Dios”. (S. Juan Crisóstomo, sent. 211, Tric. T. 6. p. 342.).


"Dios no ama tanto a los hombres porque guardan la castidad, practican el ayuno, desprecian las riquezas y gustan de hacer limosna, como por la mansedumbre, humildad y arreglo de costumbres”. (S. Juan Crisóstomo, sent. 219, Tric. T. 6. p. 344.).


"Si nos faltara la humildad, aun cuando practicáramos todas las virtudes, seríamos semejantes al que hubiera edificado una casa sobre arena movediza. Cuando yo digo humildad, no hablo de la que sólo consiste en las palabras y la lengua, sino de la que está en el espíritu, en el corazón, en la conciencia, cuya sinceridad sólo Dios puede conocer” (S. Juan Crisóstomo, sent. 221. Tric. T. 6, p. 344.).


“Un hombre afable, no solamente es manso y humilde para sí mismo, sino también agradable y útil para los otros; pero el hombre colérico, es malo para sí y pernicioso para los demás: porque no hay cosa más desagradable, penosa y molesta para todo el mundo, que una persona fácil a la ira; por el contrario, nada agrada tanto como un hombre que jamás se enoja. (San Juan Crisóstomo. Homl. 6. c. 2. sent. 264. Tric. T. 6. p. 355.)"


“Dice S. Pablo, que debemos portamos con toda humildad; fue decirnos, que no nos hemos de contentar con manifestarla en las palabras y acciones, sino también en nuestros sentidos, ademanes y aun hasta en el tono de la voz: no hemos de ser humildes con unos y arrogantes con otros, sino humildes con todos, con los amigos y con los enemigos, con los grandes y con los pequeños: la verdadera hu­mildad es lo que nos inclina a abatimos en las mayores acciones. (S. Juan Crisóstomo, Homl. 9, c. 6. ad Ephes., sent. 339, Tric. T. 6. p. 374.)”


“Hay mucha diferencia entre la bajeza y la humildad, porque la bajeza nos inclina muchas veces a condescendencias y lisonjas indig­nas”. (S. Juan Crisóstomo, Homl. 5. ad Philip., sent. 351, Tric. T. 6, p. 377.).

"Cuando mi alma se turba, no tiene otro remedio que la humildad para no presumir de sus fuerzas: se confunde y abate esperando que la levante Dios: nada bueno se atribuya a sí mismo el que quiera recibir de Dios lo que necesita”. (S. Agustín, Psalm. 39. sent. 57. Tric. T. 7. p. 459.).


 “Vuestra prudencia sea siempre sin orgullo, y vuestra humildad esté siempre acompañada de prudencia”. (S. Agustín, Salm. 112, sent. 153, Tric. T. 7, p. 468.).


“No dice el Señor: Aprended de mí a fabricar el mundo, o a resucitar los muertos, sino que soy manso y humilde de corazón... ¿Tan grande cosa es, oh Señor, el ser humilde y pequeño, que si vos que sois tan grande no lo hubierais practicado, no se pudiera apren­der?” (S. Agustín, de Sanct. Virg., c. 35. sent. 29. adic. Tric. T. 7, p. 487.).


“Sed a vuestros ojos viles y despreciables; contentaos con que os menosprecien: sed para vosotros un objeto fastidioso y despreciado. El que en un principio se abate, es grande en la presencia de Dios, y el que seriamente se tiene por despreciable, ya ha hallado el verdadero secreto de agradar a los ojos del Supremo Monarca: sed pequeños en vuestra consideración para ser grandes a los ojos de aquel Juez inco­rruptible, que es el único que decide del verdadero mérito sin poder engañarse. Cuando los hombres hagan menos caso de vosotros, tanto más os estimará Aquél que da el verdadero precio a las cosas”. (S. Anselmo. Exhort. ad comtemptum. tempor.. sent. 10. Tric. T. 9. p. 341.).


“Para conservar la humildad, suele ordenar la piedad divina, que el que más aprovecha piense que adelanta menos”. (S. Bernardo, Serm. 75. sent. 157. Tric. T. 10, p. 331.).


“Gloriosa es la humildad, pues la misma soberbia se cubre de ella con su capa para verse honrada”. (S. Bernardo, Trac, de Grad. hum.. n. 6, sent. 160. Tric. T. 10. p. 331.).


“La humillación es el camino para la humildad, así como la pa­ciencia lo es para la paz, y la lectura para la ciencia. Si deseas la virtud de la humildad, no huyas del camino de la humillación: porque si no puedes ser humillado, no podrás ser ensalzado a la humildad”. (S. Bernardo. Epist. 87. ad Oger. Canon. Reg., sent. 18. adic. Tric. T. 10, p.351).




domingo, 16 de noviembre de 2014

“UNA SECRETA SOBERBIA, DISFRAZADA DE CELO”





“San Juan Crisóstomo insiste con su acostumbrada energía sobre este resultado, muy poco meditado, que nuestras faltas deben procurarnos siguiendo el plan divino. Demuestra que, si no se ha confiado el sacerdocio a los ángeles, fue por temor de que con la severidad que pudiera darles su impecabilidad, provocasen al rayo sobre los pecadores; mientras que el hombre, conociendo por experiencia propia la fragilidad humana, se compadece de modo natural al encontrarla en los demás. Ved por qué, continúa el Santo Obispo, en otros tiempos lo mismo que hoy, Dios permite que los depositarios de su autoridad en la Iglesia, comentan faltas, con el fin de que el recuerdo de sus caídas los haga más benignos con sus hermanos. Y San Juan Crisóstomo prueba su tesis con dos ejemplos sacados uno del Nuevo y otro del Antiguo Testamento: pone en escena al vehemente, al intrépido San Pedro, que no comprendía que nadie pudiese escandalizarse ni avergonzarse de su Maestro, le jura tres veces una inquebrantable fidelidad, y, después, le niega miserablemente, no bajo la amenaza del tormento y de la muerte, sino a la simple voz de una sirvienta. Recuerda a continuación al Profeta Elías, cuyo celo impetuoso derribaba batallones y reducía al hambre a un pueblo entero, y acto seguido, temblando de espanto, huía desatinado ante la cólera de una mujer, Jezabel. Y así concluye: «Dios permitió la falta de Pedro, columna de la Iglesia, puerto de la fe, Doctor del Universo, para enseñarle a tratar a los demás con misericordia, y también por permisión divina, cayó Elías, para que se revistiese con el manto de la caridad y fuese indulgente como su Señor.[Homilía sobre Pedro y Elías].

San Bernardo repite con el comentario de un proverbio: «El que está sano no siente el mal de otro, el que ha comido bien no conoce el tormento del que  padece hambre. Cuanto más semejante es un enfermo a otro y un hambriento a otro hambriento, más profundamente se compadecen de su mal... Para sentirse desgraciado con la desgracia de los demás, es preciso ante todo experimentarla en sí mismo. Solamente conociéndonos a nosotros mismos podremos encontrar el alma del prójimo en la nuestra y saber cómo podemos prestarle ayuda»[De gradibus humilitatis, c. 3].

Aprendamos estas lecciones. Mientras estamos de pie no podemos ni disculpar ni comprender en los demás caídas que nos escandalizan, que nos sublevan. ¿Cuántas veces una secreta soberbia, disfrazada de celo, nos lleva a la indignación? Pero que una falta semejante nos tire por tierra, y pronto la compasión sustituirá a la severidad. Entonces comprendemos la sentencia de San Agustín: «No hay pecado posible en un hombre con el que yo no pueda mancharme.» Y la frase de la Imitación de Cristo: «Todos somos frágiles; pero tú a nadie tengas por más frágil que tú.» [Libro I, c. 2]



Joseph Tissot – El arte de aprovechar nuestras faltas, Segunda parte, capítulo 1

lunes, 23 de junio de 2014

LA IGLESIA TRAICIONADA


“Más peligroso y alarmante es el enemigo que, bajo las apariencias de una falsa paz, repta con ocultos designios, y por tal proceder ha merecido el nombre de Serpiente”.

San Cipriano



“Digo y protesto que dividir a la Iglesia no es menor mal que caer en herejía”.

San Juan Crisóstomo


domingo, 2 de junio de 2013

SERMÓN DEL 2º DOMINGO DE PENTECOSTÉS - R. P. RENÉ TRINCADO - CHIHUAHUA, MÉJICO





“No os  extrañéis si  el mundo os  aborrece”. Con estas palabras comienza la epístola de hoy (1 Juan 3, 13)

Y dice N. Señor en el Evangelio de San Juan: Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo que es suyo: mas porque no sois del mundo, antes yo os escogí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de mi palabra, que yo os lo he dicho: El siervo no es mayor que su Señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros (Jn 15, 18 - 20).

San Juan Crisóstomo comenta este pasaje evangélico diciendo que ser aborrecido del mundo es una prueba de santidad; y que es de lamentar ser amado por el mundo, porque eso prueba nuestra perversidad. Y San Gregorio dice que la censura de los malos es la aprobación de nuestra vida.

Dice también N. Señor: Os odiarán todos los hombres a causa de mi nombre, mas el que persevere y esté firme hasta el fin, ése será salvo. (Mt 10, 22; Mc 13,13)

Y agrega: Bienaventurados seréis cuando os maldigan y os persigan y digan todo mal contra vosotros, mintiendo, por mi causa. Gozaos y alegraos, porque vuestro premio muy grande es en los cielos, pues así también persiguieron a los profetas que hubo antes que vosotros. (Mt 5, 11-12).

Y en el Evangelio de San Lucas: Bienaventurados seréis cuando os aborrezcan los hombres, y os expulsen, y os ultrajen, y proscriban vuestro nombre como malo por el Hijo del hombre. Gozaos en aquel día, y regocijaos; porque vuestro premio será grande en el cielo. (Lc 6, 22-23).

En 1988, Mons. Lefebvre, a fin de mantener vivo el combate por la fe, la guerra contra el modernismo imperante hasta hoy; se vio en la obligación de consagrar cuatro Obispos. Los modernistas de Roma lo excomulgaron, junto a Mons. de Castro Mayer y a los cuatro Obispos consagrados. Se trató -por cierto- de una sanción nula en razón de su total injusticia. Pero a los ojos del mundo quedaron excomulgados.

Se cumplían brillantemente las palabras de Cristo en estos hombres: junto con el decreto de excomunión fulminado por los herejes modernistas, se hacían acreedores del odio de todos los enemigos de Dios. Esa era una prueba palpable, la certificación de una predilección de Dios, como también de un correlativo odio particular del demonio. Esa excomunión era, por tanto, un inmenso honor y un título de singular gloria a los ojos de Dios.

Murieron Mons. Lefebvre y Mons. de Castro Mayer, pasaron los años, y, como sabemos, las ideas al respecto fueron cambiando. Ya no se miró esa excomunión de manera sobrenatural, como algo honroso en extremo, sino que se la empezó a considerar de modo puramente humano: la excomunión era un estigma, una ignominia, un impedimento para que las almas se acercaran a la Tradición, un obstáculo para las tratativas con Roma, una lepra afrentosa y espantosa que nos condenaba a vivir excluidos y confinados.

Fue así como, en el año 2009, a petición de la Fraternidad, Roma liberal dispuso el “levantamiento” de dicha sanción. Los modernistas tuvieron la intención, con ello, de realizar un acto de “perdón a los culpables”, una “remisión misericordiosa”.

Se cantó el Te Deum y muchos en la Fraternidad celebraron jubilosos este acontecimiento. Era la hora del crepúsculo. La congregación exploraba caminos nuevos. Se comenzaba a diluir la antigua santa intransigencia de Mons. Lefebvre, al tiempo que se consolidaba un modo nuevo de relacionarse con los modernistas destructores de la Iglesia, un proceder extraño cuyas notas distintivas son la ambigüedad en las palabras, la astucia diplomática, el cálculo político, el secretismo y la pusilanimidad. Caminaba y sigue caminando la congregación al precipicio, conducida por los que buscan alianzas adúlteras y acuerdos traidores. Mas ésta es vuestra hora, y el poder de las tinieblas (Lc 22, 53).

Estimados fieles: el que persevere y esté firme hasta el fin, ése será salvo. Estemos firmes. Que nada ni nadie nos haga abandonar los principios de Mons. Lefebvre. Que nada ni nadie nos separe de la Verdad. Que Dios nos haga siempre fieles a ella. Que nos conceda seguir el ejemplo de los mártires que dieron la vida por negarse a ofrendar un solo grano de incienso. Que nos dé su gracia para imitar la resolución de hombres como el Padre Maldonado, cuya tumba se encuentra a escasos metros de esta capilla, cuyos familiares están aquí presentes: ese santo Sacerdote supo morir por Cristo a manos de esos mismos hijos del diablo cuyas venenosas ideas inspiraron el fatídico Vaticano II, la mayor calamidad en toda la historia de la Iglesia, del cual un día no quedará ni una sola coma, cuando Dios purifique a su Iglesia.

No fuimos creados para la mediocridad, ni para la traición, ni para la cobardía: nuestra común vocación es la caridad ardiente y combativa. Mas los cobardes, los incrédulos, los abominables, los homicidas, los fornicarios, los hechiceros, los idólatras y los mentirosos, tendrán su parte en el lago de fuego y azufre (Ap. 21, 8). Que el Cielo nos conceda la fe profunda, la abrasadora caridad y la fortaleza heroica del P. Maldonado. Entonces seremos invencibles. Entonces diremos con San Pablo: todo lo puedo en Aquél que me hace fuerte (Fil. 4, 13).

¡Ánimo, estimados fieles, ánimo! ¡Ánimo en la batalla! ¡Hay que conservar el puesto de combate hasta el final! ¡Ánimo porque es inevitable nuestra victoria, la victoria de Cristo!

Nos dice N. Señor: en el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo!, Yo he vencido al mundo (Jn 16, 33).



P. Maldonado

miércoles, 10 de abril de 2013

SI SOMOS COMO OVEJAS, VENCEMOS; SI NOS CONVERTIMOS EN LOBOS, SOMOS VENCIDOS




Por San Juan Crisóstomo


Homilías de San Juan Crisóstomo sobre el evangelio de San Mateo 33,1.2

Mientras somos ovejas, vencemos y superamos a los lobos, aunque nos rodeen en gran número; pero, si nos convertimos en lobos, entonces somos vencidos, porque nos vemos privados de la protección del Pastor. Este, en efecto, no pastorea lobos, sino ovejas, y, por esto, te abandona y se aparta entonces de ti, porque no le dejas mostrar su poder.

Es como si dijera: «No os alteréis por el hecho de que os envío en medio de lobos y, al mismo tiempo, os mando que seáis como ovejas y como palomas. Hubiera podido hacer que fuera al revés y enviaros de modo que no tuvierais que sufrir mal alguno ni enfrentaros como ovejas ante lobos, podía haberos hecho más temibles que leones; pero eso no era lo conveniente, porque así vosotros hubierais perdido prestigio y yo la ocasión de manifestar mi poder. Es lo mismo que decía a Pablo: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Así es como yo he determinado que fuera”. Al decir: Os mando como ovejas, dice implícitamente: “No desmayéis: yo sé muy bien que de este modo sois invencibles”.

Pero, además, para que pusieran también ellos algo de su parte y no pensaran que todo había de ser pura gracia y que habían de ser coronados sin mérito propio, añade: Por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. “Mas, ¿de qué servirá nuestra sagacidad –es como si dijesen– en medio de tantos peligros? ¿Cómo podremos ser sagaces en medio de tantos embates? Por mucha que sea la sagacidad de la oveja, ¿de qué le aprovechará cuando se halle en medio de los lobos, y en tan gran número? Por mucha que sea la sencillez de la paloma, ¿de qué le servirá, acosada por tantos gavilanes?” Ciertamente, la sagacidad y la sencillez no sirven para nada a estos animales irracionales, pero a vosotros os sirven de mucho.

Pero veamos cuál es la sagacidad que exige aquí el Señor. “Como serpientes –dice–. Así como a la serpiente no le importa perderlo todo, aunque sea seccionado su cuerpo, con tal que conserve la cabeza, así también tú –dice– debes estar dispuesto a perderlo todo, tu dinero, tu cuerpo y aun la misma vida, con tal que conserves la fe. La fe es la cabeza y la raíz; si la conservas, aunque pierdas todo lo demás, lo recuperarás luego con creces”. Así, pues, no te manda que seas sólo sencillo ni sólo sagaz, sino ambas cosas a la vez, porque en ello consiste la verdadera virtud. La sagacidad de la serpiente te hará invulnerable a los golpes mortales; la sencillez de la paloma frenará tus impulsos de venganza contra los que te dañan o te ponen asechanzas, pues, sin esto, en nada aprovecha la sagacidad.

Nadie piense que estos mandatos son imposibles de cumplir. El Señor conoce más que nadie la naturaleza de las cosas: él sabe que la violencia no se vence con la violencia, sino con la mansedumbre.

martes, 15 de enero de 2013

LA NUEVA OLA



“Más fuerte es el niño que en la tempestad se agarra a las rocas, que el hombre abandonado al vaivén de las olas”.

Dom Columba Marmion, “Jesucristo, ideal del monje”.


Hay una imagen a la que suele recurrir Monseñor Fellay, tanto en sus conferencias como en sus escritos, una imagen infortunada con la que intenta describir y transmitir su optimismo con respecto a la Roma conciliar. Es la que sigue, en sus propias palabras: “La situación de la Iglesia se parece cada vez más a un mar agitado, en todos los sentidos. En él vemos olas que pretenden cada vez más hacer zozobrar la barca de Pedro, arrastrándola a abismos sin fin. Desde el Concilio Vaticano II parece que una ola quiere llevarse consigo todo hacia el fondo, no dejando sino un montón de ruinas y un desierto espiritual, al que los propios Papas han denominado una apostasía (…) Volviendo a nuestra imagen, parece que desde hace algún tiempo, más o menos desde la subida al pontificado del Papa Benedicto XVI, ha aparecido una nueva ola, mucho más modesta que la primera, pero no obstante bastante persistente como para que la podamos percibir y que, contra todo pronóstico, parece ir contra el sentido de la primera. Los indicios son suficientemente variados y numerosos como para poder afirmar que este nuevo movimiento de reforma o de restauración es algo real” (Carta a los amigos y benefactores Nº 76, 1 de mayo de 2010).

Sigue luego el Superior General con su ejemplo: “Aunque en nuestros medios se estime, con razón, que estos esfuerzos son aún insuficientes para frenar la decadencia y la crisis de la Iglesia, particularmente al ver cierto número de actos que se sitúan en la triste línea de su predecesor, como las visitas a la sinagoga y al templo protestante, con todo, en los medios progresistas ha sonado la hora de zafarrancho de combate. La gran ola se enfrenta con la pequeña con una violencia sorprendente. No es de extrañar que el encuentro de ambas olas, tan desiguales, cause tantos remolinos y tumultos, y provoque una situación muy confusa, en la que es muy difícil distinguir y predecir cuál de las dos olas va a prevalecer. No obstante, se trata de algo nuevo, y merece ser saludado” (Idem).

En otra ocasión, también recurría a esta metáfora: “Tengo una imagen para describir esta situación: es como el encuentro de dos olas. Una es la del Concilio, cuya consecuencia es la decadencia de la Iglesia, una destrucción de la Iglesia, de la cual no se puede esperar una resurrección humanamente hablando, porque hay tanto mal que ha sido hecho y que continúa, como por ejemplo la disminución de las vocaciones, de los sacerdotes, de las órdenes religiosas (…) Y claro que hay obispos que van a hacer todo lo que puedan para impedir la otra ola que ya se acerca, y que se nota especialmente en la juventud. También en los seminarios modernos (…) Y en situación vemos que poco a poco hay un progreso y esta nueva ola que empieza, que es un inicio, no espectacular, pequeña pero real y que se ve en todo el mundo. Esto es impresionante. Y ahora podemos decir que asistimos al encuentro de esta ola que sale, que cae, con otra que quiere subir, lo que significa muchas tribulaciones y confusión” (Sermón pronunciado en Madrid, 15 de noviembre de 2009).

Estas mismas palabras, poco más, poco menos, serían escuchadas también en una conferencia en Buenos Aires, como parte de un repertorio ya conocido para convencer a los oyentes de esperanzarse, o por lo menos mirar con simpatías el pontificado actual. A pesar de cositas menores, claro, como las visitas a las sinagogas o el templo protestante.

Pero veamos. ¿Por qué Monseñor Fellay usa e insiste en usar repetidamente esta imagen? Pues porque es la más perfecta e inconsciente imagen de su propio pensamiento, ambiguo, confuso y contradictorio, contaminado por el lenguaje liberal de los modernistas “nuevaoleros”*.

El mar es el símbolo de lo móvil e indeterminado, de las fuerzas caóticas del mundo de donde ha de surgir el Leviatán. “El mar es la imagen de este siglo cuyas olas se levantan en el constante alboroto de las hostilidades y en el cual nada el demonio bajo el nombre de Leviatán, devorando una multitud de almas” (Honorio de Autún, De paschali die, PL 172, 937; cit. por G. Gueydan de Roussel, “Las potencias marítimas, el Leviatán y el estado moderno”). Las aguas simbolizan lo informe, pero también las virtualidades posibles ya que el mar es ambivalente y de la sumersión en las aguas por el bautismo viene la muerte pero también la regeneración. Claro que esto es obra de Dios. Los hombres no pueden sino luchar contra el mar sin capacidad de manipulación. Y Dios se sirve de las aguas para que lo estable se beneficie (por ejemplo con el agua de la lluvia).


Es en el mar del mundo donde los Apóstoles hacen su pesca de hombres, pero es por sobre él que deben mantenerse en la barca. Moisés y los israelitas cruzaron el mar rojo cuando sus aguas fueron abiertas, sobre el suelo firme, aguas que luego devoraron a los egipcios. Los Apóstoles soportaron la furia del mar hasta que Nuestro Señor lo calmó. San Pablo vivió peligros y naufragio en el mar. Escribió San Gregorio Magno que “el lenguaje del mar es la ciencia de las doctrinas del siglo, que el Señor ha destruido por su Encarnación” (Cfr. “El misterio de la francmasonería – Valor simbólico de los elementos”, G. Gueydan de Roussel). Y afirma Gueydan de Roussel que “el movimiento generado por el mar se ha transmitido a toda la vida moderna bajo el nombre de progresismo. Los progresistas reprochan a sus adversarios de ser “fósiles”, “petrificados”, “cristalizados”, es decir, escapados a la liquefacción” (Idem ant.).

En definitiva, el mar donde las olas de lo inconstante, de lo mudable, se mueven sin intervención de los hombres -quienes sólo pueden limitarse a servirse de él sin dominarlo-, ese mar inspirador de la filosofía de los siglos XVII y XVIII, no puede volverse contra sí y dejar de ser lo que es, sino ir al choque contra la tierra firme que al fin lo refrene. Una ola contra otra ola, en el ejemplo dado por Mons. Fellay, no pueden producir sino, como dice, la confusión, y no la ansiada paz y la restauración del orden. Entonces, no puede proponerse vencer la agitación de la herejía modernista con otra agitación que Mons. Fellay ni siquiera es capaz de identificar, ni en sus características ni en sus orígenes. No se funda en lo sólido para vencer lo mudable e indeterminado. No se basa Mons. Fellay en lo que no cambia (la Fe) sino en lo que cambia, una ola, es decir, un movimiento, ¿movido por quién? Supuestamente por el Papa, el que es movido por los errores del Concilio Vaticano II.

Dice San Juan Crisóstomo: “Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús” (“Homilía antes de partir al exilio”). En efecto, nada podemos contra la furia de las olas, y si evitamos desesperar como los apóstoles, recordando que estamos en la barca con Jesús, entonces estamos en la roca firme, y aferrados a la oración y a la Tradición católica, nos queda evitar que las aguas de la impiedad y la mentira nos sumerjan, y pedir y esperar que Cristo calme las olas que vienen y van confundiendo y arrasándolo todo a su paso como un gran tsunami. Nuestro Señor no necesita de una pequeña ola para a través de muchos años calmar la tempestad del mar: cuando Él disponga la tempestad cesará. “Entonces Él se levantó, increpó al viento y dijo al mar: “¡Calla; sosiégate!” Y se apaciguó el viento y fue hecha gran bonanza” (Mc. IV, 39).

Que ese día no nos halle inmersos en la confusión de las olas, por no habernos aferrado como un niño a las rocas.



* Curas “nuevaoleros” llamaba por ejemplo el Padre Castellani, a los curas modernistas de la década del ’60, imbuidos de las novedades del Vaticano II y de una retórica marxista indisimulada. El término “Nueva Ola” se utilizó para identificar varias cosas. En la Argentina y otros países sudamericanos, señalaba a una serie de músicos populares que habían adoptado ritmos y aspectos o "looks" estereotipados importados de USA e Inglaterra, con la consiguiente degradación de las propias raíces en algún momento invocadas. Posteriormente en los años ’80, se le llamó “New Wave” a una serie de músicos rockeros ingleses que fusionaron el punk con el pop y obtuvieron una gran difusión internacional. En el cine, por su lado, la famosa “Nueva Ola” o Nouvelle Vague” francesa supuso una renovación en los años ’50 que más bien anticipó los años ’60 con su afán de rebeldía y desdén por lo anterior. En lo religioso, si tenemos en cuenta que Benedicto XVI es la misma persona que el Cardenal Ratzinger, antiguo modernista empeñado en seguir el derrotero del sesentista Vaticano II, podemos decir entonces que lo que Monseñor Fellay señala como “una nueva ola” es algo verdaderamente viejo y ya pasado de moda, si a cuestiones temporales apuntamos. Nada nuevo –nuevo como es el Nuevo Testamento, nuevo y perenne, que no novedoso- viene de Roma y sus curas o Papas “nuevaoleros”.