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jueves, 24 de diciembre de 2020

BENIGNIDAD Y UTILIDAD DE CRISTO AL NACER – SANTO TOMÁS DE AQUINO

 



I. Ha aparecido la bondad del Salvador nuestro Dios, y su amor para con los hombres (Tit 3, 4).

Debe advertirse que Cristo nos mostró su benignidad por la comunicación de su divinidad, y su misericordia, tomando nuestra humanidad.

1º) Ha aparecido la bondad. Comentando estas palabras, dice San Bernardo: "Ha aparecido el poder de Dios en la creación de las cosas, su sabiduría en el gobierno de las mismas, pero su bondad se manifiesta principalmente en la humanidad. Porque es una gran prueba de bondad añadir a la humanidad el nombre de Dios."

2º) No por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, mas según su misericordia (Tit 3, 5). Por lo cual dice San Bernardo: "¿Qué prueba más clara de su misericordia que haber tomado la misma miseria? ¿Qué prueba más llena de piedad, que haberse hecho heno por nosotros el Verbo de Dios?" Por eso canta la Iglesia: Cristo redentor de todos, Hijo único del Padre.

II. De la utilidad de Cristo se dice en Isaías (9, 6): Ha nacido un niño para nosotros, esto es, para utilidad nuestra. Cuatro son las utilidades del nacimiento de Cristo que podemos considerar en las cuatro cualidades de los niños: pureza, humildad, amabilidad y mansedumbre, las cuales se dan de modo excelentísimo en Jesús niño.

1º) Encontramos en él suma pureza, porque es candor de la luz eterna y espejo sin mancilla (Sab 7, 26). Esa pureza se manifiesta en la concepción y en el parto virginal. Pues la incorrupción no pudo engendrar a la corrupción. Por lo cual dice Alcuino: "El creador de los hombres, para hacerse hombre y nacer del hombre, debió elegir una madre tal que supiera convenirle y serle agradable. Quiso, pues, que fuese virgen, para nacer sin mancha de una madre inmaculada y purificar la mancha de todos." 

2º) Encontramos también en este niño suma humildad: Se anonadó a sí mismo (Filp 2, 7).

Esta humildad, como dice San Bernardo, aparece en el establo, en los pañales que le envuelven y en el pesebre donde descansa.

 3º) Hallamos en el niño la soberana amabilidad, porque es más hermoso que los hijos de los hombres, y aun que las milicias angélicas. Esta amabilidad es resultado de la unión de la divinidad con la humanidad. Por lo cual dice San Bernardo: "Es un espectáculo lleno de suavidad contemplar al hombre creador del hombre."

 4º) Finalmente vemos en este niño la suprema mansedumbre, porque: es benigno y clemente, paciente y de mucha misericordia, y que se deja doblar sobre el mal (Joel 2, 13). Y San Bernardo dice: "Cristo es niño, y puede ser aplacado suavemente. ¿Quién ignora que el niño perdona fácilmente? Y si no tenernos pecado grave, podemos ser reconciliados con poco. He dicho con poco, pero no sin penitencia." Y así como se manifestó su bondad sobre toda esperanza, así podernos esperar también, más de lo que pensamos, parecida benevolencia de Juicio.

(De Humanitate Christi)



jueves, 14 de septiembre de 2017

LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ




"Nosotros debemos gloriarnos
en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo,
en quien está nuestra salud,
nuestra vida y nuestra resurrección,
y por quien hemos sido salvados y redimidos."


(San Pablo a los Gálatas, 6, 14)

sábado, 5 de noviembre de 2016

CRISTO Y LOS FARISEOS




Cosas que conocen todos 
Pero que nadie cantó 
(Martín Fierro)


Toda la biografía de Jesús de Nazareth como hombre se puede resumir en esta fórmula: "Fue el Mesías y luchó contra los Fariseos" —o quizá más brevemente todavía: "Luchó contra los Fariseos."

Ése fue el trabajo que personalmente se asignó Cristo: su campaña.

Todas las biografías de Cristo que conocemos construyen su vida sobre otra fórmula: "Fue el Hijo de Dios, predicó el Reino de Dios y confirmó su prédica con milagros y profecías..." Sí; pero ¿y su muerte? Esta fórmula amputa su muerte, que fue el acto más importante de su vida.

Son biografías más apologéticas que biográficas; Luis Veuillot, Grandmaison, Ricciotti, Lebreton, Papini, Mauriac...

El drama de Cristo queda así escamoteado. La vida de Cristo no fue un idilio niuna elegía sino un drama: no hay drama sin antagonista. El antagonista de Cristo,en apariencia vencedor, fue el fariseísmo.

Sin el fariseísmo toda la historia de Cristo hubiera cambiado; y también la del mundo entero. Su Iglesia no hubiese sido como es ahora y el universo hubiese seguido otro derrotero, enteramente inimaginable para nosotros, con Israel cabeza del pueblo de Dios y no deicida y disperso.

Sin el fariseísmo, Cristo no hubiera muerto en la cruz; pero sin el fariseísmo la Humanidad caída no fuera esta Humanidad, ni la religión religión. El fariseísmo es el gusano de la religión; y después de la caída del Primer Hombre es un gusano ineludible, pues no hay en esta mortal vida, fruta sin su gusano, ni institución sin su corrupción específica.

Es la soberbia religiosa: es la corrupción más sutil y peligrosa de la verdad más grande: la verdad de que los valores religiosos son los primeros. Pero en el momento en que nos los adjudicamos, los perdemos; en el momento en que hacemos nuestro lo que es de Dios, deja de ser de nadie, si es que no deviene propiedad del diablo. El gesto religioso, cuando se toma con- ciencia de él, se vuelve mueca. Los grandes gestos de los santos no son auto conscientes, es decir, son auténticos, es decir, son divinos: "padecen a Dios" y obran en cierto modo como divinos autómatas, como obran los enamorados; sin "autosentirse"; como dicen ahora.

Entiéndanme: no les niego la libertad ni la conciencia ni la reflexión; establezco simplemente "la primacía del objeto", que en lo religioso "es un objeto trascendente"; —la primacía, sobre la práctica, de la contemplación; sobre la voluntad, del intelecto —o como dirían ahora, de la Imagen.

El fariseo es el hombre de la práctica y de la voluntad, es decir, el Gran Casuista y el Gran Observante.

Se han hecho innúmeros retratos "externos" del Fariseo. El mejor está en los Evangelios. Allí el fariseo no solamente es descrito por Cristo sino que actúa y se mueve contra Cristo. La acción subterránea que desemboca en el crimen máximo irrumpe en tacurúes durante su camino, como las bocas de un hormiguero; como los cráteres de un forúnculo, dejando señalada su dirección psicológica, aunque sin patentizarse en sí misma, porque el alma del fariseo es tenebrosa. Un fariseo no puede escribir su autorretrato.

No se ha escrito ni se puede escribir. El pobre Tartufo de Moliere, es un infeliz, un estúpido, un bribón vulgar y silvestre que lleva un transparente antifaz de devoto.Pero el fariseo verdadero no lleva antifaz; es todo él un antifaz. Su natura se ha vuelto máscara; miente con toda naturalidad pues ha comenzado por mentirse a sí mismo. Lo que él simula que es, la santidad, y lo que él es, el egoísmo, se han amalgamado; se han fundido y se han hecho un espantoso veneno que de suyo no tiene antídoto alguno. Glicerina más ácido nítrico igual dinamita.

El destino de Jesús de Nazareth era chocar con el fariseísmo; y una vez producido el choque la lucha hasta la muerte sigue inevitable. Este drama tiene el determinismo riguroso de todo buen drama. El sino del que se dio como misión: "las ovejas que perecieron de la casa de Israel" era topar con la causa del perecimiento de Israel, a saber, con los falsos pastores, con los lobos vestidos de pastores, los dela zamarra de piel de oveja.

viernes, 21 de octubre de 2016

ASPIRAD AL AMOR (I Cor. XIV, 1) – MONS. JUAN STRAUBINGER







I

Una parábola oriental refiere que un padre de familia que tenía dos hijos gravemente enfermos, trajo de lejos un bálsamo que devolvió a los dos la salud perdida. Uno de ellos no cesaba de elogiar la eficacia del remedio, en tanto que el otro pensaba en la bondad de su padre que lo había traído. El padre conoció que esa diferencia entre ambos espíritus era cuestión de amor (en el segundo) y desamor (en el primero). Entonces les descubrió que el bálsamo no era nada en sí mismo, sino agua pura, en la cual él había dejado caer una lágrima de su amor paterno dolorido por el mal de los hijos. La eficacia, que parecía propia del bálsamo, no era sino la fuerza de ese amor.

Precioso ejemplo, lleno de sentido sobrenatural, que nos enseña a no admirar ni amar creatura alguna, sino a glorificar en ellas la bondad del Padre, "en alabanza de la gloria de su gracia, por la cual nos hizo agradables a sus ojos en su amado Hijo" (Ef. I, 6). Dios nos da algo más que objetos perecederos. El ama con todo su Ser, que es el amor mismo. De ahí que "mandó” su propia Palabra (Verbo) para sanarnos (Sal. CIV, 20). De ahí que nos da, para santificarnos y movernos, su propio Espíritu (Rom. V, 5; VIII, 12). Véase Amós VIII, 11 s.; Sal. CIII, 29 s.

Para comprender esto, hay que conocer el corazón de aquel Padre admirable “de quien toma su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef. III, 15). Santo Tomás piensa que El se llamaría Padre aun cuando no tuviera Hijo, pues la paternidad es tan propia de Él como el amor. Por eso Jesús reserva para Él el título de Padre, y nos pide que no llamemos padre a ninguno sobre la tierra, “porque uno solo es vuestro Padre” (Mat. XXIII, 9).
La única oración que Cristo enseñó a sus discípulos empieza con el dulce nombre de Padre y es desde la primera hasta la última petición el más sublime canto de alabanza al “Padre nuestro” en los cielos que nos ama y conoce nuestras necesidades.

San Pablo continúa este canto en las “salutaciones” y “doxologías”, que resuenan como eco de coros angélicos. Oigamos cómo comienza su segunda Epístola a los Corintios: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier tribulación, con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (II Cor. I, 3-4).

Y no solamente el consuelo en las tribulaciones viene de este Padre amabilísimo, sino también esa misericordia que le conmueve a compadecerse de nuestras culpas y caídas, pues El sabe de qué estamos formados; recuerda que somos polvo (Sal. CII, 14). El que cree de veras en la paternidad misericordiosa de Dios, vivirá en una amistad íntima y amorosa con Él, la cual no puede ser interrumpida por nuestras miserias. Al contrario, cuanto más débil es nuestra naturaleza, tanto mayor es su ternura y bondad. Por eso Cristo no vino a buscar justos sino pecadores (Luc. V, 52).

Ya en el Antiguo Testamento encontramos retratado el corazón paternal de Dios en las palabras del Salmista. “Como un Padre que se apiada de sus hijos, así, el Señor se compadece de los que le temen" (Sal. CII, 13). Pero tan sólo en el Nuevo Testamento este retrato de Dios asume toda su plenitud en la revelación de Jesucristo, quien nos da la total explicación del misterio de la paternidad divina, que no procede de la simple creación, como en todos los demás seres, sino de la regeneración que el Espíritu realiza en nosotros por la gracia en virtud de los méritos de Jesucristo (Juan I, 12; Gál. IV, 4-7; Ef. I, 5; Col. II, 12; Juan III, 9).

II

Al amor paternal de Dios ha de corresponder el amor filial nuestro. Tener amor filial a Dios es empezar a creer en esas excelencias de su corazón amoroso, para no seguir mirándolo como a un implacable señor a quien se obedece sólo por miedo. Debemos considerarle como el sumo bien deseable, lo cual nos hace correr hacia El “como el ciervo a la fuente” (Sal. XLI, 2), como el hijo pródigo de la parábola a la casa paterna (Luc. XV, 11 ss).

domingo, 25 de septiembre de 2016

FORTALEZA EN EL PADECER





Pero ¿de dónde viene principalmente a los mártires su fortaleza, en el padecer? Pues les nace de que sus almas están henchidas de luz y de esplendor; les nace de que sienten en su interior la presencia de Jesús, cuya hermosura y gloria los alientan al martirio. Esta es la virtud que apaga las hogueras de su tormento, que torna sus llamas tan suaves como brisa de primavera; por eso las varas con que los azotan les parecen tan blandas, y sus más duros golpes los regocijan cual si fuesen caricias regaladas; por eso el acero se embota en sus carnes dilaceradas, y en sus miembros ensangrentados. Llevan los mártires dentro de sí una fuerza muy superior a la de sus verdugos. Y no es que sus dolores y angustias dejen de ser reales, sino que están modificados, contrastados, casi transformados por la virtud que sacan de sus propias almas, mediante la gracia y el amor en ellas infundidas pródigamente a la hora de padecer por su liberal divino Maestro. 

AL PIE DE LA CRUZ O LOS DOLORES DE MARÍA
Rdo. P. Federico G. Faber

MEDITACIÓN DEL DOLOR VIRTUOSO






 «Dios no eligió como instrumento de redención ni la belleza, ni la sabiduría, ni el genio, ni el poder, ni la gloria, ni ninguna de esas grandes cosas que los hombres persiguen y adoran y por las cuales venden sus almas, sino el dolor, que es algo oscuro, de lo cual  todos los seres huyen, y que sirve a la filosofía puramente humana como argumento contra la existencia de Dios porque no entiende su función compensadora».

Hugo Wast, Flor de durazno.


La civilización del analgésico, que se derrama en vaguedades y en reciprocidades simuladas, en retiradas ominosas de la escena del deber y en un sinfín de cortesías inanes, esta civilización, decimos, logró parir sin esfuerzo -logró sintetizar, más bien, en la glacial asepsia de sus probetas- esta raza de zombis que conviven con la muerte en todas sus formas (señaladamente con la muerte del espíritu) sin siquiera advertirlo, sin que se les escape una queja ni aquel estertor testigo del último rezago de vida que se esfuma a su pesar. Las quejas, más bien, y no por sobriedad estoica, están proscritas en el bazar universal de las distracciones, de las nulidades vinculantes. Es que las conciencias revolucionadas, pese a sus ademanes de autonomía y a su alharaca contracultural, se caracterizan por el más rígido de los conformismos. La rutinización de la actividad mental y la cristalización de ese acotadísimo patrimonio de conceptos que lleva el progre en sus alforjas termina siendo la forma más indecorosa de conservadurismo: la del que entierra el mayor de los dones recibidos (la vida del alma) para que el "progreso", si tal lo hay, pase todo por afuera (en la esfera de los accidentes). Como el bonsai, aquella técnica japonesa consistente en reducir a las especies arbóreas al enanismo merced a la poda sucesiva de sus raíces pivotantes, acá se han cortado a designio las raíces que vinculan al hombre con su nutricio sustrato histórico-cultural, con la experiencia y la sabiduría adquirida por sus predecesores -casi digamos que con todo lo que constituye la específica naturaleza humana-, para dejar apenas en pie un ser postrado en sus proyecciones, un medio hombre digno de otro nombre. Palabras más palabras menos, la paradoja ya había sido advertida por Kierkegaard al promediar el siglo XIX: los hombres se ha abocado a muchas simultáneas especialidades con trágico olvido de lo que es ser hombre.

El recorrido histórico de la gangrena, partiendo -para fijar un punto de partida- del heresiarca sajón hoy próximo a ser canonizado por la Jerarquía descatolizante, supo trazar el curso pendular tan del gusto moderno, y del tratado De servo arbitrio, desarmante alegato en pro de la bestialización de los hábitos, se pasó a la exaltación del libre albedrío, haciendo de esta facultad humana un todo devorador, más o menos como si redujéramos al hombre a su páncreas o a sus intestinos, grabados éstos en blasones y vitoreados por toda una canalla lista a aplastar a quienes se sirvieran recordar, verbigracia, la existencia del sistema nervioso. Vemos, pues, que tanto la negación como la afirmación excluyente del libre arbitrio condujeron a idénticos resultados, tal como una moneda sirve para adquirir lo mismo así se exhiba su cara o su cruz.

sábado, 10 de septiembre de 2016

CUÁN POCOS SON LOS QUE AMAN LA CRUZ DE CRISTO





Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, mas muy poquitos que lleven su cruz.
Tiene muchos que desean su consolación, y muy pocos que quieran la tribulación.
Muchos compañeros para la mesa, y pocos para la abstinencia.
Todos quieren gozar con Cristo, mas pocos quieren sufrir algo por El.
Muchos siguen a Jesús hasta el partir del pan; mas pocos a beber del cáliz de la pasión.
Muchos honran sus milagros; mas pocos siguen el vituperio de la cruz.
Muchos aman a Jesús cuando no hay adversidades; muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de El consolaciones, mas si Jesús se escondiese y les dejase un poco, luego se quejarían o desesperarían.
Mas los que aman a Jesús por el mismo Jesús, y no por su propia consolación, bendícenlo en la tribulación y angustia tan bien como en la consolación.
Y si nunca les quisiese dar consolación, siempre lo alabarían y bendecirían, y harían gracias.
¡Oh cuánto puede el amor verdadero de Jesús, sin mezcla de amor propio!
Muy claro está que se pueden llamar mercenarios los que siempre buscan consolaciones.
Ciertamente más se aman a sí mismos que a Cristo los que de continuo piensan en sus ganancias y provechos
¿Dónde se hallará uno que sea tal, que quiera servir a Dios de balde?
Pocas veces se halla alguno tan espiritual, que esté desnudo de todas las cosas.
¿Quién hallará el verdadero pobre de espíritu, desnudo de toda criatura? De muy lejos y muy preciado es su valor.
Si el hombre diere su hacienda toda, aún no es nada.
Si hiciere gran penitencia, aún es poco.
Aunque tenga toda la ciencia, aún está lejos.
Y si tuviere gran afección y muy ferviente devoción, aún le falta mucho.
Y es una cosa que ha mucho menester, que dejadas todas las cosas deje a sí mismo, y salga de sí del todo y muy del todo, que no le quede nada de amor propio.
Y cuando conociere que ha hecho todo lo que debe hacer, piense haber hecho nada, y no tenga en mucho tener de qué le puedan estimar por grande: mas llámese en verdad siervo sin provecho, como dice la verdad: Cuando hubiereis hecho todo lo que os he mandado, aún decid: Siervos somos sin provecho. Y así podrá ser pobre y desnudo de espíritu, y decir con el Profeta: Uno solo y pobre soy. No hay alguno más rico, ni más libre, ni más poderoso que aquel que sabe dejarse a sí y a toda cosa, y ponerse en el más bajo lugar.


Imitación de Cristo, Kempis, Libro II, Cap. XI.

sábado, 16 de julio de 2016

DE ÁRBOLES Y FRUTOS II






José María Hernández

1. En la Catena Áurea, santo tomás suele poner comentarios discordantes de los padres. En el caso que nos ocupa, S. Agustín, al parecer, niega que el hombre malo pueda hacer obras buenas, y San Jerónimo dice lo contrario acá: “Preguntemos a los herejes, que admiten en sí mismos dos naturalezas contrarias si, según su modo de pensar, un árbol bueno no puede producir malos frutos, ¿cómo Moisés, árbol bueno, ha pecado junto a las aguas de la contradicción (Núm 26,72), San Pedro negó al Señor en la pasión diciendo: ‘No conozco a ese hombre’, y el suegro de Moisés, árbol malo que no creía en el Dios de Israel, le dio un buen consejo?”

2. Concentrémonos ahora en esa cita de san agustín puesta por santo tomás en la Catena Áurea. Esta cita del Opispo de Hipona ha quedado reprobada por el Concilio de Trento, si se entiende que en ella San Agustín afirma que un hombre malo no puede hacer obras buenas, y que, por tanto, y al no existir los actos indiferentes en concreto, todo lo que hace es pecado. En la época de San Agustín, ese punto era opinable, al no haber sido definido por la Iglesia. Santo Tomás, por esa misma razón, pone en la Catena Aurea esta cita: “De aquí deducen los maniqueos que un alma no puede volverse buena, ni una buena en mala, como si se hubiese dicho: “No puede un árbol bueno convertirse en malo, ni un árbol malo volverse bueno”. Lo que se ha dicho es: “No puede un árbol bueno producir malos frutos”, ni lo contrario. El árbol es el mismo hombre. Los frutos son las acciones del hombre. No puede, por lo tanto, un hombre malo hacer obras buenas, ni uno bueno hacerlas malas. “Luego, si el malo quiere obrar bien, es preciso que primero se haga bueno. Mientras uno es malo, no puede hacer obras buenas. Puede suceder que lo que fue nieve no lo sea, mas no que la nieve sea caliente. Así puede suceder que el que fue malo no lo sea, pero no se podrá conseguir que el que es malo haga cosas buenas, pues, aunque alguna vez es útil, esto no lo hace él, sino que se realiza en él, haciéndolo la divina Providencia”.

DE ÁRBOLES Y FRUTOS





De árboles y frutos – Padre Maldonado S. J.

                                                                                                     
  José María Hernández


Nota de NP: el presente artículo trata del análisis exegético que hace el P. Juan de Maldonado sobre el pasaje de los árboles y frutos buenos y malos de Mateo 7, 17-18. Como complemento, conviene hacer notar que, según la muy prestigiosa Biblia de Mons. Straubinger, Nuestro Señor, en el lugar paralelo de Lucas 6, 43, no habla de árboles y frutos “buenos” y “malos”, sino de árboles y frutos “sanos” y “podridos”. Pues bien, todo el mundo sabe que un árbol puede estar más o menos sano o más o menos podrido, y que un fruto puede estar más o menos sano o más o menos podrido; como también que un árbol sano puede dar frutos podridos y que un árbol podrido (en cierto grado) puede dar algunos frutos sanos. Sirva esta entrada a los que, negando absurdamente lo que a todos fácilmente consta por experiencia y pensando equivocadamente que Cristo intenta dar enseñanzas en el ámbito de las ciencias naturales acerca de árboles y frutos, condenan a los que afirman que un árbol bueno puede dar frutos malos, que uno malo puede dar frutos buenos, y que puede haber árboles medio sanos o medio podridos y frutos medio sanos o medio podridos. 

Hemos destacado con negrita y subrayado ciertos pasajes.

El P. Juan de Maldonado (Casas de la Reina, 1534-Roma, 1583), teólogo español, Jesuita desde 1562, fue profesor de filosofía y de teología en París y trabajó en la contrarreforma católica. Visitador de la provincia de Francia, el papa Gregorio XIII lo llamó a Roma para la revisión del texto de los Setenta. Escribió, entre otras obras, un Comentario a los cuatro Evangelios (1596-1597) y un Comentario a los principales libros del Antiguo Testamento (1643).

El P. Maldonado habla de parábola de los árboles y frutos buenos y malos en su Commentarii In Quatuor Evangelistas. Se trata de una obra clásica en materia de exégesis bíblica, que contó con todas las aprobaciones exigidas por la Iglesia en una época marcada por la “Reforma” protestante y por la Contrarreforma católica. Hemos tenido a la vista una versión en inglés de esa obra: A Comentay on the Holy Gospels, 2ª. ed., Catholic Standard Library, John Hodges, London, 1888, pp. 242-246.

Ponemos acá, en español, algunos extractos más relevantes de la obra:

«Cristo llama “árbol” al hombre que tiene fe [en el sentido de conciencia, según el cual se habla de “buena fe” y de “mala fe”], sea buena o mala; buen árbol si su fe es buena, árbol malo si ésta es mala. Se puede objetar que un hombre que tiene buena fe frecuentemente da malos frutos. Esto no se puede negar; pero Cristo no habla de lo que sucede ocasionalmente, sino de lo que sucede la mayor parte de las veces, no de lo que suele pasar por la perversidad humana, sino de la naturaleza de la fe; por la fe, por su propia naturaleza, si es buena, no da malos frutos, si es mala, no da buenos frutos.»

«Estas palabras parecen oponerse a la experiencia diaria: pues vemos muchos malos convertirse en buenos, y buenos convertirse en malos. Muchas explicaciones de ellos han sido ofrecidas: 1. Muchos lo toman como significando que el buen árbol, mientras es bueno, y un árbol malo, mientras sea malo, no puede dar el primero buenos frutos y el otro malos frutos. (San Agustín, El Autor, S. Juan Crisóstomo, Beda). 2. Otros vieron que de este modo la verdad y la experiencia no están satisfechas, pues aunque un buen árbol, esto es, un hombre justo, que continúa siendo tal, no pueda dar frutos malos, un árbol malo, que permanece siendo malo, sí puede dar algún buen fruto. Ni es una opinión para sostenerse (condenada últimamente, con justicia, por el Concilio de Trento) que todas las obras de los pecadores, o incluso de los infieles, son pecado…»

sábado, 25 de junio de 2016

CARTA A UNA RELIGIOSA SOBRE EL TIEMPO PRESENTE





Padre Emmanuel


Atenta como es debido, a la situación de la Iglesia en general y de las congregaciones re­ligiosas en particular me rogáis os enseñe la resignación cristiana en medio de las dificul­tades del tiempo presente.

En primer término, advertid, Hermana, que Nuestro Señor nos previno los males que nos amenazan:

“Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mun­do (...) el mundo os aborrece (...). Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán”. (Jo. 15,19-20)

“En el mundo tendréis mucho que sufrir, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jo. 16,33).

Ya estamos advertidos, nada ha de sorpren­dernos. Si de algo nos sorprendiéramos, ha­bríamos decaído en la fe o, al menos, prestado poca atención a la palabra de Nuestro Señor.

Pero debemos mantenernos firmes en la fe, tal es el precepto divino, y también recomen­dación del Apóstol:

“Velad y estad firmes en la fe, obrando varonilmente y mostrándoos fuertes” (1 Cor. 16,13).

Nuestro Señor nos anunció los males que tendríamos que padecer en general, y la San­tísima Virgen nos advirtió el mal muy parti­cular que debemos esperar en el presente.

Habéis leído las palabras tan graves y tan doloridas que la Santísima Virgen llorosa de­rramó, en una lengua incomprendida, en el alma de los pastores de la Salette. Los pasto­res lo repitieron sin comprenderlo, y aunque una parte del discurso de la celestial Mensa­jera haya debido mantenerse secreto, hay, em­pero, una parte de ese secreto que la Santísi­ma Virgen permitió se diera a conocer pasado cierto tiempo. Habéis leído allí estas palabras: “Los religiosos serán expulsados”. También habéis leído allí la explicación de los motivos de ese decreto celestial, muy anterior al decreto terrestre por todos conocido. Hemos pecado y Dios, en su justicia misericordiosa, quiere castigar el pecado en el tiempo para no tener que castigarlo en la eternidad.

Otra consideración. Entre los castigos que nos amenazan habrá una parte para los cul­pables y otra parte para los inocentes. Única­mente Dios conoce bien a unos y a otros, y sa­be la porción de mal que caerá sobre cada cual. Por lo que sabemos ese mal será una expiación para unos y aumento de méritos para otros, porque todo se convierte en bien para los que aman a Dios.

sábado, 18 de junio de 2016

CON MARÍA





“Con María todo es fácil; en Ella pongo mi confianza, aunque por ello rujan el mundo y el infierno. Y digo con San Bernardo: ‘Ella es mi confianza suprema, Ella es toda la razón de mi esperanza’. Haceos explicar estas palabras. No me hubiera atrevido a decirlas por mí mismo. Por María busco y encontraré a Jesucristo, aplastaré la cabeza de la serpiente y venceré a todos mis enemigos y a mí mismo, para la mayor gloria de Dios”.


San Luis María Grignion de Montfort, “Carta circular a los habitantes de Montbernage”.

domingo, 5 de junio de 2016

LA MISERICORDIA DEL PADRE POR MEDIO DE JESÚS






MONS. EMILE GUERRY



“Bendito sea Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de las Misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en nuestras tribulaciones... abunda nuestra consolación por medio de Cristo” (2 Cor., 1, 3-4).

I. La misericordia de Jesús

Cuando se busca penetrar en el Corazón del Divino Maestro, al través de las páginas del Evan­gelio, lo que ante todo se revela es su misericor­diosa bondad para con todas las debilidades y todas las miserias de la humanidad.
Miserias físicas: "Y Jesús recorría todas las ciudades... curando toda enfermedad y todo mal incurable. Pues, al ver esa muchedumbre de hom­bres, se movió a compasión por ellos, porque estaban extenuados y abatidos, como ovejas sin pastor” (Mt., 9, 36).
Todos esos pobres seres, que los hombres arrojan con desprecio, los leprosos, los paralíticos, los ciegos, los sordomudos, ésos son los que Jesús amó. Todos le hicieron, durante su ministerio público, un cortejo de dolores, cuya sola vista indigna y escandaliza a los que experimentan asco por la miseria.
Miserias morales. Jesús sólo tuvo un odio en su corazón, pero fuerte y terrible: el odio al pe­cado. En cambio se inclina sobre los pecadores con una compasiva ternura. Acuden a Él. Es su refugio, su salvador. Ninguna miseria moral le causa repugnancia. Se diría más bien que lo atrae. Basta comparar, en una misma escena, su conduc­ta con la de aquellos que lo rodean.
En casa de Simón el fariseo, la pecadora vuelca el contenido de su vaso de alabastro. Simón pro­testa. Jesús defiende a la mujer, alaba su amor y su fe. Surge el caso de la mujer adúltera. Los escribas y fariseos la rechazan cruelmente. Jesús la confunde y la protege.
Pedro lo niega tres veces: Jesús lo nombra Jefe de su Iglesia.
Oh Jesús, nos asombramos de ver que no hayan comprendido de golpe la magnitud y la profundi­dad de tu Misericordia los que tuvieron el privi­legio de ser los testigos de ella. ¿Pero acaso no estamos renovando esas ciegas resistencias, cuan­do dudamos de esa Misericordia y de esa Bondad del Padre que Tú viniste a manifestar?

II. La misericordia del Padre

El amor de Jesús por todas las debilidades humanas no era sino la manifestación del amor misericordioso del Padre para con la humanidad. Durante su existencia terrenal, Jesús ocultó los divinos atributos que Él poseía en común, como Verbo, con su Padre: su Majestad, su Justicia, su Omnipotencia. Pero hay un atributo del Padre que vino, por el contrario, a manifestar muy par­ticularmente: el Amor Misericordioso. Para eso se encarnó: "Debió hacerse semejante en todo a sus hermanos para poder ser misericordioso.”
La Encarnación es la prueba más conmovedora de esa Misericordia. El infinito se une a lo finito, Dios a la naturaleza humana, para ser uno de los nuestros, para compadecer a nuestras miserias.
Hay dos elementos en la Misericordia: uno afectivo: una compasión sensible que se experi­menta a la vista de los sufrimientos ajenos; otro efectivo: una voluntad bienhechora que se tras­lada a socorrer esa miseria y se esfuerza en curarla, y es este segundo movimiento de la voluntad lo que constituye esencialmente la misericordia.
El Padre que está en los cielos no puede evi­dentemente experimentar una compasión sensible acompañada de tristeza. Pero la voluntad de cu­rar efectivamente nuestra miseria, es todo Él; es lo propio del Padre. Así también se inclina con amor sobre la miseria de sus hijos, cuando se ma­nifiestan conscientes de esa miseria, como si ella lo atrajese irresistiblemente.
Oh Jesús, bendito seas Tú por habernos mani­festado en todos tus actos la Misericordia del Pa­dre. Tus perdones son los suyos. Para hacérnosla comprender mejor, has querido sentir en tu cora­zón de carne los sufrimientos y tristezas de nues­tras miserias humanas.

Mons. Emile Guerry, “Hacia el Padre”.