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miércoles, 20 de abril de 2016

"LA CARIDAD LOCA"




Por Juan Manuel de Prada


Nos advertía Chesterton que el mundo moderno está invadido por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. ¿Y cómo se vuelven locas las virtudes? Se vuelven locas cuando son aisladas unas de otras. Así, por ejemplo, la caridad cristiana se convierte en una virtud loca cuando se separa de la verdad; o, dicho más gráficamente, cuando las obras de misericordia corporales se anteponen a las obras de misericordia espirituales. Sobre este peligro ya nos alertaba Donoso Cortés, quien profetizó que una Iglesia que se conformarse con atender las necesidades corporales de los pobres acabaría siendo un instrumento al servicio del mundo, que a la vez que presume de procurar bienestar a sus súbditos se preocupa fundamentalmente de destruir sus almas. Una Iglesia que se desviviera por las necesidades materiales de los hombres (dándoles alimento o asilo, por ejemplo) y se despreocupara de asegurar la salvación de sus almas inmortales habría dejado de ser Iglesia, para convertirse en instrumento del mundo, que por supuesto aplaudiría a rabiar este activismo desnortado.

Para entender gráficamente los efectos de esta caridad loca que aplaude el mundo conviene recurrir, antes que a ciertos teólogos meapilas (que nos ofrecerán una versión almibarada de la caridad por completo ajena al sentido último de esta virtud teologal), a la película "Viridiana", del comecuras Luis Buñuel, pues los comecuras son a su pesar mejores teólogos que los meapilas. En la película de Buñuel, la protagonista –sintiéndose culpable de la muerte de su tío-- renuncia a ser monja de clausura y, en su lugar, decide acoger en su casa a un grupo de mendigos y vagabundos, a quienes brinda refugio y alimento (obras de misericordia corporales), descuidando la salvación de sus almas (obras de misericordia espirituales, que tal vez hubiese asegurado mucho más eficazmente con su oración, en el convento de clausura). Inevitablemente, los mendigos y vagabundos fingirán farisaicamente que la caridad loca y activista de la mentecata Viridiana los ha hecho buenecitos, pero en cuanto se les ofrezca la oportunidad, agredirán y robarán a su benefactora; y, a la vez que perpetran diversos vandalismos, se encargarán también de burlarse sacrílegamente de su fe, improvisando una cena orgiástica en la que parodian la Última Cena. Que es lo mínimo que se merece quien hace de la caridad un activismo desnortado, metiendo al enemigo en casa. Y eso que Viridiana, en su cultivo de una caridad loca, ni siquiera incorpora el pecado del exhibicionismo, que hoy es el aderezo preferido de la caridad loca. Exhibicionismo que se realiza ante las cámaras, en estremecedora y sacrílega burla de lo que Cristo predicó en el Sermón de la Montaña: “Estad atentos a no hacer vuestra justicia delante de los hombres para que os vean”; “Cuando des limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, etcétera. Y es que toda la predicación de Jesús es un combate sin tregua contra la ostentación de las virtudes (que, cuando se ostentan, dejan de ser tales) y contra aquellos que han hecho de su ostentación farisaica un modus vivendi.

La auténtica caridad cristiana mira primero por la salvación del alma del necesitado; y una vez asegurada ésta, atiende sus necesidades corporales. Es lo que hace San Pablo con Onésimo, el esclavo pagano al que primero se encarga de convertir al cristianismo y bautizar; y al que, una vez asegurada la salvación de su alma, envía a Filemón, para que lo acoja en su casa. Invertir este proceso (o postergar sine die lo que San Pablo se preocupó de hacer en primer lugar y sin dilación) es caridad loca que, por supuesto, el mundo aplaudirá a rabiar.


LA CARIDAD





“Defendiendo que la caridad está por encima de todo, el catolicismo se ha defendido contra el terrible “endurecimiento” de lo ritual, contra la propensión invasora del automatismo. Cuando “se resfríe la caridad en muchos” sobrevendrá la espantosa corrupción de lo religioso que Cristo llamó la Grande (y Última) Tribulación”.


Padre Castellani, Diario, 1-8-1947. 

jueves, 7 de enero de 2016

CARIDAD Y FIRMEZA DOCTRINAL





“Dios nos enseña, al mismo tiempo que la más blanda caridad con las personas, una absoluta firmeza en la doctrina, aún sabiendo que por ella hemos de ser objeto de burla. ¡Ay del que se avergonzare de Jesucristo!”.


Mons. Dr. Juan Straubinger, nota a Eclesiástico 42,2.

sábado, 5 de septiembre de 2015

COMENTARIOS ELEISON - ORDEN DE LA CARIDAD




Número CDXXV (425)
05 de septiembre de 2015

Orden de la Caridad

Mons. Williamson




A menudo nuestro mundo de mentiras dice, “Negro es blanco”.
Con Dios por medida, los Católicos miden exacto.

¿Qué piensa la Iglesia Católica del “racismo”? ¿O del “anti-semitismo”? ¿O del “machismo”? ¿O de la “homofobia”? Y un largo etcétera. En un mundo liberal donde se supone que todos deben ser amables con todos, ¿no es sorprendente cómo “la corrección política” parece regularmente proponer una nueva clase de gente para que todos nosotros la odiemos? La Iglesia católica siguiendo a su divino Maestro, dice que hemos de amar a nuestro prójimo y odiar a nadie, pero no dice que debamos amar a todos nuestros semejantes indiscriminadamente. Veamos cómo un gran teólogo católico pone orden en nuestro amor a Dios y al hombre. He aquí el esqueleto de los 13 Artículos en la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, 2a 2ae, Cuestión 26:

La Caridad sí tiene un orden, porque es una amistad en la beatitud sobrenatural y esa beatitud tiene su punto de partida en Dios, y dondequiera que se tengan cosas que siguen un punto de partida, se tiene un orden. (Noten cómo el Católico inmediatamente remite una cuestión importante a Dios. ¿A qué pueden los liberales inmediatamente remitir como el punto de partida de su “amabilidad”? ¿Al odio de los Nazis? En serio…)

La Caridad debe amar a Dios por encima del prójimo, porque la caridad es una amistad en la beatitud, y toda beatitud para mí mismo o mi prójimo tiene su fuente en Dios. (¿Dónde colocan los liberales la fuente de su felicidad? ¿En el sentirse realizados? ¿En sus semejantes? Estas son formas de felicidad relativamente pobres)

Dios debe ser amado por encima de uno mismo, porque todas las creaturas (no desnaturalizadas), cada una a su manera, aman naturalmente el bien común por encima de su bien particular, y Dios es el bien común natural y sobrenatural de todas.

El uno mismo espiritual debe ser amado por encima del prójimo espiritual, porque estoy más cercano a mí mismo que lo estoy a mi prójimo de manera que si no me amo a mí mismo (espiritualmente), es improbable que vaya a amar a mi prójimo. Pero –

viernes, 12 de junio de 2015

FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS





Debemos conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento


"Pienso que aquel gran deseo de nuestro Señor de que su sagrado Corazón sea honrado con un culto especial tiende a que se renueven en nuestras almas los efectos de la redención. El sagrado Corazón, en efecto, es una fuente inagotable, que no desea otra cosa que derramarse en el corazón de los humildes, para que estén libres y dispuestos a gastar la propia vida según su beneplácito.

De este divino Corazón manan sin cesar tres arroyos: el primero es el de la misericordia para con los pecadores, sobre los cuales vierte el espíritu de contrición y de penitencia; el segundo es el de la caridad, en provecho de todos los aquejados por cualquier necesidad y, principalmente, de los que aspiran a la perfección, para que encuentren la ayuda necesaria para superar sus dificultades; del tercer arroyo manan el amor y la luz para sus amigos ya perfectos, a los que quiere unir consigo para comunicarles su sabiduría y sus preceptos, a fin de que ellos a su vez, cada cual a su manera, se entreguen totalmente a promover su gloria.

Este Corazón divino es un abismo de todos los bienes, en el que todos los pobres necesitan sumergir sus indigencias: es un abismo de gozo, en el que hay que sumergir todas nuestras tristezas, es un abismo de humildad contra nuestra ineptitud, es un abismo de misericordia para los desdichados y es un abismo de amor, en el que debe ser sumergida toda nuestra indigencia.

Conviene, pues, que os unáis al Corazón de nuestro señor Jesucristo en el comienzo de la conversión, para alcanzar la disponibilidad necesaria y, al fin de la misma, para que la llevéis a término. ¿No aprovecháis en la oración? Bastará con que ofrezcáis a Dios las plegarias que el Salvador profiere en lugar nuestro en el sacramento altar, ofreciendo su fervor en reparación de vuestra tibieza; y, cuando os dispongáis a hacer alguna cosa, orad así: «Dios mío, hago o sufro tal cosa en el Corazón de Hijo y según sus santos designios, y os lo ofrezco en reparación de todo lo malo o imperfecto que hay en mis obras». Y así en todas las circunstancias de la vida. Y, siempre que os suceda algo penoso, aflictivo, injurioso, decíos a vosotros mismos: «Acepta lo que te manda el sagrado Corazón de Jesucristo para unirte a sí».

Por encima de todo, conservad la paz del corazón, que es el mayor tesoro. Para conservarla, nada ayuda tanto como el renunciar a la propia voluntad y poner la voluntad del Corazón divino en lugar de la nuestra, de manera que sea ella la que haga en lugar nuestro todo lo que contribuye a su gloria, y nosotros, llenos de gozo, nos sometamos a él y confiemos en él totalmente".


De las cartas de santa Margarita María de Alacoque, virgen.



domingo, 22 de febrero de 2015

LA ESPIRITUALIDAD BÍBLICA TRANSMITIDA POR MONS. DR. JUAN STRAUBINGER




C


CARIDAD:
Dice el Señor: “Aprended lo que significa: misericordia quiero y no sacrificio” (Mat. 9,13; Os. 6,6). Hemos de ejercer en primer lugar la virtud de la caridad, la cual es el fundamento de la moral; después podemos hacer sacrificios voluntarios. Tal es el sentido de lo que la Escritura llama sacrificio de justicia (S. 4,6), o sea que la mejor ofrenda es cumplir bien la que está mandada, en vez de inventar otras y luego fallar en lo necesario (véase 20, 14 y nota).
(Coment. a Prov. XXI, 3).


CASTIGO:
Que Dios manda pruebas medicinales con el fin de castigarnos o corregirnos, es cosa hermosamente explicada por San Pablo en el capítulo XII de la Epístola a los Hebreos, donde nos dice, lleno de caritativa suavidad: "Porque el Señor al que ama le castiga y a cualquiera que recibe por hijo suyo, le azota. Aguantad, pues, firmes la corrección. Dios se porta con vosotros como con hijos. Porque, ¿cuál es el hijo a quien su padre no corrige? Pero si estáis fuera de la corrección de que todos han sido participantes, bien se ve que sois bastardos y no hijos. Por otra parte, si tuvimos a nuestros padres carnales que nos corrigieran, y a quienes respetábamos, ¿no es mucho más justo que obedezcamos al Padre de los espíritus, para alcanzar la vida? Y a la verdad, aquéllos por pocos días nos castigaban a su arbitrio; pero Éste nos amaestra en lo que sirve para hacernos santos. Es indudable que toda corrección, por de pronto, parece que no trae gozo, sino pena; mas después producirá en los que son labrados por ella, fruto apacibilísimo de justicia. Por tanto, volved a levantar vuestras manos caídas, y fortificad vuestras rodillas debilitadas, marchad por el recto camino, a fin de que nadie por andar claudicando se descamine, sino antes bien sea sanado" (Hebreos 12, 6-13).
Ya los Profetas y sabios del Antiguo Testamento, enseñaban que Dios aborrece al pecado pero no al pecador y que su amor paternal, está siempre encaminado a corregirlo.
"¿Acaso quiero Yo la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no antes bien que se convierta de su mal proceder y viva?" (Ez. 18, 23).
La misma idea expresa el Libro de la Sabiduría: "A los que andan perdidos, Tú los castigas, poco a poco; y los amonestas y les hablas de las faltas que cometen, para que, dejada la malicia, crean en ti" (Sab. 12, 2).
He aquí todo un sistema de pedagogía divina: Castiga, amonesta, habla con ternura y suavidad para que el pecador no se pierda. Al castigarnos obra Dios como un médico. Dice San Juan Crisóstomo: "El médico merece alabanza, no sólo cuando receta al enfermo la permanencia en deliciosos jardines, tibios baños, frescas aguas y exquisitos manjares, sino también cuando le hace pasar hambre y sed, lo recluye en su aposento, lo tiene sujeto en la cama y aun le priva de la luz del sol, mandando cerrar puertas y ventanas, y cuando corta, raja o cauteriza y le obliga a tomar pócimas amargas. Haga lo que quiera, nunca deja de ser el médico, que cura. ¿No es, pues, injusto murmurar contra el Señor cuando nos trata en idéntica forma?
También el Apocalipsis nos habla de estas correcciones y nos enseña su carácter de privilegio al decirnos que Dios reprende y castiga a los que ama (Apoc. 3, 19). Y a fe que no es difícil reconocer las ventajas de ese amor que nos sana, cuando vemos cómo el mismo Dios, en los casos de rebeldía, suele retirarse y decir, como en el Salmo 80, ante la dura cerviz de su pueblo: "Pero mi pueblo no ha escuchado la voz mía; no me obedeció Israel; así los abandoné a los deseos de su corazón, que sigan sus devaneos" (Salmo 80, 12-13).
Esto que Dios hizo con el pueblo escogido, lo hizo también con los gentiles (Hech.14, 15). Por donde vemos que no hay peor castigo que el dejarnos seguir esa triste libertad para el mal, que los hombres tanto solemos defender. Abandonarnos a los perversos deseos de nuestro corazón, ¿hay castigo peor que éste? ¿Acaso no enseña Dios a los padres de familia, que la vara del castigo es lo que librará a sus hijos de la muerte? (Proverbios 23, 14).
Por esa libertad de entregarse a sus vicios y concupiscencias, como los paganos, cosechó el pueblo de Dios frutos amarguísimos (Cfr. Rom. 1, 28).
Ante tal misterio, exclama el Doctor de Hipona: "¡No haber castigo! ¿Qué mayor castigo? Si vives mal y Dios te lo tolera, señal es de su grande enojo."
(Job, un libro de consuelo. Ed. Guadalupe. Bs. As., 1945)


COMPASIÓN:
Cuando vemos en el teatro un drama triste, lloramos con el personaje que aparece sufriendo, y sin embargo sabemos muy bien que todo no es más que ficción. Esto nos muestra que esa compasión no es una espiritualidad, sino que reside en el sentido externo de la imaginación. La contraprueba sobre el valor de tales sentimientos está en que al poco rato ya no nos acordamos de esas lágrimas.
San Pedro es un ejemplo elocuente a costa de cuyos fracasos podemos aprender mucho, como se ha mostrado en el artículo titulado "El caso de Pedro". La compasión sentimental del apóstol es la que lo lleva a querer oponerse a la Pasión redentora de Cristo. Y este sentimiento, que los hombres hallarían nobilísimo, es lo que despierta en Jesús la más ruda de sus repulsas: "Apártate de mí, Satanás. Me sirves de tropiezo, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres" (Mat. XVI, 25). Y esa misma compasión, que tan hermosa parece, es la que lleva al mismo Pedro a jurar que morirá por su Maestro, y... a negarlo pocas horas después, delante de una sirvienta inofensiva, es, decir, cuando ni siquiera corría peligro su vida con decir la verdad.
Aquella tremenda sentencia de Cristo, tan humillante para nosotros, según la cual lo que es sublime para los hombres, es despreciable para Dios (Luc. XVI, 15), se ve cumplida en la repugnancia que nos cuesta admitir esta tesis cristiana sobre la falacia de nuestra compasión. Porque nos gustaría soberanamente decir que compadecemos mucho a Cristo en sus dolores, y de ello resultaría una agradable conclusión sobre la nobleza de que es capaz el corazón humano. Pero Dios nos enseña que no tenemos motivo para gloriarnos de tal nobleza, porque “no somos suficientes por nosotros mismos para concebir algún pensamiento, como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia viene de Dios” (II Cor. III, 5).
La prueba de los ejemplos evangélicos es definitiva. Junto a la Cruz de Jesús brillaban por su ausencia los Apóstoles, discípulos y amigos que tanto lo habían seguido. Y María “stabat”, es decir, estaba de pie allí y no desfallecía, ni se dice que antes ni después haya vertido una sola lágrima.
¿Qué había de verterla, si ella, en su corazón, era el altar donde se consumaba la inmolación de su Hijo como acto supremo de la caridad de un Dios Padre y de un Dios Hijo hecho hombre? Y así como el Padre no tuvo esa clase de compasión, y “no perdonó a su Unigénito; sino que lo entregó a nosotros” (Rom. VIII, 32), así también María lo habría matado con su mano, como una sacerdotisa sacrificadora del Cordero divino, si tal hubiera sido la voluntad del Padre. Porque eso es la que la hizo Madre del Verbo Encarnado: “Quien hace la voluntad de mi Padre, he aquí mi madre y mis hermanos…” (Mat. XII, 50).
Si Jesús hubiese querido lágrimas, bien se las habría dado su Madre. No es tal, pues, lo que El quiere, y así lo dijo a las mujeres que lo lloraban: “No lloréis por mí, sino por vosotros y vuestros hijos'', es decir, por el misterio de iniquidad que gobierna al mundo y hace que no aproveche mi Redención. Por donde se ve que derramar una sola lágrima ante Cristo crucificado, y conceder luego un sólo afecto de nuestra vida al mundo, “que está todo entero en manos del Maligno” (I Juan, V, 19), es una aberración grotesca. Y como es verdad que todos hemos incurrido en ella, he aquí una razón suficiente para huir de lágrimas inútiles, y ocupar ese tiempo en conocer lo que de veras quiere Cristo. Lo que Él ansía hasta el punto de poner por ello su vida es: que escuchemos las palabras de amor que El nos dice en el Evangelio, porque esas palabras “son espíritu y son vida” (Juan VI, 64), o sea, son capaces de sacarnos de nuestra propia maldad hasta hacernos “renacer del Espíritu” (cfr. Juan III, 5). Y si no recurrimos a ese remedio, sabiendo que es verdaderamente eficaz para hacernos capaces de complacer al Padre, en lo cual está el ansia toda de Cristo, es porque no tenemos la firme voluntad de amarlo sobre todas las cosas. Y entonces las lágrimas, francamente, no están lejos del beso de Judas.
Con esto vemos que la queja profética del Salmo: “Busqué quien me consolara y no lo hallé” (Sal. LXVIII, 21), no significa pedir lágrimas de compasión; que Jesús no necesita, pues El es siempre el Hijo amado que hace sin cesar lo que agrada al Padre (Juan VIII, 29), y lo hizo más que nunca en su inmolación (Juan VI, 38-40), al punto de que el Padre lo ama de un modo especial porque El se inmola por nosotros (Juan X, 17).
Si el corazón del hombre fuera bueno de suyo, el camino de la compasión sería excelente, y no existiría el peligro del sentimentalismo; ni podría haber presunción y escondida soberbia farisaica, en cierta falsa espiritualidad, o mejor dicho cierta falsa mística, que sólo puede despertarse periódicamente, y que no es sino un desahogo propio, aunque tiene harta boga durante unos días. Cristo resucitó y ya no muere, dice San Pablo; ya no sufre, ni puede sufrir. Su Pasión, si le estamos realmente agradecidos, ha de ser el gran motivo de nuestro gozo, como dice la oración “Obsecro te” después de la Misa. Porque así le mostraremos que apreciamos el regalo infinito de su Cruz, que es el cheque con el que El pagó por nosotros.
Miremos, como lección, la sobriedad insuperable de los Evangelistas en sus relatos de la Pasión. Ni un adjetivo, ni una palabra de compasión les inspiró el Espíritu Santo. Y no creeremos que esos autores amaban a Jesús menos que nosotros, porque entonces sí que sería evidente nuestra presunción.
Cuéntase a este respecto de San Felipe Neri, que sabía bien lo que era amor, la anécdota picante y sabia de una señora muy lacrimosa que le había dicho: "Padre, yo quisiera sufrir tanto como Jesús. Yo quisiera sufrir más que Jesús, para consolarlo en su Pasión”. El gran Santo la despidió diciéndole que era mejor un poco menos. Y mientras ella salía, llamó él a unos pilluelos y les dijo que la emprendieran con esa señora tirándole del rodete, etc. Pocos minutos más, y San Felipe tuvo que acudir porque la “mártir” estaba estrangulando a los chiquillos. Es de suponer que el Santo le recordase entonces aquellos anhelos de heroísmo. Más no creamos que ella estuvo de acuerdo, pues encontraba “muy justo” el castigo de sus agresores.
Jesús lloró la muerte de su amigo Lázaro. No se trata, pues, de suprimir las lágrimas en nuestra vida de relación. Estamos hablando de espiritualidad sobrenatural. Jesús lloró la iniquidad de Jerusalén. Ahí tenemos el gran motivo para llorar. “¡Bienaventurados los que lloran!". Recordemos una vez más lo de Jesús a las mujeres. Lloremos por nosotros y sobre nuestros hijos. Lloremos nuestra iniquidad propia, rezando el Salmo Miserere, y no sólo en Cuaresma, sino todos los días. Y tengamos compasión, no del feliz Jesús, que cumplía una epopeya gloriosa, sino de los infelices por quienes Él la sostuvo hasta inmolarse: compasión de los pecadores, rogando por ellos. Compasión de los que sufren, dándoles un consuelo que Jesús recibe como dado a El mismo. Compasión, sobre todo, de los que ignoran la luz, pues de ésos se compadeció especialmente el mismo Jesús cuando dijo que andaban “abatidos y esquilmados como ovejas sin pastor” (Mat. IX, 56).
Jesús es un gran Rey, “todo deseable”, como dice el Cantar. Para poder desearlo, con nuestro corazón mezquino, necesitamos admirarlo y codiciar sus promesas. Porque ya lo hemos dicho: la compasión no dura, y la lástima no está muy lejos del menosprecio. “Hombre pobre hiede a muerto”, dice el refrán. El que pretendiera tener corazón de gigante, no sólo se equivocaría lamentablemente, como enseña San Pablo, sino que se estaría inventando un camino propio de santificación, muy lejano de agradar a Cristo. Porque lo que Él quiere, aunque parezca muy raro a la soberbia estoica, es que tengamos corazón de niño.
El que lo tiene será el primero en el Reino, dice Jesús. Y también dice que no hay otro camino y que el que no lo tiene no entrará de ningún modo (Lc. XVIII, 17).
(Espiritualidad Bíblica, ed. Plantín, Bs. As., 1949)


jueves, 13 de noviembre de 2014

FE Y CARIDAD




“La Fe debe engendrar Caridad,
 y la Caridad debe vivir de la Fe. 
Sin eso, no hay unidad”.

Padre Leonardo Castellani


viernes, 20 de junio de 2014

LA CORRUPCIÓN DE LA CARIDAD, SÍNTOMA DEL ANTICRISTO – POR FEDERICO MIHURA SEEBER





"MUCHOS ANTICRISTOS HAN APARECIDO"
1ª Juan 2,18


Según Federico Mihura Seeber
Tomado de su obra El Anticristo, pág 84 y sigs.
Selección y resumen de Horacio Bojorge.


La Caridad ha sufrido en la modernidad, en sí misma, una amputación o inversión idéntica a la versión falsificada de Cristo en lo dogmático. 
La Caridad ha sido “cortada” de la Trascendencia, es decir, de la relación “vertical” al Padre [...]  Nada, nada puede identificar mejor la acción del Anticristo en nuestro tiempo, que esta tergiversación del Mensaje de Cristo,
esta corrupción de la enseñanza de la primacía del Amor, vuelta contra los Mandatos del Padre y convertida en agente de la mayor perversión del hombre que la historia haya conocido.

"1.- el Anticristo es lo contrario de Cristo, por la inversión de Cristo […]. Siendo Cristo, en su naturaleza humana, el dechado de toda virtud y justicia, su contrario sería el dechado de toda perversión moral.

2.- A lo que me refiero ahora es a lo que ya sugerí: a que la “inversión” de Cristo es la causa de la demonización de lo humano, de la ruina moral o abolición del hombre.

3.- Lo que quiero decir con “inversión” de la doctrina moral del cristianismo es una perversión de la misma. No es su rechazo [como en Nietzsche y otros autores anticristianos], sino una asunción desviada y perversa. Por ello mismo debe ser considerada nominalmente “cristiana”. Es una herejía cristiana.  [Como toda herejía] al negar una parte de la doctrina ortodoxa, corrompe al todo. Lo cual puede servir de descargo [a Nietzsche y otro impugnadores del hecho cristiano], pues lo que tenían a la vista era, ya, esta versión degradada del cristianismo “reblandecido”.

4.- [Esta herejía contra la caridad corrompe a toda] la doctrina moral del cristianismo. En ella, el centro de este ataque herético ha consistido en la perversión-inversión de la doctrina de la Caridad. Se trata, sin duda, de un ataque al alma de la moral cristiana. Porque la Caridad es esa alma. Y su inversión equivale a una inversión de Cristo mismo, consumada en nombre de Cristo. Por eso la considero prototípica de la acción del Anti-Cristo.

5.- La perversión de la doctrina moral cristiana que ha operado como causa de la corrupción moral de Occidente –y, por Occidente, del mundo entero–, radica en la adulteración de la doctrina central de la Caridad. Y distingo también en ello dos aspectos. La alteración de la Caridad en sí misma, por un lado, y la de su relación con el resto de las virtudes, por el otro.

6.- Considerada en sí misma, es evidente que un sucedáneo falsificado de la Caridad cristiana está en el centro de la cultura moral del Occidente moderno. No creo necesario extenderme en el tema de las distintas versiones nominales que esta caridad falsificada ha asumido en las doctrinas morales de la modernidad. Pero es un tópico entre los autores cristianos ortodoxos, que las consignas masónicas extendidas a partir de la Revolución, “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, representan ideas fuerza (“ideas cristianas vueltas locas”, como las llama Chesterton) tributarias del espíritu evangélico pero profundamente alteradas por el inmanentismo filosófico de base. Por mi parte, considero que todas estas adulteraciones –más sus anexas: pacifismo, tolerancia, universalismo, comunismo– radican, como en su fuente motivacional, en la adulteración de la virtud de la Caridad.

7.- Como centro de la estructura moral del Occidente cristiano, la Caridad ha sufrido en la modernidad, en sí misma, una amputación o inversión idéntica a la que he atribuido a la versión falsificada de Cristo en lo dogmático. La Caridad ha sido “cortada” de la Trascendencia, es decir, de la relación “vertical” al Padre. Con lo cual ha quedado corrompida en su misma esencia de virtud teologal, tal como era para el cristianismo ortodoxo. En éste, el mandato de amor que le es propio, se dirigía primordialmente a Dios-Padre. Sólo a partir de allí se hacía extensivo, “horizontalmente”, a los hermanos. La “nueva” caridad en cambio, inmanentizada, suprime desde luego aquella orientación primera y fundante, para dirigirse exclusivamente a los hombres. Esto es el “fraternalismo”, o la “filantropía”, en los que la masonería centrara su ideario, y que hoy se ha hecho extensivo al total de la humanidad civilizada, y penetrado en la propia Iglesia. Que tales “valores” constituyen una versión degradada de la caridad cristiana, lo prueba el hecho de su  impronta universalista. Porque, en efecto, un mandato de amor humano universal está ausente en toda moral o cultura que no haya estado impregnada por la moral evangélica [Nota 86: Exceptuando el estoicismo romano, de inspiración universalista, aunque de fuente filosófica y no religiosa.]

martes, 4 de marzo de 2014

R.P. TRINCADO - SERMÓN DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA.-



R.P. Félix Sardá y Salvany (1844 - 1916)


En la Epístola de este domingo nos habla San Pablo de la caridad.

Los liberales han falseado la noción de la caridad. Para ellos, la caridad es un sentimiento -no una virtud- que nos hace ser simpáticos, condescendientes y afectuosos siempre y con todos. Por eso un Sacerdote liberal, mundialmente famoso por sus escritos espirituales (?), en un libro sobre la Vida de Cristo, relatando el episodio de la expulsión de los mercaderes del templo, escribió que Nuestro Señor "perdió el control de sus nervios… y literalmente salió de sus casillas". Dios lo perdone. Como para los liberales toda violencia, porque coarta la libertad, es incompatible con su falsa idea de la caridad, con esa simpatía y afabilidad; no pueden comprender la ira santa de Cristo y la explican de modo blasfemo y herético. 

Veamos cómo entienden los liberales algunas de esas palabras de San Pablo sobre la caridad en 1 Cor:

La caridad es benigna. Lo que dijimos: los liberales pretenden que los católicos debemos ser siempre agradables, simpáticos y condescendientes con todos los hombres. Distinta es la explicación que da Santo Tomás de Aquino sobre esta frase (Coment. Super 1 Cor): ella se refiere a la beneficencia, pues lo propio de la caridad -dice- es hacer que el hombre no retenga para sí solo sus bienes, sino los comparta con otros.

La caridad no se irrita. Los liberales nos dirán que, según esto, debemos evitar todo enojo, toda ira y sonreír siempre. Explica Santo Tomás que con estas palabras se nos dice que hay que evitar la ira entendida como un apetito desordenado de venganza, pues es más propio de la caridad perdonar las ofensas que vengarse con exceso o desordenadamente. Y Santo Tomás también enseña que hay una ira justa y virtuosa.

La caridad no piensa mal. Según los liberales, estas palabras nos obligan a creer bien intencionados a todos los hombres. En cambio, Santo Tomás enseña que el sentido es queno debemos pensar cómo hacer el mal y que debemos evitar pensar mal del prójimo por sospechas y juicios temerarios. Lo que no impide pensar mal de alguien cuando hay serios fundamentos.

La caridad todo lo cree. Para los liberales esto quiere decir que, como los hombres son buenos, hay que creer todo lo que nos dicen. San Juan de la Cruz precisa en su obra “Cántico Espiritual” (canc. 12, n° 11): la caridad cree todas las cosas, es a saber, las que se deben creer. Y Santo Tomás dice que estas palabras se refieren a lo que procede de Dios: la caridad cree todo a Dios. Pero creer todo lo que dicen los hombres -agrega el Santo- es liviandad.

La caridad todo lo soporta. Para los liberales, sentimentales utópicos, esto significa que se debe soportar todo lo que nos hagan los hombres. El católico debe ser un borrego, una ameba, un pacifista cobarde. El liberalismo es afeminado y afeminante, por eso prohíbe o ve con malos ojos toda rebelión o la defensa contra el injusto agresor. Para el liberal, la guerra es el peor de los males. San Juan de la Cruz distingue nuevamente: la caridad todas las cosas soporta, que convienen a la caridad (id). Santo Tomás señala que el sentido es éste: debemos esperar pacientemente que, pese a la dilación, Dios cumpla lo prometido.Ninguna relación con la pusilanimidad liberal.

lunes, 23 de diciembre de 2013

LA UNIDAD, EN LA FE Y LA CARIDAD – R.P. CASTELLANI





La doctrina del Logos en Juan se resume por tanto así: el Cristo, el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios son uno, y ese uno es uno con su Padre, y se ha unido a la natu­raleza humana tomando su carne y alma; él llama a to­dos los hombres a la verdad, y por ella a la unidad. Pero la unidad del Verbo con el Hombre siendo en la carne, y permaneciendo los discípulos en el mundo, esa unidad debe volverse y hacerse sensible; y se vuelve sensible en una sociedad humana, simbolizada en la imagen del Rebaño y el Pastor. Y como el Buen Pastor natural y primogénito se aleja por un tiempo de este mundo, ha designado un Sub-Pastor en la persona de Pedro. Cuan­do Juan escribía, Pedro había seguido ya a su Maestro; pero esto no turba a Juan: sabe que la Providencia ha proveído a la necesidad de la clave de estructura de la sociedad cristiana en la persona de los sucesores de Pe­dro. Como está repetido tantas veces en el largo Sermón-Despedida de Cristo antes de su Pasión, esta unidad de la sociedad cristiana está asegurada; y ella se verifica en la fe y en la caridad.
Los que sienten tan fuertemente hoy día la necesidad de la unión de los discípulos de Cristo, deben advertir que esa unión sólo es posible en la fe y en la caridad. Hoy día hay algunos que, dejando de lado la fe, insisten en efectuar la unión en la caridad: es imposible. El protestantismo hoy día —no así en sus comienzos— ago­tado en la discusión interminable de las variaciones dog­máticas producidas por el “libre examen”, ha acabado por arrojar “los dogmas” por la borda y forcejea por uni­ficar a los cristianos en una vaga adhesión personal a Cristo, que se vuelve un puro sentimentalismo. Pero el primer lazo de unión es la verdad; y la verdad no puede ser diferente y contradictoria dentro de sí misma. Otros en cambio pretenden mantener la unión sobre la fe sola.
Este es el estado de las iglesias católicas cuando de­caen: sus fieles creen todos lo mismo así medio a bulto (recitan el mismo Credo de memoria) pero no están unidos entre sí en hermandad real: ni se conocen entre ellos a veces; oyen misa codo con codo en un gran edificio —que fácilmente puede ser quemado— reciben la "comunión” cada uno por su lado, y después se van a sus negocios; y quiera Dios que no a tirarse, unos a otros, flechazos o coces. No es esta una “iglesia” propia­mente hablando; no hay Iglesia de Cristo sin caridad. La fe sin obras es muerta; y la obra por excelencia de la fe es la caridad; la comunión de las almas. “¡Obras obras!” decía Santa Teresa; en el mismo tiempo en que Lutero clamaba “Fe, fe!” y declaraba a las obras (a las obras exteriores al principio, después a todas en general) como inútiles para la salvación. Y realmente, si hubiesen estado vigentes las “obras” de Santa Teresa (obras de verdadera caridad, externas e internas a la vez) en la Alemania de Lutero, el renegado sajón no se hubiese le­vantado, o hubiese caído de inmediato, sin separar de la Iglesia un medio mundo.
El sifilítico Enrique VIII escribió una obra en defensa de la fe en el Santísimo Sacramento contra Lutero, que le mereció de la Santa Sede el título honorífico de “Defen­sor fidei, que aún llevan los Reyes de Inglaterra; pero eso no le impidió quebrar el vínculo de la Iglesia inglesa con la Iglesia Universal, y precipitar a Inglaterra y con ella a media Europa en el cisma primero y luego en la herejía. Nunca renegó de la fe; pero se divorció de la caridad. (Y, entre paréntesis, inventó el divorcio.)
Porque la fe debe engendrar caridad, y la caridad debe vivir de la fe; y sin eso, no hay unidad. Roguemos por la Iglesia Argentina.



Estas homilías se acabaron de escribir el día del Sagrado Corazón de Jesús de 1955. Laus Deo. El Evangelio de Jesucristo, Ed. Dictio, págs. 448/50.

domingo, 3 de noviembre de 2013

LA VIRGEN MARÍA Y NUESTRA CARIDAD





Dejando a un lado ahora el amor a Dios, ¿quién, con la contemplación de la Virgen Inmaculada, no se siente movido a observar fielmente el precepto que Jesús hizo suyo por antonomasia: que nos amemos unos a otros como él nos amó?

Una señal grande, así describe el apóstol Juan la visión que le fue enviada por Dios, una señal grande apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas. Nadie ignora que aquella mujer simbolizaba a la Virgen María que, sin dejar de serlo, dio a luz nuestra cabeza. Y sigue el Apóstol: y estando encinta, gritaba con los dolores del parto y las ansias de parir. Así pues, Juan vio a la Santísima Madre de Dios gozando ya de la eterna bienaventuranza y sin embargo con las ansias de un misterioso parto. ¿De qué parto? Sin duda del nuestro, porque nosotros, detenidos todavía en el destierro, tenemos que ser aún engendrados a la perfecta caridad de Dios y la felicidad eterna. Los trabajos de la parturienta indican interés y amor; con ellos la Virgen, desde su trono celestial, vigila y procura con su asidua oración que se engrose el número de los elegidos.

Deseamos ardientemente que todos cuantos se llaman cristianos se esfuercen por lograr esta misma caridad, sobre todo aprovechando de estas solemnes celebraciones de la inmaculada concepción de la Madre de Dios. ¡Con qué acritud, con qué violencia se combate a Cristo y a la santísima religión por El fundada! Se está poniendo a muchos en peligro de que se aparten de la fe, arrastrados por errores que les engañan: Así pues, quien piensa que se mantiene en pie, mire no caiga. Y al mismo tiempo pidan todos a Dios con ruegos y peticiones humildes que, por la intercesión de la Madre, vuelvan los que se han apartado de la verdad. Sabemos por experiencia que tal oración, nacida de la caridad y apoyada por la imploración a la Virgen santa, nunca ha sido inútil. Ciertamente en ningún momento, ni siquiera en el futuro, se dejará de atacar a la Iglesia: pues es preciso que haya escisiones a fin de que se destaquen los de probada virtud entre vosotros. Pero nunca dejará la Virgen en persona de asistir a nuestros problemas, por difíciles que sean, y de proseguir la lucha que comenzó a mantener ya desde su concepción, de manera que se pueda repetir cada día: Hoy ella ha pisado la cabeza de la serpiente antigua.

San Pío X, Carta Encíclica Ad Diem illum Laetissimum
  


martes, 29 de octubre de 2013

PARA VER A DIOS


“Tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo te harás digno de verlo; amando al prójimo, limpias tu ojo para ver a Dios”.

San Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan 17,8.

miércoles, 23 de octubre de 2013

LOS DERECHOS DE LA IGLESIA – ESCRIBE EL PADRE CASTELLANI




Los derechos de la Iglesia evidentemente existen. Dios me libre de ne­garlos; pero las obligaciones —o mejor dicho, la Obligación, también. Sólo que la Obligación a la Iglesia nadie puede cantársela, tiene que decirla ella misma; y en cambio, los derechos de la Iglesia tienen que decirlos los demás, para que existan; porque no son coactivos. Cuando Cristo la fundó no le dio más fuerza que el Verbo y la Caridad.
Esto parece raro, pero es muy sencillo: la Obligación es antes que el Derecho. Nosotros decimos: «estudiar Derecho»; los españoles dicen «estudiar Leyes». Dicen mejor los españoles.
Nuestros derechos son obligaciones que tienen los demás respecto a nosotros. Eso todo el mundo lo ha sabido siempre, y desde 1789 ha sido puesto en limpio y repetido hasta la hartura; porque justamente los Ideólogos del siglo XVIII, con su «Declaración de los Derechos del Hombre», lo habían puesto en confuso: pusieron lo que es voz activa en pasiva. Según ellos, el Hombre con mayúsculas tiene que recibir una cantidad enorme de cosas de parte de sus semejantes, lo cual está muy bien; se olvidaron solamente de una minucia; de que para eso, el Hombre con mayúscula tiene primero que darlas. ¿Quién recibirá si Otro primero no da? Sin obligación no hay Derecho. El Derecho sin Obligación es lindísimo y no tiene más que un solo defecto, lo mismo que mi mujer: no existe.
Mis derechos son las obligaciones de los demás; y sólo aparecen de rechazo, con ocasión de la violación de una de ellas por parte de los otros. Para verlos tengo que salir de mí mismo y tomar conciencia de los otros. Adán en el paraíso no sabía que tenía derechos y sabía que tenía una Obligación. Nuestro primer conocimiento, que es la conciencia, nos da directamente obligaciones; y sólo como correlativo nos manifiesta derechos: las Constituyentes de 1789 no hubiesen percibido sus derechos a la Libertad, Igualdad y Fraternidad, ni hubiesen libertado a cinco millo­nes de sus semejantes, ni igualado fraternamente sus cabezas con la gui­llotina, si primero la «Monarquía Cristiana» de Luis IX no hubiese em­pezado a degenerar en el «Estado Moderno» de Richelieu —quizá ya desde los tiempos de su nieto Carlos había empezado a faltar a sus debe­res cristianos. La pagó Luis XVI, que no tenía mucha culpa.
Por eso justamente la gran tradición moral de la Humanidad ha puesto la verdadera, antigua y justa «declaración de los derechos del hombre» en forma de obligación: «No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti». El derecho aparece en segundo término, como voluntad de evitar un daño propio que presupone la voluntad superior a la mía (la voluntad-ley) de evitarlo de mi parte al prójimo; porque mi voluntad con respecto a mí es enteramente eficaz; y en cambio, yo no soy dueño de la voluntad del otro, sino en virtud de alguna ley que esté por encima de mí y de él. La realidad primera y profunda es la obligación; de manera que ningún derecho tendría yo si existiera solo en el mundo; como tampoco si no existiera algo por encima de mí. En vano el ateo habla de «derechos», puesto que va­namente habla de obligaciones... Todo esto es claro, muy viejo, y muy sabido. Poco practicado.
Ahora andan hablando muchísimo de los «derechos divinos de la Iglesia» y esforzándose por determinar si ellos abarcan también un solar en la Plaza Mayo, La Chacarita y otros diversos fundos y fondos. Es una investigación en donde no entraremos; ya la llevan bien los que están en ella. A nosotros nos gustaría más la otra, la de la Obligación.
¡Qué espectáculo grandioso, aun desde el punto de vista especta­cular, sería que la Iglesia Argentina, si es que eso existe realmente, de­jase bruscamente de hablar de «derechos», y (no saliendo de sí misma para meterse en camisa política de once varas antes de mirarse a sí misma) rompiese repentinamente a declarar su Obligación (e incluso las veces que no la cumplió) con grandes golpes de pecho! Claro que los golpes no son todo; pero son lo primero de todo. Después se pue­de, si es necesario, golpear al adversario... «Nada temo tanto en este mundo como un requeté confesado», decía Indalecio Prieto.
La Iglesia tiene una sola obligación: que es la caridad; unita, como dicen en Salta. La Iglesia tiene poder para equivocarse en muchas co­sas y fallar en varios modos; pero no puede ser inmisericorde, porque deja de ser Iglesia; desaparece. A una sociedad religiosa le hace más daño una sola falta de caridad consentida, cometida y mantenida (u ocultada, que es lo mismo) que el expolio de todos sus bienes, cole­gios, chacras, chacaritas, tiendas, bazares, o lo que sean. Si por un imposible la Iglesia dejara del todo de llenar su obligación de Cari­dad, todos sus derechos humanos y divinos caducarían, como cadu­can los derechos de un cadáver; excepto el derecho innegable de ser enterrado. Quitada su esencia, la Iglesia no sería más; lo cual, vamos a repetirlo, lo tenemos por imposible, a causa de un especial milagro de Dios; el cual no lo ha de permitir y nunca hasta ahora lo ha per­mitido.
La Iglesia tiene una peculiaridad, y es que tiene llagas; pero se cura ella sola de todas sus llagas, hasta ahora al menos; y por eso ha podido durar cerca de dos mil años, más tiempo que casi todas las institucio­nes humanas.
Yo soy también Iglesia en cierto modo, aunque mínimo y muy lla­gado; de modo que nada impide que yo también tenga mi pequeña conciencia «eclesiástica», y que ella me haga sentir la muerte del Padre Brochero; no por mí sino por nosotros; por la Iglesia. No sé si la sa­ben.
El Padre Brochero fue un gran hombre de Iglesia: feo como él solo, pero de una gran vitalidad y un gran carácter; se enfermó de lepra y murió de eso, por hacer un acto de caridad con un leproso. Cuando él mismo quedó leproso, fue olvidado de su Obispo, del Clero, y naturalmente, de los «fieles». De no haber sido por una ca­sualidad, hubiese muerto solo como un perro agusanado; y lo que es peor, desesperado. Estando en una tapera sin poder ya moverse (o por lo menos, cuidarse) se «amoscó», como dicen sus paisanos, es decir, la mosca verde le puso huevos en la nariz; y la nariz, la boca y la garganta se le llenaron de gusanos, contra los que no tenía defen­sa. Un sacerdote extranjero que venía de viaje se encontró con ese espectáculo y se detuvo a cuidarlo hasta su muerte; no por ser sacer­dote, porque en ese caso lo hubiesen hecho primero los sacerdotes de su diócesis y el Obispo, sino por ser hombre, «hombre samaritano», como dice el Evangelio. Era un cura rural de San Luis, viejo y rudo: tenía una parroquia rural.

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Un puntano que estaba oyendo un sermón de Semana Santa no llora­ba, y todos los demás lloraban. El vecino que estaba al lado le dijo: «¡Desventurado! ¡Vos no llorás de lo que le hicieron a nuestro Señor Jesucristo!», y el gaucho contestó: «Y a mí qué se me importa, si yo no soy de esta pirroquia?». Lo mismo me pasa a mí en la discusión acerca de la Chacarita.
Los judíos deberían saber lo que es una «pirroquia». La «pirroquia» está medio destruida en la Argentina, pero no está destruida del todo, al menos en los medios rurales. Los judíos son valientes y muy inteli­gentes (cada vez que aparece un «benefactor de la humanidad» es siempre un judío), pero no saben lo que les espera si se meten con las «pirroquias». En ese caso, mostrarán que son más valientes que inteli­gentes.

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Mas volviendo al Cura Brochero, el Cura Brochero era cura, es decir, miembro «jerárquico» de una sociedad espiritual, jerárquica, basada toda ella sobre el amor de unos a otros, y más de los que están más próximos, o «prójimos». Pero para él no hubo propiamente ni jerar­quía, ni espíritu, ni misericordia, ni prójimo; ni, por lo tanto, socie­dad. El Cura Brochero había servido a esa Sociedad en forma emi­nente, con toda su alma, toda su vida, con lealtad, con abnegación, con heroísmo sobrehumano. Pero la «Sociedad» le falló en el momento que tuvo necesidad de ella; por lo tanto, no existía. Existía un gran aparato externo que «figuraba» esa sociedad fundada por Cristo; pero adentro no estaba el espíritu de Cristo.

Beatificación del Cura Brochero, recientemente. "Es muy fácil levantar sepulcros de mármol a los profetas muertos; lo difícil es reconocer como profetas a los profetas vivos, cuando todavía pesan. Un profeta muerto da dinero; un profeta vivo da disgustos".

Dios no permitió que el Cura Brochero muriese desesperado. Un sacerdote forastero salvó el honor de Dios, del género humano, y un poco también quizás el honor de los sacerdotes; pero ciertamente no salvó el honor del Obispo, el cual tenía «Obligación», y por lo tanto Brochero tenía derecho de ser atendido en ese caso.
Este Obispo murió Obispo y atendido regiamente. Hubiera sido mucho mejor para él que los fieles, al enterarse del caso, lo hubiesen «desarzobispoconstantinopolizado». No hubiese sido tan atendido al morir, quizás; pero después de morir, no hubiese tenido que rogar al Cura Brochero que, mojando su dedo en agua, le dejase caer una gota sobre su excelentísima lengua agusanada; ni hubiese tenido que recibir la negativa que muy probablemente recibió —si no mienten las pará­bolas del Evangelio y una cierta visión que nos contó Jesucristo.

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«Hace miles de años, ya los egipcios pensaban que nadie puede ser jus­tificado después de morir, si su alma no puede decir a Dios: «No he de­jado sufrir hambre a nadie» (Libro de los Muertos, ERE, V, 478). To­dos los pueblos del mundo han creído lo mismo. Todos los cristianos nos sabemos expuestos a que Cristo mismo nos diga: «Tuve hambre y no me diste de comer». Nadie osará afirmar que sea inocente un hom­bre cualquiera que, teniendo alimentos bastantes, consintiera que otro se muera de hambre [...] si se le plantea la cuestión en términos gene­rales; aunque en términos concretos quizás lo esté haciendo él ese mismo momento» (S. Weil). Abusar es propio del hombre; sobre todo del hombre político. Así que este pobre Obispo, que era bastante politicón, no vio en concreto su obligación de Obispo, porque nunca fue Obispo, a no ser en el aparato externo. Pero ¿y la consagración episco­pal? La consagración episcopal consiste justamente en la imposición de una cantidad de nuevas «obligaciones» sacerdotales, que no tienen los que no son Obispos; no consiste en un opíparo regalo de «dere­chos» comprados en Gath y Chávez. Si el Obispo no recibió de hecho la conciencia de sus obligaciones, no fue hecho Obispo; si la recibió y no le hizo caso, más le valiera no haber sido hecho; e incluso no haber naci­do.

Otra imagen de la beatificación del Cura Brochero. Francisco ya tiene su busto en vida.

Se olvidó del Cura Brochero leproso, porque ya se había olvidado de él mucho antes: jamás lo había percibido. No lo había visto. Claro que con los ojos del cuerpo lo había visto: incluso lo había llamado para reprenderlo y avisarle que «se metía en política» y que la política había que dejársela a él. Pero al verdadero Padre Brochero, que no se metía en política, no lo vio; vio un fantasma, un reflejo de su propia necedad. Eso sí, cuando Brochero estaba repodrido y desaparecido, entonces se acordó y avisó a Roma que había tenido un santo en su diócesis y que lo mandaran canonizar; y si no lo hizo él, lo hicieron sus sucesores. Porque es muy fácil levantar sepulcros de mármol a los profetas muertos; lo difícil es reconocer como profetas a los profetas vivos, cuando todavía pesan. Un profeta muerto da dinero; un profeta vivo da disgustos.
Así que en este caso (hay otros) falló un poquito la caridad de la Iglesia Argentina; es decir, la Obligación; y que en consecuencia haya fallado proporcionalmente el «derecho» es lógico, por lo menos a los ojos de Dios.
En la Iglesia hay abusos y hay política. La Iglesia está compuesta de almas donde Dios vive, y por eso es algo divino; pero no está com­puesta de angelitos, sino de hombres, es una sociedad de hombres, es decir, un «Gran Animal», como definió Platón; incluso más grande que los otros animales que la rodean; hoy día ¡ay! demasiado grande. Así que la Iglesia tiene necesidad de hacer un mínimum de política, pues tiene un cuerpo; como el hombre tiene necesidad de defecar; pe­ro el hombre no se define por la defecación, a no ser que esté muy enfermo. La política es la operación propia del Gran Animal; y el abu­so vive en la política como en la casa.
Es curioso que los infieles vean en los abusos de la Iglesia algo espe­cial, los ven mucho más graves que en las sociedades civiles; y en eso tienen perfectamente razón. Pero en el mismo instante arrojan su ra­zón a los perros, porque niegan que la Iglesia sea algo especial entre las sociedades (algo divino) y lo niegan en virtud de esos mismos abusos que ellos acaban de estructurar como especiales. Pero no se puede ne­gar que una sociedad sea algo especial por el hecho de que haga abusos especiales; al contrario. No se puede afirmar la existencia del sacrilegio, y en virtud de eso negar la existencia de lo sacro. Porque existan las es­pinas del puerco-espín, no puedo negar al puerco-espín. Que la Iglesia sea un Gran Animal además de ser la Gran Esperanza, ya lo sabíamos. Y que ella hace su política, también.
En otro tiempo, los seglares rajásicos (los Reyes, los Nobles, los «cardinales») eran los órganos por donde la Iglesia hacía su política; los Obispos tendían a ser sátwicos (contemplativos) y a la actividad específicamente religiosa, que era «enseñar»; enseñar lo «sacro». Hoy día los Obispos son los que hacen o quieren hacer política, sin gran ven­taja para el pueblo cristiano. Paciencia, alguien ha de hacerlo. Que les sirva para la humildad saber que ellos son hoy día los órganos de eso; y que sepan también que la diarrea es enfermedad.
Ahora, que sea buena política para el Estado perseguir a la Iglesia, eso yo no lo he dicho ni una vez en todo este artículo. No sean imbé­ciles, las cosas obvias no necesitan que yo las diga. Las cosas difíciles, esas son las que a mí me rinde decir.

Pluma en ristre”, LibrosLibres, octubre 2010, págs. 143-148.