CARIDAD:
Dice
el Señor: “Aprended lo que significa: misericordia quiero y no sacrificio”
(Mat. 9,13; Os. 6,6). Hemos de ejercer en primer lugar la virtud de la caridad,
la cual es el fundamento de la moral; después podemos hacer sacrificios
voluntarios. Tal es el sentido de lo que la Escritura llama sacrificio de
justicia (S. 4,6), o sea que la mejor ofrenda es cumplir bien la que está
mandada, en vez de inventar otras y luego fallar en lo necesario (véase 20, 14
y nota).
(Coment.
a Prov. XXI, 3).
CASTIGO:
Que
Dios manda pruebas medicinales con el fin de castigarnos o corregirnos, es cosa
hermosamente explicada por San Pablo en el capítulo XII de la Epístola a los Hebreos,
donde nos dice, lleno de caritativa suavidad: "Porque el Señor al que
ama le castiga y a cualquiera que recibe por hijo suyo, le azota. Aguantad,
pues, firmes la corrección. Dios se porta con vosotros como con hijos. Porque,
¿cuál es el hijo a quien su padre no corrige? Pero si estáis fuera de la
corrección de que todos han sido participantes, bien se ve que sois bastardos y
no hijos. Por otra parte, si tuvimos a nuestros padres carnales que nos
corrigieran, y a quienes respetábamos, ¿no es mucho más justo que obedezcamos
al Padre de los espíritus, para alcanzar la vida? Y a la verdad, aquéllos por
pocos días nos castigaban a su arbitrio; pero Éste nos amaestra en lo que sirve
para hacernos santos. Es indudable que toda corrección, por de pronto, parece
que no trae gozo, sino pena; mas después producirá en los que son labrados por
ella, fruto apacibilísimo de justicia. Por tanto, volved a levantar vuestras
manos caídas, y fortificad vuestras rodillas debilitadas, marchad por el recto
camino, a fin de que nadie por andar claudicando se descamine, sino antes bien sea
sanado" (Hebreos 12, 6-13).
Ya
los Profetas y sabios del Antiguo Testamento, enseñaban que Dios aborrece al pecado
pero no al pecador y que su amor paternal, está siempre encaminado a corregirlo.
"¿Acaso
quiero Yo la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no antes bien que se convierta
de su mal proceder y viva?" (Ez. 18, 23).
La
misma idea expresa el Libro de la Sabiduría: "A los que andan perdidos, Tú
los castigas, poco a poco; y los amonestas y les hablas de las faltas que
cometen, para que, dejada la malicia, crean en ti" (Sab. 12, 2).
He
aquí todo un sistema de pedagogía divina: Castiga, amonesta, habla con ternura y
suavidad para que el pecador no se pierda. Al castigarnos obra Dios como un
médico. Dice San Juan Crisóstomo: "El médico merece alabanza, no sólo
cuando receta al enfermo la permanencia en deliciosos jardines, tibios baños,
frescas aguas y exquisitos manjares, sino también cuando le hace pasar hambre y
sed, lo recluye en su aposento, lo tiene sujeto en la cama y aun le priva de la
luz del sol, mandando cerrar puertas y ventanas, y cuando corta, raja o
cauteriza y le obliga a tomar pócimas amargas. Haga lo que quiera, nunca deja
de ser el médico, que cura. ¿No es, pues, injusto murmurar contra el Señor
cuando nos trata en idéntica forma?
También
el Apocalipsis nos habla de estas correcciones y nos enseña su carácter de privilegio
al decirnos que Dios reprende y castiga a los que ama (Apoc. 3, 19). Y a fe que
no es difícil reconocer las ventajas de ese amor que nos sana, cuando vemos cómo
el mismo Dios, en los casos de rebeldía, suele retirarse y decir, como en el Salmo
80, ante la dura cerviz de su pueblo: "Pero mi pueblo no ha escuchado la
voz mía; no me obedeció Israel; así los abandoné a los deseos de su corazón,
que sigan sus devaneos" (Salmo 80, 12-13).
Esto
que Dios hizo con el pueblo escogido, lo hizo también con los gentiles
(Hech.14, 15). Por donde vemos que no hay peor castigo que el dejarnos seguir
esa triste libertad para el mal, que los hombres tanto solemos defender.
Abandonarnos a los perversos deseos de nuestro corazón, ¿hay castigo peor que
éste? ¿Acaso no enseña Dios a los padres de familia, que la vara del castigo es
lo que librará a sus hijos de la muerte? (Proverbios 23, 14).
Por
esa libertad de entregarse a sus vicios y concupiscencias, como los paganos, cosechó
el pueblo de Dios frutos amarguísimos (Cfr. Rom. 1, 28).
Ante
tal misterio, exclama el Doctor de Hipona: "¡No haber castigo! ¿Qué mayor castigo?
Si vives mal y Dios te lo tolera, señal es de su grande enojo."
(Job, un libro de consuelo. Ed.
Guadalupe. Bs. As., 1945)
COMPASIÓN:
Cuando vemos en el teatro un
drama triste, lloramos con el personaje que aparece sufriendo, y sin embargo
sabemos muy bien que todo no es más que ficción. Esto nos muestra que esa
compasión no es una espiritualidad, sino que reside en el sentido externo de la
imaginación. La contraprueba sobre el valor de tales sentimientos está en que
al poco rato ya no nos acordamos de esas lágrimas.
San Pedro es un ejemplo
elocuente a costa de cuyos fracasos podemos aprender mucho, como se ha mostrado
en el artículo titulado "El caso de Pedro". La compasión sentimental
del apóstol es la que lo lleva a querer oponerse a la Pasión redentora de
Cristo. Y este sentimiento, que los hombres hallarían nobilísimo, es lo que
despierta en Jesús la más ruda de sus repulsas: "Apártate de mí, Satanás.
Me sirves de tropiezo, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los
hombres" (Mat. XVI, 25). Y esa misma compasión, que tan hermosa parece, es
la que lleva al mismo Pedro a jurar que morirá por su Maestro, y... a negarlo
pocas horas después, delante de una sirvienta inofensiva, es, decir, cuando ni
siquiera corría peligro su vida con decir la verdad.
Aquella tremenda sentencia
de Cristo, tan humillante para nosotros, según la cual lo que es sublime para
los hombres, es despreciable para Dios (Luc. XVI, 15), se ve cumplida en la
repugnancia que nos cuesta admitir esta tesis cristiana sobre la falacia de
nuestra compasión. Porque nos gustaría soberanamente decir que compadecemos
mucho a Cristo en sus dolores, y de ello resultaría una agradable conclusión
sobre la nobleza de que es capaz el corazón humano. Pero Dios nos enseña que no
tenemos motivo para gloriarnos de tal nobleza, porque “no somos suficientes por
nosotros mismos para concebir algún pensamiento, como de nosotros mismos, sino
que nuestra suficiencia viene de Dios” (II Cor. III, 5).
La prueba de los ejemplos
evangélicos es definitiva. Junto a la Cruz de Jesús brillaban por su ausencia
los Apóstoles, discípulos y amigos que tanto lo habían seguido. Y María
“stabat”, es decir, estaba de pie allí y no desfallecía, ni se dice que antes
ni después haya vertido una sola lágrima.
¿Qué había de verterla, si
ella, en su corazón, era el altar donde se consumaba la inmolación de su Hijo
como acto supremo de la caridad de un Dios Padre y de un Dios Hijo hecho
hombre? Y así como el Padre no tuvo esa clase de compasión, y “no perdonó a su
Unigénito; sino que lo entregó a nosotros” (Rom. VIII, 32), así también María
lo habría matado con su mano, como una sacerdotisa sacrificadora del Cordero
divino, si tal hubiera sido la voluntad del Padre. Porque eso es la que la hizo
Madre del Verbo Encarnado: “Quien hace la voluntad de mi Padre, he aquí mi
madre y mis hermanos…” (Mat. XII, 50).
Si Jesús hubiese querido
lágrimas, bien se las habría dado su Madre. No es tal, pues, lo que El quiere,
y así lo dijo a las mujeres que lo lloraban: “No lloréis por mí, sino por
vosotros y vuestros hijos'', es decir, por el misterio de iniquidad que gobierna
al mundo y hace que no aproveche mi Redención. Por donde se ve que derramar una
sola lágrima ante Cristo crucificado, y conceder luego un sólo afecto de
nuestra vida al mundo, “que está todo entero en manos del Maligno” (I Juan, V,
19), es una aberración grotesca. Y como es verdad que todos hemos incurrido en
ella, he aquí una razón suficiente para huir de lágrimas inútiles, y ocupar ese
tiempo en conocer lo que de veras quiere Cristo. Lo que Él ansía hasta el punto
de poner por ello su vida es: que escuchemos las palabras de amor que El nos
dice en el Evangelio, porque esas palabras “son espíritu y son vida” (Juan VI,
64), o sea, son capaces de sacarnos de nuestra propia maldad hasta hacernos
“renacer del Espíritu” (cfr. Juan III, 5). Y si no recurrimos a ese remedio,
sabiendo que es verdaderamente eficaz para hacernos capaces de complacer al
Padre, en lo cual está el ansia toda de Cristo, es porque no tenemos la firme
voluntad de amarlo sobre todas las cosas. Y entonces las lágrimas, francamente,
no están lejos del beso de Judas.
Con esto vemos que la queja
profética del Salmo: “Busqué quien me consolara y no lo hallé” (Sal. LXVIII,
21), no significa pedir lágrimas de compasión; que Jesús no necesita, pues El
es siempre el Hijo amado que hace sin cesar lo que agrada al Padre (Juan VIII,
29), y lo hizo más que nunca en su inmolación (Juan VI, 38-40), al punto de que
el Padre lo ama de un modo especial porque El se inmola por nosotros (Juan X,
17).
Si el corazón del hombre
fuera bueno de suyo, el camino de la compasión sería excelente, y no existiría
el peligro del sentimentalismo; ni podría haber presunción y escondida soberbia
farisaica, en cierta falsa espiritualidad, o mejor dicho cierta falsa mística,
que sólo puede despertarse periódicamente, y que no es sino un desahogo propio,
aunque tiene harta boga durante unos días. Cristo resucitó y ya no muere, dice
San Pablo; ya no sufre, ni puede sufrir. Su Pasión, si le estamos realmente
agradecidos, ha de ser el gran motivo de nuestro gozo, como dice la oración
“Obsecro te” después de la Misa. Porque así le mostraremos que apreciamos el
regalo infinito de su Cruz, que es el cheque con el que El pagó por nosotros.
Miremos, como lección, la
sobriedad insuperable de los Evangelistas en sus relatos de la Pasión. Ni un
adjetivo, ni una palabra de compasión les inspiró el Espíritu Santo. Y no
creeremos que esos autores amaban a Jesús menos que nosotros, porque entonces
sí que sería evidente nuestra presunción.
Cuéntase a este respecto de
San Felipe Neri, que sabía bien lo que era amor, la anécdota picante y sabia de
una señora muy lacrimosa que le había dicho: "Padre, yo quisiera sufrir
tanto como Jesús. Yo quisiera sufrir más que Jesús, para consolarlo en su
Pasión”. El gran Santo la despidió diciéndole que era mejor un poco menos. Y
mientras ella salía, llamó él a unos pilluelos y les dijo que la emprendieran
con esa señora tirándole del rodete, etc. Pocos minutos más, y San Felipe tuvo
que acudir porque la “mártir” estaba estrangulando a los chiquillos. Es de suponer
que el Santo le recordase entonces aquellos anhelos de heroísmo. Más no creamos
que ella estuvo de acuerdo, pues encontraba “muy justo” el castigo de sus
agresores.
Jesús lloró la muerte de su
amigo Lázaro. No se trata, pues, de suprimir las lágrimas en nuestra vida de
relación. Estamos hablando de espiritualidad sobrenatural. Jesús lloró la
iniquidad de Jerusalén. Ahí tenemos el gran motivo para llorar.
“¡Bienaventurados los que lloran!". Recordemos una vez más lo de Jesús a
las mujeres. Lloremos por nosotros y sobre nuestros hijos. Lloremos nuestra
iniquidad propia, rezando el Salmo Miserere, y no sólo en Cuaresma, sino todos
los días. Y tengamos compasión, no del feliz Jesús, que cumplía una epopeya
gloriosa, sino de los infelices por quienes Él la sostuvo hasta inmolarse:
compasión de los pecadores, rogando por ellos. Compasión de los que sufren,
dándoles un consuelo que Jesús recibe como dado a El mismo. Compasión, sobre
todo, de los que ignoran la luz, pues de ésos se compadeció especialmente el mismo
Jesús cuando dijo que andaban “abatidos y esquilmados como ovejas sin pastor”
(Mat. IX, 56).
Jesús es un gran Rey, “todo
deseable”, como dice el Cantar. Para poder desearlo, con nuestro corazón
mezquino, necesitamos admirarlo y codiciar sus promesas. Porque ya lo hemos
dicho: la compasión no dura, y la lástima no está muy lejos del menosprecio.
“Hombre pobre hiede a muerto”, dice el refrán. El que pretendiera tener corazón
de gigante, no sólo se equivocaría lamentablemente, como enseña San Pablo, sino
que se estaría inventando un camino propio de santificación, muy lejano de
agradar a Cristo. Porque lo que Él quiere, aunque parezca muy raro a la
soberbia estoica, es que tengamos corazón de niño.
El que lo tiene será el
primero en el Reino, dice Jesús. Y también dice que no hay otro camino y que el
que no lo tiene no entrará de ningún modo (Lc. XVIII, 17).
(Espiritualidad Bíblica, ed. Plantín, Bs. As., 1949)