Dom Prosper Guéranger – El año
litúrgico
El
gran día que consuma la obra divina en el género humano ha brillado por fin
sobre el mundo. “El día de Pentecostés—como dice San Lucas—se ha
cumplido". Desde Pascua hemos visto deslizarse siete semanas; he aquí el día
que le sigue y hace el número misterioso de cincuenta. Este día es Domingo,
consagrado al recuerdo de la creación de la luz y la Resurrección de Cristo;
le va a ser impuesto su último carácter, y por él vamos a recibir “la plenitud
de Dios”
PENTECOSTÉS JUDÍA. —
En el reino de las figuras, el Señor marcó ya la gloria del quincuagésimo
día. Israel había tenido, bajo los auspicios del Cordero Pascual, su paso a
través de las aguas del mar Rojo. Siete semanas se pasaron en ese desierto que
debía conducir a la tierra de Promisión, y el día que sigue a las siete semanas
fue aquel en que quedó sellada la alianza entre Dios y su pueblo. Pentecostés
(día cincuenta) fue marcado por la promulgación de los diez mandamientos de la
ley divina, y este gran recuerdo quedó en Israel con la conmemoración anual de
tal acontecimiento. Pero así como la Pascua, también Pentecostés era profético:
debía haber un segundo Pentecostés para todos los pueblos, como hubo una
segunda Pascua para el rescate del género humano. Para el Hijo de Dios,
vencedor de la muerte, la Pascua con todos sus triunfos; y para el Espíritu
Santo Pentecostés, que le vio entrar como legislador en el mundo puesto en
adelante bajo la ley.
PENTECOSTÉS CRISTIANA. —
Pero ¡qué diferencia entre las dos fiestas de Pentecostés! La primera, sobre
los riscos salvajes de Arabia, entre truenos y relámpagos, intimando una ley
grabada en dos tablas de piedra; la segunda en Jerusalén, sobre la cual no ha
caído aún la maldición, porque hasta ahora contiene las primicias del pueblo
nuevo sobre el que debe ejercer su imperio el Espíritu de amor. En este segundo
Pentecostés, el cielo no se ensombrece, no se oyen los estampidos de los rayos;
los corazones de los hombres no están petrificados de espanto como a la falda
del Sinaí; sino que laten bajo la impresión del arrepentimiento y acción de gracias.
Se ha apoderado de ellos un fuego divino y este fuego abrasará la tierra
entera. Jesús había dicho: "He venido a traer fuego a la tierra y ¡qué
quiero sino que se encienda!”. Ha llegado la hora, y el que en Dios es Amor, la
llama eterna e increada, desciende del cielo para cumplir la intención misericordiosa
del Emmanuel.
En
este momento en que el recogimiento reina en el Cenáculo. Jerusalén está llena
de peregrinos, llegados de todas las regiones de la gentilidad, y algo extraño
agita a estos hombres hasta el fondo de su corazón. Son judíos venidos para la
fiesta de Pascua y de Pentecostés, de todos los lugares donde Israel ha ido a
establecer sus sinagogas. Asia, África, Roma incluso, suministran todo este
contingente. Mezclados con los judíos de pura raza, se ve a paganos a quienes
cierto movimiento de piedad ha llevado a abrazar la ley de Moisés y sus
prácticas; se les llama Prosélitos. Este pueblo móvil que ha de dispersarse
dentro de pocos días, y a quienes ha traído a Jerusalén sólo el deseo de
cumplir la ley, representa, por la diversidad de idiomas, la confusión de
Babel; pero los que le componen están menos influenciados de orgullo y de
prejuicios que los habitantes de Judea. Advenedizos de ayer, no han conocido ni
rechazado como estos últimos al Mesías, ni han blasfemado de sus obras, que
daban testimonio de él. Si han gritado ante Pilatos con los otros Judíos para
pedir que el Justo sea crucificado, fue porque fueron arrastrados por el
ascendiente de los sacerdotes y magistrados de esta Jerusalén, hacia la cual
les había conducido su piedad y docilidad a la ley.
EL
SOPLO DEL ESPÍRITU SANTO. — Pero ha llegado la hora, la hora de Tercia, la hora
predestinada por toda la eternidad, y el designio de las tres divinas personas,
concebido y determinado antes de todos los tiempos, se declara y se cumple. Del
mismo modo que el Padre envió a este mundo, a la hora de medianoche, para
encarnarse en el seno de María a su propio Hijo, a quien engendra eternamente: así
el Padre y el Hijo envían a esta hora de Tercia sobre la Tierra el Espíritu
Santo que procede de los dos, para cumplir en ella, hasta el fin de los
tiempos, la misión de formar a la Iglesia esposa y dominio de Cristo, de
asistirla y mantenerla y de salvar y santificar las almas.
De
repente se oye un viento violento que venía del cielo; rugió fuera y llenó el
Cenáculo con su soplo poderoso. Fuera congrega alrededor del edificio que está
puesto en la montaña de Sión una turba de habitantes de Jerusalén y
extranjeros; dentro, lo conmueve todo, agita a los ciento veinte discípulos del
Salvador y muestra que nada le puede resistir. Jesús había dicho de él: “Es un
viento que sopla donde quiere y vosotros escuchéis resonar su voz”; poder
invisible que conmueve hasta los abismos, en las profundidades del mar, y lanza
las olas hasta las nubes. En adelante este viento recorrerá la tierra en todos
los sentidos, y nada puede sustraerse a su dominio.
LAS
LENGUAS DE FUEGO. — Sin embargo, la santa asamblea que estaba completamente
absorta en el éxtasis de la espera conservó la misma actitud. Pasiva al esfuerzo
del divino enviado, se abandona a él. Pero el soplo no ha sido más que una
preparación para los que están dentro del Cenáculo, y a la vez una llamada para
los de fuera. De pronto una lluvia silenciosa se extiende por el interior del
edificio, lluvia de fuego, dice la Santa Iglesia, “que arde sin quemar, que
luce sin consumir"; unas llamas en forma de lenguas de fuego se colocan
sobre la cabeza de cada uno de los ciento veinte discípulos. Es el Espíritu
divino que toma posesión de la asamblea en cada uno de sus miembros. La Iglesia
ya no está sólo en María; está también en los ciento veinte discípulos. Todos
ahora son del Espíritu Santo que ha descendido sobre ellos; se ha comenzado su
reino, se ha proclamado y se preparan nuevas conquistas.
Pero
admiremos el símbolo con que se obra esta revolución. El que no ha mucho se
mostró en el Jordán en la hermosa forma de una paloma aparece ahora en la de
fuego. En la esencia divina él es amor; pero el amor no consiste sólo en la
dulzura y la ternura, sino que es ardiente como el fuego. Ahora, pues, que el
mundo está entregado al Espíritu Santo es necesario que arda, y este incendio
no se apagará nunca. ¿Y por qué la forma de lenguas, sino porque la palabra
será el medio de propaganda de este incendio divino? Estos ciento veinte
discípulos hablarán del Hijo de Dios, hecho hombre y Redentor de todos, del
Espíritu Santo que remueve las almas y del Padre celestial que las ama y las
adopta; y su palabra será acogida por un gran número. Todos los que la reciban
estarán unidos en una misma fe, y la reunión que formen se llamará Iglesia
católica, universal, difundida por todos los tiempos y por todos los lugares.
Jesús había dicho: ‘Id, enseñad a todas las naciones.” El Espíritu trae del
cielo a la tierra la lengua que hará resonar esta palabra y el amor de Dios y
de los hombres que la ha de inspirar. Esta lengua y este amor se han difundido
en los hombres, y con la ayuda del Espíritu, estos mismos hombres la
transmitirán a otros hasta el fin de los siglos.
DON
DE LENGUAS. —- Sin embargo de eso, parece que un obstáculo sale al paso a esta
misión. Desde Babel el lenguaje humano se ha dividido y la palabra de un pueblo
no se entiende en el otro. ¿Cómo, pues, la palabra puede ser instrumento de
conquista de tantas naciones y cómo puede reunir en una familia tantas razas
que se desconocen? No temáis: el Espíritu omnipotente ya lo ha previsto. En esa
embriaguez sagrada que inspira a los ciento veinte discípulos les ha conferido
el don de entender toda lengua y de hacerse entender ellos mismos. En este
mismo instante, en un transporte sublime, tratan de hablar todos los idiomas de
la tierra, y la lengua, como su oído, no sólo se prestan sin esfuerzo, sino con
deleite a esta plenitud de la palabra que va a establecer de nuevo la comunión
de los hombres entre sí. El Espíritu de amor hizo cesar en un momento la
separación de Babel, y la fraternidad primitiva reaparece con la unidad de
idioma.