RAFAEL
GAMBRA
SENTIDO
CRISTIANO
DE LA ACCIÓN
«Nada
puede comprenderse de la civilización moderna -ha escrito Bernanos- si no se
admite previamente que constituye una inmensa conspiración contra toda clase de
vida interior».
Por
ello mismo esta civilización, en medio de su brillo y sus conquistas técnicas,
es también una conspiración contra el sentido
de la vida, es decir, una frustración universal. En el condicionamiento
mutuo que se da entre la vida humana y los medios para su mantenimiento se
crearía un círculo sin sentido (los medios se ordenarían a la vida y la vida a
la adquisición de esos medios) por modo tal que suprimidos ambos términos (vida
y medios), nada se habría perdido. Es justamente el instante contemplativo lo
que rompe ese círculo de la praxis hacia
una vivencia humana con valor propio y liberador.
La
civilización contemporánea — civilización de los medios, del dinamismo y de la
eficacia— niega o excluye de sí toda exigencia de contemplación tanto natural
como sobrenatural y hace de los contemplativos unos extraños a su tiempo y a su
medio humano. Nuestra época, en efecto, los considera inútiles y parásitos o,
en lenguaje marxista, irremediablemente «alienados». A lo más, se los disculpa
por ser pobres o poco costosos para la economía general, y, si alguien llega a
defenderlos, lo hace en su calidad (utilitaria) de pararrayos de la justicia o
de la cólera divina por el apartamiento y austeridad de sus vidas. Pero nadie
se atreve a sostener hoy su valor en sí, incluso en el ámbito humano, corno término
o resolución de la vida misma en aquello que posee de más propiamente humano.
La
antigua cultura griega nos ha legado algunos mitos desesperados que simbolizan
premonitoriamente lo que podría ser una civilización del activismo y de la
temporalidad fluyente. El mito de Sísifo, por ejemplo, que, entregado a una
actividad absoluta y sin término contra el consejo de su padre, se vio
condenado por los dioses a subir eternamente un peñasco que, no asentándose
jamás, rodaba, siempre por la ladera de la montaña. O el de Cronos o Saturno —el
Tiempo— devorando a sus propios hijos (hijos de la temporalidad, cronólatras). Y en los albores de
nuestra época, el mito de Fausto —símbolo de esta que se ha llamado
civilización fáustica— es en el momento en que el doctor Fausto pretende
sustituir el "en el principio era el Verbo” por “en el principio era la
acción” cuando le aparece el Diablo y toma posesión de su alma.
* * *
Para
comprender el sentido último de la contemplación y la relación que guarda con la
acción creo necesario partir de la vieja idea griega del mundo como cosmos o
universo ordenado, frente al caos o realidad exterior, sin orden ni medida, que
precede y rodea al cosmos. El Cosmos es e1 habitáculo del hombre, mundo
inteligible donde la razón y la voluntad humanas pueden conocer y decidir. Es
curioso cómo la palabra griega οἶκος significa tanto la casa (de ahí economía,
norma de gobierno doméstico y prudencia económica, virtud rectora de la casa o
familia) como el universo, concebido como casa o medio del hombre. Para la
concepción judeo-cristiana esta idea de cosmos se traduce (con diferencias y
analogías) por la de Creación: el mundo como obra radical de Dios (ex nihilo) y, como tal ordenado, dotado
de sentido, inteligible. De esa noción del orden universal como casa o morada
del hombre derivan dos calificativos que pueden aplicarse a la iglesia de
Cristo: católica y ecuménica, por
cuanto es universal por el destino y vocación de su mensaje y no de este país o
tiempo (calificativos sinónimos, pero que hoy —por extrañas mutaciones
semánticas y terminológicas — han venido a contraponerse, por modo que al
católico consciente le repugna el ecumenismo, como al ecumenista repugna el
catolicismo real).
¿En
qué sentido puede decirse que este mundo en que vivimos —obra de Dios y morada
del hombre— es un cosmos o universo ordenado? La armonía o adecuación de medios
a fines es algo que salta a la vista, a la mentalidad y a la observación del
hombre normal. Sin embargo, han sido muchos las intentos, desde el atomismo de
Demócrito hasta las modernas concepciones racionalistas —mecanicismo,
evolucionismo— para explicar el aparente orden finalista del mundo como
resultado casual de una fuerza eficiente, ciega, que se desarrolla y complica
en un entrecruzamiento de átomos o en un impulso evolutivo creador. Coincide
justamente con el predominio de esta mentalidad eficientista en nuestra época
el menosprecio y abandono de la vida contemplativa a título de inútil o
''alienada", y el canto a la acción y a la eficacia. La noción de un cosmos
o universo ordenado supone la existencia de unas causas finales —más o menos
remotas o inmanentes — concebidas por una mente superior y trascendente al
mundo mismo, esto es, la existencia de Dios, causa final última y supremo
ordenador del mundo. Su existencia y la existencia de la finalidad —causa
casarum— es lo que justifica la tendencia contemplativa, la contemplación
misma.
“Cabe reflexionar sobre el contraste que
media entre la simbolización plástica del sabio —o del pensar humano— en el hoy
y en el ayer”.


