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domingo, 7 de septiembre de 2014

SENTIDO CRISTIANO DE LA ACCIÓN - RAFAEL GAMBRA



RAFAEL GAMBRA


SENTIDO CRISTIANO
 DE LA ACCIÓN

  





«Nada puede comprenderse de la civilización moderna -ha escrito Bernanos- si no se admite previamente que constituye una inmensa conspiración contra toda clase de vida interior».

Por ello mismo esta civilización, en medio de su brillo y sus conquistas técnicas, es también una conspiración contra el sentido de la vida, es decir, una frustración universal. En el condicionamiento mutuo que se da entre la vida humana y los medios para su mantenimiento se crearía un círculo sin sentido (los medios se ordenarían a la vida y la vida a la adquisición de esos medios) por modo tal que suprimidos ambos términos (vida y medios), nada se habría perdido. Es justamente el instante contemplativo lo que rompe ese círculo de la praxis hacia una vivencia humana con valor propio y liberador.

La civilización contemporánea — civilización de los medios, del dinamismo y de la eficacia— niega o excluye de sí toda exigencia de contemplación tanto natural como sobrenatural y hace de los contemplativos unos extraños a su tiempo y a su medio humano. Nuestra época, en efecto, los considera inútiles y parásitos o, en lenguaje marxista, irremediablemente «alienados». A lo más, se los disculpa por ser pobres o poco costosos para la economía general, y, si alguien llega a defenderlos, lo hace en su calidad (utilitaria) de pararrayos de la justicia o de la cólera divina por el apartamiento y austeridad de sus vidas. Pero nadie se atreve a sostener hoy su valor en sí, incluso en el ámbito humano, corno término o resolución de la vida misma en aquello que posee de más propiamente humano.

La antigua cultura griega nos ha legado algunos mitos desesperados que simbolizan premonitoriamente lo que podría ser una civilización del activismo y de la temporalidad fluyente. El mito de Sísifo, por ejemplo, que, entregado a una actividad absoluta y sin término contra el consejo de su padre, se vio condenado por los dioses a subir eternamente un peñasco que, no asentándose jamás, rodaba, siempre por la ladera de la montaña. O el de Cronos o Saturno —el Tiempo— devorando a sus propios hijos (hijos de la temporalidad, cronólatras). Y en los albores de nuestra época, el mito de Fausto —símbolo de esta que se ha llamado civilización fáustica— es en el momento en que el doctor Fausto pretende sustituir el "en el principio era el Verbo” por “en el principio era la acción” cuando le aparece el Diablo y toma posesión de su alma.

* * *

Para comprender el sentido último de la contemplación y la relación que guarda con la acción creo necesario partir de la vieja idea griega del mundo como cosmos o universo ordenado, frente al caos o realidad exterior, sin orden ni medida, que precede y rodea al cosmos. El Cosmos es e1 habitáculo del hombre, mundo inteligible donde la razón y la voluntad humanas pueden conocer y decidir. Es curioso cómo la palabra griega οἶκος significa tanto la casa (de ahí economía, norma de gobierno doméstico y prudencia económica, virtud rectora de la casa o familia) como el universo, concebido como casa o medio del hombre. Para la concepción judeo-cristiana esta idea de cosmos se traduce (con diferencias y analogías) por la de Creación: el mundo como obra radical de Dios (ex nihilo) y, como tal ordenado, dotado de sentido, inteligible. De esa noción del orden universal como casa o morada del hombre derivan dos calificativos que pueden aplicarse a la iglesia de Cristo: católica y ecuménica, por cuanto es universal por el destino y vocación de su mensaje y no de este país o tiempo (calificativos sinónimos, pero que hoy —por extrañas mutaciones semánticas y terminológicas — han venido a contraponerse, por modo que al católico consciente le repugna el ecumenismo, como al ecumenista repugna el catolicismo real).

¿En qué sentido puede decirse que este mundo en que vivimos —obra de Dios y morada del hombre— es un cosmos o universo ordenado? La armonía o adecuación de medios a fines es algo que salta a la vista, a la mentalidad y a la observación del hombre normal. Sin embargo, han sido muchos las intentos, desde el atomismo de Demócrito hasta las modernas concepciones racionalistas —mecanicismo, evolucionismo— para explicar el aparente orden finalista del mundo como resultado casual de una fuerza eficiente, ciega, que se desarrolla y complica en un entrecruzamiento de átomos o en un impulso evolutivo creador. Coincide justamente con el predominio de esta mentalidad eficientista en nuestra época el menosprecio y abandono de la vida contemplativa a título de inútil o ''alienada", y el canto a la acción y a la eficacia. La noción de un cosmos o universo ordenado supone la existencia de unas causas finales —más o menos remotas o inmanentes — concebidas por una mente superior y trascendente al mundo mismo, esto es, la existencia de Dios, causa final última y supremo ordenador del mundo. Su existencia y la existencia de la finalidad —causa casarum— es lo que justifica la tendencia contemplativa, la contemplación misma.


“Cabe reflexionar sobre el contraste que media entre la simbolización plástica del sabio —o del pensar humano— en el hoy y en el ayer”.

lunes, 28 de octubre de 2013

LA ACCIÓN




Los guerreros lucharán, y Dios dará la victoria.

Es odioso el engaño de ese pietismo, que se cree sobrenatural, porque está desencarnado, en el que la oración lejos de esclarecer, lejos de fortificar la acción se convierte en argumento de negligencia, de pasividad, de inconsecuencia. Actitud que tiene tanto éxito porque favorece una tendencia natural a la pereza, al esfuerzo efímero quizá, pero elemental, superficial, sin resultados duraderos y serios. Sobrenaturalismo siempre dependiente de lo que es camino extraordinario en la piedad. Espera en un milagro, en la realización de una profecía según la cual todo se arreglará algún día por simple intervención divina, sin que haya necesidad de entremezclarse en ello. Pero ¿quién tomará a esta caricatura por la piedad verdadera, de la que los santos han ardido? Esta piedad que le valió al doctor de Poitiers la respuesta de Juana:—“Decís que Dios quiere librar al pueblo de Francia de sus calamidades; pues si lo quiere, no le será necesario poner en movimiento a los guerreros”. —“En nombre de Dios—respondió la joven—los guerreros lucharán y Dios dará la victoria”.

 Esta es, en efecto, la respuesta más ortodoxa tanto en la esfera natural como en la sobrenatural.

Orar, como si nuestra acción debiera ser inútil, y actuar, como si nuestra oración pudiera serlo también.

¿No es monstruoso que una cierta rectitud doctrinal pueda no incitarnos a la acción?

Se ha dicho: “El mundo cristiano se presenta como el defensor de una mística verdadera pero que ya no la vive; frente a un adversario que es promotor de una mística falsa, pero vivida, servida intensamente”.

¿Hay perversión más sutil y más grave, que la de una ortodoxia del pensamiento satisfecha de sí misma, pero indiferente a la infecundidad de lo verdadero, al triunfo del mal?

Una ortodoxia completamente cerebral y especulativa no es suficiente. Es necesario, para ser realmente, vitalmente ortodoxo, no solamente la ortodoxia de la inteligencia; sino, si se pudiera decir, la ortodoxia de la voluntad. La cual se manifiesta ante todo por una facultad normal de entusiasmo y de indignación. Y, ciertamente, no por esta actitud de soberana indiferencia, que algunos quisieran llamar prudencia y dominio de sí mismos.

“La frecuencia, el poderío del crimen, escribe el Cardenal Ottaviani, han embotado, desgraciadamente, a la sensibilidad cristiana, aun entre los cristianos. No solamente como hombres, sino como cristianos, ya no reaccionan, ya no vibran. ¿Cómo pueden sentirse cristianos, si son insensibles a las heridas hechas al cristianismo?

“... Da escalofríos pensar en todos esos cristianos que están encarcelados con sus pastores... se creería que íbamos a asistir a una protesta semejante al rugido del océano, a un levantamiento de la humanidad, a un clamor de reprobación semejante a un grito de lamentación que no se puede refrenar. Nada de eso. Cierta prensa totalmente absorbida por las vicisitudes de la vida de los campeones, de los actores, por las crónicas de sucesos, ignora lo que todo el mundo sabe: que hay multitud de hombres en prisión o en trabajos forzados, muchos ferozmente atenazados, que no pueden salir, ni siquiera por dos días, de su país y de su casa...“

“Todo se puede, menos vivir en este estado de insensibilidad. Porque la vida se prueba por la sensación del dolor, por la vivacidad (la palabra es sugestiva) con que se reacciona a la herida, con prontitud y la potencia de la reacción. En la podredumbre y en la descomposición ya no se reacciona”.

Dios no niega al impío el triunfo de su trabajo.

No hay ninguna organización, ningún partido, ningún clan, ninguna secta, que no tenga hoy un plan que proponer, y que no se afane en hacerlo aceptar. Sólo los cristianos vamos a remolque, osando considerar como rasgos de virtud el hecho de adoptar más bien las tesis del enemigo, en vez de proclamar “triunfalmente” las nuestras.