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miércoles, 16 de marzo de 2016

LA MORTIFICACIÓN - SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO





Sin mortificación no hay perfección

En nuestro corazón, como en los jardines, nacen siempre hierbas salvajes y venenosas; es, pues, nece­sario tener siempre en la mano el zarcillo de la santa mortificación, para arrancarlas y arrojarlas fuera del jardín, de lo contrario, el alma acabará por conver­tirse en un campo de maleza y de espinas.

“Véncete a ti mismo”. Ese era el gran principio de San Ignacio de Loyola y el asunto ordinario de las conferencias familiares a sus religiosos: venced el amor propio, quebrad la propia voluntad. Y asegu­raba que muy pocas, aun entre las almas de oración, se hacían santas, porque eran muy pocas las que se aplicaban a vencerse a sí mismas. “De cien personas de oración -solía decir-, más de noventa obran por propia voluntad”. Y consecuente con sus principios, daba más importancia a un acto de mortificación de la propia voluntad que a muchas horas de oración rebosantes de consuelos espirituales.

“¿Qué gana una plaza con tener las puertas cerra­das -dice Gilberto-, si dentro está el gran enemigo, el hambre, cubriéndola de luto?” ¿De qué sirve morti­ficar los sentidos externos y hacer muchas devocio­nes, si se fomenta en el corazón aquella pasión, aquel culto a la propia voluntad, aquel rencor, o cualquier otro enemigo que lo va arruinando?”.

 Decía San Francisco de Borja que la oración intro­duce en el corazón el amor divino; pero la mortificación es la que lo prepara, sacando de él la tierra que le impediría entrar.

Si uno va a la fuente por agua, necesita desocupar antes de tierra el cántaro, si no quiere llevar barro en vez de agua.

El padre Baltasar Álvarez escribió esta gran sentencia: “Ejercicios o actos de oración sin mortifica­ción, o son ilusorios o no son de duración”. Y San Ignacio de Loyola decía “que más se une con Dios el alma mortificada en un cuarto de hora de oración que la no mortificada en largas horas”: y cuando oía que alababan a alguno como alma de mucha oración, concluía: “Es señal de que tendrá también mucha mortificación”.

Hay personas que abundan en oraciones, medita­ciones, comuniones, ayunos y otras penitencias cor­porales; pero dejan a un lado el vencimiento propio y el de sus pasioncillas, resentimientos, aversiones, curiosidad, aficiones peligrosas; no saben sufrir las contrariedades, o despegarse de ciertas personas, o sujetar su voluntad a la obediencia o a la divina voluntad. ¿Qué progresos podrán hacer tales perso­nas en las vías de la perfección? Se hallan siempre con los mismos defectos y “corriendo fuera del camino”, como dijo San Agustín; corren, o mejor dicho, tienen la ilusión de que corren, practicando sus ejer­cicios de piedad; pero en realidad están siempre fuera de la senda de la perfección, que consiste en vencer­se a sí mismo, según aquellas palabras de Tomás de Kempis: “Tanto adelantarás cuanta sea la violencia que te hagas”.

domingo, 6 de marzo de 2016

PERSECUCIÓN Y DIFAMACIÓN QUE SUFRIERON LOS SANTOS







Todos los santos han sufrido persecución en este mundo:

San Basilio fue acusado ante el Papa San Dámaso como hereje.

San Cirilo de Alejandría fue condenado, como hereje, en un concilio de 40 obispos y depuesto de su obispado.

San Atanasio fue acusado de hechicero.

San Juan Crisóstomo fue calumniado de impureza.

San Romualdo, ya más que centenario, se le acusó de un pecado nefando por el cual, según algu­nos decían, debía ser quemado vivo.

San Francisco de Sales fue infamado de sostener relaciones criminales con una cortesana. Tres años llevó sobre sí la mancha de aquella acusación, hasta que se descubrió su inocencia.

De Santa Liduvina se cuenta que entró cierto día una mujer en su cuarto y comenzó a arrojarle a la cara las injurias más horribles que se pueden decir a una mujer; y como la santa no perdía la paz acostum­brada, aquélla se enfureció más y se puso a escupir­le en el rostro; y viendo que la santa tampoco se alte­raba, comenzó a dar alaridos como una loca.

No hay más camino que la Cruz; todos los que quieran vivir en Cristo Jesús -nos advierte el Apóstol- sufrirán persecución (2 Tm. 3,12).

Si no queréis persecuciones -añade San Agustín- ­es de sospechar que todavía no habéis comenzado a seguir a Jesucristo. ¿Quién ha habido más inocente y más santo que el divino Salvador? Pues, a pesar de eso, tanto le persiguieron los hombres, que no para­ron hasta verle expirar en una Cruz, desgarrado y cubierto de ignominia; he ahí por qué San Pablo, para animarnos a sufrir con resignación las persecu­ciones, nos exhorta: Tened siempre presente a Aquél que padeció la persecución de los pecadores, levan­tados contra Él (Heb. 12,3).

Tened la seguridad de que, si sufrís con paciencia las persecuciones, Dios saldrá a vuestra defensa, y si permitiera que en este mundo quedarais difamados, será con el fin de poder recompensar en la otra vida vuestra paciencia con honra incomparablemente mayor.


(San Alfonso María de Ligorio, “El que quiera venirse conmigo”, Ed. Apostolado Mariano, Sevilla)

viernes, 3 de abril de 2015

MEDITACIÓN DE LA PASIÓN DE CRISTO




« Nuestro tiempo no es tiempo de temor ya que somos testigos de un Dios que ofreció la vida para lograr hacerse amar. La pasión de Jesús fue llamada un exceso, por lo cual nadie que la medite podrá seguirle a medias.

Si quieres crecer en la vida del espíritu, piensa todos los días en los padecimientos del Señor porque pensando en ellos es imposible que no te llenes de amor y fortaleza; amor capaz de relativizar los demás efectos en comparación con el suyo, y fortaleza para sobrellevar con gozo las pruebas y las cargas inevitables de la vida.

¿Quién podrá desesperarse o irritarse por lo injusto de sus sufrimientos viendo a Jesús herido y despedazado? ¿Quién rehusará sujetarse a las exigencias del bien común al recordar a Cristo obediente hasta la muerte? ¿Quién podrá temer si se abraza a la cruz de nuestro Redentor?

Se lamentaba Santa Teresa de que algunos libros le hubieran aconsejado dejar de meditar la pasión, porque la humanidad de Cristo hubiera pudiera impedirle la contemplación de su divinidad; y consciente del error exclamaba: "Oh Señor y bien mío, Jesús crucificado, me parecía haberte hecho una gran traición, pues ¿de dónde me vinieron todos los bienes sino de vuestra cruz?".

Decía San Pablo que solo ambicionaba saber la ciencia de la cruz, es decir, el amor que ella encierra: "Pues no quise entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado" (1 Co 11,2).

Preguntado San Buenaventura de dónde sacaba tan copiosa y excelente doctrina como ponía en sus obras, dijo mostrando un crucifijo: "Este es el libro que me dicta todo lo que escribo. Aquí he aprendido lo poco que sé".

¿Dudarías de consagrarte por entero al Redentor si verdaderamente conocieras el misterio de la cruz? ¿Cómo habiéndote amado hasta la locura no ha logrado aún gobernarte el corazón? Ten presente que "Cristo murió por todos, para que los que viven no vivan para sí, sino para El que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5,15) .»

San Alfonso María de Ligorio



DIOS ES AMOR





“Muéstrasenos Jesucristo pendiente de una cruz, atravesado con tres clavos, arroyado en sangre todo su sacratísimo Cuerpo, y agonizando en medio de un piélago de dolores. Y yo pregunto: ¿Por qué el Dios Humanado se ofrece a nuestras miradas en un estado tan conmovedor? ¿Es sólo para excitar nuestra compasión? No, por cierto: si quiso reducirse a tan lastimoso estado, no fue tanto para enternecernos con sus padecimientos, como para que le amásemos. Harto nos había obligado a amarle al declararnos que nos ama desde toda la eternidad. Te amé-dice a cada uno de nosotros- con eterno amor (Jr. 31, 3). Mas, al ver que esto no bastaba para arrancarnos de nuestra tibieza, y con el fin de inducirnos a amarle como El lo deseaba, quiso probarnos de una manera práctica y con hechos el amor que nos tenía; y, para ello, se presentó a nuestra vista cubierto de heridas y acabado de dolores en las agonías de la muerte por nuestro bien y remedio, a fin de hacernos comprender el tierno e inmenso amor en que por nosotros se abrasa su Corazón. Que es, cabalmente, lo que por admirable manera expresa San Pablo al decir: Cristo Jesús nos amó, y se entregó a Sí mismo por nosotros (Ef. 5,2).”


San Alfonso María de Ligorio, “Dios es amor”. 

domingo, 15 de marzo de 2015

ACERCA DE LA DEPOSICIÓN DEL PAPA EN JUAN DE SANTO TOMÁS - R.P. PIERRE MARIE DE AVRILLÉ Parte 4


Anexos

Damos aquí algunos otros textos de autores tomistas  que comparten la opinión de Cayetano y Juan de Santo Tomás: Bañez, los Carmelitas de Salamanca, Billuart y el P. Garrigou-Lagrange.

Báñez

Domingo Báñez o Bannez O.P. (1528-1604) es uno de los más ilustres teólogos del siglo 16, la edad de oro de la teología en España (con Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano, Bartolomé de Medina y Pedro de Sotomayor).
Báñez es considerado, a justo título, como uno de los comentadores más profundos y los más seguros de la doctrina de santo Tomás. Su estilo es claro, sobrio y vigoroso, sin oscuridad ni falsa elegancia. Su erudición es abundante, sin ostentación ni sobrecargado. Su poder lógico y su inteligencia de la metafísica son particularmente remarcables, y en este terreno él sobrepasó a sus maestros y cofrades más célebres [i].

En su comentario de la Summa teológica (II-II, p. 1, a. 10), él defiende la siguiente opinión:

Si el pontífice supremo cae en la herejía, él no pierde enseguida la dignidad pontifical, antes de que sea depuesto por la Iglesia.

Él explica que cierto número de teólogos piensan que el papa convertido en hereje pierde inmediatamente su poder. Pero la opinión que defiende es la de Cayetano, del cual resume los argumentos:

1. Los otros obispos, si se vuelven herejes, conservan su dignidad episcopal hasta que sean depuestos por el papa. […]

2. Si el pontífice vuelto hereje está dispuesto a corregirse, no debe ser depuesto, como lo admiten incluso aquellos que sostienen la opinión contraria, por lo que no deja de ser papa.  […]

Enseguida examina una objeción contra su tesis, y este es el pasaje más interesante para nuestro estudio:

Se nos objeta que el soberano pontífice deja de ser cabeza de la Iglesia desde el momento que cae en herejía, y por lo tanto deja de ser papa. “Desde que cae en la herejía deja de ser miembro de la Iglesia y por lo tanto de ser cabeza”.Respondemos fácilmente a esta objeción con la doctrina que dimos explicando la definición de la Iglesia. El soberano pontífice no es dicho cabeza de la Iglesia en razón de su santidad o de su fe, pues no es así que el influye sobre los otros miembros, sino que es dicho cabeza de la Iglesia en razón de su oficio ministerial que aspira a gobernar la Iglesia definiendo la verdad, estableciendo leyes,  administrando los sacramentos, todas las cosas que son ejercidas exteriormente según la jerarquía eclesiástica visible, y por así decirlo, palpable. Por otra parte, el hecho de que el pontífice, a causa de la herejía, deje de ser miembro de Cristo porque deja de recibir de Él la influencia espiritual con miras a su propia santificación, no le impide ser dicho el miembro principal de la Iglesia, a saber, su cabeza, en cuanto al gobierno eclesiástico. De la misma manera el jefe del Estado es dicho la cabeza de la república. Como la noción de miembro es empleada metafóricamente, hemos dicho anteriormente que puede haber allí diversos puntos de vista de la metáfora: según un punto de vista [NDLR: la influencia espiritual recibida de Cristo] el pontífice no es miembro de Cristo o de la Iglesia, y según otro [NDLR: el poder de gobernar] él es miembro de ella.

Los carmelitas de Salamanca

La composición del Cursus theologicus salmanticensis se extiende durante unos setenta años, durante los tres últimos cuartos del siglo 17. Es un célebre curso de teología compuesto por seis teólogos carmelitas descalzos del convento San Elías de Salamanca. Este convento fue fundado en 1581, viviendo y según el consejo de Santa Teresa de Ávila.

Ellos se preguntan si el papa, en cuanto doctor particular, puede volverse hereje. Ellos citan algunos autores que piensan que no es posible (Pighi, Belarmino, Suárez), luego continúan:

La opinión contraria (que afirma que el soberano pontífice como doctor particular puede equivocarse, no solamente sobre los objetos secundarios sino incluso sobre las cosas de la fe, y no solamente un error no culpable proveniente de la ignorancia o de la negligencia, sino también con pertinacia de suerte que sea hereje) es mucho más probable (longe probabilior) y más común entre los teólogos.

Entre las razones que dan en favor de su opinión, está la siguiente:

viernes, 9 de enero de 2015

DE LA BLASFEMIA - POR SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO





Cum ergo videritis abominationem desolationis.
Cuando veréis la abominación desoladora.
(Matth. XXIV. 15)

Dios abomina todos los pecados; pero, especialmente, el de la blasfemia; porque, aunque todos ofenden a Dios, y ceden en deshonra del Señor, como dice el Apóstol: Per prœvaricationem legis Deus inhonoras. (Rom. II, 23). Sin embargo, si bien los demás pecados le deshonran indirectamente, quebrantando su ley, la blasfemia le deshonra directamente, maldiciendo su santo nombre. Nihil ita exacerbat Deum, sicut quando nomen ejus blasphematur. Permitidme, pues, amados cristianos, que os haga ver en este día:

Punto 1. CUAN GRANDE ES EL PECADO DE LA BLASFEMIA.

Punto2. CON CUÁNTO RIGOR LE CASTIGA EL SEÑOR.

Punto 1

CUAN GRANDE PECADO ES LA BLASFEMIA

1. ¿Qué cosa es blasfemia? Es un dicho injurioso a Dios: Est contumeliosa in Deum locutio; así la definen los doctores. ¡Pero Dios mío! ¿Con quién se las ha el hombre cuando blasfema? Se la ha directamente con el mismo Dios: Contra Omnipotentem roboratus est. (Job. XV, 25). Y ¿cómo, -dice San Efrén- no temes, ¡oh blasfemo! que baje el fuego del Cielo y te devore? ¿Que se abra bajo tus plantas la tierra y se te trague? Los demonios tiemblan al oír el nombre de Cristo, exclama San Gregorio Nacianceno, y ¿cómo no temblamos nosotros de injuriarle? El vengativo se las ha con un igual suyo; más el que blasfema, quiere vengarse de Dios mismo, que hace o permite aquella cosa que disgusta al hombre blasfemo. Hay una gran diferencia ente ofender al retrato del rey y ofender a su misma persona. El que ofende al hombre, ofende a la imagen de Dios; pero el blasfemo ofende al mismo Dios, dice San Atanasio: Qui blasphemat, contra ipsam Deidate agit. El que quebranta la ley del rey, peca; pero el que ofende a la misma persona del rey, comete delito de lesa majestad, que es castigado con mayores castigos, y no puede ser indultado. ¿Qué diremos, pues, del blasfemo, que injuria a la majestad divina? Decía en su cántico Ana la profetisa: Si un hombre peca contra otro, se puede alcanzar de Dios el perdón, más si peca contra Dios, ¿quién rogará por él? (I. Reg. II, 25). Con efecto, es tan enorme el pecado de blasfemia, que parece que ni los mismos santos están dispuestos a interceder a favor de un blasfemo.

2. Además: las bocas sacrílegas blasfeman contra un Dios que las sostiene. Con razón exclama San Juan Crisóstomo: Tu Deo benefacienti tibi, et tui curam agenti maledicis? ¿Tú te atreves a maldecir a Dios, que te llenó de beneficios y te conserva? Señal es que ya está uno de tus pies en el Infierno, y que si Dios no te conservase la vida por su divina misericordia, estarías ya condenado para siempre; y en lugar de darle gracias, le maldices al propio tiempo que Él te está llenando de beneficios. De esto se queja por David (Psal. LIV, 13), diciendo: En verdad, que si me hubiese llenado de maldiciones un enemigo mío, hubieralo sufrido con paciencia; pero tú me maldices al mismo tiempo que yo te estoy bendiciendo. ¡Oh lengua diabólica! exclama San Bernardo de Sena, ¿qué cosa te irrita hasta el punto de blasfemar  de tu Dios, que te creó y redimió con su sangre? Algunos blasfeman hasta de Jesucristo, que murió por su amor en una cruz; siendo así que, aunque no estuviésemos condenados a morir, deberíamos desear morir por amor a Jesucristo, para mostrar, de algún modo, nuestro agradecimiento a un Dios que dio su vida por nosotros. Digo de algún modo, porque no hay comparación entre la muerte de una vil criatura y la de un Dios; y, sin embargo, tú, pecador, tú, blasfemo, en lugar de amarle y bendecirle, le maldices, como dice San Agustín: Los judíos azotaron a Jesucristo, pero no le azotan menos los malos cristianos con sus blasfemias. Otros han blasfemado contra la Santísima Virgen María, Madre de Dios, que tanto nos ama, y que siempre está rogando por nosotros: sin embargo, alguno de esos hombres malvados han sido castigados terriblemente por Dios. Refiere Surio (en el día 7 de agosto) que un impío blasfemó de la Virgen, y en seguida hirió con un puñal su santísima imagen que estaba en una iglesia; pero, al punto que salió de allí, cayó un rayo y le redujo a cenizas. El infame Nestorio, que había blasfemado también y movido a otros a blasfemar de María santísima, diciendo que no era verdadera Madre de Dios, murió desesperado con la lengua comida de gusanos.

3. Quis loquitur blasphemias? (Luc. V, 21). Y ¿quién es el blasfemo? Un cristiano, uno que ha recibido el santo Bautismo, por el cual quedó consagrada su lengua. Se pone dice un santo doctor, sal bendecida en la lengua del que va a ser bautizado, para que la legua del cristiano quede consagrada y se acostumbre a bendecir a Dios. Y ¿es posible, que esta misma lengua se convierta después en una espada que traspase el corazón de Dios? pregunta San Bernardino: Lingua blasphemantis efficitur quasi gladius cor Dei penetrans? (Tom. 4 ser. 33). Luego añade el mismo Santo, que ningún pecado contiene tanta malicia como la blasfemia. Y antes que él lo dijo San Juan Crisóstomo con distintas palabras: Nullem hoc peccato deterius, nam in eo accesio est omnium malorum et omne supplicium. Del mismo modo se explicó San Jerónimo, diciendo que: Cualquier otro pecado es leve, comparado con la blasfemia. Y aquí debemos advertir, que la blasfemia contra los santos y los cosas santas, como la misa, los sacramentos, los misterios, etc., son de la misma especie que las blasfemias contra Dios, que es la fuente de la santidad.




4. Decimos, pues, con San Jerónimo, que la blasfemia es un pecado más grave que el hurto y que el adulterio, porque como todos los otros pecados como dice San Bernardino, dimanan, o de la fragilidad, o de la ignorancia; pero el pecado de la blasfemia proviene de la propia malicia. Porque, en efecto procede de una mala voluntad y de cierto odio concebido contra Dios; y así, el blasfemo se hace semejante a los réprobos, los cuales, como dice Santo Tomás, no blasfeman con la boca, porque no tienen cuerpo; pero blasfeman con el corazón, maldiciendo la divina justicia que los castiga. Y añade el santo Doctor: que es creíble, que después de la resurrección, así como los Santos en el Cielo alabarán a Dios también con la voz, así los réprobos en el Infierno le blasfemarán igualmente con ella. Con razón, pues, llama un autor a la blasfemia, lenguaje del Infierno, diciendo que: el demonio habla por la boca de los blasfemos, así como Dios habla por la boca de los santos. Cuando San Pedro negaba a Jesucristo en el palacio de Caifás, jurando que no le conocía, le dijeron los judíos que su acento descubría que era discípulo suyo, porque pronunciaba lo mismo que su Maestro. (Matth XXVI, 73). Lo mismo podemos decir del blasfemo: Tú eres del Infierno, y verdadero discípulo de Lucifer, porque hablas el lenguaje de los condenados. Escribe San Antonio, que los condenados en el Infierno no se ocupan en otra cosa que en blasfemar y maldecir a Dios. Y en prueba de esto, aduce el texto del Apocalipsis: Y se despedazaron las lenguas en el exceso de su dolor, y blasfemaron del Dios del Cielo. (Apoc. XVI, 10 et 11). San Antonio, en fin, añade que el que tiene el vicio de blasfemar, pertenece, aún en ésta vida, a la clase de los réprobos, cuyas funciones desempeña.

5.  A la malicia de la blasfemia, debemos añadir el escándalo, que, de ordinario, causa este infame pecado por cuanto suele siempre cometerse externamente y en presencia de otros. San Pablo reprendía a los judíos, cuyos pecados daban motivo a que los gentiles blasfemasen de Dios y se burlasen de su Ley. ¿Cuánto, pues, más culpables son los cristianos que inducen a los demás a imitar sus blasfemias? Pero ¿cómo sucede, pregunto yo, que en ciertas provincias no se oye blasfemar a ninguno, o se oye raras veces; y en otras, al contrario, reina escandalosamente la blasfemia, de manera, que se puede decir de ellas lo que decía Dios por Isaías: Todo el día sin cesar está blasfemándose mi Nombre?. Por las plazas, por las casas, por las ciudades, y por las aldeas, no se oye otras cosas que blasfemias. ¿En qué consiste esto? Consiste en que los unos aprenden de los otros; los hijos de los padres, los criados de los amos, los jóvenes de los ancianos. Especialmente en ciertas familias, parece que el vicio de la blasfemia pasa por herencia de padres a hijos: el padre es blasfemo y por esto lo son después los hijos, los nietos y todos sus descendientes. ¡Oh padre maldito, causa de tanto mal, que en vez de enseñar a tus hijos a bendecir a Dios, les enseñas a blasfemar de Dios y de sus Santos! Dirá alguno: Yo los reprendo cuando los oigo blasfemar. ¿Pero de que sirven esas tus reprensiones, si tú mismo les das el mal ejemplo con la boca? Por el amor de Dios y por el de tus hijos mismos, no blasfemes en adelante, ¡oh padre de familia! y guárdate de blasfemar, especialmente delante de tus hijos, repréndelos con aspereza, como encarga San Juan Crisóstomo, diciendo: Castiga su boca, y santifica tu mano con este castigo. Hay algunos padres que castigan bárbaramente a sus hijos, si no hacen al punto lo que les mandan; empero, si les oyen blasfemar de los Santos, o se ríen, o no los reprenden. San Gregorio refiere: que un niño de cinco años, hijo de un noble romano, acostumbraba a poner en ridículo el nombre de Dios, y que el padre no le reprendía. Un día que se vio el niño asaltado por ciertos hombres negros, y, espantado, corrió a los brazos de su padre; pero aquellos hombres negros eran demonios salidos del Infierno, le mataron entre los brazos del padre, y se lo llevaron al abismo.

Punto 2

CON CUANTO RIGOR CASTIGA DIOS EL PECADO DE LA BLASFEMIA

6. Dice Isaías: ¡Ay de la gente pecadora que blasfema del Santo de Israel! ¡Ay de los blasfemos, que serán eternamente infelices! porque, según Tobías, todos los que blasfeman serán condenados. (Tob. XIII, 16). Y por boca de Job dice Dios: Si imitas el habla de los blasfemos, serán tus propias palabras y no yo, las que te condenarán. (Job. XV, 5 et 6). Dirá pues el Señor al tiempo de condenarle: No soy yo quien te condena al Infierno, sino tu misma boca, con la que te atreviste a maldecirme a mí y a mis Santos. Los infelices blasfemos seguirán blasfemando en el Infierno para mayor tormento suyo; porque  las mismas blasfemias les recordarán sin cesar, que por este pecado se perdieron para siempre.

7. Mas los blasfemos, no solamente serán castigados en el Infierno, sino también en éste mundo. En la ley antigua eran condenados a muerte por estas palabras: El que blasfemare el nombre del Señor, muera apedreado por todo el pueblo.(Lev. XXIV, 16). También en la ley nueva eran condenados a muerte, después del emperador Justiniano. San Luis, rey de Francia, los castigaba, haciéndoles agujerear la lengua, y marcar la frente con hierro candente; y si alguno, después de este castigo volvía a blasfemar, mandó que muriera irremisiblemente ajusticiado. Cierto autor refiere, que la ley civil les privaba del derecho de poder ser testigos en tela de juicio; y por la constitución de Gregorio XIV, quedaban excluidos del derecho de sepultura. Y todavía se queja y se lamenta el blasfemo de lo que le sucede: “Yo no sé en qué consiste, dice, pero me veo siempre en la mayor miseria. Alguna excomunión ha caído sobre mi casa”. La verdadera excomunión es la maldita blasfemia que siempre tiene en la boca: ésta es la que te hace estar siempre pobre y maldecido de Dios. 




8. ¡Cuántos ejemplos pudiera yo citaros de hombres blasfemos que han tenido una muerte desastrada! Cuenta el P. Segneri (Tom. 1, pág. 8), que dos hombres que habían blasfemado de la sangre de Jesucristo en la Gascuña, fueron muertos en una riña poco después, y despedazados por los perros. Un habitante de Méjico, reprendido por sus blasfemias, respondió: “En adelante he de blasfemar más”; pero aquella misma noche su lengua quedó pegada al paladar, y murió el infeliz sin dar señales de arrepentimiento. Omito otros muchos casos terribles por no molestar, y que podréis leer en el libro Contra la blasfemia del Padre Sarnelli.

9. Para concluir, decidme, blasfemos que me escucháis ¿qué utilidad sacáis es esta detestable costumbre? Ella no os proporciona placer alguno, porque como dice el cardenal Belarmino, es un pecado sin placer. Ella no os enriquece, porque las riquezas huyen de los blasfemos. Tampoco os acarrea honor, porque cuando blasfemáis, llenáis de horror a cuantos oyen, aún a aquellos mismos que tienen la misma costumbre de vosotros, pues todos os llaman boca de condenados. Decidme, pues, ¿por qué blasfemáis? -Padre es una costumbre. ¿Y creéis que la costumbre os excusará delante de Dios? Si un hijo apalease a su padre, y le dijese después: Padre mío, perdonadme, porque esto es una costumbre, ¿os parece que su padre le excusaría? Decís que blasfemáis por la cólera que os excitan los hijos, la mujer o el amo. Más ¿es cosa justa que descarguéis contra Dios y sus Santos, la cólera que aquellos causaron? Pero el demonio me tienta, añade el blasfemo. Si el demonio te tienta, haz lo que hacía cierto joven, que viéndose tentado de la blasfemia, fue a pedir consejo al abad Pemene, quien le dijo: que cuando el demonio le volviese a tentar le respondiera: ¿Y para que he de blasfemar de aquel Dios que me crio y me hizo tanto bien? Yo quiero alabarle y bendecirle sin cesar. Y con esta medicina, el demonio dejó de tentarle. Cuando sientas algún rapto de cólera, ¿no puedes desahogarte con otras palabras que no sean blasfemias? Por ejemplo Maldito sea el pecado; Señor, ayudadme; Virgen María dadme paciencia. Y si hasta ahora has tenido el vicio de blasfemar, desde hoy en adelante, renueva cada día, al tiempo de levantarte, el propósito de hacerte violencia para no blasfemar, y además, rezarás a María Santísima tres Aves Marías, para que te ayude a conseguir la gracia de resistir a las tentaciones de blasfemia que te asalte. Sí católicos, detestad este vicio, que os conduce al Infierno, y os hace ingratos contra el mismo Creador, que os dio la vida, y contra Jesucristo, que os redimió con su preciosa sangre. De este modo evitaréis la mala muerte que os espera si continuáis blasfemando, y disfrutaréis de la gloria de Dios por toda la eternidad. Amén.


lunes, 15 de septiembre de 2014

DE LA GRAVEDAD DE LOS PECADOS DEL SACERDOTE – SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO





I. GRAVEDAD DE LOS PECADOS DEL SACERDOTE

Gravísimo es el pecado del sacerdote, porque peca a plena luz, ya que pecando sabe bien lo que hace. Por esto decía Santo Tomás que el pecado de los fieles es más grave que el de los infieles, “precisamente porque conocen la verdad” (...). El sacerdote está de tal modo instruido en la ley, que la enseña a los demás: Pues los labios del sacerdote deben guardar la ciencia, y la doctrina han de buscar su boca [Malaquías 2, 7]. Por esta razón dice San Ambrosio que el pecado de quien conoce la ley es en extremo grande, no tiene la excusa de la ignorancia (...). Los pobres seglares pecan, pero pecan en medio de las tinieblas, del mundo, alejados de los sacramentos, poco instruidos en materia espiritual; sumergidos en los asuntos temporales y con el débil conocimiento de Dios, no se dan cuenta de lo que hacen pecando, pues “flechan entre las sombras” [Sal 10, 3], para hablar con el lenguaje de David. Los sacerdotes, por el contrario están tan llenos de luces, que son antorchas, destinadas a iluminar a los pueblos Vosotros sois la luz del mundo [Mt 5, 14].

A la verdad, los sacerdotes han de estar muy instruidos al cabo de tanto libro leído, de tantas predicaciones oídas, de tantas reflexiones meditadas, de tantas advertencias recibidas de sus superiores; en una palabra, que a los sacerdotes se les ha dado conocer a fondo los divinos misterios [Lc 8, 10]. De aquí que sepan perfectamente cuánto merece Dios ser amado y servido y conozcan toda la malicia del pecado mortal enemigo tan opuesto de Dios, que, si fuera capaz de destrucción, un solo pecado mortal, lo destruiría, según dice San Bernardo: “El pecado tiende a la destrucción de la bondad divina” (...); y en otro lugar; “El pecado aniquila a Dios en cuanto puede” (ib). De modo que como dice el autor de la “Obra imperfecta”, el pecado hace morir a Dios en cuanto depende de su voluntad (...). En efecto, añade el P. Medina “el pecado mortal causa tanta deshonra y disgusto a Dios, que si fuera susceptible a la tristeza, lo haría morir de dolor” (...).

viernes, 7 de marzo de 2014

HACER LA VOLUNTAD DE DIOS ES PROCURAR SU GLORIA





“La perfección consiste: 1°, en un verdadero desprecio de sí mismo; 2°, en la entera mortificación de sus apetitos; 3°, en una perfecta conformidad con la voluntad de Dios. El que no reúne estas tres virtudes, está fuera del camino de la perfección.
Por esto decía un gran siervo de Dios, que era mejor proponernos por objeto de nuestras acciones el hacer la voluntad de Dios que el procurar la gloria de Dios; porque haciendo la voluntad divina ya procuramos su gloria; al paso que, proponiéndonos la gloria de Dios, nos engañamos muchas veces, haciendo nuestra propia voluntad con el pretexto de la gloria de Dios”.


San Alfonso María de Ligorio, Práctica del amor a Jesucristo

miércoles, 28 de agosto de 2013

HABLAN LOS SANTOS




“Sólo cree de verdad el que practica lo que cree”.

San Gregorio Magno



“¿Sabéis cuál es la primera tentación que el demonio presenta a una persona que ha comenzado a servir mejor a Dios? Es el respeto humano”.

Santo Cura de Ars



“Es tan agradecido, que un alzar de ojos con acordarnos de El no deja sin premio”.

Santa Teresa



“El alma que venza la potencia del demonio no lo podrá conseguir sin oración ni podrá entender sus engaños sin mortificación y sin humildad”.

San Juan de la Cruz



“Si no quieres sufrir no ames, pero si no amas ¿para que quieres vivir?”.

 San Agustín



“Es el amor lo que da precio a todas nuestras obras; no es por la grandeza y multiplicidad de nuestras obras por lo que agradamos a Dios, sino por el amor con que las hacemos”.

San Francisco de Sales



“Tened por cierto el tiempo que empleéis con devoción delante de este divinísimo Sacramento, será el tiempo que más bien os reportará en esta vida y más os consolará en vuestra muerte y en la eternidad. Y sabed que acaso ganaréis más en un cuarto de hora de adoración en la presencia de Jesús Sacramentado que en todos los demás ejercicios espirituales del día.”

San Alfonso María de Ligorio



“No hay sufrimiento donde reina el amor, pero si existe sufrimiento, el sufrimiento mismo se convierte en objeto de amor”.

San Agustín



"La ley de Cristo, que se cumple en el amor, nos obliga a procurar la salvación de las almas más que la del cuerpo".

San Francisco de Asís



“Dios ama a cada uno de nosotros, como si sólo hubiera uno de nosotros”.

San Agustín



“El grado más perfecto de humildad es complacerse en los menosprecios y humillaciones. Vale más delante de Dios un menosprecio sufrido pacientemente por su amor, que mil ayunos y mil disciplinas.”

San Francisco de Sales



“El que, por obediencia, se somete al mal, está adherido a la rebelión contra Dios y no a la sumisión”.

San Bernardo




“Todos los santos comenzaron su conversión por la oración y por ella perseveraron; y todos los condenados se perdieron por su negligencia en la oración. Digo, pues, que la oración nos es absolutamente necesaria para perseverar”.

Santo Cura de Ars



“Si el mundo va contra la verdad, entonces Atanasio va en contra del mundo”.

San Atanasio



“¡Cuántos por el Rosario han salido del pecado! ¡Cuántos han llegado a la santidad! ¡Cuantos han conseguido con una muerte dichosa, la salvación eterna!”.

San Alfonso María Ligorio.



“El amor no consiste en grandes cosas, sino en tener grande desnudez y padecer por el Amado”.

San Juan de la Cruz



“La humildad, pues, nos perfecciona en lo que mira a Dios, y la mansedumbre en lo que toca al prójimo”.

San Francisco de Sales



“Si hubiese en la Iglesia corazones de madre en los sacerdotes, que amargamente llorasen de ver muertos a sus espirituales hijos, el Señor, que es misericordioso, les diría lo que a la viuda de Naím: “No llores”. Y les daría resucitadas las almas de los pecadores”.

San Juan de Ávila



“Están pues muy equivocados los que creen y esperan para la Iglesia un estado permanente de plena tranquilidad, de prosperidad universal, y un reconocimiento práctico y unánime de su poder, sin contradicción alguna; pero es peor y más grave el error de aquellos que se engañan pensando que lograrán esta paz efímera disimulando los derechos y los intereses de la Iglesia, sacrificándolos a los intereses privados, disminuyéndolos injustamente, complaciendo al mundo ‘en donde domina enteramente el demonio’, con el pretexto de simpatizar con los fautores de la novedad y atraerlos a la Iglesia, como si fuera posible la armonía entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y el Demonio. Son éstos, sueños de enfermos, alucinaciones que siempre han ocurrido y ocurrirán mientras haya soldados cobardes, que arrojen las armas a la sola presencia del enemigo, o traidores, que pretendan a toda costa hacer las paces con los contrarios, a saber, con el enemigo irreconciliable de Dios y de los hombres”.

San Pío X