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miércoles, 20 de enero de 2016

DISCERNIMIENTO DE ESPÍRITUS – MONS. DR. JUAN STRAUBINGER





Si bien reflexionamos, veremos que todos tenemos esa natural tendencia a creer que estamos en la verdad, simplemente porque nos la enseñó así nuestra madre inolvidable o nuestro querido padre o nuestro sabio párroco, etc. Pero Dios nos enseña, por boca de San Pedro, que hemos de estar dispuestos para dar en todo momento razón de la esperanza que hay en nosotros (I Pedro III, 15), es decir de la fe que profesamos; pues la esperanza se funda en la fe, en las cosas que no se ven (Rom. VIII, 24). Es, pues, como si dijera: Examinad el espíritu que tenéis, si es bueno o malo, si merece fe o desconfianza.

Con lo cual vemos que no es recta delante de Dios esa posición antes recordada que tiene un móvil puramente sentimental o humano, y que no significa certeza en el orden sobrenatural. Pues nuestra madre, por ejemplo, puede haber sido muy querida pero muy ignorante, y por lo demás, los hijos de una mahometana o de una japonesa shintoísta, etc., piensan sin duda con igual honradez que sus padres y sus maestros no pudieron engañarlos. Y como la fe no es tampoco una argumentación filosófica, sino el asentimiento prestado a la Palabra de Dios revelante, ¿qué haremos para examinar los espíritus, sino buscar todo el tiempo la confirmación de lo que creemos o esperamos o su rectificación en caso necesario para sanear verdaderamente nuestra fe de cualquier deformación proveniente de creencia popular o supersticiosa?

Más de una persona que quiere ser piadosa, se dedica a una piedad sentimental, y está convencida de que no será oída por Dios, sino recitando tal fórmula determinada, y esto delante de tal imagen determinada y no de otra, y en tal día y no en otro, y cree esto con tanta firmeza como si lo hubiese leído en el Evangelio, mientras ignora casi por completo las Palabras de vida que allí nos dejó nuestro divino Salvador.

A tal persona no le falta lo que se llama devoción es tal vez la más piadosa de la parroquia, pero sí, la recta espiritualidad. No sabe distinguir entre lo esencial y lo secundario, y así se trastorna en ella el orden de los valores, de modo que los de poco valor le parecen más importantes que los de primera categoría. Es porque esa alma se deja llevar, sin darse cuenta, de un espíritu pseudo-religioso, que es precisamente la mejor arma del diablo para corromper las almas piadosas.

lunes, 3 de agosto de 2015

LA GRAN ILUSIÓN





Los “fariseos” antiacuerdistas

Quizás todo el edificio de la postura de la Neo-FSSPX en relación a la Roma modernista se haya armado con base en una gran ilusión, en una nueva posición que muy bien supo expresar Mons. de Galarreta alguna vez de este modo:

“Si las cosas son así, alguien me podría decir: pero ¿por qué tener contacto con estas personas?, ¿por qué ir a Roma? Parece que, por principio, no hay que tener contactos, ningún contacto con ellos. Y bien, todo lo contrario: por principio tenemos que tener contactos y por principio es necesario que vayamos a Roma. Por otra parte, es evidentemente la prudencia la que determina las circunstancias y determina qué hay que hacer realmente en un caso concreto. Pero, por principio, debemos ir antes que nada porque somos católicos, apostólicos y romanos. Además, si Roma es la cabeza y el corazón de la Iglesia católica, sabemos que necesariamente la crisis se solucionará, la crisis se resolverá en Roma y por Roma. En consecuencia, el poco de bien que haremos en Roma es mucho mayor que el mucho bien que haríamos en otros lugares”.
(Sermón en Econe, 29 de junio de 2011)

Creemos encontrar en esta muy astuta declaración un motivo que en diferentes tonos se ha venido repitiendo en los últimos años por parte de las autoridades de la Neo-FSSPX. Puede sintetizarse en cinco palabras: “Hay que ir a Roma”. La ingenuidad o la falta de discernimiento de muchos fieles han consentido que tal viraje se produjese, en base a esa declaración de buenas intenciones, sustentada en un afán caritativo, que desde luego todo católico parece debería suscribir. ¿Debería?

Antes de fijarnos en esta teoría del “poco bien” que es un “bien mayor” aplicado al caso concreto en cuestión, démonos cuenta que la aserción de Mons. de Galarreta prescinde del hecho, palpable para cualquier católico de la Tradición, de que hoy la cabeza y el corazón de Roma ni piensan ni sienten como católicos, siendo sus enseñanzas y sus prácticas manifestaciones de la herejía modernista oficializadas por el Vaticano II. Los miembros de la Nueva Iglesia que puedan en algún grado sustraerse a esta contaminación son la excepción a la regla. Así que si no se distingue –como hacía Mons. Lefebvre- la Iglesia Católica de la iglesia conciliar, se está negando la realidad sobre la cual se pretende actuar.

Tampoco puede asegurarse que “necesariamente” la crisis la resolverá Roma. Eso es una especulación, en base a la cual no puede fundarse ninguna acción importante como sería insertarse dentro de la estructura de esta iglesia conciliar romana. Los católicos que puedan estar resistiendo al modernismo dentro de la estructura romana –supongamos, algunos conservadores que tienen apego a la liturgia tradicional- aunque su grado de contagio liberal no sea absoluto, han demostrado que su accionar ha sido inoperante e ineficaz para cambiar lo más mínimo el rumbo de la iglesia conciliar hacia el abismo del Nuevo Orden Mundial del Anticristo. Por el contrario, los efectos desastrosos de los principios adoptados oficialmente a partir del concilio, avanzan imparables hacia sus últimas consecuencias.

Pero quizás la astucia de este cambio de lenguaje en la Neo-FSSPX provenga de ya no ver a los herejes modernistas como enemigos infiltrados en la Iglesia Católica para deformarla y transmutarla en la iglesia conciliar, sino considerarlos como simples hombres confundidos y equivocados, personas bien intencionadas a las que a través del diálogo y la simpatía podemos rescatar. Para ver el alcance de esta nueva posición, ponemos como ejemplo a un bloguero de los que, apegados al felecismo, intentan defender esta postura (aunque con mucha torpeza, cierto), que califica a los resistentes –al igual que a los sedevacantistas, a quienes amalgama sin más- como “fariseos que fingen escándalo porque Cristo se juntaba con pecadores”.

De otro modo, decía tal cosa el citado Mons. De Galarreta en el mismo sermón del 2011:

“Los que se oponen ferozmente y por principio a todo contacto con los modernistas me hacen recordar un pasaje del Evangelio. Cuando Nuestro Señor no fue recibido en un pueblo, Santiago y Juan —hijos del trueno— le propusieron que, si Él quería, descendiese el fuego del cielo y consumiese la ciudad. Y Nuestro Señor, indulgente, deja de lado este orgullo monumental pero ingenuo de los Apóstoles —¡como si Nuestro Señor los necesitase para resolver los problemas!— y les responde: No sabéis de qué espíritu sois (Lc 9, 51-56). En efecto, aún no habían recibido el Espíritu Santo, que difunde la caridad en los corazones, y no sabían qué espíritu los movía. Habían caído en el celo amargo”.

Muy sagaz había resultado el obispo, para justificar la nueva posición de la FSSPX. Como si quienes se oponen a dejar de combatir a los enemigos que se infiltraron hasta ocupar Roma, lo hicieran por tener celo amargo, ¡entonces hasta San Pío X podría ser acusado de tal cosa! El celo amargo, explica San Ambrosio, “es la envidia y la aspereza; es el espíritu de disensión y discordia. Y donde domina la envidia y la discordia allí viven de asiento todos los vicios”. La Resistencia quiere que los modernistas romanos se conviertan, no que se condenen, pero no se arrogan presuntuosamente el papel de agentes de esa conversión que sólo parece podrá suceder a través de un gran castigo. Dios nos manda rezar por nuestros enemigos, pero no que nos pongamos al alcance de sus manos.

De manera tal que todo aquel que se opone a esta política de contacto, diálogo y acuerdo con los enemigos modernistas vendría a ser para Menzingen un fariseo inmisericorde dominado por el celo amargo, que se encierra en sí mismo –como diría Francisco- en vez de salir hacia la “cultura del encuentro”, ya que –otra vez Francisco dixit- “prefiero una Iglesia accidentada a una Iglesia enferma”. Póngase en lugar de “Iglesia” a la “FSSPX”, y es lo mismo.

Dice luego el mismo obispo de la Neo-FSSPX:

“No sé por qué la firmeza doctrinal sería contraria a la delicadeza, a la ingeniosidad y aún a la intrepidez de la caridad. No lo sé. No sé por qué la intransigencia doctrinal se opondría a las entrañas de misericordia, al celo misionero y a la caridad apostólica. No se trata de elegir entre la fe y la caridad; hay que englobar las dos”.

domingo, 1 de marzo de 2015

LA ESPIRITUALIDAD BÍBLICA TRANSMITIDA POR MONS. DR. JUAN STRAUBINGER




D


DEMONIOS:
El que por primera vez se entera del descubrimiento de Pasteur sobre los gérmenes infecciosos que pululan por todas partes, siente como una reacción que lo hace ponerse a la defensiva, movido por el instinto de conservación. San Pablo, que ya nos enseñó cómo las cosas de la naturaleza son imágenes de las sobrenaturales (Rom. 1,20), nos revela aquí, en el orden del espíritu lo mismo que Pasteur en el orden físico, para que podamos vivir a la defensiva de nuestra salud contra esos enemigos infernales, que a la manera de los microbios, no por invisibles son menos reales, y que como ellos nos rondan sin cesar buscando nuestra muerte. Véase I Pedr. 5,8. Nótese que estos demonios son llamados príncipes y potestades. Jesús los llama ángeles del diablo. (Mt. 25,41). Véase 2,2 y nota; Juan 12,31; 14,30; Col. 1,13. ¿No es cierto que pensamos pocas veces en la realidad de este mundo de los malos espíritus, donde están nuestros más peligrosos enemigos? Véase I Pedr. 5,8; II Cor. 2,11. La Sagrada Escritura nos enseña que Satanás será juzgado definitivamente al fin de los tiempos (Apoc. 20,9).
(Coment. a Ef. 6,12).


DESEOS:
El Ángel Gabriel, de parte de Dios, elogia por dos veces al profeta Daniel llamándole “varón de deseos”. Los que desean, pues, los ambiciosos, los que agradan a Dios brindándole ocasión de favorecerlos, y no lo ofenden mirando sus dones con indiferencia, ésos son los privilegiados en recibir, y María lo expresa de un modo lapidario al final del Magníficat: “A los hambrientos los llenó de bienes y a los ricos los dejó sin nada” (Luc. 1,53)
(Job, un libro de consuelo. Ed. Guadalupe. Bs. As., 1945)


DESESPERACIÓN:
En la parábola de los dos hermanos (Mat. XXI, 28 ss) vemos que el primero promete y no cumple; y el otro, que se niega, se arrepiente luego y cumple. Jesús muestra aquí que lo que vale no es el acto primero, la reacción del momento; pues ésta puede ser un impulso irreflexivo de nuestro temperamento. Lo que vale es lo que hace uno después, cuando está solo, frente a su conciencia. Y ¡oh misterio! el que dijo que no obedecería, obedeció, y el que dijo que sí, desobedeció, como Pedro cuando prometió dar la vida por Jesús, y a las pocas horas negó conocerlo.
Todos tenemos en nuestro interior dos hombres distintos y contradictorios: carne y espíritu. Lo importante no es el extravío del momento, del que luego nos compungimos en nuestro aposento (Sal. IV, 5). Lo grave es tomar en aquellos momentos de extravío, resoluciones definitivas que coarten nuestra libertad ulterior, forzándonos a permanecer en el error. Lo grave es "el estado de pecado", que nos aleja de Dios de un modo permanente. De ahí que en estos momentos de meditación serena y lúcida, no turbada por "la fascinación de la bagatela” (Sab. IV, 12) es cuando hemos de resolver lo que afecta a nuestra conducta futura, y, si es necesario, "quemar las naves", como hizo Hernán Cortés, para que no fuesen ellas una ocasión de volver atrás.
En esto se conoce la recta intención del corazón, y sobre ello estriba el ejercicio de meditación que San Ignacio de Loyola llama de los "tres binarios". Es lo que en la Biblia se llama "preparar el corazón para poder obedecer al Señor" (véase I Rey, VII, 3; Esdr. VII, 10).
Por eso la primera palabra que Jesús decía siempre a todos, sin distinguir entre buenos y malos, era para prepararles el corazón, diciendo: "La paz sea con vosotros"; "no se turbe vuestro corazón". Porque sabía que ésta es la condición previa para todo lo demás, ya que la gran arma del Maligno es llevarnos o a la soberbia, o a la desesperación, a fin de apartarnos para siempre de nuestro Padre.
El primero que cayó en la trampa de la desesperación fue Caín, quien "se apartó del Señor", aunque El le dijo que nadie le haría daño. Nosotros  debemos saber mucho más que Caín: que nuestro Padre divino "es bueno con los desagradecidos y malos" (Luc. VI, 53). Medítese la parábola del Hijo Pródigo (Luc. cap. XV) y se verá con asombro cómo el Padre perdona generosamente al pecador, le da un traje nuevo y le ofrece un banquete. Y aún hace que el más perdonado sea el que más le ame (Luc. VII, 47). Recordemos ante todo que es la muerte redentora de Cristo y los méritos de Él, y no los nuestros, lo que borra nuestras culpas. "La Sangre de Jesús nos limpia de todo pecado" (I Juan I, 7; Efes. I, 7, etc.). Sólo necesitamos apartar nuestro pensamiento de la desesperación, sabiendo que es Dios quien nos da este suavísimo consejo: "No agites tu espíritu en tiempo de la oscuridad" (Ecli. II, 2).
(Espiritualidad Bíblica, 1949).


viernes, 31 de octubre de 2014

MONSEÑOR LEFEBVRE, ¿“APARICIONISTA”?






Sí, seguramente el mismo Monseñor Lefebvre sería hoy acusado de tal “aparicionismo” por los enemigos de su obra y su legado, por los imprudentes y los fanáticos sin discernimiento que juzgan temerariamente a los demás.

Monseñor Lefebvre solía ir a San Damiano, aparición que no estaba aprobada por la Iglesia... allí él recibió muchas gracias de Nuestra Señora... la aparición está ahora condenada por el obispo del lugar... Esto lo dice el sitio La Porte Latine (http://laportelatine.org/international/communic/presse/europe/suisse/2011/rocher72/chroniquemaijuinl2011.php)

 Y afirmó en abril de 1974 Mons. Lefebvre:

“Y si por su gracia, por su bondad, Nuestro Señor quiere decirnos por medio de su Santa Madre, mensajes que Él desea sean comunicados al mundo, recibámosles si tenemos la convicción que son verdaderos, recibámosles con agradecimiento, con acción de gracias. Pero esto no debe disminuir la devoción en los medios normales que Dios nos ha dado”.

Finalmente nos parece conveniente retener estas palabras del P. Juan Bautista Scaramelli, en su obra "Discernimiento de los Espíritus":

“... es necesario tener siempre delante de los ojos aquel célebre dicho: Nequid nimis; que todo exceso es vicioso. El ser demasiado fácil dado a creer en gracias extraordinarias es vicio; pero también es vicio el ser demasiado difícil. Muchas almas se hallan que están ilusionadas por el demonio o por su fantasía; pero se encuentran también otras que son regaladas de Dios. En nuestros días non est abbreviata manus Domini. Y por eso es menester ir por el camino del medio: no ser ni crédulo ni incrédulo, de otra suerte caeremos nosotros en las ilusiones que tememos en los demás (Ndb: porque en esta materia iluso es no sólo el que cree lo falso, sino también el que no cree lo verdadero, como cuando los Apóstoles tuvieron por ilusas a las mujeres que vieron a Cristo resucitado, siendo ellos los ilusos). El camino del medio es, a mi ver, examinar bien las cosas, y decidir sobre el fundamento de razones buenas y sólidas. Si bien convengo también yo que en tales cosas extraordinarias es menester andar siempre un paso más atrás, pero que sea un paso, y no mil.”


lunes, 30 de diciembre de 2013

DISCERNIMIENTO DE ESPIRITU


Para reconocer los falsos espíritus he aquí lo que nos dice el mismo Monseñor Straubinger (1).

¿Cómo podemos reconocer los falsos espíritus? ¿Cómo descubrir "los poderes de engaño" (II Tes. 2, 11), que "con toda seducción de iniquidad" (íbid. v 10) y vestidos de "ángel de luz" (II Cor. 11, 14) corrompen la grey de Cristo, no exteriormente, sino interiormente, como lo describe el Apóstol en el segundo capítulo de la II Carta a los Tesalonicenses, y Jesucristo en la parábola de la ciza­ña (Mat. 13, 24 ss.)?

El mismo Dios nos brinda en la Sagrada Escritura las ar­mas defensivas contra los espíritus que falsifican la pie­dad, diciéndonos que hay que examinarlo todo para ver si es de Dios o de los espíritus malos.

"Examinadlo todo y quedáos con lo bueno" (I Tes. 5, 21). "No queráis creer a todo espíritu, sino examinad si los es­píritus son de Dios" (I Juan 4, 1).

Lejos de tener esa llamada fe del carbonero, que acepta cie­gamente cuanto escucha (cómodo pretexto para no estu­diar las cosas de Dios), debemos imitar a los primeros cristianos, que escuchaban a San Pablo en Berea, y siendo "de mejor índole que los de Tesalónica, recibieron la pala­bra con gran ansia y ardor, examinando atentamente todo el día las Escrituras, para ver si era cierto lo que se les de­cía" (Hech. 17, 11).

A los judíos que no le reconocían como Mesías, dice Je­sús: "Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan tes­timonio de Mí" (Juan 5, 39). Lo mismo diría El hoy a los que no conocen su fisonomía auténtica de Dios-Hombre o le destronan de su única posición de Mediador entre Dios y los hombres (I Tim. 2, 5).

Escudriñad las Escrituras, leed los Evangelios, las Cartas de San Pablo, estudiad rasgo por rasgo la personalidad de Cristo, rumiad cada una de sus palabras, que son luz y vi­da, imbuíos de su espíritu, y os inmunizaréis contra todo intento de desfigurarlo o sustituirlo por apariencias. El atento lector del Evangelio está prevenido contra los fal­sos apóstoles y las apariencias de piedad y sabe que Cris­to es el centro de toda la religión cristiana, y cuanto más una devoción se acerca al centro tanto más es cristiana. Enfocando todas las cosas con la luz del Evangelio descu­bre él lo que es verdad y lo que es apariencia. Demos gra­cias a Dios que nos ha dado la antorcha de su palabra para orientamos.

San Juan nos da un método muy sencillo para conocer y discernir los espíritus. Dice el Apóstol predilecto: "Todo espíritu que confiesa que Cristo ha venido en carne, es de Dios, y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios, sino que es el espíritu del Anticristo" (I Juan 4, 2- 3).

Es decir, todo lo que redunda en honor de Jesucristo y con­tribuye a la glorificación de su obra redentora, viene del buen espíritu; y todo lo que disminuye la eficacia de la obra de Cristo o lo desplaza de su lugar céntrico, procede del espíritu maligno, aunque se presente disfrazado como ángel de luz y obre señales y prodigios. (Mat. 24, 24; H Tes. 2, 9).

Pues todo falso profeta tiene dos cuernos como el Cordero (Apoc. 13, 11), es decir, la apariencia exterior de Cristo, y sólo pueden descubrirlo los que son capaces de apreciar espiritualmente lo que es o no es palabra de Cristo.

(1)Espiritualidad Bíblica, pág. 28-29.


Boletín de la Tradición Católica. FSSPX. Córdoba, enero de 1989.