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miércoles, 25 de marzo de 2015

LA MADRE DEL SALVADOR Y LA ANUNCIACIÓN




El día de la Anunciación señala un gran progreso de la gracia y de la caridad en el alma de María.

Conveniencia de la Anunciación

Como lo explica Santo Tomás (1) convenía que el anuncio de la Encarnación fuese hecho a María, para que fuese instruida y pudiese dar el consentimiento. Por él, dicen los Padres, concebía espiritualmente al Verbo, antes de concebirlo corporalmente. Dio este consentimiento sobrenatural y meritorio, añade Santo Tomás, en nombre de la humanidad, que tenía necesidad de ser regenerada por el Salvador prometido. Convenía también que la Anunciación fuese hecha por un ángel, como embajador del Altísimo. Un ángel rebelde había sido la causa de la perdición y de la caída, un ángel santo, el más elevado de los arcángeles, anuncia la redención (2).
Convenía también que María fuese instruida del misterio que se iba a realizar en ella, antes que S. José, pues era superior a él por su predestinación a la maternidad divina. Convenía, en fin, que la Anunciación se hiciese por una visión corporal acompañada de una iluminación intelectual, porque la visión corporal, en estado de vigilia, es más segura que la visión por la imaginación que se hace algunas veces en sueño, como aquella con que fue favorecido S. José, y la iluminación sobrenatural de la inteligencia indicaba infaliblemente el significado de las palabras anunciadas (3). La alegría y la seguridad sucedieron al temor y al asombro, cuando el ángel dijo a María: No temas, María, porque has encontrado gracia delante de Dios. He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le darás el nombre de Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo... El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te hará sombra la virtud del Altísimo. Y por eso lo santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios (Luc, I, 30-35). El ángel añade una señal y la razón del suceso: Ya Isabel, tu parienta, ha concebido también un hijo en su vejez., y éste es su sexto mes, en ella que es llamada la estéril: porque no hay cosa alguna imposible para Dios (ibíd., I, 36-38).
María dio entonces su consentimiento, diciendo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (ibíd., 38).
Bossuet hace notar en las Elevaciones sobre los misterios, XII semana, elevación VI, que la Santísima Virgen ha manifestado por este consentimiento tres virtudes principales: La santa virginidad, por la alta resolución de renunciar para siempre a todos los placeres de los sentidos; la humildad perfecta ante la infinita grandeza de Dios que se inclina hacia ella; la fe, porque era necesario concebir en su espíritu al Hijo de Dios, antes de concebirlo en su cuerpo. Por esto le dirá Isabel: “Bienaventurada la que creyó, porque cumplido será lo que te fue dicho de parte del Señor” (Luc, I, 45). Manifestó también una gran confianza en Dios y gran valor, pues no ignoraba las profecías mesiánicas, principalmente las de Isaías, que anunciaban los grandes sufrimientos del Salvador prometido y en las que debía participar María.
Lo que más admira a las almas interiores en la Santísima Virgen, en el día de la Anunciación, es el total olvido de sí misma, que es seguramente el summum de la humildad. No pensó más que en la voluntad de Dios, en la importancia de este misterio para la gloria divina y para la salvación de las almas. Dios, grandeza de los humildes, ha sido su única grandeza, y por lo tanto su fe, su confianza y su generosidad han estado a la altura del misterio en el que debía participar.
Fulano es a lo mejor y se estima como el mayor poeta de su época, tal otro el mayor filósofo o el mayor político y éstos ponen su grandeza en su genio. La Santísima Virgen, la más sublime de todas las criaturas, se olvidó totalmente de sí y puso toda su grandeza en Dios. Deus humilium celsitudo (4), Dios, grandeza de los humildes, reveladnos la humildad de María, proporcionada a la profundidad de su caridad.
Santo Tomás (5) nota que en el instante de la Encarnación hubo en María, por la presencia del Verbo de Dios hecho carne, un gran aumento de la plenitud de gracia. Si no había sido antes confirmada en gracia, lo fue en este momento.