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martes, 28 de diciembre de 2021

BATALLA CULTURAL

 

Las batallas culturales están ganadas de antemano por el progresismo si su adversario parte de sus mismos principios, y en ese caso el encono social que provocan es estéril. Foto: Jeremy Bishop / Unsplash.


por Juan Manuel de Prada

 

Con machaconería de disco rayado se apela desde la derecha a la necesidad de librar contra el progresismo rampante una "batalla cultural", expresión con la que se pretende pintar una suerte de choque de trenes en el que dos cosmovisiones radicalmente opuestas se disputan la hegemonía cultural. Sin embargo, para librar una batalla de estas características, se tiene que combatir con unos principios opuestos que propongan una alternativa radical (no por extremista, sino por adentrarse hasta la raíz de las cuestiones en liza). Cuando no ocurre así, inevitablemente la batalla está perdida.

A estas grotescas "batallas culturales" la derecha siempre acude pertrechada con el concepto de libertad propio del liberalismo, con la munición de derechos individuales propia del liberalismo, con la visión antropológica propia del liberalismo, etcétera. Y entonces el progresismo rampante no tiene sino que utilizar tales principios en su beneficio, adoptándolos como propios, adaptándolos a sus intereses y desarrollándolos hasta extremos que la timorata derecha nunca había sospechado.

Y entonces, una vez desarrollados tales principios, la derecha clama contra lo que absurdamente llama "marxismo cultural", que no es sino liberalismo consecuente. Pues el liberalismo, con su principio emancipador, crea el caldo de cultivo para todas las ingenierías sociales que convienen al progresismo para construir un ethos hegemónico... al que, rezagados, acaban sumándose los adalides de la derecha, aunque adopten siempre una versión atenuada o vergonzante.

Algunos de estos adalides no se suman del todo, sino que libran escaramuzas en determinados asuntos que exacerban los antagonismos sociales del modo más tremendista posible. Del mismo modo que, para favorecer su asalto al poder, la izquierda utiliza a los inmigrantes, a las feministas o a los ecologistas como "sujetos revolucionarios", los adalides de esta segunda versión de la "batalla cultural" utilizan al movimiento provida o a las clases medias depauperadas.

Pero esta modalidad de "batalla cultural", a la vez que utiliza a estos grupos sociales como arietes, encona y rearma a los detractores, generándose así una disociedad envenenada por un enjambre de odios. Esta disociedad polarizada, además, atemoriza a los tibios, que acaban sucumbiendo a los cantos de sirena del progresismo, que establece siempre dónde se halla la moderación.

Ambas modalidades de "batalla cultural" son completamente inanes, por mucho que revistan sus penosas luchas intestinas de un carácter cósmico. Para librar una auténtica "batalla cultural" al progresismo rampante no se puede acudir con premisas compartidas; pues así se fomenta un grotesco zurriburri ideológico que acaba siendo el fervento que favorece la hegemonía del progresismo. La única "batalla cultural" posible sólo se puede librar con premisas filosóficas, políticas y antropológicas adversas a las ideologías en liza; y tales premisas sólo las brinda el pensamiento tradicional.

Publicado en ABC.

https://www.religionenlibertad.com/opinion/286389591/batalla-cultural.html

 

martes, 7 de diciembre de 2021

LA MARCA DE LA BESTIA

 


por Juan Manuel de Prada

 

Un amable lector nos lanza una pregunta inquietante: «En alguna ocasión le he leído que, para enterarnos de las últimas noticias, debemos leer el Apocalipsis. ¿No le parece que en las presentes circunstancias, cuando amenazan con imponernos un carné de vacunación para poder viajar o ir de compras, cobra una nueva significación la llamada ‘marca de la Bestia’?». Vamos a intentar atender la curiosidad de nuestro lector.

En el Apocalipsis (13, 17-18), en efecto, se nos habla de un distintivo que los hombres -«pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos»- se ponen «en su mano derecha, o en sus frentes, de manera que ninguno pudiese comprar o vender, sino el que tuviera la señal». Esta ‘marca de la Bestia’ se inspira en los certificados que algunos emperadores romanos expedían a quienes realizaban sacrificios a los dioses; certificados que, en las persecuciones decretadas contra los cristianos, desempeñaron un papel importantísimo, permitiendo su rápida identificación. En tiempos de Diocleciano se llegaron a expedir téseras que testimoniaban que su poseedor había rendido culto al César, impidiendo comerciar o incluso viajar a quienes no pudieran exhibirlas.

Todos los intérpretes del Apocalipsis de los primeros siglos coinciden en imaginar la ‘marca de la Bestia’ a modo de tésera o salvoconducto, aunque no faltan los que la imaginan a modo de tatuaje o marchamo en la piel. Mucho más recientemente se ha especulado con que esta ‘marca de la Bestia’ podría ser una identificación electrónica (al modo de un código QR), o bien un implante injertado en el propio cuerpo, al estilo de un microchip, en el cual estarían registrados todos los datos -civiles, médicos, laborales, bancarios y hasta genéticos- del portador. No han faltado quienes han advertido que esta ‘marca de la Bestia’ podría interferir en el sistema neurológico humano, manipulando la personalidad de sus portadores y controlando sus movimientos, como si fueran autómatas o zombis. Pero para convertir a las personas en masa cretinizada no hace falta intervenir con un microchip en sus cerebros; basta con moldear las conciencias mediante una ubicua propaganda sistémica.

La apariencia material de la ‘marca de la Bestia’ podemos imaginarla de mil maneras, según los adelantos tecnológicos de cada época. Pero esto no nos servirá para penetrar en su auténtica naturaleza. Pues, según se nos narra en el Apocalipsis, esta ‘marca de la Bestia’ no la imprime la Bestia del Mar, sino la Bestia de la Tierra. Todos los exegetas del Apocalipsis coinciden en identificar a la Bestia del Mar (con sus siete cabezas que simbolizan una coalición mundial) con un Anticristo de naturaleza política; y coinciden en identificar a la Bestia de la Tierra (que tiene «dos cuernos como de cordero», remedando a Cristo, pero habla «como una serpiente») con un poder religioso corrompido que falsifica la religión y la pone al servicio del Anticristo político, empujando a los hombres suave y melosamente (como lo haría un corderito) a la apostasía.

Así que esta ‘marca de la Bestia’, independientemente de su naturaleza material, debe incorporar una profesión de apostasía religiosa. Dicha profesión puede ser neta y expresa (abjurando de Dios) o bien mediante la participación (a sabiendas) en acciones horrendas que la denotan (una misa negra o ceremonia en la que se descuarticen fetos, por ejemplo). Y esta ‘marca de la Bestia’ se llevará en la frente y en las manos (donde la frente simboliza el modo de pensar y las manos el modo de obrar); es decir, incorporada a nuestra propia vida, a nuestro propio cuerpo, con publicidad y descaro, libre y voluntariamente, con orgulloso afán de proselitismo.

La Bestia del Mar animará a los hombres a dejarse imprimir esta ‘marca’, convenciéndolos de que hacerlo es un acto benéfico para el bien común; y quienes no accedan a imprimírsela no podrán «comprar ni vender»; esto es, se verán señalados con desprecio y burla al principio, después con odio furioso, viéndose excomulgados (apestados) de todo linaje humano, incluso de sus amigos y parientes (que pueden convertirse en sus mayores enemigos). No debe olvidarse, sin embargo, que luego el Apocalipsis (16, 2) indica que quienes han recibido la ‘marca de la Bestia’ perecerán de una «úlcera repugnante y maligna» (una enfermedad arrasadora) cuando el primer ángel derrame su copa, desatando una plaga que anuncia la derrota del Anticristo.

Hasta aquí lo que una exégesis no fantasiosa del Apocalipsis nos dice de la ‘marca de la Bestia’. Esperamos que a nuestro amable y curioso lector le haya servido para enterarse de las últimas noticias.

Publicado en XL Semanal.

https://www.religionenlibertad.com/opinion/838058974/marca-bestia.html

MASAS CRETINIZADAS

 


por Juan Manuel de Prada

 

Una amable lectora (una de las tres o cuatro que todavía me soportan) me pide que le explique el significado de ‘masas cretinizadas’, una expresión que suelo emplear en mis artículos. Con mucho gusto satisfago su curiosidad.

Una de las sentencias más queridas por los demagogos de cualquier época (también en esta fase democrática de la Historia, en donde sin embargo Dios ya no pinta nada) es aquella que reza «Vox populi, vox Dei». Pero lo cierto es que las multitudes amontonadas suelen proferir cosas muy poco divinas, como ya se probó en el pretorio de Jerusalén, en tiempos de Poncio Pilatos. Puestos a identificar la voz humana con la voz divina, en el Evangelio de San Mateo encontramos una frase mucho menos pretenciosa: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Sospecho que en una reunión de doscientos o trescientos la presencia divina se hace algo más problemática; y no digamos si la multitud alcanza las decenas o los cientos de miles.

Allá donde se junta una masa excitada no sólo brilla por su ausencia la divinidad, sino también la más modesta humanidad. El mero hecho de pertenecer a una masa humana roba al hombre la conciencia de sí mismo (lo cretiniza); e, inevitablemente, lo arrastra hacia un territorio infrahumano donde lo personal no cuenta, donde no existen responsabilidad personal ni discernimiento de juicio, sino tan sólo una confusa enajenación más duradera y euforizante que la provocada por las drogas (y con una resaca mucho más llevadera). Además, esta enajenación de las masas suele ser contemplada de forma benévola, incluso entusiástica, por quienes detentan el poder, que pueden incluso alentar su práctica, siempre que la puedan aprovechar en beneficio propio (así se explica que hoy la mayor parte de las concentraciones multitudinarias tengan apoyo gubernativo e institucional).

Constituidas en comunidades, las personas muestran una gran capacidad de juicio y de discernimiento. Pero, agrupadas como una chusma, esas mismas personas se conducen misteriosamente como si no poseyesen facultad racional ni gozasen de libre albedrío. Drogadas por la misteriosa ponzoña que toda multitud excitada segrega, caen en un estado tal de enardecimiento y exacerbación de las sugestiones que no sólo dan crédito a cualquier disparate que sea propagado, sino que también estarán dispuestas a acatar cualquier exhortación u orden, por irracional o perversa que sea. Por supuesto, esa misteriosa ponzoña siempre es estimulada por un demagogo que conoce los resortes de la psicología de masas: antaño la estimulaban desde una tribuna o estrado; hoy lo hacen, mucho más asépticamente, desde los altavoces que suministran los medios de adoctrinamiento de masas, o desde las llamadas ‘redes sociales’.

Por supuesto, el delirio de la masa, cuando es suscitado por un disidente y en nombre de unos principios considerados subversivos, será condenado por quienes detentan el poder. En cambio, ese mismo delirio promovido por las gentes que detentan el poder (y en nombre de lo que se afirma como ortodoxia) será bendecido; y sus expresiones, convertidas en actos de ejemplaridad democrática. Pues los que mandan se valen del delirio de la masa para dos cosas: primero, para arrastrar a sus miembros a un estado infrapersonal de excitación pavloviana que los convierta en lacayos; segundo, para que su agenda ideológica sea percibida con gran complacencia por las masas, pues les brinda una ocasión propicia para embriagarse en su enajenación. Así, los designios sistémicos manejan a su antojo el subconsciente de las masas cretinizadas, que para entonces no son ya capaces de ejercitar su razón ni son dueñas de su voluntad.

La masa es el equivalente social del cáncer. El veneno que segrega despersonaliza a los individuos que la componen hasta tal punto que los incita a conducirse con orgullosa irracionalidad, incluso con violencia salvaje si la ocasión lo merece. En esta fase terminal –coronavírica– de la democracia, las técnicas para explotar la ansiedad de los hombres degradados en masa han alcanzado un grado de perfección único en la historia, merced sobre todo a los adelantos tecnológicos. Ahora todo el mundo se halla a merced de los demagogos, capaces de concentrar multitudes condicionadas por lecturas superficiales u obnubiladas por retóricas demagógicas que desintegran la conciencia personal de sus destinatarios, agrupándolos en un rebaño y alucinándolos con abundantes apelaciones emotivistas que son, por una parte, incitaciones al odio y, por otra, a la obediencia ciega.

A esto es a lo que llamamos ‘masas cretinizadas’.

 

Publicado en XL Semanal.

https://www.religionenlibertad.com/opinion/744873788/masas-cretinizadas.html

domingo, 20 de diciembre de 2020

EL ESPÍRITU DE LA NAVIDAD, DE G. K. CHESTERTON


Juan Manuel De Prada

Fuente

La editorial Espuela de Plata ha tenido el acierto de reunir en un hermoso y accesible volumen titulado El espíritu de la Navidad las páginas que Gilbert K. Chesterton dedicó a celebrar esta fiesta en la que conmemoramos el trastorno del universo. Chesterton, que fue un paladín de la alegría, encuentra en la Navidad el asunto que nutre más gustosamente su pluma; y por las páginas de este delicado libro (el mejor regalo que les pueden hacer en estas fechas) se suceden artículos y poemas, cuentos y sainetes que nos llenan el alma con esa alegría que sólo respirábamos en la infancia.

miércoles, 20 de abril de 2016

"LA CARIDAD LOCA"




Por Juan Manuel de Prada


Nos advertía Chesterton que el mundo moderno está invadido por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. ¿Y cómo se vuelven locas las virtudes? Se vuelven locas cuando son aisladas unas de otras. Así, por ejemplo, la caridad cristiana se convierte en una virtud loca cuando se separa de la verdad; o, dicho más gráficamente, cuando las obras de misericordia corporales se anteponen a las obras de misericordia espirituales. Sobre este peligro ya nos alertaba Donoso Cortés, quien profetizó que una Iglesia que se conformarse con atender las necesidades corporales de los pobres acabaría siendo un instrumento al servicio del mundo, que a la vez que presume de procurar bienestar a sus súbditos se preocupa fundamentalmente de destruir sus almas. Una Iglesia que se desviviera por las necesidades materiales de los hombres (dándoles alimento o asilo, por ejemplo) y se despreocupara de asegurar la salvación de sus almas inmortales habría dejado de ser Iglesia, para convertirse en instrumento del mundo, que por supuesto aplaudiría a rabiar este activismo desnortado.

Para entender gráficamente los efectos de esta caridad loca que aplaude el mundo conviene recurrir, antes que a ciertos teólogos meapilas (que nos ofrecerán una versión almibarada de la caridad por completo ajena al sentido último de esta virtud teologal), a la película "Viridiana", del comecuras Luis Buñuel, pues los comecuras son a su pesar mejores teólogos que los meapilas. En la película de Buñuel, la protagonista –sintiéndose culpable de la muerte de su tío-- renuncia a ser monja de clausura y, en su lugar, decide acoger en su casa a un grupo de mendigos y vagabundos, a quienes brinda refugio y alimento (obras de misericordia corporales), descuidando la salvación de sus almas (obras de misericordia espirituales, que tal vez hubiese asegurado mucho más eficazmente con su oración, en el convento de clausura). Inevitablemente, los mendigos y vagabundos fingirán farisaicamente que la caridad loca y activista de la mentecata Viridiana los ha hecho buenecitos, pero en cuanto se les ofrezca la oportunidad, agredirán y robarán a su benefactora; y, a la vez que perpetran diversos vandalismos, se encargarán también de burlarse sacrílegamente de su fe, improvisando una cena orgiástica en la que parodian la Última Cena. Que es lo mínimo que se merece quien hace de la caridad un activismo desnortado, metiendo al enemigo en casa. Y eso que Viridiana, en su cultivo de una caridad loca, ni siquiera incorpora el pecado del exhibicionismo, que hoy es el aderezo preferido de la caridad loca. Exhibicionismo que se realiza ante las cámaras, en estremecedora y sacrílega burla de lo que Cristo predicó en el Sermón de la Montaña: “Estad atentos a no hacer vuestra justicia delante de los hombres para que os vean”; “Cuando des limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, etcétera. Y es que toda la predicación de Jesús es un combate sin tregua contra la ostentación de las virtudes (que, cuando se ostentan, dejan de ser tales) y contra aquellos que han hecho de su ostentación farisaica un modus vivendi.

La auténtica caridad cristiana mira primero por la salvación del alma del necesitado; y una vez asegurada ésta, atiende sus necesidades corporales. Es lo que hace San Pablo con Onésimo, el esclavo pagano al que primero se encarga de convertir al cristianismo y bautizar; y al que, una vez asegurada la salvación de su alma, envía a Filemón, para que lo acoja en su casa. Invertir este proceso (o postergar sine die lo que San Pablo se preocupó de hacer en primer lugar y sin dilación) es caridad loca que, por supuesto, el mundo aplaudirá a rabiar.