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martes, 15 de agosto de 2017

LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN




“MADRE INMACULADA, RUEGA POR NOSOTROS

Siempre la hostilidad
entre Ti y la serpiente:
¡nunca la paz!”.

(Fray Jerónimo Verduzco, O.F.M., “Corona de Júbilo”)


sábado, 15 de agosto de 2015

LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN



Aleluya, aleluya. María ha sido llevada al cielo.
 Y de ello se alegra el ejército de los Ángeles. Aleluya.



jueves, 21 de agosto de 2014

R.P. TRINCADO - SERMÓN EN LA ASUNCIÓN DE LA SMA. VIRGEN MARÍA



Enseña el catecismo de San Pío X que en la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen, la Iglesia celebra el fin de la vida mortal de la Virgen María y su gloriosa asunción al cielo. Es dogma de fe, definido por el Papa Pío XII, que juntamente con el alma fue llevado también al cielo el cuerpo de la Santísima Virgen. 

La Santísima Virgen ha sido ensalzada u honrada sobre todos los coros de los Ángeles y sobre todos los Santos del Paraíso, como Reina de cielo y tierra porque es madre de Dios y la más humilde y santa de todas las creaturas.

Pregunta el catecismo: ¿Qué hemos de hacer en la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen? Responde que debemos: 1° alegrarnos de su gloriosa Asunción y exaltación; 2° reverenciarla como Señora y como Abogada nuestra para con su divino Hijo; 3° pedirle nos alcance de Dios la gracia de llevar una vida santa y la de prepararnos de tal manera a la muerte que merezcamos su asistencia y protección en aquella hora, para tener parte en su gloria. Agrega que podemos merecer la protección de la Santísima Virgen imitando sus virtudes, especialmente la pureza y humildad.

El siguiente es el relato hecho por Sor María de Jesús de Ágreda, acerca de la Asunción de Nuestra Señora (extracto y adaptación de parte de los capítulos 21 y 22, libro 8°, parte III, de la obra "Mística Ciudad de Dios"): 

Al tercer día que el alma santísima de María gozaba de la gloria, manifestó el Señor a los santos (del cielo) su voluntad divina de que resucitase su sagrado cuerpo, para que en cuerpo y alma fuese elevada a la diestra de su Hijo santísimo, sin esperar la resurrección general de los muertos. Entonces descendió del cielo el mismo Cristo nuestro Salvador, llevando a su derecha el alma de su beatísima Madre, con muchas legiones de ángeles y los padres y profetas antiguos.

viernes, 15 de agosto de 2014

ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN AL CIELO




¡Oh Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre de los hombres!

Nosotros creemos con todo el fervor de nuestra fe, en tu Asunción Triunfal en cuerpo y alma al cielo, donde eres aclamada Reina de todos los coros angélicos y de todos los ejércitos de los Santos; nos unimos a ellos para alabar y bendecir al Señor, que te ha ensalzado sobre todas las demás puras criaturas, y para ofrecerte las aspiraciones de nuestra devoción y de nuestro amor.

Sabemos que tu  mirada, que maternalmente acariciaba la humanidad abatida y doliente de Jesús en la tierra, se sacia en el cielo con la vista de la humanidad gloriosa de la Sabiduría increada, y que la alegría de tu espíritu al contemplar cara a cara a la adorable Trinidad, hace a tu Corazón estremecerse de beatificante ternura; y nosotros, pobres pecadores, nosotros a quienes el cuerpo corta el vuelo del alma, te suplicamos que purifiques nuestros sentidos, para que aprendamos desde aquí abajo, a gustar a Dios, a Dios solo, en el encanto de las criaturas.

S.S. Pío XII 

miércoles, 14 de agosto de 2013

LA ASUNCION DE MARIA A LOS CIELOS





La Virgen María fue asumida o "asumpta" a los cielos; o sea, resucitó como su Hijo y fue lle­vada a la gloria en cuerpo y alma. No decimos Ascensión, sino Asunción, porque fue llevada por su Hijo, como píamente creemos. Se cree que vivió 72 años.

El Papa Pío XII definió en el año 1950 des­pués de consultar a los Obispos de todo el mun­do, que la Asunción de María a los cielos es una verdad de fe. ¿Dónde está en los Evangelios, esa verdad de fe? No está en los Evangelios, está en la Tradición. Los Evangelios terminan en la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo; y fueron compuestos y puestos por escrito mucho antes de la muerte de Nuestra Señora. Pero los Apóstoles sabían y enseñaban muchas más cosas de las que están en los Evangelios, como dicen ellos mismos: "Muchas otras cosas hay que hizo Jesús, que si se escribieran todas, creo que no cabrían en el mundo los libros" -dice san Juan al final del suyo.

La Iglesia Católica sostiene que la Revelación de Dios a los hombres está contenida en dos depósitos: la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición o Trasmisión. Tradición no es cualquier cosa que esté escrita en los Santos Padres, ni siquiera en los Padres Apostólicos, que fueron los escritores que conocieron a los Apóstoles; sino solamente "quod semper, quod ubique, quod ab ómnibus", como dijo san Vicente de Lerins: es decir, lo que se ha creído "siempre, por todos y en todas partes". Y esto ocurre con el dogma de la Asunción de María a los cielos.

Hay en los escritos de los Padres muchas cosas que son conjeturas, opiniones teológicas o pías creencias; que son respetables, pero no son verdades de la fe: como la que puse arriba que la Santísima Virgen vivió 72 años. Probablemente es verdad pero no es una verdad de la fe; un "dogma", como se dice.

Un alemán amigo mío protestante me dijo una vez: "Ustedes creen cosas de hombres. No hay que creer más que lo que está en la Sagrada Escritura". La respuesta sencilla es: "¿Y dónde está en la Sagrada Escritura eso que Ud. ha dicho ahora?". Efectivamente, la Escritura no dice eso, dice lo contrario, como hemos visto. Dice expresamente que después de su Resurrección Cristo instruyó a sus discípulos en muchas cosas acerca del Reino de Dios "que no están en este libro", ni cabrían en muchos libros. Así por ejemplo, el Sacramento del Matrimonio, y el de la Extremaunción (que está en la Carta de Santiago Apóstol), la jerarquía eclesiástica dividida en Sacerdotes y Obispos, las prerrogativas de la Santísima Virgen, como su Asunción. Desde el principio de la Iglesia los fieles llamaron a la muerte de María la "dormición" o el "tránsito"; no "la muerte"; la primera literatura cristiana contiene relatos de su resurrección y glorificación; y las distintas Iglesias celebraban esa fiesta, que celebramos nosotros el 15 de agosto.

María no tenía pecado original, de modo que el castigo de la muerte no le era debido; murió para seguir en todo a su Hijo en la obra de la Redención del hombre; así como cumplió la ley de la Purificación después del Parto, que no la obligaba a ella; y Cristo se sometió a la Circuncisión y al bautismo de penitencia de su primo el Bautista. Y así María debía seguirlo también en la Resurrección.

"¿Quién es ésta que sube del desierto,
Enchida de delicias
Apoyada en su Amado?
¿Quién es ésta que sube del desierto
como una columnita de zahumo
De perfume de incienso y mirra
Y toda clase de aromas?...
Ven del Líbano, esposa mía
Ven del Líbano y serás coronada...”

Estos y otros versículos del Cantar de los Cantares aplica la Iglesia a María en su gloriosa Asunción.

Cristo y su Santísima Madre resucitaron para nosotros; y entraron en la gloria como representantes de todo el cuerpo de la Iglesia, como primicias de la resurrección de la carne, de nuestra resurrección futura. Esto nos alegra. Es difícil alegrarse de la alegría de otros cuando ella no nos toca para nada: dicen que la compasión es propia de hombres; pero la congratulación (o sea, alegrarse con la alegría ajena) es propia de ángeles. Pero en este caso la alegría y gloria de la Reina de los Angeles nos toca de cerca. Los bienes de nuestra Madre son nuestros.

Un cuerpo de varón y un cuerpo de mujer están ya en el cielo, transformados por Dios en algo semejante a los Angeles. En esta vida el cuerpo nos pesa muchas veces, sujeto como está a la concupiscencia, a las enfermedades y a la muerte. El amor, que parecería inventado por Dios para la felicidad del hombre (y así fue al principio) resulta que ahora es causa de muchísimas penas, molestias, contrastes; y aún crímenes, desastres y tragedias, como vemos cada día; porque la naturaleza del hombre está desordenada por la pasión y el desenfreno. Pero no es el destino final de nuestros cuerpos estorbar al alma, decaer a la vejez y las dolencias, y pudrirse para siempre en el sepulcro. Su destino final es ser renovado, enderezado y perfeccionado por el Creador en forma extraordinaria y espléndida como lo fueron ya el cuerpo de Cristo Nuestro Señor y el cuerpo de María Santísima. Así sea.


R.P. LEONARDO CASTELLANI, El Rosal de Nuestra Señora.