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domingo, 6 de diciembre de 2015

LA MANSEDUMBRE Y EL BUEN CELO APOSTÓLICO





Conocí que la virtud que más nece­sita un misionero apostólico, después de la hu­mildad y pobreza, es la mansedumbre. Por esto, Jesucristo decía a sus amados discípulos: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y así hallaréis descanso para vues­tras almas. La humildad es como la raíz del árbol, y la mansedumbre es el fruto. Con la humildad, dice San Bernardo, se agrada a Dios, y con la mansedumbre, al prójimo. En el ser­món que Jesucristo hizo en el monte dijo: Bien­aventurados los mansos, porque ellos posee­rán la tierra. No sólo la tierra de promisión y la tierra de los vivientes que es el Cielo, sino también los corazones terrenos de los hombres.

No hay virtud que los atraiga tanto como la mansedumbre. Pasa lo mismo que en un estanque de peces; que, si se les tira pan, todos vienen a la orilla, sin miedo ninguno se acercan a los pies; pero, si en lugar de pan se les tira una piedra, todos huyen y se esconden. Así son los hombres. Si se les trata con man­sedumbre, todos se presentan, todos vienen y asisten a los sermones y al confesonario; pero, si se les trata con aspereza, se incomodan, no asisten y se quedan allá murmurando del ministro del Señor.

La mansedumbre es una señal de vo­cación al ministerio de misionero apostólico. Cuando Dios envió a Moisés, le concedió la gracia y la virtud de la mansedumbre. Jesucristo era la misma mansedumbre, que por esta vir­tud se le llama Cordero: será tan manso, de­cían los profetas, que la caña cascada no aca­bará de romper, ni la mecha apagada acaba­rá de extinguir; será perseguido, calumniado y saciado de oprobios, y como si no tuviera lengua, nada dirá. ¡Qué paciencia! ¡Qué man­sedumbre! Sí, trabajando, sufriendo, callando y muriendo en la Cruz, nos redimió y enseñó cómo nosotros lo hemos de hacer para salvar las almas que él mismo nos ha encargado.

Los Apóstoles, adoctrinados por el divino Maestro, todos tenían la virtud de la man­sedumbre, la practicaban y enseñaban a los de­más, singularmente a los Sacerdotes. Así es que Santiago decía: ¿Hay entre vosotros alguno te­nido por sabio y bien amaestrado para instruir a otros? Muestre por el buen porte su proceder y una sabiduría llena de dulzura. Mas, si tenéis un celo amargo y el espíritu de discordia en vuestros corazones, no hay para qué gloriaros y levantar mentiras contra la verdad, que esa sabiduría no es la que desciende de arriba, sino más bien una sabiduría terrenal, animal y dia­bólica (Sant. c.3, 13-15).

viernes, 14 de agosto de 2015

MANSEDUMBRE DE LA SABIDURÍA





¿Hay alguno entre vosotros sabio y entendido? Muestre sus obras por la buena conducta con la mansedumbre (que es propia) de la sabiduría. Pero si tenéis en vuestros corazones amargos celos y espíritu de contienda, no os gloriéis al menos, ni mintáis contra la verdad. No es ésa la sabiduría que desciende de lo alto, sino terrena, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contiendas, allí hay desorden y toda clase de villanía. Mas la sabiduría de lo alto es ante todo pura, luego pacífica, indulgente, dócil, llena de misericordia y de buenos frutos, sin parcialidad, sin hipocresía. Fruto de justicia, ella se siembra en paz, para bien de los que siembran la paz.

Carta del Apóstol Santiago,  III, 13-18.  



jueves, 30 de octubre de 2014

LOS ESCÁNDALOS DEL MUNDO – SAN AGUSTÍN





San Agustín. Sermón 81.


Sobre las palabras del Evangelio de San
Ma­teo (18,7): ¡Ay del mundo por los escándalos!


1.LA PROTECCIÓN CONTRA LOS ESCÁNDALOS.

Acabamos de oír unas lecciones divinas donde se nos da el aviso de arreciarnos con la virtud y ceñirnos la armadura sobre el cristiano pecho a prevención de los escándalos, que anunció para lo futuro la mi­sericordia de Dios. En efecto: ¿Quién es el hombre, dice un salmo, para que te acuerdes de él? ¡Ay del mundo por los escándalos! Dícelo el Señor, dícelo la misma Verdad. Y nos ame­drenta y nos avisa para que nos hallemos apercibidos; en modo alguno para quitarnos el ánimo. Por consuelo de este ¡Ay!, o digamos de un mal como éste, tan de temer y precaver, y a fin de alentarnos y aleccionarnos, hay un lugar en la Escritura que dice: Mucha paz tienen los amadores de tu ley, y para ellos no hay escándalo, donde nos señala el vitando enemigo y no se ol­vida de mostrarnos el pertrechado muro. Estas palabras: ¡Ay del mundo por los escándalos!, tráente al pensamiento adonde fuera del mundo has de huir para guardarte de los escándalos; mas para no dar en ellos, ¿adónde irás, fuera del mundo, sino a quien hizo el mundo? Y refugiarnos en el Hacedor del mundo, ¿no es oír su ley, anunciada en todo el mundo? Y aun oírla es poco; requiérese amarla, pues no está en oír la seguridad contra los escándalos. No dice la Escritura divina: Mucha paz tienen los que “oyen tu ley”. Porque no los oidores son justos delante de Dios, sino los obradores de la ley serán justificados. Por eso y porque la fe se actúa por la caridad, dice el salmista: Mucha paz tienen los amadores de tu ley, y para ellos no hay escándalo. Rima con este pensamiento lo que también hemos salmodiado a coro: Los mansos poseerán la tierra y gozarán en abundancia de la paz, porque mucha paz tienen los amadores de tu ley. Luego los mansos y los amadores de la ley divina son idénticos. Bienaventurado, en efecto, el hombre a quien tú, ¡oh Señor educares y al que das sabiduría con tu ley para que esté tranquilo en los días de la aflicción, en tanto al impío se le cava la fosa. ¡Cuán diferentes, al primer viso, parecen las expresiones de la Escritura! Todas, sin embargo, van afluyendo a una misma idea; por manera que, oigas lo que oigas, si ello ha brotado de esta ubérrima fuente, debes asentir a ello y mostrarte conforme por amor a la verdad, con absoluta paz, con ardiente caridad y apercibido contra todos los escándalos.

2. SEGURIDAD DE LOS MANSOS EN LA TRIBULACIÓN.

Ibase pues, a ver, indagar o aprender cómo habernos de ser mansos, y esto de las Escrituras que ahora poco traje a la memoria, nos brinda la solución. Estése vuestra caridad una migaja de atenta porque se trata de algo muy importante: cómo habernos de ser mansos; de necesidad en la adversidades. Las adversidades temporales, a la verdad, no se llaman escándalos. ¿Qué son los escándalos? ¡Atención! Un hombre, por ejemplo, en trance de alguna necesidad experimenta compresión; esta compresión no es escándalo. Los mártires fueron comprimidos, mas no fueron oprimidos. Guárdate, pues, del escándalo; de la compresión no excesivamente. La compresión comprime, el escándalo oprime. ¿Qué diferencia, por ende, hay entre compresión y escándalo? En la compresión te armas de paciencia, perseveras firme, no das de mano a la fe, no te avienes al pecado. Si esta resolución tomas o tomares, la compresión no será para ti motivo de ruina; te servirá más bien para lo que sirve en el lagar; no para echar a perder las aceitunas, sino para licuar el aceite. Si bajo esta compresión, en fin, prorrumpes en alabanzas de Dios, ¡cuán útil prensa no es para ti, pues tal licor mana de ahí! Estaban presos los apóstoles, encadenados, y bajo aquella presión cantaban himnos a Dios. ¿Qué era lo prensado? ¿Qué era lo licuado? Estábase Job en el estiércol, sometido a presión enorme, desposeído de todo, sin arrimo, sin hacienda, sin hijos; lleno..., pero de gusanos. Esto por fuera, mas como adentro estaba lleno de Dios, alababa a Dios, y aquella presión no era para él escándalo, ¿Dónde halló el escándalo? En su mujer, la cual se le llegó y le dijo: ¡Di algo contra Dios y muérete! Desposeído de todo por el diablo, se le dejó la Eva para someterle a prueba: no para consolación, sino para tentación. He ahí el escándalo. Exageró las miserias de él, miserias a la vez de ella, y dio a persuadirle que blasfemara. Empero, como él era manso, pues habíale Dios instruido acerca de su ley y le había templado en el rigor de los días malos, había mucha paz en el corazón de aquel amador de la ley divina, y para él no hubo escándalo. El escándalo era ella, mas no para él. En fin: ahí tienes al manso; ahí tienes al educado en la ley de Dios; quiero decir, en la divina ley eterna, pues la ley dada en tablas a los judíos no existía en los años de Job; conservábase aún, sin embargo, en los corazones de los hombres religiosos aquella ley eterna, de la que fue copia la que se dio a Israel. Y porque había sido templado con la ley contra el rigor de los días malos, y, por amador de la ley divina, tenía mucha paz, deduce por su respuesta la sublimidad de su mansedumbre. Y comprende ahora lo que propuse: Quiénes sean los mansos. Has hablado, le dijo Job a su mujer, como una de las mujeres necias. Si los bienes los recibimos de la mano del Señor ¿no hemos de sobrellevar los males?

3. LOS MANSOS. EL MUNDO BUENO Y EL MUNDO MALO.