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viernes, 16 de diciembre de 2016

LA CESANTÍA DE DIOS O LA DECADENCIA DE LA FSSPX


ARTE DE NO QUEDARSE NUNCA CESANTE EN EL APOSTOLADO




Por Obispo Manuel González



Nota previa Syllabus:

Encontramos en este excelente artículo del llamado “Obispo de los sagrarios abandonados”, siempre oportuno por su contenido, una particular atribución que podemos hacer a lo que está pasando con la FSSPX, centrada en sí misma y su orgullo institucional que la llevó a creerse, como el Titanic, "inhundible". Si bien no podemos afirmar que lo que el artículo describe sea la única razón del ocaso de la congregación conducida por Mons. Fellay, sí pensamos que es el motivo principal que ha llevado a su decadencia, a estas alturas mucho más que un eclipse pasajero.
Del mismo modo, pueden aplicarse estas reflexiones del gran obispo español a ciertos sacerdotes que se dicen “resistentes”, los cuales no dejan de mostrar su lamentable y grotesca caída, estimulando y permitiendo a sus adeptos la realización de constantes homenajes, loas, vítores y exhibición de “fellaynicas” sonrisas, todo meticulosamente registrado por cámaras fotográficas y de video, y publicitado “gloriosamente” por sus voceros en la internet. ¡Ay del orgulloso, que se atribuye las obras de Dios y se apropia de la religión como si fuera cosa suya!

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El gran peligro del apostolado

Y mejor diría: El gran peligro de los que andan en apostolados; que estos, si son de buena ley y de misión cierta, no son jamás peligrosos.

Pues bien, creo no estará de más echar un cuarto a espadas sobre los peligros y riesgos a que están expuestos los apóstoles menudos y los apóstoles grandes en el punto en que olvidan tomar las debidas precauciones.

¡Quiera el Amo bendito conceder a estos renglones sonidos de clarín que alarme y prevenga a los que no han caído, y que despierte o resucite a los que cayeron y quizás murieron para la vida apostólica!

Un caso frecuente

Surge un apóstol chico o grande de la palabra, de la pluma, de la acción, y con su palabra escrita o hablada o con sus obras de celo ardiente excita atenciones, atrae miradas, subyuga corazones, enardece almas, forma grupos de incondicionales, funda obras y por medio de esos grupos y de estas obras centuplica su acción y su apostolado… ¡Qué oriente más espléndido y esperanzador el de este sol!

Pasan unos meses, unos años, cuando habría derecho a esperar un bello cenit para aquel astro, volvemos a mirar y nos lo encontramos en todas las apariencias de un triste ocaso…Negros nubarrones de maledicencias y discusiones, recelos y desalientos, quejas de descontentos y protestas de desengañados presagian para aquel sol caído una noche de tempestades y muertes…

¿Qué ha ocurrido? Quizá más que sol en ocaso sea sol de mediodía en eclipse de pruebas de Dios o en tempestad de pasiones y flaquezas de hombres, pero eclipse y tempestad que pasarán, dejando reaparecer más brillante el sol. Pero quizá, quizá sea verdad que el sol de tan riente aurora, sin pasar tal vez por el mediodía, se ha sepultado en un ocaso tenebroso del que no volverá a nacer más.

Y ¡ojalá no fueran tan frecuentes esas tristes y prematuras puestas de astros apostólicos!

¿Por qué?

Aparte de la ley biológica a que están sujetos todos los seres vivientes de la tierra, del nacer, crecer, decaer y morir, y dejando a un lado causas que pudiera llamar parciales de decadencia de las obras de apostolado, como la falta de competencia o de medios adecuados o sobra de malas voluntades e intenciones torcidas en los  que las ejercen o las reciben, quiero fijarme y pedir la atención sobre el que yo llamaría el gran peligro y el gran porqué de las esterilidades y fracasos de los apóstoles de Jesús, en grande como en menuda escala.

Antes de llamarlo por su nombre, debo recordar lo que nunca deberían olvidar los apóstoles.

La ley suprema del apostolado

Si apóstol no significa, ni es otra cosa que enviado, la ley única, la norma suprema y esencial de todo apóstol es pensar, querer, sentir, proyectar, hablar, hacer y padecer, no como Juan, Pedro o como se llame, sino como tal enviado, y siéndolo nada menos que de Jesús, pensar, querer, sentir, proyectar, hablar, hacer y padecer a lo Jesús y en nombre de Él.

Ésta es la ley.

¿No es esto claro, lógico y justo?

Y mientras a lo Jesús se conduzca por dentro y por fuera, apóstol de Jesús será él y apostolado de Jesús será el suyo, y fecundidades y aciertos y hasta milagros de Jesús serán los gajes de su apostolado, y esto a pesar de todos los eclipses con que Dios quiera probar y ejercitar su humildad y paciencia y de todas las nubes y tempestades de las propias flaquezas y las ajenas pasiones.

Cómo la cumplieron los apóstoles

¿No era esta ley la que con sus palabras y sus obras nos enseñaron nuestros padres en la fe los apóstoles del Testamento Nuevo?

“Yo no tengo oro ni plata, lo que tengo te doy”, decía el príncipe de los apóstoles al baldado que le pedía limosna en la puerta del templo, “en nombre de Jesús Nazareno, levántate y anda”.

Ése es el tesoro, el único, el gran tesoro del apóstol y el manantial de todo su poder: obrar en nombre de Jesús.

Yo, Pablo, predicaba el apóstol de las gentes, no soy nada y lo puedo todo… “Por la gracia de Jesús, que mora en mí, soy lo que soy”. Y de tal suerte se sentía trocado el apóstol en Jesús, que su boca era la boca por la que hablaba Jesús; y sus manos, las manos por las que obraba Jesús; sus pies, los pies por los que andaba Jesús; y su corazón, corazón por el que amaba Jesús.

Ese trueque del apóstol en Cristo y de Cristo en el apóstol es el que autoriza a decir: “Vivo yo, mas no yo, sino que vive en mí Cristo” y “mando, no yo, sino el Señor”, y a San Juan Crisóstomo para proferir aquel grito, tan atrevido como verdadero: “El Corazón de Cristo, corazón de Pablo; el corazón de Pablo, Corazón de Cristo”.

El apóstol, pues, no es un simple empleado, un viajante de la marca Jesús, con nombramiento escrito en un título de papel y con mayor o menor sueldo, para que hable o haga propaganda de su marca a hora y en lugares determinados. No, el apóstol de Jesús es Jesús mismo vestido con la túnica de Pedro o de Pablo, con la sotana del sacerdote, con la toga del magistrado, con la chaqueta del maestro, con la blusa del obrero y hasta con la falda de la mujer, y dado a conocer y a amar, y a imitar, no sólo por la palabra a horas fijas, sino por la vida de todas las horas de esa mujer “María”, de ese obrero cristianizador de sus compañeros, de ese maestro modelador de cristianos, de ese magistrado y de ese sacerdote que de todos los actos de sus ministerios hacen apostolado de Jesús y atracción de almas.

Consecuencias

Puedo, pues, deducir de la ley suprema del apostolado, que antes senté, estas consecuencias.

sábado, 11 de junio de 2016

MIRA, SACERDOTE MÍO





“Mira, sacerdote mío, despreocúpate tú de la sugestión del número y preocúpate más de la calidad. Más que llenarme de gente mis iglesias, preocúpate en llenármela de buen olor de Comuniones fervorosas, de adoraciones rendidas, de suspiros de amor, de aspiraciones de esperanza, de inspiraciones de fe, de oraciones bien rezadas, de lágrimas de pecadores, de propósitos eficaces de enmienda, de vida intensamente eucarística.”


Monseñor Manuel González (1877-1940), el Apóstol de los Sagrarios Abandonados.