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miércoles, 3 de febrero de 2016

LOCURA RELIGIOSA





“A la Tradición católica no puede destruirla Francisco. Pero puede destruirse a sí misma si se vuelve farisaica”.


Siempre han existido, pero desde hace cincuenta años, y más aún desde el inicio de la “era Francisco”, se han multiplicado “exponencialmente”, como dicen ahora. Esto es posible además porque a través de la Internet adquieren espacio para explayarse y difundir sus escritos “urbi et orbi”. Ya no es complicado y fatigoso como antes, donde había que tener una imprenta y moverse para distribuir panfletos y libelos. Ahora un solo sujeto con ínfulas de “teólogo” puede sentarse frente a una computadora y difundir a través del mundo sus elucubraciones, opiniones o invectivas, ya sean escritas, ya alocuciones a través del audio o el video. “Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón…” dice la letra del tango Cambalache. Pues bien, hoy “cualquiera es un predicador, cualquiera es un Doctor”... ¿Será así?

Hablamos de quienes no debidamente iluminados por la sabiduría divina que nos ha entregado la Escritura, adoptan posturas religiosas extremas, exaltadas, violentas, fanáticas y fulminantes. De los “condenadores seriales” que caen fácilmente en precipitaciones, exageraciones y juicios infundados (contra lo cual advertía Mons. de Castro Mayer) o en el celo amargo y “tomas de posición extremas que no corresponden a la realidad sino a a prioris, que perturban las conciencias sin ilustrarlas” (contra lo cual amonestaba Mons. Lefebvre).  A los que, a la manera de los pistoleros, sacan rápido el arma y acribillan ante la primera señal –para ellos- de traición, desviación o “flaccidez” en la doctrina a quienes no concuerdan con sus ideas, que parece fueran muy claras, pero sin embargo nunca saben aclarar ni menos refutar aquello que impugnan a tiro de metralla. John Henry Newman hablaba ya de esto hace casi doscientos años, cuando esos grupúsculos eran quizás más visibles o ruidosos, pero menos numerosos que ahora:

“Idéntica ausencia de un principio espiritual se aprecia en el modo ligero y absurdo con que muchos adoptan formas erróneas de creencia religiosa. Quien lleva dentro la luz de Cristo escucha sin turbación alguna la voz de los fanáticos, los equivocados o los hipócritas. Pero cuando un hombre es consciente de ser un pecador impenitente que no está en paz con Dios, cuando su propio corazón le acusa, cuando no tiene principio ni estabilidad dentro de sí, entonces es presa de la primera persona que se le acerca con un lenguaje enérgico y le invita a creer en sus palabras.
Por eso encontráis mucha gente que va afanosa detrás de quienes dicen obrar milagros, o denuncian a la Iglesia como apóstata, o sostienen que sólo se salvarán quienes les sigan; o simplemente, hablan sin la menor garantía pero con enorme seguridad. De ahí que la multitud sea tan propensa a miedos repentinos. Oís que un grupo numeroso huye de una ciudad, movido por una vana predicción sobre la cercanía del juicio final. De ahí también que mucha gente practique en privado tantas pequeñas supersticiones que no vale la pena nombrar. Todo deriva de que la luz de la verdad no arde en sus corazones.” (Esperando a Cristo, 21-XI-1840).

Lejos de ser patrimonio de los extraviados protestantes, tras el nefasto concilio Vaticano II el descarrío se extendió a dos puntas en jugada maestra del diablo, que hoy redobla con Francisco: por un lado hacia el demencial liberalismo que prefirió la autoridad en detrimento de la verdad, y por el otro hacia el sedevacantismo o el cismatismo (hoy también algunos hablan de “eclesiavacantismo”), que en nombre de la verdad se hizo su propia autoridad. Unos se liberan de la verdad, otros se liberan de la autoridad. Pero ¿son realmente libres? Claro, esto último no lo admitirán los que transitan por esos caminos, porque suelen dar sus argumentos basados en la autoridad de la Tradición. Pero su conducta no se condice en absoluto con la santidad de la Tradición y los ejemplos de quienes nos precedieron, llegando muchos grupos a caer en herejía, cisma o espíritu de secta sin advertirlo. Seguramente es exagerado afirmar de estas personas que “se saben pecadores impenitentes”, pero no lo es afirmar –porque lo hemos advertido-  que viven turbados en busca de una seguridad que les garantice que son de los pocos escogidos y aprobados por Dios, y esa falta de paz en que su alma afiebrada se debate se ve aliviada cuando se identifican con algún gurú o maestro que habla y escribe con contagiosa firmeza, seguridad y voz bien alta, a quien deciden seguir afanosamente. La solución a todos los miedos es entonces percibida, la garantía de la pureza adquirida, y libres de contaminación se sienten fuertes, potentes, implacables, invulnerables, aptos para pasar la escoba a toda impureza, a todo detrito, a todo rasgo, huella, señal o sombra de “herejía”, debilidad o flojera que creen ver en quienes los rodean o están más cercanos a ellos. El fariseísmo que impedía la manifestación mesiánica de Cristo sigue siendo impedimento para que Cristo se manifieste en sus almas siendo como Él es, verdadero, y no en la imagen soberbia, aparatosa y policíaca que imaginaron por entonces los fariseos del templo y que se adapta muy bien a las pretensiones “justicieras” de quienes olvidan siempre esta enseñanza divina: “Tomad sobre vosotros el yugo mío, y dejaos instruir por Mí, porque manso soy y humilde en el corazón, y encontraréis reposo para vuestras vidas” (Mt. 11,29), y también que es Dios el vengador de los justos, y no nosotros mismos (cfr. Rom. 12,19).

domingo, 31 de enero de 2016

DIFERENCIA ENTRE LA ESCRITURA Y EL MUNDO – CARDENAL NEWMAN






Si es verdad que los cristianos han esperado a Cristo sin que El venga, es igualmente verdadero que, cuando El vendrá realmente, el mundo no le espe­rará. Si es verdad que los cristianos han imaginado ver señales de su veni­da cuando aún no las había, también es igualmente verdad que el mundo no ve­rá las señales de su venida cuando se presenten.

Estas señales no son tan evidentes co­mo para que vosotros no tengáis nece­sidad de buscarlas; ni tan evidentes que no os podáis equivocar en su búsqueda; tenéis que escoger entre el peligro de creer ver algo que en realidad no es, y el peligro de no ver lo que verdadera­mente es. Es verdad, que muchas ve­ces y en muchas épocas los cristianos se han equivocado creyendo discernir la venida de Cristo; pero vale más creer mil veces que El viene, cuando El no viene, que una sola vez creer que El no viene cuando El viene.

Tal es la diferencia entre la Escritu­ra y el mundo. Siguiendo la Escritura, estaríamos siempre esperando a Cristo; pero siguiendo al mundo, no le esperaríamos jamás. Ahora bien, Él debe ve­nir un día, tarde o temprano. Los espí­ritus del mundo se burlan hoy de nues­tra falta de discernimiento; pero, precisamente los faltos de discernimiento son los que triunfarán al fin.

¿Y qué piensa Cristo de estos burlo­nes de hoy? Nos pone en guardia expre­samente, por su Apóstol, contra los bur­lones que dirán: “¿Dónde está la prome­sa de su advenimiento?” (2 Pedro, 3. 4).

Yo preferiría ser de aquellos que, por amor de Cristo y falta de ciencia, toman por señal de su venida algún espectáculo insólito en el cielo, cometa o meteoro, y no de aquellos que por abundancia de ciencia y falta de amor, no hacen más que reírse de este error.

Observemos todavía que, en el caso de que hablo, las personas que esperan a Cristo obedecen a Dios, no sólo por el hecho de esperar, sino también por el modo cómo aguardan y por las mismas señales en que fundan su expectación. Siempre, desde el principio, los cristia­nos han esperado a Cristo por las se­ñales del mundo material y del mundo moral. Si eran pobres e ignorantes, los fenómenos celestes, los terremotos, las tempestades, las cosechas destruidas, las enfermedades, y cualquier cosa pro­digiosa y extraña les hacía pensar que estaba próximo.

martes, 19 de enero de 2016

COMODIDADES Y PROSPERIDADES DEL MUNDO





San Isidoro de Sevilla:

“Las cosas que a los amadores del mundo son caras, rehúyenlas los santos como adversas: más se gozan con las adversidades del mundo, que no se deleitan con las prosperidades.

“Alejados están de Dios aquellos a quienes este siglo proporciona toda suerte de comodidades. Que a los servidores de Dios todo lo de este mundo les es contrario, a fin de que con más ardor se exciten a desear lo celestial, mientras que sienten serles contrario lo de la tierra”.

“Leemos que los varones santos eran huéspedes y peregrinos en este mundo; y aun Pedro fue reprendido porque pensó en fijar el tabernáculo en el monte: porque los santos no tienen aquí tabernáculo, ya que tienen su casa y patria en el cielo”.


San Francisco de Sales:

“Querer ser pobre y no sufrir por ello incomodidad, es querer el honor de la pobreza y la comodidad de las riquezas”.


Cardenal Newman:

“Las comodidades de la vida son la causa principal de nuestra falta de amor a Dios”.


C. S. Lewis (“Carta del demonio Escrutopo”):

“Si, por el contrario, su edad madura resulta próspera, nuestra posición es aún más sólida. La prosperidad une a un hombre al Mundo. Siente que está “encontrando su lugar en él”, cuando en realidad el mundo está encontrando su lugar en él. Su creciente prestigio, su cada vez más amplio círculo de conocidos, la creciente presión de un trabajo absorbente y agradable, construyen en su interior una sensación de estar realmente a gusto en la Tierra, que es precisamente lo que nos conviene.”


Padre Bernard de Chivre, O.P.:

“Luego de mucho vivir, de estar cerca de muchas almas, de escuchar muchos secretos, de apreciar muchas intervenciones divinas, no dudo un instante en que la misión de la gracia no es una misión de arreglos, sino de desarreglos misericordiosos de nuestro estilo fácil, nuestro estilo animal, nuestro estilo confortable, incompatible con los estilos del calvario, los estilos de resurrección y de ascensión.”


jueves, 10 de diciembre de 2015

MILITANCIA CRISTIANA – JOHN HENRY CARDENAL NEWMAN







 "¿Contiene vuestra práctica religiosa alguna dificultad, u os resulta fácil en todos los aspectos? ¿Buscáis simplemente la comodidad en vuestro modo de vivir, o encontráis además alegría en someteros al querer de Dios? En una palabra, ¿es vuestra religión un trabajo? Porque si no lo es, no es religión en absoluto. Aquí tenemos ya, antes de examinar vuestro razonamiento, la prueba de su incorrección, porque os lleva a concluir que mientras Cristo desarrolló una tarea, y los santos - los pecadores incluso - la cumplen igualmente, vosotros, por el contrario, que no sois santos ni pecadores, nada tenéis que hacer. Y si alguna vez tuvisteis una misión, la consideráis ya cumplida.

Se diría que habéis alcanzado vuestra salvación antes del tiempo fijado y que, al permanecer en la tierra más de lo previsto, nada os queda en qué ocuparos. Los días de trabajo han terminado para vosotros, y ha comenzado una perenne vacación.

¿Pero acaso os envió Dios al mundo, a diferencia de otros hombres, para estar ociosos en lo espiritual? ¿Es vuestra única misión buscar satisfacciones en una tierra donde sois peregrinos y viajeros de paso? ¿Sois más que los hijos de Adán, destinados a obtener el pan con el sudor de la frente antes de volver a la morada de donde salieron? A menos que trabajéis, os esforcéis y luchéis contra vosotros mismos no podéis llamaros seguidores de aquellos que "a través de muchos afanes entraron en el reino de Dios".

El combate es señal genuina de un cristiano. El cristiano es soldado de Cristo, no otra cosa. Si habéis vencido al pecado mortal, como decís, entonces debéis combatir vuestras faltas veniales: no hay más remedio, si sois soldados de Cristo. Pero tratad de no ser ingenuos. No penséis haber  conseguido un triunfo definitivo. No podéis vivir en paz con enemigos de Dios, ni siquiera los más insignificantes. Si condescendéis con vuestros pecados veniales, sabed que junto a ellos y bajo su sombra acecha el pecado mortal. Los pecados mortales son criatura de los veniales, que a pesar de no ser letales por sí mismos, tienden a la muerte. Imagináis haber aniquilado a los gigantes que dominaban vuestro corazón, y que nada debéis ya temer. Pero los gigantes amenazan aún, pueden surgir todavía del polvo y esclavizaros de nuevo antes de que reaccionéis.

La consumación de un propósito es la única prueba de haberlo cumplido. Así fue el gozo del Señor en su solemne última hora al haber hecho la obra para la que fue enviado. "Te he glorificado en la tierra  - dice en su oración al Padre -; he terminado la misión que me confiaste; he manifestado Tu nombre a cuantos me diste..." (Jn. 17, 4-6). Fue asimismo la consolación de San Pablo: "He librado la buena batalla - exclama -; he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Ahora me aguarda la corona de justicia que el Señor, justo juez, me entregará en aquel día". (II Tim. 4, 7)
                        

lunes, 6 de abril de 2015

UNA FE VERDADERA Y SALVÍFICA – CARDENAL NEWMAN





“Es provechoso para nues­tro pensamiento el desplazarse hacia atrás y hacia ade­lante, a los comienzos y a la culminación de los tiem­pos evangélicos, a la primera y a la segunda venida de Cristo. Lo que deseamos es comprender que nos en­contramos en la misma situación que los primeros cristianos, con la misma alianza, el mismo ministerio, los mismos sacramentos y obligaciones; tomar conciencia de un estado de cosas muy lejano en el pasado; sentir que vivimos en un mundo pecador, un mundo asentado en la iniquidad; discernir nuestra posición en él, que somos testigos en él, que el reproche y el su­frimiento son nuestra parte, de tal modo que no debe “parecemos extraño” si se lanzan sobre nosotros, si­no más bien una graciosa excepción si no lo hacen; tener nuestros corazones despiertos, como si hubié­semos visto a Cristo y sus Apóstoles y sus milagros, despiertos a la esperanza y a la espera de Su segunda venida, aguardándola y, aún más, deseando ver sus señales; meditando mucho y a menudo acerca del Jui­cio que se acerca, penetrando en el pensamiento de que seremos individualmente juzgados.
Todos éstos son actos de una fe verdadera y salvífica. Por tanto, un efecto saludable de la lectura del libro del Apocalipsis y de las otras partes proféticas de la Sagrada Escritura -sin duda muy distinto nuestro conocimiento de su verdadera interpretación- es pre­cisamente arrancar el velo que cubre nuestros ojos, levantar el manto que cubre la faz del mundo y así, día tras día, en nuestras idas y venidas, al levantarnos y acostarnos, mientras trabajamos, descansamos y nos entretenemos, permitirnos ver el Trono de Dios pre­sente en medio nuestro, Su majestad y Sus juicios y la continua intercesión de Su Hijo por sus elegidos, por sus pruebas y su victoria”.


Card. John Henry Newman, “Cuatro sermones sobre el Anticristo”, Ediciones del Pórtico, Buenos Aires, 2006.



miércoles, 10 de diciembre de 2014

COMODIDADES Y PROSPERIDADES





Cardenal Newman:

“Las comodidades de la vida son la causa principal de nuestra falta de amor a Dios”.



C. S. Lewis (Carta de Escrutopo):

“Si, por el contrario, su edad madura resulta próspera, nuestra posición es aún más sólida. La prosperidad une a un hombre al Mundo. Siente que está “encontrando su lugar en él”, cuando en realidad el mundo está encontrando su lugar en él. Su creciente prestigio, su cada vez más amplio círculo de conocidos, la creciente presión de un trabajo absorbente y agradable, construyen en su interior una sensación de estar realmente a gusto en la Tierra, que es precisamente lo que nos conviene.”



Padre Bernard de Chivre, O.P.:

“Luego de mucho vivir, de estar cerca de muchas almas, de escuchar muchos secretos, de apreciar muchas intervenciones divinas, no dudo un instante en que la misión de la gracia no es una misión de arreglos, sino de desarreglos misericordiosos de nuestro estilo fácil, nuestro estilo animal, nuestro estilo confortable, incompatible con los estilos del calvario, los estilos de resurrección y de ascensión.”


lunes, 22 de octubre de 2012

ACERCA DE LA DEFENSA DE LA FE

“A lo largo y ancho de la cristiandad, fue el pueblo católico, y no precisamente los obispos, el auténtico y tenaz defensor de la verdad católica...Quizás esto fue permitido con el fin de inculcar en la Iglesia la gran verdad evangélica que afirma que no son los sabios y poderosos, sino los humildes, los ignorantes y los débiles los que constituyen su verdadera fuerza”.
Cardenal John henry Newman