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miércoles, 7 de octubre de 2015

NTRA. SRA. DEL ROSARIO






Reina del Santísimo Rosario, auxilio de los cristianos, refugio del género humano, vencedora en todas las batallas de Dios, nos postramos suplicantes ante vuestro Trono, seguros de alcanzar misericordia y de recibir gracias y el oportuno auxilio en las presentes calamidades, no por nuestros méritos, de los cuales no presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de vuestro maternal Corazón. A Vos, a vuestro Corazón Inmaculado, en esta hora grave de la historia humana, nos confiamos y nos consagramos, no sólo con toda la Santa Iglesia, Cuerpo Místico de vuestro Jesús, que padece en tantas partes y de tantas maneras es atribulada y perseguida, sino también con todo el mundo desgarrado por las discordias, agitado por el odio, víctima de la propia iniquidad. ¡Que os conmuevan tantas ruinas materiales y morales, tantos dolores, tantas angustias, tantas almas torturadas, tantas en peligros de perderse eternamente! Vos, ¡oh Madre de Misericordia!, alcanzadnos de Dios la reconciliación cristiana de los pueblos y obtened para nosotros aquellas gracias que, en un instante, pueden convertir los corazones humanos, aquellas gracias que preparan y aseguran esta suspirada pacificación.

¡Reina de la Paz, rogad por nosotros!, y dad al mundo la paz en la verdad, en la justicia, en la caridad de Cristo. Dadle, sobre todo, la paz de las almas, para que, en la tranquilidad del orden, se dilate el reino de Dios. Conceded vuestra protección a los infieles y a cuantos yacen en las sombras de la muerte; haced que surja para ellos el Sol de la verdad y que puedan, juntamente con nosotros, repetir: “¡Gloria a Dios, en lo alto de los cielos y paz, en la tierra, a los hombres de buena voluntad!”. A los pueblos separados por el error, particularmente a los que os profesan singular devoción, dadles la paz y conducidlos de nuevo al único redil de Cristo, bajo el único y verdadero Pastor. Alcanzad libertad completa a la Iglesia Santa de Dios; defendedla contra sus enemigos; detened el diluvio invasor de la inmoralidad; suscitad en los fieles el amor a la pureza, la práctica de la vida cristiana y el celo apostólico, para que el pueblo de los que sirven a Dios aumente en méritos y en número.

Finalmente, así como al Corazón de vuestro Jesús fueron consagrados la Iglesia y todo el género humano, para que, poniendo en Él toda la esperanza, fuese para ellos fuente inagotable de victoria y de salvación, asimismo nosotros nos consagramos también a Vos, a vuestro Corazón Inmaculado, ¡oh Madre nuestra del Rosario y Reina del mundo!, a fin de que vuestro amor y vuestro patrocinio apresuren el triunfo del reinado de Dios, y todas las gentes, pacificadas con Dios y entre sí, os proclamen bienaventurada, y entonces, con Vos, entonen de un extremo a otro de la tierra, el eterno “Magnificat” de gloria, de amor, de reconocimiento al Corazón de Jesús, el único en el cual pueden encontrar la verdad, la vida y la paz.

S.S. Pío XII
  


SERMÓN EN LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO - P. TRINCADO


 "Denme un ejército que rece el Rosario y vencerá al mundo" (San Pío X).


Nos referiremos en esta ocasión la victoria de la batalla de Lepanto. Este triunfo dio origen a la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, que celebramos hoy.

Hacia 1571 Europa era amenazada por los musulmanes turcos, que habían conquistado el Norte de África y el medio oriente, y controlaban el Mediterráneo. España y Portugal se habían librado de los musulmanes después de ocho siglos de lucha. Los turcos se preparaban para invadir Europa y tal cosa habría significado el fin del Cristianismo.

La situación era desesperada. El Papa San Pío V trató de unificar a los cristianos para la defensa militar del continente, pero contó con poco apoyo. Finalmente, logró reunir un ejército de 20.000 soldados y una flota de 101 galeones y otros barcos más pequeños. Los turcos, por su parte, poseían la flota más poderosa del mundo, con 300 galeras en las cuales había miles de esclavos cristianos que eran usados como remeros.




Los cristianos estaban en gran desventaja siendo más pequeña su flota, pero poseían un arma invencible: el Santo Rosario. En la bandera de la nave capitana de la escuadra cristiana ondeaban la Santa Cruz y el Santo Rosario.

Conociendo el poder del Rosario, San Pío V pidió a toda la Cristiandad que lo rezara y ayunara, suplicando a la Santísima Virgen su auxilio ante aquel peligro. El Papa ordenó, además, que antes entrar en combate, se sacara de la armada católica a cualquier soldado cuyo comportamiento pudiese ofender a Dios.



Poco antes del amanecer del 7 de octubre, la flota cristiana encontró a la flota turca anclada en el puerto de Lepanto, Grecia. La flota católica se ordenó en forma de cruz y la flota turca, en forma de media luna, mientras los fieles en todo el mundo dirigían su plegaria a la Santísima Virgen, Rosario en mano, para que ayudara a los cristianos en aquella batalla decisiva.

En nuestra flota se dio la señal de batalla izando la bandera enviada por el Papa, que tenía las imágenes de Cristo crucificado y de la S. Virgen. Los generales cristianos animaron a las tropas y ordenaron rezar, y los soldados cayeron de rodillas ante el crucifijo y continuaron en fervorosa oración hasta que las flotas se aproximaron. El Almirante Don Juan de Austria arengó en estos términos a los combatientes españoles: "Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía ¿dónde está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre, porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad".

martes, 7 de octubre de 2014

7 DE OCTUBRE - LA VIRGEN DEL ROSARIO



En mí está toda la gracia para el buen camino y la verdad; en mí toda esperanza de vida y de virtud; yo florecí cual rosa plantada junto a las corrientes de las aguas. (Eccli. XXIV)

martes, 1 de julio de 2014

1° DE JULIO: VOTO SOLEMNE DE SANTIAGO DE LINIERS ANTE LA VIRGEN DEL ROSARIO





El 27 de junio de 1806, tropas inglesas a cargo del general William Beresford atacaron Buenos Aires, que no estaba preparada para enfrentar la invasión. Como lo recuerda una placa con transcripciones del archivo de la orden, ese domingo 1 de julio se impidió realizar en el templo el culto al Santísimo Sacramento.
1º de Julio de 1806. En una celda del convento de Santo Domingo, Santiago de Liniers mantiene una secreta conversación con el prior, Fray Gregorio Torres. Liniers acaba de llegar a Buenos Aires, después de solicitar y obtener de Beresford permiso para entrar en la ciudad, En las últimas jornadas, ha permanecido al frente de la batería de la Ensenada, distanciado de los combates que culminaron con la derrota de las fuerzas del Virreinato. Por lo mismo, está libre del compromiso, impuesto a los soldados españoles capturados, de no tomar nuevamente las armas contra los británicos.
Liniers, en consecuencia, está decidido a lanzarse nuevamente a la lucha para liberar a Buenos Aires. Y así lo comunica, con emocionada determinación, al prior de Santo Domingo:

- Estoy resuelto a hacerlo, reverendo padre. Hoy mismo, en el transcurso de la Misa, he hecho ante la imagen sagrada de la Virgen un voto solemne. Le ofreceré las banderas que tome a los británicos si la victoria nos acompaña. Y no dudo que la obtendré si marcho a la lucha con la protección de Nuestra Señora.


Recordemos que Santiago de Liniers hizo ante esta imagen, el 1° de julio de 1806, el voto solemne de ofrecerle las banderas tomadas a los británicos si la reconquista tenía  éxito. Y cumplió su voto, naturalmente, por lo que las banderas tomadas a los ingleses, aun hoy, permanecen en el camarín de la Virgen del Rosario. (Fuente) 



ACTA CONSAGRANDO A LA VIRGEN DEL ROSARIO LOS TROFEOS DE LA RECONQUISTA: 

domingo, 6 de octubre de 2013

SERMÓN EN LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO – R.P. TRINCADO





"Denme un ejército que rece el Rosario y vencerá al mundo" (San Pío X).


Nos referiremos en esta ocasión la victoria de la batalla de Lepanto. Este triunfo dio origen a la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, que se celebra mañana lunes.

Hacia 1571 Europa era amenazada por los musulmanes turcos, que habían conquistado el Norte de África y el medio oriente, y controlaban el Mediterráneo. España y Portugal se habían librado de los musulmanes después de ocho siglos de lucha. Los turcos se preparaban para invadir Europa y tal cosa habría significado el fin del Cristianismo.

La situación era desesperada. El Papa San Pío V trató de unificar a los cristianos para la defensa militar del continente, pero contó con poco apoyo. Finalmente, logró reunir un ejército de 20.000 soldados y una flota de 101 galeones y otros barcos más pequeños. Los turcos, por su parte, poseían la flota más poderosa del mundo, con 300 galeras en las cuales había miles de esclavos cristianos que eran usados como remeros.

Los cristianos estaban en gran desventaja siendo más pequeña su flota, pero poseían un arma invencible: el Santo Rosario. En la bandera de la nave capitana de la escuadra cristiana ondeaban la Santa Cruz y el Santo Rosario.




Conociendo el poder del Rosario, San Pío V pidió a toda la Cristiandad que lo rezara y ayunara, suplicando a la Santísima Virgen su auxilio ante aquel peligro. El Papa ordenó, además, que antes de entrar en combate, se sacara de la armada católica a cualquier soldado cuyo comportamiento pudiese ofender a Dios.

Poco antes del amanecer del 7 de octubre, la flota cristiana encontró a la flota turca anclada en el puerto de Lepanto, Grecia. La flota católica se ordenó en forma de cruz y la flota turca, en forma de media luna, mientras los fieles en todo el mundo dirigían su plegaria a la Santísima Virgen, Rosario en mano, para que ayudara a los cristianos en aquella batalla decisiva.

En nuestra flota se dio la señal de batalla izando la bandera enviada por el Papa, que tenía las imágenes de Cristo crucificado y de la S. Virgen. Los generales cristianos animaron a las tropas y ordenaron rezar, y los soldados cayeron de rodillas ante el crucifijo y continuaron en fervorosa oración hasta que las flotas se aproximaron. El Almirante Don Juan de Austria arengó en estos términos a los combatientes españoles: "Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía ¿dónde está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre, porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad".

Los turcos se lanzaron sobre los cristianos con gran rapidez, pues un fuerte viento les era favorable. Pero sucedió que éste se calmó justo al comenzar la batalla, y pronto cambió de dirección, favoreciendo a los católicos. La batalla fue terrible y sangrienta. Duró desde alrededor de las 6 de la mañana hasta que oscureció.

El Papa Pío V, desde el Vaticano, no cesó de rogar a Dios. Durante la batalla se hizo una procesión del Rosario para pedir la victoria. Estaba conversando con algunos cardenales cuando repentinamente los dejó, se quedó algún tiempo con sus ojos fijos en el cielo, y dijo: "No es hora de hablar más sino de dar gracias a Dios por la victoria que ha concedido a las armas cristianas". El Cielo le había revelado la victoria, confirmada por los mensajeros que llegaron varios días después.


El carácter milagroso del triunfo de Lepanto se corrobora por los testimonios de los prisioneros capturados en la batalla: ellos testificaron que habían visto a N.S. Jesucristo, a San Pedro, a San Pablo y a una gran multitud de ángeles, espada en mano, luchando contra los turcos y cegándolos con humo.

En la batalla de Lepanto murieron unos 30.000 turcos y 5.000 fueron tomados prisioneros. Unos 15.000 esclavos cristianos fueron encontrados encadenados en las galeras y fueron liberados. Los musulmanes perdieron más de 200 naves. La flota cristiana sufrió 7.600 bajas y la pérdida de 12 galeras. Dios, que en su justicia había permitido que parte de las naciones cristianas cayeran bajo la opresión turca, impuso aquel día un límite al Islam y no permitió que el Cristianismo desapareciera.



Los católicos logramos ese 7 de octubre una milagrosa victoria que cambió el curso de la historia. Con este triunfo se fortaleció grandemente la devoción al Santo Rosario. En 1569, (dos años antes de la batalla) el mismo San Pío V había fijado la forma tradicional del Rosario, que se mantuvo intacta hasta que el modernista Juan Pablo II osó modificarla.

En agradecimiento a Dios por la victoria, el Papa Pío V instituyó la fiesta de N.S. de las Victorias, el primer domingo de octubre. A las letanías de Nuestra Señora añadió la invocación "Auxilio de los cristianos". El Papa Pío V murió el primero de mayo de 1572 y fue canonizado en 1712. En 1573, el Papa Gregorio XIII cambió el nombre a la fiesta, por el de Nuestra Señora del Rosario. San Pío X la fijó para el 7 de Octubre y afirmó lo siguiente: "Denme un ejército que rece el Rosario y vencerá al mundo".

Lo acontecido en Lepanto por intercesión de la Virgen y el rezo del Rosario se repitió en otros enfrentamientos con los turcos, como la batalla de Viena, el 12 de septiembre de 1683. En agradecimiento a N. Señora por esta victoria, se estableció la fiesta del Dulce Nombre de María. La victoria en la batalla de Temesvar, en Rumania, el 5 de agosto de 1716, también se debe a la intercesión de la S. Virgen María, etc.

En la actualidad los católicos estamos en situación similar a la de la época de Lepanto. El enemigo parece muy superior y el cáncer modernista triunfante en la Iglesia desde el fatídico Vaticano II se extiende cada vez más. El 29 de enero de 1975, Pablo VI, fiel a los sueños pacifistas y ecumenistas de los liberales, devolvió a los turcos el estandarte que los enemigos de Cristo izaron en su nave principal en Lepanto. Este insigne trofeo había sido conservado casi 400 años en Santa María la Mayor, como un exvoto de eterna gratitud a la Sma. Virgen, Protectora de la Cristiandad.


Y hoy, mientras los traidores liberales entregan Europa a los musulmanes, el astuto demonio ha logrado inocular el veneno liberal también en la FSSPX. El Superior General de la congregación ya ha entregado algunas banderas a los destructores de la Iglesia: ha preferido ceder en ciertos puntos doctrinales ante la amenaza de una nueva excomunión, y sigue dispuesto a poner a la tradición bajo el poder de los liberales, como lo prueba su diplomático silencio ante los constantes escándalos del Papa Francisco y de la secta conciliar.

Estimados fieles: aunque la situación es terrible, tengamos confianza porque la victoria absoluta de Cristo es cierta, indudable, inevitable: es una verdad revelada por el mismo Dios. Nosotros hagamos nuestra parte: “a los soldados toca combatir y a Dios dar la victoria”, decía Santa Juana de Arco: nuestro deber es combatir hasta el final, y para eso contamos con las armas invencibles de Dios: la fe íntegra, el Santo Sacrificio de la Misa y el Santo Rosario.

"Denme un ejército que rece el Rosario y vencerá al mundo".