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viernes, 13 de octubre de 2017
miércoles, 7 de octubre de 2015
NTRA. SRA. DEL ROSARIO
Reina
del Santísimo Rosario, auxilio de los cristianos, refugio del género humano,
vencedora en todas las batallas de Dios, nos postramos suplicantes ante vuestro
Trono, seguros de alcanzar misericordia y de recibir gracias y el oportuno
auxilio en las presentes calamidades, no por nuestros méritos, de los cuales no
presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de vuestro maternal Corazón.
A Vos, a vuestro Corazón Inmaculado, en esta hora grave de la historia humana,
nos confiamos y nos consagramos, no sólo con toda la Santa Iglesia, Cuerpo
Místico de vuestro Jesús, que padece en tantas partes y de tantas maneras es
atribulada y perseguida, sino también con todo el mundo desgarrado por las
discordias, agitado por el odio, víctima de la propia iniquidad. ¡Que os
conmuevan tantas ruinas materiales y morales, tantos dolores, tantas angustias,
tantas almas torturadas, tantas en peligros de perderse eternamente! Vos, ¡oh
Madre de Misericordia!, alcanzadnos de Dios la reconciliación cristiana de los
pueblos y obtened para nosotros aquellas gracias que, en un instante, pueden
convertir los corazones humanos, aquellas gracias que preparan y aseguran esta
suspirada pacificación.
¡Reina
de la Paz, rogad por nosotros!, y dad al mundo la paz en la verdad, en la
justicia, en la caridad de Cristo. Dadle, sobre todo, la paz de las almas, para
que, en la tranquilidad del orden, se dilate el reino de Dios. Conceded vuestra
protección a los infieles y a cuantos yacen en las sombras de la muerte; haced
que surja para ellos el Sol de la verdad y que puedan, juntamente con nosotros,
repetir: “¡Gloria a Dios, en lo alto de los cielos y paz, en la tierra, a los
hombres de buena voluntad!”. A los pueblos separados por el error,
particularmente a los que os profesan singular devoción, dadles la paz y
conducidlos de nuevo al único redil de Cristo, bajo el único y verdadero
Pastor. Alcanzad libertad completa a la Iglesia Santa de Dios; defendedla contra
sus enemigos; detened el diluvio invasor de la inmoralidad; suscitad en los
fieles el amor a la pureza, la práctica de la vida cristiana y el celo
apostólico, para que el pueblo de los que sirven a Dios aumente en méritos y en
número.
Finalmente,
así como al Corazón de vuestro Jesús fueron consagrados la Iglesia y todo el
género humano, para que, poniendo en Él toda la esperanza, fuese para ellos
fuente inagotable de victoria y de salvación, asimismo nosotros nos consagramos
también a Vos, a vuestro Corazón Inmaculado, ¡oh Madre nuestra del Rosario y
Reina del mundo!, a fin de que vuestro amor y vuestro patrocinio apresuren el
triunfo del reinado de Dios, y todas las gentes, pacificadas con Dios y entre
sí, os proclamen bienaventurada, y entonces, con Vos, entonen de un extremo a
otro de la tierra, el eterno “Magnificat” de gloria, de amor, de reconocimiento
al Corazón de Jesús, el único en el cual pueden encontrar la verdad, la vida y
la paz.
S.S. Pío XII
SERMÓN EN LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO - P. TRINCADO
"Denme un ejército que rece
el Rosario y vencerá al mundo" (San Pío X).
Nos referiremos en esta ocasión
la victoria de la batalla de Lepanto. Este triunfo dio origen a la fiesta de
Nuestra Señora del Rosario, que celebramos hoy.
Hacia 1571 Europa era amenazada
por los musulmanes turcos, que habían conquistado el Norte de África y el medio
oriente, y controlaban el Mediterráneo. España y Portugal se habían librado de
los musulmanes después de ocho siglos de lucha. Los turcos se preparaban para
invadir Europa y tal cosa habría significado el fin del Cristianismo.
La situación era desesperada. El
Papa San Pío V trató de unificar a los cristianos para la defensa militar del
continente, pero contó con poco apoyo. Finalmente, logró reunir un ejército de
20.000 soldados y una flota de 101 galeones y otros barcos más pequeños. Los
turcos, por su parte, poseían la flota más poderosa del mundo, con 300 galeras
en las cuales había miles de esclavos cristianos que eran usados como remeros.
Los cristianos estaban en gran
desventaja siendo más pequeña su flota, pero poseían un arma invencible: el
Santo Rosario. En la bandera de la nave capitana de la escuadra cristiana
ondeaban la Santa Cruz y el Santo Rosario.
Conociendo el poder del Rosario,
San Pío V pidió a toda la Cristiandad que lo rezara y ayunara, suplicando a la
Santísima Virgen su auxilio ante aquel peligro. El Papa ordenó, además, que
antes entrar en combate, se sacara de la armada católica a cualquier soldado
cuyo comportamiento pudiese ofender a Dios.
Poco antes del amanecer del 7 de
octubre, la flota cristiana encontró a la flota turca anclada en el puerto de
Lepanto, Grecia. La flota católica se ordenó en forma de cruz y la flota turca,
en forma de media luna, mientras los fieles en todo el mundo dirigían su
plegaria a la Santísima Virgen, Rosario en mano, para que ayudara a los
cristianos en aquella batalla decisiva.
En nuestra flota se dio la señal
de batalla izando la bandera enviada por el Papa, que tenía las imágenes de Cristo
crucificado y de la S. Virgen. Los generales cristianos animaron a las tropas y
ordenaron rezar, y los soldados cayeron de rodillas ante el crucifijo y
continuaron en fervorosa oración hasta que las flotas se aproximaron. El
Almirante Don Juan de Austria arengó en estos términos a los combatientes
españoles: "Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo
dispone. No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía
¿dónde está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre, porque muertos o
victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad".
martes, 7 de octubre de 2014
7 DE OCTUBRE - LA VIRGEN DEL ROSARIO
En
mí está toda la gracia para el buen camino y la verdad; en mí toda esperanza de
vida y de virtud; yo florecí cual rosa plantada junto a las corrientes de las
aguas.
(Eccli. XXIV)
martes, 1 de julio de 2014
1° DE JULIO: VOTO SOLEMNE DE SANTIAGO DE LINIERS ANTE LA VIRGEN DEL ROSARIO
El
27 de junio de 1806, tropas inglesas
a cargo del general William Beresford atacaron Buenos Aires, que no estaba
preparada para enfrentar la invasión. Como lo recuerda una placa con
transcripciones del archivo de la orden, ese domingo 1 de julio se impidió
realizar en el templo el culto al Santísimo Sacramento.
1º de Julio de
1806. En una celda del convento de Santo
Domingo, Santiago de Liniers mantiene una secreta conversación con el prior,
Fray Gregorio Torres. Liniers acaba de llegar a Buenos Aires, después de
solicitar y obtener de Beresford permiso para entrar en la ciudad, En las
últimas jornadas, ha permanecido al frente de la batería de la Ensenada,
distanciado de los combates que culminaron con la derrota de las fuerzas del
Virreinato. Por lo mismo, está libre del compromiso, impuesto a los soldados
españoles capturados, de no tomar nuevamente las armas contra los británicos.
Liniers,
en consecuencia, está decidido a lanzarse nuevamente a la lucha para liberar a
Buenos Aires. Y así lo comunica, con emocionada determinación, al prior de
Santo Domingo:
- Estoy resuelto
a hacerlo, reverendo padre. Hoy mismo, en el transcurso de la Misa, he hecho
ante la imagen sagrada de la Virgen un voto solemne. Le ofreceré las banderas
que tome a los británicos si la victoria nos acompaña. Y no dudo que la
obtendré si marcho a la lucha con la protección de Nuestra Señora.
Recordemos que Santiago de
Liniers hizo ante esta imagen, el 1° de julio de 1806, el voto solemne de
ofrecerle las banderas tomadas a los británicos si la reconquista tenía éxito. Y cumplió su voto, naturalmente, por
lo que las banderas tomadas a los ingleses, aun hoy, permanecen en el camarín
de la Virgen del Rosario. (Fuente)
ACTA CONSAGRANDO
A LA VIRGEN DEL ROSARIO LOS TROFEOS DE LA RECONQUISTA:
lunes, 7 de octubre de 2013
domingo, 6 de octubre de 2013
SERMÓN EN LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO – R.P. TRINCADO
"Denme un ejército
que rece el Rosario y vencerá al mundo" (San Pío X).
Nos
referiremos en esta ocasión la victoria de la batalla de Lepanto. Este triunfo
dio origen a la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, que se celebra mañana
lunes.
Hacia
1571 Europa era amenazada por los musulmanes turcos, que habían conquistado el
Norte de África y el medio oriente, y controlaban el Mediterráneo. España y
Portugal se habían librado de los musulmanes después de ocho siglos de lucha.
Los turcos se preparaban para invadir Europa y tal cosa habría significado el
fin del Cristianismo.
La
situación era desesperada. El Papa San Pío V trató de unificar a los cristianos
para la defensa militar del continente, pero contó con poco apoyo. Finalmente,
logró reunir un ejército de 20.000 soldados y una flota de 101 galeones y otros
barcos más pequeños. Los turcos, por su parte, poseían la flota más poderosa
del mundo, con 300 galeras en las cuales había miles de esclavos cristianos que
eran usados como remeros.
Los
cristianos estaban en gran desventaja siendo más pequeña su flota, pero poseían
un arma invencible: el Santo Rosario. En la bandera de la nave capitana de la
escuadra cristiana ondeaban la Santa Cruz y el Santo Rosario.
Conociendo
el poder del Rosario, San Pío V pidió a toda la Cristiandad que lo rezara y
ayunara, suplicando a la Santísima Virgen su auxilio ante aquel peligro. El
Papa ordenó, además, que antes de entrar en combate, se sacara de la armada
católica a cualquier soldado cuyo comportamiento pudiese ofender a Dios.
Poco
antes del amanecer del 7 de octubre, la flota cristiana encontró a la flota
turca anclada en el puerto de Lepanto, Grecia. La flota católica se ordenó en
forma de cruz y la flota turca, en forma de media luna, mientras los fieles en
todo el mundo dirigían su plegaria a la Santísima Virgen, Rosario en mano, para
que ayudara a los cristianos en aquella batalla decisiva.
En
nuestra flota se dio la señal de batalla izando la bandera enviada por el Papa,
que tenía las imágenes de Cristo crucificado y de la S. Virgen. Los generales
cristianos animaron a las tropas y ordenaron rezar, y los soldados cayeron de
rodillas ante el crucifijo y continuaron en fervorosa oración hasta que las
flotas se aproximaron. El Almirante Don Juan de Austria arengó en estos
términos a los combatientes españoles: "Hijos, a morir hemos venido, o a
vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión para que el enemigo os pregunte
con arrogancia impía ¿dónde está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre,
porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad".
Los
turcos se lanzaron sobre los cristianos con gran rapidez, pues un fuerte viento
les era favorable. Pero sucedió que éste se calmó justo al comenzar la batalla,
y pronto cambió de dirección, favoreciendo a los católicos. La batalla fue
terrible y sangrienta. Duró desde alrededor de las 6 de la mañana hasta que
oscureció.
El
Papa Pío V, desde el Vaticano, no cesó de rogar a Dios. Durante la batalla se
hizo una procesión del Rosario para pedir la victoria. Estaba conversando con
algunos cardenales cuando repentinamente los dejó, se quedó algún tiempo con
sus ojos fijos en el cielo, y dijo: "No es hora de hablar más sino de dar
gracias a Dios por la victoria que ha concedido a las armas cristianas".
El Cielo le había revelado la victoria, confirmada por los mensajeros que
llegaron varios días después.
El
carácter milagroso del triunfo de Lepanto se corrobora por los testimonios de
los prisioneros capturados en la batalla: ellos testificaron que habían visto a
N.S. Jesucristo, a San Pedro, a San Pablo y a una gran multitud de ángeles,
espada en mano, luchando contra los turcos y cegándolos con humo.
En
la batalla de Lepanto murieron unos 30.000 turcos y 5.000 fueron tomados
prisioneros. Unos 15.000 esclavos cristianos fueron encontrados encadenados en
las galeras y fueron liberados. Los musulmanes perdieron más de 200 naves. La
flota cristiana sufrió 7.600 bajas y la pérdida de 12 galeras. Dios, que en su
justicia había permitido que parte de las naciones cristianas cayeran bajo la
opresión turca, impuso aquel día un límite al Islam y no permitió que el Cristianismo
desapareciera.
Los
católicos logramos ese 7 de octubre una milagrosa victoria que cambió el curso
de la historia. Con este triunfo se fortaleció grandemente la devoción al Santo
Rosario. En 1569, (dos años antes de la batalla) el mismo San Pío V había
fijado la forma tradicional del Rosario, que se mantuvo intacta hasta que el
modernista Juan Pablo II osó modificarla.
En
agradecimiento a Dios por la victoria, el Papa Pío V instituyó la fiesta de
N.S. de las Victorias, el primer domingo de octubre. A las letanías de Nuestra
Señora añadió la invocación "Auxilio de los cristianos". El Papa Pío
V murió el primero de mayo de 1572 y fue canonizado en 1712. En 1573, el Papa
Gregorio XIII cambió el nombre a la fiesta, por el de Nuestra Señora del Rosario.
San Pío X la fijó para el 7 de Octubre y afirmó lo siguiente: "Denme un
ejército que rece el Rosario y vencerá al mundo".
Lo
acontecido en Lepanto por intercesión de la Virgen y el rezo del Rosario se
repitió en otros enfrentamientos con los turcos, como la batalla de Viena, el
12 de septiembre de 1683. En agradecimiento a N. Señora por esta victoria, se
estableció la fiesta del Dulce Nombre de María. La victoria en la batalla de
Temesvar, en Rumania, el 5 de agosto de 1716, también se debe a la intercesión
de la S. Virgen María, etc.
En
la actualidad los católicos estamos en situación similar a la de la época de
Lepanto. El enemigo parece muy superior y el cáncer modernista triunfante en la
Iglesia desde el fatídico Vaticano II se extiende cada vez más. El 29 de enero
de 1975, Pablo VI, fiel a los sueños pacifistas y ecumenistas de los liberales,
devolvió a los turcos el estandarte que los enemigos de Cristo izaron en su
nave principal en Lepanto. Este insigne trofeo había sido conservado casi 400
años en Santa María la Mayor, como un exvoto de eterna gratitud a la Sma.
Virgen, Protectora de la Cristiandad.
Y
hoy, mientras los traidores liberales entregan Europa a los musulmanes, el
astuto demonio ha logrado inocular el veneno liberal también en la FSSPX. El
Superior General de la congregación ya ha entregado algunas banderas a los
destructores de la Iglesia: ha preferido ceder en ciertos puntos doctrinales
ante la amenaza de una nueva excomunión, y sigue dispuesto a poner a la
tradición bajo el poder de los liberales, como lo prueba su diplomático
silencio ante los constantes escándalos del Papa Francisco y de la secta
conciliar.
Estimados
fieles: aunque la situación es terrible, tengamos confianza porque la victoria
absoluta de Cristo es cierta, indudable, inevitable: es una verdad revelada por
el mismo Dios. Nosotros hagamos nuestra parte: “a los soldados toca combatir y
a Dios dar la victoria”, decía Santa Juana de Arco: nuestro deber es combatir
hasta el final, y para eso contamos con las armas invencibles de Dios: la fe
íntegra, el Santo Sacrificio de la Misa y el Santo Rosario.
"Denme un ejército
que rece el Rosario y vencerá al mundo".
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