LAS
TRES FASES POLÍTICAS
Comenzaré
este estudio por un acto de fe, confesando que todo poder viene de Dios:
"Dios, dice el Eclesiastés, ha dado
a cada pueblo un gobernante”. (1) San Pablo ha confirmado esta verdad,
cuando dijo a los romanos que el príncipe es el ministro de Dios para
favorecerlos en el bien. (2). Un gobierno que no está fundado sobre
este acto de fe, no es un gobierno cristiano. El manual de política redactado
por Bossuet para la instrucción del hijo de Luis XIV, de quien era preceptor,
fue titulado “La política según las
palabras de las Sagradas Escrituras", y comienza por estos términos:
"Dios es el rey de los reyes".
De esto surge, como lo ha observado Donoso Cortés, que "toda gran cuestión política supone y
desarrolla una gran cuestión religiosa”. Esta observación fundamental no
ha escapado a ningún hombre serio (3). Proudhon mismo ha dicho
"que era sorprendente de que en el
fondo de nuestra política nosotros encontramos siempre a la teología"
(4). Y Blanc de Saint Bonnet ha expresado la misma verdad diciendo
que "las naciones han sido educadas
por sus religiones como los hijos por sus madres” (5). No puede separarse
la historia de las creencias religiosas de un pueblo y la historia de sus
instituciones. Más aún, cada régimen político refleja las tendencias de la
religión dominante en su época. Muchos autores han señalado la analogía que
existe entre la monarquía hereditaria y el teísmo cristiano, la aristocracia y
el luteranismo, la democracia y el calvinismo, el estatismo moderno y el
deísmo, el capitalismo y el puritanismo, el socialismo y el pietismo. No se
separa la Iglesia y el Estado.
Estas
consideraciones sobre la política no están inspiradas en Aristóteles y en su
clasificación cuantitativa de las formas de gobierno; monarquía y poliarquía.
La sociedad cristiana no está fundada en reglas aritméticas, pero sí en la
teología. Para el teólogo, el hombre y por extensión la sociedad han sido
creados a imagen de Dios, a imagen de las tres personas de la Santísima
Trinidad. Hasta fin del siglo XVI, los cristianos han proclamado que ninguna
dominación debía fundarse mas que en la imagen de Dios: “non fundatur dominium nisi in imagine Dei”. Bacon de Verulam mismo
ha repetido esta máxima en su “Diálogo
sobre la guerra santa", en 1622. La sociedad fundada a imagen de Dios
era por consiguiente una en tres personas, pero cuando el hombre, a partir del
Renacimiento, se consideró a sí mismo como la imagen del mundo, se redujo a una
unidad aritmética, y la sociedad se transformó en unitaria. Fue entonces que
los Socinianos, llamados Unitarios, negaron la Trinidad.
Bajo
el “Ancien Régine”, la sociedad estaba dividida en tres órdenes. El clero
decía: “Yo rezo por los tres órdenes”; la nobleza decía: “Yo combato por los
tres órdenes”; y el estado llano decía: “Yo trabajo por los tres órdenes”. Era
la imagen del Cuerpo Místico de Cristo: la Iglesia que combate presentando una
mano a la Iglesia que sufre y dando la otra a la Iglesia que triunfa. La unidad
de esta sociedad fue simbolizada por un árbol en el que la cima toca al Cielo,
donde las raíces están ligadas a la tierra, y donde el tronco forma la unión
entre el Cielo y la tierra. Las raíces aportan al árbol entero los alimentos
terrestres; las hojas los alimentos celestiales comunicándole los buenos
efectos del sol y del aire; el tronco y 'las ramas le dan su forma y mantienen
su orientación hacia el Cielo. Entre los tres órdenes existía una estrecha
colaboración dirigida hacia un fin sobrenatural: Dios. En tanto que el árbol
social ha estado orientado hacia Dios, su origen y su fin, el Alfa y el Omega,
no ha estado amenazado por las revoluciones y las luchas de clases, estos
castigos que Dios envió a las sociedades cuyo tronco está podrido, cuyas ramas
y hojas caen por tierra, y cuyas raíces no llenan más sus funciones sociales.
Una
sociedad, que ha perdido de vista su fin sobrenatural, puede compararse a los
restos de un naufragio tirados por la costa. Los sobrevivientes, después de un
momento de pánico, se aproximan poco a poco al imponente esqueleto a la
búsqueda de los despojos. Unos se apoderan de los objetos de arte y de los
instrumentos de abordo, otros se proveen de armas y de provisiones amontonadas
en la bodega, otros en fin se contentan con recoger las tablas dispersadas por
la arena para hacer fuego. Sin embargo habrá posiblemente uno entre la masa,
que no habiendo tomado nada entre sus manos, se irá llevándose lo principal: él
habrá recogido la idea de la gran cosa inerte convertida en juguete de las olas
y, gracias a la idea, este espectador ideal, que sus contemporáneos han llamado
santo o poeta, podrá realizar o por lo menos inspirar una obra nueva marcada
por el fuego de la idea.
Las
sociedades desorientadas se parecen a un barco desamparado, encallado en la
costa. Ellas ofrecen a unos juegos y diversiones, otros se pelean alrededor de
sus despojos y, cuando todo parece haber desaparecido de la superficie,
resuena de golpe la voz de Dios y la voz de los muertos ante la estupefacción
de los vivos. Uno no sabría insistir demasiado sobre el rol de la inspiración
en política. Todas las grandes dinastías reales han sido fundadas o mantenidas
por hombres unidos a Dios por una estrecha comunión, santos y santas. "Con santos y bárbaros se funda una
civilización”, ha dicho Blanc de Saint-Bonnet (6). Recordemos a San
Guntrano, primer rey franco de Borgonia; a Santa Clotilde, esposa de Clovis,
séptimo rey de Francia de la dinastía de los Merovingios considerado el
verdadero fundador de la realeza francesa; a San Carlomagno, décimo rey de
Francia, primer rey de Italia y primer emperador de Occidente y de Alemania; a
San Enrique, décimo emperador de Alemania y a su esposa Santa Cunegunda; a San
Fernando, décimo rey de Castilla; a San Dionisio, sexto rey de Portugal y a su
mujer Santa Isabel; a San Esteban y a San Ladislao, primer y noveno reyes de
Hungría; a San Eduardo, décimotercero rey de Inglaterra; a San Canuto, undécimo
rey de Dinamarca, y a tantos otros príncipes y princesas que han ilustrado las
casas reales por sus virtudes y han sido elevados a los altares.








