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viernes, 20 de noviembre de 2015

LAS TRES FASES POLÍTICAS - GUILLERMO GUEYDAN DE ROUSSEL


LAS TRES FASES POLÍTICAS




Comenzaré este estudio por un acto de fe, confesando que todo po­der viene de Dios: "Dios, dice el Eclesiastés, ha dado a cada pueblo un gobernante”. (1) San Pablo ha confirmado esta verdad, cuando dijo a los romanos que el príncipe es el ministro de Dios para favorecerlos en el bien. (2). Un gobierno que no está fundado sobre este acto de fe, no es un gobierno cristiano. El manual de política redactado por Bossuet para la instrucción del hijo de Luis XIV, de quien era preceptor, fue titulado “La política según las palabras de las Sagradas Escrituras", y comienza por estos términos: "Dios es el rey de los reyes". De esto surge, como lo ha observado Donoso Cortés, que "toda gran cuestión po­lítica supone y desarrolla una gran cuestión religiosa”. Esta observa­ción fundamental no ha escapado a ningún hombre serio (3). Proudhon mismo ha dicho "que era sorprendente de que en el fondo de nuestra política nosotros encontramos siempre a la teología" (4). Y Blanc de Saint Bonnet ha expresado la misma verdad diciendo que "las naciones han sido educadas por sus religiones como los hijos por sus madres” (5). No puede separarse la historia de las creencias religiosas de un pueblo y la historia de sus instituciones. Más aún, cada régimen político refleja las tendencias de la religión dominante en su época. Muchos auto­res han señalado la analogía que existe entre la monarquía hereditaria y el teísmo cristiano, la aristocracia y el luteranismo, la democracia y el calvinismo, el estatismo moderno y el deísmo, el capitalismo y el puri­tanismo, el socialismo y el pietismo. No se separa la Iglesia y el Estado.

Estas consideraciones sobre la política no están inspiradas en Aris­tóteles y en su clasificación cuantitativa de las formas de gobierno; mo­narquía y poliarquía. La sociedad cristiana no está fundada en reglas aritméticas, pero sí en la teología. Para el teólogo, el hombre y por extensión la sociedad han sido creados a imagen de Dios, a imagen de las tres personas de la Santísima Trinidad. Hasta fin del siglo XVI, los cristianos han proclamado que ninguna dominación debía fundarse mas que en la imagen de Dios: “non fundatur dominium nisi in imagine Dei”. Bacon de Verulam mismo ha repetido esta máxima en su “Diálogo sobre la guerra santa", en 1622. La sociedad fundada a imagen de Dios era por consiguiente una en tres personas, pero cuando el hombre, a partir del Renacimiento, se consideró a sí mismo como la imagen del mundo, se redujo a una unidad aritmética, y la sociedad se transformó en unitaria. Fue entonces que los Socinianos, llamados Unitarios, negaron la Trini­dad.

Bajo el “Ancien Régine”, la sociedad estaba dividida en tres órde­nes. El clero decía: “Yo rezo por los tres órdenes”; la nobleza decía: “Yo combato por los tres órdenes”; y el estado llano decía: “Yo trabajo por los tres órdenes”. Era la imagen del Cuerpo Místico de Cristo: la Iglesia que combate presentando una mano a la Iglesia que sufre y dando la otra a la Iglesia que triunfa. La unidad de esta sociedad fue simbolizada por un árbol en el que la cima toca al Cielo, donde las raíces están ligadas a la tierra, y donde el tronco forma la unión entre el Cielo y la tierra. Las raíces aportan al árbol entero los alimentos terrestres; las hojas los alimentos celestiales comunicándole los buenos efectos del sol y del aire; el tronco y 'las ramas le dan su forma y mantienen su orientación hacia el Cielo. Entre los tres órdenes existía una estrecha colaboración dirigida hacia un fin sobrenatural: Dios. En tanto que el árbol social ha estado orientado hacia Dios, su origen y su fin, el Alfa y el Omega, no ha estado amenazado por las revoluciones y las luchas de clases, estos castigos que Dios envió a las sociedades cuyo tronco está podrido, cuyas ramas y hojas caen por tierra, y cuyas raí­ces no llenan más sus funciones sociales.

Una sociedad, que ha perdido de vista su fin sobrenatural, puede compararse a los restos de un naufragio tirados por la costa. Los sobre­vivientes, después de un momento de pánico, se aproximan poco a poco al imponente esqueleto a la búsqueda de los despojos. Unos se apoderan de los objetos de arte y de los instrumentos de abordo, otros se proveen de armas y de provisiones amontonadas en la bodega, otros en fin se con­tentan con recoger las tablas dispersadas por la arena para hacer fuego. Sin embargo habrá posiblemente uno entre la masa, que no habiendo tomado nada entre sus manos, se irá llevándose lo principal: él habrá recogido la idea de la gran cosa inerte convertida en juguete de las olas y, gracias a la idea, este espectador ideal, que sus contemporáneos han llamado santo o poeta, podrá realizar o por lo menos inspirar una obra nueva marcada por el fuego de la idea.

Las sociedades desorientadas se parecen a un barco desamparado, encallado en la costa. Ellas ofrecen a unos juegos y diversiones, otros se pelean alrededor de sus despojos y, cuando todo parece haber des­aparecido de la superficie, resuena de golpe la voz de Dios y la voz de los muertos ante la estupefacción de los vivos. Uno no sabría insistir demasiado sobre el rol de la inspiración en política. Todas las grandes dinastías reales han sido fundadas o mantenidas por hombres unidos a Dios por una estrecha comunión, santos y santas. "Con santos y bár­baros se funda una civilización”, ha dicho Blanc de Saint-Bonnet (6). Recordemos a San Guntrano, primer rey franco de Borgonia; a Santa Clotilde, esposa de Clovis, séptimo rey de Francia de la dinastía de los Merovingios considerado el verdadero fundador de la realeza francesa; a San Carlomagno, décimo rey de Francia, primer rey de Italia y primer emperador de Occidente y de Alemania; a San Enrique, décimo empe­rador de Alemania y a su esposa Santa Cunegunda; a San Fernando, décimo rey de Castilla; a San Dionisio, sexto rey de Portugal y a su mujer Santa Isabel; a San Esteban y a San Ladislao, primer y noveno reyes de Hungría; a San Eduardo, décimotercero rey de Inglaterra; a San Canuto, undécimo rey de Dinamarca, y a tantos otros príncipes y princesas que han ilustrado las casas reales por sus virtudes y han sido elevados a los altares.

martes, 14 de abril de 2015

¿QUÉ SON LOS ESTADOS UNIDOS?




Guillermo Gueydan de Roussel


INTRODUCCIÓN

En este estudio expondré el papel de las sociedades secretas en la formación de los Estados Unidos de Norteamérica. Estas investigaciones permitirán al lector atento comparar el origen, la historia e incluso el futuro de la gran República del Norte y de las naciones de América del Sur.
Siendo esta historia relativamente reciente en comparación con la historia de las naciones europeas, es posible conocer sus actores y sus gestas con toda objetividad, sin recurrir a leyendas.
Para conocer el papel de la francmasonería, es menester con­sultar sus archivos, pero ellos no están al alcance de los pro­fanos. Existen, sin embargo, diccionarios masónicos, el más im­portante de los cuales es el Internationales Freimaurer Lexikon, cuyo principal autor, Lennhoff, era dignatario de la Gran Logia de Viena y Gran Comendador del Supremo Consejo del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Estos diccionarios constituyen pa­ra el historiador la clave de todos los acontecimientos impor­tantes de estos dos últimos siglos, porque la identidad secreta de un hombre político tiene más influencia sobre su conducta, sus actos y sus discursos que su nacionalidad, su raza o su re­ligión: recibiendo la “Iniciación” y obligándose a guardar su secreto, el hombre se convierte en el instrumento de un demo­nio y sus menores actos toman una significación y un alcance cuyo origen escapa al público.

Noticia biográfica de Benjamín Franklin

Uno de los principales fundadores de los Estados Unidos fue Benjamín Franklin (1706-1790). Los historiadores acostumbran considerar su fulgurante carrera y sus éxitos inesperados como “providenciales”. De hecho, no tienen nada de providencial. Hijo de un fabricante de velas y de jabón y perteneciente a una familia de cuáqueros muy modesta, Franklin hizo en su juventud dos viajes para perfeccionarse en el arte de la imprenta. En 1776, firmó la Declaración de Independencia y, el mismo año, fue enviado a Francia en calidad de ministro plenipotenciario a fin de obtener el apoyo de Luis XVI contra Inglaterra. Dos años más tarde, retornó a Francia como embajador para firmar el Tratado de Paz con Inglaterra (1783). Terminó su carrera como Gobernador de Pensilvania. Tal es la biografía oficial de este “gran hombre”. Veamos la otra.

Historia secreta de Benjamín Franklin

Franklin fue “iniciado” a la edad de 25 años en la Logia “San Juan de Jerusalén”. En Inglaterra, entró en relación con los “Hermanos” y estudió los misterios de la secta. Leyó con admiración la obra secreta de las Constituciones de Anderson, carta fundamental de la franc-masonería, a la que se adjuntaba el Discurso preliminar de Ramsay, que fue Gran Orador de la Gran Logia de Inglaterra. Fue allí donde encontró el secreto de los colonos de América del Norte, separados por sus orígenes, sus lenguas, sus costumbres y sus creencias religiosas. De hecho, la Logia “Unión Americana”, a la que pertenecieron Washington y Lafayette, fue creada antes de la unión política conocida bajo el nombre de Estados Unidos. Ramsay decía: “Se creará un Pueblo nuevo que, estando compuesto por varias naciones (era justamente el caso de las colonias inglesas), de alguna manera las cimentará a todas por el lazo de la virtud y de la ciencia”. Y, entre las “Obligaciones de un Franc-masón”, encontró la solución a la diversidad de las religiones: “Dejando a los masones sus opiniones particulares, resulta más adecuado obligarlos solamente a seguir la Religión en la que todos los hombres están de acuerdo”.


Por otra parte, las Constituciones de Anderson, favorables a la “Paz” y opuestas a la rebelión, no condenan al Hermano “de ser rebelde al Estado... si no está convicto de ningún otro crimen”. Por tanto la independencia de las colonias podía eventualmente realizarse mediante la violencia.

martes, 8 de julio de 2014

EL TESTIGO




CATAPULTA

SERÉIS MIS TESTIGOSHechos de los Apóstoles, I, 8

Releí a fondo lo que escribió Guillermo Gueydan de Roussel* en Jauja -la revista del Padre Castellani- en octubre de 1969:

La política metafísica no es más una lucha de hombre a hombre, como la política agonal, ni una lucha convencional, como la política- juego, sino una lucha de ideas encarnadas en los hombres, y representadas por los símbolos. Al portador de la idea se le llama testigo. El testigo es el personaje principal de la política metafísica. Es la medida humana de la idea, en tanto que el campeón no es más que la medida humana de la materia. Es un abuso del lenguaje hablar del mártir del aire, mártir del mar, mártir del frío, mártir de la ciencia, etc. El testigo no recurre ni a los medios técnicos, ni a la astucia, no se somete a reglas preestablecidas, ni lleva colores, sino simplemente un símbolo. El símbolo es el uniforme de guerra de la idea, cuando ella desciende a la liza para combatir a otras ideas. Él es inmaculado, es decir, sin manchas.

El testigo está desligado de la materia, contribuyendo eficazmente al triunfo de la idea de la que es portador. “Yo creo en los testigos que se hacen degollar”, dijo Pascal. “Detrás de todos los acontecimientos hay un hombre que se decidió a morir”, observa Bernanos.

Muchas reflexiones suscitan la hondura y el rigor del texto.

A mí me surgieron en forma de preguntas: ¿Actualmente hay posibilidad de otros caminos en la acción política, fuera del diario testimonio? ¿Vale la pena desgastarse en las falsas luchas de la política-juego, es decir, la que conviene a la partidocracia? ¿O, como testigos, deberemos estar listos para dar la vida?

Y me respondí a mí mismo:

1)El testimonio es necesario de necesidad absoluta, porque la semilla, si cae en buena tierra, tarde o temprano germinará.

2)La política-juego es una engañifa, una trampa. Si participamos en ella, perderemos. Una diputación, una concejalía, nos llevan a transar, a dejar los principios de lado. No nos dejemos engañar por los cantos de sirenas. (Tengo la experiencia del MODIN a cuestas).

3)Lo que sí podemos hacer es formar un Movimiento Cívico de Resistencia Nacional, en cuyas filas se anoten únicamente los que tengan alma de testigos. (En latín, testis; de allí sale testiculus: sin tenerlos, mejor abstenerse).

4)Para quienes no renegamos de nuestra militancia nacionalista y católica -a pesar de que algún imbécil nos siga denostando- dos ejemplos iluminan el camino: Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri, asesinados por ser nacionalistas y por ser católicos, por si el imbécil de marras no está enterado. Ambos esperaban la muerte a la vuelta de la esquina y se “hicieron degollar”, como pedía Pascal. Que su sangre generosa haya servido para fecundar la tierra yerma.




Nota catapúltica: Guillermo Gueydan de Roussel fue una inteligencia aguda y poderosa. Durante el gobierno del Mariscal Pétain tuvo la responsabilidad de echar a los masones de los cargos públicos. Nunca se lo perdonaron. Vino a nuestro país y se instaló en El Bolsón, a orillas del lago Puelo, donde siguió predicando la Verdad hasta el día en que el Señor lo llamó. El artículo de Jauja está reproducido en Verdad y Mitos, una recopilación de algunos de sus escritos que editó Gladius en 1987. Es lectura obligada para quienes estén dispuestos a ser “testigos”.
  



sábado, 23 de marzo de 2013

IGUALDAD





“La nivelación de los hombres será, según el profeta Isaías, el primer signo del fin del mundo: “Y como el pueblo así será el sacerdote; y como el esclavo así su señor; como la sierva, así su señora…”(XXIV, 2)

Guillermo Gueydan de Roussel, “Verdad y mitos”.

martes, 15 de enero de 2013

LA NUEVA OLA



“Más fuerte es el niño que en la tempestad se agarra a las rocas, que el hombre abandonado al vaivén de las olas”.

Dom Columba Marmion, “Jesucristo, ideal del monje”.


Hay una imagen a la que suele recurrir Monseñor Fellay, tanto en sus conferencias como en sus escritos, una imagen infortunada con la que intenta describir y transmitir su optimismo con respecto a la Roma conciliar. Es la que sigue, en sus propias palabras: “La situación de la Iglesia se parece cada vez más a un mar agitado, en todos los sentidos. En él vemos olas que pretenden cada vez más hacer zozobrar la barca de Pedro, arrastrándola a abismos sin fin. Desde el Concilio Vaticano II parece que una ola quiere llevarse consigo todo hacia el fondo, no dejando sino un montón de ruinas y un desierto espiritual, al que los propios Papas han denominado una apostasía (…) Volviendo a nuestra imagen, parece que desde hace algún tiempo, más o menos desde la subida al pontificado del Papa Benedicto XVI, ha aparecido una nueva ola, mucho más modesta que la primera, pero no obstante bastante persistente como para que la podamos percibir y que, contra todo pronóstico, parece ir contra el sentido de la primera. Los indicios son suficientemente variados y numerosos como para poder afirmar que este nuevo movimiento de reforma o de restauración es algo real” (Carta a los amigos y benefactores Nº 76, 1 de mayo de 2010).

Sigue luego el Superior General con su ejemplo: “Aunque en nuestros medios se estime, con razón, que estos esfuerzos son aún insuficientes para frenar la decadencia y la crisis de la Iglesia, particularmente al ver cierto número de actos que se sitúan en la triste línea de su predecesor, como las visitas a la sinagoga y al templo protestante, con todo, en los medios progresistas ha sonado la hora de zafarrancho de combate. La gran ola se enfrenta con la pequeña con una violencia sorprendente. No es de extrañar que el encuentro de ambas olas, tan desiguales, cause tantos remolinos y tumultos, y provoque una situación muy confusa, en la que es muy difícil distinguir y predecir cuál de las dos olas va a prevalecer. No obstante, se trata de algo nuevo, y merece ser saludado” (Idem).

En otra ocasión, también recurría a esta metáfora: “Tengo una imagen para describir esta situación: es como el encuentro de dos olas. Una es la del Concilio, cuya consecuencia es la decadencia de la Iglesia, una destrucción de la Iglesia, de la cual no se puede esperar una resurrección humanamente hablando, porque hay tanto mal que ha sido hecho y que continúa, como por ejemplo la disminución de las vocaciones, de los sacerdotes, de las órdenes religiosas (…) Y claro que hay obispos que van a hacer todo lo que puedan para impedir la otra ola que ya se acerca, y que se nota especialmente en la juventud. También en los seminarios modernos (…) Y en situación vemos que poco a poco hay un progreso y esta nueva ola que empieza, que es un inicio, no espectacular, pequeña pero real y que se ve en todo el mundo. Esto es impresionante. Y ahora podemos decir que asistimos al encuentro de esta ola que sale, que cae, con otra que quiere subir, lo que significa muchas tribulaciones y confusión” (Sermón pronunciado en Madrid, 15 de noviembre de 2009).

Estas mismas palabras, poco más, poco menos, serían escuchadas también en una conferencia en Buenos Aires, como parte de un repertorio ya conocido para convencer a los oyentes de esperanzarse, o por lo menos mirar con simpatías el pontificado actual. A pesar de cositas menores, claro, como las visitas a las sinagogas o el templo protestante.

Pero veamos. ¿Por qué Monseñor Fellay usa e insiste en usar repetidamente esta imagen? Pues porque es la más perfecta e inconsciente imagen de su propio pensamiento, ambiguo, confuso y contradictorio, contaminado por el lenguaje liberal de los modernistas “nuevaoleros”*.

El mar es el símbolo de lo móvil e indeterminado, de las fuerzas caóticas del mundo de donde ha de surgir el Leviatán. “El mar es la imagen de este siglo cuyas olas se levantan en el constante alboroto de las hostilidades y en el cual nada el demonio bajo el nombre de Leviatán, devorando una multitud de almas” (Honorio de Autún, De paschali die, PL 172, 937; cit. por G. Gueydan de Roussel, “Las potencias marítimas, el Leviatán y el estado moderno”). Las aguas simbolizan lo informe, pero también las virtualidades posibles ya que el mar es ambivalente y de la sumersión en las aguas por el bautismo viene la muerte pero también la regeneración. Claro que esto es obra de Dios. Los hombres no pueden sino luchar contra el mar sin capacidad de manipulación. Y Dios se sirve de las aguas para que lo estable se beneficie (por ejemplo con el agua de la lluvia).


Es en el mar del mundo donde los Apóstoles hacen su pesca de hombres, pero es por sobre él que deben mantenerse en la barca. Moisés y los israelitas cruzaron el mar rojo cuando sus aguas fueron abiertas, sobre el suelo firme, aguas que luego devoraron a los egipcios. Los Apóstoles soportaron la furia del mar hasta que Nuestro Señor lo calmó. San Pablo vivió peligros y naufragio en el mar. Escribió San Gregorio Magno que “el lenguaje del mar es la ciencia de las doctrinas del siglo, que el Señor ha destruido por su Encarnación” (Cfr. “El misterio de la francmasonería – Valor simbólico de los elementos”, G. Gueydan de Roussel). Y afirma Gueydan de Roussel que “el movimiento generado por el mar se ha transmitido a toda la vida moderna bajo el nombre de progresismo. Los progresistas reprochan a sus adversarios de ser “fósiles”, “petrificados”, “cristalizados”, es decir, escapados a la liquefacción” (Idem ant.).

En definitiva, el mar donde las olas de lo inconstante, de lo mudable, se mueven sin intervención de los hombres -quienes sólo pueden limitarse a servirse de él sin dominarlo-, ese mar inspirador de la filosofía de los siglos XVII y XVIII, no puede volverse contra sí y dejar de ser lo que es, sino ir al choque contra la tierra firme que al fin lo refrene. Una ola contra otra ola, en el ejemplo dado por Mons. Fellay, no pueden producir sino, como dice, la confusión, y no la ansiada paz y la restauración del orden. Entonces, no puede proponerse vencer la agitación de la herejía modernista con otra agitación que Mons. Fellay ni siquiera es capaz de identificar, ni en sus características ni en sus orígenes. No se funda en lo sólido para vencer lo mudable e indeterminado. No se basa Mons. Fellay en lo que no cambia (la Fe) sino en lo que cambia, una ola, es decir, un movimiento, ¿movido por quién? Supuestamente por el Papa, el que es movido por los errores del Concilio Vaticano II.

Dice San Juan Crisóstomo: “Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús” (“Homilía antes de partir al exilio”). En efecto, nada podemos contra la furia de las olas, y si evitamos desesperar como los apóstoles, recordando que estamos en la barca con Jesús, entonces estamos en la roca firme, y aferrados a la oración y a la Tradición católica, nos queda evitar que las aguas de la impiedad y la mentira nos sumerjan, y pedir y esperar que Cristo calme las olas que vienen y van confundiendo y arrasándolo todo a su paso como un gran tsunami. Nuestro Señor no necesita de una pequeña ola para a través de muchos años calmar la tempestad del mar: cuando Él disponga la tempestad cesará. “Entonces Él se levantó, increpó al viento y dijo al mar: “¡Calla; sosiégate!” Y se apaciguó el viento y fue hecha gran bonanza” (Mc. IV, 39).

Que ese día no nos halle inmersos en la confusión de las olas, por no habernos aferrado como un niño a las rocas.



* Curas “nuevaoleros” llamaba por ejemplo el Padre Castellani, a los curas modernistas de la década del ’60, imbuidos de las novedades del Vaticano II y de una retórica marxista indisimulada. El término “Nueva Ola” se utilizó para identificar varias cosas. En la Argentina y otros países sudamericanos, señalaba a una serie de músicos populares que habían adoptado ritmos y aspectos o "looks" estereotipados importados de USA e Inglaterra, con la consiguiente degradación de las propias raíces en algún momento invocadas. Posteriormente en los años ’80, se le llamó “New Wave” a una serie de músicos rockeros ingleses que fusionaron el punk con el pop y obtuvieron una gran difusión internacional. En el cine, por su lado, la famosa “Nueva Ola” o Nouvelle Vague” francesa supuso una renovación en los años ’50 que más bien anticipó los años ’60 con su afán de rebeldía y desdén por lo anterior. En lo religioso, si tenemos en cuenta que Benedicto XVI es la misma persona que el Cardenal Ratzinger, antiguo modernista empeñado en seguir el derrotero del sesentista Vaticano II, podemos decir entonces que lo que Monseñor Fellay señala como “una nueva ola” es algo verdaderamente viejo y ya pasado de moda, si a cuestiones temporales apuntamos. Nada nuevo –nuevo como es el Nuevo Testamento, nuevo y perenne, que no novedoso- viene de Roma y sus curas o Papas “nuevaoleros”.