Las angustias presentes nos obligan
a levantar nuestros ojos y nuestros corazones hacia la gran figura de Santiago
el Mayor, Padre, Fundador y Patrono celestial de la Iglesia Española, en busca
de aliento, consuelo, protección y esperanzas.
Nuestro Apóstol, en el breve
espacio de los nueve años que transcurrieron entre la muerte de Jesucristo (año
33) y su martirio en Jerusalén (año 42), supo hacer honor al sobrenombre que le
había puesto su Divino Maestro, cuando le denominó «Hijo del Trueno».
Caballero andante de Cristo, se
alejó de la Palestina y de las regiones colindantes, mucho antes que ningún
otro Apóstol, y, en una correría evangélica tan rápida como arrolladora, llegó hasta
el confín del mundo entonces conocido, recorrió a lo largo y a lo ancho la
Península Ibérica, y fundó en ella la Iglesia Española, que había de ser a su
vez, con el tiempo, Madre fecunda de otras veinte Iglesias, en mundos
desconocidos de América y Oceanía.
Terminada esta gran obra, retornó a
la Palestina, cuando aún no se habían alejado de ella los demás Apóstoles, y
comenzó a predicar públicamente, en Jerusalén, la doctrina de su Maestro, con
tal brío y elocuencia, que mereció ser sacrificado por Herodes Agripa, como se
narra en el sagrado libro de los Hechos de los Apóstoles (XII, 2), por haberse
concentrado en su persona el odio de los judíos contra los discípulos de
Cristo.
Fue el primer Apóstol que selló con
su sangre el Evangelio, entregando su cuello a la espada. Es también el que ha
dado a la Iglesia Romana mayor número de hijos espirituales, en las veinte
naciones por las que se extendió y consolidó la Iglesia española, fundada por
él.
La paternidad espiritual de
Santiago nos impone deberes que fácilmente descuidamos y olvidamos, tanto en
España como en América, porque: 1.º, cada Iglesia debe amar y venerar
especialmente al Apóstol que la fundó, reconociendo en él a su Padre en Cristo;
2.º, los fieles de cada Iglesia deben imitar especialmente el carácter y
virtudes de su propio Apóstol.
La razón de este segundo deber está
en que Jesucristo, con la sabiduría infinita de que estaba dotado, preveía las
necesidades especiales de cada uno de los pueblos adonde se había de dirigir
cada uno de sus Apóstoles, y destinó para ellos al Padre espiritual que más les
convenía, sobre todo tratándose de pueblos como el español, que tenían
reservadas altas misiones en su Providencia.
Desde hace poco más de un siglo,
las Iglesias de América han constituido Provincias desligadas de su antigua
Metrópoli; pero, en los tres primeros siglos de su nacimiento, constitución y
crecimiento, han sido mero desarrollo extensivo y parte integrante de la
Iglesia española, que es la Iglesia de Santiago.
Por consiguiente, su Padre en la
fe, lo mismo que el de las restantes diócesis españolas, es Santiago el Mayor,
y siguen siendo moralmente una parte integrante de la gran Iglesia Jacobea,
extendida por todo el hemisferio occidental.
Santiago,
uno de los tres Apóstoles predilectos de Cristo
Consta por los Santos Evangelios
que Jesucristo distinguió con un amor especial a tres de sus Apóstoles: a Simón
Pedro, a Santiago el Mayor y a su hermano Juan Evangelista.
Sólo a estos tres distinguió
Jesucristo con sobrenombres nuevos, impuestos por El. A Simón le llamó Pedro
(es decir, «Cefas», que significa «Piedra»), porque había de ser el Jefe
Supremo y «Piedra fundamental» de su Iglesia futura. A Santiago y a Juan los
llamó «Boanerges», que quiere decir «Hijos del trueno».
Sólo a estos tres Apóstoles separó
de los demás, en las ocasiones más solemnes, para darles muestra de su especial
aprecio. Ellos sólo fueron elegidos para verle transfigurado en el Tabor; ellos
solos presenciaron la resurrección de la hija de Jairo, porque Jesucristo, como
dice San Marcos «no permitió que le siguiese ninguno, fuera de Pedro y Santiago
y Juan el hermano de Santiago» (V, 37); ellos solos fueron testigos de su
agonía en el Huerto de las Olivas.
¿Qué representaban estos tres
Apóstoles? San Pedro representaba la cabeza del futuro cuerpo místico de
Cristo, que es la Iglesia; Santiago y San Juan Evangelista representaban el
brazo derecho y el brazo izquierdo de Jesucristo y de su representante San
Pedro.
La Iglesia Romana es
indiscutiblemente el centro de la Iglesia de Cristo. A los dos lados de la
Iglesia Romana se levantan la Iglesia Occidental fundada por Santiago, y la
Iglesia Oriental que reconoce como su principal Apóstol a su hermano San Juan,
el más joven de todos los Apóstoles.
La Iglesia Oriental tuvo una
brillantísima juventud; pero luego decayó lamentablemente, con tenaces herejías
y con el funestísimo Cisma Oriental, que todavía dura. La Iglesia del joven San
Juan, después de su juventud, fue más bien carga que apoyo para Pedro, y el
mismo San Juan abandonó su sepultura del Oriente Cismático y se refugió en
Roma, junto al sepulcro de Pedro. La Iglesia de Juan es desde hace siglos la
izquierda de Pedro. Hasta en el mapa mundi físico, la Iglesia Oriental queda a
la izquierda de Roma. Porque la orientación normal es la del Sol. Y mirando a
éste desde Roma, en su curso medio, la Iglesia Oriental queda a la izquierda de
la Iglesia Romana.
En cambio, la Iglesia de Santiago,
aun físicamente considerada, queda a la derecha de la Iglesia Romana, tanto en
el Viejo como en el Nuevo Mundo. Y mucho más si consideramos la derecha en su
sentido moral. La Iglesia de Santiago es la que ha dado mayor número de fieles
y de naciones enteras a la Iglesia Romana. Es la que ha mantenido siempre, en
conjunto, mejores relaciones y más leal adhesión a la Cátedra de Pedro. Es la
que ha defendido a la Iglesia Católica más denodadamente, en las grandes crisis
de la historia. Es la primera nación que reconoció prácticamente, desde el año
254, la suprema potestad judicial del Romano Pontífice, apelando a ella contra
la sentencia pronunciada por un concilio nacional de la misma Península. (Marx,
Historia de la Iglesia, pág. 99.)
Vemos, pues, que se cumplió
literalmente lo que había pedido para los dos primos de Jesucristo su madre
Santa María Salomé, cuando ésta, postrada a los pies del divino Maestro, le
dijo: «Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha
y otro a tu izquierda.» (Evangelio de San Mateo, XX, 20.)
Derrota
del Arrianismo
El arrianismo fue la primera
herejía que desgarró a la Iglesia, después de su libertad, en el siglo IV, y
también la más peligrosa de todas las que ha sufrido la Iglesia, hasta la
rebelión protestante. Negaba solapadamente la divinidad de Cristo, y arrastró
hacia el error a gran número de Obispos e Iglesias particulares, hasta llegar a
dar la impresión de que todo el orbe se estaba convirtiendo en arriano.
El brazo fuerte que tuvo a raya
esta gran rebelión contra la Iglesia, fue el de Osio el Grande, secundado por
el infatigable doctor alejandrino San Atanasio.
Osio aconsejó la convocación del
primer Concilio Universal de la Iglesia; Osio lo organizó en Nicea, con la
ayuda de Constantino, enviando carros y viáticos a todos los Obispos del mundo,
para trasladarse a aquella primera augusta asamblea; Osio la presidió en nombre
del Romano Pontífice; Osio dictó solemnemente al secretario del Concilio el
Símbolo de la Fe Ortodoxa, que fue aclamado y suscrito por la augusta asamblea
y sigue rezándose y cantándose por toda la Iglesia, en las misas de los
domingos y días solemnes, para proclamar a Jesucristo: «Dios verdadero
procedente de Dios verdadero, engendrado y no hecho, consubstancial con el
Padre,etc.»).
De tal manera se convirtió Osio en
campeón de la fe católica, que llegó a ser presidente obligado de los concilios
subsiguientes, como el de Milán y el de Sárdica, recibió el título de «Príncipe
de los Concilios», y mereció que los arrianos, después de haber arrastrado a su
bando al sucesor de Constantino, escribieran así al emperador arriano: «Todo es
inútil mientras Osio de Córdoba esté en pie… Basta la autoridad de su palabra
para arrastrar a todo el mundo contra nosotros. El símbolo de Nicea es obra
suya, y somos herejes porque él lo pregona.»
Fue tal el odio de los arrianos
contra Osio, que la tempestad de calumnias y libelos desatada contra él, en
vida y después de muerto, llegó a impedir que fuera venerado en los altares por
las Iglesias del Occidente, aunque recibe culto en las del Oriente, donde
vindicó su memoria San Atanasio el Grande.
Notemos finalmente que el triunfo
decisivo contra el arrianismo tuvo también lugar en España, el año 589, cuando
el Rey visigodo Recaredo, con todo el ejército y pueblo germánico arriano que
había invadido a España, abjuró sus errores en el famoso Concilio III de
Toledo, y abrazó la fe católica de los españoles.




