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lunes, 30 de octubre de 2017
domingo, 22 de octubre de 2017
martes, 23 de febrero de 2016
MUERE EL ÚLTIMO COMBATIENTE CRISTERO
LA VIDA
DEL CRISTIANO SIEMPRE ES UNA MILICIA
Cuando
muere un héroe, muere una parte de la historia, una parte del pasado, una parte
de un nombre que mereció ser llamado, como solo se llama a los grandes, un eco
vacío inunda todo el entorno, como si el silencio, fuera el tributo póstumo a
un rostro. Ha muerto el último soldado de la guerra Cristera. Juan Daniel
Macías Villegas ha muerto a los 103 años en su natal San Julián Jalisco;
víctima de una enfermedad que lo aquejaba desde hacía vario tiempo y lo mantuvo
sus últimos días en silla de ruedas. Hoy, muere una parte de la historia del
México de comienzos del siglo pasado, ese México caótico y desecho por los años
de la Revolución.
Cuesta
imaginar aquellos años de 1927 a 1929; cuando por decreto presidencial,
siguiendo la recién creada Constitución de 1917, el clero ordenó la suspensión
de cultos y cierre de iglesias. Los feligreses, sintiéndose perdidos acuden a
los únicos que les dan cobijo; una minoría de sacerdotes que en secreto siguen
celebrando misa a su pueblo. Entre el caos generado por el gobierno federal al
intentar hacer valer la llamada Ley Calles; se agolpan las pequeñas comunidades
en torno de los sacerdotes que tomaron las armas y de los líderes del pueblo
que hacen suyo el grito de “viva Cristo Rey”. Aquellos años, los edificios de
culto permanecían cerrados y el pueblo en diversas zonas del país toma las
armas y combaten con su fe al enemigo.
De entre
aquellos nombres surge el de Juan Daniel Macías; en aquel tiempo un niño de
apenas 13 años, que por cosas del destino, se ve obligado a tomar las armas en
el combate del sitio llamado Cerro de Orozco. Al mando de otra gran leyenda
Victoriano Ramírez “el 14” es cobijado por el mando católico y gracias a su
pericia, se le integra al llamado escuadrón “Los dragones del 14”; de esta
forma realiza campaña por los dos siguientes años en la zona de los altos de
Jalisco y Guanajuato.
viernes, 20 de noviembre de 2015
LAS TRES FASES POLÍTICAS - GUILLERMO GUEYDAN DE ROUSSEL
LAS
TRES FASES POLÍTICAS
Comenzaré
este estudio por un acto de fe, confesando que todo poder viene de Dios:
"Dios, dice el Eclesiastés, ha dado
a cada pueblo un gobernante”. (1) San Pablo ha confirmado esta verdad,
cuando dijo a los romanos que el príncipe es el ministro de Dios para
favorecerlos en el bien. (2). Un gobierno que no está fundado sobre
este acto de fe, no es un gobierno cristiano. El manual de política redactado
por Bossuet para la instrucción del hijo de Luis XIV, de quien era preceptor,
fue titulado “La política según las
palabras de las Sagradas Escrituras", y comienza por estos términos:
"Dios es el rey de los reyes".
De esto surge, como lo ha observado Donoso Cortés, que "toda gran cuestión política supone y
desarrolla una gran cuestión religiosa”. Esta observación fundamental no
ha escapado a ningún hombre serio (3). Proudhon mismo ha dicho
"que era sorprendente de que en el
fondo de nuestra política nosotros encontramos siempre a la teología"
(4). Y Blanc de Saint Bonnet ha expresado la misma verdad diciendo
que "las naciones han sido educadas
por sus religiones como los hijos por sus madres” (5). No puede separarse
la historia de las creencias religiosas de un pueblo y la historia de sus
instituciones. Más aún, cada régimen político refleja las tendencias de la
religión dominante en su época. Muchos autores han señalado la analogía que
existe entre la monarquía hereditaria y el teísmo cristiano, la aristocracia y
el luteranismo, la democracia y el calvinismo, el estatismo moderno y el
deísmo, el capitalismo y el puritanismo, el socialismo y el pietismo. No se
separa la Iglesia y el Estado.
Estas
consideraciones sobre la política no están inspiradas en Aristóteles y en su
clasificación cuantitativa de las formas de gobierno; monarquía y poliarquía.
La sociedad cristiana no está fundada en reglas aritméticas, pero sí en la
teología. Para el teólogo, el hombre y por extensión la sociedad han sido
creados a imagen de Dios, a imagen de las tres personas de la Santísima
Trinidad. Hasta fin del siglo XVI, los cristianos han proclamado que ninguna
dominación debía fundarse mas que en la imagen de Dios: “non fundatur dominium nisi in imagine Dei”. Bacon de Verulam mismo
ha repetido esta máxima en su “Diálogo
sobre la guerra santa", en 1622. La sociedad fundada a imagen de Dios
era por consiguiente una en tres personas, pero cuando el hombre, a partir del
Renacimiento, se consideró a sí mismo como la imagen del mundo, se redujo a una
unidad aritmética, y la sociedad se transformó en unitaria. Fue entonces que
los Socinianos, llamados Unitarios, negaron la Trinidad.
Bajo
el “Ancien Régine”, la sociedad estaba dividida en tres órdenes. El clero
decía: “Yo rezo por los tres órdenes”; la nobleza decía: “Yo combato por los
tres órdenes”; y el estado llano decía: “Yo trabajo por los tres órdenes”. Era
la imagen del Cuerpo Místico de Cristo: la Iglesia que combate presentando una
mano a la Iglesia que sufre y dando la otra a la Iglesia que triunfa. La unidad
de esta sociedad fue simbolizada por un árbol en el que la cima toca al Cielo,
donde las raíces están ligadas a la tierra, y donde el tronco forma la unión
entre el Cielo y la tierra. Las raíces aportan al árbol entero los alimentos
terrestres; las hojas los alimentos celestiales comunicándole los buenos
efectos del sol y del aire; el tronco y 'las ramas le dan su forma y mantienen
su orientación hacia el Cielo. Entre los tres órdenes existía una estrecha
colaboración dirigida hacia un fin sobrenatural: Dios. En tanto que el árbol
social ha estado orientado hacia Dios, su origen y su fin, el Alfa y el Omega,
no ha estado amenazado por las revoluciones y las luchas de clases, estos
castigos que Dios envió a las sociedades cuyo tronco está podrido, cuyas ramas
y hojas caen por tierra, y cuyas raíces no llenan más sus funciones sociales.
Una
sociedad, que ha perdido de vista su fin sobrenatural, puede compararse a los
restos de un naufragio tirados por la costa. Los sobrevivientes, después de un
momento de pánico, se aproximan poco a poco al imponente esqueleto a la
búsqueda de los despojos. Unos se apoderan de los objetos de arte y de los
instrumentos de abordo, otros se proveen de armas y de provisiones amontonadas
en la bodega, otros en fin se contentan con recoger las tablas dispersadas por
la arena para hacer fuego. Sin embargo habrá posiblemente uno entre la masa,
que no habiendo tomado nada entre sus manos, se irá llevándose lo principal: él
habrá recogido la idea de la gran cosa inerte convertida en juguete de las olas
y, gracias a la idea, este espectador ideal, que sus contemporáneos han llamado
santo o poeta, podrá realizar o por lo menos inspirar una obra nueva marcada
por el fuego de la idea.
Las
sociedades desorientadas se parecen a un barco desamparado, encallado en la
costa. Ellas ofrecen a unos juegos y diversiones, otros se pelean alrededor de
sus despojos y, cuando todo parece haber desaparecido de la superficie,
resuena de golpe la voz de Dios y la voz de los muertos ante la estupefacción
de los vivos. Uno no sabría insistir demasiado sobre el rol de la inspiración
en política. Todas las grandes dinastías reales han sido fundadas o mantenidas
por hombres unidos a Dios por una estrecha comunión, santos y santas. "Con santos y bárbaros se funda una
civilización”, ha dicho Blanc de Saint-Bonnet (6). Recordemos a San
Guntrano, primer rey franco de Borgonia; a Santa Clotilde, esposa de Clovis,
séptimo rey de Francia de la dinastía de los Merovingios considerado el
verdadero fundador de la realeza francesa; a San Carlomagno, décimo rey de
Francia, primer rey de Italia y primer emperador de Occidente y de Alemania; a
San Enrique, décimo emperador de Alemania y a su esposa Santa Cunegunda; a San
Fernando, décimo rey de Castilla; a San Dionisio, sexto rey de Portugal y a su
mujer Santa Isabel; a San Esteban y a San Ladislao, primer y noveno reyes de
Hungría; a San Eduardo, décimotercero rey de Inglaterra; a San Canuto, undécimo
rey de Dinamarca, y a tantos otros príncipes y princesas que han ilustrado las
casas reales por sus virtudes y han sido elevados a los altares.
lunes, 2 de noviembre de 2015
BATALLA GANADA
Aquellos que han efectivamente resistido -en
los hechos y no tan solo en el pensamiento más recóndito o la declamación
circunstancial- al liberalismo claudicante de la Neo-FSSPX, para no verse
arrastrados hacia la conciliación con el modernismo masónico anticatólico de la
iglesia conciliar, han muy claramente ganado la batalla. Ya nadie en su sano
juicio o actuando con honestidad intelectual puede impugnar las razones que han
esgrimido y han puesto sobre la mesa para rechazar el nuevo rumbo de la
Neo-FSSPX, las cuales se han expuesto abundantemente en diversos sitios y blogs
resistentes de todo el mundo. Los hechos mismos se han encargado de demostrar
la necesaria "desobediencia debida" a Mons. Fellay y sus secuaces, en
su tarea de destrucción de la obra de Mons. Lefebvre. Cada día se ve con
mayor claridad, como en una vidriera renovada eficaz y prontamente, la debacle
neofraternitaria, y pareciera que lo único que resta por hacer es
constatar la crónica que conforma la ineluctable e imparable caída, y a medida
que el destructor Francisco hace de las suyas, más patética se torna la acción
acuerdista de los tradiliberales. La reciente "súplica con
rosas" de Mons. Fellay ha sido el colmo de la abyección, y casi no cabría
hacer más comentarios al respecto, pues la misma es su propio comentario,
prueba de una acobardada rendición a la iglesia conciliar. Recientemente el
Padre Bouchacourt sacó a relucir nuevamente el “caballito de batalla” que es
mentar a David contra Goliat, en tan desigual combate. Pero, ¿fue David diplomático y dialoguista o fue frontal? ¿Pidió a su enemigo -enemigo de Dios- un reconocimiento o “estampilla”, o se
determinó a vencerlo? ¿Está reñido el combate con la misericordia?
¿No es milicia la vida del hombre sobre la tierra?
Del mismo modo, se ha ganado la batalla contra
la otra tentación paralela y simultánea al liberalismo, cual es la del
sedevacantismo sectario, furioso y frenético que se erige en altanera autoridad
y lleva por su lado al precipicio donde se pierde todo sentido de Iglesia y se
entierra la caridad en nombre de la "verdad". Puede constatarse que
algunos de sus más conspicuos voceros se encierran para dar círculos alrededor
de sí mismos, decayendo sin cesar en su ya indigente producción intelectual, no
pudiendo sino buscar llamar la atención teatral o cinematográficamente,
recurriendo a explosiones furibundas o acusaciones falaces. Pero los fuegos de
artificio se apagan enseguida, y sólo queda el olor a pólvora del odio y el
celo amargo en la oscuridad de un cielo encapotado.
Hay obispos y sacerdotes católicos decididos a
combatir contra todo aquello que combatió Mons. Lefebvre. Hay fieles
convencidos y esclarecidos que apoyan a estos, y hay también vocaciones
sacerdotales, como también religiosos y religiosas que con su silencioso
sacrificio sostienen este buen combate de la Resistencia. Pero entonces se
presenta otro desafío, en esta circunstancia que prefigura una gran convulsión
mundial, a partir de la generalizada apostasía. La Resistencia está lejos de
ser algo orgánico, compacto y estructurado, y ni siquiera puede pedírsele que
intente algo similar a lo que hiciera Mons. Lefebvre en 1970, pues los tiempos
y personas involucradas son otros. No puede imaginarse un gran crecimiento
puesto que es tiempo de apostasía y por lo tanto el rebaño ha de ser por fuerza
pequeño. Serán bienvenidos todos los que deseen combatir por Cristo Rey en esta
auténtica e "inhóspita trinchera" (en palabras del Padre Castellani).
Pero debe tenerse presente que ese espíritu liberal que hizo caer a la
Neo-FSSPX nos acecha a todos y podría destruirnos también a nosotros si no
ponemos atención, para que el mismo no nos lleve, en medio del combate, a
buscar o desear una forma de "reconocimiento" o trato con quienes no
tienen en virtud de sus manifiestas y constantes herejías y apostasía,
autoridad sobre nosotros. Tampoco hay que pensar que estamos todos “a la
deriva en un mar de apostasía”, pues quien se sostiene de la firme roca que es Cristo
y tiene la mirada puesta en la estrella que es María, nada debe de temer y
mientras no se suelte ni aminore su amor por la verdad, ni silencie la súplica
confiada, ni deje de desconfiar de sí mismo y confiar audazmente en Dios, no
podrá ser arrastrado por la corriente diabólica de la confusión que nos rodea. “Aunque
atraviese un valle de tinieblas –dice el Salmo 22,4- no temeré ningún mal, porque Tú vas conmigo”. Y Nuestro Señor por San Juan VIII,12: “El que me sigue no camina en tinieblas”.
Así es que se deben estrechar filas contra
ambos espíritus -a un lado y otro-que la serpiente utiliza para alejar a los
católicos del buen sendero, sabiendo que se debe buscar ante todo el
crecimiento en la fe, la esperanza y la caridad, para esperar lo que Dios
disponga en la serena sabiduría de los que se han confiado totalmente a Él,
viviendo entre sí como hermanos que están en el mundo pero que ya lo han
repudiado en su corazón, para ser enteramente de Dios. De ese modo, vigilando y
orando, sin intentar ser "grandes" sino buscando ser "pequeños",
es decir, con espíritu filial a imitación de Jesús, prepararemos el futuro
encuentro con el Rey que vuelve, bajo cuyo estandarte debe encontrarnos gozosamente,
como fieles y ardorosos combatientes, unidos por el grito de guerra: ¡Viva Cristo
Rey!
lunes, 26 de octubre de 2015
FIESTA DE CRISTO REY
Fiesta de Cristo Rey en Ipatinga/MG,
Brasil.
Misión del Sagrado
Corazón, Saltillo, México.
Fieles de
la Misión de Contagen en peregrinación en la fiesta de Cristo Rey, al Santuario
de Ntra Sra da Piedade, MG – Brasil.
sábado, 24 de octubre de 2015
MONSEÑOR LEFEBVRE: SOBRE CRISTO REY Y NUESTRAS RELACIONES CON ROMA
“La
verdadera oposición fundamental [con Roma] es el Reinado de Nuestro Señor
Jesucristo. Opportet Illum regnare, nos dice San Pablo. Nuestro Señor vino
para reinar. Ellos dicen que no, y nosotros decimos que sí junto a todos los
papas. Nuestro Señor no vino para esconderse en el interior de las casas sin
salir de ellas. ¿Por qué los misioneros se hicieron matar entonces? Por predicar
que Nuestro Señor Jesucristo es el único verdadero Dios, para decir a los
paganos que se conviertan. Entonces los paganos quisieron hacerlos desaparecer,
pero ellos no vacilaron en dar su vida para continuar predicando a Nuestro
Señor Jesucristo. Entonces ahora habría que hacer lo contrario, decirle a los
paganos “¡vuestra religión es buena, conservadla pues vosotros sois buenos
budistas, buenos musulmanes o buenos paganos!”. Es por eso que no
podemos entendernos con ellos,
pues nosotros obedecemos a Nuestro Señor que dice a los apóstoles: “Id
y predicad el Evangelio hasta los confines de la tierra”.
Por eso no hay que sorprendernos que no
lleguemos a entendernos con Roma. Esto no será posible hasta que Roma no
regrese a la fe en el reinado de Nuestro Señor Jesucristo, mientras que ella siga
dando la impresión que todas las religiones son buenas. Nosotros chocamos en un
punto de la fe católica, como lo hicieron el cardenal Bea y el cardenal
Ottaviani, y como chocaron todos los papas con el liberalismo. Es la misma
cosa, la misma corriente, las mismas ideas y las mismas divisiones en el
interior de la Iglesia.
Conferencia en Sierre (Suiza) el 27 de Noviembre de 1988.
(Fideliter n° 89, Septiembre de 1992, pág. 12)
“Debemos ser indemnes
de compromisos tanto respecto a los sedevacantistas como respecto a aquellos
que quieren absolutamente estar sometidos a la autoridad eclesiástica.
Nosotros queremos permanecer unidos a Nuestro
Señor Jesucristo. Pues el Vaticano II ha destronado a Nuestro Señor. Nosotros
queremos permanecer fieles a Nuestro Señor Rey, Príncipe y Dominador del mundo
entero. Nosotros no podemos cambiar nada de esta línea de conducta.
Así,
cuando se nos plantee la cuestión de saber cuándo habrá un acuerdo con Roma, mi
respuesta es simple: Cuando Roma vuelva a coronar a Nuestro Señor Jesucristo.
Nosotros no podemos estar de acuerdo con aquellos que destronan a Nuestro
Señor. El
día que ellos reconozcan de nuevo a Nuestro Señor como Rey de los pueblos y de
las naciones, no es a nosotros a quienes ellos se unirán, sino a la Iglesia
Católica en la cual permanecemos”.
Conferencia en Flavigny en diciembre de 1988
(Fideliter n° 68 de marzo de 1989, pág. 16)
viernes, 13 de febrero de 2015
"TURRÓN Y MERENGUE"
“Como se quiebran los
vasos de arcilla con un barrote de hierro, así quebrará también Cristo a este
mundo blandengue cuando vuelva, si es que ya no lo está haciendo. La Edad
Media, envestida por la fe, fue una imagen de la reyecía de Cristo; y los reyes
cristianos no fueron muy dulzones con los que estaban en el error, o los que
amenazaban el orden de la sociedad cristiana. Los cetros reales no son de
turrón y merengue”.
Padre Leonardo Castellani
jueves, 15 de enero de 2015
EL LIBERALISMO, ENEMIGO DE LA VERDAD
Por su formación y su ambiente
intelectual, Juan Donoso Cortés ignoró el gran renacimiento
tomista de su tiempo, y como dice Menéndez Pelayo, "no duda en
sacrificar lo exacto y preciso a lo brillante", pero sin duda fue un
polemista genial. Su análisis del liberalismo, con un estilo de
inspiración francesa, muy dado a las metáforas y ejemplos históricos, no puede
llamarse de otra forma sino precisamente brillante. En una de sus muchas frases
aforísticas de gran plasticidad, afirma de forma certera: "Esta escuela no
domina sino cuando la sociedad desfallece; el período de su dominación es aquel
transitorio y fugitivo en que el mundo no sabe si irse con Barrabás o
con Jesús, y está suspenso entre una afirmación dogmática y una
negación suprema" (Ensayo
sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo).
Efectivamente, esta doctrina sólo ha podido aparecer en el campo estéril de la filosofía moderna, que pretende evadirse de toda verdadera afirmación o negación, instalándose en un agnosticismo teórico o práctico que irremediablemente conduce al absurdo. Es por este motivo que el liberalismo impera en este tiempo de decadencia y de crisis, cuando "domina", si es que puede decirse así, lo que Vattimo ha llamado el "pensamiento débil". Acierta de pleno Nietzsche cuando dice: "La filosofía reducida a “teoría del conocimiento”, y que ya no es de hecho más que una tímida epojística y doctrina de la abstinencia: una filosofía que no llega más que hasta el umbral y que se prohíbe escrupulosamente el derecho a entrar -ésa es una filosofía que está en las últimas (…) ¡Cómo podría semejante filosofía -dominar!" (Más allá del bien y del mal). La fuerza de Nietzsche está en la negación radical, en la culminación de su filosofía como "Anticristo"; lo mismo que Donoso dice del socialismo, cuya superioridad con respecto al liberalismo es atreverse a hacer esa "negación suprema" y ser consecuente con ella en la práctica. El liberalismo en cambio, negando implícitamente a Dios, no se atreve a ser consecuente hasta el final con sus premisas; es por ello que el "católico" liberal no es en realidad sino un deísta, que niega a Dios la soberanía actual sin negarle la constituyente.
Esta es la filosofía que está a la base del liberalismo, el deísmo racionalista de la Ilustración, en donde Dios es comparado con el relojero que pone en marcha el mecanismo de la creación, que puede entonces funcionar independientemente de Él; y por supuesto, ese dios no sería providente ni tendría cuidado de sus criaturas, ni tampoco sustentaría al mundo ontológicamente. De esta manera se concibe la emancipación de la razón humana de toda verdad teológica, puesto que las criaturas tampoco tienen deberes para con ese dios, impersonal y lejano al hombre. Tampoco hay entonces una religión revelada, ni Cristo puede ser Dios, sino que todas las religiones contienen de manera imperfecta algo de verdad, que la razón autónoma del hombre se encarga de juzgar y depurar, tal como plantea Kant en La religión dentro de los límites de la mera razón. También Hegel, al que se ha llamado teólogo secularizador, habla durante toda su obra del valor meramente simbólico del cristianismo, sometido a la razón y a la filosofía kantiana y reducido a simple moralismo; Hegel acepta en sus escritos de juventud (Religión del pueblo y cristianismo) el valor educativo y la función social de ese "cristianismo" convertido en mito o fábula. De igual modo, muchos liberales que se dicen católicos, aceptan cierta preeminencia para la sociedad de un cristianismo castrado, aunque en la realidad no crean en las verdades de la fe como realidades con derechos plenos para regir todo el organismo social.
Efectivamente, esta doctrina sólo ha podido aparecer en el campo estéril de la filosofía moderna, que pretende evadirse de toda verdadera afirmación o negación, instalándose en un agnosticismo teórico o práctico que irremediablemente conduce al absurdo. Es por este motivo que el liberalismo impera en este tiempo de decadencia y de crisis, cuando "domina", si es que puede decirse así, lo que Vattimo ha llamado el "pensamiento débil". Acierta de pleno Nietzsche cuando dice: "La filosofía reducida a “teoría del conocimiento”, y que ya no es de hecho más que una tímida epojística y doctrina de la abstinencia: una filosofía que no llega más que hasta el umbral y que se prohíbe escrupulosamente el derecho a entrar -ésa es una filosofía que está en las últimas (…) ¡Cómo podría semejante filosofía -dominar!" (Más allá del bien y del mal). La fuerza de Nietzsche está en la negación radical, en la culminación de su filosofía como "Anticristo"; lo mismo que Donoso dice del socialismo, cuya superioridad con respecto al liberalismo es atreverse a hacer esa "negación suprema" y ser consecuente con ella en la práctica. El liberalismo en cambio, negando implícitamente a Dios, no se atreve a ser consecuente hasta el final con sus premisas; es por ello que el "católico" liberal no es en realidad sino un deísta, que niega a Dios la soberanía actual sin negarle la constituyente.
Esta es la filosofía que está a la base del liberalismo, el deísmo racionalista de la Ilustración, en donde Dios es comparado con el relojero que pone en marcha el mecanismo de la creación, que puede entonces funcionar independientemente de Él; y por supuesto, ese dios no sería providente ni tendría cuidado de sus criaturas, ni tampoco sustentaría al mundo ontológicamente. De esta manera se concibe la emancipación de la razón humana de toda verdad teológica, puesto que las criaturas tampoco tienen deberes para con ese dios, impersonal y lejano al hombre. Tampoco hay entonces una religión revelada, ni Cristo puede ser Dios, sino que todas las religiones contienen de manera imperfecta algo de verdad, que la razón autónoma del hombre se encarga de juzgar y depurar, tal como plantea Kant en La religión dentro de los límites de la mera razón. También Hegel, al que se ha llamado teólogo secularizador, habla durante toda su obra del valor meramente simbólico del cristianismo, sometido a la razón y a la filosofía kantiana y reducido a simple moralismo; Hegel acepta en sus escritos de juventud (Religión del pueblo y cristianismo) el valor educativo y la función social de ese "cristianismo" convertido en mito o fábula. De igual modo, muchos liberales que se dicen católicos, aceptan cierta preeminencia para la sociedad de un cristianismo castrado, aunque en la realidad no crean en las verdades de la fe como realidades con derechos plenos para regir todo el organismo social.
El liberal es al fin y al cabo, el que no quiere que Cristo reine en la sociedad, el que, como bien analizaba De Maistre, grita: "¡Dios, déjanos! (...) Queremos destruirlo todo y volverlo a hacer sin Ti. ¡Sal de nuestros consejos, de nuestras academias y de nuestras casas! Nos basta la razón. ¡Déjanos!". El liberal no cree por tanto que Dios sea una realidad fuera de su interioridad, sino más bien un difuso sentimiento que como tal, debe permanecer en la "esfera privada" de los hombres, y esto, porque cada cual tiene su sentimiento y cada cual sus "razones" y su fe. El que pretende ser liberal y católico acaba necesariamente por castrar, como ya hemos visto, su cristianismo, y ya que la razón le sirve para todo menos para buscar a Dios, su religión debe recluirse en otra esfera, que es la de esa intimidad privada.
El liberalismo parte de una falsa concepción de la libertad, desvinculada de la verdad, por lo que niega esa gran sentencia de Cristo, según la cual es la verdad la que nos hace libres. Para el liberal, la libertad está en la opinión, no en la verdad; de ahí que su prédica principal sea la "libertad de pensamiento", la "libertad de expresión" o la "libertad de conciencia". Frente a la vía de la verdad, anclada en el ser, se alza ahora la vía de la opinión, nadando en la apariencia del no-ser, tal como distinguía Parménides, y con él toda la tradición realista clásica occidental.
La sentencia de Nuestro Señor es tan maravillosa en su profundidad y verdad, que nos muestra realmente al Logos divino hablando a los hombres. La verdadera libertad no puede ser la facultad de elegir el bien o el mal, como piensan los liberales, sino que eso es más bien el defecto y debilidad de nuestro libre albedrío, a causa del pecado original. Como dice Santo Tomás, el entendimiento precede a la voluntad, y "a todo movimiento de la voluntad es necesario que le preceda un conocimiento" (Suma Teológica, I, q.83, a. 4), así pues, el acto del libre albedrío que sigue al error y conduce al mal, no es libertad, sino esclavitud de la ignorancia. La verdadera libertad consiste en dirigirse hacia el bien, que en su máxima universalidad es Dios, sin estar determinados por él, así como en elegir los medios que nos conduzcan a dicho fin último, que nos es dado por naturaleza y no puede ser cambiado. En la Libertas Praestantissimum, que condena solemnemente el liberalismo, León XIII lo expresa así: "Escoger entre los medios que conducen no sólo a lo que uno se propone, sino al debido fin".
Frente a esto, el racionalismo idealista, pretende que la libertad es la autonomía moral, tal como lo formula Kant, y que consiste en darnos nuestras propias normas, independientemente de un fin; de ahí la moral del imperativo categórico, del puro deber abstracto frente al imperativo hipotético, que obliga con respecto a un fin. Kant rechaza el imperativo hipotético, precisamente porque supone admitir un fin que es conocido por la racionalidad pura, lo que no encaja en su criticismo antimetafísico. Esto le lleva a hablar de una "insociable sociabilidad" del ser humano, frente a la sociabilidad natural aristotélica, lo que caracteriza en gran medida el pensamiento liberal, puesto que considera que la búsqueda de los fines individuales de cada individuo, e incluso su propio egoísmo, conlleva el buen funcionamiento del Estado. La supuesta libertad individual se convierte en la anulación de la libertad al servicio del Estado todopoderoso, al que sirven los hombres de forma inconsciente. El Estado encarna entonces abstractamente la libertad, puesto que en su seno acoge las distintas opciones individuales, y esto, sumado a la superstición ilustrada del progreso necesario, quiere decir que de esta forma camina el Estado hacia la perfecta libertad, que es el fin último de la Historia.
De aquí se desprende que la pretendida "libertad de pensamiento" del liberalismo es en realidad la esclavitud del pensamiento, el oscurecimiento y la amputación de la verdad, el suicidio de la razón humana, ya que pensar es fundamentalmente conocer y el conocimiento es adecuación del intelecto a la realidad y no pensar en el vacío ni convertirse en instrumentos ciegos al servicio del Estado. Chesterton define de la mejor manera y con claridad perfecta todo idealismo racionalista cuando dice: “la locura es, en resumidas cuentas, la razón arrancada a sus raigambres vitales, la razón que opera en el vacío. El hombre que comienza a pensar sin los principios elementales adecuados, ése enloquecerá” (Ortodoxia). Esa es también la locura del liberalismo, la locura de permanecer en el agnosticismo, en la duda, en ese momento de incertidumbre como Pilatos, que se preguntaba estupefacto qué era eso de la verdad.
Sólo existen dos frentes de batalla reales, como bien afirma San Agustín, el de la Ciudad de Dios, cuyos soldados luchan por Cristo y por su reinado social, y el de la Ciudad del hombre, cuyos soldados son los del Anticristo, que luchan contra él con la soberbia y el orgullo de la primera rebelión de Lucifer, que con toda soberbia profirió su Non serviam, conmocionando así toda la creación. Existe un sólo Dios que es Uno y Trino, que es el Ser ("Yo soy el que soy". Ex 3,13-14), la Verdad, el Bien y la Belleza, el cual prevalecerá contra todo mal y contra las huestes infernales, y ante el cual sucumbirán los adoradores de esa falsa trinidad blasfema revolucionaria, de la Ciudad del hombre, "Libertad, Igualdad, Fraternidad", que como toda obra del príncipe de este mundo es una burla y una inversión de lo divino. En definitiva, Cristo nos lo dijo claramente, todo se resume en esto: "Quien no está conmigo, está contra mí" (Lc.11,23)
domingo, 26 de octubre de 2014
MONSEÑOR LEFEBVRE: CRISTO REY
Vosotros habéis escuchado esta mañana, en las
antífonas que hemos cantado en Laudes y en todos los textos que leemos en la
liturgia de hoy:
Nada es tan bello, nada es tan grande, nada
es tan sublime como Nuestro Señor Jesucristo que es nuestro Rey.
¡Ah, si el mundo pudiera comprender que
Nuestro Señor Jesucristo, hoy, puede y debe ser nuestro Rey!
Pero cuando se lo decimos al mundo moderno,
se subleva. Por las palabras que dije en ese discurso que pronuncié en Lille,
¡qué de protestas por parte del mundo! Por haber hablado de los adversarios de
Nuestro Señor Jesucristo; por haber dicho que Nuestro Señor Jesucristo era
todavía nuestro Rey y que Él debía ser nuestro Rey y que no había más que un
solo Rey en este mundo: Nuestro Señor Jesucristo.
El mundo ya no puede aceptar este pensamiento
de tener por Rey a Nuestro Señor Jesucristo.
Pero si hacemos referencia a este hecho, que
durante mil años Nuestro Señor Jesucristo reinó verdaderamente sobre los
pueblos y las naciones durante mil años de cristiandad, entonces estamos
diciendo cosas abominables, somos retrasados, escleróticos, gentes que no
piensan más que en lo sucedido en los tiempos de la Edad Media. Estamos en el
oscurantismo.
¡Pues no! Hasta nuestro último suspiro,
nosotros proclamaremos que Nuestro Señor Jesucristo es nuestro único Rey; que
no hay otro y que no habrá otro en el Cielo, solamente Nuestro Señor
Jesucristo.
Y no es solamente cuando Él vendrá sobre las
nubes del Cielo que Él será nuestro Rey.
Y tal vez sea por eso que cambiaron la fiesta
de Cristo Rey a finales del mes de noviembre, para hacer comprender que
Jesucristo será nuestro Rey al final de los tiempos, cuando descienda sobre las
nubes del Cielo; pero no en esta tierra.
Pero nosotros decimos: Sí, en esta tierra
Nuestro Señor Jesucristo es nuestro Rey. No solamente cuando Él venga a juzgar
a todo el mundo; no solamente cuando venga sobre las nubes del Cielo. Él es
nuestro Rey hoy. Él debe ser nuestro Rey mañana. Él debe ser nuestro Señor
siempre. Y ésta es la única solución para que los pueblos lleguen a la paz, a
la fraternidad, a la justicia, a la santidad, para que lleguen al Cielo. No hay
otra solución.
Nosotros debemos entonces hacer todo lo que
esté en nuestro poder, para que Nuestro Señor reine en las Sociedades; reine en
las familias, reine en los individuos. Este es el papel del sacerdote, de las
familias cristianas, de todos los que creen en Nuestro Señor Jesucristo, en su
divinidad.
Entonces tengamos esta fe muy firme en
nuestros corazones. Y si el mundo se sometiera completamente a las fuerzas de
Satanás y a las fuerzas de los adversarios y a las fuerzas que se oponen a la
Iglesia, nosotros aún proclamaremos la realeza de Nuestro Señor Jesucristo. No
es porque los hechos estén contra nosotros, que Satanás haya podido, de alguna
manera, dominar al mundo; que nosotros
debamos aceptar el reino de Satanás y hacer un compromiso con su reinado
diciendo: “Bien, nosotros aceptamos que Satanás reine en ciertas sociedades y
en cierta medida sobre el mundo”. Nosotros no podemos aceptar eso. Nosotros
aguantamos, si no podemos hacer nada más; pero en nuestros corazones, tenemos
siempre el deseo ardiente de decir: El día que podamos derrocar a Satanás, lo
haremos. Aunque sea al precio de nuestra sangre, para que Nuestro Señor
Jesucristo reine.
He aquí lo que es un verdadero cristiano, lo
que un verdadero católico debe tener en su corazón, y no hacer compromisos con
las fuerzas satánicas y las fuerzas subversivas del mundo.
(Sermón del 31 de Octubre de 1976).
martes, 14 de octubre de 2014
FELICITACIONES
Dos
años hace que el blog amigo NON POSSUMUS comenzó su valerosa tarea de combatir
a través de un espacio en Internet por Cristo Rey y contra los enemigos de la Tradición
católica, en defensa de la Verdad y aportando muy valiosa información para
difundir la buena doctrina y desenmascarar a los enemigos que intentan traficar
con ella. Hoy se ha convertido en un espacio ineludible e insustituible de la
Tradición Católica Resistente. Quizá sean los pestilentes ataques y el odio que
despierta en los liberales y otros enemigos de la verdadera Tradición los que
mejor hablen de su eficaz labor en esta lucha. Vaya desde acá nuestro saludo y
público reconocimiento. Dios les recompense su encomiable labor.
sábado, 28 de junio de 2014
BOLETÍN DEL MONASTERIO DE LA SANTA CRUZ N° 50, JUNIO DE 2014.- PARTE 1
BOLETÍN DE LA SANTA CRUZ
JUNIO 2014-N°50
Muy
estimados amigos y benefactores,
En este momento dramático
de la vida de la Iglesia, momento en donde la crisis, prolongándose, toma
aspectos completamente inesperados, hay que, más que nunca, llevar a cabo el
buen combate de la fe católica con ánimo y valor.
¿Quién hubiera podido
creer que un día los benedictinos, capuchinos y dominicos de la Tradición
tuvieran a sus candidatos retardados para su Ordenación o amenazados de serlo
por haber mantenido una conducta que el mismo Monseñor Lefebvre aconsejó y
siguió? ¿Quién hubiera podido creer que uno de los cuatro obispos consagrados
por Monseñor Lefebvre sería expulsado de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X,
siendo que su posición en la crisis actual permanece más fiel a la enseñanza y
a las directivas prácticas de Monseñor Lefebvre que Menzingen? ¿Quién hubiera
podido creer que antiguos sacerdotes como los padres Faure, Pivert, de Mérode
como tantos otros, se encontrarían un día fuera de la Fraternidad para seguir
siendo fieles a las orientaciones de Monseñor Lefebvre? ¿Quién hubiera creído
que no solamente los sacerdotes, sino también los laicos, entre los
combatientes de la primera hora, serían tratados de manera semejante por las
mismas razones?
Todo esto es para
hundirnos en la angustia y paralizarnos en la acción a realizar para continuar
la obra de restauración católica.
Pero no hay que sucumbir
a esta tentación. Hay que volver a partir al combate como Monseñor Lefebvre,
siempre lleno de ánimo en medio de las peores dificultades. Imitemos a aquellos
que nos han precedido, incluso si no somos numerosos, recordemos la visión con
la cual el profeta Eliseo fue beneficiado, él, que había orado al Señor de
mostrar a su servidor que los que estaban con él eran más fuertes y más
numerosos que los que estaban en su contra:
“Y el Señor abrió los
ojos de su servidor y él vio, y he aquí que la montaña estaba llena de caballos
y de carros de fuego en torno a Eliseo” (IV Reyes VI, 16).
Será lo mismo para
nosotros, si permanecemos fieles a la enseñanza y a las directivas de aquel
gracias al cual las puertas del Infierno no han prevalecido.
Padre Prior
DOCTRINA
Una recensión anónima
acreditada por Menzingen le reprocha al libro del Padre Pivert « Nuestras
Relaciones Con Roma » de centrar indebidamente el combate de Monseñor
Lefebvre sobre la cuestión de Cristo Rey.
Pero fue el mismo
Monseñor Lefebvre que lo afirmó, como lo podemos ver en este pasaje:
“He aquí lo que constituye nuestra oposición y es la razón por la cual
no existe posibilidad de entenderse. Y no es tanto la cuestión de la Misa, dado
que la Misa es precisamente una de las consecuencias del hecho que quiso
acercarse al protestantismo y, por ende, transformar el culto, los sacramentos,
el catecismo, etc...
La
verdadera oposición fundamental es el Reinado de Nuestro Señor Jesucristo.
Opportet Illum regnare, nos dice San Pablo, Nuestro Señor vino para reinar.
Ellos dicen no, y nosotros decimos sí, con todos los papas”.
(Mons. Marcel Lefebvre,
“La Iglesia Infiltrada por el Modernismo”, Ediciones Fideliter - 1993 – pág.
70).
¿Ha cambiado Menzingen de
posición? Nosotros queremos conservar la doctrina y las directivas que Monseñor
Lefebvre nos legó porque él es el eco fiel de la Tradición.
Que se relea « Le
Destronaron ». Todo está allí. El solo título nos muestra el lugar de
Cristo Rey en el combate de Monseñor Lefebvre.
Hay que decir más que eso. Cristo Rey no solamente fue el centro de las
dificultades entre Monseñor Lefebvre y Roma liberal. Cristo Rey es el centro
del drama de los tiempos modernos. ¿Por qué fue guillotinado Luis XVI? ¿Por qué
la Vendée fue devastada, los Estados Pontificios ocupados, García Moreno
asesinado, los Cristeros aplastados, quince mil sacerdotes, religiosos y
religiosas martirizados en España y la libertad religiosa proclamada en el
Vaticano II por solicitud de la organización judía B'nai B’rith? Finalmente, ¿por
qué Nuestra Señora pide la Consagración de Rusia a su Corazón Inmaculado sino
para que su divino Hijo reine sobre el mundo entero? “No queremos que Él reine
sobre nosotros”, gritan los impíos. Nosotros, al contrario, decimos: “Que venga
tu Reino”. Este es el centro del combate de Monseñor Lefebvre y de toda la
Iglesia de la cual Monseñor Lefebvre fue el hijo más digno, fiel y devoto.
Continúa...
domingo, 9 de marzo de 2014
“EL CATÓLICO Y LOS REGÍMENES POLÍTICOS” EN PREGUNTAS Y RESPUESTAS
C. N.
1) ¿Deben los estados
ordenarse esencialmente a la Iglesia y por tanto a Cristo Rey?
Respuesta. Sí. Como afirman numerosos documentos del magisterio* y
Santo Tomás de Aquino, los estados deben ordenarse esencialmente (no
accidentalmente) a la Iglesia y por tanto a Cristo Rey así como el cuerpo se
ordena al alma en el compuesto humano; como la naturaleza se ordena a la Gracia
en el justo; y como la razón se ordena a la Fe en la Sacra Teología. En verdad,
el estado católico es, como persona moral y analógicamente, tan miembro de la
Iglesia como lo es cada fiel, o, en otras palabras: no se trata tan solo de que
el estado defienda a la Iglesia y a la Religión, sino de hacerlo por ser
miembro de ella.
2) Pero los estados, desde la
afrenta de Felipe el Bello al Papa Bonifacio VIII (siglo XIII) han venido,
progresivamente, dejando de formar parte de la Iglesia, hasta el día de hoy, en
el que ninguno de ellos forma parte de Ella.
Respuesta. Así como, por analogía con cualquier fiel, el estado puede ser miembro
de la Iglesia, así también, como todo y cualquier fiel, puede apostatar –y fue
exactamente lo que ocurrió desde entonces. Es la apostasía general de las
naciones anunciada en el Evangelio.
3) Si, no obstante, ya no
parece factible, en el mundo de hoy, la restauración del Reino de Cristo,
¿debemos insistir en la tesis del orden esencial?
Respuesta. Sin duda alguna, así como delante de un mundo
pecador debemos insistir en que lo es y no hacernos pecadores nosotros mismos.
Lo que Dios nos pide no es que “venzamos el buen combate”, sino que “combatamos el
buen combate” –como dice el Apóstol–, incluso porque la victoria, desde la
perspectiva de Cristo Rey mismo y de la Jerusalén Celeste (nuestra verdadera
patria), está conquistada de antemano, desde toda la eternidad y desde la Cruz
en el Calvario.
4) Si es así, ¿no podemos
entonces apoyar ninguna alternativa política actual?
Respuesta. Sin lugar a dudas, ninguna, porque todas de algún
modo dejan de ordenarse esencialmente a la Iglesia y a Cristo Rey.
5) ¿Pero no se puede apoyar
algún mal menor?
Respuesta. Apoyar un mal, menor o mayor, siempre será pecar
contra el recto orden debido a Dios. Esto, sin embargo, no quiere decir que no
podamos, por ejemplo, votar a algún candidato menos indigno, lo que no sería
apoyarlo, sino tolerarlo o valerse de él por un bien cualquiera. Insístase:
esto es completamente diferente de apoyarlo.
6) En otras palabras, ¿no
debemos apoyar la democracia liberal contra el comunismo?
Respuesta. Debemos entender el asunto de manera responsable,
o sea, religiosa y científicamente al mismo tiempo –y lo que diremos a
continuación se sigue directamente de los referidos documentos del magisterio
de la Iglesia, a los que ningún católico puede substraerse bajo pena de pecado
contra la Fe. Procedamos pues por partes.
a) Todos los regímenes
políticos actuales –la democracia liberal, el comunismo de una Corea del
Norte, el populismo comunistizante del chavismo, el populismo
izquierdista del PT, el régimen de la Rusia actual (todavía de difícil
definición), los movimientos fascistas o nazis– son malos por razones diversas,
ante todo porque no se ordenan a Cristo Rey, pero también porque hieren de
algún modo la Ley Natural.
b) La democracia liberal de
hoy implica una grave afronta a la Ley Natural, porque de modo general sigue la
llamada “pauta globalista” (aborto, pansexualismo libre, etc.), en orden a un
gobierno mundial que no será sino el escenario para el advenimiento del
Anticristo. Es por este orden que se debilitan o deshacen las naciones europeas
mediante una disolvedora crisis económica; que Estados Unidos aplasta los
restos de la Cristiandad y de autoridad en Medio Oriente; que se intenta
desestabilizar hasta a los mismos regímenes izquierdistas de América Latina.
Cuanto menos se mantengan los estados actuales –esos mismos estados que son ya
resultado de la disgregación liberal y revolucionaria de la Cristiandad–, más
se impondrá la “necesidad” de un efectivo poder mundial.
c) Más que eso, sin embargo:
la misma economía llamada liberal (tanto por parte de sus propugnadores “puros”
como de sus aplicadores “impuros”) fue una de las causas, precisamente, del fin
de la Cristiandad, la familia, los llamados “cuerpos intermedios de la sociedad
–para constatarlo basta una lectura superficial de la historia de la revolución
industrial, la revolución francesa, etc. Además, el propio régimen democrático
instaurado con la revolución francesa se funda en una mentira perversa: tras
alardear que “la voz del pueblo es la voz de Dios” (cuando se debería decir que
cabe al pueblo y a cualquiera de nosotros escuchar la verdadera voz de Dios),
termina por instituir, en verdad, mediante la propaganda y el mecanismo
engañoso del sufragio universal, una tiranía de poderes político-económicos más
o menos ocultos.
c) Por otro lado, los restos
del régimen comunista puro (Corea del Norte, Cuba) prosiguen en su tiranía y en
su monstruosidad antinatural –sobre todo porque ponen el Estado por encima no
solamente de la Iglesia, sino de la propia familia y de los cuerpos intermedios
de la sociedad, carácter este que comparten con el fascismo y el nazismo. De
algún modo, sin embargo, ¿no hacen lo mismo las democracias liberales, al
obligar, por ejemplo, a las familias a aceptar que las escuelas enseñen a sus
hijos según cartillas antinaturales? Y que no se diga que esto es propio de un
gobierno izquierdista como el del PT, que quiere implantarlo, porque ya está
implantado en la amplia mayoría de los regímenes llamados de democracia liberal,
como el de Canadá, el de muchos estados de EEUU, el de gran parte de los países
europeos, etc.
d) Los regímenes izquierdistas
de América Latina oscilan más o menos entre esos extremos.
e) En cambio, los regímenes
actualmente vigentes en los países que componían la antigua Cortina de Hierro,
que, como se dijo ya, son de difícil definición, buscan mantenerse
independientes de la “pauta globalista” y conservan algunos elementos de la Ley
Natural (y, en algunos casos, como Hungría, incluso de la Ley Divina Positiva)
como ya no se hace en ninguna otra parte del mundo. Hasta cuándo conseguirán
mantenerse así, eso es algo difícil de prever; pero lo que hay que tener muy en
cuenta es que tales regímenes tampoco se ordenan perfectamente a la Ley Natural
ni, sobre todo, a Cristo Rey, aunque Hungría haya de algún modo intentado
hacerlo, como veremos más adelante.
Se ve así que el católico no
puede dar apoyo a ninguno de tales regímenes, si bien, naturalmente, no podemos
dejar de alegrarnos con el hecho de que la Rusia de Putin, aunque por
razones meramente geopolíticas, defienda a los cristianos de Siria de la
saña norteamericana. Cuando nos alegramos de ello, sin embargo, solamente
soportamos un mal menor, porque accidentalmente propicia un bien
(la supervivencia, aunque sea parcial y provisoria, del resto de la Cristiandad
oriental).
7) ¿No es sin embargo verdad
que la ilegitimidad de un régimen se da, ante todo y de modo automático, cuando
impide la propagación de la Fe? ¿Y no lo hace el comunismo más que todos?
Respuesta. También esta pregunta se debe responder por
partes.
a) Sin lugar a dudas, el
impedir la propagación de la Fe o, lo que es lo mismo, el perseguir a la
Iglesia es causa de ilegitimidad automática de un régimen político.
b) No obstante, no se olvide
que todos los regímenes políticos actuales son de algún modo apóstatas, y que
el impedimento de la propagación de la Fe puede darse de dos formas: o por
represión directa, o por medios más sutiles de operar –lo que en algún grado
ocurre actualmente en todo el mundo con el ataque masivo de los medios de
comunicación, las artes, los programas escolares, las leyes, etc., contra el
depósito de la Fe y la Ley Natural. Tal ataque masivo crea una especie de
coraza en la mente de los ciudadanos que la torna impenetrable a la Fe y sus
verdades, lo que –repitámoslo– es otro modo de impedir la propagación de la Fe.
c) Además, se encuentra a la
vista de todos que la democracia socialdemócrata francesa actual o que el
democratismo liberal de Obama (en el Medio Oriente) persiguen o aplastan
directamente a los católicos, con el fin, justamente, de destruir la Fe. Y, así
y en relación a esto, no se diferencian ni siquiera accidentalmente de los
países comunistas.
d) Por último, la ilegitimidad
de un régimen o gobierno nunca puede ser absoluta. Y, para entender en qué
sentido lo decimos, recuérdese que por orden del papa los católicos que vivían
bajo Juliano el Apóstata lo obedecían en lo que no hiriese gravemente la Ley
Natural ni la Ley Divina Positiva –porque en efecto todos los gobernantes, como
decía el Apóstol, si tienen la espada, la tienen dada por Dios mismo para
castigar a los malos. Con palabras más simples y ejemplares: no es porque
vivamos bajo una tiranía de cualquier clase que debemos substraernos a
obedecerla en lo que sea justo o incluso en lo injusto que no hiera los
principales puntos de la Ley natural –e iría contra este principio aquel que
dejara de pagar impuestos agravantes si los pudiera pagar. Esta es doctrina
cierta –magisterial y tomista o agustiniana–, que no podemos esquivar.
8) Desde el inicio, sin
embargo, se habla aquí del magisterio de la Iglesia. Pero el Vaticano II y la
Jerarquía que de él se sigue no solamente anularon la condenación a la
masonería (uno de los principales fautores del mundo moderno y anticristiano),
sino que también indujeron a los mismos estados católicos a que dejaran
formalmente de serlo. ¿No se podría considerar, pues, que el magisterio de la
Iglesia cambió?
Respuesta. Ante todo, el magisterio de la Iglesia, en cuanto
infalible o cierto, o es inmutable o no lo es. Además, el llamado magisterio
conciliar no solamente siempre se negó, por su liberalismo, a imponer una
doctrina ceñida de las llamadas “cuatro condiciones vaticanas” (la que dan a un
documento magisterial precisamente el carácter de infalible), sino que, mucho
más que eso, desde siempre se opone al magisterio infalible o cierto de dos mil
años. Luego, no solo no le debemos al magisterio conciliar, en cuanto tal,
obediencia alguna en ningún punto, sino que debemos mantener frente a él una
continua e intransigente oposición católica. Y, para que se tenga como ejemplo
otra ignominia del magisterio conciliar, recuérdese lo sucedido recientemente
en Hungría: su Gobierno se decidió a entregarle toda la educación nacional a la
Iglesia Católica, la cual, sin embargo, a través de la Conferencia Episcopal
local, rechazó la oferta. Ahora bien, una iglesia que comete un crimen tan
innoble –esencialmente idéntico al cometido por Pablo VI al inducir a los
estados católicos a que dejaran de serlo– no puede tener todas las notas de la
catolicidad (que solamente se dan, de algún modo, dondequiera que se mantenga
íntegra la Fe) y no se puede decir católica sino a título precario –lo que no
obstante es tema para otro lugar.
Y por eso que sucedió tan tristemente en Hungría es que no podemos
depositar nuestras esperanzas ni siquiera en la nación del rey San Esteban. En
efecto, no es ordenarse a Cristo Rey ordenarse a una iglesia que no quiere ser
Suya.
9) No puede el católico, por
tanto, en definitiva, depositar esperanzas en ningún régimen y en ninguna
nación de la Tierra actual. ¿Qué le queda, entonces?
Respuesta. Le “queda” la oración enseñada por los Apóstoles:
“מרנא תא, Maranata”, “Ven, Señor Jesús”, pero ven pronto, para hacer
pasar la figura de este mundo e introducir a Tu verdadera Iglesia y sus fieles
en la definitiva Jerusalén, la Celeste. Sí, porque ni siquiera con respecto a
los estados cristianos y a la Cristiandad medieval se nos infundió y se nos
infunde la virtud teologal de la Esperanza: se nos la dio y se nos la da sobre
todo para que suspiremos por la vida definitiva, la vida en que los salvos por
la misericordia divina podrán descansar, ya sin ninguna tribulación, en la
visión de Aquel que Es.
• Documento de excomunión y deposición de Enrique
IV (San Gregorio VII);
• Epístola Sicut universitatis (Inocencio
III);
• Bula Unam
Sanctam (Bonifacio VIII);
• Constitución Licet iuxta doctrinam (Errores
de Marsilio de Padua y de Juan de Jandun sobre la constitución de la Iglesia;
Juan XX);
• Encíclica Quanta
cura (Pio IX);
• El Syllabus (Errores sobre la
Iglesia y sus derechos; Errores sobre la sociedad civil considerada ya sea en
sí misma, ya sea en sus relaciones con la Iglesia; Errores sobre el principado
civil del Romano Pontífice; Pio IX);
• Encíclica Etsi
multa luctuosa (Pio IX);
• Encíclica Quod
Apostolici muneris (Pio IX);
• Encíclica Diuturnum
illud (León XIII);
• Immortale
Dei (León XIII);
• Encíclica Libertas,
praestantissimus (León XIII);
• Encíclica Sapientiae
christianae (León XIII);
• Encíclica Annum
Sacrum (León XIII);
• Encíclica Rerum
novarum (León XIII);
• Encíclica Graves
de Communi Re (León XIII);
• Encíclica Vehementer
Nos (S. Pio X);
• Encíclica Ubi
arcano (Pio XI);
• Encíclica Quas
primas (Pio XI);
• Encíclica Divini
illius magistri (Pio XI);
• Encíclica Quadragesimo
anno (Pio XI);
• Encíclica Firmissimam
constantiam (Pio XI);
• y Encíclica Summi Pontificatus (Pio
XII).
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