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jueves, 24 de diciembre de 2020

CARTA SOBRE EL TIEMPO PRESENTE – PADRE EMMANUEL

 


Carta a una religiosa sobre el tiempo presente

 Padre Emmanuel

 

 

Atenta como es debido, a la situación de la Iglesia en general y de las congregaciones re­ligiosas en particular me rogáis os enseñe la resignación cristiana en medio de las dificul­tades del tiempo presente.

En primer término, advertid, Hermana, que Nuestro Señor nos previno los males que nos amenazan:

“Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mun­do (...) el mundo os aborrece (...). Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán”. (Jo. 15,19-20)

“En el mundo tendréis mucho que sufrir, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jo. 16,33).

Ya estamos advertidos, nada ha de sorpren­dernos. Si de algo nos sorprendiéramos, ha­bríamos decaído en la fe o, al menos, prestado poca atención a la palabra de Nuestro Señor.

sábado, 25 de junio de 2016

CARTA A UNA RELIGIOSA SOBRE EL TIEMPO PRESENTE





Padre Emmanuel


Atenta como es debido, a la situación de la Iglesia en general y de las congregaciones re­ligiosas en particular me rogáis os enseñe la resignación cristiana en medio de las dificul­tades del tiempo presente.

En primer término, advertid, Hermana, que Nuestro Señor nos previno los males que nos amenazan:

“Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mun­do (...) el mundo os aborrece (...). Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán”. (Jo. 15,19-20)

“En el mundo tendréis mucho que sufrir, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jo. 16,33).

Ya estamos advertidos, nada ha de sorpren­dernos. Si de algo nos sorprendiéramos, ha­bríamos decaído en la fe o, al menos, prestado poca atención a la palabra de Nuestro Señor.

Pero debemos mantenernos firmes en la fe, tal es el precepto divino, y también recomen­dación del Apóstol:

“Velad y estad firmes en la fe, obrando varonilmente y mostrándoos fuertes” (1 Cor. 16,13).

Nuestro Señor nos anunció los males que tendríamos que padecer en general, y la San­tísima Virgen nos advirtió el mal muy parti­cular que debemos esperar en el presente.

Habéis leído las palabras tan graves y tan doloridas que la Santísima Virgen llorosa de­rramó, en una lengua incomprendida, en el alma de los pastores de la Salette. Los pasto­res lo repitieron sin comprenderlo, y aunque una parte del discurso de la celestial Mensa­jera haya debido mantenerse secreto, hay, em­pero, una parte de ese secreto que la Santísi­ma Virgen permitió se diera a conocer pasado cierto tiempo. Habéis leído allí estas palabras: “Los religiosos serán expulsados”. También habéis leído allí la explicación de los motivos de ese decreto celestial, muy anterior al decreto terrestre por todos conocido. Hemos pecado y Dios, en su justicia misericordiosa, quiere castigar el pecado en el tiempo para no tener que castigarlo en la eternidad.

Otra consideración. Entre los castigos que nos amenazan habrá una parte para los cul­pables y otra parte para los inocentes. Única­mente Dios conoce bien a unos y a otros, y sa­be la porción de mal que caerá sobre cada cual. Por lo que sabemos ese mal será una expiación para unos y aumento de méritos para otros, porque todo se convierte en bien para los que aman a Dios.

domingo, 22 de mayo de 2016

DISCERNIMIENTO DEL BIEN Y EL MAL





El bien y el mal, nada es más conocido que estos dos términos. Y, con todo, es bastante raro saber atribuir el vocablo bien a lo que es verdaderamente un bien, y la palabra mal a lo que es verdaderamente mal. La Sagrada Escritura nos enseña que hay hombres que, en esta materia cometen la más extraña y la­mentable confusión:

“¡Ay de vosotros los que al mal llamáis bien y al bien, mal; que de la luz hacéis tinieblas y de las tinieblas luz, y tenéis lo amargo por dulce y lo dulce por amargo”. (Is. 5,20)

Es raro que se llegue hasta esos extremos, pero cuán a menudo se vacila en llamar al bien por su nombre, al mal por su nombre. Se teme, porque no se sabe bastante, o por­que aun sabiéndolo uno no se atreve a con­fesar sus convicciones y rendir tributo a la verdad.

De ello resulta que el alma que no tuvo la fuerza de rendir testimonio del bien, pierde algo del conocimiento mismo del bien: por­que es una ley de la justicia divina que el espíritu paga las flaquezas de la voluntad. Estas flaquezas son el fruto ordinario de las desgraciadas concupiscencias y Dios las casti­ga dejando que un comienzo de ceguera se di­funda en las almas, justo castigo de nuestras flaquezas y de nuestras cobardías.

Con el fin de que la voluntad sea más fuer­temente llevada a adherirse al bien y a rechazar el mal es de suma importancia saber con toda claridad discernir dónde está el bien y dónde está el mal.



Padre Emmanuel, Las dos ciudades, Editorial Iction, Bs. As., 1980.

sábado, 1 de agosto de 2015

LA IGLESIA DURANTE LA TORMENTA – P. EMMANUEL





I

San Gregorio Magno, en sus luminosos comentarios sobre Job, abre las más profundas perspectivas sobre toda la historia de la Iglesia. Es que él mismo estaba visiblemente animado de este espíritu profético derramado en todas las Escrituras.

Contempla a la Iglesia, al fin de los tiempos, bajo la figura de Job humillado y sufriente, expuesto a las insinuaciones pérfidas de su mujer y a las críticas amargas de sus amigos; él, delante de quien en otros tiempos se levantaban los ancianos, y los príncipes guardaban silencio.

La Iglesia, dice muchas veces el gran Papa, hacia el término de su peregrinación, será privada de todo poder temporal; incluso se tratará de quitarle todo punto de apoyo sobre la tierra.

Pero va más lejos, y declara que será despojada del brillo mismo que proviene de los dones sobrenaturales.

“Se retirará, dice, el poder de los milagros, será quitada la gracia de las curaciones, desaparecerá la profecía, disminuirá el don de una larga abstinencia, se callarán las enseñanzas de la doctrina, cesarán los prodigios milagrosos. Eso no quiere decir que no habrá nada de todo eso; pero todas estas señales ya no brillarán abiertamente y de mil maneras, como en las primeras edades. Será incluso la ocasión propicia para realizar un maravilloso discernimiento. En ese estado humillado de la Iglesia crecerá la recompensa de los buenos, que se aferrarán a ella únicamente con miras a los bienes celestiales; por lo que a los malvados se refiere, no viendo en ella ningún atractivo temporal, no tendrán ya nada que disimular, y se mostrarán tal como son” (Moralia in Job, lib. XXXV).

¡Qué palabra terrible: se callarán las enseñanzas de la doctrina! San Gregorio proclama en otras partes que la Iglesia prefiere morir a callarse. Por lo tanto, ella hablará: pero su enseñanza será obstaculizada, su voz será ahogada; ella hablará: pero muchos de los que deberían gritar sobre los techos no se atreverán a hacerlo por temor a los hombres.

Y eso será la ocasión de un discernimiento temible.

San Gregorio vuelve frecuentemente sobre esta verdad, de que hay en la Iglesia tres categorías de personas: los hipócritas o falsos cristianos, los débiles y los fuertes. Ahora bien, en esos momentos de angustia, los hipócritas se quitarán la máscara, y manifestarán abiertamente su apostasía secreta; los débiles, desgraciadamente, perecerán en gran número, y el corazón de la Iglesia sangrará de ello; finalmente, muchos de los mismos fuertes, demasiado confiados en su fuerza, caerán como las estrellas del cielo.

A pesar de todas estas tristezas punzantes, la Iglesia no perderá ni la valentía ni la confianza. Será sostenida por la promesa del Salvador, consignada en las Escrituras, de que esos días serán abreviados a causa de los elegidos. Sabiendo que los elegidos serán salvados a pesar de todo, se entregará, en lo más recio de la tormenta, a la salvación de las almas con una energía infatigable.

II

En efecto, a pesar del espantoso escándalo de esos tiempos de perdición, no hay que pensar que los pequeños y los débiles se perderán necesariamente. El camino de salvación seguirá estando abierto, y la salvación será posible para todos. La Iglesia tendrá medios de preservación proporcionados a la magnitud del peligro. Y sólo perecerán aquellos de entre los pequeños que, por haber abandonado las alas de su madre, serán presa del ave rapaz.

¿Cuáles serán esos medios de preservación? Las Escrituras no nos dan ninguna indicación sobre este punto; más nosotros podemos formular sin temeridad algunas conjeturas.

La Iglesia se acordará del aviso dado por Nuestro Señor para los tiempos de la toma y destrucción de Jerusalén, y aplicable, según el parecer de los intérpretes, a la última persecución.

lunes, 31 de marzo de 2014

LA OBRA DE DIOS – PADRE EMMANUEL


         


  1. La Obra... y las obras

Se ha dicho que nuestro siglo es el siglo de las obras. Hay tantas que cada uno tiene la suya, poco más o menos. Algunos dicen: Mi obra, otros: Mis obras. En efecto: todo hombre es autor de alguna cosa.

Por consiguiente, hay obras de toda índole: buenas, mediocres, despreciables.

Las obras despreciables deben inspirarnos compasión; de las mediocres mejor no ha­blar; a las buenas, les deseamos todas las bendiciones de Dios.

A pesar de eso, no dejamos de temer que nuestras obras sean como las de ciertas Igle­sias del Asia, a las cuales Nuestro Señor es­cribió cartas como la siguiente:

“Al Ángel de la Iglesia de Sardes:

“Conozco tus obras y que tienes nom­bre de vivo, pero estás muerto (...) no
he hallado tus obras perfectas en la presencia de Dios” (Apoc. 3, 1-2).

“Al Ángel de la Iglesia de Laodicea:

“Conozco tus obras y no eres frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente; mas porque eres tibio y no eres caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi boca. Porque dices: yo soy rico y de nada tengo necesidad, y no sabes que eres un desdichado, un miserable, un indigente, un ciego y un desnudo” (Apoc. 3, 14-17).

Es bastante fácil ver todo color de rosa, comenzando por uno mismo; conocemos mucha gente de escasa virtud que llega a tal situación.

Aplaudirse a sí mismo y tributarse elogios que serían verdaderos si vinieran de Dios, pero bastante sospechosos si proceden de otra parte, es asemejarse con bastante perfección al ángel de Laodicea.

Demasiado a menudo nuestras obras no son perfectas delante de Dios. Tienen una especie de pecado original al que podríamos nombrar. Llevan en sí un vacío, un vacío funesto.

Pero, lamentablemente, son nuestras obras. Son nuestras, son de nosotros. Y nosotros somos de Dios, y de la nada, y en nuestras obras siempre pesa más la nada donde hemos sido sacados que Dios que nos sacado.

Ejemplo: de todo lo que se escribe, imprime, vende, compra, se lee o no se lee, no hay casi nada que no se escriba para poner en evidencia algún pensamiento humano, del todo humano, casi siempre manchado por el error por algún lado, si no enteramente.

El hombre escribe para el hombre: si pusiéramos a un lado los libros hechos puramente para Dios y la verdad de Dios, y al otro las obras del hombre, habría una desproporción espantosa.

Hay una prueba evidente: el Evangelio, libro que nos da el pensamiento puro de Dios ¿no es, acaso, un libro dejado a un lado por casi todos y en casi todas partes?

Hemos citado un solo ejemplo: podríamos citar cientos y aún más.

Llenas del pensamiento del hombre y vacías del espíritu de Dios, nuestras obras se han puesto en acción y, sin embargo, ¿qué espectáculo tenemos a la vista? ¿Dónde estamos y adónde vamos? Todas las obras ¿han podido hasta ahora obrar la salvación?

No negamos los resultados felices de muchas obras, por lo cual bendecimos a Dios. Pero, ¿no es patente que esos resultados son restringidos y que, en suma, la salvación general está por lograrse todavía?

Desde hace casi un siglo el mal se ha desatado sobre Europa principalmente, y luego sobre el resto del mundo; el mal, pese a todas las obras ¿no ha realizado conquistas aterradoras? ¿No se ha apoderado del poder público y de la autoridad política en casi todo el orbe? ¿No ha hecho sentir su yugo a todo lo cristiano, desde el augusto jefe de la cristiandad, León XIII, prisionero en el Vaticano, hasta el niño bautizado más pequeño al cual se le prohíbe la enseñanza cristiana y se le impone por ley la enseñanza atea?

Ésta es la situación: ¿qué prueba más evidente de que nuestras obras no son perfectas delante de Dios?

No obstante, hay una obra, una obra perfecta delante de Dios, una obra que nada tiene de la vanidad del hombre, una obra que conseguiría infaliblemente la salvación del mundo, una obra a la que sólo le faltan operarios.

Muy pronto diremos su nombre; mientras tanto, dejaremos que lo adivinen...


           2. ¿Cuál es la obra de Dios?

Hemos dejado adivinar el nombre de la obra que es la única capaz de salvar al mundo y, ahora, escribimos su nombre con todas las letras: la llamamos la obra de Dios.

Leemos en el GÉNESIS:

“En el principio Dios creó el cielo y la tierra (...) en el séptimo día, Dios había concluido su obra” (Gen. 1, 1 y 2,2).

La obra de Dios comienza, pues, con la creación y por la creación.

Por eso el primer artículo de nuestro Símbolo, la primera palabra de nuestra fe es:
Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.

Desde el principio de su obra, Dios dio su ley a nuestros primeros padres:

“Dios formó al hombre del polvo de la tierra y lo hizo a su propia imagen (...). Del cuerpo del hombre formó a la mujer. Les dio discernimiento, dioles lengua, ojos y oídos, y un espíritu para pensar y llenólos de la luz del intelecto. Llenólos de ciencia e inteligencia y dioles a conocer el bien y el mal (...). Les dio, además, una norma para regir su conducta y la ley de vida como herencia”.
(Eccli., 17, 1-9).

En el primer día la obra de Dios era magnífica. La naturaleza y la gracia estaban felizmente unidas y era voluntad de Dios que jamás se separasen para llegar juntas a la bienaventuranza suprema.

Pero la voluntad del hombre separó lo que Dios había unido; sobrevino el pecado, y si Dios hubiera abandonado a su creatura, todo habría concluido para nosotros y para siempre jamás.

Dios no permitió que su obra fuera así destruida. Decidió vencer al pecado y lo venció.

Por la creación había vencido a la nada, por la Redención venció al pecado. Ésa fue la obra de Dios por excelencia.

Como anticipo de la Redención, Dios entregó su ley a Moisés.

Leemos en el libro del ÉXODO:

“Y Moisés bajó de la montaña, llevando en sus manos las dos tablas del testimonio que estaban escritas de ambos lados, por una y otra cara. Eran obra de Dios, lo mismo que la escritura grabada sobre las tablas” (Éxodo, 32, 15-16).

Nos complace encontrar el término obra de Dios, referido a la ley dada a Moisés. La hallamos repetida más a menudo en la Escritura cuando se trata de la Redención.

Varios siglos antes de la divina Encarnación, el profeta HABACUC exclamaba:

“¡Dale, Señor, existencia a vuestra obra en el transcurso de los años!
Domine, opus tuum, in medio annorum vivifica illud”.
(Hab. 3, 2).

Y cuando el Hijo de Dios vino a este mundo dijo en el mismo sentido:

“Mi alimento es hacer la voluntad de Aquél que me ha enviado y cumplir su obra [opus eius]”
(Jo. 4, 34).

Esta obra, la obra de Dios, era la salvación de los hombres que Nuestro Señor debía alcanzar mediante sus ejemplos y su predicación, sus méritos y su Pasión.

La víspera de su muerte, en la divina oración antes de su agonía, decía a su Padre, en igual sentido:

“He consumado la obra que me encomendaste” (Jo. 17, 4).

Hablaba de una obra cumplida, a causa de la certidumbre de su muerte inminente, que debía tener lugar ese mismo día.

En boca del Salvador así como en la de su profeta, la obra de nuestra salvación era la obra de Dios.

Los Apóstoles, a quienes el Señor asoció a su obra divina, encomendándoles su continuación, no hablaban de otro modo que el divino Maestro:

“Así, pues, hermanos míos muy amados, manteneos firmes e inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor”.
(1 Cor., 15, 58).

Y       agrega:

“Timoteo trabaja en la obra del Señor”. (1 Cor., 16, 10).

Y       a los Filipenses:

“(Os he enviado a Epafrodito), recibidlo, pues, en el Señor con toda alegría, y honrad a los que son como él, que por el servicio de Cristo estuvo a la muerte por haber servido a la obra de Jesucristo” (Filip., 2, 28-30).

¿Cómo actuaban esos hombres de Dios que trabajaban en la obra de Dios? Imitaban humilde y fielmente al mismo Dios. Dios había comenzado su obra por la creación, la continuó por la ley y la consumó por la Redención; esos varones de Dios hicieron conocer el Creador a los hombres y de ello se siguió la sumisión de todos a Dios; hicieron conocer la ley y a su luz, los hombres reconocían sus pecados, el mal que habían hecho y el bien que dejaron de hacer; y finalmente, les dieron a conocer la gracia del Redentor, que es la única que sana las almas, la única que las purifica y la única que les da el poder y la voluntad de hacerlo.

Y entonces la obra de Dios se continuaba conforme a la voluntad de Dios y ninguno de los que trabajaba en esa obra decía: mi obra. El propio Hijo de Dios no lo dijo nunca y con eso, como con toda su vida, nos enseñó la humildad, una de las virtudes más indispensables para trabajar en la obra de Dios.


           3. Los operarios de Dios

¿Cómo comprendían la obra de Dios los Apóstoles, instruidos por Nuestro Señor? SAN PEDRO nos ha revelado todo el secreto:

“Pues nosotros debemos atender a la oración y al ministerio de la palabra”.
(Hechos, 6, 4).

En esas pocas palabras ¡cuántas luces! Los Apóstoles debían orar, obtener de Dios las gracias de conversión y luego predicar el Evangelio y llamar las almas a la conversión; así se hacía la obra de Dios.

La oración de los Apóstoles debía ser apoyada por la oración de los fieles. SAN PABLO recuerda con frecuencia ese gran deber a sus cristianos:

“Os exhorto, hermanos, por Nuestro Señor Jesucristo y por la caridad del Espíritu Santo, a que me ayudéis mediante vuestras oraciones a Dios por mí”.
(Rom. 15, 30).

A los Colosenses:

“Rogad por nosotros para que Dios nos abra una puerta para anunciar el misterio de Jesucristo”.
(Col. 4, 3).

Y a los de Tesalónica:

“Orad por nosotros para que la palabra de Dios avance con celeridad y sea Él glorificado como lo es entre vosotros”.
(2 Tes. 3, 1).

Esta doctrina apostólica, esa oración de la Iglesia en su cuna, era consecuencia de lo que Nuestro Señor había instituido y enseñado al darnos el Pater. Nos ha enseñado en él a pedir al Padre celestial que su nombre sea santificado, que venga su reino, que su voluntad se haga así en la tierra como en el cielo. Ahora bien: ¿qué es eso sino la obra de Dios? en la cual los Apóstoles trabajan con la oración y la palabra y los fieles con la oración solamente; pero en el plan divino todo fiel debe ser hombre de oración y por ello mismo, un operario de la obra de Dios.

SAN CIPRIANO es un admirable testimonio de esa doctrina divina. Al explicar el Pater enseña que debemos orar para conservar la gracia que nos fue dada y para que esa gracia se difunda entre quienes no la han recibido aún como nosotros.

He aquí las palabras del gran Obispo:

“Decimos: Santificado sea tu nombre; no deseamos que Dios sea santificado por nuestras oraciones sino que le pedimos que su nombre sea santificado en nosotros. Porque ¿por quién podría Dios ser santificado, puesto que Él es quien santifica todas las cosas? Le rogamos, por lo tanto, que nos conceda la gracia de conservar la santidad que hemos recibido en el bautismo, y eso se lo pedimos todos los días. Le rogamos sin cesar, día y noche, que su bondad se digne conservar en nosotros la santidad y la vida que Él nos ha comunicado mediante su gracia.

Viene después: Venga a nosotros tu reino; pedimos a Dios su reino en el mismo sentido en que le hemos pedido la santificación de su nombre (...).

Añadimos: Hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo, no para que Dios haga lo que Él quiere, sino para que nosotros mismos podamos cumplir lo que a Él le agrada (...). Pedimos a Dios todos los días, o, más bien, en todos los instantes, que se cumpla su voluntad en nosotros, en el cielo y en la tierra, porque la voluntad de Dios es que las cosas terrenas sean pospuestas a las celestiales y priven las divinas y espirituales (...). Rezamos por la salvación de todos los hombres, para que así como la voluntad divina se ha cumplido en el cielo, es decir, en nosotros por nuestra fe para que nos volvamos celestiales, se cumpla también en la tierra, es decir, en los infieles, de modo que quienes son todavía terrenales por su primer nacimiento, comiencen a ser celestiales cuando reciban el segundo por el agua y el Espíritu Santo”. (Tratado del Pater).

La doctrina de San Cipriano fue conservada fielmente en la Iglesia de África. Vital, un cristiano de Cartago, había prestado oídos a las doctrinas pelagianas y creía que la sola voluntad humana conducía al hombre a la fe. SAN AGUSTÍN le escribe:

“Hablar de ese modo es ir contra las oraciones que elevamos a Dios todos los días. Decid pues claramente que basta contentarse con predicar el Evangelio a los infieles pero que no se debe rezar por ellos para que crean: alzaos contra las oraciones de la Iglesia, cuando el sacerdote desde el altar exhorta al pueblo de Dios a rogar por los infieles para que Él los convierta a la fe, por los catecúmenos, para que Él les inspire el deseo de la regeneración y por los fieles para que Él los haga preservar en lo que han comenzado a ser; burlaos de esas santas exhortaciones, responded altivamente que no haréis nada de eso y que no rogaréis a Dios que convierta a los infieles a la fe, porque lo que los hace pasar de la infidelidad a la fe no es un beneficio de la misericordia de Dios sino un efecto de la voluntad humana.

Declaraos contra San Cipriano, vos que habéis sido educado en la iglesia de Cartago y condenad lo que el santo doctor enseña en su explicación de la Oración dominical: que es menester pedir al Padre de las luces esas mismas cosas de las que pretendéis es autor el hombre, y que cada uno tiene solamente de sí mismo”.

Vital no quería rogar a Dios pidiéndole la gracia de la fe para los incrédulos, porque pensaba que la voluntad del hombre le era suficiente para creer en la palabra de Dios: en eso era hereje, y, por lo tanto, no era operario de la obra de Dios. Tenemos hoy cristianos que tal vez no tienen esas ideas pelagianas, fundamentalmente naturalistas, pero, que no obstante, ya no son operarios de la obra de Dios, porque no rezan en absoluto.

Según la doctrina de los Apóstoles y de los Santos Padres, rezamos el Pater pidiendo a Dios la conservación de la fe en los creyentes, y el don de la fe para los infieles; los cristianos del día no piden a Dios ni lo uno ni lo otro: recitan la fórmula de labios para afuera, y así piensan que han rezado sus oraciones. ¿Quién creería que han rezado en el sentido que San Cipriano entendía la oración? Por eso, ¡la obra de Dios es una obra que está a la espera de operarios!



Padre Emmanuel, “El cristiano del día y el cristiano del Evangelio”, Editorial Iction, Bs. As., 1980.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

LA CONVERSIÓN DE LOS JUDÍOS


LA CONVERSIÓN DE LOS JUDÍOS


R. P. Emmanuel André

El drama del fin de los tiempos
 (Noveno artículo, noviembre de 1885)




La Sagrada Escritura nos señala un gran acontecimiento, que nos muestra como entrelazado en la guerra que el Anticristo desencadenará contra la Iglesia: es la conversión de los Judíos. Hemos diferido de hablar de ella hasta ahora, para tratar este tema con más detalle. Además de que, en el punto en que vamos, se encuentra perfectamente en su lugar. Porque la conversión del pueblo judío nos es presentada como fruto de la predicación de Elías.

I

El pueblo judío es el punto alrededor del cual se desarrolla la historia de la humanidad. Fue acariciado por Dios, en la persona de Abraham, de quien sale; es, antes de Nuestro Señor, el pueblo sacerdotal por excelencia, cuyo estado, según la sentencia de San Agustín, es totalmente profético; ha dado nacimiento a la Santísima Virgen y al Salvador del mundo; ha formado el núcleo de la Iglesia naciente. Todos estos privilegios hacen de la raza judía una raza excepcional, cuyos destinos son extremadamente misteriosos.
Por una inversión extraña y lamentable, desde el momento en que produce al Salvador del mundo, la raza elegida, la raza bendita entre todas, merece ser reprobada. Ella se niega a reconocer, en su humildad, a Aquél cuyas invisibles grandezas no sabe adorar. Parece que Dios haya querido mostrar por ahí que la vocación al cristianismo no le debe nada ni a la carne ni a la sangre, puesto que los mismos de quienes Cristo venía según la carne (Rom. 9 5) fueron rechazados de ella por su orgullo tenaz y carnal.
Su reprobación, sin embargo, ¿es definitiva? ¿Seguirán siendo siempre la presa de Satán, y estando excluidos del resto del mundo por la cruz del Salvador? ¡Dios no lo quiera! Dios reserva misericordias supremas al pueblo que fue el suyo. A este pueblo, al que fue dicho: “Vosotros no sois mi pueblo”, se le dirá un día: “Vosotros sois los hijos del Dios vivo” (Os. 1 10). Después de haber quedado durante largo tiempo sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin altar, los hijos de Israel buscarán al Señor su Dios; y eso se hará sobre el fin de los tiempos (Os. 3 4-5).
Elías será el instrumento de esta maravillosa vuelta. “He aquí que Yo os enviaré, dice el Señor por Malaquías, al profeta Elías, antes de que llegue el día grande y terrible de Dios, para que vuelva el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a sus padres” (Mal. 4 5-6). Es decir, restablecerá la armonía de los mismos amores, de las mismas adoraciones entre los santos antepasados del pueblo judío y sus últimos descendientes.
San Pablo afirma a su vez este acontecimiento tan consolador. El ve en la reprobación de los judíos la causa ocasional de la vocación de los Gentiles. Luego añade: “No quiero que ignoréis, hermanos, este misterio: que el encallecimiento ha sobrevenido parcialmente a Israel, hasta que la totalidad de las naciones haya entrado; y entonces todo Israel será salvo” (Rom. 11 25).
Tal es, pues, el designio de Dios. Es necesario que toda la gentilidad entre en la Iglesia; y cuando haya concluido el desfile de las naciones, Israel entrará a su vez. Será el gran jubileo del mundo; la gracia se derramará por torrentes. Si se toman al pie de la letra las profecías, todos los Judíos que entonces vivan, hasta el último de ellos, aunque fuesen numerosos como las arenas del mar, se salvarán (Rom. 11, 27).
Para comprender los estremecimientos profundos que este gran acontecimiento producirá en el mundo, hay que recurrir a las figuras proféticas, por las que Dios se complació a anunciarlo de mil maneras.
El pueblo judío, entrando en la Iglesia, es Esaú reconciliándose con Jacob. ¡Y con qué ternura! “Corriendo al encuentro de su hermano, Esaú lo abrazó, se echó sobre su cuello y lo besó, rompiendo ambos a llorar” (Gen. 33 4).
Pero el verdadero símbolo de Jesús reconocido por sus hermanos Judíos, es sobre todo José reconocido por sus hermanos. En otro tiempo lo vendieron y lo crucificaron; mas una imperiosa necesidad de verdad y de amor los lleva a sus pies al fin de los tiempos. ¡Qué encuentro! ¡Qué espectáculo! ¡Jesús, en todo el brillo de su poder, desvelando a los Judíos los tesoros de su Corazón, y diciéndoles: Yo soy José, yo soy ese Jesús a quien vosotros vendisteis! (Gen. 45 3).
Abrid por fin el Evangelio, en la página del hijo pródigo (Lc. 25). Este pródigo, que viene de tan lejos, son los pobres Gentiles que entran en la Iglesia. Los judíos son representados por el hijo mayor, celoso y egoísta, que se obstina en permanecer afuera porque su hermano ha sido recibido en la casa. El padre sale y le hace invitaciones apremiantes, cœpit illum rogare. Este desnaturalizado se niega a escuchar a su padre; pero al fin lo escuchará, entrará, y habrá en la casa paterna doble regocijo.
¡No!, no podemos imaginarnos las alegrías de la Iglesia, cuando por fin abra su seno de madre a los hijos de Jacob. No podemos imaginarnos las lágrimas, los arrebatos de amor de éstos, cuando, después de desaparecer por fin el velo de sus ojos, reconozcan a su Jesús. ¿En qué momento preciso sucederá este gran acontecimiento? Ahí está el nudo de la dificultad. Sin pretender resolverla, esperamos esclarecerla un poco.

II

Parece seguro, según la tradición, que el Anticristo será de nacionalidad judía. Aparecerá como el producto de esta fermentación de odio que, desde hace siglos, agría el corazón de los judíos contra Jesús, su tierno hermano, su incomparable amigo.
Parece igualmente seguro que los Judíos en su mayor parte acogerán a este falso mesías, haciéndole cortejo, y le someterán el mundo por la mala prensa y la alta finanza.
Pero, ya desde el tiempo que precederá a la venida del hijo del pecado, se formará, entre los judíos, una corriente de adhesión a la Iglesia. Los grandes acontecimientos tienen siempre preludios que los anuncian.
San Gregorio declara que el furor de la persecución del Anticristo recaerá principalmente sobre esos judíos convertidos, cuya constancia en soportar todos los ultrajes y todos los tormentos por el nombre mil veces bendito de Jesús nadie igualará. Este pasaje de San Gregorio es demasiado importante para que lo omitamos.
El gran Papa explica una de las misteriosas profecías en acción de Ezequiel (Ez. 3). Es un drama en tres actos. 1º Dios ordena al profeta que salga al campo; esta salida representa la difusión del Evangelio entre los Gentiles. 2º Luego lo hace entrar de nuevo en la casa, donde es cargado de cadenas, apresado y reducido al silencio; lo cual indica cómo el Evangelio será predicado por los Judíos a los mismos Judíos, de los cuales unos se convertirán, y otros agarrarán a los predicadores y los abrumarán de malos tratos, a saber durante la persecución del Anticristo. 3º Dios aparece, abre la boca al profeta, que habla con más fuerza que nunca; es lo que sucederá con la venida de Elías, el cual, por sus predicaciones inflamadas e irresistibles, convertirá a los restos de su nación (In Ezech. lib. I, hom. XIII).
No podríamos aquí admirar bastante la lucidez profética de San Gregorio. Distingue de antemano las fases del gran acontecimiento que nos ocupa: escisión del pueblo judío en dos partes, opresión de los convertidos por parte de los refractarios, conversión total realizada por Elías.
El santo Papa asegura, en sus comentarios sobre Job, que esta vuelta definitiva de los restos de Israel tendrá lugar bajo los ojos mismos y a pesar de la rabia impotente del Anticristo (Moralia in Job, lib. XXXV, cap. 14). Si la Iglesia goza de semejantes consuelos en el mismo ardor de la persecución, ¡qué será a la hora del triunfo! Es lo que vamos a considerar rápidamente.

III

Hay destrucciones necesarias, para las cuales Dios se sirve de los malos ángeles. El Anticristo, a su modo y a pesar suyo, será la vara de Dios. Esta vara de hierro pulverizará los cismas, las herejías, las falsas religiones resto del paganismo, el mahometismo y el mismo judaísmo; triturará el mundo para conseguir una prodigiosa unidad.
Cuando este coloso de impiedad haya sido abatido por la pequeña piedra, ésta se convertirá en una montaña inmensa y cubrirá la tierra; el Evangelio, no encontrando ya obstáculos de ninguna clase, reinará sin contradicción en todo el universo.
Los judíos serán los principales obreros en este establecimiento del reino de Dios. San Pablo se extasía ante las grandes cosas que resultarán de su conversión. “Si la caída de los Judíos, exclama, ha sido la riqueza del mundo, y si su mengua ha sido la riqueza de los Gentiles, ¿cuánto más lo será su plenitud [esto es, su adhesión total]?... Si su repudio ha sido reconciliación del mundo, ¿qué será su acogida [en la Iglesia] sino un retornar de muerte a vida?” (Rom. 11 12, 15). Temeríamos debilitar, comentándolas, estas antítesis enérgicas. Es legítimo concluir de ello que los judíos convertidos pondrán al servicio de la Iglesia un ardor inexpresable de proselitismo. Rejuvenecida por esta infusión de vida, la Iglesia saldrá de los aprietos de la persecución como de la piedra de un sepulcro; y tomará posesión del mundo, con la majestad de una reina y la ternura de una madre.
Estos acontecimientos, ¿serán el preludio inmediato del juicio final, o la aurora de una nueva era? Enunciaremos las conjeturas que se pueden formular sobre este particular.




domingo, 21 de julio de 2013

ORACIÓN PARA LA SALVACIÓN DE NUESTRA LIBERTAD


La oración que sigue fue impresa en Roma en 1695, con permiso de la autoridad competente y bajo este título: “Oración de la flaqueza humana y de la humildad cristiana”.

Deus, qui habes humanorum cordium quo tibi placet inclinandorum omnipotentissimam potestatem; tu intus in me age; tu cor meum tene; tu cor meum move; tuque me voluntate mea quam ipse in me operaris, ad te trahe. Per Christum Dominum nostrum.
Amén.


Oh Dios que tenéis el omnipotente poder de inclinar hacia donde os place los corazones de los hombres; obrad Vos mismo en mí; Vos mismo sujetad mi corazón; Vos mismo moved mi corazón; por mi voluntad que Vos mismo obráis en mí, atraedme a Vos por Jesucristo Nuestro Señor.
Amén.

(Incluida en el libro del Padre Emmanuel La gracia de Dios y la ingratitud de los hombres, ediciones iction).
  

miércoles, 24 de abril de 2013

CARTA A UNA RELIGIOSA SOBRE LA HORA PRESENTE





Por el Padre Emmanuel

A menudo habéis oído decir que los días se suceden pero no se parecen. Y yo os digo que a menudo las horas se parecen, aunque no se sigan.
Cierto día a tal hora las tinieblas reinaban sobre la tierra y hombres tenebrosos ejecuta­ban una obra de tinieblas.
Nuestro Señor les dijo: “Ésta es vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas”[1].
Esa hora pasó hace muchos siglos y, sin embargo, la hora actual se le asemeja.
Era la hora de la traición. Hoy es la hora de la mentira. El que tenga ojos para ver ve­rá cosas que infunden espanto. Sin querer en­trar en ningún detalle he querido señalar el hecho. Ya está.
La hora presente es la hora en la cual la fe enmudece. Oímos hablar a muchos charlata­nes; prestamos atención, muy atentamente pa­ra oír el lenguaje de la fe pero nada nos llega.
Cuando la mentira toma la palabra, la ver­dad parece muda. Las tinieblas de la hora ac­tual nos hacen ansiar vivamente la diafanidad de la luz de lo alto, pero nada se distingue.
El sol está lejos de nosotros, la luna, encu­bierta, las estrellas eclipsadas y quizás han caído del cielo: es la noche. “Venit nox quando nemo potest operari”[2] (Viene la noche, cuando nadie puede trabajar).
La hora actual tendrá necesidad de oír y comprender la palabra de Nuestro Señor Je­sucristo: VELAD y ORAD.
VELAD: Cuando el Maestro pronunció esa divina palabra, los Apóstoles dormían. ¡Cuán­tos hay que en esto se parecen a los Apósto­les! Dormir parece ser, hoy en día, la cosa más fácil y la menos comprometida. Dormid ahora, dijo Nuestro Señor.
¡Y ORAD! ¿Qué es orar? ¿Cómo orar? ¿Por qué orar? Los cristianos de hoy (¡no todos!) saben aún recitar oraciones, pero... ¿saben orar?
Cuando San Simeón anunció a María que su alma sería atravesada por una espada, agregó; Para que se descubran los pensamientos de muchos corazones[3]. La hora presente es la hora de la espada: aguardemos revelaciones.
Hay disfraces que caerán: semivirtudes que serán reconocidas como el antifaz de verdaderos vicios, la hora de las tinieblas se convertirá, a su manera, en la hora de las revelaciones.
Entonces comprenderéis mejor que nunca lo que la Iglesia canta a Dios: Tú solo eres santo. To solus sanctus!
Me preguntaréis, sin duda, Hermana, qué hace en la hora actual Nuestra Señora de la Santa Esperanza. En la hora presente, Nues­tra Señora de la Santa Esperanza relee su historia en un viejo libro.
¿En qué libro? En el libro de Job. En el capítulo 12, versículo 5, en las palabras si­guientes: Lampas contempta apud cogitationes divitum, parata ad tempus statutum.
Traduzco: Ella es una lámpara poco esti­mada (suavizo la expresión en honra de Nues­tra Señora) en la opinión de los ricos y, sin embargo, está allí, preparada para un tiempo señalado.
Explico: Ella es una lámpara, nada es más necesario en horas de la noche. Sabéis por qué noche atravesamos en la actualidad. Demos gracias a Dios que nos ha dado esta lámpara. Poco estimada... Algunos, en efecto, tienen por ella tan poca estima que no sabrían ni si­quiera pronunciar su nombre.
Continúo: Preparada. Comprendéis: ella es­pera, preparada para el tiempo señalado. Ese tiempo no es este tiempo, esa hora no es esta hora. Esta hora pasará, esa hora vendrá. Pa­ciencia por una, esperanza por la otra.
Seamos, Hermana, más que nunca, los hi­jos de Nuestra Señora de la Santa Esperanza.


"Las dos ciudades", Editorial Iction, Buenos Aires, 1980.


[1] Lc. 22, 53.
[2] Jo. 9, 4.
[3] Lc. 2, 35.