Los “fariseos”
antiacuerdistas
Quizás todo el edificio de la postura de la Neo-FSSPX en relación a la
Roma modernista se haya armado con base en una gran ilusión, en una nueva
posición que muy bien supo expresar Mons.
de Galarreta alguna vez de este modo:
“Si las cosas son así, alguien me
podría decir: pero ¿por qué tener contacto con estas personas?, ¿por qué ir a
Roma? Parece que, por principio, no hay que tener contactos, ningún contacto
con ellos. Y bien, todo lo contrario: por principio tenemos que tener contactos
y por principio es necesario que vayamos a Roma. Por otra parte, es
evidentemente la prudencia la que determina las circunstancias y determina qué
hay que hacer realmente en un caso concreto. Pero, por principio, debemos ir
antes que nada porque somos católicos, apostólicos y romanos. Además, si Roma es la
cabeza y el corazón de la Iglesia católica, sabemos que necesariamente la
crisis se solucionará, la crisis se resolverá en Roma y por Roma. En
consecuencia, el poco de bien que haremos en Roma es mucho mayor que el mucho
bien que haríamos en otros lugares”.
(Sermón en
Econe, 29 de junio de 2011)
Creemos encontrar en esta muy astuta declaración un motivo que en
diferentes tonos se ha venido repitiendo en los últimos años por parte de las
autoridades de la Neo-FSSPX. Puede sintetizarse en cinco palabras: “Hay que ir
a Roma”. La ingenuidad o la falta de discernimiento de muchos fieles han
consentido que tal viraje se produjese, en base a esa declaración de buenas
intenciones, sustentada en un afán caritativo, que desde luego todo católico parece
debería suscribir. ¿Debería?
Antes de fijarnos en esta teoría del “poco bien” que es un “bien mayor”
aplicado al caso concreto en cuestión, démonos cuenta que la aserción de Mons.
de Galarreta prescinde del hecho, palpable para cualquier católico de la
Tradición, de que hoy la cabeza y el corazón de Roma ni piensan ni sienten como
católicos, siendo sus enseñanzas y sus prácticas manifestaciones de la herejía
modernista oficializadas por el Vaticano II. Los miembros de la Nueva Iglesia que
puedan en algún grado sustraerse a esta contaminación son la excepción a la
regla. Así que si no se distingue –como hacía Mons. Lefebvre- la Iglesia
Católica de la iglesia conciliar, se está negando la realidad sobre la cual se
pretende actuar.
Tampoco puede asegurarse que “necesariamente” la crisis la resolverá
Roma. Eso es una especulación, en base a la cual no puede fundarse ninguna
acción importante como sería insertarse dentro de la estructura de esta iglesia
conciliar romana. Los católicos que puedan estar resistiendo al modernismo
dentro de la estructura romana –supongamos, algunos conservadores que tienen
apego a la liturgia tradicional- aunque su grado de contagio liberal no sea
absoluto, han demostrado que su accionar ha sido inoperante e ineficaz para
cambiar lo más mínimo el rumbo de la iglesia conciliar hacia el abismo del
Nuevo Orden Mundial del Anticristo. Por el contrario, los efectos desastrosos
de los principios adoptados oficialmente a partir del concilio, avanzan
imparables hacia sus últimas consecuencias.
Pero quizás la astucia de este cambio de lenguaje en la Neo-FSSPX
provenga de ya no ver a los herejes modernistas como enemigos
infiltrados en la Iglesia Católica para deformarla y transmutarla en la iglesia
conciliar, sino considerarlos como simples hombres confundidos y equivocados, personas
bien intencionadas a las que a través del diálogo y la simpatía podemos
rescatar. Para ver el alcance de esta nueva posición, ponemos como ejemplo a un
bloguero de los que, apegados al felecismo, intentan defender esta postura (aunque
con mucha torpeza, cierto), que califica a los resistentes –al igual que a los
sedevacantistas, a quienes amalgama sin más- como “fariseos que fingen
escándalo porque Cristo se juntaba con pecadores”.
De otro modo, decía tal cosa el citado Mons. De Galarreta en el mismo
sermón del 2011:
“Los que se oponen
ferozmente y por principio a todo contacto con los modernistas me hacen
recordar un pasaje del Evangelio. Cuando Nuestro Señor no fue recibido en un
pueblo, Santiago y Juan —hijos del trueno— le propusieron que, si Él quería,
descendiese el fuego del cielo y consumiese la ciudad. Y Nuestro Señor,
indulgente, deja de lado este orgullo monumental pero ingenuo de los Apóstoles
—¡como si Nuestro Señor los necesitase para resolver los problemas!— y les
responde: No sabéis de qué espíritu sois (Lc 9, 51-56). En
efecto, aún no habían recibido el Espíritu Santo, que difunde la caridad en los
corazones, y no sabían qué espíritu los movía. Habían caído en el celo amargo”.
Muy sagaz había resultado el obispo, para justificar la nueva posición
de la FSSPX. Como si quienes se oponen a dejar de combatir a los enemigos que se
infiltraron hasta ocupar Roma, lo hicieran por tener celo amargo, ¡entonces
hasta San Pío X podría ser acusado de tal cosa! El celo amargo, explica San Ambrosio, “es la envidia y la
aspereza; es el espíritu de disensión y discordia. Y donde domina la envidia y
la discordia allí viven de asiento todos los vicios”. La Resistencia quiere que
los modernistas romanos se conviertan, no que se condenen, pero no se arrogan
presuntuosamente el papel de agentes de esa conversión que sólo parece podrá
suceder a través de un gran castigo. Dios nos manda rezar por nuestros
enemigos, pero no que nos pongamos al alcance de sus manos.
De manera tal que todo aquel que se opone a esta política de contacto, diálogo
y acuerdo con los enemigos modernistas vendría a ser para Menzingen un fariseo
inmisericorde dominado por el celo amargo, que se encierra en sí mismo –como diría
Francisco- en vez de salir hacia la “cultura del encuentro”, ya que –otra vez
Francisco dixit- “prefiero una
Iglesia accidentada a una Iglesia enferma”. Póngase en lugar de “Iglesia” a la
“FSSPX”, y es lo mismo.
Dice luego el mismo obispo de la Neo-FSSPX:
“No sé por qué la firmeza
doctrinal sería contraria a la delicadeza, a la ingeniosidad y aún a la
intrepidez de la caridad. No lo sé. No sé por qué la intransigencia doctrinal
se opondría a las entrañas de misericordia, al celo misionero y a la caridad
apostólica. No se trata de elegir entre la fe y la caridad; hay que englobar
las dos”.

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