Imperdible
disertación de D. Gil de la Pisa presentando su libro “La Piedra Roseta de la Ciencia Política”. La filosofía de la
Historia se basa en la ley de la historia: la guerra a muerte entre las dos ciudades:
la ciudad de Dios y la ciudad de Satanás. Tenemos que estar en una de las dos
ciudades. Dios y la misión providencial de España. Odio de la Sinagoga de
Satanás (o el Supremo Poder sin Rostro) contra España y América. Los Protocolos
de los Sabios de Sion y su clave de interpretación de la historia moderna. No
se trata de antisemitismo sino de antisionismo, desenmascarando el pequeño
grupo que posee los gobiernos y riquezas del mundo. El ejemplo de García
Moreno, genio de la política, contra estos, mártir asesinado por la masonería.
Las siete notas clave en que se basa la Sinagoga de Satanás y lo que debemos hacer
para oponernos a ella.
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domingo, 12 de junio de 2016
viernes, 20 de noviembre de 2015
LAS TRES FASES POLÍTICAS - GUILLERMO GUEYDAN DE ROUSSEL
LAS
TRES FASES POLÍTICAS
Comenzaré
este estudio por un acto de fe, confesando que todo poder viene de Dios:
"Dios, dice el Eclesiastés, ha dado
a cada pueblo un gobernante”. (1) San Pablo ha confirmado esta verdad,
cuando dijo a los romanos que el príncipe es el ministro de Dios para
favorecerlos en el bien. (2). Un gobierno que no está fundado sobre
este acto de fe, no es un gobierno cristiano. El manual de política redactado
por Bossuet para la instrucción del hijo de Luis XIV, de quien era preceptor,
fue titulado “La política según las
palabras de las Sagradas Escrituras", y comienza por estos términos:
"Dios es el rey de los reyes".
De esto surge, como lo ha observado Donoso Cortés, que "toda gran cuestión política supone y
desarrolla una gran cuestión religiosa”. Esta observación fundamental no
ha escapado a ningún hombre serio (3). Proudhon mismo ha dicho
"que era sorprendente de que en el
fondo de nuestra política nosotros encontramos siempre a la teología"
(4). Y Blanc de Saint Bonnet ha expresado la misma verdad diciendo
que "las naciones han sido educadas
por sus religiones como los hijos por sus madres” (5). No puede separarse
la historia de las creencias religiosas de un pueblo y la historia de sus
instituciones. Más aún, cada régimen político refleja las tendencias de la
religión dominante en su época. Muchos autores han señalado la analogía que
existe entre la monarquía hereditaria y el teísmo cristiano, la aristocracia y
el luteranismo, la democracia y el calvinismo, el estatismo moderno y el
deísmo, el capitalismo y el puritanismo, el socialismo y el pietismo. No se
separa la Iglesia y el Estado.
Estas
consideraciones sobre la política no están inspiradas en Aristóteles y en su
clasificación cuantitativa de las formas de gobierno; monarquía y poliarquía.
La sociedad cristiana no está fundada en reglas aritméticas, pero sí en la
teología. Para el teólogo, el hombre y por extensión la sociedad han sido
creados a imagen de Dios, a imagen de las tres personas de la Santísima
Trinidad. Hasta fin del siglo XVI, los cristianos han proclamado que ninguna
dominación debía fundarse mas que en la imagen de Dios: “non fundatur dominium nisi in imagine Dei”. Bacon de Verulam mismo
ha repetido esta máxima en su “Diálogo
sobre la guerra santa", en 1622. La sociedad fundada a imagen de Dios
era por consiguiente una en tres personas, pero cuando el hombre, a partir del
Renacimiento, se consideró a sí mismo como la imagen del mundo, se redujo a una
unidad aritmética, y la sociedad se transformó en unitaria. Fue entonces que
los Socinianos, llamados Unitarios, negaron la Trinidad.
Bajo
el “Ancien Régine”, la sociedad estaba dividida en tres órdenes. El clero
decía: “Yo rezo por los tres órdenes”; la nobleza decía: “Yo combato por los
tres órdenes”; y el estado llano decía: “Yo trabajo por los tres órdenes”. Era
la imagen del Cuerpo Místico de Cristo: la Iglesia que combate presentando una
mano a la Iglesia que sufre y dando la otra a la Iglesia que triunfa. La unidad
de esta sociedad fue simbolizada por un árbol en el que la cima toca al Cielo,
donde las raíces están ligadas a la tierra, y donde el tronco forma la unión
entre el Cielo y la tierra. Las raíces aportan al árbol entero los alimentos
terrestres; las hojas los alimentos celestiales comunicándole los buenos
efectos del sol y del aire; el tronco y 'las ramas le dan su forma y mantienen
su orientación hacia el Cielo. Entre los tres órdenes existía una estrecha
colaboración dirigida hacia un fin sobrenatural: Dios. En tanto que el árbol
social ha estado orientado hacia Dios, su origen y su fin, el Alfa y el Omega,
no ha estado amenazado por las revoluciones y las luchas de clases, estos
castigos que Dios envió a las sociedades cuyo tronco está podrido, cuyas ramas
y hojas caen por tierra, y cuyas raíces no llenan más sus funciones sociales.
Una
sociedad, que ha perdido de vista su fin sobrenatural, puede compararse a los
restos de un naufragio tirados por la costa. Los sobrevivientes, después de un
momento de pánico, se aproximan poco a poco al imponente esqueleto a la
búsqueda de los despojos. Unos se apoderan de los objetos de arte y de los
instrumentos de abordo, otros se proveen de armas y de provisiones amontonadas
en la bodega, otros en fin se contentan con recoger las tablas dispersadas por
la arena para hacer fuego. Sin embargo habrá posiblemente uno entre la masa,
que no habiendo tomado nada entre sus manos, se irá llevándose lo principal: él
habrá recogido la idea de la gran cosa inerte convertida en juguete de las olas
y, gracias a la idea, este espectador ideal, que sus contemporáneos han llamado
santo o poeta, podrá realizar o por lo menos inspirar una obra nueva marcada
por el fuego de la idea.
Las
sociedades desorientadas se parecen a un barco desamparado, encallado en la
costa. Ellas ofrecen a unos juegos y diversiones, otros se pelean alrededor de
sus despojos y, cuando todo parece haber desaparecido de la superficie,
resuena de golpe la voz de Dios y la voz de los muertos ante la estupefacción
de los vivos. Uno no sabría insistir demasiado sobre el rol de la inspiración
en política. Todas las grandes dinastías reales han sido fundadas o mantenidas
por hombres unidos a Dios por una estrecha comunión, santos y santas. "Con santos y bárbaros se funda una
civilización”, ha dicho Blanc de Saint-Bonnet (6). Recordemos a San
Guntrano, primer rey franco de Borgonia; a Santa Clotilde, esposa de Clovis,
séptimo rey de Francia de la dinastía de los Merovingios considerado el
verdadero fundador de la realeza francesa; a San Carlomagno, décimo rey de
Francia, primer rey de Italia y primer emperador de Occidente y de Alemania; a
San Enrique, décimo emperador de Alemania y a su esposa Santa Cunegunda; a San
Fernando, décimo rey de Castilla; a San Dionisio, sexto rey de Portugal y a su
mujer Santa Isabel; a San Esteban y a San Ladislao, primer y noveno reyes de
Hungría; a San Eduardo, décimotercero rey de Inglaterra; a San Canuto, undécimo
rey de Dinamarca, y a tantos otros príncipes y princesas que han ilustrado las
casas reales por sus virtudes y han sido elevados a los altares.
miércoles, 11 de marzo de 2015
FE CATÓLICA O FE MASÓNICA
PADRE CASTELLANI:
“La solución de los problemas argentinos es que Estado
y pueblo vuelvan a Dios, como el hijo pródigo. Esa no es una solución, es una
verdad. Una verdad para hacer, no para decir. No es una cosa que pueda decir un
dilettante que sabe escribir
artículos, tendría que ser dicha por un Pontífice.
Y ¿volver a Dios cómo se hace? Prohibiendo la blasfemia”.
UN “PONTÍFICE”:
-¿Hay algo que quiera sugerirle a los gobernantes argentinos en un año
de elecciones?
-Primero, una plataforma electoral clara. Que cada uno diga: nosotros, si somos gobierno, vamos a hacer “esto”. Bien concreto. La plataforma electoral es muy sana, y ayuda a la gente a ver lo que piensa cada uno. En una de las elecciones de hace muchos años, hubo una anécdota importante sobre lo que hicieron unos periodistas vivos. Más o menos a la misma hora se encontraron con tres candidatos. No recuerdo si eran candidatos a diputados o a intendentes. Y le preguntaron a cada uno: ¿qué piensa usted sobre tal cosa? Cada uno dio su propia respuesta, y a uno de ellos un periodista le dijo: “pero lo que usted piensa no es lo mismo que lo que piensa el Partido que usted representa. Vea la plataforma electoral de su Partido…”. A veces los mismos candidatos no conocen la plataforma electoral. Un candidato tiene que presentarse a la sociedad con una plataforma electoral clara, bien estudiada, diciendo explícitamente: “Si yo salgo elegido diputado, intendente, gobernador, voy a hacer “esto”, porque pienso que “esto” es lo que hay que hacer”.
Segundo, honestidad en la
presentación de la propia postura. Y tercero –es una de las cosas
que tenemos que lograr, ojalá la podamos lograr- una campaña electoral de tipo gratuito, no financiada. Porque en
las financiaciones de las campañas electorales entran muchos intereses que
después “te pasan factura”. Entonces, hay que ser independientes de cualquiera
que me pueda financiar una campaña electoral. Es un ideal, evidentemente,
porque siempre hace falta dinero para los afiches, para la televisión. Pero en
todo caso que la financiación sea pública. De este modo yo, ciudadano, sé que
financio a este candidato con esta determinada cantidad de dinero. Que sea todo
transparente y limpio”.
Francisco, en este sitio web.
viernes, 24 de octubre de 2014
EL GOBIERNO DE LA CLASE ABOGADIL – RAMÓN DOLL
Ramón Doll (1896-1970)
En
un libro sobre abogacía, de Rafael Bielsa, el autor trilla, aunque muy
ligeramente, el tema que ha preocupado ya a muchos otros tratadistas de la
materia. ¿Son los abogados los hombres más indicados para intervenir en
política, para dirigir los negocios públicos?
Con
algunas reticencias, Bielsa se inclina a considerarlos como los más indicados,
y dice que “la versación jurídica del abogado le da cierto ascendiente en todo
aquello que sea ciencia de gobierno”. Y en otra parte afirma que “en América el
papel del abogado ha sido, sin duda, más eficaz que en los viejos pueblos de
Europa.
Desentendiéndonos
del resto del libro, que sólo ofrece interés para algunos alumnos de Derecho
procesal de la Facultad, digamos que Bielsa ha perdido la oportunidad de
formular contra el gremio de abogados el cargo más grave: el de su absoluta
incapacidad e ineficacia para gobernar y actuar en política.
Los
abogados en la política argentina han sido sencillamente nefastos. Es curioso que,
así como se ha trabajado a la opinión pública durante muchos años para enseñarle
a temer al militarismo (predominio en el gobierno de un espíritu profesional
que encarnan los militares), no se haya denunciado nunca y se haya silenciado
arteramente este otro espíritu profesional, mucho más antisocial, y que podría
llamarse el curialismo, producto de la abundancia de abogados en el manejo de
la cosa pública. Gremio por gremio, es mucho más peligroso el de los abogados
que el de los militares, cuando interviene en política; y en la República
Argentina bastaría recordar que, hace apenas un siglo, mientras los militares
ganaban con su espada la Banda Oriental, los abogados la perdían como unos
imbéciles ante la diplomacia brasileña.
Digamos,
a fuer de sinceros, que militarismo no ha existido nunca en nuestro país, y, en
cambio, curialismo o abogadismo eso sí ha existido desde el 53 en adelante.
¿Quién puede negarlo? Ese tipo de político curial, siempre con estudio abierto
y banca perenne en la Cámara de Diputados, ¿no ha proliferado en el país, no ha
sido desiderátum de varias generaciones de muchachos argentinos que aprendían
en la Universidad y en las alharacas de la reforma el arte de la demagogia y
del negocio curialesco a un tiempo mismo? ¿No es la Facultad de Derecho
semillero de diputados nacionales que reparten su tiempo entre la banca y el
estudio o bufete?
No
podemos hacer excepciones con ningún partido político, por más que algunos
conductores como Juan B. Justo hicieron lo posible por retraer a los abogados
del Partido de intervenir en litigios privados.
Mas
no es nuestro propósito aconsejar aquí normas que pueden pertenecer a la ética
profesional. Prohibir o no prohibir a los abogados que ocupan cargos públicos
el ejercicio de la profesión es asunto mediano, y el mismo Bielsa se muestra
reservado en esa materia y aconseja por ahí una magra restricción de bien poca
importancia.
Lo
que sostenemos es que el gremio abogadil conforma la mentalidad de sus miembros
de tal manera que los hace ineptos, peligrosos y perjudiciales, para la cosa pública.
Considérese
que el abogado tiene por función propia la defensa de lo particular, lo
individual, lo excepcional, diríamos. Al hablar así no queremos decir que el
abogado tenga por misión defender todo aquello que se halle en pugna con la
llamada cosa pública o con lo que suele denominarse interés público o social,
por oposición a los derechos de los particulares. No. Sabemos que la protección
de los intereses particulares es también de alto interés público o social. Lo
que queremos decir es que el abogado tiene forzosamente que perder de vista y
se acostumbra a desentenderse de toda preocupación sobre los intereses
generales de la sociedad, porque su oficio lo habitúa profesionalmente a poner su
atención en el beneficio o ventaja individual que una norma general proporciona
a su cliente.
Un
ejemplo: en toda causa criminal la misión genuina del abogado es tratar de que
el criminal escape a sanciones penales que, sin embargo, son de alto interés público
y que velan por la tranquilidad y el orden de la población. Es cierto que
también hay un no menos alto interés público en que todo acusado se defienda,
para evitar la condena de un inocente, pero, en rigor, el abogado tiene que
perder de vista esa finalidad de la defensa para concretarse a obtener la
libertad, aun de un criminal. En suma, el abogado no puede contemplar más que
derechos subjetivos. Profesionalmente no entiende de otros.
Se
dirá que todas las profesiones habitúan a lo mismo, y el médico o el curandero
subordinarán también la interpretación de una ley de higiene pública a sus
hábitos e incurrirían en esa limitación; en cuanto a las demás medidas de orden
público, se convierten en el buen hombre de la calle, capaz de juzgar y aplicar
desinteresadamente —sin anteojeras profesionales— los actos de gobierno. El
abogado, en cambio, tiene por oficio juzgar y, en cierto modo, aplicar todas
las leyes, de manera que en la interpretación y aplicación de todas las leyes,
su limitación, su miopía y su concepción unilateral del orden jurídico, lo
inhabilitan para la defensa desinteresada y apasionada de la ley, en cuanto
ésta corporiza un bien general y público y contiene exigencias de la población
entera.
Recuerdo
la sorpresa que hace años me causó verlo al doctor Antonio de Tomaso defender
en los tribunales una interpretación de la ley de alquileres que la desvirtuaba
por completo y la convertía en letra muerta, porque retiraba a los inquilinos
las ventajas que de Tomaso mismo había preconizado en la Cámara. Y en realidad
la contradicción no provenía de ninguna inconsecuencia o inconducta en el
mencionado legislador, sino simplemente de la incompatibilidad que hay entre
las funciones del político, defensor de intereses difusos en la masa, y del
abogado, defensor de un interés concreto y localizado, cuyo triunfo es de
rigurosa ética profesional hacerlo prevalecer aun sobre aquellos intereses
generales de la masa. No es que el abogado que defiende un interés particular
frente al bien público sea un hombre inmoral; al contrario. Es un profesional
perfectamente honesto, puesto que está cumpliendo nada más que con su deber.
Pero ese mismo abogado es seguro que carece de horizontes para conducir la
política si no cambia de piel como la serpiente, abandona absolutamente su
bufete, y se somete a rudos ejercicios y disciplina mental severísima para
arrojar ese hábito del negocio y de la ventaja individual que enseña la
abogacía.
Varios
han sido los males de la excesiva intromisión de los abogados en la política argentina.
Ninguno
más grave que el de haber imbuido a nuestros gobiernos con la idea de que la
Constitución es un frío engranaje de ruedas dentadas, poleas y aparatos de
relojería, que marca la legalidad o ilegalidad de una medida de gobierno,
echando por la ranura una moneda de oro con que se pagan las consultas de los
grandes abogados. Siempre ha habido en las cámaras, en los ministerios y en los
tribunales, un constitucionalista agazapado con los tres tomos de González
Calderón por escudo, para aniquilar los efectos de una ley de bien público so
pretexto de que el artefacto mecánico marcaba cero. La idea de que la
Constitución es un organismo vivo, fecundante, que acciona y reacciona sobre la
realidad social; en una palabra: la idea de que la Constitución es un
instrumento político que se acomoda a las más palpitantes cuestiones del
momento, de acuerdo con la inteligencia y previsión de los gobernantes, es
aborrecible para los abogados, que mantendrán lo contrario mientras se crea que
el fallo de Marbury v. Madison, dictado hace ciento treinta años en un país
extranjero, puede servir de algo en nuestro país.
Los
abogados han llevado a la política argentina el abominable aire,
superficialmente agitado, de los negocios. La verdad es que ningún gobernante,
desde cincuenta años a esta parte, tiene aquel estremecimiento civil y cívico
de nuestros hombres de antes, aquella vida interior, aquella dignidad e
inquietud patriótica que sólo se afina y se macera en una larga soledad y en
prolongada paciencia. Un hombre que toda la mañana y la mayor parte de la tarde
se lo ha pasado en el tráfago de los grandes bufetes de abogado, en consultas
telefónicas y cablegráficas, en el ajetreo tribunalicio, en el negocio, en el
pleito, llega a las horas de la tarde con un ánimo bien ajeno a las grandes
preocupaciones de nuestra nacionalidad, de nuestro porvenir y de nuestra
posteridad.
Y
sin embargo, casi todos los grandes abogados argentinos, más o menos a la hora
de la oración, van o han ido a ocupar sus bancas de diputados y, acaso, sus
despachos de ministros.
viernes, 15 de agosto de 2014
GAZA: EL GAS EN LA MIRILLA
por Manlio Dinucci
Y sigue la guerra por el gas. Después de haber atacado
Siria y haberse repartido el gas de ese país antes de lograr conquistarlo, los
occidentales atacaron Irak –utilizando para ello el Emirato Islámico– para
cerrar el camino al gasoducto entre Irán y Siria. Y ahora están tratando de
acabar con el Hamas que es, como las demás ramas de la Hermandad
Musulmana, un aliado de Washington, pero se opone al saqueo del gas
palestino.
Para encontrar una de las causas del ataque israelí
contra Gaza hay que profundizar porque esa causa se halla exactamente a 600
metros por debajo del nivel del mar y a 30 kilómetros de la costa de la
franja de Gaza. Allí, en las aguas territoriales palestinas, se encuentra
un importante yacimiento de gas natural, el llamado Gaza Marine,
estimado en 30 000 millones de metros cúbicos y de un valor de varios
miles de millones de dólares. Según un mapa elaborado por la agencia
gubernamental estadounidense U.S. Geological Survey también
existen otros yacimientos de gas y de petróleo en tierra firme, en Gaza y en
Cisjordania.
En 1999, mediante un acuerdo firmado por Yaser Arafat,
la Autoridad Palestina confía la explotación de Gaza Marine a
un consorcio conformado por British Group y la compañía privada
palestina Consolidated Contractors, que disponen respectivamente del 60 y el
30% de las acciones. El 10% restante correspondería al Fondo de Inversiones de
la Autoridad Palestina. Se perforan 2 pozos, Gaza Marine 1 y Gaza Marine
2. Pero nunca llegan a iniciar la producción porque Israel, que quiere
todo el gas a precios ínfimos, los bloquea.
A través del ex primer ministro británico Tony Blair,
enviado del «Cuarteto para el Medio Oriente», se prepara un acuerdo
con Israel, que priva a los palestinos de las tres cuartas partes de los
futuros ingresos del gas y pone la parte que les toca en una cuenta
internacional bajo control de Washington y Londres.
Pero, inmediatamente después de ganar las elecciones
de 2006, el Hamas rechaza ese acuerdo, calificándolo de robo, y exige su
renegociación. En 2007, el actual ministro israelí de Defensa Moshe Ya’alon
declara que «el gas no podrá extraerse sin una operación militar
que ponga fin al control del Hamas en Gaza».
En 2008, Israel desata contra Gaza la operación «Plomo
Fundido». En septiembre de 2012, la Autoridad Palestina anuncia que,
a pesar de la oposición del Hamas, ha reanudado las negociaciones con
Israel sobre la cuestión del gas. Dos meses después, la admisión de
Palestina en la ONU como «Estado observador no miembro» fortalece
la posición de la Autoridad Palestina en las negociaciones. Pero Gaza Marine sigue
bloqueado, lo cual impide que los palestinos puedan explotar la riqueza
natural existente en su territorio.
La Autoridad Palestina se lanzó entonces por otro
camino. El 23 de enero de 2014, durante el encuentro del presidente
palestino Abbas con el presidente ruso Putin, se discutió
la posibilidad de confiar a la compañía rusa Gazprom la explotación
del yacimiento de gas de las aguas de Gaza. Así lo anuncia la agencia
Itar-Tass, subrayando que Rusia y Palestina tienen intenciones de fortalecer la
cooperación bilateral en el sector energético. En ese marco, además de la
explotación del yacimiento marítimo de gas, se prevé también la de un
yacimiento de petróleo en los alrededores de la ciudad palestina de Ramallah,
en Cisjordania. Y la compañía rusa Technopromexport está dispuesta a participar
en la construcción de una termoeléctrica de una potencia de 200 MW en la
misma zona.
La formación de un nuevo gobierno palestino de unidad
nacional, el 2 de junio de 2014, acrecienta las posibilidades de concretar el
acuerdo entre Palestina y Rusia.
Diez días después, el 12 de junio, se anuncia el
secuestro de los 3 jóvenes israelíes, encontrados muertos el 30 de junio,
proporcionando así el casus belli que da inicio a la
operación «Margen protector» contra la franja de Gaza. Operación que
forma parte de la estrategia de Tel Aviv, que busca apropiarse de las
reservas energéticas de toda la cuenca del Levante, incluyendo las de
Palestina, las del Líbano y las de Siria.
Y también encaja en la estrategia de Washington que,
con su apoyo a Israel, trata de garantizarse el control de todo el Medio
Oriente impidiendo que Rusia vuelva a ganar influencia en la región.
Estamos ante una mezcla explosiva, cuyas víctimas son
–otra vez– los palestinos.
Fuente
Il Manifesto (Italia)
Il Manifesto (Italia)
domingo, 9 de marzo de 2014
“EL CATÓLICO Y LOS REGÍMENES POLÍTICOS” EN PREGUNTAS Y RESPUESTAS
C. N.
1) ¿Deben los estados
ordenarse esencialmente a la Iglesia y por tanto a Cristo Rey?
Respuesta. Sí. Como afirman numerosos documentos del magisterio* y
Santo Tomás de Aquino, los estados deben ordenarse esencialmente (no
accidentalmente) a la Iglesia y por tanto a Cristo Rey así como el cuerpo se
ordena al alma en el compuesto humano; como la naturaleza se ordena a la Gracia
en el justo; y como la razón se ordena a la Fe en la Sacra Teología. En verdad,
el estado católico es, como persona moral y analógicamente, tan miembro de la
Iglesia como lo es cada fiel, o, en otras palabras: no se trata tan solo de que
el estado defienda a la Iglesia y a la Religión, sino de hacerlo por ser
miembro de ella.
2) Pero los estados, desde la
afrenta de Felipe el Bello al Papa Bonifacio VIII (siglo XIII) han venido,
progresivamente, dejando de formar parte de la Iglesia, hasta el día de hoy, en
el que ninguno de ellos forma parte de Ella.
Respuesta. Así como, por analogía con cualquier fiel, el estado puede ser miembro
de la Iglesia, así también, como todo y cualquier fiel, puede apostatar –y fue
exactamente lo que ocurrió desde entonces. Es la apostasía general de las
naciones anunciada en el Evangelio.
3) Si, no obstante, ya no
parece factible, en el mundo de hoy, la restauración del Reino de Cristo,
¿debemos insistir en la tesis del orden esencial?
Respuesta. Sin duda alguna, así como delante de un mundo
pecador debemos insistir en que lo es y no hacernos pecadores nosotros mismos.
Lo que Dios nos pide no es que “venzamos el buen combate”, sino que “combatamos el
buen combate” –como dice el Apóstol–, incluso porque la victoria, desde la
perspectiva de Cristo Rey mismo y de la Jerusalén Celeste (nuestra verdadera
patria), está conquistada de antemano, desde toda la eternidad y desde la Cruz
en el Calvario.
4) Si es así, ¿no podemos
entonces apoyar ninguna alternativa política actual?
Respuesta. Sin lugar a dudas, ninguna, porque todas de algún
modo dejan de ordenarse esencialmente a la Iglesia y a Cristo Rey.
5) ¿Pero no se puede apoyar
algún mal menor?
Respuesta. Apoyar un mal, menor o mayor, siempre será pecar
contra el recto orden debido a Dios. Esto, sin embargo, no quiere decir que no
podamos, por ejemplo, votar a algún candidato menos indigno, lo que no sería
apoyarlo, sino tolerarlo o valerse de él por un bien cualquiera. Insístase:
esto es completamente diferente de apoyarlo.
6) En otras palabras, ¿no
debemos apoyar la democracia liberal contra el comunismo?
Respuesta. Debemos entender el asunto de manera responsable,
o sea, religiosa y científicamente al mismo tiempo –y lo que diremos a
continuación se sigue directamente de los referidos documentos del magisterio
de la Iglesia, a los que ningún católico puede substraerse bajo pena de pecado
contra la Fe. Procedamos pues por partes.
a) Todos los regímenes
políticos actuales –la democracia liberal, el comunismo de una Corea del
Norte, el populismo comunistizante del chavismo, el populismo
izquierdista del PT, el régimen de la Rusia actual (todavía de difícil
definición), los movimientos fascistas o nazis– son malos por razones diversas,
ante todo porque no se ordenan a Cristo Rey, pero también porque hieren de
algún modo la Ley Natural.
b) La democracia liberal de
hoy implica una grave afronta a la Ley Natural, porque de modo general sigue la
llamada “pauta globalista” (aborto, pansexualismo libre, etc.), en orden a un
gobierno mundial que no será sino el escenario para el advenimiento del
Anticristo. Es por este orden que se debilitan o deshacen las naciones europeas
mediante una disolvedora crisis económica; que Estados Unidos aplasta los
restos de la Cristiandad y de autoridad en Medio Oriente; que se intenta
desestabilizar hasta a los mismos regímenes izquierdistas de América Latina.
Cuanto menos se mantengan los estados actuales –esos mismos estados que son ya
resultado de la disgregación liberal y revolucionaria de la Cristiandad–, más
se impondrá la “necesidad” de un efectivo poder mundial.
c) Más que eso, sin embargo:
la misma economía llamada liberal (tanto por parte de sus propugnadores “puros”
como de sus aplicadores “impuros”) fue una de las causas, precisamente, del fin
de la Cristiandad, la familia, los llamados “cuerpos intermedios de la sociedad
–para constatarlo basta una lectura superficial de la historia de la revolución
industrial, la revolución francesa, etc. Además, el propio régimen democrático
instaurado con la revolución francesa se funda en una mentira perversa: tras
alardear que “la voz del pueblo es la voz de Dios” (cuando se debería decir que
cabe al pueblo y a cualquiera de nosotros escuchar la verdadera voz de Dios),
termina por instituir, en verdad, mediante la propaganda y el mecanismo
engañoso del sufragio universal, una tiranía de poderes político-económicos más
o menos ocultos.
c) Por otro lado, los restos
del régimen comunista puro (Corea del Norte, Cuba) prosiguen en su tiranía y en
su monstruosidad antinatural –sobre todo porque ponen el Estado por encima no
solamente de la Iglesia, sino de la propia familia y de los cuerpos intermedios
de la sociedad, carácter este que comparten con el fascismo y el nazismo. De
algún modo, sin embargo, ¿no hacen lo mismo las democracias liberales, al
obligar, por ejemplo, a las familias a aceptar que las escuelas enseñen a sus
hijos según cartillas antinaturales? Y que no se diga que esto es propio de un
gobierno izquierdista como el del PT, que quiere implantarlo, porque ya está
implantado en la amplia mayoría de los regímenes llamados de democracia liberal,
como el de Canadá, el de muchos estados de EEUU, el de gran parte de los países
europeos, etc.
d) Los regímenes izquierdistas
de América Latina oscilan más o menos entre esos extremos.
e) En cambio, los regímenes
actualmente vigentes en los países que componían la antigua Cortina de Hierro,
que, como se dijo ya, son de difícil definición, buscan mantenerse
independientes de la “pauta globalista” y conservan algunos elementos de la Ley
Natural (y, en algunos casos, como Hungría, incluso de la Ley Divina Positiva)
como ya no se hace en ninguna otra parte del mundo. Hasta cuándo conseguirán
mantenerse así, eso es algo difícil de prever; pero lo que hay que tener muy en
cuenta es que tales regímenes tampoco se ordenan perfectamente a la Ley Natural
ni, sobre todo, a Cristo Rey, aunque Hungría haya de algún modo intentado
hacerlo, como veremos más adelante.
Se ve así que el católico no
puede dar apoyo a ninguno de tales regímenes, si bien, naturalmente, no podemos
dejar de alegrarnos con el hecho de que la Rusia de Putin, aunque por
razones meramente geopolíticas, defienda a los cristianos de Siria de la
saña norteamericana. Cuando nos alegramos de ello, sin embargo, solamente
soportamos un mal menor, porque accidentalmente propicia un bien
(la supervivencia, aunque sea parcial y provisoria, del resto de la Cristiandad
oriental).
7) ¿No es sin embargo verdad
que la ilegitimidad de un régimen se da, ante todo y de modo automático, cuando
impide la propagación de la Fe? ¿Y no lo hace el comunismo más que todos?
Respuesta. También esta pregunta se debe responder por
partes.
a) Sin lugar a dudas, el
impedir la propagación de la Fe o, lo que es lo mismo, el perseguir a la
Iglesia es causa de ilegitimidad automática de un régimen político.
b) No obstante, no se olvide
que todos los regímenes políticos actuales son de algún modo apóstatas, y que
el impedimento de la propagación de la Fe puede darse de dos formas: o por
represión directa, o por medios más sutiles de operar –lo que en algún grado
ocurre actualmente en todo el mundo con el ataque masivo de los medios de
comunicación, las artes, los programas escolares, las leyes, etc., contra el
depósito de la Fe y la Ley Natural. Tal ataque masivo crea una especie de
coraza en la mente de los ciudadanos que la torna impenetrable a la Fe y sus
verdades, lo que –repitámoslo– es otro modo de impedir la propagación de la Fe.
c) Además, se encuentra a la
vista de todos que la democracia socialdemócrata francesa actual o que el
democratismo liberal de Obama (en el Medio Oriente) persiguen o aplastan
directamente a los católicos, con el fin, justamente, de destruir la Fe. Y, así
y en relación a esto, no se diferencian ni siquiera accidentalmente de los
países comunistas.
d) Por último, la ilegitimidad
de un régimen o gobierno nunca puede ser absoluta. Y, para entender en qué
sentido lo decimos, recuérdese que por orden del papa los católicos que vivían
bajo Juliano el Apóstata lo obedecían en lo que no hiriese gravemente la Ley
Natural ni la Ley Divina Positiva –porque en efecto todos los gobernantes, como
decía el Apóstol, si tienen la espada, la tienen dada por Dios mismo para
castigar a los malos. Con palabras más simples y ejemplares: no es porque
vivamos bajo una tiranía de cualquier clase que debemos substraernos a
obedecerla en lo que sea justo o incluso en lo injusto que no hiera los
principales puntos de la Ley natural –e iría contra este principio aquel que
dejara de pagar impuestos agravantes si los pudiera pagar. Esta es doctrina
cierta –magisterial y tomista o agustiniana–, que no podemos esquivar.
8) Desde el inicio, sin
embargo, se habla aquí del magisterio de la Iglesia. Pero el Vaticano II y la
Jerarquía que de él se sigue no solamente anularon la condenación a la
masonería (uno de los principales fautores del mundo moderno y anticristiano),
sino que también indujeron a los mismos estados católicos a que dejaran
formalmente de serlo. ¿No se podría considerar, pues, que el magisterio de la
Iglesia cambió?
Respuesta. Ante todo, el magisterio de la Iglesia, en cuanto
infalible o cierto, o es inmutable o no lo es. Además, el llamado magisterio
conciliar no solamente siempre se negó, por su liberalismo, a imponer una
doctrina ceñida de las llamadas “cuatro condiciones vaticanas” (la que dan a un
documento magisterial precisamente el carácter de infalible), sino que, mucho
más que eso, desde siempre se opone al magisterio infalible o cierto de dos mil
años. Luego, no solo no le debemos al magisterio conciliar, en cuanto tal,
obediencia alguna en ningún punto, sino que debemos mantener frente a él una
continua e intransigente oposición católica. Y, para que se tenga como ejemplo
otra ignominia del magisterio conciliar, recuérdese lo sucedido recientemente
en Hungría: su Gobierno se decidió a entregarle toda la educación nacional a la
Iglesia Católica, la cual, sin embargo, a través de la Conferencia Episcopal
local, rechazó la oferta. Ahora bien, una iglesia que comete un crimen tan
innoble –esencialmente idéntico al cometido por Pablo VI al inducir a los
estados católicos a que dejaran de serlo– no puede tener todas las notas de la
catolicidad (que solamente se dan, de algún modo, dondequiera que se mantenga
íntegra la Fe) y no se puede decir católica sino a título precario –lo que no
obstante es tema para otro lugar.
Y por eso que sucedió tan tristemente en Hungría es que no podemos
depositar nuestras esperanzas ni siquiera en la nación del rey San Esteban. En
efecto, no es ordenarse a Cristo Rey ordenarse a una iglesia que no quiere ser
Suya.
9) No puede el católico, por
tanto, en definitiva, depositar esperanzas en ningún régimen y en ninguna
nación de la Tierra actual. ¿Qué le queda, entonces?
Respuesta. Le “queda” la oración enseñada por los Apóstoles:
“מרנא תא, Maranata”, “Ven, Señor Jesús”, pero ven pronto, para hacer
pasar la figura de este mundo e introducir a Tu verdadera Iglesia y sus fieles
en la definitiva Jerusalén, la Celeste. Sí, porque ni siquiera con respecto a
los estados cristianos y a la Cristiandad medieval se nos infundió y se nos
infunde la virtud teologal de la Esperanza: se nos la dio y se nos la da sobre
todo para que suspiremos por la vida definitiva, la vida en que los salvos por
la misericordia divina podrán descansar, ya sin ninguna tribulación, en la
visión de Aquel que Es.
• Documento de excomunión y deposición de Enrique
IV (San Gregorio VII);
• Epístola Sicut universitatis (Inocencio
III);
• Bula Unam
Sanctam (Bonifacio VIII);
• Constitución Licet iuxta doctrinam (Errores
de Marsilio de Padua y de Juan de Jandun sobre la constitución de la Iglesia;
Juan XX);
• Encíclica Quanta
cura (Pio IX);
• El Syllabus (Errores sobre la
Iglesia y sus derechos; Errores sobre la sociedad civil considerada ya sea en
sí misma, ya sea en sus relaciones con la Iglesia; Errores sobre el principado
civil del Romano Pontífice; Pio IX);
• Encíclica Etsi
multa luctuosa (Pio IX);
• Encíclica Quod
Apostolici muneris (Pio IX);
• Encíclica Diuturnum
illud (León XIII);
• Immortale
Dei (León XIII);
• Encíclica Libertas,
praestantissimus (León XIII);
• Encíclica Sapientiae
christianae (León XIII);
• Encíclica Annum
Sacrum (León XIII);
• Encíclica Rerum
novarum (León XIII);
• Encíclica Graves
de Communi Re (León XIII);
• Encíclica Vehementer
Nos (S. Pio X);
• Encíclica Ubi
arcano (Pio XI);
• Encíclica Quas
primas (Pio XI);
• Encíclica Divini
illius magistri (Pio XI);
• Encíclica Quadragesimo
anno (Pio XI);
• Encíclica Firmissimam
constantiam (Pio XI);
• y Encíclica Summi Pontificatus (Pio
XII).
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