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domingo, 12 de junio de 2016

LA SINAGOGA DE SATANÁS EN GUERRA CONTRA DIOS Y LA IGLESIA




Imperdible disertación de D. Gil de la Pisa presentando su libro “La Piedra Roseta de la Ciencia Política”. La filosofía de la Historia se basa en la ley de la historia: la guerra a muerte entre las dos ciudades: la ciudad de Dios y la ciudad de Satanás. Tenemos que estar en una de las dos ciudades. Dios y la misión providencial de España. Odio de la Sinagoga de Satanás (o el Supremo Poder sin Rostro) contra España y América. Los Protocolos de los Sabios de Sion y su clave de interpretación de la historia moderna. No se trata de antisemitismo sino de antisionismo, desenmascarando el pequeño grupo que posee los gobiernos y riquezas del mundo. El ejemplo de García Moreno, genio de la política, contra estos, mártir asesinado por la masonería. Las siete notas clave en que se basa la Sinagoga de Satanás y lo que debemos hacer para oponernos a ella.

viernes, 20 de noviembre de 2015

LAS TRES FASES POLÍTICAS - GUILLERMO GUEYDAN DE ROUSSEL


LAS TRES FASES POLÍTICAS




Comenzaré este estudio por un acto de fe, confesando que todo po­der viene de Dios: "Dios, dice el Eclesiastés, ha dado a cada pueblo un gobernante”. (1) San Pablo ha confirmado esta verdad, cuando dijo a los romanos que el príncipe es el ministro de Dios para favorecerlos en el bien. (2). Un gobierno que no está fundado sobre este acto de fe, no es un gobierno cristiano. El manual de política redactado por Bossuet para la instrucción del hijo de Luis XIV, de quien era preceptor, fue titulado “La política según las palabras de las Sagradas Escrituras", y comienza por estos términos: "Dios es el rey de los reyes". De esto surge, como lo ha observado Donoso Cortés, que "toda gran cuestión po­lítica supone y desarrolla una gran cuestión religiosa”. Esta observa­ción fundamental no ha escapado a ningún hombre serio (3). Proudhon mismo ha dicho "que era sorprendente de que en el fondo de nuestra política nosotros encontramos siempre a la teología" (4). Y Blanc de Saint Bonnet ha expresado la misma verdad diciendo que "las naciones han sido educadas por sus religiones como los hijos por sus madres” (5). No puede separarse la historia de las creencias religiosas de un pueblo y la historia de sus instituciones. Más aún, cada régimen político refleja las tendencias de la religión dominante en su época. Muchos auto­res han señalado la analogía que existe entre la monarquía hereditaria y el teísmo cristiano, la aristocracia y el luteranismo, la democracia y el calvinismo, el estatismo moderno y el deísmo, el capitalismo y el puri­tanismo, el socialismo y el pietismo. No se separa la Iglesia y el Estado.

Estas consideraciones sobre la política no están inspiradas en Aris­tóteles y en su clasificación cuantitativa de las formas de gobierno; mo­narquía y poliarquía. La sociedad cristiana no está fundada en reglas aritméticas, pero sí en la teología. Para el teólogo, el hombre y por extensión la sociedad han sido creados a imagen de Dios, a imagen de las tres personas de la Santísima Trinidad. Hasta fin del siglo XVI, los cristianos han proclamado que ninguna dominación debía fundarse mas que en la imagen de Dios: “non fundatur dominium nisi in imagine Dei”. Bacon de Verulam mismo ha repetido esta máxima en su “Diálogo sobre la guerra santa", en 1622. La sociedad fundada a imagen de Dios era por consiguiente una en tres personas, pero cuando el hombre, a partir del Renacimiento, se consideró a sí mismo como la imagen del mundo, se redujo a una unidad aritmética, y la sociedad se transformó en unitaria. Fue entonces que los Socinianos, llamados Unitarios, negaron la Trini­dad.

Bajo el “Ancien Régine”, la sociedad estaba dividida en tres órde­nes. El clero decía: “Yo rezo por los tres órdenes”; la nobleza decía: “Yo combato por los tres órdenes”; y el estado llano decía: “Yo trabajo por los tres órdenes”. Era la imagen del Cuerpo Místico de Cristo: la Iglesia que combate presentando una mano a la Iglesia que sufre y dando la otra a la Iglesia que triunfa. La unidad de esta sociedad fue simbolizada por un árbol en el que la cima toca al Cielo, donde las raíces están ligadas a la tierra, y donde el tronco forma la unión entre el Cielo y la tierra. Las raíces aportan al árbol entero los alimentos terrestres; las hojas los alimentos celestiales comunicándole los buenos efectos del sol y del aire; el tronco y 'las ramas le dan su forma y mantienen su orientación hacia el Cielo. Entre los tres órdenes existía una estrecha colaboración dirigida hacia un fin sobrenatural: Dios. En tanto que el árbol social ha estado orientado hacia Dios, su origen y su fin, el Alfa y el Omega, no ha estado amenazado por las revoluciones y las luchas de clases, estos castigos que Dios envió a las sociedades cuyo tronco está podrido, cuyas ramas y hojas caen por tierra, y cuyas raí­ces no llenan más sus funciones sociales.

Una sociedad, que ha perdido de vista su fin sobrenatural, puede compararse a los restos de un naufragio tirados por la costa. Los sobre­vivientes, después de un momento de pánico, se aproximan poco a poco al imponente esqueleto a la búsqueda de los despojos. Unos se apoderan de los objetos de arte y de los instrumentos de abordo, otros se proveen de armas y de provisiones amontonadas en la bodega, otros en fin se con­tentan con recoger las tablas dispersadas por la arena para hacer fuego. Sin embargo habrá posiblemente uno entre la masa, que no habiendo tomado nada entre sus manos, se irá llevándose lo principal: él habrá recogido la idea de la gran cosa inerte convertida en juguete de las olas y, gracias a la idea, este espectador ideal, que sus contemporáneos han llamado santo o poeta, podrá realizar o por lo menos inspirar una obra nueva marcada por el fuego de la idea.

Las sociedades desorientadas se parecen a un barco desamparado, encallado en la costa. Ellas ofrecen a unos juegos y diversiones, otros se pelean alrededor de sus despojos y, cuando todo parece haber des­aparecido de la superficie, resuena de golpe la voz de Dios y la voz de los muertos ante la estupefacción de los vivos. Uno no sabría insistir demasiado sobre el rol de la inspiración en política. Todas las grandes dinastías reales han sido fundadas o mantenidas por hombres unidos a Dios por una estrecha comunión, santos y santas. "Con santos y bár­baros se funda una civilización”, ha dicho Blanc de Saint-Bonnet (6). Recordemos a San Guntrano, primer rey franco de Borgonia; a Santa Clotilde, esposa de Clovis, séptimo rey de Francia de la dinastía de los Merovingios considerado el verdadero fundador de la realeza francesa; a San Carlomagno, décimo rey de Francia, primer rey de Italia y primer emperador de Occidente y de Alemania; a San Enrique, décimo empe­rador de Alemania y a su esposa Santa Cunegunda; a San Fernando, décimo rey de Castilla; a San Dionisio, sexto rey de Portugal y a su mujer Santa Isabel; a San Esteban y a San Ladislao, primer y noveno reyes de Hungría; a San Eduardo, décimotercero rey de Inglaterra; a San Canuto, undécimo rey de Dinamarca, y a tantos otros príncipes y princesas que han ilustrado las casas reales por sus virtudes y han sido elevados a los altares.

miércoles, 11 de marzo de 2015

FE CATÓLICA O FE MASÓNICA



PADRE CASTELLANI:

“La solución de los problemas argentinos es que Estado y pueblo vuelvan a Dios, como el hijo pródigo. Esa no es una solución, es una verdad. Una verdad para hacer, no para decir. No es una cosa que pueda decir un dilettante que sabe escribir artículos, tendría que ser dicha por un Pontífice.
Y ¿volver a Dios cómo se hace? Prohibiendo la blasfemia”.




                             UN “PONTÍFICE”:

-¿Hay algo que quiera sugerirle a los gobernantes argentinos en un año de elecciones?

-Primero, una plataforma electoral clara. Que cada uno diga: nosotros, si somos gobierno, vamos a hacer “esto”. Bien concreto. La plataforma electoral es muy sana, y ayuda a la gente a ver lo que piensa cada uno. En una de las elecciones de hace muchos años, hubo una anécdota importante sobre lo que hicieron unos periodistas vivos. Más o menos a la misma hora se encontraron con tres candidatos. No recuerdo si eran candidatos a diputados o a intendentes. Y le preguntaron a cada uno: ¿qué piensa usted sobre tal cosa? Cada uno dio su propia respuesta, y a uno de ellos un periodista le dijo: “pero lo que usted piensa no es lo mismo que lo que piensa el Partido que usted representa. Vea la plataforma electoral de su Partido…”. A veces los mismos candidatos no conocen la plataforma electoral. Un candidato tiene que presentarse a la sociedad con una plataforma electoral clara, bien estudiada, diciendo explícitamente: “Si yo salgo elegido diputado, intendente, gobernador, voy a hacer “esto”, porque pienso que “esto” es lo que hay que hacer”.
Segundo, honestidad en la presentación de la propia postura. Y tercero –es una de las cosas que tenemos que lograr, ojalá la podamos lograr- una campaña electoral de tipo gratuito, no financiada. Porque en las financiaciones de las campañas electorales entran muchos intereses que después “te pasan factura”. Entonces, hay que ser independientes de cualquiera que me pueda financiar una campaña electoral. Es un ideal, evidentemente, porque siempre hace falta dinero para los afiches, para la televisión. Pero en todo caso que la financiación sea pública. De este modo yo, ciudadano, sé que financio a este candidato con esta determinada cantidad de dinero. Que sea todo transparente y limpio”.

Francisco, en este sitio web.



viernes, 24 de octubre de 2014

EL GOBIERNO DE LA CLASE ABOGADIL – RAMÓN DOLL


Ramón Doll (1896-1970)


En un libro sobre abogacía, de Rafael Bielsa, el autor trilla, aunque muy ligeramente, el tema que ha preocu­pado ya a muchos otros tratadistas de la materia. ¿Son los abogados los hombres más indicados para intervenir en política, para dirigir los negocios públicos?
Con algunas reticencias, Bielsa se inclina a conside­rarlos como los más indicados, y dice que “la versación jurídica del abogado le da cierto ascendiente en todo aquello que sea ciencia de gobierno”. Y en otra parte afirma que “en América el papel del abogado ha sido, sin duda, más eficaz que en los viejos pueblos de Europa.
Desentendiéndonos del resto del libro, que sólo ofrece interés para algunos alumnos de Derecho procesal de la Facultad, digamos que Bielsa ha perdido la oportuni­dad de formular contra el gremio de abogados el cargo más grave: el de su absoluta incapacidad e ineficacia para gobernar y actuar en política.
Los abogados en la política argentina han sido senci­llamente nefastos. Es curioso que, así como se ha traba­jado a la opinión pública durante muchos años para en­señarle a temer al militarismo (predominio en el gobier­no de un espíritu profesional que encarnan los mi­litares), no se haya denunciado nunca y se haya silen­ciado arteramente este otro espíritu profesional, mucho más antisocial, y que podría llamarse el curialismo, pro­ducto de la abundancia de abogados en el manejo de la cosa pública. Gremio por gremio, es mucho más peligro­so el de los abogados que el de los militares, cuando interviene en política; y en la República Argentina bas­taría recordar que, hace apenas un siglo, mientras los militares ganaban con su espada la Banda Oriental, los abogados la perdían como unos imbéciles ante la diplo­macia brasileña.
Digamos, a fuer de sinceros, que militarismo no ha existido nunca en nuestro país, y, en cambio, curialismo o abogadismo eso sí ha existido desde el 53 en adelante. ¿Quién puede negarlo? Ese tipo de político curial, siem­pre con estudio abierto y banca perenne en la Cámara de Diputados, ¿no ha proliferado en el país, no ha sido desiderátum de varias generaciones de muchachos ar­gentinos que aprendían en la Universidad y en las alha­racas de la reforma el arte de la demagogia y del nego­cio curialesco a un tiempo mismo? ¿No es la Facultad de Derecho semillero de diputados nacionales que repar­ten su tiempo entre la banca y el estudio o bufete?
No podemos hacer excepciones con ningún partido po­lítico, por más que algunos conductores como Juan B. Justo hicieron lo posible por retraer a los abogados del Partido de intervenir en litigios privados.
Mas no es nuestro propósito aconsejar aquí normas que pueden pertenecer a la ética profesional. Prohibir o no prohibir a los abogados que ocupan cargos públicos el ejercicio de la profesión es asunto mediano, y el mis­mo Bielsa se muestra reservado en esa materia y acon­seja por ahí una magra restricción de bien poca impor­tancia.
Lo que sostenemos es que el gremio abogadil conforma la mentalidad de sus miembros de tal manera que los hace ineptos, peligrosos y perjudiciales, para la cosa pú­blica.
Considérese que el abogado tiene por función propia la defensa de lo particular, lo individual, lo excepcional, diríamos. Al hablar así no queremos decir que el abogado tenga por misión defender todo aquello que se ha­lle en pugna con la llamada cosa pública o con lo que suele denominarse interés público o social, por oposición a los derechos de los particulares. No. Sabemos que la protección de los intereses particulares es también de alto interés público o social. Lo que queremos decir es que el abogado tiene forzosamente que perder de vista y se acostumbra a desentenderse de toda preocupación sobre los intereses generales de la sociedad, porque su oficio lo habitúa profesionalmente a poner su atención en el beneficio o ventaja individual que una norma general proporciona a su cliente.
Un ejemplo: en toda causa criminal la misión genuina del abogado es tratar de que el criminal escape a sanciones penales que, sin embargo, son de alto interés público y que velan por la tranquilidad y el orden de la población. Es cierto que también hay un no menos alto interés público en que todo acusado se defienda, para evitar la condena de un inocente, pero, en rigor, el abogado tiene que perder de vista esa finalidad de la defensa para concretarse a obtener la libertad, aun de un criminal. En suma, el abogado no puede contemplar más que derechos subjetivos. Profesionalmente no entiende de otros.
Se dirá que todas las profesiones habitúan a lo mismo, y el médico o el curandero subordinarán también la interpretación de una ley de higiene pública a sus hábitos e incurrirían en esa limitación; en cuanto a las demás medidas de orden público, se convierten en el buen hombre de la calle, capaz de juzgar y aplicar desinteresadamente —sin anteojeras profesionales— los actos de gobierno. El abogado, en cambio, tiene por oficio juzgar y, en cierto modo, aplicar todas las leyes, de manera que en la interpretación y aplicación de todas las leyes, su limitación, su miopía y su concepción unilateral del orden jurídico, lo inhabilitan para la defensa desinteresada y apasionada de la ley, en cuanto ésta corporiza un bien general y público y contiene exigencias de la población entera.
Recuerdo la sorpresa que hace años me causó verlo al doctor Antonio de Tomaso defender en los tribunales una interpretación de la ley de alquileres que la desvirtuaba por completo y la convertía en letra muerta, porque retiraba a los inquilinos las ventajas que de Tomaso mismo había preconizado en la Cámara. Y en realidad la contradicción no provenía de ninguna inconsecuencia o inconducta en el mencionado legislador, sino simplemente de la incompatibilidad que hay entre las funciones del político, defensor de intereses difusos en la masa, y del abogado, defensor de un interés concreto y localizado, cuyo triunfo es de rigurosa ética profesional hacerlo prevalecer aun sobre aquellos intereses generales de la masa. No es que el abogado que defiende un interés particular frente al bien público sea un hombre inmoral; al contrario. Es un profesional perfectamente honesto, puesto que está cumpliendo nada más que con su deber. Pero ese mismo abogado es seguro que carece de horizontes para conducir la política si no cambia de piel como la serpiente, abandona absolutamente su bufete, y se somete a rudos ejercicios y disciplina mental severísima para arrojar ese hábito del negocio y de la ventaja individual que enseña la abogacía.
Varios han sido los males de la excesiva intromisión de los abogados en la política argentina.
Ninguno más grave que el de haber imbuido a nuestros gobiernos con la idea de que la Constitución es un frío engranaje de ruedas dentadas, poleas y aparatos de relojería, que marca la legalidad o ilegalidad de una medida de gobierno, echando por la ranura una moneda de oro con que se pagan las consultas de los grandes abogados. Siempre ha habido en las cámaras, en los ministerios y en los tribunales, un constitucionalista agazapado con los tres tomos de González Calderón por escudo, para aniquilar los efectos de una ley de bien público so pretexto de que el artefacto mecánico marcaba cero. La idea de que la Constitución es un organismo vivo, fecundante, que acciona y reacciona sobre la realidad social; en una palabra: la idea de que la Constitución es un instrumento político que se acomoda a las más palpitantes cuestiones del momento, de acuerdo con la inteligencia y previsión de los gobernantes, es aborrecible para los abogados, que mantendrán lo contrario mientras se crea que el fallo de Marbury v. Madison, dictado hace ciento treinta años en un país extranjero, puede servir de algo en nuestro país.
Los abogados han llevado a la política argentina el abominable aire, superficialmente agitado, de los negocios. La verdad es que ningún gobernante, desde cincuenta años a esta parte, tiene aquel estremecimiento civil y cívico de nuestros hombres de antes, aquella vida interior, aquella dignidad e inquietud patriótica que sólo se afina y se macera en una larga soledad y en prolongada paciencia. Un hombre que toda la mañana y la mayor parte de la tarde se lo ha pasado en el tráfago de los grandes bufetes de abogado, en consultas telefónicas y cablegráficas, en el ajetreo tribunalicio, en el negocio, en el pleito, llega a las horas de la tarde con un ánimo bien ajeno a las grandes preocupaciones de nuestra nacionalidad, de nuestro porvenir y de nuestra posteridad.
Y sin embargo, casi todos los grandes abogados argentinos, más o menos a la hora de la oración, van o han ido a ocupar sus bancas de diputados y, acaso, sus despachos de ministros.
  


viernes, 15 de agosto de 2014

GAZA: EL GAS EN LA MIRILLA






por Manlio Dinucci

Y sigue la guerra por el gas. Después de haber atacado Siria y haberse repartido el gas de ese país antes de lograr conquistarlo, los occidentales atacaron Irak –utilizando para ello el Emirato Islámico– para cerrar el camino al gasoducto entre Irán y Siria. Y ahora están tratando de acabar con el Hamas que es, como las demás ramas de la Hermandad Musulmana, un aliado de Washington, pero se opone al saqueo del gas palestino.

Para encontrar una de las causas del ataque israelí contra Gaza hay que profundizar porque esa causa se halla exactamente a 600 metros por debajo del nivel del mar y a 30 kilómetros de la costa de la franja de Gaza. Allí, en las aguas territoriales palestinas, se encuentra un importante yacimiento de gas natural, el llamado Gaza Marine, estimado en 30 000 millones de metros cúbicos y de un valor de varios miles de millones de dólares. Según un mapa elaborado por la agencia gubernamental estadounidense U.S. Geological Survey también existen otros yacimientos de gas y de petróleo en tierra firme, en Gaza y en Cisjordania.

En 1999, mediante un acuerdo firmado por Yaser Arafat, la Autoridad Palestina confía la explotación de Gaza Marine a un consorcio conformado por British Group y la compañía privada palestina Consolidated Contractors, que disponen respectivamente del 60 y el 30% de las acciones. El 10% restante correspondería al Fondo de Inversiones de la Autoridad Palestina. Se perforan 2 pozos, Gaza Marine 1 y Gaza Marine 2. Pero nunca llegan a iniciar la producción porque Israel, que quiere todo el gas a precios ínfimos, los bloquea.

A través del ex primer ministro británico Tony Blair, enviado del «Cuarteto para el Medio Oriente», se prepara un acuerdo con Israel, que priva a los palestinos de las tres cuartas partes de los futuros ingresos del gas y pone la parte que les toca en una cuenta internacional bajo control de Washington y Londres.

Pero, inmediatamente después de ganar las elecciones de 2006, el Hamas rechaza ese acuerdo, calificándolo de robo, y exige su renegociación. En 2007, el actual ministro israelí de Defensa Moshe Ya’alon declara que «el gas no podrá extraerse sin una operación militar que ponga fin al control del Hamas en Gaza».

En 2008, Israel desata contra Gaza la operación «Plomo Fundido». En septiembre de 2012, la Autoridad Palestina anuncia que, a pesar de la oposición del Hamas, ha reanudado las negociaciones con Israel sobre la cuestión del gas. Dos meses después, la admisión de Palestina en la ONU como «Estado observador no miembro» fortalece la posición de la Autoridad Palestina en las negociaciones. Pero Gaza Marine sigue bloqueado, lo cual impide que los palestinos puedan explotar la riqueza natural existente en su territorio.

La Autoridad Palestina se lanzó entonces por otro camino. El 23 de enero de 2014, durante el encuentro del presidente palestino Abbas con el presidente ruso Putin, se discutió la posibilidad de confiar a la compañía rusa Gazprom la explotación del yacimiento de gas de las aguas de Gaza. Así lo anuncia la agencia Itar-Tass, subrayando que Rusia y Palestina tienen intenciones de fortalecer la cooperación bilateral en el sector energético. En ese marco, además de la explotación del yacimiento marítimo de gas, se prevé también la de un yacimiento de petróleo en los alrededores de la ciudad palestina de Ramallah, en Cisjordania. Y la compañía rusa Technopromexport está dispuesta a participar en la construcción de una termoeléctrica de una potencia de 200 MW en la misma zona.

La formación de un nuevo gobierno palestino de unidad nacional, el 2 de junio de 2014, acrecienta las posibilidades de concretar el acuerdo entre Palestina y Rusia.

Diez días después, el 12 de junio, se anuncia el secuestro de los 3 jóvenes israelíes, encontrados muertos el 30 de junio, proporcionando así el casus belli que da inicio a la operación «Margen protector» contra la franja de Gaza. Operación que forma parte de la estrategia de Tel Aviv, que busca apropiarse de las reservas energéticas de toda la cuenca del Levante, incluyendo las de Palestina, las del Líbano y las de Siria.

Y también encaja en la estrategia de Washington que, con su apoyo a Israel, trata de garantizarse el control de todo el Medio Oriente impidiendo que Rusia vuelva a ganar influencia en la región.

Estamos ante una mezcla explosiva, cuyas víctimas son –otra vez– los palestinos.


domingo, 9 de marzo de 2014

“EL CATÓLICO Y LOS REGÍMENES POLÍTICOS” EN PREGUNTAS Y RESPUESTAS





SPES 
C. N.

1) ¿Deben los estados ordenarse esencialmente a la Iglesia y por tanto a Cristo Rey?

Respuesta. Sí. Como afirman numerosos documentos del magisterio* y Santo Tomás de Aquino, los estados deben ordenarse esencialmente (no accidentalmente) a la Iglesia y por tanto a Cristo Rey así como el cuerpo se ordena al alma en el compuesto humano; como la naturaleza se ordena a la Gracia en el justo; y como la razón se ordena a la Fe en la Sacra Teología. En verdad, el estado católico es, como persona moral y analógicamente, tan miembro de la Iglesia como lo es cada fiel, o, en otras palabras: no se trata tan solo de que el estado defienda a la Iglesia y a la Religión, sino de hacerlo por ser miembro de ella.

2) Pero los estados, desde la afrenta de Felipe el Bello al Papa Bonifacio VIII (siglo XIII) han venido, progresivamente, dejando de formar parte de la Iglesia, hasta el día de hoy, en el que ninguno de ellos forma parte de Ella.

Respuesta. Así como, por analogía con cualquier fiel, el estado puede ser miembro de la Iglesia, así también, como todo y cualquier fiel, puede apostatar –y fue exactamente lo que ocurrió desde entonces. Es la apostasía general de las naciones anunciada en el Evangelio.

3) Si, no obstante, ya no parece factible, en el mundo de hoy, la restauración del Reino de Cristo, ¿debemos insistir en la tesis del orden esencial?

Respuesta. Sin duda alguna, así como delante de un mundo pecador debemos insistir en que lo es y no hacernos pecadores nosotros mismos. Lo que Dios nos pide no es que “venzamos el buen combate”, sino que “combatamos el buen combate” –como dice el Apóstol–, incluso porque la victoria, desde la perspectiva de Cristo Rey mismo y de la Jerusalén Celeste (nuestra verdadera patria), está conquistada de antemano, desde toda la eternidad y desde la Cruz en el Calvario.

4) Si es así, ¿no podemos entonces apoyar ninguna alternativa política actual?

Respuesta. Sin lugar a dudas, ninguna, porque todas de algún modo dejan de ordenarse esencialmente a la Iglesia y a Cristo Rey.

5) ¿Pero no se puede apoyar algún mal menor?

Respuesta. Apoyar un mal, menor o mayor, siempre será pecar contra el recto orden debido a Dios. Esto, sin embargo, no quiere decir que no podamos, por ejemplo, votar a algún candidato menos indigno, lo que no sería apoyarlo, sino tolerarlo o valerse de él por un bien cualquiera. Insístase: esto es completamente diferente de apoyarlo.

6) En otras palabras, ¿no debemos apoyar la democracia liberal contra el comunismo?

Respuesta. Debemos entender el asunto de manera responsable, o sea, religiosa y científicamente al mismo tiempo –y lo que diremos a continuación se sigue directamente de los referidos documentos del magisterio de la Iglesia, a los que ningún católico puede substraerse bajo pena de pecado contra la Fe. Procedamos pues por partes.
a) Todos los regímenes políticos actuales –la democracia liberal, el comunismo  de una Corea del Norte, el populismo comunistizante del chavismo, el populismo izquierdista del PT, el régimen de la Rusia actual (todavía de difícil definición), los movimientos fascistas o nazis– son malos por razones diversas, ante todo porque no se ordenan a Cristo Rey, pero también porque hieren de algún modo la Ley Natural.
b) La democracia liberal de hoy implica una grave afronta a la Ley Natural, porque de modo general sigue la llamada “pauta globalista” (aborto, pansexualismo libre, etc.), en orden a un gobierno mundial que no será sino el escenario para el advenimiento del Anticristo. Es por este orden que se debilitan o deshacen las naciones europeas mediante una disolvedora crisis económica; que Estados Unidos aplasta los restos de la Cristiandad y de autoridad en Medio Oriente; que se intenta desestabilizar hasta a los mismos regímenes izquierdistas de América Latina. Cuanto menos se mantengan los estados actuales –esos mismos estados que son ya resultado de la disgregación liberal y revolucionaria de la Cristiandad–, más se impondrá la “necesidad” de un efectivo poder mundial.   
c) Más que eso, sin embargo: la misma economía llamada liberal (tanto por parte de sus propugnadores “puros” como de sus aplicadores “impuros”) fue una de las causas, precisamente, del fin de la Cristiandad, la familia, los llamados “cuerpos intermedios de la sociedad –para constatarlo basta una lectura superficial de la historia de la revolución industrial, la revolución francesa, etc. Además, el propio régimen democrático instaurado con la revolución francesa se funda en una mentira perversa: tras alardear que “la voz del pueblo es la voz de Dios” (cuando se debería decir que cabe al pueblo y a cualquiera de nosotros escuchar la verdadera voz de Dios), termina por instituir, en verdad, mediante la propaganda y el mecanismo engañoso del sufragio universal, una tiranía de poderes político-económicos más o menos ocultos.
c) Por otro lado, los restos del régimen comunista puro (Corea del Norte, Cuba) prosiguen en su tiranía y en su monstruosidad antinatural –sobre todo porque ponen el Estado por encima no solamente de la Iglesia, sino de la propia familia y de los cuerpos intermedios de la sociedad, carácter este que comparten con el fascismo y el nazismo. De algún modo, sin embargo, ¿no hacen lo mismo las democracias liberales, al obligar, por ejemplo, a las familias a aceptar que las escuelas enseñen a sus hijos según cartillas antinaturales? Y que no se diga que esto es propio de un gobierno izquierdista como el del PT, que quiere implantarlo, porque ya está implantado en la amplia mayoría de los regímenes llamados de democracia liberal, como el de Canadá, el de muchos estados de EEUU, el de gran parte de los países europeos, etc.
d) Los regímenes izquierdistas de América Latina oscilan más o menos entre esos extremos. 
e) En cambio, los regímenes actualmente vigentes en los países que componían la antigua Cortina de Hierro, que, como se dijo ya, son de difícil definición,  buscan mantenerse independientes de la “pauta globalista” y conservan algunos elementos de la Ley Natural (y, en algunos casos, como Hungría, incluso de la Ley Divina Positiva) como ya no se hace en ninguna otra parte del mundo. Hasta cuándo conseguirán mantenerse así, eso es algo difícil de prever; pero lo que hay que tener muy en cuenta es que tales regímenes tampoco se ordenan perfectamente a la Ley Natural ni, sobre todo, a Cristo Rey, aunque Hungría haya de algún modo intentado hacerlo, como veremos más adelante.   
Se ve así que el católico no puede dar apoyo a ninguno de tales regímenes, si bien, naturalmente, no podemos dejar de alegrarnos con el hecho de que la Rusia de Putin, aunque por razones meramente geopolíticas, defienda a los cristianos de Siria de la saña norteamericana. Cuando nos alegramos de ello, sin embargo, solamente soportamos un mal menor, porque accidentalmente propicia un bien (la supervivencia, aunque sea parcial y provisoria, del resto de la Cristiandad oriental).

7) ¿No es sin embargo verdad que la ilegitimidad de un régimen se da, ante todo y de modo automático, cuando impide la propagación de la Fe? ¿Y no lo hace el comunismo más que todos?

Respuesta. También esta pregunta se debe responder por partes.
a) Sin lugar a dudas, el impedir la propagación de la Fe o, lo que es lo mismo, el perseguir a la Iglesia es causa de ilegitimidad automática de un régimen político.  
b) No obstante, no se olvide que todos los regímenes políticos actuales son de algún modo apóstatas, y que el impedimento de la propagación de la Fe puede darse de dos formas: o por represión directa, o por medios más sutiles de operar –lo que en algún grado ocurre actualmente en todo el mundo con el ataque masivo de los medios de comunicación, las artes, los programas escolares, las leyes, etc., contra el depósito de la Fe y la Ley Natural. Tal ataque masivo crea una especie de coraza en la mente de los ciudadanos que la torna impenetrable a la Fe y sus verdades, lo que –repitámoslo– es otro modo de impedir la propagación de la Fe.
c) Además, se encuentra a la vista de todos que la democracia socialdemócrata francesa actual o que el democratismo liberal de Obama (en el Medio Oriente) persiguen o aplastan directamente a los católicos, con el fin, justamente, de destruir la Fe. Y, así y en relación a esto, no se diferencian ni siquiera accidentalmente de los países comunistas.
d) Por último, la ilegitimidad de un régimen o gobierno nunca puede ser absoluta. Y, para entender en qué sentido lo decimos, recuérdese que por orden del papa los católicos que vivían bajo Juliano el Apóstata lo obedecían en lo que no hiriese gravemente la Ley Natural ni la Ley Divina Positiva –porque en efecto todos los gobernantes, como decía el Apóstol, si tienen la espada, la tienen dada por Dios mismo para castigar a los malos. Con palabras más simples y ejemplares: no es porque vivamos bajo una tiranía de cualquier clase que debemos substraernos a obedecerla en lo que sea justo o incluso en lo injusto que no hiera los principales puntos de la Ley natural –e iría contra este principio aquel que dejara de pagar impuestos agravantes si los pudiera pagar. Esta es doctrina cierta –magisterial y tomista o agustiniana–, que no podemos esquivar.    

8) Desde el inicio, sin embargo, se habla aquí del magisterio de la Iglesia. Pero el Vaticano II y la Jerarquía que de él se sigue no solamente anularon la condenación a la masonería (uno de los principales fautores del mundo moderno y anticristiano), sino que también indujeron a los mismos estados católicos a que dejaran formalmente de serlo. ¿No se podría considerar, pues, que el magisterio de la Iglesia cambió?

Respuesta. Ante todo, el magisterio de la Iglesia, en cuanto infalible o cierto, o es inmutable o no lo es. Además, el llamado magisterio conciliar no solamente siempre se negó, por su liberalismo, a imponer una doctrina ceñida de las llamadas “cuatro condiciones vaticanas” (la que dan a un documento magisterial precisamente el carácter de infalible), sino que, mucho más que eso, desde siempre se opone al magisterio infalible o cierto de dos mil años. Luego, no solo no le debemos al magisterio conciliar, en cuanto tal, obediencia alguna en ningún punto, sino que debemos mantener frente a él una continua e intransigente oposición católica. Y, para que se tenga como ejemplo otra ignominia del magisterio conciliar, recuérdese lo sucedido recientemente en Hungría: su Gobierno se decidió a entregarle toda la educación nacional a la Iglesia Católica, la cual, sin embargo, a través de la Conferencia Episcopal local, rechazó la oferta. Ahora bien, una iglesia que comete un crimen tan innoble –esencialmente idéntico al cometido por Pablo VI al inducir a los estados católicos a que dejaran de serlo– no puede tener todas las notas de la catolicidad (que solamente se dan, de algún modo, dondequiera que se mantenga íntegra la Fe) y no se puede decir católica sino a título precario –lo que no obstante es tema para otro lugar.
Y por eso que sucedió tan tristemente en Hungría es que no podemos depositar nuestras esperanzas ni siquiera en la nación del rey San Esteban. En efecto, no es ordenarse a Cristo Rey ordenarse a una iglesia que no quiere ser Suya.

9) No puede el católico, por tanto, en definitiva, depositar esperanzas en ningún régimen y en ninguna nación de la Tierra actual. ¿Qué le queda, entonces?

Respuesta. Le “queda” la oración enseñada por los Apóstoles: “מרנא תא, Maranata”, “Ven, Señor Jesús”, pero ven pronto, para hacer pasar la figura de este mundo e introducir a Tu verdadera Iglesia y sus fieles en la definitiva Jerusalén, la Celeste. Sí, porque ni siquiera con respecto a los estados cristianos y a la Cristiandad medieval se nos infundió y se nos infunde la virtud teologal de la Esperanza: se nos la dio y se nos la da sobre todo para que suspiremos por la vida definitiva, la vida en que los salvos por la misericordia divina podrán descansar, ya sin ninguna tribulación, en la visión de Aquel que Es.





* Helos a continuación:
• Documento de excomunión y deposición de Enrique IV (San Gregorio VII);
• Epístola Sicut universitatis (Inocencio III);
• Bula Unam Sanctam (Bonifacio VIII);
• Constitución Licet iuxta doctrinam (Errores de Marsilio de Padua y de Juan de Jandun sobre la constitución de la Iglesia; Juan XX);
• Encíclica Quanta cura (Pio IX);
• El Syllabus (Errores sobre la Iglesia y sus derechos; Errores sobre la sociedad civil considerada ya sea en sí misma, ya sea en sus relaciones con la Iglesia; Errores sobre el principado civil del Romano Pontífice; Pio IX);
• Encíclica Etsi multa luctuosa (Pio IX);
• Encíclica Quod Apostolici muneris (Pio IX);
• Encíclica Diuturnum illud (León XIII);
• Immortale Dei (León XIII);
• Encíclica Libertas, praestantissimus (León XIII);
• Encíclica Sapientiae christianae (León XIII);
• Encíclica Annum Sacrum (León XIII);
• Encíclica Rerum novarum (León XIII);
• Encíclica Graves de Communi Re (León XIII);
• Encíclica Vehementer Nos (S. Pio X);
• Encíclica Ubi arcano (Pio XI);
• Encíclica Quas primas (Pio XI);
• Encíclica Divini illius magistri (Pio XI);
• Encíclica Quadragesimo anno (Pio XI);
• Encíclica Firmissimam constantiam (Pio XI);
• y Encíclica Summi Pontificatus (Pio XII).