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jueves, 18 de junio de 2020

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, EN VOS CONFÍO Y ESPERO




El Corazón adorable de Jesús es el principio y la fuente de todos los misterios y circunstancias de su vida, de todo lo que ha pensado, hecho y sufrido…; es la fiesta de las fiestas, porque su Corazón abrasado de amor es quien le ha movido a hacer todas estas cosas. Esta fiesta pertenece más bien al cielo que a la tierra, es más bien festividad de serafines, que festividad de hombres”

San Juan Eudes, Coeur admirable.


“Es necesario reavivar la
devoción a este Corazón, para que el mundo se conmueva de nuevo.
Mi Corazón ha de ser salvación de todo el mundo, la salvación de cuantos lo busquen y lo conozcan”

N.S. Jesucristo a Sor Benigna Consolata


Reinará este amable Corazón a pesar de Satanás. Esta palabra me transporta de alegría y constituye todo mi consuelo”.

Santa Margarita María de Alacoque

viernes, 23 de junio de 2017

CONSAGRACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS DEL SEMINARIO SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT (SAJM)



En este viernes 23 de junio de 2017, encabezados por Mons. Jean-Michel Faure, el Seminario San Luis María Grignion de Monstfort (SAJM) en Avrillé, Francia, con su obispo, sacerdotes y seminaristas, se ha consagrado al Sagrado Corazón de Jesús.
Deo gratias!


SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS





Señor, ten misericordia de nosotros.
Cristo, ten misericordia de nosotros.
Señor, ten misericordia de nosotros
Jesucristo óyenos.
Jesucristo, escúchanos.
Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Trinidad Santa, que eres un solo Dios, ten misericordia de nosotros.
Corazón de Jesús, Hijo del Padre Eterno,
Corazón de Jesús, formado en el seno de la Virgen Madre por el Espíritu Santo,
Corazón de Jesús, al Verbo de Dios substancialmente unido,
Corazón de Jesús, de majestad infinita,
Corazón de Jesús, Templo santo de Dios,
Corazón de Jesús, Tabernáculo del Altísimo,
Corazón de Jesús, Casa de Dios y puerta del cielo,
Corazón de Jesús, Horno ardiente de caridad,
Corazón de Jesús, Santuario de justicia y de amor,
Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor,
Corazón de Jesús, Abismo de todas las virtudes,
Corazón de Jesús, digno de toda alabanza,
Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones,
Corazón de Jesús, en que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia,
Corazón de Jesús, en que mora toda la plenitud de la divinidad,
Corazón de Jesús, en que el Padre se agradó,
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos nosotros hemos recibido,
Corazón de Jesús, deseo de los eternos collados,
Corazón de Jesús, paciente y muy misericordioso,
Corazón de Jesús, liberal con todos los que te invocan,
Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad,
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados,
Corazón de Jesús, colmado de oprobios,
Corazón de Jesús, desgarrado por nuestros pecados,
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte,
Corazón de Jesús, con lanza traspasado,
Corazón de Jesús, fuente de todo consuelo,
Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra,
Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra,
Corazón de Jesús, víctima por nuestros pecados,
Corazón de Jesús, salvación de los que en Ti esperan,
Corazón de Jesús, esperanza de los que en Ti mueren,
Corazón de Jesús, delicias de todos los Santos,
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: ten misericordia de nosotros.

V.- Jesús manso y humilde de corazón.
R.- Haz nuestro corazón conforme al tuyo.

Oremos: Oh Dios todopoderoso y eterno: mira el Corazón de tu amantísimo Hijo y las alabanzas y satisfacciones que en nombre de los pecadores te tributa; y concede aplacado el perdón a éstos que piden tu misericordia en el nombre de tu mismo Hijo Jesucristo. Quien contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

A todas las invocaciones que siguen se responde: “Ten misericordia de nosotros”.



EL MENSAJE DEL CORAZON DE JESUS





UNA LLAMADA A LAS ALMAS


Este Mensaje está sacado de las comunicaciones que Sor Josefa Menéndez recibió en varias veces, durante los últimos meses de los años 1922 y 1923.


Quiero que las almas crean en mi Misericordia, que lo esperen todo de mi
Bondad, que no duden nunca de mi Perdón.

Yo soy el amor. Mi Corazón no puede contener la llama que constantemente le devora.

Yo amo a las almas hasta tal punto, que he dado la vida por ellas.

Por su amor he querido quedarme prisionero en el Sagrario, y hace veinte siglos que permanezco allí noche y día, oculto bajo las especies de pan, escondido en la hostia, soportando, por amor, el olvido, la soledad, los desprecios, blasfemias, ultrajes y sacrilegios.

El amor a las almas me impulsó a dejarles el sacramento de la Penitencia, para perdonarles, no una vez ni dos, sino cuantas veces necesiten recobrar la gracia. Allí las estoy esperando; allí deseo que vengan a lavarse de sus culpas, no con agua sino con mi propia Sangre.

En el transcurso de los siglos, he revelado de diferentes modos mi amor a los hombres y el deseo que me consume de su salvación. Les he dado conocer mi propio Corazón. Esta devoción ha sido como una luz que ha iluminado al mundo y hoy es el medio de que se valen para mover los corazones la mayor parte de los que trabajan por extender mi Reino.

* * *

Ahora quiero algo más; sí, en retorno del amor que tengo a las almas, les pido que ellas me devuelvan amor; pero no es éste mi único deseo; quiero que crean en mi misericordia, que lo esperen todo de mi bondad, que no duden nunca de mi perdón.

Soy Dios, pero Dios de Amor. Soy Padre, pero Padre que ama con ternura, no con severidad. Mi Corazón es infinitamente santo, pero también infinitamente sabio; conoce la fragilidad y miseria humana, y se inclina hacia los pobres pecadores con misericordia infinita.

Sí, amo a las almas después que han cometido el primer pecado si vienen a pedirme humildemente perdón... Las amo después de llorar el segundo pecado, ¡y si esto se repite no un millar de veces, sino un millón de millares, las amo, las perdono, y lavo con mi misma Sangre el último pecado como el primero!

No me canso de las almas y mi Corazón está siempre esperando que vengan a refugiarse en Mí. Tanto más cuanto más miserables sean.

¿Acaso no tiene un padre más cuidado del hijo enfermo que de los que gozan de buena salud? ¿No es verdad que para aquél es mucho mayor su ternura y solicitud? De la misma manera, mi Corazón derrama con más largueza su ternura y compasión sobre los pecadores que sobre los justos.

Esto es lo que quiero explicar a las almas; Yo enseñaré a los pecadores que la misericordia de mi Corazón es inagotable; a las almas frías e indiferentes, que mi Corazón es fuego y fuego que desea abrasarlas porque las ama; a las almas piadosas y buenas, que mi Corazón es el camino para avanzar en la perfección y por él llegarán con seguridad al término de la bienaventuranza. Por último, a las almas que me están consagradas, a los sacerdotes, a los religiosos, mis almas escogidas y preferidas, les pediré una vez más, que me den su amor y no duden nunca del mío; pero, sobre todo, que me den su confianza y no duden de mi misericordia. ¡Es tan fácil esperarlo todo de mi Corazón!

Yo daré a conocer que mi obra se funda sobre la nada y la miseria; éste es el primer eslabón de la cadena de amor que preparo a las almas desde toda la eternidad.

Haré que las almas conozcan hasta qué punto las ama y perdona mi Corazón. Penetro el fondo de las almas, sus deseos de darme gusto, de consolarme y de glorificarme: y el acto de humildad que sus faltas les obligan a hacer, viéndose tan débiles, es precisamente lo que consuela y glorifica mi Corazón. No importa
que las almas sean débiles, Yo suplo lo que les falta.

Les daré a conocer cómo su misma debilidad puede servirme para dar vida a muchas almas que la han perdido. Daré a conocer que la medida de mi amor y de mi misericordia para con las almas caídas, no tiene límites... Deseo perdonar... Descanso perdonando... Siempre estoy esperándolas con amor...

* * *

¡Que no se desanimen!... ¡Que vengan!... ¡Que se echen sin temor en mis brazos!... ¡Soy su Padre!... Muchas almas no comprenden cuánto pueden hacer para atraer a mi Corazón a las otras almas que están sumidas en un abismo de ignorancia y no saben cómo deseo que se acerquen a Mí para darles vida... La verdadera vida.

Yo te enseñaré mis secretos de amor y tú serás ejemplo vivo de mi misericordia, pues si por ti, que eres miseria y nada, tengo tanta predilección y te amo tanto, ¿que haré por otras almas mucho más generosas que tú?

Como no eres nada, ven..., entra en mi Corazón...; a la nada le es fácil entrar y perderse en este abismo de amor... Así iré consumiendo tu pequeñez y tu miseria... Yo obraré en ti... Hablaré por ti... Me haré conocer por ti...

¡Cuántas almas encontrarán la vida en mis palabras! ¡Cuántas cobrarán ánimo al ver el fruto de sus trabajos! Un actito de generosidad, de paciencia, de pobreza, puede ser un tesoro que gane para mi Corazón gran número de almas. Yo no miro la acción, miro la intención. El acto más pequeño hecho por amor, ¡adquiere tanto mérito y puede darme tanto consuelo!... Mi Corazón da valor divino a esas cosas tan pequeñas. Lo que Yo quiero es amor. No busco más que amor. No pido más que amor. El alma que sabe hacer de su vida una continua unión con la mía, me glorifica mucho y trabaja útilmente en bien de las almas. Está por ejemplo, ejecutando una acción que en sí misma no vale mucho, pero la empapa en mi Sangre o la une a aquella acción hecha por Mí durante mi vida
mortal, el fruto que logra para las almas es tan grande o mayor quizá que si hubiera predicado al universo entero, y esto, sea que estudie o que hable, que escriba, ore, barra, cosa o descanse; con tal que la acción reúna dos condiciones: primera, que esté ordenada por la obediencia o por el deber no por el capricho;
segunda, que se haga en íntima unión conmigo, cubriéndola con mi Sangre y con gran pureza de intención.

¡Cuánto deseo que las almas comprendan esto! ¡Que no es la acción lo que tiene en sí valor, sino la intención y el grado de unión con que se hace! Barriendo y trabajando en el taller de Nazaret, di tanta gloria a mi Eterno Padre como cuando prediqué durante mi vida pública.

Hay muchas almas que a los ojos del mundo tienen un cargo elevado, y en él dan grande gloria a mi Corazón, es cierto, pero tengo muchas otras que, escondidas y en humildes trabajos, son obreras muy útiles a mi viña, porque es el amor el que las mueve y saben envolver en oro sobrenatural las acciones más pequeñas, empapándolas en mi Sangre.

Si desde por la mañana se unen a Mí y ofrecen el día con ardiente deseo de que mi Corazón se sirva de sus acciones para provecho de las almas, y van, hora por hora y momento por momento, cumpliendo por amor con su deber, ¡qué tesoros adquieren en un día!... ¡Yo les iré descubriendo más y más mi amor!... ¡Es inagotable!... ¡Y es tan fácil al alma que ama dejarse guiar por el amor!



viernes, 3 de junio de 2016

FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS




AL CORAZON DE JESUS

Si el amoroso fuego en que te inflamas
Con otro tal conviene ser pagado,
¿Con qué te pagaré, mi dulce amado,
Que no hay poder amar como tú amas?

La fuerza del amor con que me llamas
Abrase el corazón duro y helado,
Y téngame el espíritu inflamado
Y el alma por ti ardiendo en vivas llamas.

Consúmame este fuego y purifique
La parte donde está todo el defecto,
Y déjeme acendrado, limpio y fuerte;

Y trasportado en ti me purifique,
Mostrándose de amor el tal efecto
Que en el amado al amador convierte.


Gregorio Silvestre (español, 1520-1570)



viernes, 12 de junio de 2015

FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS





Debemos conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento


"Pienso que aquel gran deseo de nuestro Señor de que su sagrado Corazón sea honrado con un culto especial tiende a que se renueven en nuestras almas los efectos de la redención. El sagrado Corazón, en efecto, es una fuente inagotable, que no desea otra cosa que derramarse en el corazón de los humildes, para que estén libres y dispuestos a gastar la propia vida según su beneplácito.

De este divino Corazón manan sin cesar tres arroyos: el primero es el de la misericordia para con los pecadores, sobre los cuales vierte el espíritu de contrición y de penitencia; el segundo es el de la caridad, en provecho de todos los aquejados por cualquier necesidad y, principalmente, de los que aspiran a la perfección, para que encuentren la ayuda necesaria para superar sus dificultades; del tercer arroyo manan el amor y la luz para sus amigos ya perfectos, a los que quiere unir consigo para comunicarles su sabiduría y sus preceptos, a fin de que ellos a su vez, cada cual a su manera, se entreguen totalmente a promover su gloria.

Este Corazón divino es un abismo de todos los bienes, en el que todos los pobres necesitan sumergir sus indigencias: es un abismo de gozo, en el que hay que sumergir todas nuestras tristezas, es un abismo de humildad contra nuestra ineptitud, es un abismo de misericordia para los desdichados y es un abismo de amor, en el que debe ser sumergida toda nuestra indigencia.

Conviene, pues, que os unáis al Corazón de nuestro señor Jesucristo en el comienzo de la conversión, para alcanzar la disponibilidad necesaria y, al fin de la misma, para que la llevéis a término. ¿No aprovecháis en la oración? Bastará con que ofrezcáis a Dios las plegarias que el Salvador profiere en lugar nuestro en el sacramento altar, ofreciendo su fervor en reparación de vuestra tibieza; y, cuando os dispongáis a hacer alguna cosa, orad así: «Dios mío, hago o sufro tal cosa en el Corazón de Hijo y según sus santos designios, y os lo ofrezco en reparación de todo lo malo o imperfecto que hay en mis obras». Y así en todas las circunstancias de la vida. Y, siempre que os suceda algo penoso, aflictivo, injurioso, decíos a vosotros mismos: «Acepta lo que te manda el sagrado Corazón de Jesucristo para unirte a sí».

Por encima de todo, conservad la paz del corazón, que es el mayor tesoro. Para conservarla, nada ayuda tanto como el renunciar a la propia voluntad y poner la voluntad del Corazón divino en lugar de la nuestra, de manera que sea ella la que haga en lugar nuestro todo lo que contribuye a su gloria, y nosotros, llenos de gozo, nos sometamos a él y confiemos en él totalmente".


De las cartas de santa Margarita María de Alacoque, virgen.



jueves, 11 de junio de 2015

SOBRE LA EXPIACIÓN QUE DEBEMOS AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


CARTA ENCÍCLICA
MISERENTISSIMUS REDEMPTOR 
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS





INTRODUCCIÓN

Aparición de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque

1. Nuestro Misericordiosísimo Redentor, después de conquistar la salvación del linaje humano en el madero de la Cruz y antes de su ascensión al Padre desde este mundo, dijo a sus apóstoles y discípulos, acongojados de su partida, para consolarles: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»(1). Voz dulcísima, prenda de toda esperanza y seguridad; esta voz, venerables hermanos, viene a la memoria fácilmente cuantas veces contemplamos desde esta elevada cumbre la universal familia de los hombres, de tantos males y miserias trabajada, y aun la Iglesia, de tantas impugnaciones sin tregua y de tantas asechanzas oprimida.
Esta divina promesa, así como en un principio levantó los ánimos abatidos de los apóstoles, y levantados los encendió e inflamó para esparcir la semilla de la doctrina evangélica en todo el mundo, así después alentó a la Iglesia a la victoria sobre las puertas del infierno. Ciertamente en todo tiempo estuvo presente a su Iglesia nuestro Señor Jesucristo; pero lo estuvo con especial auxilio y protección cuantas veces se vio cercada de más graves peligros y molestias, para suministrarle los remedios convenientes a la condición de los tiempos y las cosas, con aquella divina Sabiduría que «toca de extremo a extremo con fortaleza y todo lo dispone con suavidad»(2). Pero «no se encogió la mano del Señor»(3) en los tiempos más cercanos; especialmente cuando se introdujo y se difundió ampliamente aquel error del cual era de temer que en cierto modo secara las fuentes de la vida cristiana para los hombres, alejándolos del amor y del trato con Dios.
Mas como algunos del pueblo tal vez desconocen todavía, y otros desdeñan, aquellas quejas del amantísimo Jesús al aparecerse a Santa Margarita María de Alacoque, y lo que manifestó esperar y querer a los hombres, en provecho de ellos, plácenos, venerables hermanos, deciros algo acerca de la honesta satisfacción a que estamos obligados respecto al Corazón Santísimo de Jesús; con el designio de que lo que os comuniquemos cada uno de vosotros lo enseñe a su grey y la excite a practicarlo.

2. Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de nuestro Redentor resplandece singularmente el hecho de que, cuando la caridad de los fieles se entibiaba, la caridad de Dios se presentaba para ser honrada con culto especial, y los tesoros de su bondad se descubrieron por aquella forma de devoción con que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, «en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia»(4).
Pues, así como en otro tiempo quiso Dios que a los ojos del humano linaje que salía del arca de Noé resplandeciera como signo de pacto de amistad «el arco que aparece en las nubes»(5), así en los turbulentísimos tiempos de la moderna edad, serpeando la herejía jansenista, la más astuta de todas, enemiga del amor de Dios y de la piedad, que predicaba que no tanto ha de amarse a Dios como padre cuanto temérsele como ímplacable juez, el benignísimo Jesús mostró su corazón como bandera de paz y caridad desplegada sobre las gentes, asegurando cierta la victoria en el combate. A este propósito, nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, en su encíclica Annum Sacrum, admirando la oportunidad del culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, no vaciló en escribir: «Cuando la Iglesia, en los tiempos cercanos a su origen, sufría la opresión del yugo de los Césares, la Cruz, aparecida en la altura a un joven emperador, fue simultáneamente signo y causa de la amplísima victoria lograda inmediatamente. Otro signo se ofrece hoy a nuestros ojos, faustísimo y divinísimo: el Sacratísimo Corazón de Jesús con la Cruz superpuesta, resplandeciendo entre llamas, con espléndido candor. En El han de colocarse todas las esperanzas; en El han de buscar y esperar la salvación de los hombres».

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

3. Y con razón, venerables hermanos; pues en este faustísimo signo y en esta forma de devoción consxguiente, ¿no es verdad que se contiene la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia? Nadie extrañe, pues, que nuestros predecesores incesantemente vindicaran esta probadísima devoción de las recriminaciones de los calumniadores y que la ensalzaran con sumos elogios y solícitamente la fomentaran, conforme a las circunstancias.
Así, con la gracia de Dios, la devoción de los fieles al Sacratísimo Corazón de Jesús ha ido de día en día creciendo; de aquí aquellas piadosas asociaciones, que por todas partes se multiplican, para promover el culto al Corazón divino; de aquí la costumbre, hoy ya extendida por todas partes, de comulgar el primer viernes de cada mes, conforme al deseo de Cristo Jesús.

La consagración

4. Mas, entre todo cuanto propiamente atañe al culto del Sacratísimo Corazón, descuella la piadosa y memorable consagración con que nos ofrecemos al Corazón divino de Jesús, con todas nuestras cosas, reconociéndolas como recibidas de la eterna bondad de Dios. Después que nuestro Salvador, movido más que por su propio derecho, por su inmensa caridad para nosotros, enseñó a la inocentísima discípula de su Corazón, Santa Margarita María, cuánto deseaba que los hombres le rindiesen este tributo de devoción, ella fue, con su maestro espiritual, el P. Claudio de la Colombiére, la primera en rendirlo. Siguieron, andando el tiempo, los individuos particulares, después las familias privadas y las asociaciones y, finalmente, los magistrados, las ciudades y los reinos.
Mas, como en el siglo precedente y en el nuestro, por las maquinaciones de los impíos, se llegó a despreciar el imperio de Cristo nuestro Señor y a declarar públicamente la guerra a la Iglesia, con leyes y mociones populares contrarias al derecho divino y a la ley natural, y hasta hubo asambleas que gritaban: «No queremos que reine sobre nosotros»(6),  por esta consagración que decíamos, la voz de todos los amantes del Corazón de Jesús prorrumpía unánime oponiendo acérrimamente, para vindicar su gloria y asegurar sus derechos: «Es necesario que Cristo reine(7). Venga su reino». De lo cual fue consecuencia feliz que todo el género humano, que por nativo derecho posee Jesucristo, único en quien todas las cosas se restauran(8), al empezar este siglo, se consagra al Sacratísimo Corazón, por nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, aplaudiendo el orbe cristiano.
Comienzos tan faustos y agradables, Nos, como ya dijimos en nuestra encíclica Quas primas, accediendo a los deseos y a las preces reiteradas y numerosas de obispos y fieles, con el favor de Dios completamos y perfeccionamos, cuando, al término del año jubilar, instituimos la fiesta de Cristo Rey y su solemne celebración en todo el orbe cristiano.
Cuando eso hicimos, no sólo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, mas también presentimos el júbilo de aquel faustísimo día en que el mundo entero espontáneamente y de buen grado aceptará la dominación suavísima de Cristo Rey. Por esto ordenábamos también que en el día de esta fiesta se renovase todos los años aquella consagración para conseguir más cierta y abundantemente sus frutos y para unir a los pueblos todos con el vínculo de la caridad cristiana y la conciliación de la paz en el Corazón de Cristo, Rey de Reyes y Señor de los que dominan.

viernes, 17 de octubre de 2014

17 DE OCTUBRE – SANTA MARGARITA MARÍA DE ALACOCQUE





Debemos conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento
De las cartas de santa Margarita María de Alacoque, virgen


Pienso que aquel gran deseo de nuestro Señor de que su sagrado Corazón sea honrado con un culto especial tiende a que se renueven en nuestras almas los efectos de la redención. El sagrado Corazón, en efecto, es una fuente inagotable, que no desea otra cosa que derramarse en el corazón de los humildes, para que estén libres y dispuestos a gastar la propia vida según su beneplácito.

De este divino Corazón manan sin cesar tres arroyos: el primero es el de la misericordia para con los pecadores, sobre los cuales vierte el espíritu de contrición y de penitencia; el segundo es el de la caridad, en provecho de todos los aquejados por cualquier necesidad y, principalmente, de los que aspiran a la perfección, para que encuentren la ayuda necesaria para superar sus dificultades; del tercer arroyo manan el amor y la luz para sus amigos ya perfectos, a los que quiere unir consigo para comunicarles su sabiduría y sus preceptos, a fin de que ellos a su vez, cada cual a su manera, se entreguen totalmente a promover su gloria.

Este Corazón divino es un abismo de todos los bienes, en el que todos los pobres necesitan sumergir sus indigencias: es un abismo de gozo, en el que hay que sumergir todas nuestras tristezas, es un abismo de humildad contra nuestra ineptitud, es un abismo de misericordia para los desdichados y es un abismo de amor, en el que debe ser sumergida toda nuestra indigencia.

Conviene, pues, que os unáis al Corazón de nuestro señor Jesucristo en el comienzo de la conversión, para alcanzar la disponibilidad necesaria y, al fin de la misma, para que la llevéis a término. ¿No aprovecháis en la oración? Bastará con que ofrezcáis a Dios las plegarias que el Salvador profiere en lugar nuestro en el sacramento altar, ofreciendo su fervor en reparación de vuestra tibieza; y, cuando os dispongáis a hacer alguna cosa, orad así: «Dios mío, hago o sufro tal cosa en el Corazón de Hijo y según sus santos designios, y os lo ofrezco en reparación de todo lo malo o imperfecto que hay en mis obras». Y así en todas las circunstancias de la vida. Y, siempre que os suceda algo penoso, aflictivo, injurioso, decíos a vosotros mismos: «Acepta lo que te manda el sagrado Corazón de Jesucristo para unirte a sí».

Por encima de todo, conservad la paz del corazón, que es el mayor tesoro. Para conservarla, nada ayuda tanto como el renunciar a la propia voluntad y poner la voluntad del Corazón divino en lugar de la nuestra, de manera que sea ella la que haga en lugar nuestro todo lo que contribuye a su gloria, y nosotros, llenos de gozo, nos sometamos a él y confiemos en él totalmente.


viernes, 27 de junio de 2014

FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS.-





NON POSSUMUS

“Así, pues, el Corazón de nuestro Salvador en cierto modo refleja la imagen de la divina Persona del Verbo, y es imagen también de sus dos naturalezas, la humana y la divina; y así en él podemos considerar no sólo el símbolo, sino también, en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra Redención. Luego, cuando adoramos el Corazón de Jesucristo, en él y por él adoramos así el amor increado del Verbo divino como su amor humano, con todos sus demás afectos y virtudes, pues por un amor y por el otro nuestro Redentor se movió a inmolarse por nosotros y por toda la Iglesia”.


(Papa Pío XII, Encíclica Haurietis Aquas)

sábado, 9 de noviembre de 2013

SAGRADO CORAZÓN



Padre Leonardo Castellani

8 de junio de 1945
Domingueras Prédicas II

El corazón del hombre representa todo el hombre, porque el corazón son los afectos, y nuestros afectos producen nuestros actos; y nuestros actos traducen todo nuestro interior; y el hombre es un ser interior, a diferencia del animal que es un ser exterior, volcado al exterior, gobernado por el exterior.

Para calificar rápidamente a un hombre, el pueblo califica su corazón: “Es un gran corazón”, “es un hombre de corazón”, “tiene buen corazón”, “tiene mal corazón”, “no tiene corazón”.

Lo primero se dice de un gran hombre; lo segundo, de un hombre valiente; lo tercero, de un buen hombre; lo cuarto, de un mal hombre; y lo quinto, de un perverso.

Y tiene razón el pueblo: porque “las cosas que salen del corazón del hombre son las que manchan al hombre”, así como las cosas que salen del Corazón de Dios son las que salvan al hombre.

Jesucristo durante su vida mostró que era un hombre de gran Corazón.

He aquí doce palabras que he tomado al azar del Santo Evangelio para mostrar cómo era el Corazón de ese hombre llamado Jesús, que atestiguó de Sí Mismo que era Hombre-Dios:

Corazón a la vez heroico y manso,
Que unió la fuerza con la dulcedumbre;
Valle florido, cuesta altiva y cumbre,
Del hombre de hoy el único descanso.

PALABRAS

I. Yo soy manso y humilde de corazón. (San Mateo, 11, 29)
El Buen Pastor da la vida por sus ovejas. (San Juan, 10, 11)
Ninguno ama mejor que el que da la vida por su amigo. (San Juan, 15, 13)

II. Amad a vuestros enemigos. (San Mateo, 5, 44)
Alegraos cuando os persiguen. (San Mateo, 5, 11)
No temáis a quienes pueden matar el cuerpo. (San Mateo, 10, 28)

III. Me compadezco de las turbas. (San Marcos, 6, 34)
El que esté puro que tire la primera piedra. (San Juan, 8, 7)
Vine a llamar a los pecadores. (San Lucas, 5, 32)

IV. ¡Ay de vosotros los ricos! (San Lucas, 6, 24)
¡Hipócritas, sepulcros blanqueados! (San Mateo, 23, 27)
Quien blasfema contra el Espíritu Santo no tiene perdón. (San Marcos, 3, 29)


¡Oh, míranos en este mal remanso,
Privado el mundo de tu voz y tu lumbre!
De tu obra te atribuyen el herrumbre,
Y hablar te sienten por boca de ganso.

Corazón blando y testa fuerte fuiste,
Cuando el blanco corcel salió triunfando,
Después, cuando en el rojo te escondiste,
Cabeza dura y duro pecho; y cuando
Al fin dejaste solo al mundo triste,
Andamos con el amarillo bando,
Corazón duro y seso blando.


Todo el Evangelio salió del Corazón de Cristo, naturalmente. Pero hay algunas palabras que lo retratan mejor, que parecen eso que llamamos “gritos del corazón”.

Y la traducción de esos gritos del corazón al mundo de hoy son las promesas del Corazón de Cristo “para estos últimos tiempos”, contenidas en las visiones de Santa Margarita María, que vivió en Francia al final del siglo XVII, antes de la Revolución Francesa.

Esas promesas constituyen lo que llaman una revelación privada, no lo que se llama una revelación pública. No son objeto directo de la fe, como la revelación de Cristo y sus Apóstoles, contenida en el Credo y en los dogmas.

Son objeto directo de la virtud de la religión, y sólo indirectamente de la fe. El que las despreciara cometería una falta; pero el que no pudiera creerlas, no cometería ninguna falta; sin eso se podría salvar: el mundo vivió sin ellas hasta hace tres siglos.

Las promesas, puestas en la forma más difundida, son éstas:

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.
2. Pondré paz en sus familias.
3. Las consolaré en todas sus aflicciones.
4. Seré su amparo y asilo seguro en la vida y principalmente, en la hora de la muerte.
5. Bendeciré abundantemente sus empresas.
6. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia.
7. Las almas tibias se harán fervorosas.
8. Las almas fervorosas se elevarán con rapidez a gran perfección.
9. Daré a los sacerdotes la gracia de mover aun a los más endurecidos corazones.
10. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y honrada.
11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán escrito su nombre en mí Corazón, y de él jamás será borrado.
12. Mi amor todopoderoso concederá a todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes consecutivos, la gracia de la penitencia final.
En estas promesas se basa la devoción al Sagrado Corazón, que la Iglesia ha acogido y fomentado tanto que hoy día decir cristiano fiel y fervoroso es decir devoto del Sagrado Corazón.

En estas promesas se basa la devoción al Sagrado Corazón, que la Iglesia ha acogido y fomentado tanto que hoy día decir cristiano fiel y fervoroso es decir devoto del Sagrado Corazón. Ésta es la devoción de estos últimos tiempos, dijo el Señor a la Santa. En todos los tiempos la Iglesia ha tenido la devoción a la divina Persona de Cristo, a la cual venera incluso cuando venera a los Santos; así como cuando adora a Cristo, no adora a una criatura sino a la Divinidad en Él, a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, al Dios invisible, inmenso e inaccesible, Criador del cielo y de la tierra. Esto es para los protestantes, que por no entender ni lo que es adoración, veneración, intercesión, dicen que adoramos a los santos y nos acusan de idólatras; o como dicen los impíos de hoy, de “cardiólatras”, que adoramos un corazón, un músculo, un pedazo de carne. ¡Adoramos a Dios! Por suerte para nosotros, Dios se hizo hombre, fue un hombre como nosotros, pero mucho mejor que nosotros. Fue un hombre de gran corazón.


“Las cosas que salen del corazón del hombre ensucian al hombre”, y las palabras que salen del Corazón de Dios salvan al hombre, y el hombre de hoy no tiene más salvación que el Corazón de Jesucristo, ya que como sabéis no es otro que la Palabra de Dios hecha carne.

Entonces se acercan a Jesús algunos fariseos y escribas venidos de Jerusalén, y le dicen: “¿Por qué tus discípulos traspasan la tradición de los antepasados?; pues no se lavan las manos a la hora de comer”. Él les respondió: “Y vosotros, ¿por qué traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque Dios dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y: El que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís: El que diga a su padre o a su madre: «Lo que de mí podrías recibir como ayuda es ofrenda», ése no tendrá que honrar a su padre y a su madre. Así habéis anulado la Palabra de Dios por vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres”. Luego llamó a la gente, y les dijo: “Oíd y entended. No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre”. Entonces se acercan los discípulos y le dicen: “¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oír tu palabra?” Él les respondió: “Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada de raíz. Dejadlos: son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo”. Tomando Pedro la palabra, le dijo: “Explícanos la parábola”. Él dijo: “¿También vosotros estáis todavía sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y luego se echa al excusado? En cambio lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre”. (Mt 25, 1-18)

Vemos en esta Parábola a Nuestro Señor agresivo y duro casi hasta rayar en la grosería; lo vemos también pesimista respecto del corazón del hombre.

¿Por qué es duro? Porque Cristo fue un hombre y no un merengue; y porque se encontraba delante del fariseísmo, que fue la cosa que más odió Cristo en su vida, por ser la cosa más repugnante y más peligrosa que existe, la falsificación de la religión, la hipocresía más sutil y profunda. Jesucristo era un hombre capaz de odiar, porque era capaz de amar y el que puede amar puede también odiar y odia todo lo que sea contrario a su amor.
Cristo amaba a Dios, la religión, los hombres; y los fariseos eran los peores enemigos de Dios, de la religión y de los hombres. Tomaban el nombre de Dios como un comodín; tomaban la religión como un negocio; y a sus prójimos los despreciaban y los tomaban como animales para ordeñar. Cristo, que siendo Hombre-Dios fue el hombre más religioso que ha existido (religión: unión del hombre con Dios), no les mandaba palabras dulces: los caló, los denunció, los increpó. Ellos mataron a Cristo.

No penséis que esta clase de hombres se ha acabado. El fariseísmo es eterno. La decadencia de la religión es fariseísmo, y la religión decae continuamente por fuera mientras Dios la vivifica por dentro, como un árbol que crece de por la raíz y echa sus cortezas viejas y sus hojas secas. Justamente la cosa que más me aterra y entristece del mundo actual es esa falsificación de la religión, y aun de la misma Iglesia, que empieza a brotar por todas partes. Dios odia eso.

¿Por qué Cristo describió tan feo el corazón del hombre, lo comparó a una letrina? Es claro que si lo que mancha al hombre es lo que sale del corazón, también lo que salva al hombre sale de su corazón, lo que lo purifica, lo que lo hermosea, lo que lo endiosa, sale de su corazón. ¿Por qué pues no dijo Cristo las dos cosas: el hombre es lo que es su corazón; de su corazón salen todos sus pecados; pero también en su corazón pueden habitar todas las virtudes? El corazón de un hombre puede ser el trono del Espíritu Santo.

Creo que dijo una sola parte porque de suyo, dejado solo, sin la gracia de Dios, el corazón del hombre segrega podredumbre. El hombre nace en pecado y es inclinado al mal desde su niñez. Sin el auxilio de Dios llamado la gracia, que se nos da invisiblemente, principalmente por medio de la oración y los sacramentos, el hombre no puede ser santo, una; no puede ser del todo recto, otra; y tercero, no puede salvarse, alcanzar su último fin y ser feliz. No de solo pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios; y la Palabra Máxima de la boca y del corazón de Dios es Cristo. No me puedo salvar yo solo a mí mismo, no me pueden salvar mi padre ni mi madre, no me puede salvar el Presidente Farrel, no me pueden salvar Churchill ni Roosevelt: el único que puede salvarme a mí es Cristo. El único que puede salvar al mundo es Cristo. No hay nadie Grande más que Dios, y los que están unidos con Dios, Cristo primero, después los Santos, después todos los que están en gracia de Dios.

Los fariseos pensaban que ellos se autosalvaban con las grandes virtudes que tenían o creían tener. El mundo de hoy está exactamente en el mismo tren: es un tren que anda descarrilando y chocando cada rato; es un tren que perdió la mano, que anda a contramano. Fíjense en todo lo que se hace y se dice y verán cómo Dios está ausente (a veces está en los labios pero no en el corazón), y está lleno de hombres que están salvando la Humanidad, la Civilización, la Nación, sin necesidad de Dios. Nos prometen restituir en la tierra el Paraíso Terrenal, sin necesidad de Dios. Se proponen reedificar la Torre que llegue hasta el cielo, el gran rascacielos, sin necesidad de Dios. Más aún, vuelan por el cielo y se proponen hacer lo mismo que hizo el primero que voló y dijo: “Pondré mi trono más arriba de las estrellas, seré igual que Dios” (Isaías, 14, 13-14); y se vino abajo. Tuvo un accidente del que todavía no se ha compuesto. No tiene compostura. Pues bien, el mundo anda por ese camino: prescinde del Corazón de Dios, de lo que salió de la boca de Dios, de la Esposa terrenal que salió del Costado de Cristo, la Iglesia, como Eva salió del costado de Adán. Y naturalmente, del corazón del hombre sale hoy día lo que dijo Cristo: crímenes, crueldades, injusticias y porquerías.

Amados hermanos, yo no quiero asustaros ni preocuparos más de lo justo, demasiadas cosas tristes y trabajosas tenemos los que estamos aquí; los que vienen a oír un sermón del Sagrado Corazón el Viernes después de la Octava de Corpus no son los adúlteros, los ladrones, los prepotentes ni los que se dan la gran vida en este mundo a costa del trabajo ajeno.

Pero yo os digo que si el mundo sigue en este tren, vamos al último choque. Yo espero que el mundo enderezará sus caminos, aunque no veo quién puede hacer eso fuera de una gran efusión milagrosa y gratuita del amor de Cristo. Yo espero en esa efusión, porque todavía no se han cumplido todas las profecías, por ejemplo, la conversión de los judíos. Pero si el mundo no endereza sus caminos, es cierto que vamos a los tiempos del Anticristo, a la última persecución, la más terrible de todas; a los tiempos que no los hubo peores desde el día del Diluvio, en que desfallecerán, si fuera posible, hasta los mismos escogidos, en que el mundo agonizará esperando la Segunda Venida del Salvador, y aparecerá un falso Salvador, hijo del Demonio, y el Demonio tendrá sobre el hombre un poder como nunca lo ha tenido, “a causa de que muchos harán la injusticia, y por eso se enfriará en sus corazones el amor”.

¿Y qué hemos de hacer? Lo primero, saber que no podemos hacer nada sin Cristo: “Sine Me nihil potestis facere”: sin Mí nada podéis hacer. Lo segundo, obrar enérgicamente nuestra salvación; y por medio de la nuestra, la del prójimo. Lo tercero, confiar inmensamente en la bondad y generosidad de Cristo. Éste es el sentido de las doce promesas. En el Evangelio hay promesas tan grandes como ésas, solamente que no son tan concretas. Cristo dijo: “El que dejare por Mí padre y madre, esposa, hijos, casa y posesiones, le daré el ciento por uno y después la vida eterna”. Cristo dijo: “Un vaso de agua que deis a un pobrecito por Mi Nombre no quedará sin recompensa”. La misma Gran Promesa que asusta a muchos no es nada inconcebible dentro de la Teología Católica. La Gran Promesa no significa que al que comulgue nueve primeros viernes de cualquier manera, Cristo lo va a llevar al Cielo, aunque después cometa todos los pecados que quiera. Eso es absurdo. Significa que al que haga ese esfuerzo notable (que en nuestros días es esfuerzo notable) de vivir un año entero rindiendo a Jesucristo ese gran homenaje, Cristo le dará gracias para vivir toda la vida sin pecado mortal, o por lo menos, de no morir con pecado mortal. ¿Acaso Cristo no ve desde ya todo lo que va a suceder? ¿Acaso Cristo no puede mandar la muerte después de la Nona Comunión a un hombre que Él viese que se había de perder si viviese muchos años?

El sentido de las doce promesas es éste: refugiaos del Diluvio de pecados de hoy día en la vida interior, en el cuidado de vuestra salvación; haced todo lo que podáis porque venga mi Reino, a pesar del poder del Reino de Satán; todos los demás asuntos vuestros, incluso el asunto temeroso de vuestra salvación, dejadlos por mi cuenta; yo respondo de todo. O sea, amadme sinceramente, imitad mi modo de ser, escondeos en mi Corazón y echad de vosotros todo temor. Yo soy el Principio y el Fin, el Alfa y el Omega: todo el que se confía a Mí no puede perecer.