El propósito esencial de la Revolución
el acto supremamente aceptable de culto a la Santísima Trinidad, y,
si es posible, su eliminación completa, es el objetivo final de la revolución”.
Por Rev. Denis Fahey (1883-1954), C.S.S. p., D.D., D.
Ph.
(Extracto
de su libro El Cuerpo Místico de Cristo y
la reorganización
de la Sociedad, original de 1939, edición en
español en Argentina de 2009)
Lo mismo que los miembros del cuerpo
humano están siempre destinados a funcionar de tal forma de promover el Bien
Común, que la cabeza tiene la función de discernir, así los católicos, como miembros
del vasto organismo del Cuerpo Místico, siempre deben esforzarse por promover
el programa de Cristo su Cabeza e impregnar la sociedad con el espíritu de la pertenencia
a Cristo.
La organización Cristiana de la sociedad
sostiene al hombre común en la difícil
tarea de vivir su vida diaria en armonía con el acto sobrenatural de sumisión a
la Santísima Trinidad que realiza en la Misa. De hecho, esta organización de la
sociedad bajo Cristo es indispensable para el hombre medio, primeramente debido
a la tendencia de la vida natural de los hijos caídos del primer Adán a
rebelarse contra su Vida Sobrenatural y a arriesgar su verdadera felicidad, y,
en segundo lugar, porque hay fuerzas naturalistas organizadas existentes
prontas a prostituirse, al egocentrismo de los seres humanos y hacer así lo
posible por lanzarlos contra Cristo Rey y la Vida Sobrenatural. La estructura
cristiana de la sociedad está destinada a servir de bastión contra estas
fuerzas naturalistas o antisobrenaturales organizadas, dos de las cuales son
visibles, en tanto que una es invisible. La hueste invisible es la de Satanás y
sus compañeros los demonios; las fuerzas visibles son las de la nación judía y
la masonería. Ellas apuntan, en primer lugar, a des-sobrenaturalizar la vida
social, política y económica, de modo que, apenas deja la iglesia después de la
Misa, el ser humano medio se encuentre impedido en sus esfuerzos para vivir su
vida como miembro de Cristo.
Cuando ese proceso se ha prolongado lo
suficiente como para agitar las semillas de la rebelión contra la Vida
Sobrenatural en un amplio sector del organismo social, entonces comienza el
ataque contra la Misa. La rebelión del organismo social como tal contra la
Misa, el acto supremamente aceptable de culto a la Santísima Trinidad, y, si es
posible, su eliminación completa, es el objetivo final de la revolución.
Las revoluciones contra la Iglesia
Católica y contra la Misa no son levantamientos espontáneos de la gente. Son
movimientos hábilmente preparados con mucha anticipación por las fuerzas
naturalistas mencionadas más arriba y sus subordinados. “La revolución es un arte
–escribe Oldstock Ryder en The Great
Conspiracy (La Gran Conspiración)- pero los revolucionarios quisieran
hacernos creer que es un cataclismo natural, tan inevitable como una erupción
volcánica, una explosión espontánea de rebelión popular contra injusticias
insufribles…
El arte de la revolución es aquél por el
cual una minoría pequeña pero bien organizada constriñe a una mayoría renuente
pero desorganizada a someterse al derrocamiento del Estado y a la dictadura de
unos pocos agitadores profesionales que se apoderan del poder en nombre del
Pueblo. El método sigue siendo el mismo que en 1789-1793, primero crear una
atmósfera revolucionaria explotando los agravios existentes o las privaciones
de cualquier sector de la población. En segundo lugar, allí donde no los hay se
debe crear agravios populares…En tercer lugar, habiendo preparado así la
escena, se debe organizar manifestaciones que darán al movimiento la apariencia
de un levantamiento espontáneo de las masas. En cuarto lugar, el comercio y la
industria deben ser trabados y finalmente paralizados por huelgas y amenazas
revolucionarias, creando desempleo y descontento generalizado…
Por último, se debe reclutar y armar
fuerzas de extranjeros, de criminales y de truhanes para dominar las fuerzas
del Estado y para inducir, por medio del terror, a la mayoría que cumple con la
ley, a someterse. Y esta trágica farsa debe ser puesta en escena en nombre de
todo el pueblo, y es aplaudida como una noble rebelión contra la tiranía y la
injusticia.
Los pobres actores engañados sobre la
escena de la revolución son, quizás en la mayoría de los casos, inconscientes
de que son los instrumentos de fuerzas superiores.