Mostrando entradas con la etiqueta Monseñor Freppel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Monseñor Freppel. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de abril de 2015

DOMINICOS DE AVRILLÉ: LA IMPORTANCIA DE LOS PRINCIPIOS



Mons. Freppel - Card. Pie - Dom Gueranger




Le Sel de la Terre n° 92, en el sitio oficial de los Dominicos de Avrillé.

Editorial
La importancia de los principios

En una sociedad que se hunde de todas partes, me pareció que por principio, hay que enderezar las ideas. Lo que se necesita, es mejorar el fondo de las cosas a la luz de los principios. No hay otra regla de reforma que el buscar la verdad y confesarla pase lo que pase (Fréderic Le Play en 1865[1]).

Sepamos reconocer finalmente que el abandono de los principios es la verdadera causa de nuestros desastres (Conde de Chambord, el 8 de mayo de 1871[2]).

✵

MONSEÑOR CHARLES-EMILE FREPPEL (1827-1891, obispo de Angers a partir de 1870) señalaba la importancia de los principios:

La mayor desgracia para un siglo o para un país, es el abandono o disminución de la verdad. Podemos recuperarnos de todo lo demás, pero jamás nos recuperamos del sacrificio de los principios. Los caracteres pueden desviarse en momentos determinados, y la moral pública puede recibir algunos ataques del vicio o del mal ejemplo, pero nada está perdido mientras que las verdaderas doctrinas permanezcan de pie en su integridad. Con ellas, todo podrá rehacerse tarde o temprano, los hombres y las instituciones, porque siempre somos capaces de regresar al bien cuando no hemos abandonado la verdad. Lo que suprimiría hasta la misma esperanza de salvación, sería la deserción de los principios, fuera de los cuales nada sólido ni durable puede edificarse. Así, el más grande servicio que el hombre puede dar a sus semejantes en épocas de desfallecimiento o de oscurecimiento, es el afirmar la verdad sin temor, incluso si no lo escuchan; pues es un rayo de luz que él abre a través de las inteligencias; y si su voz no llega a dominar los ruidos del momento, por lo menos ésta será acogida en el futuro como la mensajera de salvación[3].

¿De qué principios se trata?

En filosofía tomista, se define así el principio: “Es a partir del cual alguna cosa procede, de una manera o de otra -id a quo aliquid procedit quocumque modo. »

Por ejemplo, el punto es el principio de la línea que lo prolonga, la mañana es el principio del día que le sigue, el Padre es el principio del Hijo en la Santísima Trinidad, el fuego es el principio del calor (de manera general, la causa es el principio de su efecto), etc.

Cuando hablamos de la importancia de los principios, queremos hablar de los principios del razonamiento. Estos son de dos clases: los principios especulativos, que están en la base de las ciencias, y los principios prácticos, que son el fundamento de la moral.

En la cita de Mons. Freppel, donde trata de “moral pública” y de las “instituciones”, el contexto muestra que se trata de principios prácticos, es decir, las principales verdades de la doctrina moral y política. El Syllabus de Pio IX es un ejemplo de tales principios[4]. El Decálogo es en sí mismo un enunciado de los principios de la moral.

¿Son inmutables los principios?

No es porque hablamos de principios prácticos -en oposición a los principios especulativos en el origen de las ciencias especulativas- que se debe imaginar que estos principios solo tienen un valor relativo.

Leemos en una revista reciente de la Tradición que el principio de orden práctico -a diferencia del principio especulativo- sería “doble” y que “las verdades que se derivan de un doble principio de orden práctico” serían entonces “relativas”.

martes, 14 de octubre de 2014

GUERRA





El Sínodo sobre la familia, especie de nuevo conciliábulo Vaticano III que aparentemente buscaría aplicar hasta sus últimas consecuencias el Vaticano II, quitando las barreras católicas que aún se mantenían en pie, ha originado una nueva dialéctica en el seno de la iglesia conciliar y entre la opinión pública en general, llegando sus efectos, a través de la mediatización vía internet, hasta los movimientos conservadores y de la Tradición católica.

Así la ya conocida pugna entre “conservadores” vs. “ultraprogresistas” o “derecha” vs. “izquierda” se reedita, en este caso teniendo como puntales de ambas posturas por un lado al Cardenal Kasper (delfín de Francisco) y por el otro al Cardenal Müller (abanderado del ala más “ortodoxa” o “conservadora”).

Pero sea que el Card. Müller forme parte de una patraña bien orquestada, o sea que su progresismo no concibe llegar tan lejos como pretende Francisco (lo cual es muy dudoso e improbable teniendo en cuenta su adscripción notoria a la Teología de la Liberación, recordemos además que Müller fue hecho Cardenal por el propio Francisco), lo cierto es que parece tratarse de una maniobra para contentar al ala liberal más conservadora de la curia que se ha visto superada en sus previsiones ante el explosivamente escandaloso pontificado de Francisco. De esta manera una interna diferencial entre liberales-progres y liberales-conservadores, o liberales-ultras y liberales- moderados se estaría dando en el seno de la iglesia surgida del Vaticano II. Pero no cabe sino decir que lo que estos obispos ahora cuestionan por parte del Sínodo de Kasper y Francisco, no es otra cosa que las consecuencias del tan defendido por ellos Concilio Vaticano II, de manera que Francisco está siendo coherente con lo que postularon y realizaron sus antecesores (el mismo “canonizado” Juan Pablo II, admirado por todos los que ahora se levantan fue quien hizo cardenal a Kasper), con la diferencia que su estilo no es disimulado sino abiertamente heretizante y apostático, además de farsesco y chabacano. De manera que aquellos que erigieron altares a los principios liberales, ahora se horrorizan y pretenden condenar sus consecuencias, porque los bárbaros han invadido la ciudad. Es como una bailarina de ballet clásico que aceptó ir al programa televisivo del pornógrafo Tinelli, y una vez allí se negó a “hacer cosas desagradables”. ¿Pero entonces para qué fue? Una vez dentro de la porqueriza, inevitable es ensuciarse. ¿Los obispos que abandonaron y dejaron solo a Mons. Lefebvre, querían aggiornar la Iglesia al mundo? Bueno, entonces deben felicitar a Francisco, pues lo está haciendo a las mil maravillas. ¿Que este mundo sodomizado no les gusta? Pues hagan su mea culpa, porque la pudrición comenzó a acelerarse cuando la Iglesia fue ocupada por sus enemigos en el Vaticano II. Su venerada libertad religiosa, su desacralización, su rechazo de Cristo Rey de las Naciones, así se lo está cobrando el diablo.

Además, en castigo por sus infidelidades y tibiezas en el orden de los principios, Dios los ha castigado enviándoles un azote llamado Francisco, que no tendrá consideraciones misericordiosas (pese a su constante palabreo en contrario) para “depurar” el terreno en vistas al establecimiento de la Nueva Iglesia que demanda el Nuevo orden Mundial.

viernes, 6 de septiembre de 2013

LOS GRANDES EJEMPLOS



“No conozco páginas más bellas en la historia que aquellas donde veo una gran causa en apariencia vencida, y que encuentra a su servicio hombres tan arrojados que no se entregan a la desesperanza. He ahí los grandes ejemplos que conviene proponer a la generación de nuestro tiempo, para inclinarla a que pongan al servicio de la religión y de la patria un coraje que no se deje quebrar por las derrotas pasajeras del derecho y de la verdad...
Pero cualesquiera sean las alternativas de reveses o de éxitos que el futuro les reserve, la recomendación que yo querría darles es que jamás se entreguen al desaliento. Porque Dios, de quien somos y para quien vivimos, no nos manda vencer sino combatir. El honor de una vida, así como su verdadero mérito, consisten en poder repetir hasta el fin aquellas palabras del divino Maestro: "Lo que debimos hacer, lo hicimos" (Lc 17,10). El resto hay que dejarlo en manos de Dios, que da la victoria o que permite la derrota, y que hace contribuir a una y a otra al cumplimiento de sus eternos e impenetrables designios.”

Monseñor Charles Émile Freppel (1827-1891), obispo de Angers (Francia).


jueves, 29 de agosto de 2013

CRISIS EN LA FSSPX: CONSEJOS DE SAN HILARIO, DEL CARDENAL PIE, DE DOM MARMION, DE MONSEÑOR FREPPEL Y MONSEÑOR LEFEBVRE.-




Les presentamos extractos sacados del artículo Monseñor Lefebvre, Roma y los ralliés. Este artículo fue publicado hace aproximadamente un año en antimodernisme.info, sitio que fue suprimido por causa de las intimidaciones de Menzingen. Este artículo estaba destinado a luchar contra los acuerdos con Roma. Demuestra que nosotros, en conciencia, no podemos alinearnos con la posición de los que ya hicieron el acuerdo con Roma. Nosotros vamos a utilizar estos extractos agregando entre paréntesis un comentario (en rojo); veremos que esto podrá ayudarnos a ver claro en cuanto a la conducta a adoptar respecto de Monseñor Fellay.

SAN HILARIO




 (…) Nosotros debemos en todas las cosas actuar para agradar a Dios y no a los hombres: “¿Me concilio con el favor de los hombres o con el de Dios? Si agrado a los hombres, yo no seré servidor de Cristo” (Gál. 1,19).
En la crisis de la Iglesia, nuestra intención no puede ser el buscar la seguridad de un reconocimiento social por la autoridad eclesiástica, ni de seguir una falsa paz (con Menzingen) que nos dispense del combate, ni establecer un acuerdo o una unidad que no es más que una mentira.
Dom Guéranger, en la fiesta de san Hilario, exalta el valor de este gran defensor de la fe, quien no tuvo que combatir contra un perseguidor que amenazara las vidas, sino con uno que seducía los espíritus, halagando los corazones para mejor perderlos (proponiéndoles un traslado-promoción por ejemplo). El nos señaló las quejas de san Hilario a Dios:
Oh Dios todopoderoso, «Contra tus enemigos declarados, hubiera combatido con gozo. (…) Pero hoy en día tenemos que combatir contra un persecutor disfrazado, contra un enemigo que nos halaga, contra Constancio el anticristo (contra Monseñor Fellay), quien tiene para nosotros, no golpes sino caricias, que no proscribe a sus víctimas para darles la verdadera vida, sino que los colma de riquezas para darles la muerte; que no les otorga la libertad de los calabozos, sino que les da una servidumbre de honores en sus palacios; que no desgarra los flancos, sino que invade los corazones. (…) Él no disputa el miedo de ser vencido, sino que adula para dominar; (…) él procura una falsa unidad para que no haya paz; él se enfurece contra ciertos errores para mejor destruir la doctrina de Cristo; él honra a los obispos a fin de que dejen de ser obispos; él construye iglesias arruinando la fe. (…)”
Es fácil y posible establecer un paralelismo con las actuales autoridades de la Iglesia (y con Monseñor Fellay) en sus relaciones con aquellos que quieren permanecer fieles a la fe, mientras que gozan de los beneficios que se les ofrecen: honores, el abandono del combate doctrinal, la falsa unidad.
Don Guéranger nos da la causa de esto: el espíritu mundano, la falta de una fe profunda que conduzca y dirija todos los actos de la vida, la costumbre de la diplomacia más que el combate sin misericordia contra los enemigos de la fe. Esto es lo que él dice: “En todas las épocas, la Iglesia ha tenido en su seno los fieles a medias que, sea por la educación, por un cierto bienestar, por su éxito, influencia o talento, permanecen entre los católicos pero que el espíritu del mundo ha pervertido. Ellos se han hecho una iglesia humana, porque el naturalismo habiendo falseado su espíritu, se volvieron incapaces de captar la esencia sobrenatural de la Iglesia verdadera. Acostumbrados a los cambios en las políticas, adeptos a los trucos por los que los estadistas vienen a mantener un equilibrio pasajero a través de las crisis, les parece que la Iglesia en la declaración misma de sus dogmas, debe contar con enemigos, pues ella podría confundirse sobre la conveniencia de sus resoluciones, en una palabra, que la precipitación puede atraer sobre ella y sobre los que comprometerá con ella, un descrédito funesto.

CARDENAL PIE




El Cardenal Pie hace hablar a San Hilario como sigue: “Temo la terrible responsabilidad que pesaría sobre mí por la connivencia, por la complicidad de mi silencio (no denunciando a Monseñor Fellay). Temo el juicio de Dios, temo por mis hermanos que han salido del camino de la verdad, temo por mí, pues mi deber es traerlos de vuelta”. Y agregamos: “Pero ¿no hay reticencias permitidas, o miramientos necesarios?” Hilario respondió que la Iglesia no tiene necesidad que le enseñemos, y que ella no puede olvidar su misión esencial. Esta misión es: “Ministros de la verdad, les corresponde declarar lo que es verdad”. (Obras del Cardenal Pie, tomo 6, 14 de enero de 1870) (Dom Guéranger, Año Litúrgico, Navidad, en la fiesta de San Hilario) (…).


DOM MARMION




Dom Marmion, La unión con Dios, DDB 1937, pág.23:
« 1. Examinen a fondo la intención con la cual actúan. El amor con el que ustedes actúen es mil veces más importante que la exactitud material que aporten en sus acciones.
2- Examínense para ver si su corazón es completamente libre:
a - en relación a las personas;
b- en relación a las ocupaciones, estando dispuestos en todo momento a cambiar de ocupación al menor signo de la divina voluntad;
c - en relación a las cosas, no quedándose con nada, ni para ustedes, ni para los otros si la caridad lo demanda”.


MONSEÑOR FREPPEL




Los adheridos a Roma (y ahora los sacerdotes y fieles de la FSSPX), están amenazados por la “peste del indiferentismo”, pues colocan la verdad y el error en igualdad, (como lo vimos en la Declaración del 15 de abril de 2012 que sostiene, como los adheridos a Roma, que la misa de Paulo VI está legítimamente promulgada y que se puede aceptar al Vaticano II, los nuevos sacramentos y el nuevo código de derecho canónico a la luz de la Tradición). ¿Qué remedio darles?

Pongamos atención a la advertencia de Monseñor Freppel:

« La mayor desgracia para un siglo o un país, es el abandono o la disminución de la verdad. Podemos recuperarnos de todo lo demás,  pero jamás nos recuperamos del sacrificio de los principios. Los caracteres pueden doblarse en momentos determinados y la moral pública puede recibir alguna ofensa del vicio o del mal ejemplo, pero no se pierde nada si las verdaderas doctrinas se sostienen en su integridad. Con ellas, todo podrá rehacerse tarde o temprano, los hombres y las instituciones, porque siempre somos capaces de regresar al bien cuando no hemos abandonado la verdad.
Lo que retiraría hasta la misma esperanza de salvación, es la deserción de los principios, fuera de los cuales nada hay sólido ni durable. El más grande servicio que puede hacer un hombre a sus semejantes en épocas de desfallecimiento y oscurecimiento, es el de afirmar la verdad sin temor, aunque no la escuchen; Porque es un surco de luz que se abre a través de las inteligencias y, si su voz no llega a dominar los ruidos del momento, por lo menos será recogida en el futuro como la mensajera de la salvación." (Monseñor Freppel, Panegírico de San Hilario, 19 de enero de 1873)


MONSEÑOR LEFEBVRE





Monseñor Lefebvre dió en marzo de 1988, algunas nociones sobre la obediencia. Helas aquí:

« Los principios que determinan la obediencia son conocidos y tan conformes a la sana razón y al sentido común que uno se pregunta cómo las personas inteligentes pueden afirmar que prefieren equivocarse con el Papa, que estar en la Verdad en contra del Papa.

« Esto no es lo que nos enseña la ley natural, ni el Magisterio de la Iglesia. La obediencia supone una autoridad que da una orden o promulga una ley. Las autoridades humanas, incluso las instituidas por Dios (Monseñor Fellay) no tienen más autoridad que alcanzar el fin asignado por Dios y no para desviarse de él. Cuando una autoridad (ej. Monseñor Fellay) usa de su poder en contra de la ley por la cual su poder se le otorgó, no tiene derecho a la obediencia y debemos desobedecerla.

Se acepta esta necesidad de la desobediencia respecto al padre de familia que alienta a su hija para prostituirse, respecto de la autoridad civil que obliga a los médicos a provocar abortos y matar inocentes, pero se acepta a cualquier precio la autoridad del Papa (o de Monseñor Fellay) que sería infalible en su gobierno y en todas sus palabras. Es desconocer la historia e ignorar lo que en realidad es la infalibilidad.

San Pablo reprendió a San Pedro que no “caminaba según la verdad del Evangelio” (Gal. II, 14). San Pablo alienta a los fieles a no obedecerle si llegaba a predicar otro Evangelio que el que había enseñado con anterioridad (Gal. I,8).

Cuando Santo Tomás habla de la corrección fraterna, hace alusión a la resistencia de San Pablo respecto a San Pedro y lo comenta así: “Resistir públicamente sobrepasa la medida de la corrección fraternal. San Pablo no lo hubiera hecho hacia San Pedro si no hubiera sido su igual de alguna manera… sin embargo, hay que saber que si se trata de un peligro para la fe, los superiores deben ser reprendidos por sus inferiores, incluso públicamente. Esto es evidente por la forma y la razón de actuar de San Pablo respecto a San Pedro,  que fue objeto de esta reprensión, de tal suerte,  dice la Glosa de Agustín, "que el mismo Jefe de la Iglesia ha mostrado a los superiores (como Monseñor Fellay, por ejemplo) que si llegaran a dejar el camino recto, aceptasen ser corregidos por sus inferiores”  (Santo Tomás. 2a. 2ae. q. 33. art. 4. ad 2).

El caso que evoca Santo Tomás de Aquino no es quimérico ya que tuvo lugar durante la vida de Juan XXII. Éste creyó poder afirmar como una opinión personal que las almas de los elegidos no gozarían de la visión beatífica hasta después del juicio final. Él escribió esta opinión en 1331 y en 1332 predicó una opinión semejante respecto de la pena de los condenados. Él pensaba proponer esta opinión por un decreto solemne.

Pero las vivas reacciones por parte de los Dominicos, sobre todo los de París y de los Franciscanos, lo hicieron renunciar a esta opinión a favor de la opinión tradicional definida por su sucesor Benedicto XII en 1336.

Y he aquí lo que dice el Papa León XIII en su Encíclica Libertas praestantissimum del 20 de junio de 1888: “Supongamos que haya una prescripción de un poder cualquiera (ejemplo: el poder de Monseñor Fellay) que estuviera en desacuerdo con los principios de la recta razón y de los intereses del bien público (con mayor razón con los principios de la fe), ella no tendría ninguna fuerza de ley…” y un poco más adelante: “Tan pronto como el derecho de mandar constituya una falta o que la orden sea contraria a la razón, a la ley eterna, a la autoridad de Dios, entonces es legítimo desobedecer, nos referimos a los hombres, a fin de obedecer a Dios".

Pues nuestra desobediencia está motivada por la necesidad de conservar la fe católica. Las órdenes que nos dan expresan claramente que son para obligarnos a someternos sin reserva al concilio Vaticano II, a las reformas posconciliares y a las prescripciones de la Santa Sede, es decir, a orientaciones y acciones que minan nuestra fe y destruyen la Iglesia, a lo cual es imposible reducirnos. Colaborar a la destrucción de la Iglesia, es traicionar a la Iglesia y a Nuestro Señor Jesucristo.

Pues todos los teólogos dignos de ese nombre enseñan que si el Papa (o Monseñor Fellay) por sus acciones destruye la Iglesia, no podemos obedecerlo, (Vitoria, Obras, pp. 486- 487; Suarez, de fide, disp. X, sec. VI. n°16 ; saint Robert Bellarmin, De Rom. Pont., livre II. c. 29; Cornélius a Lapide, ad Gal. 2, 11, etc...) y él debe ser reprendido respetuosamente pero públicamente.

Los principios de la obediencia a la autoridad del Papa son aquellos que ordenan las relaciones entre una autoridad delegada (ej. Monseñor Fellay) y sus subordinados. No se aplican a la autoridad divina que siempre es infalible e indefectible y que por lo tanto no supone ninguna falla.

En la medida en que Dios comunique su infabilidad al Papa, y en la medida que el Papa crea usar de esta infabilidad, que comporta condiciones muy precisas para su ejercicio, no puede haber error.

Pero fuera de este caso preciso, la autoridad del Papa es falible y de este modo los criterios que obligan a la obediencia se aplican a sus actos. No es inconcebible que haya un deber de desobediencia respecto al Papa.

La autoridad que le ha sido conferida lo ha sido por fines precisos y en definitiva por la gloria de la Trinidad, de Nuestro Señor Jesucristo y la salvación de las almas.

Todo lo que realice el Papa (o Monseñor Fellay) en oposición con este fin, no tiene ningún valor legal y ningún derecho a la obediencia, mas bién obligaría a la desobediencia para permanecer en la obediencia a Dios y en la fidelidad a la Iglesia. (…)”.

(Monseñor Lefebvre, « La obediencia, ¿puede obligarnos a desobedecer?” 29 de marzo de 1988, Fideliter, 29-30 de junio de 1988).


miércoles, 3 de julio de 2013

EN MEMORIA DE UN PRINCIPIO EN VÍAS DE DESAPARICIÓN: “NO AL ACUERDO CANÓNICO ANTES DE UN ACUERDO DOCTRINAL”





POR UN SACERDOTE.

    
Si Monseñor Freppel señalaba con razón que el abandono de los principios conduce inevitablemente a la catástrofe, el cardenal Pie nos deja una esperanza al afirmar que un pequeño número de reclamantes es suficiente para salvar su integridad y mantener la oportunidad de un restablecimiento del orden. Desde el mes de julio de 2012, el capítulo de los superiores de la FSSPX parece haber repudiado un principio que había mantenido firmemente hasta entonces, a saber, que no es posible contemplar un acuerdo práctico con el Vaticano, antes que la cuestión doctrinal se resuelva.

El 13 de octubre siguiente, Monseñor de Galarreta tuvo a bien explicarnos que:

“Lo que se hizo fue volver a tomar toda la cuestión doctrinal y litúrgica para hacerlo una cuestión práctica”

El orden ya no se respeta y no podemos más que temer la advertencia de San Pío X:

“Si la regla parece un obstáculo para la acción, se dice que disimular y transigir facilitan el éxito: entonces se olvidan las reglas seguras, se oscurecen los principios bajo el pretexto de un bien que no es más que aparente. ¿Qué quedará de esta construcción sin fundamentos, construida sobre la arena?”.


El objetivo de nuestro estudio es entonces demostrar, basándonos en la Revelación, en la Tradición y las declaraciones concordantes de los cuatro obispos consagrados por Monseñor Lefebvre junto con este, que el principio mencionado es absolutamente católico, y no puede sufrir ni el abandono, ni la excepción, siendo querido por Dios mismo, y no forjado por algún pensador tradicionalista alérgico a cualquier acuerdo.

I – La Revelación

En el Antiguo como en el Nuevo Testamento, es la voluntad firmísima y explícita de Dios, que los hombres a los que se digna gratificar con su doctrina pura y verdadera se abstengan absolutamente  de asociarse con los que profesan una diferente, a riesgo de prevaricar.

Es la primera recomendación que Él quiere hacerle a Moisés, cuando concluye la alianza con él:

“Abstente de aliarte con los habitantes de los países adonde vas, por temor de que sean para ti una trampa. Pero derribarás sus altares y quebrantarás sus ídolos…” (Éxodo, 34,11)

Nuestro Señor, a su vez, frecuentemente advertirá a sus discípulos contra la levadura de la doctrina de los fariseos y de los Saduceos (Mt 16, 6; Mc 8, 15), contra los profetas falsos revestidos de piel de oveja (Mt 7, 15) que inducirán a mucha gente en error (Mt 24, 11) y hasta a los elegidos si fuera posible (Mt 24, 24).

Los Apóstoles estarán tan marcados por estas advertencias del divino Maestro, que las transmiten con fuerza a sus propios discípulos:

- “Os exhorto, hermanos que observéis a los que son contrarios a la enseñanza que habéis aprendido: evitadlos, porque estos tales no sirven a Nuestro Señor Jesucristo”. (Rom. 16, 17).
- «Lo repito: si alguno os predica un Evangelio diferente al que vosotros habéis recibido, que sea anatema.”(Gal. 1, 9).
- « Si alguien viene a vosotros que profese una doctrina diferente, no lo recibáis y no lo saludéis. Porque quien los saluda, participa en sus obras perversas” (2 Juan 10).

Podríamos agregar otros pasajes de la Escritura, pero éstos son bastante suficientes, estando dictados por el Espíritu Santo, para convencernos  que el deber de evitar a los fautores de la herejía es de derecho divino.

II – La Tradición

Los primeros Padres de la Iglesia, no podían olvidar estos anatemas doctrinales, y no pueden más que repetir en todos los tonos, la exhortación de san Pablo:

 “¡Huid del hereje!” (Tito 3, 10)

“Huid de los herejes, ellos son los sucesores del diablo que logró seducir a la primera mujer” (San Ignacio de Antioquía)

“¡Huid de todos los herejes!” (San Irineo)

“¡Huid del veneno de los herejes!” (San Antonio del desierto)

“¡No te sientes con los herejes!” (San Efrén)

Y San Vicente de Lérins nos dice:

“El Apóstol ordena esta intransigencia a todas las generaciones: siempre habrá que anatemizar a aquéllos que tienen una doctrina contraria a la recibida”. Es por eso, que en el siglo XIX, Dom Guéranger le escribirá a Monseñor de Astros:

“Uno de los medios de conservar la fe, una de las primeras marcas de unidad, es la huida de los herejes”.

Efectivamente, esta “primera marca de la unidad” concierne evidentemente a la unidad de fe, la primera nota característica de la Iglesia católica, que no puede tener más que “Un solo Señor y una sola fe” (Efesios 4,5). Esta misma Iglesia, advierte solemnemente a los futuros sub-diáconos así:

“Permaneced firmes en la verdadera fe católica, pues según el Apóstol, todo lo que no proviene de la fe es pecado (Rom. 14,23), cisma, extranjero a la unidad de la Iglesia”.

También, para mejor comprender no solamente la antigüedad, sino sobre todo el carácter absoluto de nuestro principio, hay que conservar bien grabado en nuestro espíritu que durante más de dos mil años de cisma entre los bizantinos y Roma, jamás, sin excepción, se concluyó un solo acuerdo canónico con los Uniatas antes de que hubieran reconocido la doctrina católica sobre los dogmas controvertidos (Filioque, Primado del Papa, etc.).

Esto es lo que recordó el Cardenal Ottaviani, Prefecto del Santo Oficio, la víspera del Concilio:

“Una vez reconocida la verdad, esta verdad sobre la cual la Iglesia no puede transigir, todos los hijos que regresen a ella encontrarán esta Madre dispuesta a todas las larguezas que Ella puede acordar en materia de liturgia, de tradiciones, de disciplina y de humanidad” (Itinéraires n° 70, pág.6).

III- Las declaraciones de nuestros obispos.

MONSEÑOR LEFEBVRE: “Suponiendo que Roma nos llamara, que quisiera recibirnos, volver a hablar, entonces soy yo quien pondría las condiciones. Ya no aceptaría encontrarme  en la situación en que nos ha dejado los coloquios. Eso ya terminó. Yo colocaría la cuestión en el plano doctrinal. “¿Están de acuerdo con las grandes encíclicas de todos los Papas que les han precedido? (…) Si no aceptan la doctrina de sus predecesores, entonces es inútil hablar. Mientras no acepten una reforma del Concilio teniendo en cuenta la doctrina de estos Papas que les han precedido, no hay diálogo posible. Es inútil. Las posturas serían más claras”. (Fideliter n°66, nov-dic de 1988)

MONSEÑOR WILLIAMSON: “El más grande desafío para la Fraternidad en los próximos años, será el de comprender la primacía de la doctrina, de tomar la mesura de todas las cosas y de obrar en consecuencia. En nuestro mundo sentimental, la tentación constante es el seguir los sentimientos. No seguir los sentimientos, es lo que caracterizó a Monseñor Lefebvre, y si, a este respecto, nosotros no lo imitamos, la Fraternidad seguirá la vía de la carne, es decir, en los brazos de los destructores (objetivos) de la Iglesia. (…) ¡Doctrina, doctrina, doctrina! (Angelus press, 21 de junio de 2008).

MONSEÑOR FELLAY: “La clara percepción de la cuestión clave que acabamos de describir, nos prohíbe poner en el mismo plano las dos cuestiones. Es tan claro para nosotros que la cuestión de la fe y del espíritu de fe es tan primordial, que no podemos contemplar una solución práctica antes de que la primera cuestión no encuentre una segura solución” (…)

“Cada día nos aporta pruebas suplementarias de la necesidad de clarificar al máximo las cuestiones subyacentes (de doctrina) antes de ir más adelante en una solución canónica, que sin embargo no es desagradable para nosotros. Pero hay un orden de naturaleza, e invertir las cosas nos pondría inevitablemente en una situación insoportable; tenemos la prueba de esto todos los días. Lo que está en juego es ni más ni menos que nuestra existencia futura” (LAB n°73 del 23 de octubre de 2008).

MONSEÑOR DE GALARRETA: “Hay evidentemente una voluntad de conmovernos, de atemorizarnos ejerciendo presión en el sentido de un acuerdo puramente práctico, que ha sido siempre la proposición de Su Eminencia (el cardenal Hoyos). Evidentemente, ustedes ya conocen nuestra forma de pensar. Esta vía es una vía muerta; para nosotros, es la vía de la muerte. Por lo tanto para nosotros no es cuestión de seguirla. No podemos comprometernos a traicionar la confesión pública de la fe. Esto no está en cuestión. Es imposible” (Sermón del 27 de junio de 2008 en Ecône). 

“No ha llegado el momento de cambiar la decisión del Capítulo de 2006: No al acuerdo práctico sin solución de la cuestión doctrinal”. (Informe leído en el Capítulo de Albano, 7 de octubre de 2011, difundido por Tradinews).

MONSEÑOR TISSIER DE MALLERAIS: “Nos rehusamos a un acuerdo puramente práctico porque la cuestión doctrinal es primordial. La fe es antes que la legalidad. No podemos aceptar una legalización sin que el problema de la fe sea resuelto. (…) Se trata de una nueva religión que no es la religión católica. Con esta religión, nosotros no queremos ningún compromiso, ningún riesgo de corrupción,  incluso ninguna apariencia de conciliación, y es esta apariencia la que daría nuestra supuesta “regularización”. (Entrevista a Rivarol del 1 de junio de 2012).

Conclusión:    
      
-El principio: “No al acuerdo canónico antes de un acuerdo doctrinal”, es un principio:

-Fundado en la Palabra de Dios que nos prohíbe formalmente asociarnos con los que profesan una doctrina diferente que la transmitida por la Iglesia, “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim. 3,15), en particular por más de mil años en sus discusiones con los cismáticos orientales.

-Absoluto, sin sufrir rodeos, reducción o excepción, porque concierne al “orden de la naturaleza” como justamente escribió Monseñor Fellay en otro tiempo, y no a un proceso convencional.

En consecuencia. Si es verdad que uno no se recupera del abandono de los principios, sobre todo los más graves porque tocan la fe, debemos hoy más que nunca no solamente mantener este principio, sino que debemos velar para que no sea olvidado, alterado o rodeado, y proclamarlo contra viento y marea a todas las almas de buena voluntad.

¡Que los Santísimos Corazones de Jesús y de María vengan en nuestra ayuda en el verdadero combate de la fe, y nos guarden siempre en Su amor!