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jueves, 31 de diciembre de 2020

ARGENTINA Y EL ABORTO: DUELO NACIONAL PERMANENTE

 


“Ante el trono de Dios todos los santos claman:

toma venganza de nuestra sangre, Dios nuestro”.

(Antífona de Laudes de la fiesta de Los Santos inocentes, mártires).

 

“La democracia es el mal; la democracia es la muerte.”

(Charles Maurras)

 

“Las matanzas democráticas pertenecen a la lógica del sistema. Las antiguas matanzas al ilogismo del hombre”.

(Nicolás Gómez Dávila)

 

“La democracia celebra el culto de la humanidad sobre una pirámide de cadáveres”.

(Nicolás Gómez Dávila)

 

“La providencia resolvió entregar al demócrata la victoria y al reaccionario la verdad”.

(Nicolás Gómez Dávila)

 

sábado, 22 de agosto de 2020

AFORISMOS REACCIONARIOS






“El reaccionario no escribe para convencer. Meramente transmite a sus futuros cómplices el legajo de un pleito sagrado”.

Nicolás Gómez Dávila

martes, 6 de septiembre de 2016

EL ÚLTIMO LUGAR





“Lo que nadie envidia es el último lugar. Y este último lugar es lo único que no es vanidad y aflicción de espíritu…Sin embargo, “el hombre no es dueño de su camino”, y a veces comprobamos con sorpresa que estamos deseando lo que brilla. Entonces, coloquémonos humildemente entre los imperfectos, considerémonos almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener a cada instante.
Cuando él nos ve profundamente convencidas de nuestra nada, nos tiende la mano; pero si seguimos tratando de hacer algo grande –aunque sea bajo pretexto de celo- Jesús nos deja solas”.

Santa Teresa del Niño Jesús



La Parábola del Último lugar (leída el Domingo próximo pasado) no deja de ser un permanente aviso y llamado a combatir la soberbia que nos lleva a buscar los mejores y privilegiados lugares, y en el caso de los católicos de la Tradición o Resistencia, con la “excusa” de poder realizar un mejor apostolado, de hacer valer un “derecho” o de “hacer más visible y destacada” la fe. Dijo Nuestro Señor de los Fariseos que “quieren tener los primeros puestos en los banquetes y en las sinagogas” (Mt. 23,6), porque aman el ser vistos y ser tenidos por los mejores, los más observantes y los más ejemplares. La situación no deja de repetirse en sus diferentes caracteres protagónicos y hasta en apariencia antagónicos entre sí, ya sea en disputas o en negociaciones y “diálogos cordiales” por el privilegio de ser quien más cerca se siente de la cabecera en el banquete. Veamos lo que ocurre en las filas de la Tradición católica.

1)Los líderes de la Neo-FSSPX, claman desde hace mucho tiempo y cada vez con mayor premura por lograr ubicación destacada y “reconocida” en el banquete conciliar. Habiendo sido gloriosamente expulsados de tal banquete –no del Banquete de Nuestro Señor- en tiempos de Mons. Lefebvre, posteriormente buscaron y aceptaron las negociaciones con los mayordomos liberales y modernistas, con objeto de obtener al fin un “buen lugar” en el banquete que preside el apóstata Francisco, que no Cristo, pues Éste en tal banquete es el mayor desplazado – Jesucristo es para los modernistas apenas “una articulación que está también en el Dios de Moisés y en el de Alá, en el Brahma, en el Buda, en el Tao, en todas las divinidades que son nada más que una, plasmada por la historia de los hombres que la piensan” (sic, ver  acá) y no el Rey de reyes y Señor de señores, único Camino de salvación, Verdad y Vida. Es así como neo-fraternitarios preparan sus mejores sonrisas comerciales para sentarse allí donde los que se exaltan a sí mismos comparten viandas envenenadas con quienes llevan las vestiduras manchadas por la herejía, la blasfemia y la impiedad. Los asientos están dispuestos, pero no serán ubicados en lugares de privilegio, sino en lugares deshonra y carestía espiritual. Los enemigos de Cristo no honran a los soldados de Cristo. Y quien rinde sus armas ante los enemigos de Cristo merece sólo el desprecio. El que se exalta a sí mismo será humillado.

2)Las congregaciones “Ecclesia Dei” o simplemente conservadoras o tradicionales que aceptaron principios liberales para ser tolerados por los herejes modernistas, ya consintieron hace mucho tiempo ser comensales de tal banquete. Si hay algunos platos que no son de su gusto ponen mala cara, pero su protesta no llega a variar el menú ni mucho menos hacer que los cocineros dejen a un lado el veneno con que elaboran y sazonan la comida. Algunos querían tener el “honor” de estar en ese lugar de privilegio, otros sumisos a una obediencia ciega los siguieron; sin embargo los modernistas los desprecian y ellos ya no pueden afirmarse en el último lugar, aquel de la verdad que resiste toda combinación con el error y la traición afirmándose en voz alta.

3)Algunos grupos de sedevacantistas y otros tradicionalistas que no se atreven a admitir tal su posición, se ensalzan a sí mismos adoptando una postura “dura” en su apariencia, barnizándose de un integrismo de espadas flamígeras que no se mezcla con “resistentes fláccidos, debiluchos o impotentes” a quienes gustan denigrar mediante mentiras y calumnias que alternan con beaterías y piedades de utilería. Ellos mismos se colocan a la cabeza de su banquete, publicitando orgullosamente su derecho a no obedecer a nadie pues nadie fiel queda en el mundo, excepto ellos. Pero, el que se exalta a sí mismo, será humillado.

miércoles, 25 de junio de 2014

LITERARIAS


CULTIVAR EL DIÁLOGO
(Cuento)*






Por FLAVIO MATEOS



Tengo un amigo cordobés que, según me contó -y lo hizo debido a mi insistencia- una vez debió hacer de buen samaritano, en circunstancias que vale la pena relatar. Parece ser que las mulas cordobesas, según dicen, desde la época en que el santo Cura Brochero anduvo por la cordillera y los valles a lomo de una de ellas, infatigable para convertir y atraer a las ovejas perdidas al redil del único Buen Pastor, parece ser que desde entonces las mulas, emulando (valga la expresión) a la fiel y famosa “Malacara” que llevaba al cura gaucho, tienden a acercarse amistosamente a los curas, cuando reconocen, muy de tanto en tanto, una sotana que camina por ahí, o, más difícilmente, cuando un saquito clergyman se deja ver por las sierras de Tata Dios.
Sin embargo, dice mi amigo, a raíz de un dramático incidente entre una mula y un sacerdote, en realidad un obispo, las cosas han cambiado rotundamente en los últimos tiempos.
Un día una mula se acercó a un cura que de lejos parecía amigable, y con todo respeto le dio conversación.

-Güenas, Padre. ¿Qué lo trae por acá? -preguntó la mula animosa.

-Hola, ¿qué hacés? ¿Cómo te va? ¿Todo bien por acá? –contestó el religioso, confianzudo.

-Sí, ¿y usté, Padre? ¿Anda misionando por el monte?

-He salido al encuentro del otro –contestó el cura, como si estuviera en conferencia de prensa- para cultivar el diálogo. Es muy importante fomentar la cultura del encuentro y del diálogo.

-Ah, qué bien suena eso, qué bien. Y digamé, Padrecito, despué que se cultiva el diálogo, ¿qué verdura se cosecha?

-¡Ja, ja, ja! Mirá –respondió campechano el cura- mediante el diálogo vamos a generar el consenso, que es lo más importante, porque así se evitan los conflictos. Si no, la democracia no funciona.

-Ah, ya entiendo. O no: la verdá que no lo entiendo, Padrecito. ¿Será que soy muy burro? ¿Usté es cura o no será de esos angricanos que le llaman, esos que protestan siempre, los herejes?

-¡Pero por favor, no seamos retrógrados! Esa palabra es un residuo medieval que ya no se usa, es una palabra que está vinculada al terror de la Inquisición. Con esa actitud cerrada no se puede dialogar con nadie...

-Si no me equivoco, Padrecito, ¿no dice San Pablo que las herejías son una de las obras de la carne, y que los que las hacen no llegan al Reino de Dios?

-Puede ser, puede ser, no tengo acá el Nuevo Testamento para certificarlo. Pero tené en cuenta que ese es un lenguaje antiguo, las cosas evolucionan. No es que yo discuta al Apóstol de los gentiles, eh? no me malinterpretes, pero...Nos estamos desviando del tema. Y además, dejáme aclararte que yo soy un obispo católico que está dispuesto a dialogar con nuestros hermanos separados porque el diálogo nos hace bien a todos. Como dijo el Señor Jesús: “Que todos sean uno”.

-Oh, ¿pero entonce usté es el nuevo obispo, Monseñor Concilietto? Permitamé, escelencia...

Y la mula se inclinó para besarle el anillo episcopal. Pero el prelado, haciendo ascos, escondió con presteza la mano dentro de la manga del saco, como una tortuga que amenazada se retrae dentro de su caparazón.

-¡Pero, no! Dejémonos de servilismos y exterioridades que nos separan más...

-Perdone, Monseñor, que no lo reconociera, es que como no le ví la cruz petoral...

-¿Y cómo que no? La tengo, pero abajo del saco, para que no se sientan discriminados los que no tienen la misma religión que nosotros...

-Perdone, Padrecito, digo, Monseñor. Yo seré muy burro, pero si no me equivoco, ¿discriminar no quiere decir distinguir?

-Sí, puede ser. Aunque no tengo un diccionario acá para cotejarlo, pero, ¿qué hay con eso?

-Y si usté tiene una religión que es distinta de las otras, ¿no es lógico que si es distinta se distinga también en sus sinos esteriores? ¿O será que ya no es tan distinta y por eso...?

-Lo que pasa es que no hay que hacer sentir inferior a los otros, ¿quiénes somos nosotros? ¿Somos los dueños de la verdad? Hay que amar a todo el mundo. Por eso hay que hacer hincapié en lo que nos une antes que en lo que nos separa, ¿entendés, che?

-Ah, claro, sí, sí. Ahora entiendo. Y digamé, con todo respeto, escelencia, ¿qué es eso en lo que no hay que hacer inca-pié porque nos separa, por si acaso, pregunto?

-Lo que nos separa es lo accidental. Lo que nos une, es lo sustancial. Y eso es que todos creemos en un mismo Dios.

-¿Ta seguro deso, don, digo, Monseñor?

-Y claro, ¿cómo no lo voy a estar? ¿No soy acaso tu obispo? ¿Y no te acordás de aquella reunión de Asís, convocada por Juan Pablo Magno?

-Sí, don, digo, Monseñor, pero lo asidental, lo que separa, eso, ¿qué vendría a ser?

-Mirá, en eso precisamente no hay que hacer hincapié porque esa es una mirada negativa que termina excluyendo al otro y nos vuelve intolerantes. Hay que ver lo bueno que el otro tiene, y eso es difícil, porque supone salirse de sí mismos y ponerse en el lugar del otro.

-¿Y usté puede ponerse en mi lugar?

-Pero claro que puedo, por eso he dado este pasito para salir a tu encuentro, pero sin crispaciones, tendiendo la mano para que juntos, mediante el diálogo, encontremos la verdad.

-Perdone, escelencia, pero, ¿no dijo Nuestro Señor que Él era la Verdad, y también a los Apóstoles: “Id pues y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado”?

-Sí, puede ser, aunque no tengo acá el Nuevo Testamento para cotejar la cita exacta. Pero es justamente mediante el diálogo que se llega al encuentro de Jesús, porque Jesús está en mí, en vos y en todos nuestros hermanos separados; está en todo el mundo...

-Perdone, escelencia, pero si Jesús está también ahí en el crucifijo ese que usté tiene ¿entonce por qué no se lo muestra a todo el mundo, si ya está en ellos? ¿O estamo hablando de dos Jesuses?

-Lo que pasa es que esa es una imagen muy violenta, que nos retrotrae a momentos crueles vividos por un pueblo que a raíz de esa imagen desgraciada ha sido estigmatizado y perseguido a lo largo de los siglos, entonces, no es bueno mentar la soga en casa del ahorcado, ¿me entendés lo que te digo?

-Pero entonces, don, digo, Monseñor, ¿aquello que dijo San Pablo de que predicaba a Cristo crucificado...?

-¡Pero por favor! San Pablo estaba influido por el antisemitismo propio de un converso y de una comunidad primitiva y asustada. Hoy las cosas han cambiado, pasó mucha agua bajo el puente...

-Sí, pero escelencia, ¿no dijo Nuestro Señor “El cielo y la tierra pasarán, pero las palabras mías no pasarán”?

-Bueno, bueno, creo que estamos entrando en discusiones bizantinas, cuando lo importante es no generar conflictos y ser comprensivo con los otros. Hay que tener caridad con todos...

-¿Y con el prójimo?

-Eso, claro, hay que tener amor al prójimo.

-¿Sus prójimos no son los más cercanos, es decir sus ovejas y mulas, los fieles?

-Seguro, seguro.

-¿Y no es parte de ese amor enseñar la doctrina tal como Nuestro Señor se la transmitió a los Apóstoles y ellos nos la legaron, que por eso la Iglesia Católica se llama también Apostólica?

-Claro que sí, y para eso tenés el Catecismo. Pero ojo, tenés que leer uno nuevo, porque ahí está la doctrina adaptada a nuestros tiempos. Cada tiempo tiene sus necesidades propias que no se pueden soslayar...

-Sí, escelencia, ¿pero no dijo San Juan Evangelista que...se lo voy a leer porque yo tengo encima un Nuevo Testamento: “Aquel que se aleja de la fe y no permanece fiel a la doctrina íntegra, no tiene a Dios con él. Si alguien viene a vosotros y descubren que no es perfectamente ortodoxo, no lo reciban en vuestra casa y lo saluden”? Está en la segunda carta.

-Esa que tenés vos es una edición vieja, son traducciones que ya no corren. Ahí no se interpreta la misión ecuménica actual de la Iglesia, Madre y Maestra, definida en el Concilio Vaticano Segundo. Y como tu obispo te advierto que no sigas esas influencias integristas porque ese es un camino...

-...angosto, ya lo dijo Nuestro Señor, que así debe ser el camino del cristiano para su salvación, un camino de cruz, porque ancho es el camino del mundo que lleva a la perdición.

-Bueno, yo ahora tengo que seguir viaje...

-Una última pregunta, Monseñor, y no lo molesto más...

-Ahora te dije que no puedo.

-Monseñor...

-¡Dejá de molestar!

-Sólo una pregunta...

-¡Volvé por donde viniste, burro sarnoso!

-Escelencia...

-¡¡¡Te dije que no, obedecé a tu obispo!!!

-¿Qué piensa del fariseísmo?

Y entonces el obispo dialoguista tomó un palo que había en el suelo y desencajado golpeó una y otra vez la cabeza de la mula ferozmente, hasta dejarla tirada, sangrante y tumefacta, en el medio del camino. Allí dice mi amigo que encontró al pobre animal, y llevó a que lo curasen, y una vez repuesta la mula le contó a él lo sucedido.
Pero yo la verdad que mucho no le creo, porque nunca vi una mula que supiera hablar.
Aunque a lo mejor no había burro ni mula, y la víctima resultó que fue mi amigo.
Y el burro resultó ser...
  


*Escrito hace varios años e inspirado en la figura del Cardenal Jorge Mario Bergoglio, de quien se incluyen palabras textuales en los diálogos.

Incluido en el libro "Cuentos Pequeños", Editorial Dunken, 2011.

miércoles, 11 de junio de 2014

LITERARIAS


EL NEGADOR
(Cuento)



Por FLAVIO MATEOS




Confíteor Deo omnipoténti...”

Al mismo tiempo que el Padre Wilton decía estas palabras, inclinando su gastada espalda ante el improvisado altar de su departamento de Fullwall Cross en Londres, la Dra. Samantha Pffister, a cargo del juzgado de Manheim, y a instancias del Supremo Tribunal Europeo (STE), firmaba la sentencia que condenaba al convicto cura a pagar una multa no apelable de €30.000. De no hacerlo le esperaba un destino inexorable: la cárcel. Su falta era del público conocimiento: seguir negando la existencia de las manzanas blancas de Sísive.

-Existen las manzanas blancas –decía no sin cierto aire provocador el avejentado cura-, y las manzanas doradas y plateadas...en los árboles de Navidad. No en la naturaleza, no en los árboles. Por lo menos no hay evidencias convincentes que me lleven a creer en ellas.

La pertinacia del sacerdote, que con sufragar la primera de las varias multas que le fueran impuestas, se habría evitado todo el descrédito y el acoso mediático que complicaban su vida allí por donde anduviese, no tenía parangón.
Algunos decían que era parte de su herencia genética; otros, que solo buscaba notoriedad; unos pocos, que no podía negar la realidad. Pero, ¿qué era la realidad?
Cualquier escolar, incluso de los menos destacados, conocía, pues no había descuido de sus mayores en la materia, que las manzanas blancas, originarias de Sísive, eran tan reales como la existencia de alguien llamado Napoleón Bonaparte, de un país llamado Dinamarca, la formación de hielos en la Antártida, el desembarco de Normandía o los elefantes africanos. No podía entenderse, entonces, tamaña obcecación en el cura británico.
Tan evidente era la existencia de las manzanas blancas, tan indiscutible, tan real, que millones de personas habían sufrido la persecución y la muerte por afirmarlo. ¿No fue precisamente para evitar que volviera a surgir otro Hiller –quien varias décadas atrás había perseguido con odio satánico a los sisivitas- que se había promulgado la Ley Mundial Contra la Negación de las Manzanas Blancas? ¿No habían declarado las Naciones Unidas el Día Mundial de las Manzanas Blancas, para recuerdo perenne de que aquella barbarie no podía repetirse nunca más? ¿No había monumentos conmemorativos de las Manzanas Blancas en las principales ciudades alrededor del mundo? ¿No había innúmeros libros y películas dedicados a recordar las Manzanas Blancas de Nínive? El mismo papa Cecilio I (muy discutido, por cierto, por los wiltonianos y otros grupos de extrema derecha, algunos de los cuales incluso llegaban a tildarlo de “antipapa”), el mismo papa, a instancias seguramente del papa emérito Francisco, llegó a decir, con su habitual desenfado: “Así como un compatriota de nuestro papa emérito, el astro del fútbol Diego Maradona, dijo una vez que ‘La pelota no se mancha’, yo digo hoy a quien quiera escucharme: ‘La manzana no se mancha’. Los sufrimientos que padeció el pueblo sisivita son un oprobio de toda la humanidad, también de la Iglesia. Nuestros hermanos sisivitas tienen toda nuestra simpatía, apoyo y comprensión”.
El descrédito y repudio hacia el Padre Wilton había llegado hasta involucrar a sus propios cofrades, a partir de una entrevista televisiva que dio la vuelta al mundo. Allí, se recordará, el cura había afirmado, tal vez sin medir las consecuencias de sus palabras: “Las manzanas no son blancas, sino blanqueadas. Blanqueadas por manos humanas. Hay investigaciones de expertos que han analizado los árboles de Sísive. La realidad es lo que hace Dios. Dios hace manzanos que dan manzanas rojas, manzanas verdes...amarillas, tal vez. Pero no hace manzanas blancas. Esas manzanas blancas como la leche...no, eso no es posible. Eso no es la realidad. Dos y dos son cuatro, no son tres, o cinco, o seis millones...Yo no niego que en Sísive haya manzanas. Las hay. Tal vez sean buenas, no lo sé, no las he probado. Pero, ¿blancas? Por favor, esas son manzanas hollywoodenses, como las navidades blancas de Bing Crosby... ”
Sin hacerse esperar, el superior del cura Wilton en su congregación, Monseñor Femais, tuvo que salir a poner las cosas en claro, ante tan escandalosas declaraciones. El obispo políglota, del que algunos detractores afirmaban que hablaba seis idiomas y en todos era ambiguo, se mostró aquella vez la mar de perspicuo: “Son declaraciones desafortunadas que no compartimos en absoluto. El Padre Wilton tendrá que afrontar las consecuencias. Nuestra congregación no quiere saber nada con él”. Poco después, el cura Wilton cayó en el ostracismo, siendo expulsado de la sede donde residía y, finalmente, de la congregación, condenado a andar errante por diversos países, donde algunos buenos samaritanos –monjes y fieles católicos reaccionarios, sobre todo- le daban cordial acogida.
El Padre Wilton, sin embargo, y un grupo no muy numeroso de seguidores, negaban todas estas prudentes declaraciones y llamados al orden de las autoridades establecidas, que podían hacerlos entrar en razón. Y aprovechándose de la benignidad de la Libertad de Prensa, redactaban libros y panfletos, y creaban sitios y blogs en Internet, a fin de expandir la duda y el descrédito de las manzanas blancas entre sus lectores. La gran prensa llamaba a estos grupos “Conspiracionistas”, pues veían detrás de todo hecho impactante, catastrófico o explosivo una ominosa y abominable red conspirativa a nivel global. En el tema de las Manzanas Blancas, por caso, veían estos una impostura que detrás escondía la sutil penetración de grupos y logias gnósticos, que imponían con astucia al resto de la población toda una simbología y modo de pensar malévolas. Y así la Manzana Blanca venía a identificar para los gnósticos la manzana del puro saber que la serpiente luciferina entregó a Adán, para que este iniciara un linaje que llevaría en los últimos tiempos al endiosamiento del hombre, liberado de Dios por el conocimiento y la técnica.
Habida cuenta de tales antecedentes, a nadie extrañó que el Padre Wilton se negara a saldar la última multa con que la justicia penaba su delito. Y esto no ocurría, claro está, debido a la falta de ofrecimientos que recibiera el cura para satisfacer el importe demandado, sino debido a su terquedad como de mil mulas. “Padre –le aconsejó un benefactor-, pague y se queda tranquilo”. “No es cuestión de dinero, sino de verdad”, fue la respuesta del sacerdote integrista.
Fue entonces cuando la ola que él mismo había ayudado a formar, se irguió con toda la impetuosidad que da la multitud a sus repulsas, que unánimes conformaron un mar embravecido, que vino a caer furioso sobre el cura tradicionalista. No sólo los primeros implicados, que eran los sisivitas, sino la opinión pública mundial, la dirigencia política, la clase empresarial, el gremialismo, la intelectualidad más reconocida, la jerarquia eclesiástica, los nuevo-católicos, y hasta fervientes y sospechosos extremistas del ala sedevacantista -pues por una u otra razón, ya nadie lo toleraba-, todos en conjunto y a coro fustigaron al veterano y, aparentemente, vencido sacerdote, con todo el peso de la realidad que le decía: “Un negador de las manzanas blancas no puede tolerarse. Es un insulto a los sisivitas y a quienes no lo son. Su presencia hace peligrar la vida del resto de los ciudadanos y aún de la misma democracia. Es preferible encerrar a un hombre, a que la sociedad entera se contagie”. Esto publicaba el destacado periódico “The Washington News”, citando las declaraciones del Presidente de la Liga Antidifamación de las Manzanas Blancas, cuando la detención del cura británico estaba a las puertas.
Y, en efecto, de acuerdo a lo previsto por la Ley, el Padre Wilton fue arrestado por la Interpol cuando bajaba de un avión en los Estados Unidos, y trasladado con celeridad y bajo las más estrictas normas de seguridad hacia Alemania, donde el imperio de los Derechos Humanos es muy celosamente custodiado.
Al entrar esposado a la sede tribunalicia de Manheim, rodeado de un cerco numeroso de agentes policiales que intentaba proteger al detenido de ser despedazado por un tropel de gente que rugía y reprobaba violentamente al Negador, el cura pudo ser visto, por quienes permanecían ajenos a esta apabullante multitud, mirando hacia arriba, acaso altivo para unos, mas con una extraña serenidad para otros. Entonces se le escuchó decir unas pocas palabras que sólo la prensa alternativa se ocupó de recoger y reproducir:

Me gloriaré en la promesa de Dios,
confiado en Dios, no temo.
¿Qué podrá contra mi un hombre de carne?”.

 Al día siguiente, ocurrió una cosa muy extraña lejos de allí.
Dentro de la llamada Gran Manzana, esto es, la ciudad de Nueva York, se encuentra el monumento más grande del mundo dedicado a “La Manzana Blanca de Sísive”, la “Great White Apple”. Se trata de una colosal escultura de piedra que por momentos hace olvidar la supina imponencia de las recordadas Torres Gemelas, que cerca de allí se elevaban al cielo hasta su trágica desaparición.
Pues bien: la Manzana Blanca de Sísive de Nueva York amaneció manchada en su parte superior, y hasta el día de hoy –han transcurrido ya seis semanas desde el hecho-, nadie ha podido quitar, pese a la variedad de instrumentos y productos de limpieza utilizados, el pequeño pero notorio lunar negro que, según los partidarios del Padre Wilton, simboliza la Victoria de la Verdad, a través de la resistencia de un hombre que sigue afirmando tenazmente, y a pesar de lo que el mundo diga en contrario, que dos y dos son cuatro, y que las manzanas blancas no existen.


A S.E.R. Mons. Williamson





viernes, 21 de marzo de 2014

ALGO HUELE A PODRIDO, Y NO SOLO EN DINAMARCA





No por el hecho de que sea el heterodoxo, el heretizante, el amigo de la sinagoga, el modernista Francisco quien más de una vez la ha sacado a la luz, que nos privaremos de recordar la hermosa parábola de la oveja perdida; pues si son los modernistas quienes la mencionan torcidamente, por otro lado en gran parte los tradicionalistas la tienen por completo olvidada y así, con su olvido y su negligencia, alimentan la astucia ejemplar de los primeros para que la usen en su contra.
“Entonces les propuso esta parábola: ¿Quién hay de vosotros que, teniendo cien ovejas, y habiendo perdido una de ellas, no deje las noventa y nueve en el desierto, y no vaya en busca de la que se perdió, hasta encontrarla? En hallándola se la pone sobre los hombros gozoso; y llegado a casa, convoca a sus amigos y vecinos diciéndoles: Regocijaos conmigo, porque he hallado a la oveja mía que se me había perdido. Os digo, que de este modo habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no tienen necesidad de penitencia” (Luc. 15, 3-7).
Los modernistas trafican su vil ecumenismo justificándose en que no hay que quedarse cómodamente establecidos con las 99 ovejas mientras afuera anda la oveja que se perdió, y entonces salen a su encuentro en las “periferias” para, en definitiva, decirle a la oveja perdida que puede quedarse allí con su dignísimo error. En la FSSPX, por su parte, se justifica el quedarse con las 99 supuestamente seguras diciendo que la oveja que se ha salido “ya es grande y sabe lo que hace”, tras lo cual se trata como pequeñas a las que se quedaron, pidiéndoles que confíen ciegamente en sus pastores pero sin suministrarles la verdad que necesitan.
No ha de ser casualidad, desde luego, que la inspiración del Espíritu Santo ubique esta parábola inmediatamente después de hablar de aquella “sal que se desvirtúa” y se echa a perder. ¿Será que esas ovejas que se pierden lo hacen en gran parte porque esa sal de la tierra ya no sala? ¿O más bien hay que decir que son las 99 las que creyéndose seguras se están perdiendo, por esa sal desvirtuada? ¿Será que algunos obispos y sacerdotes no son más discípulos de Cristo, sino solo de nombre? “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14,33).
Las cosas dentro de la FSSPX estallaron en 2012, pero las cosas estaban podridas desde mucho antes. La desviación doctrinal, la ambigüedad y el engaño, no vinieron solos y la pérdida de la caridad de obispos y sacerdotes fueron quizás el preámbulo de lo que finalmente se iba a traducir en documentos y declaraciones escandalosos de las máximas autoridades. Un mea culpa nos corresponde en alguna medida a todos, también a los fieles. Pero en mayor medida en el orden jerárquico, a aquellos que, dotados en principio de mayores luces y responsabilidades, con las gracias especiales de su propia condición, eran los encargados de darles a los fieles el pan de la buena doctrina, el ejemplo de la caridad ardiente y la intransigencia del buen combate. Sin embargo, aquellos que se tuvieron por “sabios y virtuosos” (como los fariseos), decidieron que dialogar con el enemigo era más redituable que dialogar con los amigos. El combate era ahora un diálogo. Y mentando las ovejas perdidas, usaron de una supuesta astucia para ir en busca de los lobos disfrazados de cándidas ovejas. ¡Cuántas veces Nuestro Señor nos previene contra los lobos rapaces, “con piel de oveja”! Pero, claro, la sal estaba desvirtuada. Se había perdido el celo por la integridad de la verdad, el sentido antiliberal y contrarrevolucionario del combate que había sostenido Monseñor Lefebvre. Claro, no quiso renunciarse a todo, como pidió Nuestro Señor. Ni a los títulos honoríficos (“ser reconocidos por Roma”, “levantada la excomunión”, la “Prelatura”, etc.) ni a los cargosos bienes materiales y satisfacciones mundanas. Esto debe decirse pues muchos lo ven y lo padecen. Por eso podemos hablar de una congregación donde un obispo se preocupa más del brillo de sus zapatos que de darle la palabra de Dios a sus fieles; o de un Superior General que miente descaradamente a sus sacerdotes en el transcurso de una conferencia de siete horas; o de sacerdotes que dan sus misas en locales del Rotary Club; o de sacerdotes que son unos bon vivants que disfrutan de una vida burguesa, degustadores de exquisiteces y coleccionistas de exclusivos discos compactos haciéndoselos traer desde el otro lado del mundo; otros dan entrevistas torpes y vierten falacias para acreditarse con los poderosos del mundo, mientras dan la espalda a los fieles que requieren una respuesta; otros han devenido excelentes administradores y organizadores de campamentos y excursiones, preocupándose más de disfrutar del deporte extremo y la recaudación expedicionaria que de proporcionar a sus fieles la información necesaria sobre la crisis que padece la FSSPX, manteniéndose como si estuviésemos en los años ’50 y, a la manera de nuevos Bing Crosby, esparcen un activismo alelado y febril; sacerdotes que afirman que “Roma tiene la manija” y por lo tanto la Fraternidad tiene que darle todo lo que pida “salvo si nos pide que nos bajemos los pantalones”; también hay sacerdotes que no conocen ni les interesa conocer a los fieles, y otros que se acercan a ellos con el afán de divertirse torpemente; los hay aburguesados que están pendientes de recetas de yogur suministradas por devotas feligresas, a la vez que justifican la expulsión de un obispo (“es sólo un dedo gangrenado que había que cortar para que no se pudra el pie”); desde luego, hay sacerdotes que se niegan a responder correspondencia de los fieles porque temen infectarse del virus de la “resistencia” y dejan de argüir sus supuestas razones, carentes de argumentos valederos e incapaces de respuesta en su obediencia ciega y culpable; hay sacerdotes de espíritu adolescente que paran en el esteticismo de la capilla o la liturgia y el bonito coro, como si eso y solo eso confirmara la probada fe que tienen; hay sacerdotes que han querido negar los sacramentos a los fieles porque estos simpatizaban con el obispo depuesto, ¡herejía!; hay sacerdotes manejados o influidos por grupos ajenos a la Fraternidad, acomodados funcionarios bien colocados en sus puestos que no trepidan en expulsar a los que no piensan como ellos en materia opinable como la crisis de la Fraternidad; hay sacerdotes que son meros administradores de los sacramentos, adormecidos en la rutina de lo que creen es mejor porque “no somos línea media”; hay sacerdotes que ven y saben estas cosas, pero callan por miedo a perder su comodidad o a ser señalados por el resto, “hay que seguir a la mayoría”. Etcétera, etcétera, etcétera.
Un clima irreal, forzado a simular “normalidad” y “paz”, incluso la jocosidad despreocupada propia de los dirigentes políticos, su humor forzado y nervioso, se viene dando desde hace bastante tiempo en la Nueva Fraternidad, a través de la política oficial de la congregación. Algunos logran verlo, otros, resabiados de liberalismo, no. Hay un fenómeno que en psicología se llama “Sesgo de Normalidad”. Un inteligente analista político lo menciona para describir la disolución social y la posible desintegración que padece la Argentina. Me permito hacer la equivalencia ya que lo mismo está ocurriendo en la FSSPX. Cito a este analista:
-“La condición del “Sesgo de Normalidad” o Normalcy Bias es bien conocido por los psicólogos y sociólogos. Se refiere a un estado mental de negación en la que entran los individuos cuando se enfrentan a un desastre o la posibilidad de un peligro inminente. El “Sesgo de Normalidad” lleva a las personas a subestimar y minimizar tanto la posibilidad de que realmente suceda una catástrofe, así como sus posibles consecuencias para su salud y seguridad.
-El “Sesgo de Normalidad” a menudo produce situaciones en las que la gente no puede prepararse para un desastre probable e inminente. Conduce a que las personas crean que algo que nunca ha sucedido antes, nunca va a suceder. Por lo tanto, nos aferramos a nuestra forma habitual, repetitiva y normal de la vida, a pesar de la prueba abrumadora de que un gran peligro se avecina.
-Este factor es parte de la naturaleza humana. Por desgracia, el “Sesgo de Normalidad” inhibe nuestra capacidad para hacer frente a un desastre, una vez que éste se pone en marcha. Las personas que sufren este síndrome tienen dificultades para reaccionar frente a algo que no han experimentado antes. En otras palabras, es la idea que tiene la gente de que nada malo va a ocurrir, porque no ha ocurrido antes. También es conocido como parálisis de análisis, respuesta de incredulidad o el efecto avestruz. Esto último se refiere a alguien que se comporta como un avestruz que entierra su cabeza en la arena.
-El “Sesgo de Normalidad” también lleva a las personas a interpretar las advertencias y replantear de manera inexacta la información, con el fin de proyectar un resultado optimista que lleva a la persona a inferir una situación menos grave. En resumen, es una especie de fármaco analgésico que adormece a una persona ante un peligro inminente.
-Así como la gente en Pompeya observó durante horas mientras el volcán hacía erupción sin evacuar la ciudad, muchas personas no reaccionaron hasta que fue demasiado tarde. Aunque usted puede tratar de advertir a los demás, la realidad es que algunas personas nunca van a tomar medidas preventivas, incluso cuando tengan la crisis frente a sus narices. Tal vez, de ahí derive la sentencia que dice que “la gente no cree en volcanes, hasta que la lava les quema el traste”.
Esto es lo que está pasando en la Nueva Fraternidad. Gente que no quiere saber lo que pasa, gente que niega la realidad, gente que no reconoce a los liberales, gente que dice “hubo muchas crisis en la Fraternidad, esta es una más”, gente que no quiere ver o que ve y aguanta lo que no debe aguantar, gente que cree que por arte de magia las cosas se arreglarán. Digo gente porque su actitud no es precisamente la de fieles combatientes, soldados de Cristo Rey incapaces de tolerar el engaño, la mentira, la confusión y la cobardía. Hay en todo esto una excusa: el afecto malsano que coloca la propia conveniencia social, la comodidad, los afectos humanos, la tertulia amical, la propia congregación, por encima de la verdad. Pero la fe no puede ser sostenida sin la verdad. No puede sostenerse de manera pusilánime. La fe no se sostiene sin el amor incondicional a Nuestro Señor. Por eso Cristo dijo: “Si alguno de los que me siguen no aborrece a su padre y madre, a la mujer, a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14, 25-26).
Pero esto se entiende mal, pues las faltas de caridad y las arbitrariedades que se aprecian en la Nueva Fraternidad van disimuladas en el amor a “la unidad” de la congregación, bien supremo, pero la unión no es de ningún modo posible –y como tal ahora no existe- donde la verdad y la caridad no encuentran el más alto sitial. San Pablo advierte contra la sabiduría humana y les dice a los colosenses que, una vez que sus corazones estén bien unidos por la caridad, serán “llenados de todas las riquezas de una perfecta inteligencia, para conocer el misterio de Dios Padre y de Jesucristo, en quien están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col. 2,3). La elección de la sabiduría y la prudencia humanas –por falsa caridad-, saltando por encima de las claras y sabias advertencias que nos dejó Monseñor Lefebvre, especialmente en los últimos años de su vida, condujeron a este oscurecimiento para ver y tener el coraje de decidir actuar en consecuencia. Ahora una Fraternidad desvirtuada, desvirilizada, ya no puede decir, como congregación, “nosotros somos el buen olor de Cristo delante de Dios” (II Cor. 2, 15), aunque haya valiosos hombres y mujeres que se esfuerzan por no sucumbir al desastre.
 Es bueno saber que conocer dónde uno está parado no tiene por qué estar reñido con la paz interior. La FSSPX, adecuando la instalación del “branding” optimista que refleje una mejor imagen de sí misma, podría también para sostener ese “Sesgo de Normalidad” del que hablábamos, usar a San Juan de la Cruz para afirmar que “nunca el hombre perdería la paz si olvidase noticias y dejase pensamientos, y se apartase de oír, ver y tratar cuanto buenamente pueda”, sentencia que hábilmente puede usar el demonio como tentó de usar las Escrituras contra Nuestro Señor, y con lo cual Mons. Fellay gusta de apostrofar contra los “malvados” que usan Internet. Hay quienes creen que la paz viene con la ceguera y la ignorancia, mas la paz está en reconocer que a pesar de la catástrofe –y reconocerlo en medio del sufrimiento que ella nos ocasiona-, esa paz nos es dada por la confianza en Nuestro Señor, Camino, Verdad y Vida.  La paz interior no está reñida con el combate propio de nuestra condición de cristianos, antes bien, sólo el asumir con toda la vida y fielmente esa condición combatiente nos da la paz verdadera. Pero a la Nueva Fraternidad empezó a pesarle llevar su propia cruz, y entonces se desvió del camino porque uno solo es el camino y no puede seguirse si uno no se abaja con sencillez cargado de su cruz. Lejos de esto, la inquietud y perturbación en la Fraternidad fueron introducidas principalmente por Mons. Fellay, y su alborotada campaña diplomática, sus idas y vueltas, sus contradicciones y sus declaraciones ambiguas y traidoras que no manifestaron sino el querer congraciarse con los enemigos. Si la imagen que se quiere dar ahora es la de una paz interior que se trasluce en risas y brotes primaverales, en realidad esto esconde una interior conmoción que no es de Dios. Pues como dice San Alfonso María de Ligorio, “Para vivir siempre unidos a Jesucristo es menester obrar con tranquilidad, sin desazonarse por las adversidades que vengan. ‘No está el Señor en el terremoto’. El Señor no habita en corazones inquietos.” Y la señal de la inquietud no es la propia de la Iglesia militante, sino la de la iglesia dialogante, conciliar, liberal, acuerdista, que desea a toda costa que se acabe pronto la batalla y rechazar de ese modo la cruz, la propia cruz que nos humilla pero que, sólo si la amamos, nos levanta.


Flavio Mateos

lunes, 16 de diciembre de 2013

EL LIBERALISMO Y SU CONTAGIO




El reciente y escandaloso episodio del Padre Bouchacourt con su entrevista al diario Clarín, donde manifestó un nunca desmentido NEGACIONISMO tan grato a los oídos de la Sinagoga de Satanás como también a los de los romanos como Francisco, no ha sido, según puede verse, ni tan escandaloso ni tan ingrato a los oídos de los fieles tradicionalistas de la Argentina, país donde este Superior de Distrito reside. Y decimos “según puede verse” porque, más allá de algún enojo o indignación en el fuero íntimo (que sin duda los hubo), y más allá de algún intento de reclamo de explicaciones para el P. Bouchacourt (que éste no ha dado, o por lo menos no directamente ni públicamente como correspondía), no ha habido ninguna reacción pública, ninguna reacción condigna con la gravedad del hecho, ninguna manifestación del santo furor que debería haber causado que el jefe de sus sacerdotes reniegue de la verdad para congraciarse con el mundo y los acérrimos enemigos de Cristo. No hubo –a excepción de una carta abierta con 4 firmas- la ¿esperada? reacción de quienes se dicen seguidores de Mons. Lefebvre. En otros tiempos, en aquellos tiempos en que el valeroso obispo daba el ejemplo y era seguido por sus subordinados, si un Superior de Distrito hubiese dicho las barbaridades que dijo Bouchacourt, se hubiera producido una revuelta. Las voces a lo alto y masivamente habrían reclamado explicaciones o una destitución que no se habría hecho esperar, porque de lo que se trata y está en juego es la fe y el honor de Cristo y la Santa Iglesia. Pero hoy, ¿dónde están hoy los combativos tradicionalistas? Está muy claro: cunde el ejemplo liberal acomodaticio de Mons. Fellay, Mons. Tissier, Mons. De Galarreta y los que les siguen. Entonces, ¿cómo va a haber reacción pública? ¡A ver si nos expulsan! ¡A ver si nos quedamos sin los sacramentos!, es lo que se escucha.

Perfecto. ¿Los sacramentos les impiden la defensa pública de la fe? Entonces coinciden con uno de los sacerdotes claudicantes y acuerdistas de Bs. As., que nos dijo que el levantamiento de las falsas e inexistentes excomuniones (asumiendo entonces que eran válidas) era bueno porque de esa forma más gente podría acercarse a la Fraternidad a recibir los sacramentos. Esto es poner el carro delante del caballo. ¿Qué es antes, los Sacramentos o la Fe?

Y entonces, queridos y ateridos fieles, entonces, ¿cómo criticar a Mons. Fellay por hacer una declaración doctrinal diplomática y conciliadora con los errores modernistas, cuando él argumentó a sus sacerdotes que lo hacía para evitar que la FSSPX fuera “excomulgada” y así muchos fieles dejaran de recibir los sacramentos? ¿Son los sacramentos, entonces, un medio de extorsión, en vez de un medio de salvación? ¿Son liberadores, o son la excusa para encadenar a los fieles al error? ¿Hay que callar la verdad para poder recibir los sacramentos?

Pero entonces, si los sacramentos no les sirven para tener la valentía de defender públicamente la verdad cuando deben hacerlo (y no estamos hablando de defenderla ante ajusticiadores de la antigua Roma, sino ¡ante Bouchacourt!), ¿de qué les sirven? ¿No es esto un querer interesadamente a Dios, esto es, quererlo por lo que nos da, y no por lo que Él ES?

Habrá otros que, seguramente, no tienen infundado temor de quedarse solos, de perder las habituales amistades y compañías, y por eso, preferirán disimular o aguantarlo todo, en desmedro de la fe. Habrá que recordarles a Santa Teresa cuando dijo: “Prefiero la verdad en soledad al error en compañía”. O a San Atanasio, en su célebre sentencia: “Si el mundo va contra la verdad, entonces Atanasio va contra el mundo”. “Bueno, pero yo no soy San Atanasio”. No, querido, vos no sos cristiano.

Hemos visto entonces cómo de manera sutil, una vez que los Superiores (Mons. Fellay) dejan de confesar clara y valientemente la fe en público, luego los siguen los inferiores (P. Bouchacourt) y luego, como contagio, los sacerdotes y fieles, no reaccionando varonilmente cuando se manosea la verdad. ¿Es que acaso ya no aman la verdad al punto de defenderla cuando ésta es atacada? He aquí unas palabras para hacer propias y tener siempre presentes:

“Retirarse ante el enemigo o callar cuando por todas partes se levanta un incesante clamoreo para oprimir la verdad, es actitud propia o de hombres cobardes o de hombres inseguros de la verdad que profesan. La cobardía y la duda son contrarias a la salvación del individuo y a la seguridad del Bien Común, y provechosas únicamente para los enemigos del cristianismo, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos. El cristiano ha nacido para la lucha” (S.S. León XIII).

Del maldito y cobarde liberalismo, ¡líbranos Señor!


Flavio Mateos