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viernes, 20 de enero de 2017

R.P. TRINCADO - SERMÓN EN EL SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA



Bodas de Caná (detalle), Veronese, s. XVI




El Evangelio de hoy narra cómo Nuestro Señor hace su primer milagro, en unas bodas, convirtiendo agua en vino.

El agua que lava, que purifica, y que estaba contenida en recipientes para las abluciones rituales; significa la antigua religión judía, cuyos ritos figurativos caducaron cuando con Cristo llegó lo figurado. El vino que alegra los corazones representa, por su parte, a la religión católica, que nos da el gozo de la verdad completa y la felicidad eterna del Cielo. Eso en cuanto al simbolismo del agua y del vino.

Transcurridos casi dos mil años desde este primer milagro obrado por Jesucristo, sucedió algo increíble e inimaginable: el clero de la misma Iglesia Católica, invirtiendo aquél milagro, empezó a convertir el vino en agua. Cristo convierte al agua en vino y el demonio, remedando a Dios, convierte el vino en agua.

Tal como en las bodas de Caná, los sirvientes, por orden de Nuestros Señor Jesucristo, llenaron los recipientes con el agua que sería convertida milagrosamente en el más excelente vino; desde aquel fatídico concilio Vaticano II, los sirvientes de Cristo -esto es, los clérigos católicos-, movidos por el demonio, ponen aguas turbias en el vino purísimo de la doctrina católica, desvirtuando y contaminando la Verdad salvadora con el agua insípida, inútil o amarga de doctrinas puramente humanas (Mt 16, 23).

¿De dónde vino esto? ¿Quién ha sembrado cizaña sobre nuestro trigo y puesto agua a nuestro vino? El enemigo de siempre, el demonio, que desde el principio recurre a la estratagema de mezclar error en la verdad. Muy inteligente y muy astuto, “transfigurado en ángel de luz” (2 Cor 11, 14), no nos ofrece veneno puro, sino pan envenenado o vino aguado. “Es homicida desde el principio. No se mantuvo en la Verdad y no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de lo suyo habla, pues es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8, 44).

Dice Mons. Lefebvre en “El Golpe Maestro de Satanás”, que el diablo "es homicida en las persecuciones sangrientas y padre de la mentira en las herejías, en todas las falsas filosofías y en las palabras equívocas o engañosas que están en el origen de las revoluciones… El golpe maestro de Satanás está en difundir los principios revolucionarios introduciéndolos en la Iglesia por la autoridad de la misma Iglesia, poniendo a esta autoridad en una situación de incoherencia y de contradicción permanentes… Satanás reina por el equívoco y la incoherencia, que son sus medios de combate por los que engaña a los hombres de poca Fe."

viernes, 13 de enero de 2017

R.P. TRINCADO - SERMÓN DE LA OCTAVA DE NAVIDAD


Adoración del becerro de oro. 1700-1702. Molinari




Jesús significa "Dios salva" o "Dios es Salvador", y en la Biblia encontramos sólo a otro personaje relevante que lleva ese nombre: Jesús Ben Sirá, autor del Eclesiástico. El nombre Josué, por su parte, tiene el mismo origen y significado que el nombre Jesús. 

Josué es el nombre del sucesor de Moisés como guía del pueblo hebreo en la travesía del desierto. Como fue Josué quien finalmente hizo entrar a los israelitas a la Tierra Prometida, se le llama libertador de Israel, y en cuanto tal, es figura de N. Señor Jesucristo, que es nuestro Salvador y Libertador. Se dice de este caudillo en Eclesiástico 46, 1: Esforzado en la guerra fue Josué, hijo de Nun, sucesor de Moisés como profeta. De acuerdo con su nombre, fue gran salvador de los elegidos del Señor, para tomar venganza de los enemigos que surgían, e introducir a Israel en su heredad.

Como recordarán, en el desierto faltó la fe al pueblo hebreo, que tendía a murmurar de Dios, a dudar y a mirar atrás, hacia las comodidades y seguridades de Egipto, figura del mundo enemigo de Dios, en el cual éramos esclavos del demonio hasta que fuimos liberados por Cristo. Añoramos -decían los hebreos- el pescado que comíamos gratis en Egipto, y los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos. En cambio ahora tenemos el alma en aridez y nada ven nuestros ojos sino el maná (Num 11, 5).

Hay en la historia de la Fraternidad cierto paralelismo con aquélla de la travesía de los hebreos por el desierto: 40 años caminaron los hebreos y unos 40 años tenía de existencia la FSSPX cuando comenzó el hundimiento. Moisés sacó a Israel de la esclavitud de Egipto, como Monseñor Lefebvre nos sacó de las garras de iglesia conciliar. Y en similar tentación a la de los israelitas de entonces ha caído la Fraternidad, que ahora añora volver a la cautividad de Egipto, es decir, a la iglesia oficial, dominada sin contrapesos por los liberales y modernistas, ministros del diablo. Es así como se han levantado algunas voces en la FSSPX, expresando el deseo de que se “normalice” la supuesta situación irregular de la congregación. ¿Pero de qué anormalidad hablan estos murmuradores y traidores? ¿Puede ser tachado de anormal lo que se ajusta a la norma suprema de todo, que es Dios? ¿Es relevante tener apariencias de anormalidad o de normalidad jurídica a los ojos de los herejes destructores de la Iglesia? ¿Desde cuándo hay que obedecer a los hombres antes que a Dios? ¡Eso es murmurar de Dios, eso es asquearse del mamá de la Verdad y querer cambiarlo por los ajos y las cebollas de Egipto! 

lunes, 1 de agosto de 2016

SERMÓN PARA EL DOMINGO XI DESPUÉS DE PENTECOSTÉS - R.P. TRINCADO





TRADIDI QUOD ET ACCEPI

En la Epístola de hoy está la frase que se convirtió en el epitafio Monseñor Lefebvre: tradidi quod et accepi, he transmitido lo que recibí. La misión providencial de Monseñor fue, en efecto, conservar la fe de siempre y transmitirla a los fieles en la crisis más grave de toda la historia de la Iglesia.

Él decía en el sermón en la consagración de los Obispos (1988): La vida de Nuestro Señor, de la que tenéis necesidad para ir al Cielo, está desapareciendo por todas partes en esta iglesia conciliar [que] sigue unos caminos que no son los caminos católicos. Sencillamente conducen a la apostasía… Lejos de mí el erigirme en Papa. No soy nada más que un obispo de la Iglesia Católica que continúa transmitiendo la doctrina. Tradidi quod et accepi. Pienso… que se podrán grabar sobre mi tumba estas palabras de San Pablo: tradidi quod et accepi, “os he transmitido lo que recibí”… Soy el cartero que lleva una carta. No soy yo quien ha escrito esta carta, este mensaje, esta palabra de Dios; es Él, Nuestro Señor Jesucristo. Y lo hemos transmitido, mediante… todos aquellos que creyeron un deber el resistir a esta ola de apostasía en la Iglesia, guardando la fe de siempre y transmitiéndola a los fieles.

Leeré, a continuación, algunos pasajes de una conferencia dada por Mons. Lefebvre a unos seis meses de su muerte (esto la hace especialmente importante, pues es como una declaración de última voluntad):

LA FE ANTE TODO

"El problema sigue siendo muy grave y… no hay que minimizarlo. Es lo que debemos contestar a [los que] preguntan si la crisis está por terminar, si no existiría la posibilidad de tener una autorización para nuestra liturgia, para nuestros sacramentos. Ciertamente la cuestión de la liturgia y de los sacramentos es muy importante, pero más importante todavía es la de la Fe. Para nosotros esta cuestión está resuelta, pues tenemos la Fe de siempre, la del Concilio de Trento, del Catecismo de San Pío X, de todos los concilios y de todos los Papas anteriores al Concilio Vaticano II; en una palabra, la Fe de la Iglesia.

ROMA: OBCECACIÓN MODERNISTA

Pero ¿y en Roma? La perseverancia y la obcecación en las ideas falsas y en los graves errores del Vaticano II siguen en pie. Está claro. No debemos hacernos ninguna ilusión. Estamos llevando a cabo un combate fortísimo. No hemos de dudar ni tener miedo.

Algunos quisieran volver a unirse, a pesar de todo, con Roma, con el Papa. Lo haríamos… si ellos se encontraran en la Tradición y continuaran la tarea de todos los papas del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Pero ellos mismos (los Papas actuales) reconocen que han tomado un camino nuevo, que el Concilio Vaticano II ha abierto una nueva era. Es el combate de Satanás contra la Ciudad de Dios.  ¿Cómo se resolverá esto? Es el secreto de Dios, un misterio. Pero no debemos preocuparnos, debemos tener confianza en la gracia del Buen Dios.

viernes, 15 de julio de 2016

SERMÓN PARA EL DOMINGO VIII DESPUÉS DE PENTECOSTÉS - R.P. TRINCADO




LA FALTA DE PRUDENCIA DE LOS HIJOS DE LA LUZ



Este domingo se suele predicar acerca de la virtud de la prudencia. El P. Alberto María Weiss OP, ha escrito en 1906, su afamada “Apología del Cristianismo”. En esa obra hay un capítulo que se titula así: “Falta de Prudencia de los Hijos de la Luz”. Este texto aparece publicado, a su vez, en una obra de la BAC muy conocida por los Sacerdotes tradicionalistas hispanoparlantes:“Verbum Vitae - La Palabra de Cristo”, por Mons. Ángel Herrera Oria (año 1955, t. VI, p. 647-648).

Dice Mons. Herrera: “A la gran apología de Weiss le ocurre los que a todas las obras maestras, que, aunque se refieran a los problemas de su tiempo, presentan enfoques y soluciones permanentes”. En efecto, el P. Weiss señala certeramente las causas espirituales de la crisis que se avecinaba a inicios del siglo XX, que explotó en el fatídico concilio Vaticano II, y en cuyas espesas oscuridades nos encontramos sumergidos hasta el presente. Como se habla poco acerca de las causas de índole espiritual que nos llevaron a esta derrota temporal, daremos, en este sermón, algunas citas de ese texto del P. Weiss (la mayor parte de las veces extractadas y adaptadas). Y cuando las oigan no piensen sólo en la crisis de la Iglesia universal, sino que piensen también en la crisis que estalló el año 2012 en la FSSPX. Las causas espirituales de ambas son, en el fondo, las mismas.

La presente situación es triste, y sombrío es el porvenir. Noten que el P. Weiss escribe en 1906, en pleno reinado de San Pío X. El Padre ve cómo el liberalismo se extiende por el mundo entero y también, pese a los esfuerzos de los antiliberales encabezados por el Papa santo, dentro de la misma Iglesia. Si se hubiera escuchado a Sacerdotes como el P. Weiss, los liberales nunca habrían podido adueñarse de la Iglesia.

Como consecuencia, un profundo malestar ha invadido todo. Únicamente dos clases de personas se ven libres de ello: los liberales y los inconscientes que gozan tranquilos de su comodidad. Fuera de ellos, nadie hay que no diga que el estado actual de cosas no puede sostenerse. Unos echan la culpa al clero y al cristianismo. Otros la hacen recaer sobre los enemigos de la fe y de la Iglesia. Pero ¿de qué nos serviría mejorar el mundo entero si llevamos siempre en nosotros mismos los gérmenes de nuevos males? La simple prudencia exige que dirijamos todos nuestros esfuerzos por este lado. El justo comienza por acusarse él mismo, dice el Espíritu Santo (Prov 18, 17). Y de hecho, en circunstancias análogas, los justos ha obrado así cuando se hacía necesario mejorar la situación: “Cuanto has hecho con nosotros es justo” (Dan 3, 27).

Como vemos, el P. Weiss no pone el foco en los enemigos de la Iglesia, sino en las los mismos hombres de Iglesia, explicando en qué radica la imprudencia de los buenos, de los católicos, de los hijos de la luz. 

Dos cosas nos vemos obligados a aceptar si queremos ser verdaderos discípulos del Salvador, dos cosas que no fueron ahorradas tampoco al Hijo de Dios: el odio y la persecución. Sólo con esta condición estaremos seguros de conseguir el respeto del mundo y una energía interior invencible.  Para resumir en pocas palabras la causa de nuestra debilidad: nuestra fe no descansa en convicciones bastante sólidas y nuestra manera de obrar no es bastante sobrenatural. La mediocridad, la timidez, la indecisión, son actualmente mayores que en las otras crisis por las que atravesó la Iglesia.

martes, 14 de junio de 2016

R.P. TRINCADO - SERMÓN DEL IV DOMINGO DE PENTECOSTÉS







“Los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria futura que ha de manifestarse en nosotros”.

El sufrimiento es una gran piedra de tropiezo, especialmente para el hombre moderno, apóstata o ateo. El hombre moderno trata de evitar siempre todo sufrimiento. Busca vivir lleno de placeres, como si esta corta vida fuera la verdadera y definitiva vida. Ve el sufrimiento como algo inútil, sin sentido. Pero es ley inexorable que el que no sabe sufrir en esta vida, sufra eternamente en la otra.

Es necesario que suframos con Cristo para que también seamos felices con Él. Dice Santo Tomás de Aquino (Coment. a Rom.) que alguien podría pensar que esa gloria futura resulta demasiado costosa, por no poderse alcanzar sino a costa de muchos y grandes sufrimientos. Pero el mismo San Pablo, cuando escribe, soporta muchos sufrimientos, y él mismo fue un vidente de la gloria futura: fue arrebatado al Paraíso, vio el Cielo, vio a Dios. Y así dice, por experiencia, que los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros. No hay ninguna proporción entre lo que se puede llegar a sufrir acá y lo que se gozará allá.

SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT HABLA DE CUATRO MOTIVOS PARA  SUFRIR COMO SE DEBE ("Carta a los Amigos de la Cruz", extracto):

1º La mirada de Dios: Dios, como un gran rey en lo alto de una torre, mira en el combate a su soldado, complacido y alabando su valor. ¿Qué mira Dios sobre la tierra? ¿Las cosas que los hombres consideran más grandes? Lo que es más estimable a los ojos de los hombres es abominable ante Dios (Lc 16,15). ¿Qué es, pues, lo que mira con gozo? Dios mira al hombre que lucha por Él contra la fortuna, el mundo, el infierno, y contra sí mismo, al hombre que lleva con alegría su cruz.

2º La mano de Dios: En segundo lugar, considerad la mano de este Señor poderoso, que permite todo el mal que nos sobreviene, desde el mayor hasta el menor. La misma mano que aniquiló un ejército de cien mil hombres es la que hace caer la hoja del árbol o el cabello de vuestra cabeza. La mano que hirió tan duramente a Job es la misma que os roza suavemente con esa pequeña contrariedad. Considerad que Dios, con una mano infinitamente poderosa y prudente os sostiene, mientras os hiere con la otra. Con una mano mortifica, con la otra vivifica; humilla y enaltece. Con sus dos brazos abarca por completo vuestra vida suave y fuertemente: suavemente, sin permitir que seáis tentados y afligidos por encima de vuestras fuerzas; fuertemente, pues os ayuda con una gracia poderosa, que corresponde a la fuerza y duración de la tentación y de la aflicción.

3º Las llagas y los dolores de Jesús crucificado: En tercer lugar, mirad las llagas y los dolores de Jesús crucificado. Él mismo os dice: «¡Vosotros, los que pasáis por el camino lleno de espinas y cruces por el que yo he pasado, mirad, fijaos! (Lam 1,12). Mirad con los ojos corporales y ved con los ojos de la contemplación si vuestra pobreza y desnudez, vuestros desprecios, dolores y abandonos, son comparables con los míos. Miradme, a mí que soy inocente, y quejaos vosotros, que sois los culpables». Cuando os veáis atacados por la pobreza, la abyección, el dolor, la tentación y las otras cruces, armaos con el pensamiento de Jesucristo crucificado, que será para vosotros escudo, coraza, casco y espada de doble filo. En él hallaréis la solución de todas las dificultades y la victoria sobre cualquier enemigo.

4º Arriba, el cielo; abajo, el infierno: En cuarto lugar, mirad en el cielo la hermosa corona que os espera, si lleváis bien vuestra cruz. Contemplemos sobre nuestra cabeza a los ángeles que nos gritan: «Guardaos de perder la corona señalada con la cruz que se os ha dado, si la lleváis bien. Pues si no la lleváis como se debe, otro la llevará como conviene y os arrebatará el premio. Combatid valientemente, sufriendo con paciencia, nos dicen todos los santos, y recibiréis un reino eterno». Escuchemos, en fin, a Jesucristo, que nos dice: «no daré yo mi premio sino a quien haya sufrido y vencido por su paciencia» (Ap 2,7…). Contemplemos abajo el lugar que hemos merecido, y que nos espera en el infierno con el mal ladrón y los condenados, si como ellos sufrimos con protesta, despecho y venganza. La última gran prueba en la vida de ambos ladrones, fue la del sufrimiento. Uno, por saber sufrir, reconoció a su Dios y se salvó; otro, por no saber sufrir, se condenó. Y Cristo, sufriendo entre esos dos, nos redimió. El buen ladrón asumía sus padecimientos como algo justo, algo merecido por sus pecados. El mal ladrón se rebelaba ante la justicia. Uno moría en la obediencia e iba al cielo; el otro moría en la rebeldía e iba al infierno. Exclamemos con San Agustín: quema, Señor, corta, poda, divide en esta vida, castigando mis pecados, con tal que me los perdones en la eternidad.


viernes, 25 de marzo de 2016

R.P. TRINCADO - SERMÓN DEL JUEVES SANTO





El Jueves Santo la Iglesia conmemora la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio. Cristo, al ascender a los Cielos, no nos ha abandonado. Él mismo, por medio de la Eucaristía, perpetuará su Sacrificio Redentor y será el alimento de nuestras almas para siempre, y, por medio de sus Sacerdotes, Él seguirá conduciéndonos al puerto de salvación hasta el final de los tiempos.

Ambas cosas son obras del amor infinito de Dios. “Dios es amor”, dice san Juan, y ese amor activo y expansivo en supremo grado “es un fuego devorador”, según palabras de San Pablo y del Deuteronomio.

En esta ocasión quiero referirme a la caridad y a la humildad de Nuestro Señor en el episodio narrado en el Evangelio de hoy, que dice: “Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.

“Hasta el fin” o “hasta el extremo”. Cristo nos amó hasta el extremo. Y esto nos enseña cómo debe ser el amor que debemos tener a Dios. Nadie puede amar demasiado o excesivamente a Dios y cualquier medida de amor con que correspondamos a su infinito amor, será poca cosa.

Hasta el extremo. Dios quiere corazones de fuego. “¡Fuego vine a lanzar sobre la tierra y cómo quiero que arda!”, nos dice Cristo. Pero nosotros no queremos que arda. “El Reino de los Cielos sufre violencia” y sólo “los violentos”, es decir, los resueltos, los de fuego; conquistan y “arrebatan el Cielo” porque antes se han dejado conquistar e incendiar por el fuego de Dios.

Nos amó hasta el extremo. Evitemos la caridad mediocre, también conocida como tibieza, porque no hemos sido creados para la mediocridad, sino para el heroísmo, para el amor heroico, no tibio sino ardiente. A eso hemos venido a la Resistencia, a la última trinchera anti liberal, y si no es para amar a Dios hasta el extremo, ¿a qué hemos venido?

domingo, 27 de diciembre de 2015

R.P. TRINCADO - SERMÓN DEL DOMINGO EN LA INFRAOCTAVA DE NAVIDAD


Simeón con el Niño Jesús, por Jusepe de Ribera



Dijo el profeta Simeón a María, su madre: he aquí que este Niño ha sido puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción.

Nuestro Señor Jesús vino para ruina o condenación de los que no creen en Él y para elevación o salvación de los que sí creen. Por eso, justo antes de su Ascensión, dice Nuestro Señor: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará, pero el que no crea se condenará (Mc 16, 15).

Verdaderamente, muchos -y cada vez más- son los que no creen y se condenan. En la tercera misa de Navidad leíamos, en el inicio del Evangelio de San Juan, que Cristo es la Luz verdadera que resplandece en medio de las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron... el mundo no lo conoció. Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Cristo será contradicho y rechazado por muchos hasta el fin del mundo, será signo de contradicción.

¿Por qué hay tantos que no creen y se condenan? Dice también el Evangelio de San Juan: Vino la luz al mundo pero los hombres amaron más la oscuridad que la luz, porque sus acciones eran malas. Pues todo el que hace el mal odia la luz, y no viene a la luz para que sus acciones no sean vistas. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que se vea que sus acciones han sido hechas en Dios (3, 19-21).

El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama, (Lc 11, 23). Ningún hombre queda indiferente ante Cristo y todos terminaremos eternamente unidos a Cristo en el Cielo o eternamente separados de Cristo en el Infierno. Estamos obligados a elegir: con Él o contra Él. 

lunes, 14 de diciembre de 2015

R.P. TRINCADO - SERMÓN PARA EL DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO







Dijo Juan Bautista: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del señor”, como dijo el profeta Isaías.

La Iglesia nos hace considerar estas palabras divinas en el Evangelio de este domingo, a fin de que nuestras almas se preparen a recibir a Cristo en unos pocos días más, en la Navidad.

“Enderezad el camino del señor”. Nuestras almas son “el camino del Señor” porque Dios quiere que el bien, del cual Él es autor, llegue a todos y a todo a través de nuestras almas. Y aunque cada uno de nosotros es un camino que pertenece a Dios, cada uno de nosotros es libre para elegir ser camino para el bien o camino para el mal, camino para Dios o camino para el demonio.

“Enderezad”. Venimos a la existencia con el alma retorcida. Nacemos inclinados al mal, al pecado. De ahí que nuestras almas deban ser rectificadas, enderezadas, sanadas, restauradas. Las almas han quedado retorcidas a causa del pecado original.Gravemente enfermos y heridos, todos somos ese hombre de la parábola del buen samaritano, ese que fue asaltado y quedó “medio muerto”. Así venimos a la vida: “medio muertos”. Pero Cristo sólo quiere darnos su Vida. Amor Infinito, no se conforma con sanar la naturaleza humana, sino que además nos hace partícipes de la naturaleza divina. No deja al hombre asaltado tal como estaba antes del asalto, sino que lo eleva hasta el Cielo, hasta Sí mismo.

Nuestras almas son, pues, caminos retorcidos que es preciso rectificar y esa rectificación es posible. “El corazón del hombre camina derecho cuando va de acuerdo con la voluntad divina”, dice Santo Tomás de Aquino (Comentario al Padrenuestro, l. c., 142). La rectitud del alma está, entonces en esta sola cosa: querer hacer la voluntad de Dios, querer agradar a Dios. Y eso y sólo eso es la santidad: vivir conforme a la voluntad de Dios. Recto es el que busca la verdad, sean cuales fueren las consecuencias que esa búsqueda le acarree. Sólo los rectos saben qué es el verdadero amor y sólo ellos aman de verdad. Los que no son rectos viven engañándose y engañando.

“Los rectos o simples son los que no tienen doblez en su corazón. Simple quiere decir "sin pliegue". Para ellos es la alegría; para ellos la luz, aun en las tinieblas; para ellos los beneficios [de Dios]; para ellos la salvación y la gloria; de ellos es el amor; de ellos, como de los niños, es la alabanza que a Dios agrada.” (Mons. Straubinger). La rectitud nos hace acreedores de todos los bienes y la falta de rectitud nos puede acarrear todos los males. En la espantosa confusión en que se halla inmerso en mundo actual, la rectitud es también nuestra primera defensa, pues el recto de corazón “tendrá un juicio seguro, es decir, una certeza y convicción interior acerca de lo que es verdadero, de modo que no puedan engañarlo las tremendas seducciones que rodean a todo hombre.”  (Mons. Straubinger).

¿Alguno de ustedes vienen a misa para agradar a los hombres, para ser aprobado por sus padres o por sus esposas o maridos? En tal caso, es claro que Dios no es el supremo fin de sus actos; su alma no es recta, su corazón sigue retorcido y, aunque venga a misa y rece a veces, marcha al infierno. Alaba a Dios con la boca, pero la alabanza que Dios más aprecia es el ofrecimiento de un corazón recto. Las almas le son agradables según su mayor o menor rectitud. Debemos “examinar con mucho cuidado nuestra intención en todo lo que hacemos, y no buscar nuestros intereses”dice S. Gregorio Magno (Hom. sobre Ezequiel 2).

Y San Pablo dice en la Ep. a los Filipenses (2,13) que “Dios es el que, por su benevolencia, obra en vosotros tanto el querer como el obrar” Por eso -comenta Mons. Straubinger- “nadie se desanime, puesto que aun la voluntad que nos falta puede sernos dada por la bondad de nuestro divino Padre. Es lo que expresa la oración del Domingo XII después de Pentecostés: "Dios misericordioso, de cuyo don viene el que tus fieles puedan servirte digna y provechosamente". S. Bernardo circunscribe la cooperación humana a la siguiente fórmula: Dios obra en nosotros el pensar, el querer y el obrar. Lo primero sin nosotros. Lo segundo con nosotros. Lo tercero por medio de nosotros.”

Agrega Mons. Starubinger: “Las promesas del Señor son para los hombres sin ficción. Dios no se cansa de insistir, en ambos Testamentos, sobre, esta condición primaria e indispensable que es la rectitud de corazón, o sea la sinceridad sin doblez [sin mentira, sin hipocresía, sin fingimiento]. Es en realidad lo único que Él pide, pues todo lo demás nos lo da el Espiritu Santo con su gracia y sus dones. De ahí la asombrosa benevolencia de Jesús con los más grandes pecadores, frente a su tremenda severidad con los fariseos, que pecaban contra la luz o que oraban por fórmula. De ahí la sorprendente revelación de que el Padre descubre a los niños lo que oculta a los sabios.”

¿Por qué, entre los que por el Bautismo han recibido la gracia santificante (rectificante), existe tanta desigualdad en cuanto a que unos pecan mortalmente, otros son tibios y otros son fervorosos? Porque el desarrollo de la semilla depende de la tierra en la que ésta cae, porque “la predicación del Evangelio produce distintos efectos, según la rectitud de los oyentes. Jesús promete la luz a todo aquel que busca la verdad para conformar a ella su vida. El que con rectitud escucha la Palabra divina, no la puede resistir. Al de ánimo doble, en cambio, su propia falta de rectitud cierra la entrada al Espíritu Santo.” (Mons. Straubinger).

Y dijo Juan Bautista: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del señor”. Estimados fieles: pidamos a la Santísima Virgen, en cuya alma todo fue siempre absolutamente recto, que nos alcance de Dios un corazón recto. 

lunes, 30 de noviembre de 2015

R.P. TRINCADO - SERMÓN EN EL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO







La Iglesia quiere que en el Adviento preparemos nuestras almas para Navidad. Explicaremos brevemente la Epístola, a partir de comentarios de Santo Tomás de Aquino:

Ya es hora de levantarnos del sueño, comienza diciendo San Pablo en la Epístola de hoy. Ya es hora de levantarnos del sueño, porque ahora está más cerca nuestra salvación que cuando empezamos a creer. Este sueño es el sueño de la culpa, según Ef 5, 14: Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y el Señor te alumbrará; o el sueño de lanegligencia o tibieza, según Prov 6, 9: ¿Hasta cuándo duermes, oh perezoso? Es tiempo, entonces, de levantarnos del sueño de la culpa por la penitencia, o del sueño de la negligenciapor el vivo deseo de obrar el bien. Este despertar consiste en alejarse de la oscuridad del diablo y acercarse a la luz de Dios; por eso se dice en Sant 4, 7-8: Resistid al diablo y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros.

La noche está avanzada y el día está cerca; dejemos, entonces, las obras de las tinieblas, y revistámonos las armas de luz. La noche es la vida presente por las tinieblas u oscuridad de la ignorancia que padecemos en esta tierra. El día es la bienaventuranza futura, por la claridad de Dios con la que son iluminados los santos. También la noche significa el estado de pecado mortal y el día, el estado de gracia, por la luz espiritual que sólo tienen los justos.

Las obras de los pecadores se llaman obras de las tinieblas: 1° porque en sí mismas son contrarias a la luz de la razón, con la que deben iluminarse las obras humanas. Todo pecado es algo contrario a la razón. 2° porque muchas veces las malas obras se hacen en la oscuridad material: el ojo del adúltero está aguardando la oscuridad, se dice en Job 24,15. 3° porque por ellas va a dar el hombre a las tinieblas del infierno, según aquello de Mat 22,13: echadle a las tinieblas exteriores.