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martes, 31 de octubre de 2017
FOTOS DE LA PEREGRINACIÓN DE LOS OBISPOS DE LA RESISTENCIA A FÁTIMA
martes, 29 de agosto de 2017
lunes, 14 de agosto de 2017
lunes, 26 de junio de 2017
domingo, 14 de mayo de 2017
FOTOS DE LA PRIMERA MISA PONTIFICAL DE MONS. ZENDEJAS Y CONSAGRACIÓN DE RUSIA AL CORAZÓN INMACULADO - VIENA, VIRGINIA, EE.UU., 12 DE MAYO DE 2017
viernes, 28 de abril de 2017
miércoles, 8 de febrero de 2017
lunes, 30 de enero de 2017
viernes, 20 de enero de 2017
R.P. TRINCADO - SERMÓN EN EL SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA
Bodas
de Caná (detalle), Veronese, s. XVI
El Evangelio de hoy narra cómo Nuestro Señor hace su primer milagro, en unas bodas, convirtiendo agua en vino.
El agua que lava, que
purifica, y que estaba contenida en recipientes para las abluciones rituales;
significa la antigua religión judía, cuyos ritos figurativos caducaron
cuando con Cristo llegó lo figurado. El vino que alegra los corazones
representa, por su parte, a la religión católica, que nos da el gozo de la
verdad completa y la felicidad eterna del Cielo. Eso en cuanto al simbolismo
del agua y del vino.
Transcurridos casi dos
mil años desde este primer milagro obrado por Jesucristo, sucedió algo increíble
e inimaginable: el clero de la misma Iglesia Católica, invirtiendo
aquél milagro, empezó a convertir el vino en agua. Cristo convierte al agua en
vino y el demonio, remedando a Dios, convierte el vino en agua.
Tal como en las bodas
de Caná, los sirvientes, por orden de Nuestros Señor Jesucristo, llenaron los
recipientes con el agua que sería convertida milagrosamente en el más excelente
vino; desde aquel fatídico concilio Vaticano II, los sirvientes de
Cristo -esto es, los clérigos católicos-, movidos por el demonio, ponen aguas
turbias en el vino purísimo de la doctrina católica, desvirtuando y
contaminando la Verdad salvadora con el agua insípida, inútil o amarga de
doctrinas puramente humanas (Mt 16, 23).
¿De dónde vino
esto? ¿Quién ha sembrado cizaña sobre nuestro trigo y puesto agua a
nuestro vino? El enemigo de siempre, el demonio, que desde el principio recurre
a la estratagema de mezclar error en la verdad. Muy inteligente y muy astuto, “transfigurado
en ángel de luz” (2 Cor 11, 14), no nos ofrece veneno puro, sino pan
envenenado o vino aguado. “Es homicida desde el principio. No se mantuvo en
la Verdad y no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de lo suyo habla, pues
es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8, 44).
Dice Mons. Lefebvre en
“El Golpe Maestro de Satanás”, que el diablo "es homicida en las
persecuciones sangrientas y padre de la mentira en las herejías,
en todas las falsas filosofías y en las palabras equívocas o engañosas que
están en el origen de las revoluciones… El golpe maestro de Satanás
está en difundir los principios revolucionarios introduciéndolos en la Iglesia
por la autoridad de la misma Iglesia, poniendo a esta autoridad
en una situación de incoherencia y de contradicción permanentes… Satanás
reina por el equívoco y la incoherencia, que son sus medios de combate por los
que engaña a los hombres de poca Fe."
viernes, 13 de enero de 2017
R.P. TRINCADO - SERMÓN DE LA OCTAVA DE NAVIDAD
Adoración del becerro de oro.
1700-1702. Molinari
Jesús significa "Dios
salva" o "Dios es Salvador", y en la Biblia encontramos sólo a
otro personaje relevante que lleva ese nombre: Jesús Ben Sirá, autor del
Eclesiástico. El nombre Josué, por su parte, tiene el mismo origen y significado
que el nombre Jesús.
Josué es el nombre del sucesor de
Moisés como guía del pueblo hebreo en la travesía del desierto. Como fue Josué
quien finalmente hizo entrar a los israelitas a la Tierra Prometida, se le
llama libertador de Israel, y en cuanto tal, es figura de N. Señor Jesucristo,
que es nuestro Salvador y Libertador. Se dice de este caudillo en Eclesiástico
46, 1: Esforzado en la guerra fue Josué, hijo de Nun, sucesor de Moisés
como profeta. De acuerdo con su nombre, fue gran salvador de los elegidos del
Señor, para tomar venganza de los enemigos que surgían, e introducir a Israel
en su heredad.
Como recordarán, en el desierto
faltó la fe al pueblo hebreo, que tendía a murmurar de Dios, a dudar y a mirar
atrás, hacia las comodidades y seguridades de Egipto, figura del mundo enemigo
de Dios, en el cual éramos esclavos del demonio hasta que fuimos liberados por
Cristo. Añoramos -decían los hebreos- el pescado que
comíamos gratis en Egipto, y los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos. En
cambio ahora tenemos el alma en aridez y nada ven nuestros ojos sino el maná (Num
11, 5).
Hay en la historia de la
Fraternidad cierto paralelismo con aquélla de la travesía de los hebreos por el
desierto: 40 años caminaron los hebreos y unos 40 años tenía de existencia la
FSSPX cuando comenzó el hundimiento. Moisés sacó a Israel de la esclavitud de
Egipto, como Monseñor Lefebvre nos sacó de las garras de iglesia conciliar. Y
en similar tentación a la de los israelitas de entonces ha caído la
Fraternidad, que ahora añora volver a la cautividad de Egipto, es decir, a la
iglesia oficial, dominada sin contrapesos por los liberales y modernistas,
ministros del diablo. Es así como se han levantado algunas voces en la FSSPX,
expresando el deseo de que se “normalice” la supuesta situación irregular de la
congregación. ¿Pero de qué anormalidad hablan estos murmuradores y traidores?
¿Puede ser tachado de anormal lo que se ajusta a la norma suprema de todo, que
es Dios? ¿Es relevante tener apariencias de anormalidad o de normalidad
jurídica a los ojos de los herejes destructores de la Iglesia? ¿Desde cuándo
hay que obedecer a los hombres antes que a Dios? ¡Eso es murmurar de Dios, eso
es asquearse del mamá de la Verdad y querer cambiarlo por los ajos y las
cebollas de Egipto!
lunes, 1 de agosto de 2016
SERMÓN PARA EL DOMINGO XI DESPUÉS DE PENTECOSTÉS - R.P. TRINCADO
TRADIDI QUOD ET
ACCEPI
En la
Epístola de hoy está la frase que se convirtió en el epitafio Monseñor
Lefebvre: tradidi quod et accepi, he transmitido lo
que recibí. La misión providencial de Monseñor fue, en efecto, conservar
la fe de siempre y transmitirla a los fieles en la crisis más
grave de toda la historia de la Iglesia.
Él decía en
el sermón en la consagración de los Obispos (1988): La vida de Nuestro
Señor, de la que tenéis necesidad para ir al Cielo, está desapareciendo por
todas partes en esta iglesia conciliar [que] sigue unos
caminos que no son los caminos católicos. Sencillamente conducen a la
apostasía… Lejos de mí el erigirme en Papa. No soy nada más que un obispo de la
Iglesia Católica que continúa transmitiendo la doctrina. Tradidi quod
et accepi. Pienso… que se podrán grabar sobre mi tumba estas palabras de
San Pablo: tradidi quod et accepi, “os he transmitido lo que
recibí”… Soy el cartero que lleva una carta. No soy yo quien ha escrito esta
carta, este mensaje, esta palabra de Dios; es Él, Nuestro Señor Jesucristo. Y
lo hemos transmitido, mediante… todos aquellos que creyeron un deber el
resistir a esta ola de apostasía en la Iglesia, guardando la fe de
siempre y transmitiéndola a los fieles.
Leeré, a
continuación, algunos pasajes de una conferencia dada por Mons. Lefebvre a unos
seis meses de su muerte (esto la hace especialmente importante, pues es como una
declaración de última voluntad):
LA FE ANTE TODO
"El
problema sigue siendo muy grave y… no hay que minimizarlo. Es lo que debemos
contestar a [los que] preguntan
si la crisis está por terminar, si no existiría la posibilidad de tener una
autorización para nuestra liturgia, para nuestros sacramentos.
Ciertamente la cuestión de la liturgia y de los sacramentos es muy
importante, pero más importante todavía es la de la Fe. Para
nosotros esta cuestión está resuelta, pues tenemos la Fe de siempre, la del
Concilio de Trento, del Catecismo de San Pío X, de todos los concilios y de
todos los Papas anteriores al Concilio Vaticano II; en una palabra, la Fe de la
Iglesia.
ROMA: OBCECACIÓN
MODERNISTA
Pero ¿y en Roma? La perseverancia y la obcecación en las ideas falsas y en
los graves errores del Vaticano II siguen en pie. Está claro. No debemos
hacernos ninguna ilusión. Estamos llevando a cabo un combate fortísimo. No
hemos de dudar ni tener miedo.
Algunos quisieran volver a unirse, a pesar de todo, con Roma, con el
Papa. Lo haríamos…
si ellos se encontraran en la Tradición y continuaran la tarea de todos los
papas del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Pero ellos mismos (los
Papas actuales) reconocen que han tomado un camino nuevo, que el Concilio Vaticano
II ha abierto una nueva era. Es el combate de Satanás contra la Ciudad
de Dios. ¿Cómo se resolverá esto? Es el secreto de Dios, un misterio.
Pero no debemos preocuparnos, debemos tener confianza en la gracia del Buen
Dios.
viernes, 15 de julio de 2016
SERMÓN PARA EL DOMINGO VIII DESPUÉS DE PENTECOSTÉS - R.P. TRINCADO
LA FALTA DE PRUDENCIA DE LOS HIJOS
DE LA LUZ
Este
domingo se suele predicar acerca de la virtud de la prudencia. El P. Alberto
María Weiss OP, ha escrito en 1906, su afamada “Apología del
Cristianismo”. En esa obra hay un capítulo que se titula así: “Falta
de Prudencia de los Hijos de la Luz”. Este texto aparece publicado, a
su vez, en una obra de la BAC muy conocida por los Sacerdotes tradicionalistas
hispanoparlantes:“Verbum Vitae - La Palabra de Cristo”, por Mons.
Ángel Herrera Oria (año 1955, t. VI, p. 647-648).
Dice Mons.
Herrera: “A la gran apología de Weiss le ocurre los que a todas las
obras maestras, que, aunque se refieran a los problemas de su tiempo, presentan
enfoques y soluciones permanentes”. En efecto, el P. Weiss
señala certeramente las causas espirituales de la crisis que se avecinaba a
inicios del siglo XX, que explotó en el fatídico concilio Vaticano II, y en
cuyas espesas oscuridades nos encontramos sumergidos hasta el presente. Como
se habla poco acerca de las causas de índole espiritual que nos llevaron a esta
derrota temporal, daremos, en este sermón, algunas citas de ese texto del P.
Weiss (la mayor parte de las veces extractadas y adaptadas). Y cuando las
oigan no piensen sólo en la crisis de la Iglesia universal, sino que piensen
también en la crisis que estalló el año 2012 en la FSSPX. Las causas
espirituales de ambas son, en el fondo, las mismas.
La
presente situación es triste, y sombrío es el porvenir. Noten que el P. Weiss escribe en 1906, en pleno
reinado de San Pío X. El Padre ve cómo el liberalismo se extiende por el mundo
entero y también, pese a los esfuerzos de los antiliberales encabezados por el
Papa santo, dentro de la misma Iglesia. Si se hubiera escuchado a Sacerdotes
como el P. Weiss, los liberales nunca habrían podido adueñarse de la Iglesia.
Como
consecuencia, un profundo malestar ha invadido todo. Únicamente dos clases de
personas se ven libres de ello:
los liberales y los inconscientes que gozan tranquilos de su comodidad. Fuera
de ellos, nadie hay que no diga que el estado actual de cosas no puede
sostenerse. Unos echan la culpa al clero y al cristianismo. Otros la hacen
recaer sobre los enemigos de la fe y de la Iglesia. Pero ¿de
qué nos serviría mejorar el mundo entero si llevamos siempre en nosotros mismos
los gérmenes de nuevos males? La simple prudencia exige que
dirijamos todos nuestros esfuerzos por este lado. El justo comienza por
acusarse él mismo, dice el Espíritu Santo (Prov 18, 17). Y de hecho, en
circunstancias análogas, los justos ha obrado así cuando se hacía necesario
mejorar la situación: “Cuanto has hecho con nosotros es justo” (Dan 3, 27).
Como vemos,
el P. Weiss no pone el foco en los enemigos de la Iglesia, sino en las los
mismos hombres de Iglesia, explicando en qué radica la imprudencia de los
buenos, de los católicos, de los hijos de la luz.
Dos
cosas nos vemos obligados a aceptar si queremos ser verdaderos discípulos del
Salvador, dos cosas que no fueron ahorradas tampoco al Hijo de Dios: el
odio y la persecución.
Sólo con esta condición estaremos seguros de conseguir el respeto del mundo y
una energía interior invencible. Para resumir en pocas palabras la
causa de nuestra debilidad: nuestra fe no descansa en convicciones bastante
sólidas y nuestra manera de obrar no es bastante sobrenatural. La mediocridad,
la timidez, la indecisión, son actualmente mayores que en las otras crisis por las que atravesó la
Iglesia.
martes, 14 de junio de 2016
R.P. TRINCADO - SERMÓN DEL IV DOMINGO DE PENTECOSTÉS
“Los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria futura que ha de manifestarse en nosotros”.
El
sufrimiento es una gran piedra de tropiezo, especialmente para el hombre
moderno, apóstata o ateo. El hombre moderno trata de evitar siempre todo
sufrimiento. Busca vivir lleno de placeres, como si esta corta vida fuera la
verdadera y definitiva vida. Ve el sufrimiento como algo inútil, sin sentido.
Pero es ley inexorable que el que no sabe sufrir en esta vida, sufra eternamente
en la otra.
Es
necesario que suframos con Cristo para que también seamos felices con Él. Dice Santo Tomás de Aquino (Coment. a Rom.) que
alguien podría pensar que esa gloria futura resulta demasiado costosa, por no
poderse alcanzar sino a costa de muchos y grandes sufrimientos. Pero el mismo
San Pablo, cuando escribe, soporta muchos sufrimientos, y él mismo fue un
vidente de la gloria futura: fue arrebatado al Paraíso, vio el Cielo, vio a
Dios. Y así dice, por experiencia, que los sufrimientos del tiempo presente no
son dignos de ser comparados con la gloria venidera que ha de manifestarse en
nosotros. No hay ninguna proporción entre lo que se puede llegar a sufrir acá y
lo que se gozará allá.
SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT HABLA DE CUATRO
MOTIVOS PARA SUFRIR COMO SE DEBE ("Carta a los Amigos de
la Cruz", extracto):
1º La mirada de Dios: Dios, como un gran rey en lo alto de una torre, mira en el
combate a su soldado, complacido y alabando su valor. ¿Qué mira Dios sobre la
tierra? ¿Las cosas que los hombres consideran más grandes? Lo que es más
estimable a los ojos de los hombres es abominable ante Dios (Lc 16,15). ¿Qué
es, pues, lo que mira con gozo? Dios mira al hombre que lucha por Él contra
la fortuna, el mundo, el infierno, y contra sí mismo, al hombre que lleva con
alegría su cruz.
2º La mano de Dios: En segundo lugar, considerad la mano de este Señor poderoso,
que permite todo el mal que nos sobreviene, desde el mayor hasta el menor. La
misma mano que aniquiló un ejército de cien mil hombres es la que hace caer
la hoja del árbol o el cabello de vuestra cabeza. La mano que hirió tan
duramente a Job es la misma que os roza suavemente con esa pequeña
contrariedad. Considerad que Dios, con una mano infinitamente poderosa y
prudente os sostiene, mientras os hiere con la otra. Con una mano mortifica,
con la otra vivifica; humilla y enaltece. Con sus dos brazos abarca por
completo vuestra vida suave y fuertemente: suavemente, sin permitir que seáis
tentados y afligidos por encima de vuestras fuerzas; fuertemente, pues os
ayuda con una gracia poderosa, que corresponde a la fuerza y duración de la
tentación y de la aflicción.
3º Las llagas y los dolores de Jesús crucificado: En tercer lugar, mirad las llagas y los
dolores de Jesús crucificado. Él mismo os dice: «¡Vosotros, los que pasáis
por el camino lleno de espinas y cruces por el que yo he pasado, mirad,
fijaos! (Lam 1,12). Mirad con los ojos corporales y ved con los ojos de la
contemplación si vuestra pobreza y desnudez, vuestros desprecios, dolores y
abandonos, son comparables con los míos. Miradme, a mí que soy inocente, y
quejaos vosotros, que sois los culpables». Cuando os veáis atacados por la
pobreza, la abyección, el dolor, la tentación y las otras cruces, armaos con
el pensamiento de Jesucristo crucificado, que será para vosotros escudo,
coraza, casco y espada de doble filo. En él hallaréis la solución de todas
las dificultades y la victoria sobre cualquier enemigo.
4º Arriba, el cielo; abajo, el infierno: En cuarto lugar, mirad en el cielo la
hermosa corona que os espera, si lleváis bien vuestra cruz. Contemplemos
sobre nuestra cabeza a los ángeles que nos gritan: «Guardaos de perder la
corona señalada con la cruz que se os ha dado, si la lleváis bien. Pues si no
la lleváis como se debe, otro la llevará como conviene y os arrebatará el
premio. Combatid valientemente, sufriendo con paciencia, nos dicen todos los
santos, y recibiréis un reino eterno». Escuchemos, en fin, a Jesucristo, que
nos dice: «no daré yo mi premio sino a quien haya sufrido y vencido por su
paciencia» (Ap 2,7…). Contemplemos abajo el lugar que hemos merecido, y que
nos espera en el infierno con el mal ladrón y los condenados, si como ellos
sufrimos con protesta, despecho y venganza. La última gran prueba en
la vida de ambos ladrones, fue la del sufrimiento. Uno, por saber sufrir,
reconoció a su Dios y se salvó; otro, por no saber sufrir, se condenó. Y
Cristo, sufriendo entre esos dos, nos redimió. El buen ladrón asumía sus
padecimientos como algo justo, algo merecido por sus pecados. El mal ladrón
se rebelaba ante la justicia. Uno moría en la obediencia e iba al cielo; el
otro moría en la rebeldía e iba al infierno. Exclamemos con San
Agustín: quema, Señor, corta, poda, divide en esta vida, castigando mis
pecados, con tal que me los perdones en la eternidad.
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viernes, 25 de marzo de 2016
R.P. TRINCADO - SERMÓN DEL JUEVES SANTO
El
Jueves Santo la Iglesia conmemora la institución de la Eucaristía y del
Sacerdocio. Cristo, al ascender a los Cielos, no nos ha abandonado. Él mismo,
por medio de la Eucaristía, perpetuará su Sacrificio Redentor y será el
alimento de nuestras almas para siempre, y, por medio de sus Sacerdotes, Él
seguirá conduciéndonos al puerto de salvación hasta el final de los tiempos.
Ambas cosas son obras del amor infinito de Dios. “Dios es amor”, dice san Juan, y ese amor activo y expansivo en supremo grado “es un fuego devorador”, según palabras de San Pablo y del Deuteronomio.
En
esta ocasión quiero referirme a la caridad y a la humildad de
Nuestro Señor en el episodio narrado en el Evangelio de hoy, que dice: “Sabiendo Jesús que
había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los
suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.
“Hasta el fin” o “hasta el
extremo”. Cristo nos amó hasta el extremo. Y esto nos enseña
cómo debe ser el amor que debemos tener a Dios. Nadie puede amar demasiado o
excesivamente a Dios y cualquier medida de amor con que correspondamos a su
infinito amor, será poca cosa.
Hasta el extremo. Dios quiere
corazones de fuego. “¡Fuego vine a lanzar sobre la tierra y cómo quiero
que arda!”, nos dice Cristo. Pero nosotros no queremos que arda. “El
Reino de los Cielos sufre violencia” y sólo “los violentos”,
es decir, los resueltos, los de fuego; conquistan y “arrebatan el
Cielo” porque antes se han dejado conquistar e incendiar por el fuego
de Dios.
Nos amó hasta el
extremo.
Evitemos la caridad mediocre, también conocida como tibieza, porque
no hemos sido creados para la mediocridad, sino para el heroísmo, para el amor
heroico, no tibio sino ardiente. A eso hemos venido a la Resistencia, a la
última trinchera anti liberal, y si no es para amar a Dios hasta el extremo, ¿a
qué hemos venido?
sábado, 19 de marzo de 2016
domingo, 27 de diciembre de 2015
R.P. TRINCADO - SERMÓN DEL DOMINGO EN LA INFRAOCTAVA DE NAVIDAD
Simeón con el Niño Jesús,
por Jusepe de Ribera
Dijo el profeta Simeón a María, su madre: he aquí que
este Niño ha sido puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para
ser señal de contradicción.
Nuestro Señor Jesús vino para ruina o condenación de
los que no creen en Él y para elevación o salvación de los que sí creen. Por
eso, justo antes de su Ascensión, dice Nuestro Señor: Id
por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea
bautizado se salvará, pero el que no crea se condenará (Mc 16, 15).
Verdaderamente, muchos -y cada vez más- son
los que no creen y se condenan. En la tercera misa de Navidad leíamos, en el
inicio del Evangelio de San Juan, que Cristo es la Luz verdadera que
resplandece en medio de las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron...
el mundo no lo conoció. Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Cristo
será contradicho y rechazado por muchos hasta el fin del mundo, será signo
de contradicción.
¿Por qué hay tantos que no creen y se condenan? Dice
también el Evangelio de San Juan: Vino la luz al mundo pero los hombres
amaron más la oscuridad que la luz, porque sus acciones eran malas. Pues todo
el que hace el mal odia la luz, y no viene a la luz para que sus acciones no
sean vistas. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que se vea que
sus acciones han sido hechas en Dios (3, 19-21).
El que no está conmigo está contra mí, y el que no
recoge conmigo desparrama, (Lc
11, 23). Ningún hombre queda indiferente ante Cristo y todos
terminaremos eternamente unidos a Cristo en el Cielo
o eternamente separados de Cristo en el Infierno. Estamos obligados a
elegir: con Él o contra Él.
sábado, 26 de diciembre de 2015
miércoles, 16 de diciembre de 2015
lunes, 14 de diciembre de 2015
R.P. TRINCADO - SERMÓN PARA EL DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO
Dijo Juan Bautista: “Yo
soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del señor”, como
dijo el profeta Isaías.
La Iglesia nos hace considerar
estas palabras divinas en el Evangelio de este domingo, a fin de que nuestras
almas se preparen a recibir a Cristo en unos pocos días más, en la Navidad.
“Enderezad el camino
del señor”. Nuestras
almas son “el camino del Señor” porque Dios quiere que el bien, del cual Él es
autor, llegue a todos y a todo a través de nuestras almas. Y aunque cada uno de
nosotros es un camino que pertenece a Dios, cada uno de nosotros es libre para
elegir ser camino para el bien o camino para el mal, camino para Dios o camino
para el demonio.
“Enderezad”. Venimos
a la existencia con el alma retorcida. Nacemos inclinados al mal, al pecado. De
ahí que nuestras almas deban ser rectificadas, enderezadas, sanadas,
restauradas. Las almas han quedado retorcidas a causa del pecado
original.Gravemente enfermos y heridos, todos somos ese hombre de la parábola
del buen samaritano, ese que fue asaltado y quedó “medio muerto”. Así venimos a
la vida: “medio muertos”. Pero Cristo sólo quiere darnos su Vida. Amor Infinito,
no se conforma con sanar la naturaleza humana, sino que además nos hace
partícipes de la naturaleza divina. No deja al hombre asaltado tal como estaba
antes del asalto, sino que lo eleva hasta el Cielo, hasta Sí mismo.
Nuestras almas son, pues, caminos
retorcidos que es preciso rectificar y esa rectificación es posible. “El
corazón del hombre camina derecho cuando va de acuerdo con la voluntad divina”,
dice Santo Tomás de Aquino (Comentario al Padrenuestro, l. c., 142). La
rectitud del alma está, entonces en esta sola cosa: querer hacer la voluntad de
Dios, querer agradar a Dios. Y eso y sólo eso es la santidad: vivir conforme a
la voluntad de Dios. Recto es el que busca la verdad, sean cuales fueren las
consecuencias que esa búsqueda le acarree. Sólo los rectos saben qué es el
verdadero amor y sólo ellos aman de verdad. Los que no son rectos viven
engañándose y engañando.
“Los rectos o simples
son los que no tienen doblez en su corazón. Simple quiere decir "sin
pliegue". Para ellos es la alegría; para ellos la luz, aun en las
tinieblas; para ellos los beneficios [de Dios];
para ellos la salvación y la gloria; de ellos es el amor; de ellos, como de los
niños, es la alabanza que a Dios agrada.” (Mons. Straubinger). La
rectitud nos hace acreedores de todos los bienes y la falta de rectitud nos
puede acarrear todos los males. En la espantosa confusión en que se halla
inmerso en mundo actual, la rectitud es también nuestra primera defensa, pues
el recto de corazón “tendrá un juicio seguro, es decir, una certeza y
convicción interior acerca de lo que es verdadero, de modo que no puedan
engañarlo las tremendas seducciones que rodean a todo hombre.” (Mons.
Straubinger).
¿Alguno de ustedes vienen a misa
para agradar a los hombres, para ser aprobado por sus padres o por sus esposas
o maridos? En tal caso, es claro que Dios no es el supremo fin de sus actos; su
alma no es recta, su corazón sigue retorcido y, aunque venga a misa y rece a
veces, marcha al infierno. Alaba a Dios con la boca, pero la alabanza que Dios
más aprecia es el ofrecimiento de un corazón recto. Las almas le son agradables
según su mayor o menor rectitud. Debemos “examinar con mucho cuidado
nuestra intención en todo lo que hacemos, y no buscar nuestros intereses”dice
S. Gregorio Magno (Hom. sobre Ezequiel 2).
Y San Pablo dice en la Ep. a los
Filipenses (2,13) que “Dios es el que, por su benevolencia,
obra en vosotros tanto el querer como el obrar” Por eso -comenta Mons.
Straubinger- “nadie se desanime, puesto que aun la voluntad que nos falta
puede sernos dada por la bondad de nuestro divino Padre. Es lo que expresa la
oración del Domingo XII después de Pentecostés: "Dios misericordioso, de
cuyo don viene el que tus fieles puedan servirte digna y provechosamente".
S. Bernardo circunscribe la cooperación humana a la siguiente fórmula: Dios
obra en nosotros el pensar, el querer y el obrar. Lo primero sin nosotros. Lo
segundo con nosotros. Lo tercero por medio de nosotros.”
Agrega Mons. Starubinger: “Las
promesas del Señor son para los hombres sin ficción. Dios no se cansa de
insistir, en ambos Testamentos, sobre, esta condición primaria e
indispensable que es la rectitud de corazón, o sea la sinceridad sin doblez [sin
mentira, sin hipocresía, sin fingimiento]. Es en realidad lo único
que Él pide, pues todo lo demás nos lo da el Espiritu Santo con su gracia y
sus dones. De ahí la asombrosa benevolencia de Jesús con los más grandes
pecadores, frente a su tremenda severidad con los fariseos, que pecaban contra
la luz o que oraban por fórmula. De ahí la sorprendente revelación de que el
Padre descubre a los niños lo que oculta a los sabios.”
¿Por qué, entre los que por el
Bautismo han recibido la gracia santificante (rectificante), existe
tanta desigualdad en cuanto a que unos pecan mortalmente, otros son tibios y
otros son fervorosos? Porque el desarrollo de la semilla depende de la tierra
en la que ésta cae, porque “la predicación del Evangelio produce
distintos efectos, según la rectitud de los oyentes. Jesús
promete la luz a todo aquel que busca la verdad para conformar a ella su vida.
El que con rectitud escucha la Palabra divina, no la puede resistir. Al de
ánimo doble, en cambio, su propia falta de rectitud cierra la entrada al
Espíritu Santo.” (Mons. Straubinger).
Y dijo Juan Bautista: “Yo
soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del señor”. Estimados
fieles: pidamos a la Santísima Virgen, en cuya alma todo fue siempre
absolutamente recto, que nos alcance de Dios un corazón recto.
lunes, 30 de noviembre de 2015
R.P. TRINCADO - SERMÓN EN EL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO
La Iglesia quiere que en el Adviento preparemos nuestras
almas para Navidad. Explicaremos brevemente la
Epístola, a partir de comentarios de Santo Tomás de Aquino:
Ya es hora de levantarnos del sueño, comienza diciendo San Pablo en la Epístola de hoy. Ya
es hora de levantarnos del sueño, porque ahora está más cerca nuestra salvación
que cuando empezamos a creer. Este sueño es el sueño de la culpa,
según Ef 5, 14: Despierta tú que duermes, y levántate de entre los
muertos, y el Señor te alumbrará; o el sueño de lanegligencia o tibieza,
según Prov 6, 9: ¿Hasta cuándo duermes, oh perezoso? Es
tiempo, entonces, de levantarnos del sueño de la culpa por la
penitencia, o del sueño de la negligenciapor el vivo deseo de obrar
el bien. Este despertar consiste en alejarse de la oscuridad del
diablo y acercarse a la luz de Dios; por eso se dice en Sant 4, 7-8: Resistid
al diablo y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros.
La noche está avanzada y el día está cerca; dejemos,
entonces, las obras de las tinieblas, y revistámonos las armas de luz. La noche es la vida presente por
las tinieblas u oscuridad de la ignorancia que padecemos en esta tierra. El día es
la bienaventuranza futura, por la claridad de Dios con la que son iluminados
los santos. También la noche significa el estado de pecado mortal y
el día, el estado de gracia, por la luz espiritual que sólo
tienen los justos.
Las obras de los pecadores se llaman obras de las
tinieblas: 1° porque en sí mismas son contrarias a la luz de la razón, con la
que deben iluminarse las obras humanas. Todo pecado es algo contrario a la
razón. 2° porque muchas veces las malas obras se hacen en la oscuridad
material: el ojo del adúltero está aguardando la oscuridad, se dice
en Job 24,15. 3° porque por ellas va a dar el hombre a las tinieblas del
infierno, según aquello de Mat 22,13: echadle a las tinieblas
exteriores.
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