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sábado, 18 de julio de 2015

COMENTARIOS ELEISON - PAPAS CONCILIARES V



Número CDXVIII (418)
18 de julio de 2015

Papas Conciliares – V

Mons. Williamson



Dios finalmente rescatará Su Iglesia, por supuesto,
Pero los Católicos deben gritar hasta quedar roncos.

El “Comentario” de la semana pasada fue tan lejos como para sugerir que empezar a comprender la mentalidad liberal es una ayuda importante para mantener la Fe hoy en día. Viendo cómo el liberalismo disuelve la Verdad, uno comprende cómo él está socavando la Fe y destruyendo a la Iglesia. Al mismo tiempo, viendo cómo corrompe las mentes, uno comprende cómo los hombres de Iglesia de hoy están “diabólicamente desorientados” sin necesariamente estar completamente conscientes de cómo están destruyendo a la Iglesia. Entonces, uno no necesita ser ni liberal ni sedevacantista. Así que miremos a otro texto clásico de Monseñor Lefebvre donde él examina “La Mentalidad Católico-Liberal” en el Capítulo XVI de Le Destronaron:

“Una enfermedad del espíritu. Más que una confusión, el catolicismo liberal es una ‘enfermedad del espíritu’ (Padre A. Roussel en su libro “Liberalismo y Catolicismo”): El espíritu no consigue sencillamente descansar en la verdad. Apenas se atreve a afirmar algo, se le presenta la contra-afirmación, que también se ve obligado a admitir. El Papa Pablo VI fue el prototipo de este espíritu dividido, de este ser de doble faz – incluso se podía leer esto físicamente, en su rostro – en perpetuo vaivén entre los contradictorios y animado de un movimiento pendular, que oscilaba regularmente entre la novedad y la Tradición. Dirán algunos: ¿esquizofrenia intelectual?

“Creo que el Padre Clérissac vio más en profundidad la naturaleza de esta enfermedad. Es una ‘falta de integridad del espíritu’, escribe (Humbert Clérissac, o.p. “El Misterio de la Iglesia” Cap.7), de un espíritu que no tiene ‘suficiente confianza en la verdad. Esta falta de integridad del espíritu en las épocas del liberalismo, se explica del lado psicológico por dos rasgos manifiestos: los liberales son receptivos y febriles. Receptivos porque asumen con demasiada facilidad los estados de espíritu de sus contemporáneos; febriles porque por miedo de contrariar esos diversos estados de espíritu, se encuentran en continua inquietud apologética; parecen sufrir ellos mismos las dudas que combaten; no tienen suficiente confianza en la verdad; quieren justificar demasiado, demostrar demasiado, adaptar o incluso disculpar demasiado’.

“Ponerse en armonía con el mundo. ¡Disculpar demasiado! ¡Qué expresión oportuna! Quieren disculpar todo el pasado de la Iglesia: las Cruzadas, la Inquisición, etc.; en cuanto a justificar y demostrar, lo hacen bien tímidamente, sobre todo si se trata de los derechos de Jesucristo; pero adaptar, por cierto que lo hacen, ese es su principio. Parten de un principio práctico y de un hecho que juzgan innegable: que la Iglesia no podría concebirse en el ambiente concreto en que debe cumplir su misión divina sin armonizarse con él”.

Desde el tiempo del Padre Clérissac y de Monseñor Lefebvre, la disolución de las mentes y de los corazones por el liberalismo ha solamente hecho grandes avances. En el siglo 21ero hay aún menos trazas que hayan quedado del antaño marco de verdad objetiva y de moralidad objetiva que las que había en el siglo 20mo. Esto siendo así, la adaptación de la Iglesia a sus ambientes deviene más y más mortal para la Fe Católica y para la moral, las cuales no son nada si no son objetivas. ¡Cuánto hemos tenido que sufrir recientemente a causa de una mente continuamente alternando afirmaciones con contra-afirmaciones, continuamente ansiosa por convencer a ambos dos partidos completamente opuestos el uno al otro, para reconciliar lo irreconciliable, careciendo no solamente de confianza en la verdad sino incluso, tal como parece, de cualquier conocimiento de la verdad, si no fuera que esta mente puede hacer una tan buena imitación de la verdad! Tal mente se decía ayer que pertenecía a un “mentiroso”. ¿Y hoy?

Solamente podemos gritar como el Salmista: Señor, tus propios Católicos han devenido una burla para los no Católicos. Por tu propio honor y gloria, ¡apresúrate a rescatarnos!


Kyrie eleison.

viernes, 15 de mayo de 2015

ALGUNOS ASPECTOS DEL LIBERALISMO EN EL CLERO – P. AGUSTÍN ROUSSEL





Con agradable sorpresa encontramos en la “Revista del Clero Francés” (15 de junio de 1905), firmadas por el Padre De la Paquerie, las afirmaciones referentes a ciertos aspectos del Liberalismo moderno, sobre todo en el clero:

“Podemos definir el Liberalismo con una sola palabra, el sistema del temor. Bien entendido que no hablo de ninguna manera de un miedo personal. Muchos liberales han sido hombres de gran coraje a la vez que de lo más caballerescos. No tenían miedo en cuanto a ellos mismos, sino, solamente, cosa ésta honorable, y aún que emociona, pero poco juiciosa, por respetuosa, y osaría decir, poco cristiana, miedo por la Iglesia. Ellos hubieran dado su vida por salvarla. Actitud muy hermosa. Pero hubiera sido más hermoso, y sobre todo más real, más verdadero, no temblar por Ella y no creer tan fácilmente que Ella tenía tanta necesidad de ellos.

“No cesan de decir: si no aceptáis nuestras ideas, está todo perdido, la religión está perdida; la Iglesia está perdida. Todo el mundo le dará la espalda y esto estará terminado. ¡Sobre todo nada de desgracias! Es necesario hacerse aceptar. ¡No nos hagan perder la reputación! No nos pongan en enemistad con el mundo moderno…”
 Éste es su estilo uniforme.

“Digamos de paso que esta, aun humanamente considerada, es una mala táctica. Un hombre intrépido se hace respetar, un hombre que no duda, atrae confianza. Al contrario, si tenéis miedo, es que no estáis seguros de vosotros mismos; y si no estáis seguros de vosotros mismos, ¿cómo me fiaré yo? Más que nunca, en el tiempo en que vivimos, es necesario tener firmes creencias: las almas desamparadas buscan un abrigo y un refugio. Sólo la iglesia puede proporcionárselos. Ella lo ofrece pero no se le cree: y ¿cómo le han de creer viendo a sus servidores, los más devotos, atender todos los ruidos exteriores y ponerse al unísono con un mundo que ellos hubieran debido dominar?

“No hay más que una especie de personas que son respetadas: las fuertes. Los débiles son siempre menospreciados. Y la señal de que uno es fuerte es que no se tiene necesidad de nadie. Ser refugio seguro para quien acude a nosotros, tener creencias firmes, mientras los otros no saben ni que es lo que creen, permanecer tranquilos y confiados, mientras que todos los demás son sacudidos por las tormentas políticas, o devorados por pasiones insaciables, hacer prosélitos no cediendo nada, sin nada disminuir, sin nada disfrazar, esto prueba firmeza y atrae respeto. Pero tener de todo, retener a fuerza de concesiones a aquellos que no quieren permanecer con nosotros, sacrificar los principios para obtener número, conservar el nombre de quienes ya no se tiene el corazón, eso es debilidad, es desgracia y falta de fe, es eso lo que hace decir a nuestros enemigos que estamos acabados y que lo sabemos.

“Jamás, antes de nuestra época, la Iglesia había producido ese personaje miserable”.

El Liberalismo envejeció ya, sin duda, como todos los errores.

“Pero el sentimiento que lo inspira, el miedo, está siempre vivo. Incluso se ha extendido y multiplicado. Todo lo invade. Hace languidecer la controversia, debilita y rebaja la moral y el ascetismo. Los que hace poco tiempo abandonaban la tradición católica sobre este punto en particular, la libertad del error; estos, digo, puesto que siempre son los mismos, la abandonan en una multitud de otros puntos. Siempre con el mismo pretexto: hay que modificar nuestras ideas puesto que el mundo ya no las va a aceptar. No dicen que las nuevas teorías estén demostradas ni que sean demostrables; afirman solamente que están de moda, que la ciencia las ha adoptado y que la Iglesia, si no las acepta, se condena a un aislamiento mortal. Siempre el mismo sentimiento: el miedo. Miedo a los sabios incrédulos, miedo a un público escéptico, miedo de afirmar algunas cosas que haya que retractar después, miedo de repetir la historia de Galileo, miedo del presente, miedo del futuro, miedo de todo”.

Este mismo miedo, que es el fundamento del liberalismo y de la apologética actual, tiende a introducir en el clero un espíritu nuevo.

jueves, 7 de mayo de 2015

EL CATÓLICO LIBERAL – P. AGUSTÍN ROUSSEL






PREOCUPACIÓN POR LA PAZ

El “Católico-liberal” quiere la paz a cualquier precio, pero es un precio demasiado elevado, pues, tal como la concibe y la practica, se realiza siempre en detrimento de la verdad, de los derechos de Dios y de la Iglesia. Ciertamente, todo católico debe amar la paz, es decir, buscar la tranquilidad del orden en todo dominio: “Bienaventurados los pacíficos”. Pero, dice el Cardenal Pie, la paz no es posible más que en la verdad, pues el orden no es posible entre aquello que no está dispuesto según la exigencia de las mutuas relaciones; entre los hombres, sólo si su actividad esta ordenada según la virtud, en particular según la justicia y la caridad que aseguran el respeto de todos los poderes legítimos, de todos los derechos.(Estas virtudes sociales, por otra parte, no pueden ser plenamente comprendidas y realizadas más que en el seno de la verdadera Religión; pues sólo el Catolicismo, orden íntegro y fuerza misma de Dios, es de naturaleza para conducirlas a la perfección relativa que comportan en este mundo). De ahí que la paz es imposible aquí en esta tierra, entre la Iglesia y el mundo: “Hijo mío, al entrar al servicio del Señor, prepara tu alma para la prueba”.(Eclo, 2, 1)“Así, todos aquellos que quieren vivir con piedad en Cristo Jesús, deberán sufrir persecución”.(II Timoteo, 3, 12)

Nuestro Señor mismo lo ha predicho claramente: “Seréis odiados a causa de mi nombre”; y en efecto, es un privilegio del Catolicismo el excitar siempre y en todas partes el odio violento o hipócrita del mundo que él condena. La Iglesia militante luchará en tanto haya almas que salvar. En consecuencia, el pacífico es con frecuencia llevado a preparar y hacer la guerra contra los perturbadores del orden, contra la concupiscencia, contra el mundo, contra Satán. Es pues por amor del orden y de la paz que atacará la ignorancia, el error, las pasiones, para salvar almas. El “Católico-liberal” ignora las verdaderas condiciones para la paz, esta permanencia del orden, puesto que él lleva el desorden en su pensamiento como en el mismo nombre que se da. Quisiera el acuerdo de voluntades por encima y a pesar de la divergencia y la oposición de los espíritus. No alcanza más que a una tolerancia superficial y provisoria en la que el catolicismo lleva todo lo de perder y nada que ganar. No logra en absoluto la verdadera paz, no obtiene ni siquiera la estima de sus adversarios: ¡Cuántas veces lo hemos visto tender con penosa insistencia una mano que se le rechazaba con desprecio! No, el “Católico-liberal” no es pacífico, es pacifista: tiene de ello las dos principales características: aversión a sus hermanos católicos sin epítetos, la comprensión con los enemigos.



Este martes 23 de septiembre de 2014, Mons. Bernard Fellay, Superior General de la Fraternidad San Pío X, se reunió con el Cardenal Gerhard Ludwig Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe. Lo acompañaban los Padres Niklaus Pfluger y Alain-Marc Nély, 1° y 2° Asistentes Generales de la Fraternidad. Junto al Cardenal Müller se encontraban Mons. Luis Ladaria Ferrer s.j., Secretario de la Congregación para la Doctrina de la fe, Mons. Joseph Augustin Di Noia o.p., Secretario adjunto, y Mons. Guido Pozzo, Secretario de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei.
(…)
En una entrevista cordial, se expusieron las dificultades doctrinales y canónicas, y se evocó la situación actual de la Iglesia. Se decidió continuar con los intercambios para aclarar los puntos de divergencia que subsisten.
 Menzingen, 23 de septiembre de 2014
(DICI)


Fotografía con que el sito de noticias del Vaticano ilustró el encuentro entre el Card. Müller y Mons. Fellay (http://www.news.va/en/news/congregation-for-the-doctrine-of-the-faith-cardina)
que demuestra el desprecio que se le tiene a los conciliadores fraternitarios en Roma.

“¡Cuántas veces lo hemos visto (al católico liberal) tender con penosa insistencia una mano que se le rechazaba con desprecio!”



ACTITUD CARITATIVA

¡Caridad, caridad! Esta es una de las excusas con que el “Católico-liberal” trata de justificarse. La verdadera caridad consiste en amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo por amor de Dios; ella no separa estos dos amores, ama a Dios y al prójimo como Dios lo manda, en el orden y de la manera que Él lo quiere, es decir, con, por, y en Jesucristo y la Iglesia. Sabe que el primer bien es la verdad: difundirla será pues su primer deber. Y porque ama fervientemente, detesta con vigor; experimenta un odio implacable al mal, al error, al pecado y busca destruir todos los obstáculos que se oponen a la misión apostólica de la Iglesia. Comentando las palabras de San Pablo: facientes veritatem in caritate, el Cardenal Pie escribe: “La caridad implica ante todo el amor de Dios y de la verdad; no teme pues sacar la espada de la vaina cuando está en juego el interés de la causa divina, sabiendo que más de un enemigo no puede ser cambiado o curado más que por los golpes enérgicos y heridas saludables”. ¿Ama a Dios por sobre todas las cosas el “Católico-liberal” que desconoce su verdad y hace y negocia con tanta habilidad sus derechos imprescriptibles? ¿Ama a su prójimo cuando no emplea todas sus posibilidades para sacarlos del error y hacerle la limosna de un poco de verdad sobrenatural? ¿Es verdaderamente amar a un enfermo ocultarle su mal en vez de curarlo? ¿Es verdaderamente tener piedad de las almas, callar las verdades algo duras pero que sólo por ellas podrían despertarse y salvarse, argumentando que no se los quiere violentar?... No, la caridad del “Católico-liberal” está mal ordenada por no decir directamente deformada. Es más de caridad desordenada que caritativo, pues si es todo dulzura con el incrédulo, es en cambio todo acritud, animosidad con el católico. Su corazón se vuelve hacia «la izquierda» como sus ideas, y en ese sentido no ve en ellos más que equivocados, extraviados y les prodiga tesoros de indulgencia de la que no le queda nada para los verdaderos católicos; con ellos se muestra fácilmente acervo y violento: entonces “su celo es amargo, su polémica agria, su caridad agresiva” (Dom Sardá).


“Por un lado, culpamos a las autoridades actuales de todos los errores y todos los males que se encuentran en la Iglesia, olvidando que ellas intentan al menos en parte de liberarse de los más graves (la condenación de la “hermenéutica de la ruptura” denuncia errores muy reales). Por otra parte se afirma que todos están arraigados en esta pertinacia (“todos modernistas,  “todos podridos”). Esto es obviamente falso. Una gran mayoría se deja llevar por el movimiento, pero no todos.”
(Mons. Fellay, Carta a los tres obispos, 14 abril 2012)
  

martes, 5 de mayo de 2015

EL CATÓLICO-LIBERAL ES UN GRAN PELIGRO II – P. A. ROUSSEL

 
S.S. Pío IX.


Puede ser que nos traten de “sofistas venenosos”, de “sabuesos de la Inquisición”, de “teólogos quiméricos” y aún con otros amables apelativos que no molestan viniendo de una pequeña secta que no vuela alto; nuestra respuesta será citar algunos juicios de autoridad acerca del peligro del “Catolicismo-liberal”.

¿Qué pensaba Pío IX?

Dirigiéndose a los Peregrinos de Nevers (junio 1871), el Santo Padre se lamentaba con dolor: “Lo que aflige a vuestro país y le impide merecer las bendiciones de Dios, es esa mezcla de principios. Diré claramente y no callaré: lo que temo no son todos esos miserables de la Comuna de París…, lo que temo es esta desdichada política, este liberalismo católico que es el verdadero desastre…, ese juego de oscilación que destruirá la Religión. Es necesario, sin duda, practicar la caridad, hacer todo lo posible para salvar a quienes andan descarriados; sin embargo, no es necesario para ello comulgar con sus opiniones…” (1).

Dos años después, Pío IX, respondiendo unas preguntas, envió un Breve a un Comité Católico de Orléans. Allí leemos lo siguiente: “Es cierto que tenéis que sostener la lucha contra la impiedad, sin embargo, puede ser que tengáis menos que temer de ese lado que de un grupo amigo, compuesto de hombres imbuidos de esa doctrina equívoca, la cual, rechazando las consecuencias extremas de los errores, mantiene y alimenta obstinadamente el germen inicial, y no queriendo entregarse a la verdad completa, ni osando tampoco rechazarla enteramente, procura interpretar las enseñanzas de la Iglesia de tal modo que concuerden con sus propios sentimientos”.

Algún tiempo después, remitió un nuevo Breve a un Círculo de Católicos de Quimper: “Ellos (vuestros adherentes) ciertamente no serán apartados de esta obediencia por los escritos y esfuerzos de los enemigos de la Iglesia y de esta Cátedra de Pedro, puesto que precisamente es contra esos enemigos que ellos han emprendido la lucha; pero sí podrían encontrar un camino de deslizarse hacia el error en esas opiniones que se dicen liberales, que son aceptadas por muchos católicos, virtuosos por otra parte y piadosos, corriendo el riesgo de ser fácilmente atraídos hacia esas opiniones muy perniciosas. Advertid entonces, venerable hermano (el Obispo de Quimper), a los miembros de la Asociación Católica, que en las numerosas ocasiones en las que Nos, hemos condenado a los adeptos de las opiniones liberales, no nos hemos referido a aquellos que odian a la Iglesia y que hubiera sido inútil designar; sino más bien, señalamos a aquellos que, conservando y manteniendo escondido el virus de los principios liberales que han bebido con la leche bajo la excusa de que no está infectada de una malicia manifiesta y no es dañosa para la Religión, según ellos, así la inoculan fácilmente en las almas y propagan de esta manera las semillas de esa revolución por la cual el mundo está destruido desde hace tanto tiempo”.

Ese mismo año de 1873 se lee en un Breve al Círculo Católico de Milán: “No obstante, y siendo cierto que los hijos de este siglo son más sagaces que los hijos de la luz, sus engaños (los de los enemigos de la Iglesia) tendrían sin duda menos éxitos si un gran número entre aquellos que llevan el nombre de católicos, no les tendieran una mano amiga. Sí, ¡así es! Hay quienes tienen la apariencia de querer marchar de acuerdo con nuestros enemigos, y se esfuerzan por establecer una alianza entre la luz y las tinieblas, un acuerdo entre la justicia y la iniquidad, por medio de esas doctrinas que se llaman “Católico-liberales”, las que, apoyándose sobre los principios más perniciosos, adulan el poder laico cuando invade las cosas espirituales y empuja los espíritus, por lo menos, a la tolerancia de leyes más inicuas, tan tranquilamente como si no hubiese sido escrito que nadie puede servir a dos señores. Así, éstos, ciertamente, son más peligrosos y más funestos que los enemigos declarados, porque secundan sus esfuerzos como desapercibidos y aún ignorantes, porque se mantienen en el límite extremo de las opiniones formalmente condenadas, y toman una cierta apariencia de integridad y de doctrina irreprochable, tentando de esta manera a los imprudentes amigos de conciliaciones, engañando a las personas rectas que se revelarían contra un error manifiesto. Así es como ellos dividen los ánimos, desgarran la unidad, y debilitan las fuerzas que debieran reunir para conducirlas juntas contra el enemigo…”

También en 1873, Pío IX se expresó en igual sentido en un Breve al Presidente de la Federación de los Círculos Católicos de Bélgica: “Lo que más alabamos en esa religiosa obra es que sois enemigos de los principios «Católico-liberales», que tratáis de limpiar de las inteligencias tanto como está en vuestro poder. Aquellos que están imbuidos de esos principios, hacen profesión, es cierto, de amor y respeto por la Iglesia, y parecen consagrar a su defensa sus talentos y sus trabajos; pero no trabajan menos en pervertir su espíritu y su doctrina, y cada uno de ellos, siguiendo la variación particular de su espíritu, se inclina a ponerse al servicio o del César o de aquellos que inventan derechos a favor de la falsa libertad. Piensan que es absolutamente necesario seguir este camino para evitar causas de discusiones, para conciliar con el Evangelio el progreso de la sociedad actual, y para restablecer el orden y la tranquilidad, como si la luz pudiera coexistir con las tinieblas, y como si la verdad no continuara siendo verdad a pesar de que se quiera violentar su verdadero significado y despojarla de la inmutabilidad inherente a su naturaleza. Este insidioso error es más peligroso que una enemistad declarada, porque se cubre con el velo engañoso del celo y de la caridad; y es evidente que esforzándose en combatirla y poniendo un cuidado constante por alejar de ella a los simples, que extirparéis la raíz fatal de las discordias y trabajaréis eficazmente en producir y mantener la estrecha unión de las almas”. Criticar esas doctrinas, es dividir pero para fomentar su unión, teniendo en cuenta “la única campana” que pedía la reciente declaración de los Cardenales y Obispos de Francia.

sábado, 2 de mayo de 2015

EL CATÓLICO-LIBERAL ES UN GRAN PELIGRO I – P. A. ROUSSEL





El Liberalismo absoluto y lógico, salido de un Racionalismo extravagante, horroriza en su misma franqueza, y no engaña a nadie, al menos entre quienes permanecen en la verdadera doctrina, saben quedarse a cubierto con el sólido escudo de la fe y escuchan con atención las enseñanzas del Magisterio vivo de la Iglesia.

El “Catolicismo-liberal” es algo bien peligroso pero de otra manera. Se ha dicho con razón que, gracias a él, el juicio se debilita, la conciencia se vuelve indiferente, el espíritu se llena de nubes, de sombras... ¿Cómo, de esa forma, conservar la tradición inmaculada de la Iglesia, en ese mundo de imágenes, donde el arte de ir degradando las tonalidades ha llevado al infinito?

Se dudaría en dar un salto brusco desde la cima del puro Catolicismo hasta las profundidades del Liberalismo, pero el “Catolicismo-liberal” ofrece y dispone la pendiente intermedia que facilitará el descenso, haciéndolo insensible. Además, como se ha dicho, “si no hubiera matices, ningún medio entre la verdad y el error, pocos serían los hombres que tuvieran el triste coraje de extraviarse. Tienen necesidad de descender lentamente al error, gradualmente, y familiarizarse con las tinieblas”. El gris pálido o sombrío del “Catolicismo-liberal” trabaja por la transición entre la blancura sin mancha del Catolicismo y el negro definido del Liberalismo (1).

En el Parlamento de los filósofos y de las Religiones, el “Católico-liberal” se ubicaría, efectivamente, entre la derecha, representando la verdad católica, y la izquierda, figurando la multitud de errores, en ese centro que él llama con audacia el “justo medio”. Pero se preguntará ¿una pendiente no sirve para ascender tanto como para descender? Sin duda, pero precisamente, el “Católico-liberal” manifiesta una constante tendencia a “progresar” hacia la izquierda; por la fuerza de las cosas y la lógica de los principios, él se vuelve poco a poco menos católico y cada vez más liberal. Si bien desde el principio a menudo no tenía la intención de condescender con las debilidades y miserias de su siglo, lo vemos, ordinariamente, descender al error, a la traición, la apostasía. Yo me lo imagino con buena intención, como ese salvador imprudente que, queriendo ayudar a un desdichado que está por caer en el abismo, se inclina hacia él y le tiende una mano para socorrerlo. Pero, en lugar de tomarse con la otra mano a una base sólida, se sujeta a unos frágiles pastos y cae con el otro que lo arrastra.

El “Católico-liberal”, en efecto, no permanece cerca de la iglesia, su Madre, como es necesario, tiene en menos su doctrina y descuida sus advertencias; por el contrario, se preocupa demasiado, no precisamente del apostolado que eleva al otro, sino de acomodos y conciliaciones que lo deslizan, a él mismo, hacia donde se encuentra el otro, haciendo recordar al ciego que guía a otro ciego y caen ambos en el pozo.

Carece de principios: a fuerza de silenciarlos, ha llegado a olvidarlos; o, además, desprecia su jerarquía y los mezcla, los interpreta erróneamente. El resultado es que ya no ve claramente la diferencia entre el bien y el mal, la Iglesia y las Sectas, Dios y Satanás. Ya no tiene más aquel santo e intransigente horror al error y al mal, que es señal del espíritu católico. A causa del espíritu de concesión, llega a una pura tolerancia. En lugar de consistir su “amplitud de espíritu”, en la comprensión psicológica del punto de vista del adversario a fin de reformarlo mejor, en vez de juzgarlo doctrinalmente desde la altura de la sabiduría católica, con frecuencia va justamente a aceptar este punto de vista y a admitir finalmente los principios que lo rigen. Así llegará a esas “aproximaciones blasfemas” (Pío X) (2) entre el Evangelio y la Revolución, Jesucristo y el Socialismo, la Iglesia y una cierta Democracia…, y hará pública su veneración por aquellos “inmortales principios del 89”, que un Pío VI declaró “injuriosos a la Religión y a la sociedad”. Más preocupado por las personas que por los principios, de la popularidad que de “la verdad en la caridad”, más que hacerles el bien, recordándoles las verdades, a veces duras, que ellas creen pasadas de moda, buscará contentarlas respetando sus convicciones erróneas.

Carece de “sentido católico”, que consiste en “inspirarse siempre en el sentir y preferencia de la Iglesia”, “sentire cum Ecclesia”, en pensar y apreciar como ella aunque no lo haya definido, obedecer sus mínimos deseos aunque Ella no los ordene”. El “Católico-liberal”, cuidadoso de dejar a salvo su preciada libertad, tiene la obsesión constante de limitar estrechamente su “Credo” a las verdades definidas, y coloca el resto en la categoría de las “opiniones libres”. Satisfecho, se cree en orden con la Iglesia desde el momento que admite no haber una herejía formal, olvidando así la jerarquía de las múltiples censuras, desde “inconveniente” hasta “errónea”, con que la Iglesia califica las proposiciones que no son aceptables. — El sentido católico es también como el espíritu de la gran familia que es la Iglesia, y el “Católico-liberal” debilita y pervierte este sentido, se convierte en el primer promotor de esas divisiones que reprocha a aquellos que lo critican. — El sentido católico es además el espíritu de la tradición, y el “Católico-liberal” menosprecia la tradición católica debido a la perversión de su gusto por las novedades, a su desprecio del pasado que se manifiesta más preocupado por adaptarse a los errores del momento que de conformarse a las verdades eternas...

Y esta mentalidad se extiende a todo, pues así como ciertas enfermedades corrompen el gusto, así la enfermedad liberal corrompe el sentido católico radicalmente.

(…)

Se comprenderá entonces por qué censuras y condenaciones de la Iglesia han caído casi exclusivamente sobre la secta “católico-liberal”, puesto que es de su seno que hemos visto surgir tantas insumisiones y apostasías escandalosas.

Esto en el aspecto propiamente especulativo y doctrinal.

En la práctica, el “Católico-liberal”, a pesar de ciertas apariencias, carece de verdadera caridad, tanto con respecto al adversario al que adula, como frente al Catolicismo puro que detesta; y esto, porque carece desde el inicio de principios y de verdad. Ante todo, la caridad se dirige a Dios y sus derechos; en cuanto al prójimo, la primer obra de misericordia espiritual, es siempre enseñar al que ignora y no el tolerar sus errores.

lunes, 6 de mayo de 2013

COMENTARIO AL SERMÓN DE ORDENACIONES DE MONS. DE GALARRETA SOBRE LA FIDELIDAD



Fidelidad. ¿A quién?


SACERDOS ALTER CHRISTUS FIDELIS SERVUS ET PRUDENS

La FSSPX acaba de dar a conocer, a través del boletín del Seminario de La Reja “Credidimus caritati” (http://www.fsspx-sudamerica.org/boletines/credi90.pdf), un fragmento del sermón pronunciado por Mons. de Galarreta el 22 de diciembre de 2012. Desde la introducción dada al mismo se señala claramente su tema: la fidelidad del sacerdote y el peligro de volverse infiel por falta de prudencia. Leyendo entre líneas se comprende que detrás de un sermón aparentemente sencillo pero muy pobre de contenido, se lanza una advertencia a los nuevos sacerdotes y seminaristas ante el supuesto peligro que representaría desviarse como lo habrían hecho en los últimos tiempos muchos sacerdotes por dejar de ser fieles a la Fraternidad. Nuestros comentarios (también en rojo) buscan profundizar en aquello que Mons. de Galarreta omite o no aclara como debe, con todo el perjuicio que su prédica engañosa conlleva para los jóvenes sacerdotes y seminaristas. Los resaltados del sermón también nos pertenecen.



“Sacerdos alter Christus”: el Sacerdote es otro Cristo. Este axioma católico resume bien lo que es el sacerdote y nos muestra su dignidad. En efecto si el sacerdote es otro Cristo, pues por su ordenación participa del único Sacerdocio que es el de Cristo, cada sacerdote tiene que ser también otro Cristo en el sentido moral, es decir una imagen viva de Cristo. Sin embargo, es necesario que el sacerdote sea siempre fiel a aquello que ha recibido, para no empañar ni perder esa imagen viva de Cristo.

A continuación, transcribimos un fragmento del Sermón pronunciado por S.E.R. Mons Alfonso de Galarreta, en las ordenaciones del pasado 22 de diciembre, en donde queda manifiesta la importancia de la fidelidad para el sacerdote.


“...Querría insistir sobre un aspecto en el que frecuentemente somos probados. Ayer celebrábamos la fiesta de Santo Tomás Apóstol y la Iglesia traía a colación en el oficio, poniendo en primer lugar a nuestra meditación el texto del Apóstol San Pablo a los Corintios, “lo que los hombres han de ver en nosotros es ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios” (1 Cor 4, 1). Ahora bien, lo que se le pide y exige al ministro de Cristo y al cooperador en la dispensación de los misterios de Dios es la fidelidad... Es una virtud en total vía de desaparición. Nadie mejor que Mons. de Galarreta para afirmar tal cosa: su discurso recto y firme en consonancia con las enseñanzas de Mons. Lefebvre y crítico del solo acuerdo práctico con Roma sin acuerdo doctrinal fue abandonado para adoptar un lenguaje acomodaticio al punto de afirmar públicamente que hay que hacer lo que la mayoría disponga aunque esa mayoría esté equivocada. La fidelidad no es solamente predicar –y no vociferar– la verdad o la doctrina, es mucho más que eso. Es ir cumpliendo con todo lo que le prometí a Dios y a la Iglesia, y delante de los hombres. Los sacerdotes de la FSSPX –incluido desde luego Mons. de Galarreta- dicen al final del “Juramento antimodernista”: “Todas estas cosas me comprometo a observarlas fiel, sincera e íntegramente, a guardarlas inviolablemente y a no apartarme jamás de ellas sea enseñando, sea de cualquier manera, por mis palabras y mis escritos”. Un Juramento que entre otras cosas dice: “Igualmente, repruebo todo error que consista en sustituir el depósito divino confiado a la esposa de Cristo y a su vigilante custodia, por una ficción filosófica o una creación de la conciencia humana, la cual, formada poco a poco por el esfuerzo de los hombres, sería susceptible en el futuro de un progreso indefinido”. Lejos de este lenguaje claro, la adopción de un lenguaje ambiguo y errático; la confusa y subjetivista Declaración doctrinal de Mons. Fellay de abril del 2012; muchas de sus declaraciones públicas y privadas que minimizan o relativizan los graves errores del Concilio; la aceptación del subjetivismo modernista en la aceptación del Motu proprio Summorum Pontificum y el “levantamiento” de unas excomuniones que se tenían por inexistentes; su afirmación de que no había que exagerar las herejías del Vaticano II; el cambio de actitud hacia una Roma que no reprueba esos errores subjetivistas que condenó San Pío X y en su continuidad Mons. Lefebvre, son incumplimientos de la fidelidad debida y el compromiso adquirido como sacerdotes. En el Apocalipsis, San Juan hace resaltar en Nuestro Señor el hecho de que es el “testigo veraz y fiel” (Apoc 19, 11).

Pero a decir verdad la fidelidad no basta, y si hay otra virtud que falta mucho hoy día es la prudencia y no es una virtud fácil. Si uno no la tiene, lo que tiene que hacer con un poco de humildad –eso lo puede salvar– es fiarse de los que son prudentes. O sea de nosotros, parece decir Mons. de Galarreta. Pero si uno no tiene prudencia, ¿cómo reconocer a los prudentes? Dice Santo Tomás (Suma teológica - Parte II-IIae - Cuestión 47): “A enseñanza del Filósofo, en VI Ethic., de que hay dos especies de prudencia política: la legislativa, propia de los gobernantes, y otra que conserva el nombre común de política, y versa sobre las cosas singulares. Ahora bien, esta última debe darse también en los súbditos. Luego la prudencia no se da sólo en los gobernantes, sino también en los súbditos.
La prudencia radica en la razón cuya función propia es regir y gobernar. Por lo tanto, en la medida en que cada cual participa del gobierno y dirección necesita de la razón y de la prudencia. Por otra parte, es evidente que al súbdito y al siervo, en cuanto tales, no les compete regir y gobernar, sino más bien ser regidos y gobernados. Y por eso la prudencia no es virtud del siervo ni del súbdito en cuanto tales. Mas, dado que todo hombre, por ser racional, participa algo del gobierno según el juicio de la razón, en esa medida le corresponde tener prudencia. Resulta, pues, evidente que la prudencia reside en el príncipe como mente arquitectónica, según el Filósofo en VI Ethic.; en los súbditos, en cambio, como arte mecánica o ejecutores de un plan”. Siendo esto así, ¿esta subordinación de los inferiores a los superiores haría que los inferiores debieran cerrar los ojos en lo que concierne al gobierno de los superiores? De ser así, ¿cómo Mons. Lefebvre o cualquiera de nosotros podría juzgar a un superior como el Papa? Respondemos: “Debemos juzgarle como nos dijo nuestro Salvador: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis” (Mt. 7, 15-16). No podemos cooperar ciegamente en la destrucción de la Iglesia tolerando la aplicación de una nueva religión, o no haciendo todo lo que podamos para defender nuestra Fe católica. Sin duda Mons. Lefebvre fue un modelo de ello” (“Breviario sobre la Hermandad San Pío X”, Seminario de la Santa Cruz, Australia, 1998). De manera tal que contra esa confianza ciega que solicitaría Mons. de Galarreta por parte de los subordinados, como si la humildad consistiera en ello, está lo que dice Nuestro Señor: “Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque encubres estas cosas a los sabios y a los prudentes, y las revelas a los pequeños” (Mt. XI, 25) con lo que se quiere manifestar que los humildes en tanto que tales reciben una sabiduría y una prudencia que pueden volverse falsas o carnales en aquellos que creen o presumen de poseerlas. En todo caso, el humilde no puede carecer de prudencia, y por lo tanto no puede confiar ciegamente sin discernimiento. Si no fuera así, San Juan no nos habría dicho: “Carísimos, no creáis a todo espíritu, sino poned a prueba los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido al mundo” (I Jn, IV, 1). Y San Pablo: “Examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (I Tes. V, 21).
Nuestro Señor lo manifiesta claramente en el Evangelio: alaba al “servidor fiel y prudente, que es constituido sobre toda la familia” (Mt 24, 44), es decir, que es constituido en autoridad en la Iglesia. ¿Qué quiere decir con esto? ¿Qué ellos han sido constituidos en esos servidores fieles y prudentes? Pues San Juan Crisóstomo se refiere a ese pasaje evangélico (en realidad se trata del versículo 45) diciendo, según Mons. Straubinger, que Nuestro Señor quiere mostrar “cuán pocas veces se hallan estas cualidades”. Y ¡ay del que se alaba a sí mismo!  Así que los sacerdotes debemos brillar por una fidelidad en todo –como dije–, cosa que incluye la fidelidad a la Fraternidad Sacerdotal en la cual somos incardinados y para la cual somos ordenados sacerdotes. A veces espanta ver la facilidad con la que algunos traicionan sus fidelidades,  Mons. de Galarreta parece hacer de la Fraternidad un absoluto, pero se equivoca. La Fraternidad es un medio, un medio para servir a Nuestro Señor Jesucristo y éste es el motivo de nuestra fidelidad, no otro, no un motivo humano o de simpatías o afectos derivados de ello. Por lo tanto, la fidelidad tiene una condición. Y esa condición es la fidelidad misma de la Fraternidad a la Tradición católica que nos une y nos lleva a servir a Cristo. ¿Pero hace falta recordar que San Pablo no dijo a sus fieles que le debían ser fieles, sino que él mismo podía ser infiel, y por lo tanto "Pero aun cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal. I, 8)? “Ése es el secreto de la verdadera obediencia”, decía Monseñor Lefebvre. Y también nuestro Fundador decía claramente que “todo fiel puede y debe resistir a aquello que afecte su fe, apoyándose en el catecismo de su niñez. Si se encuentra en presencia de una orden que lo pone en peligro de corromperla, la desobediencia es un deber imperioso” (Carta abierta a los católicos perplejos) y si los fieles hicieran eso en su matrimonio nos escandalizaríamos horrorosamente. La comparación no es válida porque la Fraternidad no es un Sacramento. Su comparación parecería implicar que ser infiel a la Fraternidad (esto es, no seguir las directivas liberales de Mons. Fellay) equivaldría a ser infiel al Sacerdocio. Esto no lo dice, pero entonces ¿por qué vincula la fidelidad a la Fraternidad con la fidelidad en el Matrimonio? Así, pues, ser fieles. Pero a la vez, la fidelidad o el celo sin prudencia pueden dar cualquier cosa y en cualquier sentido. El demonio muchas veces no nos tienta con cosas burdas, se disfraza de ángel de luz y nos tienta bajo apariencia de bien, incluso bajo apariencia de fidelidad. Ciertamente, como ha ocurrido con Mons. Fellay y los liberales de la Fraternidad que parecen haber sido tentados por las luces “restauradoras” de Benedicto XVI y su posible “rehabilitación” de la Fraternidad. O con el “levantamiento de las excomuniones” o las “amistades” romanas. Cómo olvidaron la Sabiduría divina, como cuando Dios nos dice: “No recibas regalos; porque el regalo ciega a los prudentes y pervierte las causas justas” (Éxodo, XXIII, 8).

¿Qué es lo que falta ahí? Lo que falta es prudencia, es luz, es esa inteligencia sobrenatural, el consejo: el don de Consejo. Una fidelidad y un celo sin discreción son tremendamente destructores. ¿Qué es lo que me permite a mí resistir a las autoridades eclesiásticas romanas, y qué lo que me obliga a obedecer a mi superior general?, ¿es la fidelidad? No, ciertamente (que tengo que ser fiel es una condición y es un supuesto, pero, en todo caso, tengo, que ser más fiel a la Iglesia y a las autoridades romanas que a mi Superior General); sino la prudencia sobrenatural, que me guía y que me hace ver que en un caso estoy obligado ––para obedecer a Dios– a resistir, y en el otro caso –para obedecer a Dios– tengo que obedecer. Claro, eso no es un absoluto; nunca lo fue ni lo será, pero algo está bien o está mal. Lo que no es un absoluto en sí, tiene una sola resolución concreta; entonces, si yo obedezco en un caso estoy bien, y en otro caso estoy mal; y si desobedezco, en un caso estoy bien y en el otro caso estoy mal. ¿De qué depende eso finalmente? De la verdad, de lo objetivo. Bien, al fin dice algo concreto y veraz. Pero son precisamente las críticas objetivas acerca de la verdad las que jamás las autoridades de la Fraternidad han buscado o podido refutar en el caso de Monseñor Williamson y de aquellos que se han ido o han sido expulsados de la Fraternidad. Por el contrario, la actitud de estas autoridades ha sido el silenciamiento, los castigos arbitrarios o finalmente la expulsión, todo en nombre de la obediencia, no de razones que impugnaban a partir de la verdad supuestas falsedades de los “rebeldes”.      Por eso la necesidad de la humildad, del espíritu de sacrificio y de conformarse con la voluntad de Dios. Y por eso la necesidad de la oración y de vivir en la caridad. Para estar y caminar siempre en la verdad. Palabras que suenan muy bien pero que están vaciadas de su contenido porque el subtexto es “los que se fueron son soberbios, dejaron la oración y de vivir en la caridad. La prueba está en su desobediencia”. Repetimos que el que vive en la verdad es capaz de refutar el error, pero las autoridades de la FSSPX jamás lo han hecho, por el contrario, tornáronse indulgentes y permisivas con los errores del Vaticano II y las autoridades modernistas de Roma. Ya lo he podido decir muchas veces. A mí, ¿qué me importa si me desvío a la derecha o la izquierda, si en los dos casos me alejo del recto camino? Finalmente, ¿qué importa si me fui a la derecha o la izquierda, arriba o abajo si salí del buen camino? Perfectamente. Y es hacia la izquierda donde se ha desviado la actual FSSPX con su búsqueda de un acuerdo práctico sin acuerdo doctrinal con Roma. Por eso acusan a los que se han mantenido en la posición de siempre de estar en la “derecha”.
La virtud cristiana –y la virtud sacerdotal con mayor razón– no consiste en una sola virtud potenciada al infinito, sino en un equilibrio de virtudes. El equilibrio de virtudes tampoco es una medianía en cada virtud o entre todas las virtudes: “entre la justicia y la misericordia trazamos el medio, la mediana y ya está”, “yo tengo que practicar eso”. Bueno, ¿a ver quién puede practicar eso?, para empezar. La virtud consiste siempre en evitar un exceso y un defecto. Se trata de un equilibrio de virtudes, y si tengo una gran fe tengo que tener una gran caridad y una gran esperanza también; no me basta la fe, ni tampoco me basta una supuesta caridad; eso es imposible sin fe. Ni me basta la fe y la caridad, necesito la esperanza firme para, por ejemplo, no volverme impaciente ni imponer a la realidad mi solución, la que yo me imaginé. Bien dicho, pero nadie mejor que Mons. Fellay para escuchar esa prédica. ¿Qué otra cosa hizo sino querer imponer a todo el mundo mediante un optimismo infundado la solución que él imaginó por parte de Benedicto XVI y los “amigos en Roma” con sus soluciones a la crisis de la Iglesia, una visión completamente errada sostenida a su tenor por el P. Bouchacourt cuando dijo que el Vaticano II estaba dando su “canto del cisne” para, unos meses después, admitir que con el papa Francisco –catapultado a Roma gracias a la revolucionaria renuncia de Benedicto- el modernismo vuelve a estar más vivo que nunca? ¿Dónde estaba la firmeza de esa esperanza que lo llevó a Mons. Fellay a realizar concesiones a Roma con la Declaración doctrinal del 15 de abril del 2012 para luego mostrarse decepcionado con el renunciante Benedicto porque esperaba de éste “un gesto” hacia la Fraternidad, como le dijo Mons. Fellay en una carta? ¿No es esa más bien la impaciencia, y no la de los que confían plenamente en Nuestro Señor y por eso no se vuelven negociantes de la fe en el marco de unos acuerdos interminables e imposibles con los enemigos de Cristo que ocupan Roma?  Y así con las demás virtudes. Claro que tenemos que ser fuertes, pero hay que ser prudentes; claro que hay que confesar la fe con fortaleza y con firmeza y hay que ser intransigentes en la doctrina, pero a la vez hay que ser prudentes, inteligentes y entender las cosas humanas. Más palabras que suenan muy lindo, pero vaciadas de contenido sin referencia a los hechos concretos y el modo de aplicar esas virtudes en la presente crisis de la Fraternidad. Si los Superiores son tan fieles, firmes, prudentes, fuertes e intransigentes en la doctrina, ¿por qué ocurrió la crisis que ocurrió, la más grave en la historia de la FSSPX? ¿Acaso la culpa recae sólo en el papa Benedicto, sólo en los modernistas? Pero si la crisis es interna el problema ha sido interno, más allá de los enemigos externos. ¿No les parece? Leer un poquito la historia de la Iglesia, ¿no?, eso haría mucho bien; también repasar un poquito la vida y obra de Monseñor Lefebvre, como cuando decía:  “Queda claro que lo que se nos pide sin cesar: entera sumisión al papa, entera sumisión al Concilio, aceptación de toda la reforma litúrgica, va en un sentido contrario a la tradición, en la medida en que el papa, el Concilio y las reformas nos arrastran lejos de la tradición, como los hechos lo prueban más y más a través de los años. Pedirnos esto es pedirnos colaborar con la desaparición de la fe. ¡Imposible! Los mártires han muerto por defender la fe. ¡Tenemos los ejemplos de cristianos prisioneros, torturados, enviados a campos de concentración por su fe! Un grano de incienso ofrecido a la divinidad, y ya está, habrían salvado sus vidas. Me han aconsejado a veces: ‘¡Firmad, firmad que aceptáis todo y luego continuad como antes!’ ¡No! ¡No se juega con la fe!” (“Le destronaron. Del liberalismo a la apostasía. La tragedia conciliar”, capítulo XXXI) repasar un poco, y entonces veríamos cómo son las cosas de los hombres y las cosas de la historia, y cómo obra la Divina Providencia. Y eso lo digo porque, finalmente, hablamos de lo que el sacerdote ha de ser y debe ser; aquí les pongo en guardia contra una de las tentaciones más corrientes entre nosotros y que hacen caer a muchos, porque el demonio los va a tentar preferentemente de este modo, bajo apariencia de bien. Ciertamente, bajo apariencia de hacer un bien, pero adoptando medios malos o mezclando la verdad con el error. Bajo apariencia de bien se entró en el “diálogo” con el enemigo, para “convertirlo”…y el convertido fue Mons. Fellay y su Fraternidad. Bajo apariencia de bien se pidió la “libertad” para la Misa tradicional…y se terminó aceptando que ésta es subalterna y “extraordinaria” con respecto al rito “ordinario”, el Novus Ordo. Bajo apariencia de bien se pidió el “retiro del decreto de las excomuniones”…y se terminó aceptando que las excomuniones eran válidas al aceptar su levantamiento. Todo bajo apariencia de bien, por el bien general de la Iglesia…Pero por los frutos se conoce al árbol, y lejos de una renovación del fervor y el avance de la tradición, lo que ha avanzado es el liberalismo, como puede constatarse en la misma Fraternidad. Lo que se requiere son esas disposiciones, más personales e interiores, de humildad, de buscar realmente conformarse a la voluntad de Dios, de sacrificar el hombre viejo con sus exigencias, sus orgullos, sus concupiscencias; y luego, una prudencia sobrenatural: buscarla, pedirla; y también una paz y tranquilidad sobrenaturales. Dios no nos va a abandonar; nos dará siempre –siempre y en cada momento– todas las gracias necesarias para vivir cristianamente, queridos fieles, y para ser santos sacerdotes; y, en todo caso, para ir conformándonos cada día más y mejor a Nuestro Señor Jesucristo.

Pidamos entonces a la Santísima Virgen que nos dé este deseo, renovarlo y acrecentarlo, y hacer todo lo necesario para conformarnos a Nuestro Señor Jesucristo, a sus sentimientos y disposiciones; y que la Santísima Virgen –a la que llamamos Virgo fidelis, pero también Virgo prudentissima–, nos dé esta fuerza, esta firmeza y esta fidelidad en la Fe, pero a la vez esta prudencia sobrenatural que nos permitirá guardar realmente el espíritu de Caridad."

Por nuestra parte terminamos nuestros comentarios con esta notable y muy pertinente cita: “En una admirable página, León XIII nos recuerda la necesidad de luchar por la verdad: “Hay, escribe, quienes no quisieran que nos opongamos abiertamente al triunfo de la injusticia todopoderosa, por miedo a exasperar la cólera de los adversarios. Esas gentes, ¿están a favor o contra la Iglesia? No se sabría qué responder. No hay nada más impropio para hacer retroceder al mal. Tenemos, en efecto, enemigos cuyos designios (y no los ocultan, sino que los expresan bien alto) son aniquilar, si pudieran, la verdadera religión, la religión católica, y para conseguirlo, nada hay que no intenten; saben bien que, intimidando el coraje de los buenos, se facilitan ellos su tarea. Además, es hacerles el juego en vez de detenerlos, encapricharse con esta prudencia de la carne que quiere ignorar la ley impuesta al cristiano de ser militante…

Ceder o callar cuando de todos lados se levanta tal clamor contra la verdad, es, o bien desinterés, o bien dudar de la fe; en los dos casos es un deshonor y hacer injuria a Dios; es comprometer la propia salvación y la de los otros, es trabajar a favor de los enemigos de la fe, pues nada aumenta tanto la audacia de los malos, como la debilidad de los buenos... Además de todo eso, los cristianos han nacido para la lucha...”.
“El deber de todos los Católicos, escribía a su vez Pío X, deber que deben cumplir religiosa e inviolablemente en todas las circunstancias, tanto de la vida privada, como de la social y pública, es guardar firmemente y profesar sin timidez los principios de la Verdad cristiana enseñados por el Magisterio de la Iglesia Católica”. Persuadidos también de que “es aprobar el error no oponerse a él, y que es ahogar la verdad, el no defenderla”, vamos a evitar todos esos falsos pretextos que inspira una falsa prudencia y una verdadera cobardía.

Primer pretexto: esperanza de atraerse la consideración de los otros. — “Qué grave error es el de quienes, pensando servir a la Iglesia y trabajar fructuosamente por la salvación eterna de los hombres, se permiten, por una prudencia completamente mundana, amplias concesiones (…) en la vana esperanza de ganar más fácilmente la benevolencia de los amigos del error; de hecho, se exponen ellos mismos al peligro de perder su propia alma. La Verdad es una e indivisible; eternamente la misma, no está sometida a los caprichos del tiempo”.

Segundo pretexto: La prudencia humana. — “Cuando los católicos debieran reivindicar y proteger los derechos de la Iglesia con mayor celo, algunos de entre ellos, obedeciendo a una cierta prudencia humana, siguen un partido opuesto o se muestran tímidos y demasiado complacientes en su modo de obrar. Se comprende con facilidad que este proceder expone a graves peligros”.

Tercer pretexto: El deseo de paz. — “Más absurdo es todavía el error cuando, por la falsa y vana ilusión de obtener la paz, se disimulan los derechos e intereses de la Iglesia, se los sacrifica a intereses particulares, se los disminuye injustamente, se pacta con el mundo… ¿Desde cuándo puede haber A C U E R D O entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y Belial?” ” (“Liberalismo y Catolicismo”, P. Roussel).