Por Antonio Caponnetto
SIGNIFICADO DE LA TRAICIÓN
Reunidos en el Cenáculo, Jesús
y los apóstoles cenan por última vez, celebrando la postrimera Pascua con el
Señor de los Cielos en la tierra.
Escena conocida si las hay, y
plasmada en palabras o en lienzos, en frisos y en poemas por los grandes
artistas de signo cristiano.
Paradojas del existir en el
Evangelio: aunque el centro de aquella reunión era el gozo eucarístico, San
Juan nos cuenta que “Jesús se
entristeció en el espíritu y protestó exclamando: «en verdad, en verdad os
digo, que uno de vosotros me traicionará»” (San Juan, XIII,
21-30).
¿Cómo se explicaba aquella
tristeza inefable de Dios? Varias respuestas caben. Desde la de San Agustín
que, frente el gesto humano y legítimo de la pena divina, vio rodar por el piso
los argumentos estoicos sobre la inmutabilidad del sabio, hasta la de Chesterton
que sostuvo que —excepto la risa y por ser tan grande, reservada entonces a los
tiempos parusíacos— el Redentor no ocultó ninguno de los sentimientos que
brotaban de su naturaleza humana.
La mejor respuesta, sin
embargo, nos sigue pareciendo la de San Juan Crisóstomo.
“Cuando
una causa urgente —escribe— obliga a separar, antes de recogerse la
mies, a algunos de los falsos hermanos, no puede hacerse esto sin que la
Iglesia se entristezca”.
Hay una pena inmensa en la
Iglesia cada vez que los hermanos que la integran caen en falsía, perjurio o
deslealtad manifiesta. ¿Cómo no ha de tener esa pena la insondabilidad de un
pozo sin fondo visible, cuando entre los hermanos felones se cuentan muchos de
los herederos de los apóstoles y el mismísimo sucesor de Pedro?
Pero sigue distinguiendo el
Crisóstomo. El quebranto de Jesús no lo sufrió en la carne cuanto en el alma y
antes en el alma que en la osamenta. Porque en tamaña ocasión de escándalo,
como lo es la evidencia de la traición, el Señor se turba por la caridad no por
el remordimiento. Por la caridad hacia el buen trigo entreverado con la cizaña,
y corriendo el riesgo de verse arrancado con aquélla. El Señor se turba por su
propia voluntad misericordiosa, no por debilidad. Nadie lo obliga a afligirse —que
nadie tiene imperio sobre Él—; su aflicción es voluntaria y consoladora, para
cargar sobre sí las debilidades de quienes no pueden sobrellevar tamaña artería
y vileza manifiesta.
Es la Revelación de la Tristeza, que
nos cantara José María Fernández Unsain:
“Mira cómo lo adorna la divina
tristeza con que luce su belleza…
Mira, Señor, ya baja la neblina,
ya muere, ya nos hiere la tristeza”.
No queremos ocultar nuestra
tribulación ante esta Iglesia traicionada por quien debiendo comportarse como
el Vicario del Esposo, emula al oscuro desertor de Keriot. Y no trepida en
contemporizar desde Roma con los cultores de las costumbres nefandas o del vicio
contra natura. Los mismos que provocaron el derrumbe justiciero de aquellas
ciudades edificadas sobre el Valle de Sidim, cuando el Dios de los Ejércitos
estalló en justificada cólera.
Sólo queremos pedir que nuestra
compunción halle sostén en la de Cristo, que para eso nos la ofreció. Que
nuestras lágrimas sean un coágulo
de cielo en las pupilas, al buen decir de Anzoátegui; asociadas a
Aquél que tuvo que llorar ante los muros del lugar sagrado.
Sólo queremos recordar, en
suma, que hasta la traición ocupa su lugar en la Pedagogía Divina, y por eso
está prevista en las Escrituras, como cuando David se angustia por la
deslealtad de Aquitófel, y el salmo canta: “el que come el pan conmigo, levantará contra mí su calcañar” (Salmo
40, 10).
