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domingo, 19 de octubre de 2014

“LO QUE TENGAS QUE HACER, HAZLO PRONTO”





Por Antonio Caponnetto



SIGNIFICADO DE LA TRAICIÓN

Reunidos en el Cenáculo, Jesús y los apóstoles cenan por última vez, celebrando la postrimera Pascua con el Señor de los Cielos en la tierra.

Escena conocida si las hay, y plasmada en palabras o en lienzos, en frisos y en poemas por los grandes artistas de signo cristiano.

Paradojas del existir en el Evangelio: aunque el centro de aquella reunión era el gozo eucarístico, San Juan nos cuenta que “Jesús se entristeció en el espíritu y protestó exclamando: «en verdad, en verdad os digo, que uno de vosotros me traicionará»” (San Juan, XIII, 21-30).

¿Cómo se explicaba aquella tristeza inefable de Dios? Varias respuestas caben. Desde la de San Agustín que, frente el gesto humano y legítimo de la pena divina, vio rodar por el piso los argumentos estoicos sobre la inmutabilidad del sabio, hasta la de Chesterton que sostuvo que —excepto la risa y por ser tan grande, reservada entonces a los tiempos parusíacos— el Redentor no ocultó ninguno de los sentimientos que brotaban de su naturaleza humana.

La mejor respuesta, sin embargo, nos sigue pareciendo la de San Juan Crisóstomo.

“Cuando una causa urgente —escribe— obliga a separar, antes de recogerse la mies, a algunos de los falsos hermanos, no puede hacerse esto sin que la Iglesia se entristezca”.

Hay una pena inmensa en la Iglesia cada vez que los hermanos que la integran caen en falsía, perjurio o deslealtad manifiesta. ¿Cómo no ha de tener esa pena la insondabilidad de un pozo sin fondo visible, cuando entre los hermanos felones se cuentan muchos de los herederos de los apóstoles y el mismísimo sucesor de Pedro?

Pero sigue distinguiendo el Crisóstomo. El quebranto de Jesús no lo sufrió en la carne cuanto en el alma y antes en el alma que en la osamenta. Porque en tamaña ocasión de escándalo, como lo es la evidencia de la traición, el Señor se turba por la caridad no por el remordimiento. Por la caridad hacia el buen trigo entreverado con la cizaña, y corriendo el riesgo de verse arrancado con aquélla. El Señor se turba por su propia voluntad misericordiosa, no por debilidad. Nadie lo obliga a afligirse —que nadie tiene imperio sobre Él—; su aflicción es voluntaria y consoladora, para cargar sobre sí las debilidades de quienes no pueden sobrellevar tamaña artería y vileza manifiesta.

Es la Revelación de la Tristeza, que nos cantara José María Fernández Unsain:

“Mira cómo lo adorna la divina
tristeza con que luce su belleza…
Mira, Señor, ya baja la neblina,
ya muere, ya nos hiere la tristeza”.

No queremos ocultar nuestra tribulación ante esta Iglesia traicionada por quien debiendo comportarse como el Vicario del Esposo, emula al oscuro desertor de Keriot. Y no trepida en contemporizar desde Roma con los cultores de las costumbres nefandas o del vicio contra natura. Los mismos que provocaron el derrumbe justiciero de aquellas ciudades edificadas sobre el Valle de Sidim, cuando el Dios de los Ejércitos estalló en justificada cólera.

Sólo queremos pedir que nuestra compunción halle sostén en la de Cristo, que para eso nos la ofreció. Que nuestras lágrimas sean un coágulo de cielo en las pupilas, al buen decir de Anzoátegui; asociadas a Aquél que tuvo que llorar ante los muros del lugar sagrado.

Sólo queremos recordar, en suma, que hasta la traición ocupa su lugar en la Pedagogía Divina, y por eso está prevista en las Escrituras, como cuando David se angustia por la deslealtad de Aquitófel, y el salmo canta: “el que come el pan conmigo, levantará contra mí su calcañar” (Salmo 40, 10).