martes, 29 de octubre de 2013

CATECISMO DE LA RESISTENCIA O ALGUNAS RESPUESTAS A PREGUNTAS COMUNES



A.M.D.G.

Catecismo de la Resistencia
ó
Algunas Respuestas a Preguntas Comunes.



¿Por qué es necesaria la Resistencia? ¿Qué están resistiendo?

Lo mismo que los Católicos siempre han tenido que resistir en los últimos 40 años o más: el modernismo.

Pero la FSSPX resiste al modernismo: para eso fue fundada

La FSSPX solía resistir al modernismo. Pero de algún modo, la FSSPX terminó bajo el control de modernistas y su posición doctrinal ahora ha sido cambiada con una que implica compromisos que son cruciales para la Fe.

Miren, si hubiera habido un acuerdo con Roma, entonces yo estaría luchando a su lado al 100%. Pero no ha habido acuerdo, y eso es lo que importa.

Olvide por un momento el acuerdo con Roma. ¿Qué es más importante para la integridad de la FSSPX: su posición canónica o su posición doctrinal? En 2012 muchos sacerdotes y fieles de la Fraternidad se opusieron al acuerdo con Roma porque era la vía más obvia en la cual ella terminaría cayendo y comprometiéndose con el modernismo. Es por eso que todos asumimos que el acuerdo con Roma era el peligro más grande. Pero entretanto, la Fraternidad se ha comprometido oficialmente con el modernismo ¡incluso sin un acuerdo!
Imagine a un padre de familia que se asegura que su puerta está bien cerrada todas las noches. Si alguien le advierte que el ladrón entrará por la ventana, ¿puede responder: ¡Pero la puerta está cerrada y eso es lo que importa!?

¿Cómo puede estar tan seguro que la FSSPX fue tomada? ¿Dónde está la prueba? Dígame exactamente cómo sucedió esto.

Hay una cierta cantidad de evidencia interesante que apunta a lo que muy probablemente sucedió (el GREC, por ejemplo), pero definitivamente el cómo sucedió no es lo que importa. Lo que importa es que sucedió y eso está fuera de toda duda. No necesitamos saber cómo murió un hombre para estar seguros que está muerto. El principio doctrinal del “no-compromiso” de Monseñor Lefebvre se ha ido, ha muerto. Esto está fuera de toda disputa. La neo-FSSPX es una creatura diferente. La antigua jamás hubiera declarado que el Vaticano II “ilumina y profundiza” la Fe, que “las causas” de los errores están en la interpretación del concilio, que la nueva misa fue “legítimamente promulgada” y mucho más. Monseñor Lefebvre condenó el “juramento de fidelidad” mientras que Monseñor Fellay lo acepta. La antigua Fraternidad levantó a Monseñor Williamson, la nueva Fraternidad lo marginalizó, lo condenó públicamente y lo expulsó.

Usted se está refiriendo a la Declaración Doctrinal del 15 de abril. Pero Monseñor Fellay dijo que la retiró, que ya no es un problema. Usted está tratando de sacar a relucir el pasado.

Lo que dice Monseñor Fellay cuando piensa que sus palabras no se están grabando, y lo que “dice” oficialmente al mundo (especialmente a Roma) por medio de DICI no es lo mismo. Pero incluso asumiendo que ese retiro de la Declaración Doctrinal fuese “oficial”, por sus propias palabras nos aclara que el documento ya no es útil para alcanzar un acuerdo. El no se refiere al contenido del documento, y es precisamente el contenido lo que implica un grave problema, no su utilidad (el cual ya había sido descartado por Roma desde junio de 2012, mucho antes de que Monseñor Fellay lo “retirara”).

DESDE AUSTRALIA: UN COMENTARIO SOBRE EL COLEGIO LIBERAL DE LA FSSPX DE MONS. FELLAY.-



Ver información en NON POSSUMUS

EL ERROR MÁS DAÑINO


“El error más dañino es aquel que está más próximo de la verdad, o el que se apodera de sus palabras. Los hombres más peligrosos son los que tienen la verdad en la cara y el error en al alma”.


Monseñor Henri Delassus (1821-1921).

AVERIGUA PRIMERO




“Antes de quitar una cerca, averigua porqué la construyeron en primer lugar”.


G. K. Chesterton

MI CIELO EN LA TIERRA


“Vivamos con Dios como con un amigo. Procuremos que nuestra fe sea viva para comunicarnos con El a través de todas las cosas. Así se logra la Santidad. Llevamos el cielo dentro de nosotras pues Aquel que sacia a los Bienaventurados en la luz de la visión beatifica, se nos entrega por la fe y el misterio. Es el mismo. He hallado mi cielo en la tierra pues el cielo es Dios y Dios está en mi alma...”.


Sor Isabel de la Trinidad 

PARA VER A DIOS


“Tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo te harás digno de verlo; amando al prójimo, limpias tu ojo para ver a Dios”.

San Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan 17,8.

lunes, 28 de octubre de 2013

COBARDES, TRAIDORES, LIBERALES Y CONTUMACES

GOVERNMENT REQUIREMENTS


Hombre de dos caras: el anti liberal declarado...


y el liberal declarado...



Cobardes, traidores, liberales y ahora también contumaces, son los responsables del colegio australiano de la FSSPX, porque han modificado el texto de adhesión al liberalismo agregando, a fin de excusarse, la siguiente frase (en rojo) In keeping with the government requirements (Education and Training Reform Act 2006) the programs of, and teaching at St Thomas Aquinas College, support and promote the principles and practice of Australian democracy, including a commitment to:
(...)
Freedom of religion.
Freedom of speech and association.
The values of openness and tolerance.

Leer el sitio oficial del colegio (con nueva dirección).

Así es que ahora son contumaces o pertinaces, porque después de haberse enterado de nuestra denuncia (eso explica el cambio en la redacción) estos traidores insisten en declarar su adhesión al liberalismo, sólo que pretendiendo ahora justificarse en que estarían forzados a cometer tal traición por la ley que mencionan. Pero sucede que ni esa “ley” (les recordamos que Santo Tomás de Aquino enseña que la ley injusta no es ley) debe ser obedecida en lo que tiene de anticatólico, ni se refiere ella a las publicaciones que los colegios hacen en internet o por otros medios.

En resumidas cuentas: si un día a usted los “requisitos gubernamentales” lo obligan a declarar expresa y públicamente que adhiere los principios liberales condenados solemnemente por la Iglesia, usted puede hacerlo con tranquilidad de conciencia. ¡Esta es la FSSPX de Mons. Fellay!

Si los “requisitos gubernamentales” lo obligan a hacer algo moralmente malo, usted no peca. ¡Esta es la obra destructora de alguien como Mons. Fellay a la cabeza de la FSSPX!

Porque después de todo… Mons. Fellay dijo, en la respuesta a los 3 Obispos, que “por el bien común de la Fraternidad, preferiríamos de lejos la solución actual de status quo intermedio, pero manifiestamente Roma no lo tolera más”. Luego, los “requisitos gubernamentales” de Roma justificaron la traidora “Declaración Doctrinal” del abril de 2012, como queda también probado por lo que dijo Mons. Tissier (en una carta a los Sacerdotes dada a conocer por el R.P. Faure): que esa declaración fue redactada y presentada por Mons. Fellay “para evitar a la Fraternidad la excomunión con que la amenazaba el cardenal” (Levada).

¿Y los mártires?

¿Y los que se dejaron asesinar por no acatar “requisitos gubernamentales” contrarios a la fe?

¿Y Santo Tomás Moro, a quien estos blasfemos mencionan en el mismo documento por el que declaran que adhieren a los principios liberales? Si este santo hubiera accedido a los “requisitos gubernamentales” que le imponía Enrique VIII, no habría estado jamás en la Torre de Londres ni habría sido decapitado.

Pero eran otros tiempos… y, sobre todo, otra clase de hombres… ahora lo que se usa es el estilo Fellay: ambiguo, errático, acomodaticio, contradictorio, confuso y… cobarde.

Quede como moraleja de este escándalo permanente del colegio australiano de la FSSPX de Mons. Fellay, que a veces sí se puede hacer el mal para conseguir el bien, sin que nos deba quitar el sueño este principio básico de la moral expresado por San Pablo en Romanos 3, 8:


“NO HAGAMOS EL MAL PARA QUE VENGAN BIENES”

Entradas anteriores sobre este escándalo:  123 , 4 , 5 y 6


GRIS




"De gris en gris es fácil llevar al tonto del blanco al negro".
Nicolás  Gómez Dávila

LA FE – POR ERNEST HELLO


Alguien decía:
-Nosotros no nos servimos lo suficiente de la Fe.
Es muy cierto que sacamos poco partido de ella. Mu­chos de entre nosotros tenemos una fe sin energía, que se alimenta más que todo de fórmulas. Pocos de entre nosotros poseen la fe vivificante, y es de esta fe vivificante que de­seo hablar algo en estos momentos.
El espíritu humano posee mediocridades naturales. Es atraído por las cosas intermedias. El sí y el no causan ambos temor.
Dirigid a un cristiano esta pregunta:
¿Jesucristo ha dicho la verdad?
Evidentemente sí.
Y continúas diciéndole al cristiano:
«Jesucristo ha dicho la verdad: Mas, Jesucristo ha dicho:
«Todo lo que vosotros pidiereis a mi Padre en mi nom­bre os será concedido.
«Todo lo que me pidiéreis en mi nombre, os lo con­cederé.
«Pedid y recibiréis,- buscad y encontraréis,- llamad y so os abrirá.
«Si llegáis a creer, todo será posible a quien cree.
«Y vosotros llegáis a esta conclusión: Jesucristo ha di­cho la verdad; mas Jesucristo dijo todo eso, luego todo eso es verdadero. Todo es posible a quien cree».
Todo eso es claro,- ¿verdad?
El cristiano se verá indeciso. Dirá: sí, con un aire tímido. No cree en la consecuencia con la misma fe que en el principio. Retrocede, duda.
El no transporta las montañas.
Muchos tienen confianza en las palabras que prometen otra vida diferente, con sus recompensas y sus castigos.
Y esos mismos no creen con una fe viviente, en la po­tencia de la oración en este mundo de abajo.
San Bernardo, hacía esta advertencia a sus religiosos: «Vosotros creéis firmemente, les decía, en las promesas relati­vas al otro mundo. Vosotros creéis menos en las promesas relativas a este mundo. Y, sin embargo, es la misma boca la que ha dicho las cosas que vosotros creéis firmemente, y las cosas que vosotros casi no creéis».
Muchos de entre nosotros pueden decirse a sí mismo lo que San Bernardo decía a sus amigos.
No existe, entre tal palabra del Evangelio, y tal otra palabra, una diferencia de veracidad, una diferencia de cer­teza.
Las palabras del Evangelio no son unas más y otras me­nos ciertas.
Las aproximaciones no existen en esta región. Una pa­labra siempre igual en sí misma, no puede ser base sino de la misma garantía, de la misma invariabilidad.
Si participáis do los sacramentos de la Iglesia, si parti­cipáis del bautismo, de la penitencia, de la Eucaristía, si conserváis vuestro lugar en la comunión de los Santos, es en virtud de las palabras de Jesucristo que ha instituido esos sacramentos.
Y es la misma palabra la que ha dicho con igual acento:
«Todo lo que vosotros pidiéreis en mi nombre os será concedido».
«Todo es posible a quien cree».
Yo desafío a quienquiera que sea, a que encuentre cual­quier razón que sea, para fundar cualquier diferencia entre esta palabra y otra palabra del mismo Evangelio.
Cuando los hombres pretenden declarar dudosa una cosa dudosa, dicen vulgarmente o proverbialmente: «Eso no es cosa que está en la Biblia».
Y como es imposible, en presencia de una tal afirma­ción que sale de unos tales labios, alegar o ligereza o exa­geración, se impone absolutamente aceptarla como una ver­dad que posee el mismo valor que todas las demás.
Entre las palabras que salieron de los labios de Jesucristo, muchas no fueron recogidas de una manera oficial. Muchas no fueron certificadas por la voz encargada de transmitir a la posteridad los ecos del Verbo Eterno, y que habló sobre esta tierra.
Si existiera, en la verdad absoluta, el más y menos, el más estaría en favor de las palabras oficialmente repeti­das por la Iglesia Universal desde el comienzo de los siglos.
Y la palabra a que aludíamos está en ese conjunto. Ella está en el número de las palabras oficiales.
Ella fue pronunciada, y además ha sido escrita. Consta por escrito y permanece escrita, para ser repetida con toda la autoridad que emana del Evangelio. No es solamente una confidencia hecha a algunos privilegiados. Es la pro­mesa auténtica, auténticamente hecha y dada al género hu­mano.
«Todo lo que pidiéreis a mi Padre, en mi nombre, os será otorgado».
Mas, esta palabra está entre las palabras pronunciadas hace diez y ocho siglos, en Judea, y es una de las que el Santo Espíritu ha elegido para que sea repetida en todos los hogares a donde llegue una edición del Evangelio. Está en el número de esas palabras que se pronuncian en el Evangelio de la misa, entre Pascua y Ascensión.
Cada sacerdote, sin exceptuar uno solo, las pronuncia en el altar, y entre el pueblo de pie, en la iglesia, no hay un hombre que no las haya leído en el Evangelio, que nos las haya oído pronunciar en el lugar Santo, y que no se haya levantado para escucharlas atentamente, solemnemente y de­votamente. El acto de levantarse durante el Evangelio, sig­nifica la disposición de confesar públicamente la verdad que se va a decir. Es un testimonio rendido.
Y si ni aun en un lugar humano, no se rinde en vano un testimonio cualquiera, en una ceremonia humana, ¿qué decir del testimonio que se rinde en la Iglesia, en el lugar consagrado, bajo las bóvedas consagradas, cerca de la Cátedra de la verdad, en presencia del altar, en presencia de la hostia santa? Y es propiamente este testimonio que todos sin excepción debemos rendir al oír aquella palabra, en presencia del cielo y de la tierra, cuando nos levantamos para escuchar la lectura del Evangelio, y al sacerdote que dice:
“Todo lo que pidiéreis a mi Padre, en mi nombre, os lo concederá”.
Y el momento de esta profesión de fe no está aislado en la vida cristiana. Todo acto de la vida rinde el mismo testi­monio si pertenece a la vida cristiana, al indivisible cris­tianismo.
Todo hombre, por el sólo hacho que no ha renegado el Evangelio, por el sólo hecho de aceptar el título de cris­tiano, afirma esta palabra que permanece por los siglos de los siglos indestructible. Todo es posible a quien cree.
No hay ninguna puerta para escapar, ninguna hendidu­ra en ninguna de las murallas.
Es imposible, y de una imposibilidad absoluta siendo verdadero el Evangelio, que esa palabra no sea verdadera.
«Todo lo que pidiéreis a mi Padre, en mi nombre, os lo concederá».
Esta palabra sintetiza en ella todas las realidades y to­das las solemnidades.
No solamente está colocada entre las palabras que se pronuncian en el altar, durante el acto del sacrificio, en pre­sencia del cielo, en presencia de la tierra, en presencia del infierno que tiene que temblar, en presencia del pueblo que está atento, y que está allí, de pie, rindiendo el testi­monio de su fe; sino que, fuera de todo eso, fuera de la verdad que posee a semejanza de las otras palabras del Evangelio, tiene una importancia práctica excepcional, pues en ella está el secreto de la potencia.
La potencia es el objeto a que tiende el deseo. Y esta palabra nos indica en qué condiciones la potencia nos es otorgada.
La potencia es el eje alrededor del cual giran los mun­dos. Y he aquí una palabra alrededor de la cual gira la po­tencia.
«Todo es posible para quien cree.»
Esta palabra incide sobre la Fe.
No se trata, pues, de enviarla a la eternidad, ya que en la eternidad se habrá desvanecido la Fe.
La Fe y la Esperanza habrán sido los magníficos socorros de la ruta recorrida.
La Caridad resplandece sola, en el presente sin fin de la Eternidad. Las palabras que se refieren a la Fe se refieren asimismo a la tierra, al tiempo presente, porque en la tierra está el dominio de la Fe. «Todo es posible para quien cree». Esta palabra es el viático del tiempo. Es la gloria de la Fe. Es la luz que luce en las tinieblas. Es la práctica de hoy.
Es la práctica de este hoy que pide su pan cotidiano. Es el secreto de la vida, pues el justo vive de la Fe.
Ella implora con fuertes gritos el Amén que hace culmi­nar todo. Amén, Amén, Amén.



Del libro “El Siglo”, Editorial Difusión, Bs. As., 1943.

LA ACCIÓN




Los guerreros lucharán, y Dios dará la victoria.

Es odioso el engaño de ese pietismo, que se cree sobrenatural, porque está desencarnado, en el que la oración lejos de esclarecer, lejos de fortificar la acción se convierte en argumento de negligencia, de pasividad, de inconsecuencia. Actitud que tiene tanto éxito porque favorece una tendencia natural a la pereza, al esfuerzo efímero quizá, pero elemental, superficial, sin resultados duraderos y serios. Sobrenaturalismo siempre dependiente de lo que es camino extraordinario en la piedad. Espera en un milagro, en la realización de una profecía según la cual todo se arreglará algún día por simple intervención divina, sin que haya necesidad de entremezclarse en ello. Pero ¿quién tomará a esta caricatura por la piedad verdadera, de la que los santos han ardido? Esta piedad que le valió al doctor de Poitiers la respuesta de Juana:—“Decís que Dios quiere librar al pueblo de Francia de sus calamidades; pues si lo quiere, no le será necesario poner en movimiento a los guerreros”. —“En nombre de Dios—respondió la joven—los guerreros lucharán y Dios dará la victoria”.

 Esta es, en efecto, la respuesta más ortodoxa tanto en la esfera natural como en la sobrenatural.

Orar, como si nuestra acción debiera ser inútil, y actuar, como si nuestra oración pudiera serlo también.

¿No es monstruoso que una cierta rectitud doctrinal pueda no incitarnos a la acción?

Se ha dicho: “El mundo cristiano se presenta como el defensor de una mística verdadera pero que ya no la vive; frente a un adversario que es promotor de una mística falsa, pero vivida, servida intensamente”.

¿Hay perversión más sutil y más grave, que la de una ortodoxia del pensamiento satisfecha de sí misma, pero indiferente a la infecundidad de lo verdadero, al triunfo del mal?

Una ortodoxia completamente cerebral y especulativa no es suficiente. Es necesario, para ser realmente, vitalmente ortodoxo, no solamente la ortodoxia de la inteligencia; sino, si se pudiera decir, la ortodoxia de la voluntad. La cual se manifiesta ante todo por una facultad normal de entusiasmo y de indignación. Y, ciertamente, no por esta actitud de soberana indiferencia, que algunos quisieran llamar prudencia y dominio de sí mismos.

“La frecuencia, el poderío del crimen, escribe el Cardenal Ottaviani, han embotado, desgraciadamente, a la sensibilidad cristiana, aun entre los cristianos. No solamente como hombres, sino como cristianos, ya no reaccionan, ya no vibran. ¿Cómo pueden sentirse cristianos, si son insensibles a las heridas hechas al cristianismo?

“... Da escalofríos pensar en todos esos cristianos que están encarcelados con sus pastores... se creería que íbamos a asistir a una protesta semejante al rugido del océano, a un levantamiento de la humanidad, a un clamor de reprobación semejante a un grito de lamentación que no se puede refrenar. Nada de eso. Cierta prensa totalmente absorbida por las vicisitudes de la vida de los campeones, de los actores, por las crónicas de sucesos, ignora lo que todo el mundo sabe: que hay multitud de hombres en prisión o en trabajos forzados, muchos ferozmente atenazados, que no pueden salir, ni siquiera por dos días, de su país y de su casa...“

“Todo se puede, menos vivir en este estado de insensibilidad. Porque la vida se prueba por la sensación del dolor, por la vivacidad (la palabra es sugestiva) con que se reacciona a la herida, con prontitud y la potencia de la reacción. En la podredumbre y en la descomposición ya no se reacciona”.

Dios no niega al impío el triunfo de su trabajo.

No hay ninguna organización, ningún partido, ningún clan, ninguna secta, que no tenga hoy un plan que proponer, y que no se afane en hacerlo aceptar. Sólo los cristianos vamos a remolque, osando considerar como rasgos de virtud el hecho de adoptar más bien las tesis del enemigo, en vez de proclamar “triunfalmente” las nuestras.

domingo, 27 de octubre de 2013

REY DE LA VERDAD





“Dijo Jesús: ‘Mi Reino no procede deste mundo, non est ex hoc mundo’. Jesús no dijo:’Mi Reino no está en este mundo’, ni tampoco: ‘Yo no soy Rey deste mundo, sino del otro’, como si su Reino fuese de almas, de muertos o de fantasmas. Dijo:’Mi Reino no procede de este mundo’, de las potencias mundanas, de los soldados, de los militares, de haber sido elegido por el pueblo…fraudulentamente –o no-, o de los banqueros internacionales y las grandes potencias del Gran Dinero. Su Reino está en este mundo y Él es Rey de todo este mundo; pero su Reino procede de su propia naturaleza, de ser Él quien es. Ni se lo dieron los hombres ni pueden quitárselo los hombres. Él es la Verdad y su Reino es el Reino de la Verdad; pero es un Reino Real, no un Reino ideal solamente. La Verdad no es una cosa ideal solamente: Verdad y realidad son la misma cosa”.

Padre Castellani, Homilía del Domingo 29-X-1961.


SERMÓN EN LA FIESTA DE CRISTO REY - R.P. RENÉ TRINCADO



Esta fiesta puede parecer un anacronismo sin sentido, porque es verdad que Cristo es Rey, pero también es verdad que Cristo ha sido destronado. N. Señor debe reinar sobre almas, familias y Estados, pero los hombres le han dicho no queremos que éste reine sobre nosotros, como los malos súbditos de la parábola de las minas. Los liberales han destronado a Cristo.

El Papa León XIII dijo: es incalculable el número de almas que se condenan a causa de las condiciones que los principios del Derecho liberal imponen a los pueblos. Estas palabras fueron dichas a fines del s. XIX. ¿Qué pensar del siglo XX? Y ni hablar de nuestro siglo.

Esta fiesta fue instituida por Pío XI en 1925, en plena lucha entre la Iglesia y la masonería, esa maldita bestia promotora del liberalismo. Y el satánico liberalismo triunfó con el Concilio Vaticano II, en el que la jerarquía se rindió a los falsos principios liberales, los hizo suyos, y los enseña desde entonces en el Nombre de Cristo. Los pastores se convierten en lobos: la Jerarquía liberal de la Iglesia enseña la mentira en Nombre de la Verdad que es N. S. Jesucristo. Los Papas, desde Juan XIII en adelante, los Obispos y los Sacerdotes, se hacen envenenadores de las almas.

Algunas de esas mentiras masónico-diabólicas, algunos de esos falsos principios son: la separación de Iglesia y Estado, la libertad religiosa, el democratismo y la soberanía popular, la doctrina de los llamados “derechos humanos”. Todas estas falaces doctrinas nacieron en el secreto de las oscuras logias y ahora son difundidas no sólo desde las tribunas de los políticos, sino también desde todos los púlpitos y desde la misma sede de Pedro.

Por eso, ante la evidencia de la victoria del liberalismo sobre los derechos reales de Cristo, podemos preguntarnos si vale la pena seguir hablando de la realeza social de N. S. Jesucristo. La respuesta, junto con la explicación de la actual derrota, pueden ser encontradas en la Sagrada Escritura, especialmente en el salmo 2:

¿Por qué se amotinan las gentes -dice el salmo- y las naciones traman planes vanos? Esto se cumple hoy al pie de la letra y más claramente que nunca. El instigador de esta rebelión es el diablo, de quien dice el Espíritu Santo en Jeremías: desde los siglos quebraste mi yugo, rompiste mi cadena y dijiste: no te serviré. Non serviam. No te serviré, sino que seré libre. Esta idea diabólica de libertad como independencia de Dios es la esencia del liberalismo. Dice Santo Tomás de Aquino que el diablo intenta desde el principio apartar al hombre de la obediencia a Dios, bajo el pretexto de la libertad (ST III c. 8 a. 7), pero no es sino hasta el siglo XIX que el demonio logra inspirar a la humanidad un sistema de pensamiento que exalta la libertad hasta el grado de ponerla en el lugar de Dios. Eso es el liberalismo: la idolatría de la diosa libertad. Se amotinan las gentes: vivimos en un motín permanente, en “estado de revolución”. La Revolución Francesa, la violenta demolición del antiguo orden cristiano y su sustitución por el orden -o, mejor dicho, desorden- liberal, comenzó en 1789, pero no ha terminado. El Card. Ratzinger dijo, en cierta ocasión, que el concilio Vaticano II “fue un 1789 en la Iglesia”.

Sigue el salmo diciendo: Se alzan los reyes de la tierra y los príncipes se confabulan unidos contra Dios y contra su Ungido, esto es, contra Cristo, pues Cristo significa ungido. Todos los poderosos del mundo, liberales de izquierdas y de derechas; los Caifás, los Herodes, y los Pilatos de todos los tiempos y del presente: por sobre sus diferencias, los une la común oposición a Cristo: todos son liberales.

Siguiente versículo: Rompamos sus ataduras y arrojemos de nosotros su yugo. ¡Fuera ataduras, fuera yugos! ¡Libertad! ¡Libertad! Grito de guerra éste que les enseña su padre el demonio. Los sediciosos o revolucionarios, los sodomitas y, en general, los grandes criminales, son llamados “hijos del diablo” en la Biblia. Rompamos sus ataduras: los vínculos de la fe y de la caridad. Arrojemos de nosotros su yugo: la moral verdadera, los deberes del cristiano y la misma Cruz de Cristo (“porque mi yugo es suave y mi carga ligera”). Sin embargo, estas ataduras y este yugo son lo que nos une a Dios y salva nuestras almas.

Pero Dios se ríe, se burla de ellos. A su tiempo les hablará en su ira, continúa el salmo. Debemos tener ánimo, porque aunque reconocemos la derrota actual y pasajera de los derechos soberanos de Cristo, también tenemos certeza absoluta -causada por la fe divina- en cuanto a la victoria final y total de Cristo sobre todos sus enemigos.

Termina el salmo diciendo: Bienaventurados todos los que se refugian en Él. Estas palabras señalan cuál debe ser nuestra actitud: ningún olvido de los derechos que Cristo tiene como Rey de todo y de todos; ninguna transacción o acuerdo traidor con el enemigo: el demonio y su liberalismo, sino resistir contra todo y contra todos refugiándonos en la fe verdadera y en las verdades de siempre,  manteniéndonos firmes e intransigentes en nuestro puesto de combate en esta guerra, aunque el territorio esté arrasado y copado por el enemigo; para lo cual, ante todo, debemos procurar que Cristo reine allí donde está en nuestras manos hacer que reine y no sea destronado jamás: en nuestras almas. Someternos totalmente a Dios, obedecer siempre a su voluntad: eso es ser antiliberal convencido y militante; católico cabal, resuelto y combatiente. Si no hacemos esto, hay una mentira en nosotros, una cierta hipocresía, y terminaremos más o menos liberales.

Y para que Cristo reine en nuestras almas, estimados fieles, debemos recurrir a 3 medios principales: cumplir los mandamientos, frecuentar los sacramentos y orar, y en particular rezar el santo Rosario, porque Nuestra Señora ha prometido en Fátima: al final, mi Corazón Inmaculado triunfará. Y cuando triunfe el Corazón de nuestra Madre, triunfará el Corazón sacratísimo del Rey nuestro y de todos y de todo, el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo.



sábado, 26 de octubre de 2013

LA PASIÓN DE LA IGLESIA



Por Monseñor Lefebvre

Me parece que se puede comparar esta pasión que sufre hoy la Santa Iglesia con la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Ved como han quedado estupefactos los mismos Apóstoles delante de Nuestro Señor amarrado, habiendo recibido de Judas el beso de la traición. Él es conducido cubierto de púrpura, se burlan de Él, lo golpean, lo cargan con la Cruz y los Apóstoles huyen, ellos se escandalizan. No es posible que Aquel que Pedro ha proclamado: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”, sea reducido a esta indigencia, a esta humillación, a este escarnio. No es posible. Ellos huyen de Él.

Sólo la Virgen María con San Juan y algunas mujeres rodean a Nuestro Señor y conservan la fe. Ellos no quieren abandonarlo. Saben que Nuestro Señor es verdaderamente Dios, pero saben también que es hombre. Precisamente esta unión de la Divinidad con la Humanidad de Nuestro Señor ha pre­sentado problemas extraordinarios. Pues Nuestro Señor no solamente ha querido ser hombre, ha queri­do ser un hombre como nosotros, con todas las consecuencias del pecado, pero sin pecado, quedando fuera el pecado; sin embargo, ha querido sufrir todas sus consecuencias: el dolor, el cansancio, el sufri­miento, el hambre, la sed, la muerte. Hasta la muerte, sí. Nuestro Señor ha realizado esta cosa extraor­dinaria que ha escandalizado a los Apóstoles antes de escandalizar a muchos otros que se han separado de Nuestro Señor o no han creído en su Divinidad.

Durante el curso de la historia de la Iglesia se ven esas almas que, asombradas por la debilidad de Nuestro Señor, no han creído que Él era Dios. Es el caso de Arrio. Arrio ha dicho: No; no es posible, este hombre no puede ser nuestro Dios, puesto que Él ha dicho que era menos que su Padre, que su Padre era más grande que Él. Entonces, Él no es Dios. Puesto que Él ha pronunciado esas palabras tan sor­prendentes: “Mi alma está triste hasta la muerte”. ¿Cómo Aquel que tenía la visión beatífica, que veía a Dios en su alma humana y que era entonces mucho más glorioso que enfermo, mucho más eterno que temporal —su alma ya estaba en la eternidad bienaventurada— he aquí que sufre y dice: “Mi alma está triste hasta la muerte”?, y luego pronuncia esas palabras asombrosas que nosotros jamás hubiéramos imaginado en los labios de Nuestro Señor:“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Entonces el escándalo, por desgracia, se extiende en medio de las almas débiles y Arrio empuja a casi toda la Iglesiaa decir: “No, esta persona no es Dios”.

Otros, al contrario, reaccionarán y dirán: puede ser que todo lo que Nuestro Señor ha soportado, esta sangre que corre, estas heridas, esta Cruz, no sean más que fruto de la imaginación. Ciertamente, son hechos exteriores que han sucedido, pero que no eran reales.  Algo así como el Arcángel San Rafael cuando acompañó a Tobías y le dijo luego:“Vosotros creíais que yo comía cuando tomaba el alimento, pero no, yo me nutro de un alimento espiritual”. El arcángel San Rafael no tenía un cuerpo como el de Nuestro Señor Jesucristo, ni había nacido en el seno de una madre terrenal como Nuestro Señor Jesucristo ha nacido de la Virgen María. “Nuestro Señor era un fenómeno como aquel, parecía comer pero no comía, parecía sufrir pero no sufría”: Estos fueron los que negaron la naturaleza humana de Nuestro Señor, los monofisitas y los monotelitas, que negaron la naturaleza humana y la voluntad huma­na de Nuestro Señor Jesucristo. Los que decían: “todo era Dios en Él. Todo lo que pasó no fueron sino apariencias”. Ved las consecuencias de aquellos que se escandalizan de la realidad, de la Verdad.

Haré una comparación con la Iglesia de hoy. Nosotros estamos escandalizados, sí, verdadera­mente escandalizados de la situación de la Iglesia. Pensábamos que la Iglesia era verdaderamente Divina, que Ella no podía equivocarse jamás, que Ella jamás podía engañarnos. Sí, es verdad, la Iglesia es Divina, Ella no puede perder la Verdad, Ella guardará siempre la Verdad eterna. Pero Ella es huma­na también, es humana y mucho más que Nuestro Señor. Él no podía pecar, era el Santo y el Justo por excelencia. La Iglesia es verdaderamente divina; nos brinda todas las cosas de Dios —particularmente la Santa Eucaristía—, cosas eternas que no podrán cambiar jamás, que serán la gloria de nuestras almas en el Cielo. Sí, la Iglesia es divina pero es humana. Ella está apoyada en hombres que pueden ser peca­dores, que lo son y que, si bien participan en una cierta manera de la divinidad de la Iglesia, en una cier­ta medida (como el Papa, por ejemplo, por su infalibilidad, por el carisma de la infalibilidad participa de la divinidad de la Iglesia y sin embargo sigue siendo hombre), ellos siguen siendo pecadores. Fuera del caso en que el Papa usa de su carisma de la infalibilidad, puede errar y puede pecar. ¿Por qué escanda­lizarnos y decir como algunos, a imagen de Arrio, que él no es Papa? “No es Papa”, como decía Arrio: “No es Dios, no puede ser, Nuestro Señor no puede ser Dios”. Nosotros estaríamos tentados también de decir: “No es posible, él no puede ser Papa haciendo lo que hace”.

O, al contrario, como otros que divinizarían la Iglesia a tal punto que todo será perfecto en Ella, podríamos decir: “no se debe hacer nada que pueda oponerse a lo que venga de Roma, porque todo es divino en Roma y nosotros debemos aceptar todo lo que viene de Roma”. Los que hacen así son como aquellos que dicen que no era posible que Nuestro Señor sufriera, que no eran más que apariencias de sufrimientos, pero que en realidad Él no sufría, en realidad su Sangre no se había derramado. Eran apa­riencias que estaban en los ojos de aquellos a su alrededor, pero no eran realidad. Sucede lo mismo hoy con algunos que siguen diciendo: “No, nada puede ser humano en la Iglesia, nada puede ser imperfecto en Ella”. Se equivocan también. No siguen la realidad de las cosas. Hasta dónde pueda ir la imper­fección de la Iglesia, hasta donde puede subir, yo diría, el pecado en la Iglesia, en la inteligencia, en el alma, en el corazón y en la voluntad, los hechos nos lo demuestran. Así como yo os decía hace un momento, nosotros no habríamos jamás osado poner sobre los labios de Nuestro Señor estas palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”  Y bien: jamás habríamos pensado que el mal, el error, podrían penetrar así en el interior de la Iglesia.

Nosotros vivimos esta época. No podemos cerrar los ojos. Los hechos están delante y no depen­den de nosotros. Somos testigos de lo que sucede en la Iglesia, de aquello aterrador que ha sucedido después del Concilio, de estas ruinas que se acumulan, de día en día, de año en año, en la Santa Iglesia. Más avanzamos, más se expanden los errores y más fieles pierden la fe católica. Una encuesta hecha recientemente en Francia decía que prácticamente sólo dos millones de católicos franceses son aún ver­daderamente católicos. Vamos hacia el fin. Todo el mundo va a caer en la herejía. Todo el mundo caerá en el error puesto que algunos clérigos, como decía San Pío X, se han metido en el interior de la Iglesia y la han ocupado.  Ellos han propagado los errores valiéndose de los puestos de autoridad que ocupan en la Iglesia.

Entonces, ¿estamos obligados a seguir el error, porque él nos viene dado por vía de autoridad? No más de lo que deberíamos obedecer a padres indignos que nos pidieran hacer cosas indignas, debemos obedecer a aquellos que nos piden abandonar nuestra fe y toda la Tradición. Eso está fuera de discu­sión. ¡Oh, por cierto, es un gran misterio!, este misterio de la unión de la divinidad con la humanidad. La Iglesia es divina, la iglesia es humana. ¿Hasta dónde los defectos de la humanidad pueden alcanzar, yo diría casi, la divinidad de la iglesia? Sólo Dios lo sabe. ¡Es un gran misterio!

Nosotros constatamos los hechos, debemos ubicamos delante de los hechos y jamás abandonar la Iglesia, la Iglesia Católica y Romana, no abandonarla jamás, jamás abandonar al sucesor de Pedro, pues­to que es por él que estamos ligados a Nuestro Señor Jesucristo. Pero, si por desgracia, arrastrado por no sé qué espíritu o que formación o qué presión que él sufre, por negligencia él nos deja y nos arrastra hacia caminos que nos hacen perder la fe, y bien, nosotros no debemos seguirlo, reconociendo sin embargo que él es Pedro y que si él habla con el carisma de la infalibilidad, nosotros debemos aceptar, pero cuando él no habla con este carisma, puede muy bien, por desgracia, equivocarse. No es la prime­ra vez que nosotros constatamos algo semejante en la historia.

Estamos profundamente perturbados, profundamente mortificados, nosotros que amamos tanto a la Santa iglesia, que la hemos venerado y que la veneramos siempre. Es exactamente por ese motivo que este Seminario existe, por amor de la Iglesia, católica, romana, y que todos estos seminarios existen. Nosotros estamos profundamente mortificados en el amor de nuestra Madre, al pensar que sus servido­res, por desgracia, no la sirven más o inclusive lo hacen contra Ella. Nosotros debemos rezar, debemos sacrificamos, debemos permanecer como María al pie de la Cruz, no abandonar a Nuestro Señor Jesu­cristo, aun si él parece, como dicen las Escrituras: “Era como un leproso” sobre la Cruz. Y bien, la Vir­gen María tenía la fe y veía detrás de esas llagas, detrás del corazón traspasado, a Dios en su Hijo, su Divino Hijo.

Nosotros también, a través de las llagas de la Iglesia, a través de las dificultades, de la persecución que sufrimos, aun de parte de aquellos que tienen autoridad en la Iglesia, no abandonamos la Iglesia, amamos a nuestra Madre la Santa Iglesia; sirvámosla siempre a pesar de las autoridades si es necesario. A pesar de esas autoridades que nos persiguen, equivocadas, continuemos nuestra senda, continuemos nuestro camino: nosotros queremos mantener la Santa Iglesia Católica y Romana, queremos continuar­la y lo hacemos por el sacerdocio, por el sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo, por los verdaderos sacramentos de Nuestro Señor, su verdadero catecismo.

Mons. Marcel Lefebvre, extractos del sermón del 29 de junio de 1982.