martes, 29 de marzo de 2016

COMENTARIOS ELEISON - LEGADO DE MONSEÑOR - I




Número CDLIV (454)
26 de marzo de 2016

Legado de Monseñor – I

Mons. Williamson




Hace 25 años murió Mons. Lefebvre.
¿Sus sucesores le han sido fieles? No.

Ayer, 25 de marzo, fue el 25to aniversario de la muerte de un gran hombre de Dios, Monseñor Lefebvre, a quien tantos católicos que hoy mantienen la Fe le deben tanto. Cuando en los años 1960 los demonios Revolucionarios del mundo moderno lograron poner bajo su yugo a la masa de hombres de Iglesia católicos, sea durante o después del Concilio Vaticano Segundo (1962–1965), fue Monseñor quien, casi por sí solo, se mantuvo firme en esa Verdad Católica que la Autoridad Católica, enceguecida o acobardada, estaba abandonando. Porque, de hecho, para obedecer a esa Autoridad dedicada a los principios de la Revolución, los católicos tuvieron que abandonar la Verdad de la Tradición inmutable de la Iglesia. O si no, para permanecer fieles a esa Verdad, ellos debían entrar en “desobediencia” a las Autoridades de la Iglesia.

Por supuesto, ni Monseñor ni la Fraternidad San Pío X que él fundó en 1970 estaban en desobediencia real, ya que la Autoridad Católica es la sirviente indispensable de la Verdad Católica: indispensable porque la Verdad sin Autoridad se hace trizas en medio de las opiniones beligerantes de hombres falibles, pero sirviente porque la Autoridad es un medio y no un fin, el medio para proteger y preservar esa infalible Verdad de Cristo que por sí sola puede salvar almas. A esta inmutable Tradición de la Iglesia, Monseñor Lefebvre permaneció fiel hasta el final, aunque sin despreciar ni desafiar aquellas Autoridades de la Iglesia que lo condenaron al final. Por el contrario, él hizo todo lo que pudo, de hecho, en un momento dado según él mismo lo admitió, aún más de lo que debió haber hecho, para ayudarlos a ver a la Verdad y servirla, por el bien de toda Iglesia, pero en vano.

sábado, 26 de marzo de 2016

LA PALABRA “CRUZ”






Por Mons. Dr. Paul W. von Keppler


«Porque la palabra de la cruz, para los que se pierden es locura; mas para nosotros, los que nos salvamos, es virtud de Dios.»

Verbum enim crucis pereuntibus quidem stul- titia est: iis autem qui salvi fiunt, id est nobis, Dei virtus est.    (1 Cor. 1, 18.)


La pena y el dolor que lleva consigo el Viernes Santo, la esperanza y la gracia que promete, el recuerdo de tristes hechos y el mensaje de salud que trae, todo está sintetizado y como personificado en un emblema, en una señal: la señal de la Cruz.

Cuando allá en tierra de infieles, después de las pri­meras instrucciones, el misionero levanta en alto la cruz, causa esta señal profunda impresión en los que la ven por vez primera. La contemplan con temeroso respeto y sienten a su vista singular atracción y repul­sión al mismo tiempo.

Nosotros, acostumbrados a verla desde nuestra in­fancia, la llevamos impresa en la retina, y no podemos recordar cuándo ni dónde la vimos la primera vez.

Hallárnosla en todas partes, en casa, en la iglesia, en el campo, en los caminos; y se nos ofrece bajo todos aspectos, figuras y formas. Es ya para nosotros cosa tan cotidiana, que ninguna impresión especial nos produce.

Hoy es cabalmente el día en que debemos fijar bien nuestra mirada en esta cotidiana señal, para que con­mueva profundamente nuestro espíritu y nuestro co­razón. Fijad vuestra atención en la cruz. ¿Puede haber cosa más llana y sencilla que esas dos líneas que se cruzan, ese palo enhiesto con su travesaño en el centro? Figura simplicísima, exacta, regular, y sin embargo es la imagen de la más radical contrariedad y oposición; el símbolo más expresivo del dolor, de la pena, de la muerte; árbol seco, sin hojas ni ramas; con sus dos brazos cortados y escuetos: y así y todo es la cruz en su forma fuertemente trabada, la imagen de aspiracio­nes vigorosas, de tesón firmísimo; la imagen de la for­taleza y de la vida.

Como imagen del dolor y de la muerte, como ex­presión de fuerza y de vida, escogió Dios y señaló la cruz para que fuera el instrumento de la redención. Como señal de muerte y señal de vida también, hállase pre­dominando en la vida de Jesús, y debe también presidir y gobernar los actos de nuestra vida. Esto querría de­mostraros hoy; y así toda mi exhortación se encerrará en una sola palabra, en la palabra «Cruz», de la cual dice el Apóstol que es como una necedad a los ojos de los que se pierden; mas para los que se salvan, esto es, para nosotros, es la virtud y poder de Dios. Ojalá por la gracia del Crucificado y por la mediación de su Madre dolorosa, sea la cruz para todos nosotros ver­dadera virtud divina.

ANTE EL CRUCIFIJO





“Voy a decirle lo que hago cuando me encuentro un poco cansada. Miro el Crucifijo, y al ver cómo El se sacrificó por mí, me parece que lo menos que puedo hacer por El es gastar y quemar mi vida para devolverle algo de cuanto El me entregó”

Sor Isabel de la Trinidad, Epistolario, carta 136.


LA CRUZ





Loas a la Cruz


Cruz, descanso sabroso de mi vida,
Vos seáis la bienvenida.

iOh bandera, en cuyo amparo
El más flaco será fuerte!
iOh, vida de nuestra muerte,
Que bien la has resucitado!
Al león has amansado,
Pues por ti perdió la vida.
Vos seáis la bienvenida.

Quien no os ama está cautivo
Y ajeno de libertad;
Quien a vos quiere allegar
No tendrá en nada desvío.
iOh dichoso poderío
Donde el mal no halla cabida!
Vos seáis la bienvenida.

Vos fuisteis la libertad
De nuestro gran cautiverio;
Por vos se reparó mi mal
Con tan costoso remedio,
Para con Dios fuiste medio
De alegría conseguida.
Vos seáis la bienvenida                  


SANTA TERESA DE JESÚS


YO ¿CÓMO VINE AL MUNDO?





Yo ¿cómo vine al mundo? Condenado;
Dios ¿cómo me libró? Dando su vida;
Yo ¿cómo la perdí? Por un bocado,
Que fue del mundo todo el homicida.
Dios ¿qué me pide a mí? Lo que me ha dado;
Yo ¿qué le pido a él? La eterna vida;
Dios ¿para qué murió? Para librarme:
¿Yo para qué nací? Para salvarme.

De tierra soy, en tierra he de volverme;
Y a siete pies de tierra reducido,
Y una pobre mortaja en que envolverme,
Tendré del mundo el pago merecido;
No puedo deste paso defenderme,
Ni el César puede, ni el jayán temido;
¡Miseria general!, ¡caso terrible!
Que tengo de morir es infalible.

Allí de los amigos más amados,
Del alma tiernamente más queridos,
Los últimos abrazos regalados
Recibiré con llantos y gemidos
Allí seré el mayor de mis cuidados,
Los deleites y vicios cometidos,
Pues que puedo por ellos no salvarme
Dejar de ver a Dios y condenarme.

EL PODER DE LA SANTA CRUZ





"El poder de la santa Cruz contra Satanás y sus legiones es tal, que la podemos considerar un escudo invencible que nos hace invulnerables a sus flechas. La historia nos enseña que, más de una vez, los misterios paganos perdieron su fuerza a causa de la señal de la Cruz hecha por un cristiano, oculto entre la multitud".

Dom Próspero Guéranguer O.S.B


viernes, 25 de marzo de 2016

SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS. PRIMERA PALABRA DE CRISTO EN LA CRUZ





Por Mons. Dr. Paul W. von Keppler



«Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.»
Pater, dimitte illis, non enim sciunt quid faciunt.
(Luc. 23, 34.)

La imagen lastimera del Salvador crucificado, en la que fijan hoy su mirada todos fieles, fuéle mostrada en vaticinio al profeta Isaías, con toda claridad. Una circunstancia, entre todas, causóle profundísima im­presión: el silencio maravilloso de este divino Paciente, en medio de tan terribles tormentos y de tan horrenda injusticia. Este silencio llena de sagrado asombro al profeta, que maravillado exclama: «Ofrecióse al sacri­ficio voluntariamente, y no abrió su boca; será conducido al matadero, como la oveja, y, como cordero delante del que lo trasquila, enmudecerá y no abrirá su boca»—Oblatus est quia ipse voluit, et non aperuit os suum; sicut ovis ad occisionem ducetur, et quasi agnus coram tondente se obmutescet, et non aperiet os suum (Is. 53, 7).

De este silencio del Salvador maravillóse también Pilato (Matth. 27, 14), y se maravillan asimismo todas las almas nobles. Acumulan los judíos acusaciones y más acusaciones contra el Señor, mas él no se defiende, y calla. Herodes hace burla de él, y calla; los soldados desgarran sus carnes con dolores acerbos, que le arrancan algún gemido, pero calla; le hincan en la cabeza y en las sienes la corona de espinas, que le hace estremecer, por lo terrible de sus dolores, pero calla; cargan sobre sus llagados hombros el peso de la cruz, y lleva esta carga hasta que no puede más, hasta sucumbir debajo de ella; pero calla. Realmente no hay cosa que tanto nos descubra la grandeza de alma y la heroica pacien­cia del Varón de dolores, como este soberano silencio.

Mas con este su callar tan elocuente mezcló el Sal­vador en su Pasión, algunas veces, muy breves frases; y el largo y profundo silencio que guardó, estando en la cruz, lo interrumpió para decirnos, en aquellos pos­treros momentos, sus últimas siete palabras.

¡Sus últimas palabras! Las últimas expresiones de un moribundo suelen tenerse en grande estima, y los que le sobreviven las conservan como un legado testamentario.

Las últimas palabras del Salvador moribundo son palabras de un Redentor, reveladoras de su dignidad de Mesías; palabras que iluminan como relámpagos las tinieblas del Calvario, el misterio de la cruz; palabras que suenan, a la vez poderosas y terribles, como los siete truenos del Apocalipsis (Apoc. 10, 3), y dulces y suaves como las campanillas de plata del vestido del sumo sacerdote, cuando entraba en el Sancta Sancto­rum para ofrecer el sacrificio. La primera de estas siete palabras es el mensaje de salvación, que hoy no&-envía el Salvador desde la cruz. ¡Ojalá que todos los cora­zones se abran para recibirlo!

Los verdugos en el Calvario acaban de terminar su tarea sanguinaria: se ha extinguido ya el eco de los martillazos, con que han hecho penetrar los gruesos clavos por las delicadas carnes de las manos y pies del Salvador. Éste queda como víctima santa pendiente de la cruz entre el cielo y la tierra, desangrándose por muchas heridas, entre convulsiones y estremecimientos de dolor. Hasta la misma naturaleza universal parece suspender todo movimiento y rumor, presa de espanto y admiración; y ni los rayos del sol ni el aire de la primavera se atreven a tocar el sagrado cuerpo. De la muchedumbre misma del pueblo parece haberse apo­derado un terror insólito, que paraliza sus lenguas; y reina un silencio pavoroso. Sólo el odio de los sumos sacerdotes y de los fariseos se está cebando en los tor­mentos de su víctima, y con diabólica fruición comien­zan a burlarse del Salvador y a blasfemar de él. Entonces levanta el Señor su sagrada cabeza, echa una mirada sobre el pueblo, alza sus ojos al cielo, y abriendo sus labios exclama con voz clara y sonora: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.»

25° ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE MONS. MARCEL LEFEBVRE





“Esta jornada de hoy es la operación “supervivencia”. Y si hubiera hecho esa otra operación con Roma siguiendo los acuerdos que habíamos firmado y poniendo en práctica a continuación estos acuerdos, haría la operación “suicidio”
(Sermón en la consagración episcopal de los cuatro obispos, 30 de junio de 1988)


R.P. TRINCADO - SERMÓN DEL JUEVES SANTO





El Jueves Santo la Iglesia conmemora la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio. Cristo, al ascender a los Cielos, no nos ha abandonado. Él mismo, por medio de la Eucaristía, perpetuará su Sacrificio Redentor y será el alimento de nuestras almas para siempre, y, por medio de sus Sacerdotes, Él seguirá conduciéndonos al puerto de salvación hasta el final de los tiempos.

Ambas cosas son obras del amor infinito de Dios. “Dios es amor”, dice san Juan, y ese amor activo y expansivo en supremo grado “es un fuego devorador”, según palabras de San Pablo y del Deuteronomio.

En esta ocasión quiero referirme a la caridad y a la humildad de Nuestro Señor en el episodio narrado en el Evangelio de hoy, que dice: “Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.

“Hasta el fin” o “hasta el extremo”. Cristo nos amó hasta el extremo. Y esto nos enseña cómo debe ser el amor que debemos tener a Dios. Nadie puede amar demasiado o excesivamente a Dios y cualquier medida de amor con que correspondamos a su infinito amor, será poca cosa.

Hasta el extremo. Dios quiere corazones de fuego. “¡Fuego vine a lanzar sobre la tierra y cómo quiero que arda!”, nos dice Cristo. Pero nosotros no queremos que arda. “El Reino de los Cielos sufre violencia” y sólo “los violentos”, es decir, los resueltos, los de fuego; conquistan y “arrebatan el Cielo” porque antes se han dejado conquistar e incendiar por el fuego de Dios.

Nos amó hasta el extremo. Evitemos la caridad mediocre, también conocida como tibieza, porque no hemos sido creados para la mediocridad, sino para el heroísmo, para el amor heroico, no tibio sino ardiente. A eso hemos venido a la Resistencia, a la última trinchera anti liberal, y si no es para amar a Dios hasta el extremo, ¿a qué hemos venido?

jueves, 24 de marzo de 2016

JUEVES SANTO: INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA




La cena del Señor y el lavatorio de pies    

Entre todas las obras memorables que obró nuestro Salvador en este mundo, una de las más dignas de perpetua recordación es aquella postrera cena que cenó con sus discípulos. Donde no solamente se cenó aquel cordero figurativo que mandaba la ley, sino el mismo Cordero sin mancilla, que era figurado por la ley.

En el cual convite resplandece primeramente una maravillosa suavidad y dulzura de Cristo, en haber querido asentarse a una mesa con aquella pobre escuela, que es con aquellos pobres pescadores, y juntamente con el traidor que lo había de vender, y comer con ellos en un mismo plato. Resplandece también una espantosa humildad, cuando el Rey de la gloria se levantó de la mesa, y ceñido con un lienzo a manera de siervo, echó agua en un baño, y postrado en tierra, comenzó a lavar los pies de los discípulos, sin excluir de ellos al mismo Judas que lo había vendido. Y resplandece sobre todo esto una inmensa liberalidad y magnificencia de este Señor, cuando a aquellos primeros sacerdotes, y en aquellos a toda la Iglesia, dio su sacratísimo cuerpo en manjar, y su sangre en bebida: para que lo que había de ser el día siguiente sacrificio y precio inestimable del mundo, fuese nuestro perpetuo viático y mantenimiento, y también nuestro sacrificio cotidiano.

Mas ¿quién podrá explicar los efectos y virtudes de este nobilísimo sacramento? Porque con él por una manera maravillosa es unida el ánima con su esposo, con él se alumbra el entendimiento, avívase la memoria, enamórase la voluntad, deléitase el gusto interior, acreciéntase la devoción, derrítense las entrañas, ábrense las fuentes de las lágrimas, adorméscense las pasiones, despiértanse los buenos deseos, fortaléscese nuestra flaqueza, y toma con él aliento para caminar hasta el monte de Dios. Oh maravilloso sacramento, ¿qué diré de ti? ¿Con qué palabras te alabaré? Tú eres vida de nuestras ánimas, medicina de nuestras llagas, consuelo de nuestros trabajos, memorial de Jesucristo, testimonio de su amor, manda preciosísima de su testamento, compañía de nuestra peregrinación, alegría de nuestro destierro, brasas para encender el fuego del divino amor y prenda y tesoro de la vida cristiana.