sábado, 2 de marzo de 2013

CARTA A MONSEÑOR FELLAY POR 37 SACERDOTES DEL DISTRITO DE FRANCIA


LA SAPINIERE.INFO
NON POSSUMUS


A Monseñor Fellay.

Excelencia:

Como usted lo escribió recientemente, “los lazos que nos unen son esencialmente sobrenaturales”. Sin embargo, usted tomó cuidado de recordarnos, a justo título, que las exigencias de la naturaleza no deben ser olvidadas, por lo tanto “La gracia no destruye la naturaleza”. Entre estas exigencias, hay veracidad. Pero estamos obligados a constatar que una parte de los problemas a los que nosotros hemos sido confrontados estos últimos meses vienen de una falta grave a esta virtud.

Hace diez años, usted decía como Monseñor Tissier de Mallerais:

“Nunca aceptaré decir: “en este concilio, si se interpreta bien, incluso si se pudiera hacerlo corresponder con la Tradición, podríamos encontrar un sentido aceptable”. Nunca aceptaré decir eso. Sería una mentira. No está permitido decir una mentira, incluso si se tratara de salvar a la Iglesia” (Gastines, 16 de septiembre de 2012)

Pero usted cambió hasta el punto de escribir:

“La Tradición de la fe católica debe ser el criterio y la guía para el entendimiento de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, el cual a su vez, ilumina ciertos aspectos de la vida y de la doctrina de la Iglesia, implícitamente presente en ella, y aún no formulados. Las afirmaciones del Concilio Vaticano II y del Magisterio Pontifical posterior relativos a la relación entre la Iglesia católica y las confesiones cristianas no-católicas deben ser comprendidos a la luz de la Tradición” (San Joseph des Carmes, 5 de junio de 2012).

En Brignoles, en mayo de 2012, usted habló de este documento que “convenía a Roma” pero que “habrá que explicar entre nosotros porque hay declaraciones que están tan en la línea de cresta que si ustedes están mal dispuestos o según si se ponen gafas negras o rosas, ustedes la ven de un modo o de otro”. Después usted se justificó de la siguiente manera:

“Si podemos aceptar el ser “condenados” por nuestro rechazo al modernismo (lo que es verdad), no podemos aceptar serlo porque nos adherimos a las tesis sedevacantistas (lo que es falso), y es lo que me condujo a redactar un texto “minimalista” que no tomaba en cuenta más que uno solo de los dos panoramas y que, por este hecho pudo ocasionar confusión entre nosotros”. (Cor unum 102)

“Este texto, evidentemente, cuando lo escribí, pensé que era lo suficientemente claro, que logré evitar suficientemente los… ¿cómo se dice?- las ambigüedades. Pero… digamos que los hechos están ahí, estoy bien obligado de ver que este texto se convirtió en un texto que nos dividió a nosotros en la Fraternidad. Este texto evidentemente lo retiro”. (Ecône, 7 de septiembre de 2012)

Entonces usted es un incomprendido que, por condescendencia, retira un texto muy delicado que los espíritus estrechos han sido incapaces de comprender. Esta versión de los hechos es hábil pero ¿es justa? Retirar un documento y retractar un error doctrinal no son formalmente la misma cosa. Además, invocar las “tesis sedevacantistas” para justificar este documento “minimalista” que “convenía a Roma” parece fuera de lugar cuando al mismo tiempo, y desde hace más de trece años, usted autoriza a un cofrade a no citar más el nombre del papa en el canon después de haberle confiado que usted comprendía su elección ante la escandalosa firma de un documento común entre católicos y protestantes.

Monseñor Tissier de Mallerais confió a un cofrade que esta “Carta del 14 de abril” jamás debería ser publicada porque, según él, usted estaría “definitivamente desacreditado y probablemente obligado a la dimisión”. Lo que confirma la advertencia caritativa de Monseñor Williamson: “Por la gloria de Dios, por la salvación de las almas, por la paz interior de la Fraternidad y por vuestra propia salvación eterna, haría mejor en renunciar usted mismo como Superior General, que excluirme”. (Londres, 19 de octubre de 2012). Por lo tanto, usted tomó esto por una provocación abierta y pública.

Pero cuando Monseñor de Galarreta declaró, el 13 de octubre de 2012 en Villepreux esta frase increíble que podemos escuchar pero no leer en la transcripción publicada por La Porte Latine pues la omitió: “Porque es imposible que a la mayoría de los Superiores de la Fraternidad –después de una discusión franca, un análisis de fondo de todos los aspectos, de todos los pormenores-, es impensable que la mayoría se equivoque en una materia prudencial. Y si, por casualidad, lo imposible sucede, entonces que así sea, de todos modos, vamos a hacer lo que la mayoría piensa”. En Menzingen, el secretario General, el padre Thouvenot, escribió que él expuso con perspectiva y elevación los acontecimientos del pasado junio”.

¿Cómo pudo caer tan bajo la Fraternidad? Monseñor Lefebvre escribió: “En el día del juicio, Dios nos preguntará si hemos sido fieles y no si hemos obedecido a las autoridades infieles. La obediencia es una virtud relativa a la Verdad y al Bien. Ya no es una virtud sino un vicio si ella se somete al error y al mal”. (Monseñor Lefebvre, Carta del 9 de agosto de 1986). Y el padre Berto escribió en 1963: “Debemos ver más lejos que la punta de la nariz y no imaginarse que se tiene derecho al Espíritu Santo como por encargo, desde el momento en que se está en un Concilio”.

En una conferencia del 9 de noviembre en París, un prior le preguntó: “A la salida del retiro sacerdotal, dos cofrades me han acusado de estar en rebeldía contra vuestra autoridad porque manifesté la satisfacción respecto al texto del Padre de Cacqueray contra Asís III. ¿Qué fue eso?” Vuestra respuesta fue: “Yo ignoraba que sucedían cosas como esta en la Fraternidad. Yo fui quien pidió esta declaración. Además fue publicada con mi autorización. Estoy completamente de acuerdo con el Padre de Cacqueray”. Y durante el retiro de las hermanas en Ruffec, usted confió a seis cofrades que no estaba de acuerdo con el texto del padre de Cacqueray. Usted además se quejó con él de los reproches que el cardenal Levada le hizo durante 20 minutos. Si usted le dio la autorización de la publicación, fue, explicó, para no parecer parcial… pero que personalmente usted desaprobaba el contenido que juzgaba excesivo. ¿Quién entonces, Monseñor, utiliza medios “fundamentalmente subversivos”? ¿Quién es el revolucionario? ¿Quién perjudica el bien común de nuestra Sociedad?

El 9 de noviembre de 2012 en Paris, escuchamos a un cofrade preguntarle: “Yo formo parte de aquellos que han perdido la confianza. ¿Cuántas líneas de conducta hay en el Fraternidad ahora…?” Usted respondió: “Es una herida grave. Hemos sufrido una gran prueba. Hará falta tiempo”. Ante esta respuesta huidiza, otro prior le preguntó entonces: “¿Recusa usted su respuesta a vuestros tres compañeros obispos…?” Su respuesta fue también vaga: “Sí, cuando la releo, me parecía que hay unos pequeños errores. Pero para ayudarlos a comprender, sepan que esta carta no es una respuesta a su correo, sino a dificultades que tuve con cada uno de ellos separadamente. Estimo mucho a Monseñor Williamson, incluso siento admiración por él, ha habido golpes geniales en esta lucha contra el Vaticano II, es una gran pérdida para la Fraternidad y llega en el peor momento”. ¿Pero entonces quién es responsable de su expulsión? En privado, usted dice muchas cosas: “estaba en guerra”, “Roma miente”… pero usted jamás ha publicado el mínimo comunicado oficial para denunciar estas pretendidas mentiras. Peor, recientemente, a propósito del ultimátum del 22 de febrero, usted avaló oficialmente la mentira del Vaticano

Vuestro lenguaje se ha convertido en un lenguaje interminablemente confuso. Esta manera ambigua de expresarse no es loable, como lo escribió el padre Calmel: “Siempre he tenido horror a las expresiones blandas o evasivas que pueden ser comprendidas en todos los sentidos, a las cuales cada quien puede hacer decir lo que quiera. Y ellas me horrorizan más cuando provienen de autoridades eclesiásticas. Sobre todo estas expresiones me parecen una injuria directa al que dice: “Yo soy la Verdad… ustedes son la luz del mundo… Que vuestro hablar sea sí, sí o no, no…”

Monseñor, usted y sus Asistentes han sido capaces de decir todo y su contrario sin miedo al ridículo.

El Padre Nély, en abril de 2012, de paso por Toulouse declaró a una docena de cofrades que “si las relaciones doctrinales con Roma han fracasado es porque nuestros teólogos han estado demasiado inmersos” pero él dijo a uno de estos teólogos: “Usted podría ser más incisivo”.

Usted mismo, el 9 de noviembre de 2012, nos afirmó: “Los haré reír, pero pienso verdaderamente que nosotros, los cuatro obispos, somos de la misma opinión”. Mientras que seis meses antes usted les escribió: “En cuanto a la cuestión crucial, la de la posibilidad de sobrevivir en las condiciones de un reconocimiento de la Fraternidad por Roma, nosotros no llegamos a la misma conclusión que ustedes”.

En la misma conferencia del retiro en Ecône, usted declaró: “Yo les aseguro que yo no estimé ir contra el Capítulo (de 2006) haciendo lo que hice”. Luego unos instantes después respecto al Capítulo de 2012: “Si este es el Capítulo que lo trata, es una ley que vale hasta el próximo Capítulo”. Cuando sabemos que en marzo del 2012, sin esperar el siguiente Capítulo, usted destruyó la ley del Capítulo de 2006 (no al acuerdo práctico sin solución doctrinal), uno se pregunta sobre la sinceridad de la declaración.
Uno de vuestros compañeros en el Episcopado, en Villepreux, nos invitó a “no dramatizar. El drama sería abandonar la Fe. No hay que pedir una perfección que no es de este mundo. No hay que ser tan quisquillosos en estas cuestiones. Hay que ver si lo esencial está allí o no”.

Es verdad que usted no se ha convertido en mahometano (1er mandamiento), usted no ha tomado mujer (6to mandamiento), simplemente usted ha distorsionado la realidad (8vo mandamiento). ¿Pero lo esencial todavía está allí cuando las ambigüedades tocan el combate de la fe? Nadie le pide una perfección que no es de este mundo. Podemos concebir que uno se equivoque ante el misterio de iniquidad, porque incluso los escogidos pueden ser engañados, pero nadie puede aceptar un lenguaje doble. Ciertamente, la gran apostasía predicha por la Escritura, no puede más que turbarnos.  ¿Quién puede alegar estar indemne a las trampas del diablo? Pero, ¿por qué tenernos engañados? A todo pecado misericordia, por supuesto. Pero ¿dónde están los actos que manifiestan la conciencia, el pesar y la reparación de los errores?

Usted dijo delante de los Priores de Francia: "Estoy cansado de las disputas de palabras." Allí está el problema. ¿Qué le impide ir a reposar en Montgardin relajarse y degustar los placeres de la vida oculta? Roma siempre ha utilizado un lenguaje claro. Monseñor. Lefebvre igualmente. Usted también en el pasado. Pero hoy, Usted mantiene una confusión identificando indebidamente "la Iglesia católica, la Roma eterna" y "la Iglesia oficial, y la Roma conciliar y modernista". Pero, en cualquier caso, usted no puede cambiar la naturaleza de nuestro combate. Si usted ya no desea llevar a cabo esta misión, usted y sus asistentes, deben renunciar al cargo que la Fraternidad les ha encomendado.

En efecto, el Padre Pfluger dijo públicamente que sufre por la irregularidad canónica de la  Fraternidad. Le confió a un cofrade en junio de 2012 "haber sido estremecidos por las discusiones doctrinales."  Saliendo de su conferencia en San José de Carmes, dijo de manera  despectiva a quien quisiera escucharlo: "¡Decir que todavía hay personas que no entienden que hay que firmar!” El 29 de abril 2012 en Hattersheim, tras admitir que "los acontecimientos pasados han demostrado que las diferencias en cuestión doctrinal no se pueden combatir," expresó su temor de " nuevas excomuniones." Pero, ¿cómo podemos temer la excomunión de modernistas ya excomulgados por la Iglesia?

El Padre Nely durante una comida para los benefactores en Suresnes anunció que "el Papa había puesto un término respecto a la Fraternidad pidiendo el reconocimiento de la Misa y del Vaticano II ..." añadiendo que  "Monseñor Fellay estaba en su pequeña nube y era imposible hacerlo descender de allí." ¿Pero el padre Nely no firmó también la carta monstruosa a los tres obispos? ¿Acaso no estaba también "en su pequeña nube" cuando de paso por Fanjeaux declaró a la Superiora General preocupada por un ultimátum de Roma: "No se preocupen, todo está bien con Roma, sus canonistas nos ayudan a preparar los estatutos de la Prelatura ... "

¿Puede usted decir, en conciencia que usted y sus Asistentes han asumido sus responsabilidades? Después de tantas declaraciones contradictorias y nefastas ¿cómo pretenden que pueden gobernar todavía? ¿Quién perjudica a la autoridad del Superior General, si no es usted mismo y sus Asistentes? ¿Cómo pretende hablarnos de justicia después de haberla lesionado? "¿Qué verdad puede salir de la boca del mentiroso?" (Ecl. 34, 4). ¿Quién sembró la cizaña? ¿Quién ha sido subversivo mediante el uso de la mentira? ¿Quién escandalizó a sacerdotes y fieles? ¿Quién ha mutilado la Fraternidad  disminuyendo su fuerza episcopal? ¿Qué es de la caridad sin el honor y la justicia?

Sabemos que se nos criticará por no respetar las formas escribiéndole públicamente. Nuestra respuesta será la del Padre de Foucauld al General Laperrine: "Pensé al entrar en la vida religiosa que sobre todo debería aconsejar la mansedumbre y la humildad, y con el tiempo, creo que lo que más falta es la dignidad y el orgullo." (Carta del 6 de diciembre de 1915). ¿Y de qué sirve escribirle en privado cuando sabemos que un compañero valiente y lúcido debió esperar cuatro años para obtener una carta de usted y esta no tenía respuestas, sino injurias? Cuando un Superior de Distrito sigue a la espera del acuse de recibo de  su carta de diecisiete páginas enviadas a la Casa General, parece que Menzingen no tiene otro argumento que la voluntariedad: "sic volo, sic iubeo, sic pro ratione voluntas ".

Monseñor, lo que estamos viviendo ahora es odioso. La justicia evangélica se perdió: si es no, no. El Capítulo 2012 no hizo nada para aclarar la situación. El Padre Faure, un capitulante, nos advirtió reciente y públicamente en contra de "las cartas y declaraciones de los actuales directivos de la Fraternidad en los últimos meses". Otro capitulante le dijo a un colega: "Hay que reconocer que el Capítulo ha fracasado. Hoy en día está bien para una Fraternidad libre en la Iglesia conciliar. Yo estaba devastado por el nivel de reflexión de algunos capitulantes.”

Sus intervenciones y las de sus Asistentes son preocupantes  y sugieren que usted no ha hecho sino una retirada estratégica.

A finales de 2011, un Asistente con un cofrade “acuerdista'', trató de estimar el número de sacerdotes en Francia que se negaban a un acuerdo con Roma. Su resultado: siete. Menzingen se tranquilizó. En marzo de 2012, Usted confió que el señor Guenois de Le Figaro era un periodista muy bien informado y su visión de las cosas era correcta. Pero su artículo decía: "Se quiera o no, el Papa y el Obispo Fellay quieren un acuerdo, no doctrinal sino eclesial." En mayo de 2012, Usted  dijo a los superiores de los benedictinos, dominicos y capuchinos: "Sabemos que habrá destrozos, pero iremos hasta el final." En junio el acuerdo eclesial fue imposible. Sin embargo, en octubre de 2012, pasando por el priorato de Bruselas, sacerdotes diocesanos, invitados del Padre Wailliez le han expresado su deseo de ver un acuerdo entre Roma y la Sociedad. Usted los ha tranquilizado con estas palabras: "Sí, sí va a suceder pronto". Esto fue tres meses después del capítulo de julio.

Monseñor, usted tiene el deber en justicia de decir la verdad, reparar las mentiras y de retractarse de los errores. Hágalo y todo regresará al orden. Usted sabe cómo Andrés Avelino, en el siglo XVI, se convirtió en un gran santo después de haberse avergonzado de una mentira que él había cometido por debilidad. Sólo queremos que usted se convierta en un gran santo.

Excelencia, no queremos que la historia retenga que usted es el hombre que desfiguró y mutiló la Fraternidad  San Pío X.

Tenga la seguridad, Excelencia, de nuestra fidelidad total a la obra de Monseñor Lefebvre.


28 DE FEBRERO DE 2013
37 SACERDOTES DEL DISTRITO DE FRANCIA.


viernes, 1 de marzo de 2013

"USTEDES SON PERTURBADORES". SÍ, LO SOMOS, A DIOS GRACIAS.


¿INTEGRISTAS?

Por R. P. Félix Sardá y Salvany

(Conferencia en la Academia Católica de Sabadell, publicada en la Revista “Propaganda Católica”, Tomo XI, año 1910, ed. Librería y Tipografía Católica, Barcelona)

Tomado de Stat Veritas

¡INTEGRISTAS! Sí, Señores míos, y a mucha honra. Y en tanto es así que deseando dirigiros hoy la palabra en esta nuestra querida Academia, tras tanto tiempo de no haberos hablado en ella, ciertamente no por falta de voluntad, parecióme bien escoger por tema de mi familiar Conferencia el presente mote o apodo con que quieren, según se ve, infamarnos de algún tiempo acá nuestros enemigos.
Con él quisiera yo os mostráseis vosotros santamente altivos y cristianamente orgullosos, como os aseguro lo estoy yo, por la gracia de Dios, como lo estoy de mi fe y de mi bautismo y de mi educación católica y de mi católico sacerdocio y de todo cuanto constituye, gracias al cielo, mi modo de ser en el orden sobrenatural y cristiano. Sí, amigos míos; integrista soy e integristas deseo que seáis todos los de esta Sociedad, e integrista creo yo a todo hombre de quien tengo favorable concepto en sus costumbres y creencias, e integrista quisiera yo fuese todo el mundo, única manera de que fuese todo el hijo reconocido y súbdito sumiso de Dios Nuestro Señor.
Apropiémonos, pues, y muy en alta voz declaremos nuestra esta calificación, que quiere ser denigrativa y que no es sino gloriosísima. Repitámosla, sí, y alcémosla en alto, muy en alto, como inmortal bandera que simboliza todas nuestras aspiraciones, recuerda todos nuestros deberes, eleva y maravillosamente dignifica nuestra condición en la vida social moderna, y nos separa con distintivo característico de todo lo demás que mira como suyo, en mayor o menor grado, el reinante Liberalismo.
Hablemos, pues, de integrismo, y con rostro varonil y pecho firme aceptémoslo con todas sus consecuencias.
Manía constante ha sido de los enemigos del Catolicismo la de buscar siempre disfraces y apodos con que atacara los hijos de él, a fin de que pareciese que no por católicos los atacaba, sino por algo muy independiente y ajeno a este carácter suyo esencial. Casi todas las herejías han inventado un mote con que apostrofara los católicos, suponiendo que no los combatían por tales, sino por aquel otro concepto que con aquel mote o apodo pretendían expresar.
Ha dado, sin embargo, la casualidad de que el mote escogido ha sido siempre una como revelación inconsciente e involuntaria de algo glorioso para los motejados. Al consignarlo la historia, basta eso por lo común para que se falle con toda rectitud el proceso entre motejados y motejadores. A sí, por no dar una ojeada más que sobre los últimos siglos, los anglicanos creyeron haber puesto una pica en Flandes, apodando de papistas a los que no quisieron aceptar el escandaloso cisma de Enrique VIII. Y a veis, Señores, si era caso de que se avergonzasen de esta injuria aquellos esforzadas ingleses que tan generosamente sabían dar su vida por guardar inviolable fidelidad a la Santa Sede.
Posteriormente, jansenistas, galicanos y regalistas, que todos pueden ser llamados con el común denominador de avanzadas más o menos francas del actual Liberalismo, inventaron en Francia el apodo ultramontanos, para significar a los fieles de la otra parte Pirineo y del Apenino, o sea a los españoles e italianos, más opuestos que otra nación alguna a las tendencias novadoras de aquella artera secta.
Y hoy mismo no se persigue a los católicos de Francia por ser católicos, ¡ya se guardara bien el diablo, que es malo, pero no tonto, de caer en semejante majadería! no por católicos se les persigue, sino por clericales, pues sabida es la frase o grito de guerra: «El clericalismo es el enemigo».
Pues lo mismo sucede en España y en la hora presente, alabado sea Dios. Atacar por católica la hueste que más anhela distinguirse en el celo y ardimiento por la defensa del Catolicismo, impugnar por católicas sus empresas y publicaciones, que sólo en el ardiente Catolicismo desean inspirarse; combatir sañuda y rencorosamente por católicos a hombres, que con otro dictado no quieren distinguirse ni otra divisa admiten en su bandera que la de puro y limpio Catolicismo, ¡oh! seria candidez infantil o desusada franqueza, faltas en que nunca caerán nuestros hábiles impugnadores. No, señor, nada de eso: no se nos impugna ni se nos denigra por ser católicos, antes eso se nos respetaría siquiera por consideración, como dicen ellos, a los llamados inviolables fueros de la conciencia humana. Por lo que ferozmente se nos denigra y sin tregua ni descanso se nos combate, es por integristas.
Ya se ve, el Catolicismo, han convenido todos, hasta no pocos anticatólicos, en que es una cosa muy seria y muy respetable, o por lo menos muy pasadera. En lo que, empero convienen igualmente todos, así anticatólicos como católicos a medias, es en que los males y perversos son los integristas. Diríase que es la hora de levantar hoy en España, como bandera de defensa social, lema análogo al que levantó en su día la Francia de Gambetta: «El integrismo, sí, el Integrismo, ese es el enemigo».
Está bien, Señores míos; y podemos darnos por muy honrados con que de esta manera se nos señale al público desprecio y execración. Mas esto mismo nos da derecho a que recogiendo el glorioso insulto y analizándolo a sangre fría concluyamos, no por convencernos a nosotros mismos, que por la misericordia de Dios estamos ya convencidos, sino para convencer a nuestros contrarios de que realmente es este para nosotros nuestro primer blasón y título de gloria.
Veámoslo. Blasfemia parecerá a alguno de nuestros desdichados contrincantes el que les digamos que es el primer integrista Dios Nuestro Señor. Y no obstante así empezamos por sentarlo, y así nos lo enseñan de acuerdo la filosofía y la teología cristianas.



En Dios se halla la íntegra plenitud del ser y la suma íntegra perfección. La integridad esencial de sus soberanos atributos no la menoscaba deficiencia alguna, ni la coarta clase alguna de limitación.
Como decimos que es Dios el ser puro y absoluto, sin mezcla alguna de no ser, así podemos afirmar que es la Divina Esencia el integrismo puro en su más alta y filosófica y trascendental significación.
No cabe en Dios más que un infinito y eterno amor al bien, a la par que un infinito y eterno odio al mal; odio y amor que se identifican en un solo atributo suyo, que es el de su soberana y eterna justicia. Y de tal suerte ama Dios lo bueno y odia lo malo, que no puede en manera alguna dejar de tener aquel odio y aquel amor, o tenerlos más remisos o atenuados. No, sino que su propia Divina Esencia le fuerza, por decirlo así, a infinitamente amar lo amable ya infinitamente odiar lo aborrecible, hasta el punto de que dejaría de ser Dios si dejasen de existir en El ese integrismo del amor a lo bueno y ese integrismo del odio a lo malo.
Suena en este sentido la palabra integrismo como expresión de lo absolutamente perfecto. Bien podemos asegurar que, cuando con divino llamamiento nos convida el divino Redentora emular, en lo compatible con nuestra flaca naturaleza, la perfección misma del Padre celestial, con aquel Estote perfectus sicut et Pater vester coelestis perfectus est, nos convida ni más ni menos que a ser buenos y perfectos integristas.
Y si necesitase yo apoyar esta interpretación con el comentario autorizado de algún grave Doctor de la Iglesia, me lo daría de suma autoridad el insigne hermano de nuestro glorioso Apóstol de las Españas, que nos encarga en su Canónica ut sitis perfecti et integri un nullo deficientes, que seamos «íntegros y perfectos sin faltar en cosa alguna».
Y aun podríamos sacar a colación aquel otro texto de San Pablo a Tito, en que le dice «que se muestre a todos como ejemplo de buenas obras en doctrina, integridad y en gravedad». Te ipsum præbe exemplim bonorum perum in doctrina, in integritate, in gravitate.
Las ideas de integridad y de santidad son, no análogas sino perfectamente idénticas. El Diccionario de la Academia define la santidad: integridad de vida. Si, como hemos dicho, el integrista por esencia es Nuestro Señor, son después de El los Santos los grandes integristas del género humano, y al frente de ellos la Reina gloriosísima de todos, María Madre de Dios. Es esta inmaculada integridad la que más de cerca y con más vivos resplandores refleja la de la Trinidad Beatísima y la de la Humanidad de su Santísimo Hijo, integridad admirable, integridad incomparable, integridad de la que en algún modo podríamos decir con el poeta: Muestra de lo que el hombre ser podía,
Muestra de lo que fue sin el pecado. Pues qué, ¿acaso a nuestra primitiva naturaleza manchada todavía por la culpa original, no la llaman los teólogos naturaleza íntegra?
Vean, pues, los adversarios del integrismo a qué ideas o conceptos podría creerse se oponen cuando tanto asco y aun quizá horror afectan hacer de esta palabra con que creen los infelices rebajarnos.
Mas pongamos, Señores míos, este asunto en el mero terreno del buen sentido natural, que es donde más fácilmente se confunde a cierta clase de enemigos. Ese abominable integrismo que a todas horas se nos echa en rostro como un crimen o como una idea sectaria contra la cual son muy merecidos todos los anatemas; ese integrismo, aplicado a otro orden de ideas distinto de las que constituyen el derecho público cristiano, que es únicamente donde horripila, paréceles a nuestros enemigos cosa muy digna y honrosa y hasta indispensable.
Veamos de ese algunos ejemplos, que los tenemos como quien dice ahí al ojo, vivos y palpitantes.
Sois comerciante, amigo mío, y creéis que debe procederse en todos los negocios con la más exquisita rectitud y buena fe. No os permitís en eso transacción alguna con la conciencia, ni la toleráis en vuestros gerentes y subordinados. Lleváis la rigidez hasta el escrúpulo, y en vuestros libros, como en vuestra correspondencia, como en vuestro trato verbal, os subleva la idea de que pueda encontrárseos borrón alguno que obscurezca vuestra limpia fama de cumplido caballero. Decidme ahora, ¿sabéis lo que sois con esas ajustadas ideas de escrupulosa conciencia mercantil? Pues sabedlo, aunque os asombre. Sois un integrista. Lo que profesáis y practicáis es sencillamente el integrismo comercial.
Administráis cargos públicos, sois por ejemplo alcalde de vuestra ciudad o aldea; desempeñáis el elevado ministerio de juez de partido o simplemente el más modesto de juez municipal. Y tan alta idea tenéis de estos oficios (realmente muy altos en la república cristiana), que os esmeráis y andáis desvelado día y noche por el más exacto cumplimiento en ellos, y no solamente no torcéis derecho ni lleváis cohecho como dice la antigua frase castellana, sino que, mirando como sagrados los intereses de vuestros administrados, veis en cada uno de ellos y en sus bienes y honra un depósito de que se os pedirá cuenta gravísima ante Dios. Por tanto, ni se os ocurre que pueda ser lícita defraudación alguna de el por culpa vuestra, ni que deje de seros imputable hasta la menor negligencia o tibieza en atender a su defensa. Con lo cual realizáis en vos el tipo hermosísimo del buen funcionario público, padre de sus subordinados, y viva imagen sobre la tierra de la justicia y de la Providencia de Dios. Os llamarán, pues, a boca llena un buen alcalde, un probo magistrado, un recto juez. ¿Sabéis, empero, lo que seréis en realidad? Pues ni más ni menos que un pícaro integrista. Profesáis y practicáis muy noblemente el integrismo administrativo y judicial.
Pocas carreras hay tan nobles y caballerosas como la militar. El ciudadano que por defender a su patria ya las leyes se hace, por la profesión de la disciplina, esclavo de los más austeros deberes, jura perder, antes que faltar a ellos, no solamente la propia libertad, que a esa ya renunció desde el principio para hacerse siervo de la Ordenanza, sino el sosiego de toda su existencia, los halagos y afectos más santos de la familia, la propia salud, la vida misma. A sí se le ve impávido arrostrar los mayores peligros, endurecerse en las más rudas fatigas, imponerse, como ordinaria y usual, la práctica de los mayores sacrificios. Vive por su bandera y muere por ella. Este hombre, a quien llamará todo el mundo un buen soldado, ya quien tal vez saludará con el dictado de héroe la historia, ¿qué habrá sido al fin? ¡Ah! Sencillamente un integrista, un fanático sectario de lo que podríamos llamar el integrismo de la conciencia y del honor militar.
Sagradas son las leyes de la sociedad conyugal y doméstica. Dios y la Iglesia exigen en eso moral muy apretada, mucho más apretada de la que suele autorizar el mundo, que por desgracia es en eso como en todo muy sospechoso moralista. Conformes vosotros a esas ideas, guardáis y exigís que se guarden la honra y decoro de vuestro hogar con el inviolable respeto de un santuario. No solamente celáis por lo que podríamos llamar orden material de vuestra casa y familia, sino que por su mismo prestigio moral os imponéis e imponéis a los vuestros toda clase de recatos y privaciones. El buen nombre de vuestra esposa, la limpia aureola de la inocencia de vuestras hijas, la intachable reputación de vuestros hijos, os son como prendas que por nada de este mundo permitiréis ver comprometidas. A todo os expondréis, a todo os resignaréis con tal de evitar que mancille la honra de vuestro apellido, no ya solamente una grosera acusación, pero ni una murmuración siquiera, ni la más velada reticencia .Ahora bien, ¿sabéis lo que sois con eso? Pues no pasáis de ser un perfecto integrista, un celador intransigente del integrismo de vuestro hogar.
Salgamos ya, Señores míos, de la esfera de las ideas generales en que hasta ahora hemos colocado la cuestión, y concretémonos al punto de vista especialísimo en que la colocan nuestros impugnadores. No son adversarios ni pueden serlo del integrismo esencial y absoluto, que es el ser de Dios. Ni lo son del integrismo participado y relativo, que lo constituyen las virtudes y perfección de sus Santos. N i hacen asco al integrismo comercial, ni desprecian el integrismo de la magistratura, ni apostrofan de absurdo el integrismo de la disciplina militar, ni aun difaman y escarnecen el sencillo y usual integrismo de los honrados esposos y padres de familia. Antes bien, si se encuentra cualquiera de ellos en alguna de esas últimas categorías, a gran loor tiene ser calificado en ella de perfecto y cumplido integrista. Todo eso lo hallan muy bien y muy ajustado a razón y muy conforme a buena lógica nuestros adversarios. Todos esos integrismos parécenles de perlas. Sólo ¡oh asombro! reservan sus iras y santa indignación y horrendos anatemas contra otro integrismo, que es precisamente el fundamental y sin el cual viven al aire, o mejor, caen miserablemente derrumbados por falta de base todos los demás integrismos de que hemos hecho mérito hasta ahora.
Sí, Señores míos, el integrismo que aborrecen y de continuo denuestan es el integrismo de los derechos sociales de Cristo-Dios, el integrismo de su soberanía divina sobre los Estados como sobre los individuos.
Predicar ese integrismo y defenderlo a todo trance y propagarlo por todos los medios, este es nuestro pecado, de eso se hace contra nosotros a todas horas formar denuncia, y por eso se anda pidiendo contra nosotros rigurosa sentencia. ¡Diríase que Cristo-Dios y su Evangelio tienen menos derecho a ser respetados en la integridad de sus fueros divinos, que las leyes del mercado o de la Bolsa, o las del Código o de la Ordenanza, o simplemente las de la más casera y familiar honradez natural!
Y esa excepción que hacen contra los derechos integristas de la verdad religioso-social, los que por otra parte tan conformes se muestran en respetar los derechos de los demás integrismos arriba mencionados, resulta más injustificada ya todas luces más absurda, si se considera la idea que hace poco hemos solamente apuntado y que ahora nos permitiremos desarrollar con alguna mayor amplitud.
Hemos dicho que el integrismo de los derechos sociales de Dios y de su santa Iglesia es lo que podríamos llamar integrismo fundamental. Este es base y alma y vida de todos los demás integrismos subordinados, y que sin él no tienen razón de ser. Es, por tanto, ridículo y es ilógico sostener toda otra integridad pública o privada en las relaciones de los ciudadanos entre sí, si antes no se deja bien sentada como principio inconcuso esa otra integridad de los derechos de la ley de Dios y de su Iglesia, motejada hoy día por la escuela liberal y transaccionista con el nombre de Integrismo.
Sí, dígase lo que se quiera y discúrrase por donde más plazca, lo eterno, lo incontestable, lo fundamental en sana filosofía, será siempre la verdad de que todos los derechos humanos, por respetables que sean, derivan del reconocimiento de un supremo derecho divino. Si no hay Dios, o si no tengo yo el deber de reconocer y acatar en toda su extensión la autoridad de Dios, tampoco hay hombre alguno que pueda ejercer sobre mí clase alguna de autoridad o en quien deba yo reconocérsela. Y si esta autoridad de Dios puede serle regateada por la humana criatura, o puede serle mutilada en obsequio a humanos intereses y pasajeras conveniencias, o puede ser desatendida en lo que no se acomode al particular criterio o inclinación de cada cual, no veo yo ciertamente razón alguna para que mi libre albedrío no aplique igual regateo a todas las otras autoridades de orden inferior.
No, no veo yo razón alguna por la cual hayan de ser más intransigentes e intolerantes conmigo los derechos del integrismo comercial, llamado Código de Comercio, o del integrismo judicial, llamado ley de Enjuiciamiento, o del integrismo militar llamado Ordenanza, o del integrismo doméstico, llamado fidelidad conyugal.
Así, pues, los anti-integristas en el orden de los derechos sociales de Dios, no pueden en buena lógica ser integristas en el terreno de los derechos sociales del hombre. O se renuncia, de consiguiente, a esos integrismos humanos y subordina dos, o debe reconocerse como bueno aquel otro integrismo fundamental y divino. Para salirse de este dilema no hay otra escapatoria que la de la inconsecuencia. No creo acepten como buena esta retirada nuestros contradictores, porque la inconsecuencia, aceptada y reconocida como tal, no es más que la pérdida de todo último resto de pudor en la controversia.
Hoy más que nunca son de gran interés estas consideraciones, porque hoy más que nunca tiende la Revolución al radicalismo, y por tanto al radicalismo debe tender también toda reacción anti-revolucionaria. El egoísmo, la cobardía, el amor a las conveniencias personales procuran, cuanto es posible, favorecer y prolongar el reinado de los términos medios, que es el que, como en todo período de transición, ha prevalecido durante los últimos cien años. Esta suerte de interinidad va a acabarse, Señores míos, y bendigamos a Dios y pidámosle se acabe cuanto antes. Hemos llegado ya al principio del fin, y presto será preciso aceptar del Liberalismo hasta las más duras consecuencias.
La última palabra del Liberalismo europeo es gráfica por todo extremo, y de crudeza sin igual. Llámase Nihilismo. Advertidlo bien. No se trata ya de escatimarle derechos a Dios en obsequio a la falsa emancipación del hombre; ni se trata solamente de que queden más o menos contrapesados estos derechos absolutos de la soberanía divina por la soberanía de los mal llamados derechos del hombre. Nada de esto; se aborda francamente el problema, y se dice: Nada de Dios en la organización social; Nada de Dios en el régimen de la familia; Nada de Dios como base y salvaguardia de la propiedad; Nada de Dios como fuente y regla de la moral; Nada de Dios como principio y fin del alma humana; Nada de Dios como esperanza para la otra vida y freno de la presente.
¡Nada! esta palabra es breve, pero compendiosa, y vale por cien programas. Es la tabla rasa del Liberalismo, y es la negación, epílogo y consecuencia definitiva, espantosa sí, pero lógica y racional, de todas sus precedentes negaciones. Esto es, Señores míos, el Nihilismo.
Ahora bien, a esta negación absoluta, ¿qué puede oponerse mejor que una afirmación absoluta? a ese nada audaz de la Revolución, ¿qué otra respuesta decisiva puede dársele, sino el todo de la cristiana restauración? ¿Por qué no ha de decirse de análoga manera: En todo, los derechos de Dios . En todo, todos los derechos de Dios. En todo, todos los derechos de Dios, con todas sus aplicaciones y todas sus consecuencias?
Más claro. Si la Revolución hoy día se proclama y es ya el Nihilismo, ¿qué debe ser ya la verdadera contra-revolución, sino el Integrismo?
Admírome, a fe, de que no lo vea todo el mundo de esta manera, y de que sean tantos los claros talentos y los corazones que hemos de suponer bien intencionados, a quienes cieguen y seduzcan, como por desgracia vemos tan a menudo, los falsos atractivos del viejo ya y gastado y desacreditado moderantismo.
Forzoso será que, muy a pesar suyo, despierten un día de su sueño esos bienaventurados mortales, ciegos de conveniencia y sordos de voluntad, pues afectan no ver ni oír lo que tan claro aparece en el horizonte social, y lo que tan fijos y seguros derroteros marca a la Propaganda católica de nuestros días.


¡Ah! Señores míos, abramos de una vez los ojos al resplandor de la incendiaria tea con que se prepara a alumbrarnos el infierno; apliquemos atento oído al no ya lejano, sino muy inmediato rugir del huracán que amenaza envolvernos, y siquiera eso bueno nos traiga al fin la perversidad revolucionaria, esto es, tenernos muy sobre aviso y recelosos y advertidos.
Por eso más funestos que la Revolución, y, si consecuentemente obran, son más criminales que los revolucionarios mismos, aquellos católicos que ante la gravedad de esta crisis social, que no la han visto parecida jamás los pasados siglos, rehuyen por exagerados los movimientos de alarma y los procedimientos de defensa del radicalismo católico, o sea del integrismo, al que califican los infelices de no menos perturbador que el radicalismo de la demagogia.
¡Ah! Nuestros enemigos han acertado también esta vez con la palabra, y también en eso hemos de hacer justicia a su feliz inventiva y a la exacta propiedad de su diccionario. Sí, es verdad; somos perturbadores, y perturbador e inquieto y molesto en demasía es nuestro integrismo.
Perturbador de la falsa paz que anhelan como suprema dicha los hijos del siglo, perturbador de los malhadados ocios de la carne y sangre que rehuyen hoy como han rehuido siempre las asperezas del combate cristiano; perturbador de conciencias dormidas, de corazones aletargados, de enmollecidas energías, como perturbadores son del descuidado caminante o del aletargado enfermo el grito saludable del amigo, que le advierte a aquél la proximidad del abismo, o el cauterio o revulsivo que a este le abrasa la piel para despertarle la sensibilidad y devolverle la vida.
Bien hace en llamarnos de esta manera el católico a medias, pero quizá no advierte el servicio que con esto presta a la fiera revolucionaria, de la cual se convierte en el mejor aliado y auxiliar. Porque, en realidad, aliado parece ser del ladrón el que, viéndole forzar la puerta, no grita recio y no alborota, por no turbar el pacífico descanso del dueño de la casa; cómplice parece ser del incendiario, el que viendo las primeras llamaradas del incendio, no rompe a gritar: ¡Fuego! ¡fuego! por no perturbar con estos sus clamores la paz del vecindario.
¡Ah! Señores míos, se arde la casa por los cuatro costados, ¿y se quiere que no gritemos ni toquemos siquiera el pito de alarma? Todo lo invade y asuela y saquea feroz irrupción de nuevas hordas berberiscas, ¿y se pretende que es mejor hacer del que no ve, a fin de que con la alarma no se turbe la bienaventurada paz de los dormidos? Llámese a eso prudencia, llámese moderación, llámese desea de evitar un mal mayor: en el lenguaje del buen sentido de todos los pueblos nunca se llamó más que o traición o cobardía.
Ni traidores a la santa bandera de los íntegros derechos sociales de Dios, ni cobardes en su defensa, queréis ser vosotros, amigos míos y fervorosos socios de esta religiosa Academia. Más que en otra parte alguna ha echado profundas raíces en nuestra nación el Integrismo, porque menos que en otra nación alguna se conocen en España la deslealtad y la cobardía.
Apóstoles tiene hoy día este ideal bendito en todas las naciones del globo, donde con este mismo o parecido apodo es motejado por la Revolución y por otros complacientes con ella. L os tiene Francia, los tiene Suiza, los tienen Bélgica y Alemania y Austria e Italia e Inglaterra: los tienen nuestras hermanas las Repúblicas del continente americano, al frente de las cuales ha hecho ondear el Ecuador esta bandera, tinta en sangre de García Moreno, que murió por ella. Mas creedlo: si en ninguna de estas naciones le quedase un soldado a la soberanía integra de Cristo Nuestro Señor, quedaríanle muchos todavía en esta su fiel España, donde con mayor esplendor que en otra nación alguna ha reinado en los pasados siglos, y donde con más veneración que en otra alguna del globo ha prometido volver a reinar.
Y si por nuestros pecados aún en esta privilegiada tierra quedase un día completamente avasallado el espíritu íntegramente católico por la malhadada corriente liberal o transaccionista, no lo dudéis, la muerte del integrismo católico en España sería la de nuestra vigorosa nacionalidad, y el último español digno de este nombre sería... el último integrista.



PREGUNTAS Y RESPUESTAS…RESPONDIDAS. CONCLUSIÓN.

Cerramos aquí esta serie de respuestas o aclaraciones de nuestra parte para no seguir apuntando cosas que ya hemos dicho o han dicho otros  -que escriben mejor que nosotros- en una larga serie de artículos, sermones y conferencias a los que se puede acceder desde un lugar destacado de nuestro blog. A todo ello ha venido a sumársele el excelente “Catecismo de la crisis en la Fraternidad” y la “Carta” de los 37 sacerdotes de la Fraternidad en Francia que sirven para comprender y ampliar el cuadro de situación acerca de la crisis de la Fraternidad y sus relaciones con Roma.
Se incluyen debajo las respuestas del blog “La Honda de David” a las nuestras en rojo y, a continuación, nuestras nuevas respuestas que van esta vez en color azul, para distinguirlas de las otras.


(RESPONDIENDO A LAS "PREGUNTAS Y RESPUESTAS RESPONDIDAS" DEL BLOG  SYLLABUS):
PRIMERA ACLARACIÓN: EN NUESTRO POST ORIGINAL RESPONDIMOS LAS PREGUNTAS QUE FORMULA UN COLABORADOR DE RADIO CRISTIANDAD QUE PRETENDÍA MOSTRAR UNA SUERTE DE TRAICIÓN DE MONS. WILLIAMSON AL FUNDADOR DE LA FSSPX, Y EN ESE ASPECTO PUNTUAL "ATACAMOS" NO A MONS. WILLIAMSON SINO POR ELEVACIÓN A RADIO CRISTIANDAD, POR SU EXCESIVO "PURISMO". 
SEGUNDA ACLARACIÓN: COMO LAS RESPUESTAS DE SYLLABUS VAN DIRIGIDAS TANTO A RADIO CRISTIANDAD COMO A NOSOTROS, TOMAREMOS SÓLO AQUELLOS PÁRRAFOS QUE NOS ATAÑEN: 

Syllabus: Monseñor Williamson, revolucionario? ¿Qué entiende el autor de la nota por “revolucionario? ¿Cuál es el pensamiento revolucionario de Mons. W.? ¿O será que ser un revolucionario para este escriba es ser un “revoltoso”? ¿Pensará lo que escribe? 

Acepción de "Revolución" por la RAE: 3. f. Inquietud, alboroto, sedición.
Podríamos agregar revuelta si el autor de Syllabus prefiere. Repetidas críticas públicas a la autoridad y presumiblemente (nunca fue desmentido por él) filtración de cartas privadas constituyen a nuestro juicio, una inquietud, alboroto, sedición...revuelta, o sea, revolución.


En efecto, como pensábamos, se le aplica a Monseñor Williamson el calificativo de “revolucionario” en el sentido vulgar de ser un “revoltoso” o alborotador. Y esto ¿por qué? Por 1) “repetidas críticas públicas a la autoridad” y 2) “filtración de cartas privadas”. Pero 1) se desliga las “repetidas críticas públicas a la autoridad” (que se hicieron públicas cuando privadamente no tuvieron ningún efecto) del motivo de estas críticas. Y este motivo era el grave peligro de que la Fraternidad cayera bajo el poder de la maquinaria modernista de Roma, como estuvo a punto de suceder en junio de 2012. Si el barco va a chocar contra un escollo –o ya chocó y empezó a hacer agua- quien esto ve tiene la grave obligación de dar aviso al capitán del barco, y si este no quiere escuchar, a sus oficiales y luego a los pasajeros. Si esto es alborotar, será alborotar, pero el motivo del alboroto no partió de quien dio la voz de alarma sino de quien no supo conducir el barco como debía. Esta “revuelta” fue verdaderamente un acto de caridad que Dios le pagará con creces a quien no quiso permanecer callado mientras el Capitán del barco, “despreciando todas las advertencias amigables y anulando las decisiones del Capítulo de 2006 que le obligaban” (Catecismo de la crisis en la Fraternidad) desobedecía a Monseñor Lefebvre. Y 2) teniendo en cuenta lo anterior, “Menzingen dijo que el responsable de esta indiscreción había “pecado gravemente”: Nosotros creemos que al contrario, no hizo más que cumplir con su deber. Cuando el jefe pierde la razón, es bueno que el cuerpo se dé cuenta. Y si hubo culpa: Oh feliz culpa que reveló los pensamientos de los corazones”, como dice el “Catecismo de la crisis en la Fraternidad” de indispensable lectura para entender muy razonablemente y con abundancia de pruebas porqué está la Fraternidad en esta situación. Por supuesto que si uno no ve las cosas así, se concede que se tilde a Monseñor Williamson de “revolucionario”.

Syllabus: ¿a qué viene esta agresión insensata para con un obispo católico expulsado de su congregación por enfrentar al liberalismo del Superior General? Tal vez sea que el autor es un liberal y entonces el católico tradicional resulta ser un “revolucionario” al que hay que denostar por ser su mayor enemigo

No discutimos la expulsión de Mons. Williamson de la FSSPX (que nos pareció lamentable). La "agresión" en cambio, es suya, cuando tilda al Superior General de la FSSPX y nos presume a nosotros de "liberales"...


1)En primer lugar, si el autor cree que Monseñor Williamson ha sido un revolucionario, un alborotador, un sedicioso, un reiterado crítico del superior y además se lo acusa de filtración de cartas privadas, entonces lo coherente es que un personaje así fuera expulsado, y no lamentar su expulsión (allí se dice que lo lamentable es la expulsión de Mons. Williamson, no su conducta, por lo tanto resulta incoherente lamentar que se expulse a un elemento perturbador de la paz interna y la unidad de la congregación). 2)Agredir, según nuestro viejo diccionario, es acometer a alguien para herirle, matarle o hacerle algún daño. Cuando el autor dice que Mons. Williamson no sabrá cómo contestar las preguntas que le son formuladas por el otro sitio web, está dañando la reputación del obispo, pues es sabido que es capaz de contestar perfectamente a esas preguntas, como conferencias, sermones y entrevistas  varias lo pueden demostrar. Por otra parte, tildar al Superior General de “liberal” no es ninguna agresión, pues no se le da un mote despectivo sino que se describe simplemente su pensamiento y forma de actuar, como está sobradamente probado por quienes aún se ocupan de reflexionar. No se busca hacerle ningún daño –lo mismo ocurre cuando calificamos a un blog o escritor o periodista de liberal- sino que, lo diremos en palabras del gran antiliberal que fue Sardá y Salvany: “Nuestra fórmula es muy clara y concreta. Es la siguiente: La suma intransigencia católica es la suma católica caridad. Lo es en orden al prójimo por su propio bien, cuando por su propio bien le confunde y sonroja y ofende y castiga. Lo es en orden al bien ajeno, cuando por librar a los prójimos del contagio de un error desenmascara a sus autores y fautores, les llama con sus verdaderos nombres de malos y malvados, los hace aborrecibles y despreciables como deben ser, los denuncia a la execración común, y si es posible, al celo de la fuerza social encargada de reprimirlos y castigarlos. Lo es, finalmente, en orden a Dios cuando por su gloria y por su servicio se hace necesario prescindir de todas las consideraciones, saltar todas las vallas, lastimar todos los respetos, herir todos los intereses, exponer la propia vida y la de los que sea preciso para tan alto fin.
Y todo esto es pura intransigencia en el verdadero amor, y por esto es suma caridad, y los tipos de esta intransigencia son los héroes más sublimes de la caridad, como la entiende la verdadera Religión. Y porque hay pocos intransigentes, hay en el día pocos caritativos de veras. La caridad liberal que hoy está de moda es en la forma del halago y la condescendencia y el cariño; pero es en el fondo el desprecio esencial de los verdaderos bienes del hombre y de los supremos intereses de la verdad y de Dios”. Y conste que nosotros no hemos dicho a nadie, como en otro lugar Sardá, “malvado” o “majadero”. Simplemente nos valemos de la libertad cristiana para exponer los errores como tales en la medida de nuestras limitadas posibilidades y tratando de evitar caer en el celo amargo. Para ello buscamos asistirnos precisamente de ese tan útil librito que tanto recomendaba Monseñor de Castro Mayer, para no olvidar que “El liberalismo es pecado”, se encuentre donde se encuentre y use los ropajes que use. 


Syllabus: Segundo, no puede aceptarse el motu proprio por la mitad, o se lo acepta todo o se lo rechaza todo. Si bien tiene una parte buena –la que permite a todos los sacerdotes celebrar la Misa tradicional-, esa parte está condicionada por la parte mala, que subordina esa misa y la usa como excusa para glorificar la mala misa. El documento –que es uno y no dos documentos y por tanto indivisible- sirve para tolerar por parte de Roma un bien que no quieren –la Misa tradicional, pero les da pie para aprobar un mal mayor –la Misa nueva-, por lo tanto es inadmisible su aceptación, pues es más el mal que el bien que se obtiene, aunque eso no impide que se pueda reconocer que en los papeles el documento tiene una parte buena

Nos quedamos con la última parte de su respuesta: Mons. Fellay (y Mons. Williamson) reconocieron la libertad de la Misa tradicional que tiene, "en los papeles", el documento llamado "Summorum pontificum" ...si además debieron criticar los errores que ese documento posee es otro tema (de hecho, al momento de emitirse el documento  y después de todas las presiones en su contra, no creo que hubiese sido oportuno)


Si el documento “Summorum Pontificum” contiene errores, entonces opinamos que no puede hablarse de “oportunidad” o “no oportunidad” para criticarlo, puesto que tal especulación es del orden diplomático o político y el documento en sí es del orden de la fe, ya que concierne a la celebración del misterio que está en el centro de la Iglesia, y el ministerio apostólico, relativo a la propagación de la fe y la salvación de las almas está por encima del orden diplomático o de la especulación acerca de su recepción o de lo que opine la opinión pública o quien fuere. La prudencia indicaría sólo una crítica posterior si la crítica en el momento trajera un mal grave a la Iglesia. Pero decir que la Misa nueva es mala y no puede convivir con la verdadera Misa católica no es un mal para la Iglesia ni para la Fraternidad.


Syllabus: Por otra parte, tal fantochada –la de levantar unas excomuniones que no existen- no restablece ninguna justicia, sino que da la “apariencia” de una justicia. Pero la mentira no trae la justicia. En nuestra opinión tal acto ha sido sumamente grave y hoy se pagan las consecuencias con la disolución de la Fraternidad.

El decreto por el cual se levantan las "excomuniones" lo que hace es declarar "carente de efectos jurídicos" -a partir de su dictado- el decreto de "excomunión" de 1988. No se pronuncia sobre la validez o no de la pena. Lo que nosotros decimos es que la pena de excomunión es nula, pero el decreto existió. Dejarlo sin efecto es hacer justicia.

Como todo lo que ha dado Roma a la Fraternidad, esta es una justicia a medias. Pues a pesar de que los obispos no están oficialmente excomulgados no gozan de los mismos derechos que los otros obispos de la Iglesia, de hecho se dice desde Roma que no están en “plena comunión” y que deben ser “reintegrados” a la Iglesia. No se ha normalizado su situación. Por eso ahora no los llaman “excomulgados” pero los llaman “cismáticos”. Por otra parte, si me meten en la cárcel acusándome de homicidio siendo yo inocente, y después me indultan pero sin decir que yo no maté a nadie, no lavan mi nombre y queda para todo el mundo la idea de que maté a alguien. Esa mentira pasa a ser verdad para todo el mundo. No hay allí justicia. Si el decreto era injusto, lo que debió hacerse es eliminar o declarar que el decreto era injusto, no simplemente quitar sus efectos porque se sigue aprobando la causa de tales efectos, que es el decreto.


Syllabus: También hay que decir que es cierto que “testimoniar la verdad” no es ninguna falta, y que el error está en dar la verdad a quien no da muestras de quererla. Pero esta es una cuestión opinable, pues ¿siempre se está seguro de lo que el otro quiere o no?
Digamos también que la “farsa” de las “discusiones doctrinales” es algo que quizás pueda decirse ahora, pero tal vez no fuera tan claro entonces. Es otra cuestión muy opinable, aunque ciertamente las reservas frente a los modernistas debieron ser mayores, lo que hace ver una falta de aprendizaje de la experiencia sufrida por Monseñor Lefebvre. 

Correcta la primera parte. Creemos que Mons. Lefebvre habría sí aceptado las discusiones doctrinales sólo que hubiese sido más incisivo  y más hábil que los representantes de la FSSPX nombrados por Mons. Fellay. Probablemente les hubiese exigido que los problemas doctrinales sean definidos mediante sentencias infalibles, las únicas capaces de dilucidar las divergencias.

Las discusiones doctrinales llegaron tras las dos peticiones hechas a Roma para poder “confiar” en ellos. Puesto que probablemente Monseñor Lefebvre no se hubiese sometido a ello, tampoco hubieran tenido lugar las discusiones doctrinales. Conocemos aquellas duras palabras donde Monseñor Lefebvre les exigía a los modernistas romanos que aceptaran las encíclicas de los papas antimodernistas. Y Monseñor Lefebvre conocía muy bien al cardenal Ratzinger como para volver a caer en su trampa.

Syllabus: La respuesta dada en el otro blog a esta pregunta se equivoca con respecto a que las causas (el estado de necesidad) cesan para tal irregularidad de la Fraternidad, como si Roma hubiese vuelto a la Tradición. Eso es lo que postuló Monseñor Lefebvre más allá de las consagraciones episcopales, en aquel famoso texto donde afirmó que sólo volvería a dialogar con Roma si ésta aceptaba todas las encíclicas de los anteriores papas antimodernistas. Por otra parte quien está en situación irregular con respecto a la doctrina católica es la Roma modernista, y es ella quien debe buscar de regresar a la regularización.

Si los autores de Syllabus han leído los posts de Lhd desde 2006 conocen que para nosotros, en una argumentación de absoluta lógica, el estado de necesidad consistió  en la necesidad de perpetuar la Tradición (la conversión de Roma, deseada por todos, no fue el motivo de las consagraciones episcopales sin mandato del Papa). La perpetuación de la Tradición se logra ordenando sacerdotes (en 1976) y Obispos (en 1988) cuando éstos no existían.  Si Roma (desde el 2000 en adelante) estaba dispuesta a reconocer a los cuatro Obispos y dejarles hacer la "experiencia de la Tradición" (en toda su dimensión), no había ni hay motivo para negarse, so pena de cisma. Si bien el modernismo está instalado en todas las esferas en Roma, no podemos descartar alguna buena iniciativa que provenga de sus autoridades sin caer en un determinismo o predestinación protestante.

La perpetuación de la Tradición se logra con sacerdotes y obispos católicos sin resabio de liberalismo, para lo cual deben mantenerse fuera de la estructura oficial de la Iglesia ocupada por los modernistas. Decir que Roma está dispuesta a “dejar hacer la experiencia de la Tradición” sin hacer ella misma la experiencia de la Tradición es como decir “dejamos a estos pobres tradicionalistas que hagan la experiencia de la Tradición…pero sin criticarnos a nosotros, que no queremos hacer la experiencia de la Tradición”. La Tradición no puede ser cosa de un grupo marginal en la Iglesia. No puede ser asunto de una Prelatura. La Tradición es la sangre de la Iglesia. Y esta Iglesia conciliar se está muriendo porque una y otra vez ha rechazado la Tradición católica para complacer al mundo, por haber perdido la fe sobrenatural. Lo que Roma ha estado haciendo con la Fraternidad es ecumenismo. Pretender que Roma ha vuelto en algún grado a la Tradición es desconocer la realidad, ser un iluso o no estar informado. O también estar resabiado de liberalismo. El pensamiento modernista de Benedicto XVI al respecto es clarísimo. Por sus frutos se conoce el árbol. No hay acá “determinismo” ni “predestinación protestante”, sino sensatez, como la que tenía Monseñor Lefebvre cuando dijo cosas como estas:
“Suponiendo que de aquí a un tiempo Roma nos llame, nos quiera ver y volver a conversar, en ese caso seré yo quien ponga las condiciones [...] Y plantearé las cuestiones desde el plano doctrinal: "¿Están de acuerdo ustedes con las grandes encíclicas de los grandes papas precedentes? ¿Están de acuerdo con la Quanta Cura de Pío IX, Immortale Dei y Libertas de León XIII, Pascendi de Pío X, Quas Primas de Pío XI, Humani Generis de Pío XII? ¿Están ustedes en plena comunión con esos papas y sus afirmaciones? ¿Aceptan también el juramento antimodernista? ¿Están por el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo? Porque si no aceptan las doctrinas de sus predecesores es inútil hablar. Mientras no acepten reformar el Concilio considerando la doctrina de los papas anteriores, no hay diálogo posible. Es inútil”.(Fideliter Nº 66, septiembre 1988).
“El día en que el Vaticano sea liberado de esta ocupación modernista y reencuentre el camino seguido por la Iglesia hasta el Vaticano II, nuestros Obispos estarán enteramente en las manos del Soberano Pontífice, comprendiendo en ello la eventualidad de no ejercer más las funciones episcopales”.(Declaración pública ante la Consagración episcopal, julio de 1988).
“Roma ha perdido la fe, queridos amigos. Roma está en la apostasía. Estas no son palabras, no son letras en el aire lo que les digo. No podemos tener confianza en esa gente. Han dejado a la Iglesia, ellos han dejado a la Iglesia, ellos dejan la Iglesia. Es seguro, seguro, seguro”.
(4 de octubre de 1987)
“Era cosa clara y que reflejaba muy bien su actitud. No se trata para ellos de abandonar la nueva misa. Al contrario. Por ello, lo que puede parecer una concesión no es en realidad sino una maniobra para alejar de nosotros el mayor número de fieles, Con esta perspectiva es con la que parecen conceder, cada vez un poco más e ir más lejos. Pero hay que convencer a los fieles de que se trata de una maniobra, que es un peligro ponerse en manos de los obispos conciliares y de la Roma modernista. Es el mayor peligro que les amenaza. Si hemos luchado durante 20 años para evitar los errores conciliares, no es para ponernos ahora en manos de quienes los profesan”.
(Fideliter Nº 70, Julio-agosto 1989).

Agradecemos la paciencia de leernos.