domingo, 4 de noviembre de 2012

CUANDO LA OBEDIENCIA SE HACE LA VERDAD


¿Cuál es el principio de fondo que opone a los católicos de la Tradición con los católicos más conciliadores, que reclaman el Motu Proprio “Ecclesia Dei” que transigen sobre la liturgia, o que se ubican en una perspectiva simplemente conservadora?

Hay una actitud bastante difundida actualmente en el ámbito conservador de la Iglesia, que consiste en aceptar todo (o por lo menos mucho) por “espíritu de sumisión” y “por dolorismo”. Dicha actitud se puede resumir en dos principios:

-“la obediencia es la verdad”.

-“sufrir es siempre merecer”.

“Así, por el solo hecho de que obedezco a los hombres de Iglesia, estoy en la verdad. Y si sufro por eso, participo forzosamente de la cruz de Cristo, y entonces merezco para mí mismo y para la Iglesia. Así dicen estos ‘conservadores’”.

Aquí hay enormes sofismas:

-La autoridad eclesial favorece o tolera el mal en la Iglesia. Este mal, puesto que viene de la autoridad, se hace ipso facto la verdad; si adopto ese mal por obediencia, estoy ipso facto en la verdad de Cristo.

-Como estoy interiormente opuesto a ese mal, sufro profundamente al adoptarlo por obediencia; con el sufrimiento, al ser por sí mismo redentor, trabajo por la edificación de la Iglesia. Brevemente: cuanto más destruyo la Iglesia (propagando el mal en ella), más la edifico (por mi sufrimiento).

Nuestra posición teórica y práctica de católicos tradicionalistas es diferente, y se apoya sobre dos principios opuestos:

-la verdad precede a la obediencia y la funda,

-el mal, en cuanto tal, no produce jamás más que mal, y nunca el bien.

Aceptar las innovaciones malas es participar directamente de la destrucción de la Iglesia, y esto nunca está permitido, jamás es meritorio, jamás es fructífero.
Además, no existe ni puede existir ninguna obediencia legítima contra la fe o que importe su disminución.
Finalmente, el sufrimiento debido al pecado, al error o a la tontería no es para nada meritorio por sí mismo.
Monseñor Lefebvre caracterizaba esas opiniones con la fuerte pero realista expresión de “el golpe maestro de Satanás”. Ese golpe lo reducía a tres principios:

-“Difundir por la autoridad de la Iglesia misma, los principios revolucionarios que el mismo Satanás introdujo en la Iglesia”.

-“La Iglesia se va a destruir a sí misma por la vía de la obediencia”.

-“Satanás logró hacer condenar a aquellos que guardan la fe católica por los mismos que tendrían que defenderla y propagarla”.

Concluía estas palabras del 13 de mayo de 1974 con una afirmación esencial, que constituye como un principio de división entre esos conservadores y nosotros:

Hay aquí palabras que a algunos les parecerán ultrajantes de la autoridad. Son, por el contrario, las únicas que protegen la autoridad y verdaderamente la reconocen, pues la autoridad no puede ser sino para la verdad y el bien, y no para el error y el vicio”.

Padre Michael Beaumont, Fideliter nº 129 y Iesus Christus nº 65, Septiembre/Octubre de 1999.

EL VESTIDO CONCILIAR




La actual y severa crisis que atraviesa la Fraternidad San Pío X, debería plantear en sus miembros y adherentes, en sus sacerdotes y fieles, cómo y por qué razón se llegó a esta catastrófica situación. Porque no es admisible que sólo se deba a causas externas imputables a los enemigos modernistas o a algún miembro contagiado de liberalismo. Si hay un traidor entre los Apóstoles, hay otros once que terminan huyendo. Con esto sólo pretendemos dar cuenta de que razones distintas pero conexas se encuentran en los momentos críticos para la Fe. Y entre las tales razones que el autoexamen particular pueda llegar a dilucidar, entendemos de nuestra parte que si Dios permite tal situación es en castigo por tantas gracias recibidas que no se han aprovechado, por tantos talentos enterrados, por no haber dado los frutos de santidad y apostolado que se esperaban, quizás porque no se tuvo “esa comprensión íntima de las almas, que es condición preciosa e indispensable para que no sea estéril el apostolado” (Mons. Straubinger, coment. al Salmo 40), o por haberse adormecido en una situación que invitaba a la comodidad, ante la posesión de la verdad, como si la misma no debiera revalidarse diariamente. Tal vez el colocar la vida activa por sobre la contemplativa, la vida exterior sobre la interior, o buscar la expansión cuantitativa en medios que no semejan la pobreza evangélica, tal vez la falta de comprensión de los deberes de ser santos que por la particular situación de la Fraternidad se esperaban, quizás el olvido de que se estaba en medio de una guerra, o el desdén y la falta de caridad para con los que estaban afuera, todo esto y más estalla ahora, en estos momentos difíciles pero que Dios con su Sabiduría eterna permite para un mayor bien de la Tradición católica y su Iglesia.

Ha dicho en un reciente sermón el Superior de la Fraternidad: “Es normal que busquemos recobrar el título que nos pertenece, con  el debido respeto por todas la condiciones necesarias, evidentemente, título al cual tenemos derecho, el de católicos. Esto no significa que debamos ponernos en manos de los modernistas, no tiene nada que ver con eso”.

Con todo respeto, nos permitimos preguntarnos si es necesario buscar el reconocimiento de los modernistas que desde Roma destruyen la Religión, o si sólo necesitamos el reconocimiento de Nuestro Señor Jesucristo. En tal sentido, ¿no es suficiente la tranquilidad de saber que se está en la senda que han seguido los Apóstoles, los Santos y los Papas anteriores al Vaticano II?  Buscar una “Prelatura personal” o algún título de “reconocimiento” explícito de la Iglesia conciliar, ¿no serviría para aumentar los causales por los cuales se ha llegado a esta situación? Esto es: buscar una honra o la posesión de unos “prestigiosos” medios de apostolado que impedirían vivir según el ejemplo dado por la fecundidad apostólica de los Santos a lo largo de la historia de la Iglesia.

Meditemos estas palabras de un santo: “San Crisóstomo pregunta: ¿Cuál es la causa para que en la primitiva Iglesia los cristianos fueran tan buenos y tan fervorosos, y el día de hoy son tan tibios y remisos? Y responde, que la causa es porque entonces salían a pelear con el demonio desnudos, despojándose de sus bienes y haciendas; pero ahora salen muy vestidos de beneficios, haciendas y honra: y esas vestiduras les estorban e impiden mucho. Pues para esto dejamos las riquezas, y nos deshicimos de todas las cosas del mundo, para que así libres y desembarazados podamos mejor pelear con el demonio, y seguir a Cristo. El luchador desnudo más fuertemente pelea: el nadador se despoja de su ropa para pasar el río; el caminante dejando la carga y hatillo camina más ligeramente.” (San Alonso Rodríguez, “Tratado de perfección y virtudes cristianas”).

Menciona el Padre la Palma, en su “Historia de la Sagrada Pasión” a San Ambrosio, cuando éste dice: “Mucho importa considerar de qué manera subió el Señor a la cruz, y ver que sube desnudo; suba también así el que trata de vencer al mundo, de manera que no busque ayuda ni socorro del mundo. Adán fue vencido, que buscó vestidos con qué cubrirse; aquél venció, que se desnudó de ellos y subió a la cruz desnudo, cuales, siendo Dios el autor, nos formó la naturaleza. Así vivió en el Paraíso el primer Adán, y así había de entrar en el paraíso el segundo”. De manera tal que, como dice San Juan de la Cruz, “el alma que hubiere de vencer su fortaleza [del demonio] no podrá sin oración, ni sus engaños podrá entender sin mortificación y sin humildad. Que por eso dice San Pablo, avisando a los fieles, estas palabras, diciendo (Ef. 6. 11-12): ‘Vestíos de las armas de Dios para que podáis resistir contra las astucias del enemigo, porque esta lucha no es como contra la carne y la sangre’; entendiendo por la sangre el mundo y por las armas de Dios, la oración y la cruz de Cristo, en que está la humildad y mortificación que habemos dicho” (Cántico espiritual).

Considerando estas cosas, tenemos la impresión de que el vestido que quieren ponerle a la Fraternidad San Pío X los romanos conciliares, ese vestido de la honra y reconocimientos públicos, de la regularización, de la facilidad de movimientos, de los derechos concedidos y ampliación de recursos, no tiene en verdad otro fin más que embarazar y entorpecer, dificultar y al fin impedir sus movimientos, de manera tal que sin la desnudez de los títulos, las pompas y las estructuras, ya no haya la mortificación y la humildad del que se apresta valientemente al combate, sino que cargado de las ropas conciliares, al fin desista de llevar su cruz en pos de Jesucristo, y, en definitiva, abandone cobardemente a su Señor en medio de su Pasión…

jueves, 1 de noviembre de 2012

MONS. WILLIAMSON HA SIDO EXPULSADO DE LA FRATERNIDAD SAN PÍO X, POR DOM TOMAS DE AQUINO




Tal medida solamente puede ser o un acto de justicia o de injusticia. Quien está en mejores condiciones de juzgar es la autoridad competente. No lo dudamos. Esta autoridad es la autoridad máxima de la Fraternidad San  Pio X. Luego, en principio, ésta es justa y ortodoxa.
Si la autoridad que condena a Monseñor Williamson es justa, entonces Monseñor Williamson es culpable. Pero los acontecimientos de los últimos meses, por no decir años, nos dan derecho a preguntarnos. ¿Culpado de qué? ¿De estar adherido al Vaticano II? Muy por el contrario. ¿Culpado de haber desobedecido a Monseñor Fellay? Eso es lo que dicen. Examinemos, pues, esta acusación, si para eso tuviéremos competencia. Creo que tenemos una competencia externa fundada en hechos públicos. No en un veredicto de autoridad competente, sino en una alarma, una indignación, una perplejidad fundada en hechos reales y verificables, como sucedió en el caso de Monseñor Lefebvre condenado por Paulo VI o Juan Pablo II. Los fieles también juzgaron que aquella condenación era injusta. Ellos no eran jueces competentes, pero la fe estaba en juego. Y ellos juzgaron y acertaron. Hagamos como ellos, honestamente, buscando la verdad pues de esto se trata: de la verdad, de la fe católica, de la gloria de Dios.
¿Cuándo hay desobediencia? Cuando, por espíritu de rebelión, se niega a obedecer una orden legítima de un superior. ¿Toda desobediencia es motivo de expulsión? Cuando ella es pertinaz y sin fundamento, fruto de la mala voluntad, la desobediencia merece penas cada vez mayores que pueden culminar en una expulsión.
Sin entrar en la vida interna de la Fraternidad San Pio X y en todo lo que sucedió entre Menzingen y Monseñor Williamson a lo largo de los años, me quedaré con lo que es del dominio público y que aparentemente, es la causa de su expulsión.
Monseñor Williamson criticó la conducta de Menzingen. Los otros dos obispos también. Algunos miembros de la Fraternidad también. Las comunidades amigas también. Muchos fieles también. ¿Y que criticaron? Criticaron una aproximación desastrosa con la Roma modernista, seguida de una disminución notable de la defensa pública de la fe que ya no combate los errores del Vaticano II y del gobierno actual de la Iglesia. ¿Y esto por qué? Porque en esta lucha contra el liberalismo nosotros luchamos juntos y todo lo que respecta a este combate nos preocupa también a nosotros.
¿Y cuál fue la respuesta de Menzingen? Estos señores no tienen espíritu sobrenatural ni realismo. ¿Cuáles fueron sus decisiones? Monseñor Williamson fue excluido del capítulo general, los Dominicos y Capuchinos fueron excluidos de las ordenaciones de Ecône, Sacerdotes de la Fraternidad amenazados de expulsión.
Enseguida, el superior de la Fraternidad San Pio X declaró: “Me he engañado, fui engañado”. ¿Y los que no se engañaron ni engañaron a Menzingen? ¿Qué fue de ellos? ¿Fueron honrados? ¿Alabados por su clarividencia? ¿Rehabilitados? No. Algunos de ellos fueron amenazados o expulsados. Curiosa manera de actuar con los que acertaron.
Pero tal vez Menzingen no considere que los tres obispos y los padres de algunas comunidades amigas y los fieles hayan acertado. Tal vez lo que lamenta Menzingen es otra cosa. Tal vez sea un hecho de que Roma engañó a Menzingen. Pero confiar en Roma modernista ¿no es precisamente falta de realismo? Tal vez, pero Menzingen no está de acuerdo con la carta de los tres obispos y, sobre todo, no está de acuerdo con Monseñor Williamson.
¿Y Monseñor Williamson? ¿Tiene el derecho de no estar de acuerdo con Menzingen? ¿Tiene el derecho de hablar públicamente de su discrepancia? ¿Tiene el derecho de venir a Brasil a administrar el Crisma al monasterio de Pe, Jahir Britto y al monasterio de la Santa Cruz, así como a Vitória y a Maringá? Muchos dirían que no. Monseñor Williamson tiene que callarse y no salir de Londres. Cualquier otra actitud es contraria a la obediencia.
Aquí hacemos una pregunta: ¿Monseñor Williamson debe permanecer callado, viendo la destrucción progresiva del espíritu de Monseñor Lefebvre dentro de la Tradición? En otras palabras: ¿Monseñor Williamson debe callar delante del progresivo crecimiento del ala liberal de la Tradición? Pero ¿Qué ala es esa? ¿Eso existe en la Tradición? Esto es un insulto, dirán algunos. Pero si esta ala no existe, entonces ¿por qué Menzingen desea tanto un acuerdo con Roma, siendo que Roma no se ha convertido? Si esta ala no existe, ¿por qué el Capítulo general del 2012 no confirmó las decisiones del Capítulo General del 2006? Si esta ala no existe, ¿por qué el libro del Padre Celier “Benedicto XVI y los tradicionalistas fue difundido masivamente? Si esta ala no existe, ¿por qué los tres obispos lo denuncian, en cierta forma, en la carta a Monseñor Fellay y sus asistentes? Si esta ala no existe, ¿por qué los padres Cardozo, Pfeiffer, Chazal, Trincado, están expulsados o en vía de expulsión de la Fraternidad? Por pura desobediencia, dirán algunos. ¿Pura desobediencia? ¿y las razones dadas por estos padres? ¿Y las razones dadas por Monseñor Williamson? ¿Y las declaraciones de Monseñor Fellay que contrastan tan fuertemente con las de Monseñor Lefebvre? ¿Qué refutación tienen estos argumentos? ¿Qué reparación tienen las declaraciones de Monseñor Fellay?
Dom Lourenço refutó los argumentos de Monseñor Williamson en su artículo “O dia em que a Terra parou”. Infelizmente, las razones de Dom Lourenço no son consistentes. Dar seis condiciones para un acuerdo es desear un acuerdo. Desear un acuerdo es diferente de la posición de Monseñor Lefebvre, que exigió desde 1988, antes de sentarse a la mesa de las negociaciones, que el Papa diese su completa adhesión a las encíclicas de sus predecesores que condenan los errores modernos. Son los principios que rigen nuestra acción. Abandonar este principio es entrar en la vía de las ambigüedades, típicas de los liberales.
Acuerdo es una palabra que no tiene derecho de ciudadanía en la situación actual. No se hacen acuerdos en materia doctrinal, en materia de fe. La palabra correcta es conversión. Si, para esto nosotros rezamos y trabajamos, para la conversión del Santo Padre, de Monseñor Fellay y de todos los que, por falta de espíritu sobrenatural o de realismo, toman caminos no son aquellos que nos enseñaron nuestros maestros y que las palabras de Nuestro Señor resumen tan bien: si, si; no, no, todo lo demás viene del maligno.
Este artículo ya estaba escrito cuando salió la carta abierta de Monseñor Williamson. Ella explica todo mucho mejor que cualquier otro texto. Esta carta debe de ser leída y meditada por todos los que no quieren otra cosa en este mundo más que la honra de Nuestro Señor y su Reino sobre la sociedad y sobre cada uno de nosotros.

Que los sufrimientos de  esta crisis sirvan para la propagación de este Reino.


Fr. Tomás de Aquino

24 de octubre de 2012

Original de: SPES. Visto en Non Possumus.

LA VERDAD EVOLUCIONARIA CON LOS TIEMPOS


No solamente el Papa está en cuestión. El cardenal Ratzinger que aparece en la prensa como más o menos tradicional, es modernista en realidad. Para convencerse basta leer su libro “Les principes de la thénlogie catholique” (Principios de teología católica) en el que expresa su pensamiento. Demuestra cierta estima por la teoría de Hegel cuando escribe: “A partir de Hegel ser y tiempo se compenetran cada vez más en el pensamiento fi­losófico. Inclusive el ser responde, de ahora en adelante, a la noción de tiem­po; |o verdadero no existe pura y simplemente y es verdadero por un tiem­po, porque pertenece al devenir de la verdad, la cual existe en cuanto que deviene”[1] ¿Qué queréis que hagamos? ¿Cómo discutir con alguien que razona de esa manera?
Tampoco resulta sorprendente su reacción cuando le dije: “Pero, Eminencia, en resumen, hay contradicción al menos entre la libertad reli­giosa y el Syllabus”. El cardenal me respondió: “Monseñor, ya no estamos en tiempos del Syllabus”. Toda discusión se tomó imposible.
He aquí lo que el cardenal Ratzinger escribe en su libro a propósi­to del texto de la Iglesia en el mundo[2] bajo el título “La Iglesia y el mundo con motivo de la cuestión de la recepción del Concilio Vaticano II”[3].
El cardenal desarrolla su pensamiento a lo largo de vanas páginas y puntualiza: “Si se intenta un diagnóstico global del texto podría decirse que es (refiriéndose a los textos sobre la libertad religiosa y sobre las religiones en el mundo) una revisión del Syllabus de Pío IX, una suerte de contra-Syllabus”[4].
Por lo tanto, reconoce que el texto de la Iglesia en el mundo —el de la libertad religiosa[5]— y el que se refiere a los no-cristianos[6] constitu­yen una especie de “contra-Syllabus”. Así se lo habíamos dicho, pero ahora él mismo lo escribe explícita y descaradamente.
El cardenal prosigue: “Se sabe que Harnak ha interpretado al Syllabus como un desafío a su siglo; lo cierto es que ha trazado una línea de sepa­ración frente a las fuerzas determinantes del siglo XIX”.
¿Cuáles son las fuerzas determinantes del siglo XIX? Por supuesto, se trata de la Revolución francesa con toda su empresa de destrucción. A esas “fuerzas determinantes” el mismo cardenal las denomina “las concep­ciones científicas y políticas del liberalismo”. Prosigue: “En la controversia modernista, esa doble frontera se ha visto una vez más reforzada y for­tificada”.
“A partir de entonces, no hay duda de que muchas cosas se han modi­ficado la nueva política eclesiástica de Pío XI había establecido cierta aper­tura con respecto de la concepción del Estado. La exégesis y la historia de la Iglesia, en lucha silenciosa y perseverante, habían adoptado cada vez más los postulados de la ciencia liberal y, por otra parte, el liberalismo, ante los grandes cambios políticos del siglo XX, se había visto obligado a aceptar sensibles enmiendas”[7].
Por esa razón, ante todo en Europa central, la adhesión unilateral —condicionada por la situación— a las actitudes adoptadas por la Iglesia a instancias de Pío IX y Pío X en contra del nuevo período histórico inau­gurado por la Revolución Francesa, había sido modificada en gran medida, via facti. pero aún faltaba un nuevo planteo fundamental de las relaciones con el mundo surgido a partir de 1789”[8].
Dicho planteo fundamental ha a ser obra del Concilio.
El cardenal prosigue: “En realidad, en los países de gran mayoría católica todavía reinaba ampliamente la óptica anterior a la Revolución: casi nadie discute hoy en día que el Concordato español y el italiano tra­taban de conservar una proporción excesiva de la concepción del mundo que desde hacia tiempo ya no correspondía a los datos de la realidad. Asi­mismo, casi nadie puede negar que aquella adhesión a una concepción ob­soleta de las relaciones entre la Iglesia y el Estado correspondían a anacro­nismos similares a los que se dan en el campo de la educación y de la ac­titud por asumir con respecto al método histórico-crítico moderno”[9].
Así expresa el cardenal Ratzinger su verdadera mentalidad y agre­ga: “Solamente una búsqueda minuciosa de las maneras diferentes en que los diversos sectores de la Iglesia han llevado a cabo su aceptación del mun­do moderno, podría desentrañar la complicada trama de las causas que contribuyeron a plasmar la constitución pastoral, y únicamente así podría es­clarecerse la dramática historia de su influencia.
“Limitémosnos aquí a expresar que ese texto desempeñó el papel de contra-Syllabus en la medida que representa una tentativa de reconciliar oficialmente a la Iglesia con el mundo surgido después de 1789”[10].
Todo ello se corresponde con todo lo que no hemos cesado de afir­mar. Nos negamos, no queremos ser los herederos de 1789.
“Por un lado, estos conceptos aclaran de por sí solos el complejo de ghetto del que ya hemos hablado” (¡la Iglesia un ghetto!) “y por otro, nos bastan para comprender ese extraño enfrentamiento de la iglesia con el mundo, en realidad, se entiende por “mundo” a la mentalidad moderna, frente a la cual la conciencia de grupo de la Iglesia se consideraba como algo separado que después de una guerra por momentos violenta o fría, buscaba el diálogo y la cooperación”[11].
No queda sino convencerse de que el cardenal ha perdido totalmente de vista la idea del Apocalipsis, de la lucha entre la verdad y el error, entre el bien y el mal. De ahora en adelante, se fomenta el diálogo entre la ver­dad y el error. No se puede entender lo insólito de esta vecindad entre la Iglesia y el mundo.
El cardenal Ratzinger tiene el manejo de la Congregación de la Doc­trina de la Fe, otrora el Santo Oficio. ¿Qué puede esperar la Iglesia de un de­fensor de la Fe con semejante mentalidad?"

Mons. Marcel Lefebvre, extractos de 3 conferencias pronunciadas en el retiro sacerdotal en Ecône, en septiembre de 1986, publicado en revista Roma Aeterna Nº 99.


[1] “Les principe de la théologie catholique”. pág. 14.
[2] Gaudium et Spet.
[3] “Les principes de lathéologie catholique”, pág. 426.
[4] 16 Ibíd.
[5] Dignitatis Humanae.
[6] Nostra Aetate.
[7] “Les principes de lathéologie catholique”, pág. 426.
[8] lbíd. pág. 247.
[9] lbíd. pág. 427.
[10] lbíd.
[11] Ibíd.

LA COSA VIENE DE LEJOS





COMUNICADO DE LA
FRATERNIDAD SACERDOTAL SAN PÍO X
RESPECTO DE
LOS SACERDOTES DE CAMPOS

16 de enero de 2002, Festividad de San Marcelo

El 18 de enero de 2002 el Cardenal Castrillón Ho­yos leerá en la catedral de Campos los diversos do­cumentos por los cuales el Papa Juan Pablo II erige una administración apostólica a favor de los sacer­dotes de Campos y de los fieles asociados a ellos.
Monseñor Rangel es reconocido como un obispo católico y nombrado a la cabeza de la nueva admi­nistración. Esta administración tendrá derecho a los libros litúrgicos de 1962, es decir, la Misa tridentina.  Las censuras “quizás incurridas” (sic) serán levantadas.
Monseñor Rangel hará en nombre de todos la profesión de fe y leerá una declaración en la cual re­conoce a Juan Pablo II como Papa, al obispo del lu­gar como obispo legítimo, al Concilio Vaticano II como un concilio de la Iglesia católica, expresando sin embargo que se reserva el derecho de criticar de manera positiva lo que no está en conformidad con la Tradición; asimismo, en lo que atañe a la nueva misa, es reconocida como válida en sí, pero someti­da a críticas constructivas.
La Fraternidad Sacerdotal San Pío X comprueba que ese resultado es el fruto de una paz separada. Para obtenerla, los sacerdotes de Campos han teni­do de alguna manera que desenmarcarse de la Fra­ternidad, siendo de notar la precipitación y las ca­racterísticas parcialmente disimuladas de las tratativas que han conducido al reconocimiento actual. Por ejemplo: han abandonado el pedido respec­to de la Misa tridentina, que hubiera otorgado a to­do sacerdote el derecho de celebrarla libremente.
Todo eso no es bueno, pues la fuerza está en la unión. No se puede decir tampoco que por este ac­to la crisis de la Iglesia esté ya superada. Eso pue­de ser un paso en esa dirección: el futuro lo dirá.
Los Padres de Campos afirman que continuarán el combate de la Tradición. Es necesario considerar también que no han hecho ninguna concesión sus­tancial a nivel doctrinal. Solamente el tiempo dirá como Roma permitirá el desarrollo de esta obra. Al respecto, la elección del sucesor de Monseñor Licínio Rangel será de una gran importancia, y este punto no está determinado, como así tampoco el status jurídico de la administración.
¿Cuáles serán desde ahora sus relaciones con Roma y con nosotros? También es el tiempo quien lo dirá; la nueva situación creada servirá de prueba para el futuro. La Fraternidad permanece cautelo­sa y observa con aprensión lo más de cerca posible el desarrollo de la obra, a la espera de ver sus fru­tos: por los frutos se juzga el árbol.
Es de notar, sin embargo, que por primera vez una estructura diocesana ha sido otorgada a la Tradición: un obispo tradicional es reconocido ahora como tal, como plenamente católico.
Rezamos para que todo esto coopere al bien de la Tradición y de la Iglesia —a pesar del sabor un tanto amargo que sentimos por el momento— y no queremos más que continuar obrando en el espíritu y la línea legados por Monseñor Lefebvre.

En la Fiesta de San Marcelo,

+ Bernard Fellay

Tomado de revista Iesus Christus, nº 80, marzo-abril del 2002.

METERSE DENTRO DE LA IGLESIA, ¿QUÉ QUIERE DECIR ESO?



HABLA MONSEÑOR LEFEBVRE

“Meterse dentro de la Iglesia, ¿qué quiere decir eso? Fácil es decirlo, pero ¿de qué Iglesia estamos hablando? Si hablamos de la Iglesia “conciliar”, eso significaría que después de 20 años de lucha por la Iglesia “católica” ahora deberíamos entrar en esta Iglesia conciliar para hacerla supuestamente católica. Esto es totalmente ingenuo. No son los inferiores quienes hacen a los superiores, sino los superiores a sus sujetos”.
Fideliter N 70, Julio-agosto 1989.

“No creo que sea una verdadera vuelta (a la Tradición). Aquí ocurre como en las guerras: cuando da la impresión de que la tropa va demasiado lejos, se le manda retirarse un poco. Así, cuando se frena un poquito la aplicación del Concilio Vaticano II, es porque sus ejecutores van demasiado lejos. Algunos teólogos se equivocan al alarmarse. Estos obispos (conservadores) son partidarios del Concilio y de las reformas postconciliares, del ecumenismo y del carismatismo.
En apariencia hacen las cosas con más moderación, con cierto sentimiento tradicional, pero no es profundo. Los grandes principios fundamentales del Concilio, los errores del Concilio, los aceptan y los ponen en práctica. Para ellos no es un problema, al contrario. Ellos son los más duros con nosotros, y quienes más exigirían que nos sometiéramos a los principios del Concilio”.
Fideliter N 70, Julio-agosto 1989.

“Era cosa clara y que reflejaba muy bien su actitud. No se trata para ellos de abandonar la nueva misa. Al contrario. Por ello, lo que puede parecer una concesión no es en realidad sino una maniobra para alejar de nosotros el mayor número de fieles, Con esta perspectiva es con la que parecen conceder, cada vez un poco más e ir más lejos. Pero hay que convencer a los fieles de que se trata de una maniobra, que es un peligro ponerse en manos de los obispos conciliares y de la Roma modernista. Es el mayor peligro que les amenaza. Si hemos luchado durante 20 años para evitar los errores conciliares, no es para ponernos ahora en manos de quienes los profesan”.
Fideliter N 70, Julio-agosto 1989.

“Queremos que se nos entienda bien: no estamos contra el Papa en cuanto representante de todos los valores inmutables de la Sede Apostólica, de la Sede de Pedro; sino contra el Papa modernista que no cree en su infalibilidad y que practica el ecumenismo. Estamos claramente contra la Iglesia conciliar que en la práctica es cismática, aunque no lo reconozca. Se trata de una Iglesia de hecho virtualmente excomulgada, porque es una iglesia modernista”.
Fideliter N 70, Julio-agosto 1989.

LA "LINEA MEDIA" DE LA FSSPX

Esa LINEA MEDIA que, como bien la define el artículo que sigue, se ubica “entre la fidelidad a la Tradición católica y el progresismo neto”, que es “una doctrina de obsecuencia”, que “manda callar la verdad ante la autoridad, como si la verdad tuviera derecho a enseñar el error”, que “recibe aplausos de un aparato eclesiástico que se suele calificar como ‘conservador’, y trata de acomodar las cosas, navegando entre dos aguas, con una pericia digna de mejor causa”; esa LINEA MEDIA que durante tantos años en las filas de la Fraternidad San Pío X se ha criticado y con razón, pero a veces con un orgullo farisaico (“Yo soy de la Tradición, no soy como ése, de la línea media”); esa LINEA MEDIA que se ha tragado el Vaticano II, el culto juanpablista y la misa nueva, entre otras atrocidades; esa LINEA MEDIA se ha instalado y gobierna la FSSPX, todavía criticando el concilio, pero cada vez de forma más leve y moderada. Esa LINEA MEDIA, conforme sigan los contactos con Roma –y Mons. Fellay dijo que había que “dejar la puerta abierta”- dejará de hablar de ciertos temas, por temor a la autoridad, o cuando lo haga será para denunciar lo más obvio y fácil de criticar.

Pero no profesará la verdad íntegra, aquella capaz de salvar -o enojar- a los enemigos (porque ahora parece que ya no lo son tanto).


“No tienen vino”, dijo Nuestra Señora en las Bodas de Caná. Y Nuestro Señor ofreció el mejor vino, el vino puro de su doctrina, el vino de su verdad. Sabiendo, claro está, que no sería desperdiciado.

Los conciliares modernistas no tienen el vino bueno de la verdad. Lo desprecian. ¿Y qué quieren, si al buen vino de la verdad católica siempre lo han rechazado?

Quieren un vino adulterado, un vino diluido, con agua, con Coca-Cola o con lo que fuere, ya que sus estómagos no resisten el vino puro y sano de Nuestro Señor.
Eso es lo que se ofrece a darles, en odres tradicionalistas, la dirección de la FSSPX. Un vino ya no puro, ya no fino, ya no bueno. Porque hay estómagos delicados.
Un vino para la LINEA MEDIA.

EL EJEMPLO DEL DANTE




Dante Alighieri (1265-1321) es, sin duda alguna, uno de los escritores más grandes de todos los tiempos. Su obra: “La Divina Comedia” es un clásico de la literatura universal. La descripción que hace del infierno, del purgatorio y del Cielo, es una expresión artística sublime sobre el destino final de los hombres, y un libro que puede servir para la meditación sobre la inmensidad de las verdades de la Fe.


Esta obra cumbre ha sido reproducida en múltiples expresiones del arte cristiano, en iglesias y en conventos. Siempre se tuvo al Dante por un auténtico literato católico.

El gran poeta escribió en una época en la que la Iglesia detentaba todo el poder para castigar a los que se apartaban de la recta doctrina, y en la que los Estados auxiliaban en esta tarea al poder espiritual, imponiendo penas gravísimas a los que envenenaban a las almas y a la sociedad con teorías heréticas. Dante Alighieri no fue perseguido por la “La Divina Comedia”, a pesar de su vida política agitada, en la que llegó a militar en el bando opuesto a la política pontificia de los siglos XIII y XIV. Nunca oímos tampoco que la Inquisición, la que veló sobre la pureza de la Fe verdadera durante siglos, haya objetado a este poema.

Sin embargo el príncipe de los poetas cristianos no vacila en ubicar en el infierno a sacerdotes, obispos, cardenales y hasta a... Papas. No solo ubica allí a Pontífices indeterminados, sino que nombra y describe a algunos contemporáneos suyos, colocándolos en ese lugar de eterna reprobación. Y lo notable es que la “La Divina Comedia” pone en ese sitio espantoso a Papas de la época de la obra, de vida personal ejemplarísima, modelos de virtudes, pero los que, según el autor, fallaron en el gobierno de la Sede
Apostólica.

Es el pretendido mal gobierno de la Iglesia lo que merece la condena.

La defección a los deberes inherentes al  Augusto Vicariato es la que trae consigo, en el libro, la muerte eterna.

La posición del Dante no fue anatematizada, que sepamos, por la Iglesia. No se lo declaró tampoco escritor escandaloso. El mismo está ente­rrado en una iglesia. Últimamente Pablo VI hizo el gran elogio de está glo­ria de las letras italianas, presentándolo como modelo para los autores cató­licos, señalándolo como un ejemplo del pensar cristiano.

No tiene mayor importancia que Dante Alighieri haya errado en el juicio concertó sobre la actuación de los Papas que condena. Lo que importa es la lección histórica: en plena Edad Media, en una sociedad que rendía la pleitesía debida a la Iglesia Católica, se podía criticar a los Sumos Pontífices y no solo por defectos de vida privada.

Pero he aquí que lo que en el Dante se admite, se anatemiza hoy. Aunque la censura se haga de un modo mucho más suave que en  “La Divina Comedia”, ésta es juzgada inadmisible y escandalosa. Lo que se podía hacer en el Medioevo, usando de la libertad católica en siglos en que no se toleraba para nada impugnar la Revelación divina, no se permite en épocas de pluralismo, en los que el mismo Papa Wojtyla proclama ser “derecho humano” poder predicar cuanta herejía y superstición anda por el mundo para la perdición de las almas. Para el aparato eclesiástico con­temporáneo, la palabra de Dios es cuestionable, la del Papa, no.

Los obispos conciliares, tan dialogantes con los errores, rechazan con­siderar siquiera las críticas fundadas a Pablo VI y a Juan Pablo II, con el argumento de que no se puede disentir con el Papa. Porque vemos que nunca se examinan estas críticas, refutándolas con argumentos, sino se los rechaza de plano, descalificando a sus autores, con el estribillo: “están con­tra el Papa”.

Con motivo del escándalo público dado por Juan Pablo II, con la reunión interconfesional de Asís del 27 de octubre de 1986, mons. Marcel Lefebvre hizo notar al Romano Pontífice, por medio de unos dibujos alegó­ricos[1]— dado que los escritos documentados y las exposiciones fundadas elevados durante los últimos quince años no produjeron efecto— que la vía adoptada en Asís conducía la infierno.
Con este acto, el arzobispo cumplió con una obra de misericordia espiritual expresamente recomendada por el Catecismo: corregir al que yerra. También enseña Santo Tomás de Aquino:
“Habiendo peligro próximo para la Fe, los prelados deben ser argüidos, inclusive públicamente, por los subditos. Así, San Pablo que era súbdito de San Pedro, le arguyó públicamente, en razón de un peligro” inminente de escándalo en materia de Fe. Y, como dice la Glosa de San Agustín, “el propio San Pedro dio el ejemplo a los que gobiernan, a fin de que éstos apartándose alguna vez del buen camino, no recusasen como indigna una corrección venida inclusive de sus súbditos”[2].
“Que los superiores pueden ser reprendidos, con humildad y caridad, por los inferiores, a fin de que la verdad sea defen­dida, es lo que declaran, con base en este pasaje (Gal. 2, 11), San Agustín (Epist. 19), San Cipriano, San Gregorio; Santo Tomás y otros más arriba citados. Ellos claramente enseñan que San Pedro, siendo superior, fue reprendido por San Pablo... Con razón, pues, dice San Gregorio (Homil. 18 in Ezech) “Pedro se calló a fin de que, siendo el primero en la jerarquía apostólica, fuese también el primero en la humildad”. Y San Agustín escribió  (Epist. 19 ad Hieronymum): “Enseñando que los superiores no rehúsen dejarse reprender por los infe­riores, San Pedro dio a la posteridad un ejemplo más en común y más santo del que dio San Pablo al enseñar que, en la defensa de la verdad, y con caridad, a los menores es dado tener la audacia de resistir sin temor a los mayores”[3].

Frente a este derecho y a este deber de defender la Fe, aunque haya que objetar actos de la Autoridad eclesiástica suprema, se levanta, en los ambientes de la LINEA MEDIA ubicada entre la fidelidad a la Tradición Católica y el progresismo neto, una doctrina de obsecuencia, que manda callar la verdad ante la autoridad, como si la autoridad tuviera derecho a ensenar el error.

Pero “el derecho de la autoridad al error” no se puede predicar, porque es un absurdo evidente. Sostenerlo alejaría de los conductores de la “Línea Media” a todo hombre recto que no hubiese perdido totalmente el sentido común, aún cuando su formación religiosa no fuera del todo sólida. Es pre­cisamente en esta falta de solidez de criterio que se cimenta la “Línea Media”. Se olvida la norma moral obligatoria de la superioridad de \a verdad. La Religión Católica es la Religión de la verdad.

Pero la confusión imperante y la carencia de un auténtico criterio católico evitan que la “La Línea Media”, para poder permanecer en su pos­tura actual, tenga que proclamar “el derecho de la autoridad al error”. El ocultamiento de lo que pasa y la deformación del significado de aconteci­mientos y declaraciones llevan a negar la evidencia de que ciertos docu­mentos conciliares y pronunciamientos de Juan Pablo II CONTRADI­CEN lo que la Iglesia ha enseñado comprometiendo su INFALIBILIDAD. No se quiere ver lo que es de dominio público que el liberalismo campea en el Vaticano.

La caridad nos urge a hacer un llamado a todos los que militan en esta “Línea Media”, y los que quizás hasta hoy no han meditado sobre la gravedad de su actitud. Vemos que muchas personas de la “Línea Media” observan una vida privada ejemplar y practican las virtudes cristianas. Coronen esta vida virtuosa con la profesión valiente de la verdad íntegra, volviendo a lo que la Iglesia enseñó siempre y en todos lados, a la fidelidad a la Tradición Católica, a la obediencia de todas las exigencias de nuestra Fe sacrosanta, dando la espalda a arreglos y componendas tan contrarios al Evangelio.

Estos temas evidentemente atañen a la salvación eterna. Suplicamos a todos que lo tengan muy en cuenta. Sabemos, pues la Iglesia lo dice, que IMPUGNAR LA VERDAD CONOCIDA ES PECADO CONTRA EL ESPÍ­RITU SANTO.


Revista Roma Aeterna, Nº 98, sin fecha.


[1] Cf. “La Alegoría de Asís”, CREDIDIMUS CARITATI, revista del Seminario Nuestra Señora Corredentora, año III, nº 11/12, donde se reproducen estos dibujos.
[2] Summa Theologica, II - II - 33, 4, 2.
[3] Ad. Gal. 2, 11.