jueves, 7 de marzo de 2013

LA PROFECÍA DE SAN ANTONIO ABAD





Por Christopher Fleming
tradiciondigital.es

San Antonio Magno, también conocido como San Antonio Abad, vivió entre 251 y 356. Sus 105 años, una vida increíblemente larga para la época, desde la edad de 18 fueron un ejemplo maravilloso de oración, pobreza y mortificación. Conocemos muchos detalles de su vida gracias a su biografía escrita por otro santo, el Padre de la Iglesia San Atanasio de Alejandría. Éste era un gran admirador de San Antonio y lo llamó a su diócesis para ayudarle en la lucha contra la herejía arriana. La Iglesia le ha conferido a San Antonio el título de “padre de todos los monjes”.

Entre los dichos de San Antonio figura esta profecía sobre los últimos tiempos, que cuando la he leído me ha parecido encajar perfectamente con los tiempos que estamos viviendo:

“Los hombres se rendirán al espíritu de los tiempos. Dirán que si hubieran vivido en nuestros días, la fe hubiera sido sencilla y fácil. Mas en su día dirán que las cosas son complejas; que la Iglesia debe actualizarse y hacerse relevante a los problemas de la época. Cuando la Iglesia y el mundo estén en unión, aquellos días habrán llegado”.

¿Cuál es el “espíritu de los tiempos” ahora? Evidentemente, desde la Revolución Francesa de 1789 es el liberalismo. Durante casi 200 años la Iglesia Católica luchó incansablemente para erradicar esta plaga y los Papas escribieron encíclicas para condenar sus errores. Pero, para nuestra desgracia, con el Concilio Vaticano II hemos visto el triunfo del liberalismo en la Iglesia. A partir de ese momento la Iglesia, en lugar de oponerse a los errores del liberalismo, decidió claudicar en la lucha y adoptar sus principios. Los frutos de tan nefasta “orientación” son fácilmente visibles para todos: la apostasía. El Papa Juan XXIII dijo querer “abrir las ventanas de la Iglesia” con el fin de dejar entrar algo de aire fresco. Pero lo que entró, en palabras de su sucesor Pablo VI, fue el “humo de Satanás”.

El mundo, junto con el Demonio y la carne, siempre se ha considerado uno de los tres enemigos del cristiano. Nuestro Señor dijo a sus discípulos en la Última Cena:

“Si el mundo os odia, sabed que primero me odió a mí. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo. Pero, como no sois del mundo, sino que yo os elegí, sacándoos del mundo, por eso os odia el mundo”. (Juan 15:18-19)

Sin embargo, ahora resulta que los católicos tenemos que abrazar este mundo, con todos sus errores y engaños.

Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, en su libro “Principios de la Teología Católica” de 1982, escribe:

“El texto [de Gaudium et Spes] desempeña el papel de contra-Syllabus en la medida en que representa un intento de reconciliación entre la Iglesia y el mundo tal y como es desde 1789… Por un lado esta imagen clarifica el complejo del ghetto que hemos mencionado anteriormente. Por otro lado, nos permite entender el significado de esta nueva relación entre la Iglesia y el Mundo Moderno…. Esto implica que ya no hay vuelta posible a la Syllabus… Por tanto, la “demolición de las murallas” que Hans Urs von Balthasar ya pidió en 1952, era en realidad un deber urgente”.

El Papa actual, que fue uno de los teólogos que participaron en la elaboración de los textos del Concilio Vaticano II, aboga por una “reconciliación entre la Iglesia y el mundo”. Es exactamente lo que profetizó San Antonio, una señal de que estamos viviendo en los últimos tiempos. Todos los días oímos a nuestros prelados hablar de la necesidad de ser “relevantes” para el mundo de hoy. La Iglesia post-conciliar parece obsesionada con ser aceptada por todos, caer bien, ser “moderna”. No oímos a los obispos hablar de la necesidad de la conversión de los herejes, cismáticos e infieles, ni se menciona el dogma “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Estas ideas están pasadas de moda. Ya no se habla de salvar almas, porque no quieren meter miedo a los fieles hablándoles del Infierno. La dicotomía salvación-condenación, que es el eje central de la vida cristiana, es ahora considerada un concepto demasiado simplista; hace falta una fe más “adulta”.

El ideal de la Ciudad Católica,- una ciudad defendida por soldados leales a un rey cristiano, fortificada contra sus enemigos,- una idea tan común antes del Concilio, se ha olvidado, porque se ha olvidado que estamos en guerra. Se ha ordenado la “demolición de las murallas”, traicionando así la memoria de los que han vertido su sangre defendiendo dichas murallas. Ahora la Iglesia pide perdón por su pasado, en especial por la Cruzadas y la Inquisición. En otras palabras, se pide perdón por haberse defendido de sus enemigos, por haber creído hasta el extremo en su divina misión de convertir al mundo. Ahora en lugar de conversión y conquista, se habla de paz y de concordia. El Papa se reúne para orar con infieles, a la vez que la sangre de nuestros hermanos mártires clama venganza al Cielo. Los obispos adulan a los peones del Enemigo que son nuestros políticos, y aquí en España no dudan un instante en dar la sagrada comunión al Rey Juan Carlos I, a la vez que firma leyes que permiten el asesinato masivo de seres humanos no nacidos.

A juzgar por las publicaciones “católicas” de ahora, entender el mensaje de las Sagradas Escrituras es como descifrar un jeroglífico, algo inalcanzable para un católico de a pie. Los “teólogos” hablan de la Resurrección como un hecho “meta-histórico”. Las interpretaciones figurativas y rebuscadas de los Evangelios abundan, hasta el punto de obscurecer el sentido literal; habría que informarles a los exegetas modernistas que a veces la Biblia significa exactamente lo que dice, ni más ni menos. Por ejemplo, ahora muy pocos católicos creen lo que dice la Biblia sobre la Creación,- que Dios creó el mundo en seis días,- cuando es lo que los católicos han creído desde siempre y en todas partes. Allí está la historia de la Creación, en blanco y negro, y se resisten a creerlo. Dicen los que niegan la infalibilidad de las Sagradas Escrituras: “antes se podía creer el relato de la Creación en Génesis, porque el conocimiento científico era muy limitado. Pero ahora que sabemos tantas cosas sobre el universo y la biología, no es posible seguir creyendo en una Creación de seis días.” Es decir, se cumple la profecía de San Antonio en nuestro tiempo: “Dirán que si hubieran vivido en nuestros días, la fe hubiera sido sencilla y fácil. Mas en su día dirán que las cosas son complejas”.

La fe se va apagando. El hombre se ha apartado de Dios. “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lucas 18:8)

¡SAN ANTONIO MAGNO, RUEGA POR NOSOTROS!