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sábado, 12 de marzo de 2016

DOMINICOS DE AVRILLÉ: PRESENTACIÓN DEL P. TOMÁS DE AQUINO O.S.B. - Parte 1







PRESENTACIÓN DEL P. TOMÁS DE AQUINO O.S.B.


Miguel Ferreira da Costa (el futuro P. Tomás de Aquino) nació en Río de Janeiro, Brasil, en 1954. Luego vivió en Volta Redonda, donde su padre trabajó en una importante fábrica siderúrgica, hasta 1962, año en que su familia regresó a Río. Después de estudiar en el colegio San Benito de Río de Janeiro, empezó sus estudios de derecho.

A la edad de 13 años, asistió a una de las conferencias semanales que el escritor anti modernista Gustavo Corção bondadosamente daba a un pequeño grupo de fieles deseosos de conocer mejor los tesoros de la fe católica:

Asistí durante siete años, alentado por mi madre que casi nunca faltó a estas conferencias. Mi padre asistía cada vez que su trabajo lo permitía. Fue allí que conocí al señor Julio Fleichman y su esposa, etc.[1]

El joven Miguel Ferreira da Costa fue a ver a Gustavo Corção en 1972 para confiarle su vocación y preguntarle a cuál seminario le aconsejaba ir. En esta época Gustavo Corção todavía no conocía a Mons. Lefebvre.

“¿Decirle a dónde ir? -respondió Gustavo Corção- no puedo. Lo que puedo decirle es a dónde no ir. Difícilmente encontrará un seminario donde no enseñen tonterías” […] Fue entonces que la secretaria de Corção, la señora Pierotti, me habló de Mons. Lefebvre y de Ecône: “Si usted fuera mi hijo, es allí donde lo enviaría”[2].

Miguel Ferreira da Costa escribió entonces a Mons. Lefebvre quien lo orientó hacia el seminario de Mons. de Castro Mayer en Campos, una ciudad del Estado de Río de Janeiro. Fue allá, pero la presencia tan marcada de la TFP en el seminario lo desalentó. Entonces escuchó hablar del priorato que Dom Gérard fundó en Bédoin, en Provenza, a los pies del Monte Ventoux. Gustavo Corção le dijo: “Vaya allá. Si no está bien, regrese”.

“Sin quererlo, él hizo una profecía, pues fue así como esa aventura iba a terminarse, por caminos que la Divina Providencia dispone con fuerza y suavidad. Durante este tiempo Dom Gérard escribió que me aceptaba. Desde Ecône también llegó una carta. El director del seminario, el canónigo Berthod, me abrió también las puertas. Para abreviar esta historia, me fui con Dom Gérard, lo que fue la mejor elección”.[3]

Miguel Ferreira da Costa llegó a Francia en mayo de 1974, al pequeño monasterio provenzal de Bédoin, donde Dom Gérard Calvet continuaba desde 1971 la vida monástica benedictina tradicional. Él recibió el hábito el 2 de octubre tomando el nombre de religión de Tomás de Aquino, y comenzó su noviciado. Por ocasión de sus votos en 1976, Gustavo Corção vino al monasterio para asistir a la ceremonia. En esta época Dom Gérard y los monjes estaban unidos de corazón y pensamiento con Mons. Lefebvre, quien confería el sacerdocio a los monjes del monasterio. En 1980, después de su ordenación sacerdotal en Ecône, el P. Tomás de Aquino y los monjes se mudaron a Barroux, dejando a regañadientes Bédoin, que ya era demasiado pequeño.

A pesar del entusiasmo que reinaba en el monasterio, el P. Tomás de Aquino percibía las carencias de la formación filosófica y teológica de los monjes:

Había ya entre nosotros algo bastante inquietante que explica, en mi opinión, la deriva que conocería nuestra comunidad algunos años más tarde. […] La formación que se daba en Bédoin, cuando yo llegué y hasta mi ordenación, era demasiado informal. Dom Gérard, es verdad, llamó a algunos sabios religiosos que vinieran a darnos algunos cursos.[…] 
Pero estas conferencias e incluso estos cursos no formaban un conjunto capaz de darnos una verdadera y sólida formación. Los cursos, por otra parte, no eran dados en el orden correcto y, en su mayoría, fueron bastante incompletos. Dom Gérard entonces se improvisó como profesor para enseñarnos algunos tratados […] pero de una manera bastante sumaria, desgraciadamente. Él pedía también a los monjes que se dieran los cursos unos a los otros cuando no éramos lo suficientemente capaces. Había muy pocas clases por semana y los exámenes eran escasísimos. Fue así como varias materias quedaron más o menos ignoradas o mal profundizadas por la primera generación de Bédoin. […]
La manera de hacer de Dom Gérard era más romántica que realista. Santo Tomás, según él, tenía un sistema. Otros tenían otros. Esto permitía dudar sobre lo bien fundada de una formación francamente escolástica y de su real necesidad, tal como San Pio X la presenta en la encíclica Pascendi, y en el Código de Derecho Canónico. […] El resultado fue que de la escolástica sabíamos más el nombre que el método, y de la Summa, más las conclusiones que la argumentación. Nosotros contemplábamos desde el exterior el bello edificio doctrinal de la Iglesia sin penetrar verdaderamente en el interior, y si penetrábamos un poco, era como profanos y no como hombres de oficio. Se puede decir que el papel de los monjes no es el convertirse en teólogos. Los contemplativos no necesitan mucho para dedicarse a la contemplación. Eso puede ser verdad en ciertos casos, si no estuviéramos destinados a recibir el sacerdocio, si no fuéramos monjes y sacerdotes, si entre nosotros algunos no estuvieran destinados a enseñar; entonces, es poco concebible que no estuviéramos formados en el método de Santo Tomás, según las directivas de la Santa Iglesia, sobre todo en la crisis actual. […]
Sin caer en el exceso de decir que en Bédoin y en Barroux éramos modernistas, es cierto que no teníamos en Dom Gérard la misma pureza, vigilancia y seguridad doctrinal que en Mons. Lefebvre. Si bien no éramos modernistas, el clima que allí reinaba no nos protegía suficientemente contra esas doctrinas ni contra un cierto liberalismo.[4]

Fue en 1975 que el Padre Tomás de Aquino vio por primera vez a Mons. Lefebvre, que vino a Bédoin para conferir las órdenes menores a los hermanos Jean de Belleville y Joseph Vannier:

domingo, 2 de febrero de 2014

“NO PODEMOS DEJAR DE ACEPTAR”






Dom Gérard
(Citado por P. Jesús Mestre, Credidimus Caritati N° 76, 2008):
“Si Roma nos concede todo lo que pedimos y no nos pide nada a cambio, no podemos dejar de aceptar”

Mons. de Galarreta
(Entrevista dada en Polonia el 7 de abril de 2013):
“Por supuesto que lo mejor sería que Roma renunciara a los errores conciliares, regresara a la Tradición y únicamente después, sobre esta base, la Fraternidad obtuviera automáticamente un estatus canónico regularizado en la Iglesia. Sin embargo, la realidad nos incita a no hacer depender un eventual acuerdo de una gran autocrítica de Roma, sino de una atribución de garantías reales que Roma, tal cual ella es, permitiera a la Fraternidad permanecer tal como es”.


Mons. Lefebvre
(Hablando de Dom Gérard, cit. por P. Mestre, id.):

“Él no ve claramente los problemas teológicos del concilio, de la libertad religiosa. No ve la malicia de estos errores. Nunca se preocupó demasiado de esto. Lo que a él le afectaba era la reforma litúrgica... Mientras le concedan lo que buscaba... eso es lo que quiere y lo demás le es indiferente. Pero cae en una trampa porque la otra parte no ha cedido nada de sus falsos principios...Es desastroso”.