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jueves, 31 de diciembre de 2020

CON EL ABORTO LA MUJER SE CONDENA A SÍ MISMA

 


Porque Adán fue formado primero y después Eva. Y no fue engañado Adán, sino que la mujer, seducida, incurrió en la transgresión; sin embargo, se salvará engendrando hijos, si con modestia permanece en fe y amor y santidad.

I Tim. 2,15.

 

La vocación de la mujer es la maternidad que también puede extenderse, en sentido espiritual, a las almas que se entregan al apostolado o al servicio de los que sufren. Cf. Ez. 3, 19 y nota. 

Comentario de Monseñor Straubinger.

 


domingo, 29 de noviembre de 2020

LA APOSTASÍA – MONS. JUAN STRAUBINGER

 



La perversión sexual tan extendida en los centros de cultura moderna, es consecuencia de la apostasía de nuestro siglo, que lo asemeja a aquellos tiempos paganos señalados por San Pablo. La santa crudeza con que habla el Apóstol nos sirva de ejemplo de sinceridad y amor a la verdad. “El mundo suele escandalizarse de las palabras claras más que de las acciones oscuras”.

(Comentario a Romanos 1,26).

 

La apostasía general no debe llenarnos de pasmo, pues es anunciada por Jesucristo (Luc. 18,8), y por San Pablo como antecedente del Anticristo y como condición previa para el triunfo de nuestro Redentor (II Tes. 2,3). Pero siempre quedará un pequeño grupo de verdaderos y fieles cristianos, el “pusillus grex” (Luc. 12,32), aun cuando se haya enfriado la caridad de la gran mayoría (Mat. 24,12) al extremo de que si fuera posible serían arrastrados aún los escogidos. (Mat. 24,24).

(Comentario a Apocalipsis 13,3).

 

Abandonar a Dios es una cosa amarga. Es ésta una verdad tan profunda, que el mundo no puede comprenderla. Y sin embargo, los goces mundanos no son más que una gota de miel que se convierte en un mar de amarguras. Lo vemos por lo que sucede al que se entrega a un vicio, a la intemperancia, a la vanidad, a los deseos de la carne o a cualquier otro goce desmedido. Vista con los ojos de la fe, la alegría del mundo es, en muchos casos, una comedia que termina en una tragedia, la tragedia más triste que pensar se pueda, la muerte. El Catecismo Romano (IV, 14, 9) cita este pasaje para enseñarnos que, por los pecados mismos, aprendamos a dolernos de ellos, y para exhortarnos a mirar bien los males que se siguen del pecado. 

(Comntario a Jeremías 2,19).

 

Lo que hemos visto en la primera mitad del siglo XX ¿no es bastante para pensar en las plagas del Apocalipsis? Así lo señalaba ya el Papa Pío X. Notemos que la apostasía en la era cristiana es para Dios más grave que la de la antigua Alianza, según enseña el mismo Apóstol. Véase Hebreos 6, 4 ss.; 10, 29. Cf. II Tesalonicenses 2, 3 ss.; Lucas 18, 8; Mateo 24, etc. 

(Comentario a Ezequiel 6,12).

 

La nueva traducción latina del Salterio y los Cánticos, que acaba de realizar el Pontificio Instituto Bíblico por disposición de Pío XII, contiene la siguiente nota: “Espero tranquilo (cf. I Reyes 25, 9; Isaías 14, 7); ya no pregunto impaciente (como en Habacuc 1, 2 s. y 17; 2, 1) hasta cuándo los inicuos nos oprimirán impunemente, sino que en quietud aguardo hasta que luzca el día de angustia en que será afligido el pueblo que nos oprime (de cuyo castigo tratan los versículos 13-15). Aunque no florezca... yo, con todo, etc.: aunque son tristísimas las condiciones presentes, yo me alegro, sin embargo, porque sé que Dios será nuestro auxilio.” He aquí el pensamiento que ha de consolarnos y alegrarnos en los tiempos calamitosos como los que Jesús anuncia que precederán a su glorioso retorno (cf. Mateo 24). El ver días de guerras y miseria, de apostasía (II Tesalonicenses 2, 3) y burla de las profecías “como en los días de Noé y de Lot” (Lucas 17, 26 ss.; II Pedro 3, 3 as.), debe hacernos “levantar la cabeza porque nuestra redención se acerca” (Lucas 21, 28), y convertir nuestra inquietud en paz y gozo, al pensar en las maravillas que para entonces nos están prometidas. Cf. versículo 19; I Tesalonicenses 4, 16 s. y nota. 

(Comentario a Habacuc 3,16).

 




miércoles, 16 de noviembre de 2016

APUNTES DESDE LA TRINCHERA





Ceguera indeclinable

El 13 de octubre pasado, mismo día en que Francisco recibió a Mons. Fellay, recibió también a una delegación de luteranos que emplazaron -con la venia de Francisco- una estatua del diabólico heresiarca Lutero en el Vaticano.

La reconciliación plena “a dos puntas” coincide y se apresta a su total concreción.

Si después de esto los sacerdotes y fieles de la Fraternidad San Pío X no reaccionan, es porque están indefectiblemente ciegos.

Su integración será la más penosa desintegración, que no dejan de advertir plumas muy lúcidas, como por ejemplo en estos dos recientes artículos: http://syllabus-errorum.blogspot.fr/2016/11/don-curzio-nitoglia-el-modernismo-es.html y http://syllabus-errorum.blogspot.fr/2016/10/comentarios-eleison-desintegracion.html 

Querer “normalizar” a la Fraternidad San Pío X acordando con un Papa absolutamente “anormal”, es verdaderamente “loco”.


La “Hermenéutica de la continuidad” de Monseñor Fellay

Hay un sermón de Benedicto XVI, si mal no recordamos de comienzos de su pontificado, donde traza sus líneas programáticas, enunciando su famosa “Hermenéutica de la continuidad”. Si hablamos de la Tradición de la Iglesia, encontramos que hay un órgano y un contenido de la misma. El primero (activo) es el encargado de transmitirla; el segundo (pasivo) es el depósito de la fe. El segundo necesita del primero para su transmisión. El Catecismo Romano en su misma inroducción enseña que la fe se recibe por la audición, para lo cual es necesario el trabajo constante y el ministerio del maestro legítimo para conseguir la eterna salvación: “Cristo vino a este mundo a enseñar la fe, que después propagaron los apóstoles y sus sucesores”.

La astuta jugada que hizo Ratzinger en su hermenéutica o interpretación de la continuidad, es desligar el órgano del contenido, para aferrarse al primero, poniendo la continuidad en el órgano solamente, pudiendo el contenido variar sin dificultad. Así, tenemos que si hay continuidad en la línea pontificia y episcopal desde los orígenes de la Iglesia, esa continuidad por sí sola es suficiente para definir a la “tradición viva” de la Iglesia, por lo cual no habría ninguna ruptura del Vaticano II con el magisterio anterior al mismo.

viernes, 21 de octubre de 2016

ASPIRAD AL AMOR (I Cor. XIV, 1) – MONS. JUAN STRAUBINGER







I

Una parábola oriental refiere que un padre de familia que tenía dos hijos gravemente enfermos, trajo de lejos un bálsamo que devolvió a los dos la salud perdida. Uno de ellos no cesaba de elogiar la eficacia del remedio, en tanto que el otro pensaba en la bondad de su padre que lo había traído. El padre conoció que esa diferencia entre ambos espíritus era cuestión de amor (en el segundo) y desamor (en el primero). Entonces les descubrió que el bálsamo no era nada en sí mismo, sino agua pura, en la cual él había dejado caer una lágrima de su amor paterno dolorido por el mal de los hijos. La eficacia, que parecía propia del bálsamo, no era sino la fuerza de ese amor.

Precioso ejemplo, lleno de sentido sobrenatural, que nos enseña a no admirar ni amar creatura alguna, sino a glorificar en ellas la bondad del Padre, "en alabanza de la gloria de su gracia, por la cual nos hizo agradables a sus ojos en su amado Hijo" (Ef. I, 6). Dios nos da algo más que objetos perecederos. El ama con todo su Ser, que es el amor mismo. De ahí que "mandó” su propia Palabra (Verbo) para sanarnos (Sal. CIV, 20). De ahí que nos da, para santificarnos y movernos, su propio Espíritu (Rom. V, 5; VIII, 12). Véase Amós VIII, 11 s.; Sal. CIII, 29 s.

Para comprender esto, hay que conocer el corazón de aquel Padre admirable “de quien toma su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef. III, 15). Santo Tomás piensa que El se llamaría Padre aun cuando no tuviera Hijo, pues la paternidad es tan propia de Él como el amor. Por eso Jesús reserva para Él el título de Padre, y nos pide que no llamemos padre a ninguno sobre la tierra, “porque uno solo es vuestro Padre” (Mat. XXIII, 9).
La única oración que Cristo enseñó a sus discípulos empieza con el dulce nombre de Padre y es desde la primera hasta la última petición el más sublime canto de alabanza al “Padre nuestro” en los cielos que nos ama y conoce nuestras necesidades.

San Pablo continúa este canto en las “salutaciones” y “doxologías”, que resuenan como eco de coros angélicos. Oigamos cómo comienza su segunda Epístola a los Corintios: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier tribulación, con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (II Cor. I, 3-4).

Y no solamente el consuelo en las tribulaciones viene de este Padre amabilísimo, sino también esa misericordia que le conmueve a compadecerse de nuestras culpas y caídas, pues El sabe de qué estamos formados; recuerda que somos polvo (Sal. CII, 14). El que cree de veras en la paternidad misericordiosa de Dios, vivirá en una amistad íntima y amorosa con Él, la cual no puede ser interrumpida por nuestras miserias. Al contrario, cuanto más débil es nuestra naturaleza, tanto mayor es su ternura y bondad. Por eso Cristo no vino a buscar justos sino pecadores (Luc. V, 52).

Ya en el Antiguo Testamento encontramos retratado el corazón paternal de Dios en las palabras del Salmista. “Como un Padre que se apiada de sus hijos, así, el Señor se compadece de los que le temen" (Sal. CII, 13). Pero tan sólo en el Nuevo Testamento este retrato de Dios asume toda su plenitud en la revelación de Jesucristo, quien nos da la total explicación del misterio de la paternidad divina, que no procede de la simple creación, como en todos los demás seres, sino de la regeneración que el Espíritu realiza en nosotros por la gracia en virtud de los méritos de Jesucristo (Juan I, 12; Gál. IV, 4-7; Ef. I, 5; Col. II, 12; Juan III, 9).

II

Al amor paternal de Dios ha de corresponder el amor filial nuestro. Tener amor filial a Dios es empezar a creer en esas excelencias de su corazón amoroso, para no seguir mirándolo como a un implacable señor a quien se obedece sólo por miedo. Debemos considerarle como el sumo bien deseable, lo cual nos hace correr hacia El “como el ciervo a la fuente” (Sal. XLI, 2), como el hijo pródigo de la parábola a la casa paterna (Luc. XV, 11 ss).

PRINCIPIOS ASCÉTICOS FUNDADOS EN LA BIBLIA




Carissimi, nunc filii Dei sumus; et nondum apparuit quid erimus; similes ei erimus (I Juan 3, 2).

Lo que S. Pablo dice en Gálatas (2,20) excede cuanto puede soñar un ardiente panteísta: vivo autem jam non ego: vivit vero in me Christus, quedará  consumado no solo místicamente, sino real y visiblemente. Es el cuerpo místico de Cristo que se unirá definitivamente a su cabeza el día de su venida para las Bodas. Iterum venio et accipiam vos ad meipsum, ubi sum ego et vos sitis ... (Jn. 14, 3) Gaudeamus et exultemus . . . quoniam venerunt nuptiae Agni. (Apoc.19,. 7). Esta Huiothesía -filiación divina- se verifica en este mundo en la infancia espiritual y se consuma después, en la eternidad. De este enigma de Dios visto por la fe, perfeccionado por el amor y sostenido por la esperanza, nos habla S. Pablo en Ef. (3, 20): Salvatorem expectamus qui reformabit corpus humilitatis nostrae configuratum corpori claritatis suae ... La fe en esta confianza absoluta del hijito que sigue a su padre y se fía de él sin la menor duda, convencido como está que el padre le ama y no puede desear sino el bien de su hijito mimado.


Quia respexit humilitatem ancillae suae . . . fecit mihi magna qui potens
est (Luc. 1, 48-49).

Si María Santísima no nos hubiera dejado más que esta enseñanza, nos habría
indicado ya en esas palabras la síntesis de todo el Evangelio. Con una sola cosa no transige nunca Dios, con la soberbia, y nunca resiste a la pequeñez reconocida y confesada. La Vulgata traduce por humildad la palabra griega "tapéinosis", que es pequeñez, debilidad, flaqueza, bajeza. Esta pequeñez o infancia espiritual es la gran bienaventuranza de los pobres de espíritu (Mat. 5, 3) , según la cual los que se hacen niños no sólo serán los grandes en el reino de los cielos (Mat. 18,4), sino también los únicos que entran en él. Nisi efficiamini sicut parvuli, non intrabitis in regnum coelorum (Mat: 18, 3). Muy legítimo y aún necesario parecerá a muchos el que se diga bien de ellos y de sus obras, pero Jesucristo no comparte sus ideas (Luc. 6,26). La pequeñez, el ser arrinconado, tenido por de poco valer, no se armoniza con el criterio corriente … J esucristo, entre otras paradojas dijo también éstas: Beati eritis cum vos oderint . . . separaverint . .. exprobraverint . . . et ejecerint nomen vestrum tanquam malum (Luc. 6, 22). ¿Quién más pequeño que el que es tenido por imperfecto y malo?. . . Gaudete in illa die et exultate; merces vestra multa est in coelo (Luc; 6,23).



Confitebor tibi, Domine, quod abscondisti haec a sapientibus et prudentibus
et revelasti ea parvulis (Luc. 10, 21).

He aquí de nuevo el gran misterio de la infancia espiritual que no acabamos de aceptar porque repugna al orgullo y la inteligencia razonadora y a la presunta propia suficiencia. La doctrina del Evangelio fue escándalo y locura (I Cor. 1, 28). No hemos cambiado de opinión del todo. En el Paternoster, nos enseña el Señor a pedir: Et ne nos inducas in tentationem (Luc. 11, 4). El confesar nuestra debilidad para vencer la tentación le agrada más que la presunción de poderla vencer. No nos ha enseñado a pedir tribulaciones y tentaciones. El fracaso de Pedro –animam meam pono pro te (Jn. 13, 37)- es una enseñanza. Dios prefiere vernos pequeños como niños a vernos heróicos y presumidos. Los pequeños penetran los secretos de la Escritura. 1 Cor. 12, 31, era texto muy conocido, pero sólo Santa Teresita vio en ese texto la orientación de su vida: "Mi vocación es el amor". El racionalista lee en el Evangelio "capilli capitis vestri omnes numerati sunt" (Luc. 12, 7) y piensa: es un modo de decir alegórico. El pequeño dice: "Ni la madre más cariñosa llega a contar los cabellos de su pequeñuelo"; y Dios lleva cuenta. ¡Qué amor me tiene Dios! ¿Dudaremos de esas palabras porque son demasiado tiernas? ¿No son acaso palabras de Dios como tantas otras del Evangelio?


P. JOSÉ FUCHS – Revista Bíblica de Mons. Straubinger.
  

domingo, 14 de agosto de 2016

LA IGLESIA DE LA PUBLICIDAD




De los capítulos 6 y 23 del Evangelio según San Mateo.



La “Iglesia de la Publicidad”, en expresión que solía usar el Padre Meinvielle, es una forma de denominar el peor enemigo que corroe a la Iglesia, el peor enemigo de Cristo, el más dañino: el fariseísmo. Éste, pletórico de orgullo, se recomienda permanentemente a sí mismo y, para tal fin, además, denigra al verdadero cristiano, aquel que sin siquiera meterse con él, pero postrado en su humildad, pone en entredicho y cuestión la impostura del orgulloso. La parábola del fariseo y el publicano enseña esto de manera insuperable.

La exteriorización de la fe, vaciada de su interioridad –al Padre celestial le gusta que lo adoren en espíritu y en verdad-  se ha valido de los medios modernos de exposición de la imagen para dar a conocer al mundo sus “bondades”. Esto es muy claro en la iglesia conciliar que advino con el Vaticano II. Luego, ello fue tomando lugar en las fuerzas de la Tradición, como la FSSPX,  que, a fin de agradar a los romanos modernistas, adoptó una política “misionera” empresarial, vendiéndose como una imagen de marca. Pero también ese fariseísmo que sonríe mientras por detrás sostiene un puñal traicionero se ha visto y se ve en su exhibicionismo que linda con la más crasa frivolidad, en una secta que se ha desprendido de la Resistencia, para internarse turbulentamente en el seguimiento ciego a un líder “carismático”, cuya imagen preside o abunda en todos los blogs que no dejan de dar detalles de sus "giras" y viajes de turismo.

“El trabajo apostólico por excelencia –enseña Mons. Straubinger- es hacer conocer el Evangelio (…) en ello debemos renunciar a ver el fruto inmediato, y aun ser perseguidos, pero ese fruto es el más seguro y el más precioso de todos” (Nota al Salmo 125,6; las negritas son nuestras). Lo que sucede con esta secta como en general con todos los que participán de esta “Iglesia de la Publicidad” es que pretenden demostrar con sus constantes presentaciones fotográficas no sólo una propia recomendación sino los supuestos frutos bondadosos de este apostolado. Curiosamente la secta de que hablamos se ha pretendido hacer fuerte en base a la parábola de los buenos y malos frutos, siendo ellos, desde ya, los primeros, libres de la menor contaminación. Para hacer tal demostración el susodicho líder sectario se fotografía sistemáticamente tras cada una de sus misas rodeado de sus fieles, exhibiendo grandes sonrisas de plena conformidad. Habiendo fustigado tantas veces a la Neo-FSSPX, ahora esta gente utiliza el mismo método para, farisaicamente, recomendarse a sí mismos. Los fieles son llevados así, en su mayoría inadvertidamente, a ser los comparsas de una “exitosa” campaña publicitaria que pone en el centro al “exitoso” sacerdote y deja afuera a quien es en verdad el único protagonista: Jesucristo.

Por supuesto que ocasionalmente y tras una visita de un obispo o sacerdote a una comunidad, éstos pueden agradecidos tomarse una fotografía en su compañía, con el fin de ilustrar una crónica de la no habitual visita. Pero otra cosa es por sistema pretender mostrar los “buenos frutos” usando a los incautos fieles. Cualquiera sabe que para intentar vender un producto –desde jabones y hamburguesas hasta universidades y políticos en tiempo de elecciones- debe recurrirse a la sonrisa publicitaria. Esta sonrisa sería la marca identitaria que certifica la bondad del producto y la satisfacción del cliente. Pues bien, el mismo método aplicado –y, como decimos, con vanidosa insistencia- en grupos religiosos no hace otra cosa que desnudar la falsedad de tal apostolado. El fruto seguro y más precioso de todos, como dice Mons. Straubinger, no es inmediato, ni tampoco es fotografiable. Ese fruto es el vínculo de la caridad entre los fieles, es la fe que no se busca a sí misma como orgulloso emblema sino que en todo mira por la gloria de Dios, es la verdad que no ambiciona imponerse con soberbia, y es el alma sencilla que comprende lo que es la sabiduría que viene de lo alto: “La sabiduría que desciende de arriba es en primer lugar llena de pudor; además, pacífica y modesta, dócil, concorde con lo bueno, llena de misericordia y de excelentes frutos; no se mete a juzgar, y está ajena de hipocresía, y el fruto de justicia se siembra en paz, para aquellos que hacen paz” (Sant. 3, 17-18). No la autopromoción, sino la desconfianza en sí mismos, es lo que atrae la misericordia de Dios y su predilección por los pequeños, que son los únicos que llegan a conocer su Corazón.  


INFANCIA ESPIRITUAL





MONSEÑOR JUAN STRAUBINGER

En San Mateo XVIII, 1-4 y en San Marcos X, 14-15, etc., Jesús declara que los mayores de su Reino serán los niños y que no entrarán en ese Reino los que no lo reciban como un niño. Como un niño. He aquí uno de los alardes más exquisitos de la bondad de Dios hacia nosotros, y a la vez uno de los más grandes misterios del amor, y uno de los puntos menos comprendidos del Evangelio; porque claro está que si uno no siente que Dios tiene corazón de Padre, no podrá entender que el ideal no esté en ser para El un héroe, de esfuerzos de gigante, sino como un niñito que apenas empieza a hablar.

¿Qué virtudes tienen esos niños? Ninguna, en el sentido que suelen entender los hombres. Son llorones, miedosos, débiles, inhábiles para todo trabajo, impacientes, faltos de generosidad, y de reflexión y de prudencia; desordenados, sucios, ignorantes, y apasionados por los dulces y los juguetes.

¿Qué méritos puede hallarse en semejante personaje? Precisamente el no tener ninguno, ni pretender tenerlo robándole la gloria a Dios como hacían los fariseos (cfr. San Lucas XVI, 15; XVIII, 9 ss.). Una sola cualidad tiene el niño, y es el no pensar que las tiene. Eso es lo que arrebata el corazón de Dios, exactamente como atrae el de sus padres; es lo que Jesús alaba en Natanael (San Juan I, 47): la simplicidad, el no tener doblez. Simple quiere decir "sin plegar” es decir sin repliegues ocultos, sin disimulo, o sea sin afectar virtudes, ni ocultar las faltas para quedar bien, sino al contrario, mostrándose a su madre con sus pañales como están, sabiendo que sólo ella puede lavarlo, y entregándose totalmente a que su padre lo lleve de la mano, porque cree en el amor de su padre; y por eso, no dudando de cuanto él le dice, no pretende tener para sí la ciencia del bien y del mal".

En el momento en que la malicia entra en el corazón del niño, pierde automáticamente la docilidad, porque la serpiente sembró en él, como en Eva, la duda contra su padre. Así empezamos todos a desconfiar de la bondad, del amor y de la sabiduría de nuestro Padre celestial, y entonces su Reino ya no puede ser nuestro.

Entonces empezamos a ambicionar sabiduría y virtudes propias, como los fariseos. Cuando el niño comienza a valerse por sí mismo, deja de necesitar a sus padres y naturalmente se aleja de ellos, es decir, pierde ese contacto permanente que con ellos tenía mientras necesitaba que lo lavasen, lo vistiesen, le diesen de comer y lo llevasen de la mano. Ese contacto que era, al mismo tiempo que el sumo bien para el niño, la suma alegría para sus padres.

Con respecto a Dios, esa autonomía o suficiencia no nos llega a ninguna edad, porque sin Cristo no podemos nada, ni saber, ni pensar, ni obrar, ni menos gloriamos de nuestros méritos o virtudes. De ahí que Santa Teresita quería no crecer nunca, quería seguir siendo siempre niña delante de Dios.

El niño se deja formar, como María, que primero dice: Hágase en mí según tu palabra (Luc. I, 38) y después de haberse entregado, "bienaventurada por haber creído (Luc. I, 45), proclama que todos la felicitarán "porque el Poderoso, el Santo, el Misericordioso hizo en ella grandezas" (Luc. I, 48 y ss.). No hizo Ella grandezas, sino que se las hicieron.

El día en que el hombre deja de ser niño y se siente capaz de hacer por sí mismo algo sobrenaturalmente bueno, se coloca automáticamente fuera del Reino de Dios, según lo vemos en las palabras de Jesús. Porque El nos dijo que nadie es bueno, sino Dios solo (Luc. XVIII, 19). Y Dios no quiere rivales que le disputen su santidad. Quiere hijos pequeños, hermanos del Hijo grande Jesucristo (Rom. VIII, 29) que en todo vivan de lo que les dé su Corazón paterno, como lo practicó Jesús, que no daba un paso sin repetir que todo lo recibía del Padre.

El que quiere rivalizar con Dios en virtudes, es porque quiere rivalizar con El en méritos y en gloria, como nos lo enseñó Jesús en la parábola del fariseo y el publicano. Y en esta materia, la “negación de sí mismo" tiene que ser total y absoluta. Por eso la humildad cristiana consiste en ser así, como los niños... y en no ser como esclavos.


(Espiritualidad Bíblica, Editorial Plantín, Buenos Aires, 1949)

jueves, 14 de julio de 2016

FSSPX CONTRA NEO-FSSPX O LA SANTA AUDACIA CONTRA LA “SANTA DIPLOMACIA”



Primer número de la revista Iesus Christus, del Distrito América del Sur.
Por entonces se llamaba a las cosas por su nombre.


“En razón del rechazo de considerar nuestros pedidos, y siendo evidente que el objetivo de esta reconciliación no es en absoluto el mismo para la Santa Sede que para nosotros, creemos preferible esperar momentos más propicios cuando Roma vuelva a la Tradición (…)
Continuaremos rezando para que la Roma moderna, infestada de modernismo, vuelva a ser la Roma católica y recobre su Tradición dos veces milenaria. Entonces, el problema de la reconciliación ya no tendrá razón de ser y la Iglesia volverá a tener una renovada juventud.”

Mons. Lefebvre, Carta a Juan Pablo II, 2 de junio de 1988.


“Para Roma el objetivo de las conversaciones es la reconciliación, como lo dice el Cardenal Gagnon en una entrevista concedida al diario italiano “L’Avvenire”, es decir, el regreso de la oveja descarriada al redil. Es lo que yo expreso en la carta al Papa del 2 de junio: “el objetivo de las conversaciones no es el mismo para Vos que para nosotros.
Cuando pensamos en la historia de las relaciones de Roma con los tradicionalistas desde 1965 hasta nuestros días nos vemos obligados a comprobar que se trata de una persecución cruel y sin descanso para someternos al Concilio.(…)
La Roma actual, conciliar y modernista no podrá tolerar jamás la existencia de una rama vigorosa de la Iglesia Católica que con su vitalidad la condena”

Mons. Lefebvre, Econe, 19 de junio de 1988.



Comenta Mons. Straubinger sobre los Apóstoles:

“Esta santa audacia para predicar la divina Palabra sin disminuirla, es la gracia que más anhelaban los apóstoles” (Nota a Hechos 4,13).

Para no perder ni disminuir esa santa audacia Mons. Lefebvre prefirió romper con la Roma ocupada por los modernistas. Entendió claramente –dolorosamente- que esa Roma no estaba dispuesta a permitir la predicación de la Verdad entera y sin compromisos.

Los Apóstoles habían dado ya testimonio de esto cuando dijeron al linaje sacerdotal en el Sinedrio, ante la prohibición de hablar en el nombre de Jesús:

“Nosotros no podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oido” (Hechos 4,20)

Al respecto comenta Mons. Straubinger:

“En esta bellísima confesión, que más parece un desahogo del alma apostólica, vemos la fuerza incontenible del Evangelio (…) Es la embriaguez del Espíritu, que los hace pasar por borrachos ante el mundo, como Cristo pasaba por loco ante sus parientes”.

Decididos a confesar la verdad, estaban dispuestos a pasar por locos o borrachos ante el mundo. Hoy la Neo-FSSPX afirma que quiere confesar íntegra la verdad pero sin tener que pasar por locos, borrachos, rebeldes, cismáticos, cobardes o lo que fuere. Buscan el “Reconocimiento” de aquellos que deploran la verdad. Quieren el beneficio inmenso de la verdad sin pagar el precio que significa poseerla.

viernes, 3 de junio de 2016

DIOS JUSTO Y MISERICORDIOSO





MONS. DR. JUAN STRAUBINGER



  
I

No nos conviene, ciertamente, que Dios sea justo, en el sentido humano de la palabra. El litigante desea un justo juez cuando su causa es buena. Pero cuando la causa es mala, cuando no tiene razón, ¿acaso le conviene un juez justo?

Ahora bien, ¿qué tal es la causa nuestra delante de Dios? EI mismo nos lo enseña por si acaso nuestra ceguera no lo viese: “Ningún viviente puede aparecer justo en tu presencia”, dice el Profeta David (Sal. CXLII, 2); y en otra parte: “Si examinaras, Señor, nuestras iniquidades, ¿quién podría subsistir? (Sal. CXXIX, 5). “Si dijéramos que no tenemos pecado, nosotros mismos nos engañamos, y no hay verdad en nosotros” (I Juan I, 8).

¿Qué haríamos, pues, con un juez justo?

Jesús, que es y será nuestro Juez porque el Padre así lo quiso, ha definido su justicia en estos términos: “EI Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que había perecido” (Luc. XIX, 10). “Que no envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que por su medio el mundo se salve” (Juan III, 17).

¿En qué consiste, pues, la justicia de Dios? ¿Acaso será que el Padre sea más severo que su Hijo en materia de justicia? Parece que debiéramos dudarlo cuando vemos que San Pablo lo llama "Padre de las misericordias y Dios de toda consolación" (II Cor. I, 3) y que desde el Antiguo Testamento nos dice el mismo Padre: "¿Acaso quiero Yo la muerte del impío, y no antes bien que se convierta de su mal proceder y viva?” (Ez. XVIII, 22).

Pero donde se ve hasta qué punto llega la justicia de Dios, es en las palabras de su Hijo que nos hace aquella inaudita revelación: "Tanto amó Dios al mundo que no reparó en dar a su Hijo Unigénito..." (Juan III, 16). ¿Es esto justicia, condenar al inocente para salvar al culpable?

II

Se dirá: Bueno, eso lo hizo Dios una vez. Pero ahora será sin duda más severo. Veamos lo que dice San Pablo: "Lo que hace brillar más la caridad de Dios hacia nosotros es que cuando éramos aún pecadores, Jesucristo, al tiempo señalado, murió por nosotros; con mayor razón, pues, ahora que estamos justificados por su Sangre, nos salvaremos por Él de la ira" (Rom. V, 8). "El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo después de habernos dado a Él, dejará de darnos cualquier otra cosa?" (Rom. VIH, 32).

Quiere decir, pues, que ahora el Padre es aún “menos justo" que antes. Entonces ya nos llamaba a su mercado diciendo: “Venid y comprad sin dinero” (Is. LV, 1). ¿Qué “justicia” puede haber donde se vende sin dinero?

jueves, 28 de abril de 2016

ESPIRITUALIDAD DEL EVANGELIO SEGÚN SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS




El problema religioso, para la huma­nidad caída, se designa en la Escritura con una palabra: CONTRADICCION (1). Y se resuelve con otra palabra: AMOR (2), la cual presupone la fe (3) o sea el conocimiento y aceptación del mensaje de AMOR que Dios Padre nos envió por su Hijo Jesucristo en el Evan­gelio (4).

El hombre que es capaz de creer que es AMADO como hijo, por aquel mismo Dios que CONTRADICE sus malos ins­tintos, ése tiene resuelto el problema religioso.

Para ello no hay más condición que la de “hacerse pequeño a fin de poder comprender” (5) que, no teniendo el hombre de propio más que la mentira y el pecado (6), vamos a pura ganancia al tomarnos de la mano de nuestro Pa­dre, el cual sólo espera ese acto para colmamos con la gracia y dones de su Espíritu Santo, que quita entonces aquel fantasma de la CONTRADIC­CION (7).

La gran sorpresa y maravilla consis­te en descubrir que este acto filial de entrega confiada, que sólo parecería un perfecto negocio para nuestro EGOIS­MO, resulta al mismo tiempo la supre­ma VIRTUD a los ojos de Dios, simple­mente porque EL TIENE CORAZON DE PADRE (8), y de Madre a un tiem­po (9). ¿Hay mayor felicidad para nos­otros?

Entonces comprendemos el camino se­ñalado por Jesús como UNICO camino: El que no es como niño no entrará al Reino; y quien se vuelve niño es el pri­mero en el Reino (10), así como el hijo más pequeño, sin mérito propio es objeto de la predilección paterna.

Para reconocer la insuperable santi­dad de este espíritu filial, basta saber que es el mismo espíritu de Jesús, o sea que la plenitud del Espíritu Santo con­siste EN SENTIRSE HIJO del Padre, según la enseñanza de San Pablo: Dios envió a nuestros corazones el espíritu de su Hijo, que nos hace clamar: ¡Pa­dre! (11).

Notemos, para nuestro gozo, qué, se­gún esta revelación de San Pablo, ese espíritu que significa todo nuestro bien es también un DON GRATUITO DEL PADRE, o sea que basta desearlo para tenerlo, como que Él está deseando dár­noslo (12) a fin de poder derramar sobre nosotros todos los tesoros de su amor y bondad amándonos como a nues­tro Hermano Jesús (13) y glorificándo­nos como a El (14).

Esta es la espiritualidad que Santa Teresa del Niño Jesús extrajo como esencia del Evangelio, con el nombre de INFANCIA ESPIRITUAL, y que el Sumo Pontífice Benedicto XV calificó definitivamente diciendo: es el secreto de la Santidad.


P. ANTONIO P.
Mons. Juan Straubinger, Revista Bíblica.

(1) Ver Luc. 2,34.
(2) Juan 14, 23-24
(3) Gál. 5,6.
(4) Juan 17,3.
(5) Luc. 10,21.
(6) Denz. 195.
(7) Juan 4,14. 7, 38-39. Ez. 36, 26-27.
(8) Salmo 102, 13.
(9) Is. 66,13.
(10) Mat. 18, 3-4.
(11) Gál. 4,6.
(12) Luc. 11,13.
(13) Juan 17,23 y 26.
(14) Ef. 1,5, 2,6, Rom. 8, 29-30; Col. 1, 13, I Juan 3,2.


miércoles, 16 de marzo de 2016

FIDELIDAD




“La fidelidad del hombre a Dios, lejos de ser un favor que a El le hacemos, 
es un favor, el más grande, que recibimos de El (Denz. 199)”.


Mons. Juan Straubinger, Coment. a I Cor. 7,25.


martes, 8 de marzo de 2016

EL MISTERIO DE LA MISERICORDIA DIVINA





No entres en juicio con tu siervo, por­que ante Ti ningún viviente es justo.
(Salmo 142, 2)


Alguien que, por una rápida infección en la cara se halló a un paso de la muer­te sin perder el conocimiento, ha narra­do las angustias de ese momento para el que quiere prepararse al juicio de Dios. Sentía necesidad de dormir pero lucha­ba por no abandonarse al sueño porque tenía la sensación de que éste era ya la muerte y que en cuanto se durmiese des­pertaría en el fuego del purgatorio. Aunque había hecho confesión general y recibido los sacramentos le faltaba todo consuelo y la certeza del purgato­rio se le imponía como una necesidad de justicia, pues tenía, claro está, concien­cia de haber pecado muchas veces pero no la tenía de haberse justificado sufi­cientemente ante Dios. Una religiosa enfermera a quien le confió esa tremen­da angustia espiritual no hizo sino con­firmarle esos temores, como si debiese estar aún muy satisfecho de que ese fuego no fuese el del infierno. Salvado casi milagrosamente de aquel trance —agrega— me consulté con un sacerdo­te, que me aconsejó leer y estudiar el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, y allí encontré lo que asegura la paz del alma, pues al comprender que nadie puede aparecer justo ante Dios (S. 142, 2) y que nadie es bueno sino Dios (Luc. 18, 18) comprendí que sólo por la mise­ricordia podemos salvarnos y que en eso precisamente consiste nuestro consuelo, en que podemos salvarnos por los méritos de Jesucristo, pues para eso se en­tregó Jesús en manos de los pecadores. Maravillosa e insuperable verdad, que nos llena más que ninguna otra de ad­miración, gratitud y amor hacia Jesús y hacia el Padre que nos lo dio. Ella que­dará grabada para siempre en el alma que haya meditado este misterio de la misericordia divina.


Mons. Dr. Juan Straubinger