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jueves, 9 de julio de 2020

PEDRO SANCHEZ, PRESIDENTE MARXISTA DE ESPAÑA CONFIESA QUE FRANCISCO LO AYUDÓ EN LA PROFANACIÓN DE LA TUMBA DE FRANCO / ALBERTO BÁRCENA: “LA EXHUMACIÓN DEL GENERAL FRANCO FUE UN RITUAL MASÓNICO SATÁNICO”






Por Fernando Beltrán | 08 julio, 2020

“En el Valle de los Caídos había una comunidad de benedictinos que estaba muy en contra de la exhumación. Pedí la intervención del Vaticano. Y todo salió bien”.

Pedro Sánchez, presidente de España, ha concedido una entrevista a Il Corriere della Sera que ha sido publicada hoy. En ellas, el presidente socialista es preguntado sobre las relaciones con la Iglesia y sobre el Papa Francisco.

El entrevistador pregunta sobre las relaciones de la Iglesia con el PSOE “después de tantas tensiones” y sobre qué ha cambiado con el Papa Francisco.
“Las relaciones son pacíficas” ha explicado el presidente español. “Francisco es un papa carismático, espero poder conocerlo”, ha confesado Sánchez, que confiesa al periodista que, en el asunto de la exhumación de Francisco Franco el Pontífice le ayudó.

Te diré una cosa: en el asunto del cuerpo de Franco me ayudó. En el Valle de los Caídos había una comunidad de benedictinos que estaba muy en contra de la exhumación. Pedí la intervención del Vaticano. Y todo salió bien”, ha asegurado Pedro Sánchez.



La exhumación del General Franco fue un ritual masónico satánico.
Por Alberto Bárcena




lunes, 25 de mayo de 2020

ESPAÑA Y EL PANDEMONIUM DEL COVID-19



No es nuestra primera pandemia: Franco superó dos más letales que el coronavirus sin apenas muertos ni confinamientos


viernes, 20 de noviembre de 2015

FRANCISCO FRANCO: DEFENSOR DE LA HISPANIDAD Y MODELO DE POLÍTICA AGONAL








No por conocida es menos válida la ajustada metáfora con que Maeztu empieza su notable Defensa de la Hispanidad: “España es una encina medio sofocada por la yedra”. La yedra se vuelve a veces tan frondosa y exuberante –nos explica don Ramiro- que apenas si deja ver la arboladura; por lo que pueden creer algunos que el ser de España “está en la trepadora y no en el árbol”. Más sólo el árbol tiene raíces antiguas, genuinas y hondas. El resto no es capaz de sostenerse por sí mismo, pero puede acabar invadiendo la tierra hasta asfixiarla, como imaginó Saint Exúpery en el planeta de su pequeño príncipe.

En análoga línea de visiones patrias, Ximénez de Sandóval identifica a España con “una piel de toro, extendida sobre las verdiazules aguas de tres mares”. Y se pregunta qué ha pasado durante siglos sobre ese peculiar horizonte taurino. “Sueños infinitos”, responde, “a la sombra de las espadas y las cruces”. Sin embargo –acota precisando la contestación- hay hombres que no han pasado. Son aquellos que han vivido al servicio de esos altos ideales que el Crucifijo y el Sable emblematizan. Y no han pasado porque al morir fueron “a fundirse con la estirpe de la tierra, volviendo a resucitar en ella”. La piel de toro los recibió en su sangre, hospitalariamente.

Sirvan estas imágenes literarias para evocar a Francisco Franco, tras cuarenta años de su muerte.

Porque tuvo el Caudillo, por un lado, el don connatural de inteligir la identidad española; e inteligiéndola, el coraje necesario para custodiarla en la hora difícil de la prueba. Identidad que no se agitaba en unas planicies, ni en sembradíos ni en oteros o chopos nevados, por pintorescos que resultasen; se sostenía en la fe católica, se amalgamaba con ella en indivisible juntura, se inauguraba y se clausuraba en el altar del Señor. La Hispanidad que concibiera Franco era el modo legítimo de llamar a la Cristiandad, la edificación de la ciudad terrena sin perder de vista la Ciudad Celeste.

Por eso, cuando vio la yedra del marxismo queriendo sofocar a la encina; cuando la maraña del bolchevismo amenazaba su porte y la greña funesta de todos sus secuaces ponían en peligro el frescor y fulgor del noble arbusto, se levantó en armas para tutelarlo y mantenerlo enhiesto, llamando al Alzamiento con el exacto y sonoro nombre de Cruzada.

Desde su proclama en Tetuán, durante la gloriosa jornada del 18 de julio, hasta su mensaje postrero, en marcha ya hacia el Valle de los Caídos, una sola y perfecta es su concepción de la Hispanidad. La misma que expresara ante los héroes del Alcázar, o aquel 20 de mayo de 1939, cuando en la iglesia castrense de Santa Bárbara depositó su espada victoriosa al pie del Señor de los Ejércitos: “Señor” –dijo entonces- “acepta complacido la ofrenda de este pueblo, que conmigo y por tu nombre ha vencido con heroísmo a los enemigos de la Verdad, que están ciegos. Señor Dios, en cuyas manos está todo derecho y todo el poder, préstame tu asistencia para conducir a este pueblo a la plena libertad del imperio, para gloria tuya y de la Iglesia. Señor, que todos los hombres conozcan a Jesús, que es el Cristo, Hijo de Dios vivo”.

miércoles, 22 de julio de 2015

ESPAÑA, DE AYER A HOY, DE UN DESFILE A OTRO, DE DIOS AL DIABLO


Desfile de la Victoria, 1973. Gobierno católico de Francisco Franco.



Desfile del “Orgullo Gay” 2014. Democracia masónica sodomítica 


martes, 21 de julio de 2015

ESPÍRITU DE RESISTENCIA



El Asedio del Alcázar.



Por Blas Piñar Gutiérrez.


Una de las claves del triunfo nacional en la guerra de liberación española lo encontramos en el espíritu de resistencia y sacrificio, tanto individual como colectivo, de quienes reaccionaron ante el más que probable exterminio político, social y material de España. La capacidad de mantener la entereza, aún en situaciones en extremo desfavorables e incluso desesperadas, fue una de las características de indudable repercusión en el resultado de la contienda. En definitiva -desde un principio- dicho espíritu, que implicaba muchas veces la propia inmolación, se convirtió en un factor decisivo que marcó el carácter del enfrentamiento y la resolución del conflicto.

Lo llamativo es que en los bandos enfrentados, a uno y otro lado, militaban hombres y mujeres que básicamente no presentaban diferencias notables entre sí. De hecho el miliciano y el soldado frentepopulista demostraron, en el frente, un enorme valor y una patente capacidad de superación, lo que hizo especialmente duro el combate y alargó el desarrollo de la guerra. La diferencia estribó en la virtud de los nacionales, manifestada repetidamente, de persistir en la firmeza y determinación de su conducta, sin deterioro de la voluntad de lucha, en condiciones que podríamos calificar de imposibles. Algo sobrehumano tenía que inspirar dichas actuaciones.

La explicación la encontramos en la dicotomía existente entre los valores e ideales que animaban a uno y otro lado, cuestión en la que se encontraba el origen de la profunda discordia. Los revolucionarios peleaban con unos objetivos donde predominaba el aspecto reivindicativo, materialista, inmediato, antirreligioso y destructivo, para imponer un nuevo orden de cosas basado en la supremacía de la clase proletaria, en el que era preciso suprimir -en fondo y forma- toda oposición real o imaginaria. Las creencias y el planteamiento de los alzados -por su parte- era más amplio, profundo, positivo y transcendente, pues entendían que siendo imprescindible la consecución del bien común y el bienestar social y material sin exclusiones, esto no es posible si se prescinde y aniquila la esencia espiritual tanto de las personas como de la Nación en la que están integradas.

De ahí las diferentes tesituras ante unas perspectivas drásticamente arriesgadas, donde está en juego la propia existencia. El sujeto dominado por el materialismo, una vez perdida la certeza en el triunfo cercano, abandona más fácilmente los estímulos que lo mantienen en liza y se muestra más propicio a la conservación de la vida, en espera de que -más adelante- puedan cambiar favorablemente las circunstancias para poder seguir peleando. Los de enfrente -por su parte- son conscientes y por lo tanto responsables, de que para el triunfo final, aunque éste no parezca posible, es imprescindible el ejemplo y el sacrificio ilimitado, sin importar el resultado ligado directamente a la acción. Influye, por encima de todo, la conciencia de sus obligaciones con Dios y con España, así como con quienes se integran en la propia facción, pero sin olvidar -en ningún momento-a los que circunstancialmente son considerados enemigos, pero que en cualquier caso se quiere atraer.

Reflejo claro y significativo -aparte de los reiterados acontecimientos que lo confirman- del diferente espíritu que animó el sangriento choque de ambos bandos de nuestra guerra reciente, es el estilo inconfundible y contrapuesto de las canciones que se escribieron y entonaron antes, durante y después de la guerra.

Pero son ciertamente las repetidas resistencias numantinas en el bando nacional las que jalonan el desarrollo de la contienda y cambian su signo, desfavorable en su inicio. Desde las primeras jornadas del Alzamiento Nacional se suceden los hechos heroicos, de signo defensivo, que logran un vuelco portentoso -sobre todo- en la moral de los contendientes. Porque si desde el punto de vista militar la acción ofensiva resulta necesaria para la obtención de la victoria en el campo de batalla y en ella se vuelca el esfuerzo mayor en cantidad y calidad, no es menos cierto que ésta no es posible -la mayor parte de las veces- sin una previa o simultánea acción defensiva que, no sólo desgasta y consume las capacidades del adversario, sino que permite la concentración de medios para mantener la iniciativa. La combinación acertada de ambas acciones en tiempo y espacio ponen de manifiesto la supremacía en la dirección logística, estratégica y táctica de la guerra.

Así sucedió en la contienda española de 1936-1939. En el periodo inicial, o guerra de columnas, los nacionales tomaron rápidamente la iniciativa cruzando el Estrecho de Gibraltar, uniendo las dos zonas sublevadas, avanzando hacia Madrid desde el norte y el sur, tomando San Sebastián etc.

Pero al mismo tiempo diferentes núcleos de feroz resistencia “distraían” a las fuerzas frentepopulistas facilitando el avance nacional, elevando la moral propia y debilitando la del contrario. Tal fueron los casos del Alcázar de Toledo, Oviedo (cerco inicial y embestidas posteriores), puerto de los Leones, Somosierra, cuartel de Simancas en Gijón o santuario de Santa María de la Cabeza. En los dos primeros asedios los defensores supervivientes pudieron ser liberados, mientras que en los dos últimos -más heroicamente si cabe- sucumbieron ante la superioridad enemiga o la prolongación en el tiempo. Pero en el transcurso posterior de la lucha estos hechos, de alto contenido simbólico, vuelven a repetirse en combates más importantes y encarnizados y de considerable repercusión en el devenir de la guerra. Son, a modo de ejemplo, las decididas resistencias a la ofensiva republicana sobre La Granja de San Ildefonso y Segovia, o la barrera que constituyeron Brunete, Quijorna, Vilanueva del Pardillo, Vértice Mosquito… en la ofensiva roja desencadenada en el frente de Madrid, para intentar parar la ofensiva nacional en el norte.

Hechos similares se repiten en el frente de Aragón, resultando imprescindible recordar los asedios de Huesca y Teruel, o defensas inconcebibles como la de Belchite, cuyas ruinas constituyen un testimonio escalofriante de la dureza del asedio. Pero además podemos añadir nombres como Alcubierre, Quinto, Codo…

El fulgurante éxito del paso del Ebro y la rápida penetración posterior, da origen a una nueva defensa a ultranza que alcanza su mejor representación en la tenaz resistencia de Gandesa. A todo ello podemos añadir la estoica fortaleza ante los ataques -con medios muy superiores- en frentes considerados secundarios como Vitoria, Toledo o Peñarroya. Pero el paradigma de este espíritu de defensa y sacrificio en condiciones titánicas de incomprensión, dificultades de todo tipo, intensidad y características de la lucha (guerra de minas), además de su dilatada prolongación en el tiempo, lo podemos situar en las unidades que combatieron en la cabeza de puente de la Ciudad Universitaria de Madrid, durante dos años y medio.

Conviene no olvidar que en el bando contrario también supieron -sin el proceder generalizado de los nacionales- aplicar el repetido principio “resistir es vencer”, como quedó demostrado en la defensa de Madrid, la bolsa de Bielsa o la cabeza de puente del Ebro. La consistencia del lema “Por Dios y por España”, afianzado en el ánimo de los combatientes nacionales, se mostró -en todo caso- superior a las ansias revolucionarias de sus oponentes, que tardíamente quisieron apelar a la Patria cuando comprobaron la insuficiencia de sus motivaciones originales.

Pero si en la guerra resulta imprescindible el espíritu profundo de resistencia, en la paz no podemos adoptar una actitud diferente, si queremos que se respeten y asienten nuestros valores. Por desgracia, la falta de compromiso y la indiferencia más absoluta ante asuntos trascendentales se han adueñado -en general- de nuestra sociedad que, despreciando el esfuerzo y sacrificio de las generaciones que nos han precedido, consiente que se destruyan paulatinamente los cimientos de la convivencia. De este modo -a día de hoy- los principios permanentes parecen no existir; los fundamentos religiosos se atacan abiertamente o se mimetizan, manipulan y distorsionan sin pudor alguno; España, acosada por dentro y por fuera, se ve reducida a una selección deportiva o una marca comercial, nada más alejado de su esencia; la propia naturaleza y dignidad humanas son pisoteadas desde los propios ámbitos del poder.

Pocos o muchos – no importa-, mujeres y hombres mantenemos el mismo espíritu de antaño, aunque las perspectivas humanas nos sean totalmente desfavorables. Nuestra Fe, con la ayuda de Dios, es indestructible, y en consecuencia nuestra voluntad de salvaguardia de lo no negociable y la confianza en la victoria final no han sufrido merma alguna. La ofrenda de nuestra dedicación -incluida la vida- quedó sellada desde que asumimos de nuestros padres y predecesores el compromiso sagrado con Dios y con España.

*General de Brigada de Infantería (R)


sábado, 29 de noviembre de 2014

NEO-FSSPX: "POLÍTICAMENTE CORRECTA"




FUENTE  
Todos los años desde el 2004, los días 20 de noviembre, los señores Olivier (qepd) y Hélène Grimaldi, del Círculo Franco-Hispano, organizaban una misa por Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera en San Nicolás de Chardonnet. El jefe de la falange fue asesinado por los rojos el 20 de noviembre de 1936. El Jefe de Estado Francisco Franco murió en Madrid el 20 de noviembre de 1975.

Un pequeño libro acaba de aparecer con las homilías predicadas (en esta misa) por el Padre Beauvais todos los años, del 2004 al 2013. Este libro aparece precisamente cuando ya no se celebrará más esta misa.

El P. Beauvais, prior de San Nicolás de Chardonnet fue transferido, por orden de sus superiores, y el nuevo prior es el P. de La Rocque, de la familia del difunto coronel de La Rocque, conocido por su moderación y su legalismo respecto de la República. El P. de La Roque ha dispuesto suprimir definitivamente esta misa “por orden de sus superiores jerárquicos”. 

Para la actual dirección de la FSSPX, que busca un acuerdo con Roma, las misas públicas por Franco y José Antonio son comprometedoras. 

Es con estas ignominias que vemos cómo el valor y el sentido del honor son virtudes cada vez más raras. Como lo escribió Bernanos, no hay nada peor que el sacerdote mediocre, por el contraste entre la sublimidad del misterio que predica y la villanía espantosa de sus acciones.


France Fidele, en cambio, nos anuncia que el P. Salenave, de la USML, celebrará la Misa por el eterno descanso de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera el 30 de noviembre en París.



Palabras del General Francisco Franco en el entierro de José Antonio Primo de Rivera:

José Antonio, símbolo y ejemplo de nuestra juventud: en los momentos en que te unes a la tierra que tanto amaste, cuando en el horizonte de España alborea el bello resurgir que tú soñabas, repetiré tus palabras ante el primer caído: Que Dios te dé el eterno descanso y a nosotros nos lo niegue hasta que hayamos sabido ganar para España la cosecha que siembre tu muerte.


(El Escorial, 28 de noviembre de 1939) 


jueves, 18 de julio de 2013

HOMENAJE




Madrid, 1º de abril de 1950.

“Rindo mi sentido homenaje a los doce Obispos, 4.000 sacerdotes, 2.000 religiosos, doscientas religiosas y millares de personas piadosas que murieron perseguidos por razón de su fe confesando al Señor.
“Frente al rencor satánico de sus verdugos, ofrecieron su mansedumbre y su perdón. El odio sectario de los enemigos de Cristo alfombró el camino de su gloria. Aportación cuantiosa al martirologio de la Iglesia no igualada por ningún otro pueblo de nuestra era.
“Si el ofrecimiento de la vida constituye el más grande y hermoso de los holocaustos, la sangre de los mártires es la que sin duda mueve más el corazón amantísimo de Jesús.
“Legión angélica de 7.000 mártires, valiosos intercesores de la Patria que tanto amaron. Ellos fueron parte principalísima de nuestra victoria y hoy fieles celadores de nuestra grandeza.
“¡Dichosa la tierra que cuenta con tales hijos, pues no puede ser abandonada por la mano de Dios!
“Ante su recuerdo besamos la tierra bendita de nuestra Patria que regó su sangre y acogió sus restos.”

FRANCISCO FRANCO      

(Fotocopia del autógrafo del Caudillo –íntegramente redactado por su puño y letra-, en “Boletín informativo de la Fundación Francisco Franco”, nº 40, enero-marzo 1987.)



18 DE JULIO: ANIVERSARIO DEL GLORIOSO ALZAMIENTO NACIONAL




RADIOMENSAJE A ESPAÑA DE S. S. PÍO XII

16 de abril de 1939

Con inmenso gozo Nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la católica España, para expresaros nuestra paternal congratulación por el don de la paz y de la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probadas en tantos y tan generosos sufrimientos.

Anhelante y confiado esperaba nuestro predecesor, de santa memoria, esta paz providencial, fruto, sin duda, de aquella fecunda bendición que, en los albores mismos de la contienda, enviaba “a cuantos se habían propuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la religión”. Y Nos no dudamos de que esta paz ha de ser la misma que Él mismo entonces auguraba, “anuncio de un porvenir de tranquilidad en el orden y de honor en la prosperidad”.

Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar, una vez más, sobre la heroica España. La nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del nuevo mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu.

La propaganda tenaz y los esfuerzos constantes de los enemigos de Jesucristo parece que han querido hacer de España un experimento supremo de las fuerzas disolventes que tienen a su disposición repartidas por todo el mundo. Y aunque es verdad que el Omnipotente no ha permitido, por ahora, que lograran su intento, pero ha tolerado al menos algunos de sus terribles efectos, para que el mundo viera cómo la persecución religiosa, minando las bases mismas de la justicia y de la caridad, que son el amor de Dios y el respeto a su santa ley, puede arrastrar a la sociedad moderna a los abismos no sospechados de inicua destrucción y apasionada discordia.




Persuadido de esta verdad, el sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó en defensa de los ideales de fe y civilización cristianas, profundamente arraigados en el suelo fecundo de España, y ayudado de Dios, “que no abandona a los que esperan de Él”, supo resistir el empuje de los que, engañados con los que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo.

Este primordial significado de vuestra victoria Nos hace concebir las más halagüeñas esperanzas de que Dios, en su misericordia, se dignará conducir a España por el seguro camino de su tradicional y católica grandeza, la cual ha de ser el norte que oriente a todos los españoles amantes de su religión y de su Patria en el esfuerzo de organizar la vida de la nación en perfecta consonancia con su nobilísima historia de fe, piedad y civilización católica.

Por esto exhortamos a los gobernantes y a los pastores de la católica España que iluminen la mente de los engañados mostrándoles con amor las raíces del materialismo y del laicismo, de donde han procedido sus errores y desdichas y de donde podrían retoñar nuevamente.

Proponedles los principios de justicia individual y social, sin los cuales la paz y prosperidad de las naciones, por poderosas que sean, no pueden subsistir. Y son los que se contienen en el Santo Evangelio y en la doctrina de la Iglesia.

No dudamos que así habrá de ser, y la garantía de nuestra firme esperanza son los nobilísimos y cristianos sentimientos de que han dado pruebas inequívocas el Jefe del Estado y tantos caballeros, sus fieles colaboradores, con la legal protección que han dispensado a los supremos intereses religiosos y sociales, conforme a las enseñanzas de la Sede Apostólica. La misma esperanza se funda, además, en el celo iluminado y abnegación de vuestros Obispos y sacerdotes, acrisolados por el dolor, y también en la fe, piedad y espíritu de sacrificio de que en horas terribles han dado heroica prueba las clases todas de la sociedad española.

Y ahora, ante el recuerdo de las ruinas acumuladas en la guerra civil más sangrienta que recuerda la historia de los tiempos modernos, Nos, con piadoso impulso, inclinamos, ante todo, nuestra frente a la santa memoria de los Obispos, sacerdotes, religiosos de uno y otro sexo y fieles de todas edades y condiciones que, en tan elevado número, han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica. Maiorem hac dilectionem nemo habet. No hay mayor prueba de amor.

Reconocemos también nuestro deber de gratitud hacia todos aquellos que han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales…




¡Ea, pues, queridísimos hijos! Ya que el arco iris de la paz ha vuelto a resplandecer en el cielo de España, unámonos todos de corazón en un himno ferviente de acción de gracias al Dios de la paz y en una plegaria de perdón y misericordia para todos los que murieron, y a fin de que esta paz sea fecunda y duradera, con todo el fervor de nuestro corazón os exhortamos a “mantener la unión del espíritu en el vínculo de la paz”. Así, unidos y obedientes a vuestro venerable Episcopado, dedicaos con gozo y sin demora a la obra urgente de reconstrucción que Dios y la Patria esperan de vosotros.

En prenda de las copiosas gracias que os obtendrán la Virgen Inmaculada y el Apóstol Santiago, Patronos de España, y de todas las que os merecieron los grandes santos españoles, hacemos descender sobre vosotros, nuestros queridos hijos de la católica España, sobre el Jefe del Estado y su ilustre Gobierno, sobre el celante Episcopado y su abnegado clero, sobre los heroicos combatientes y sobre todos los fieles, nuestra bendición apostólica.