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miércoles, 16 de noviembre de 2016

500 AÑOS DESPUÉS, DE RODILLAS ANTE LUTERO






Lo decimos con profundo dolor. Se diría que es una nueva religión la que ha surgido el pasado 31 de octubre en Lund durante el encuentro ecuménico entre el papa Francisco y los representantes de la Federación Luterana Mundial. Una religión cuyos puntos de partida están claros pero su meta es oscura e inquietante.

La consigna que más ha resonado en la catedral de Lund es la necesidad de un «camino común» que lleve a católicos y luteranos a pasar «del conflicto a la comunión». Tanto el papa Francisco como el pastor Martin Junge, secretario de la Federación Luterana, aludieron en sus respectivos sermones a la parábola evangélica de la vid y los sarmientos. Los católicos y los luteranos serían ramas secas de un mismo tronco que no lleva fruto a causa de la separación de 1517. Pero nadie sabe cuáles serían esos «frutos». Lo que por el momento parecen tener en común católicos y protestantes no es sino una profunda crisis, si bien por causas diversas.

El luteranismo ha sido uno de los principales factores de secularización de la sociedad occidental, y hoy en día agoniza por la coherencia con que ha desarrollado los gérmenes de disolución que llevaba en sí desde su nacimiento. A la vanguardia de la secularización han estado los países escandinavos, a los que durante mucho tiempo se ha considerado un modelo para nuestro futuro. Pero Suecia, después de transformarse en la patria del multiculturalismo y de los derechos homosexuales, es actualmente un país en el que apenas el 2 % de los luteranos son practicantes, mientras que el 10% de la población sigue la religión islámica.

Por el contrario, la Iglesia Católica atraviesa una crisis de autodemolición por haber abandonado su Tradición para abrazar el proceso de secularización del mundo moderno, precisamente mientras éste se descomponía. Los luteranos buscan en el ecumenismo un soplo de vida, y la Iglesia Católica no advierte en dicho abrazo el hálito de la muerte.

En la ceremonia de Lund se ha afirmado también: «Lo que nos une es más de lo que nos divide». Pero ¿qué es lo que une a católicos y luteranos? Nada salvo el bautismo, que es el único de los siete sacramentos que reconocen los luteranos. En realidad, para los católicos el bautismo limpia el pecado original, mientras que para las luteranos no puede eliminarlo, porque para ellos la naturaleza humana es radicalmente corrupta y el pecado es invencible. La fórmula de Lutero «peca mucho pero cree mucho más» sintetiza su pensamiento. El hombre es incapaz de hacer el bien y no puede sino pecar y abandonarse ciegamente a la misericordia divina. De un modo arbitrario e inapelable, Dios decide quien se salva y quien se condena. No existe la libertad, sino tan sólo la rigurosa predestinación de los elegidos y los condenados.

viernes, 22 de julio de 2016

FRANCIA - II



Niza: la guerra de religión continúa



Tiene razón el papa Francisco cuando, desde hace más de un año, afirma que ya ha empezado la tercera guerra mundial, que se está librando en pequeños episodios aislados. Pero es preciso añadir que se trata de una guerra de religión, porque los móviles de quienes la han declarado son religiosos, y hasta los homicidios que se perpetran en su nombre son de índole ritual.

Francisco ha calificado la masacre de Niza de acto de violencia ciega. Ahora bien, la furia homicida que indujo al conductor del Tir a sembrar la muerte en el paseo marítimo no fue un acto irracional de locura: fue fruto de una religión que incita al odio e instiga a la violencia. Los mismos móviles religiosos desencadenaron las matanzas del Bataclan de París, de los aeropuertos de Bruselas y Estambul y del restaurante de Dacca. Ninguno de estos atentados, por muy bárbaros que sean, son ciegos, sino que forman parte de un plan lúcidamente expuesto por el DAESH en sus documentos.

El portavoz del Daesh, Abu al-Adnani, en una grabación difundida en Twitter a fines de mayo, lanzó un llamamiento a asesinar en Europa en nombre de Alá con estas palabras: «Rómpele la cabeza con una piedra, asesínalo a cuchilladas, atropéllalo, arrójalo de un lugar elevado, estrangúlalo o envenénalo». Y el Corán no se expresa de modo diferente al hablar de los infieles. Lo que sí es síntoma de locura ciega es seguir cerrando los ojos a esta realidad.

Nos engañan haciéndonos creer que la guerra que se está librando no la ha declarado el islam contra Occidente, sino que es una guerra intestina del mundo musulmán, y que la única forma de salvarse es ayudar al islam moderado a derrotar al fundamentalista. Pero hablar de islam moderado es caer en una contradicción, porque si los mahometanos se secularizan e integran en la sociedad occidental, dejan de ser musulmanes o se vuelven musulmanes no observantes, malos musulmanes. Un verdadero musulmán puede renunciar, por oportunismo, a la violencia, pero siempre considerará legítimo hacer uso de ella con los infieles, porque así lo enseña Mahoma.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

UN SIMIO EN SAN PEDRO






El 8 de diciembre pasado tuvo lugar en Roma un detestable sacrilegio a la basílica de San Pedro, el que fue placenteramente contemplado por el papa Francisco desde la ventana de sus aposentos, y al que en nuestro país no le dimos, me parece, la importancia simbólica que tuvo. Pueden ver el espectáculo aquí
Todas las profecías sobre los últimos tiempos y sobre los falsos profetas que lo poblarán hablan de las asombrosas magias que éstos serán capaces de hacer a fin de encandilar a las multitudes. Y el espectáculo de luz y sonido que se vio era mágico: parecía que realmente la basílica se poblaba de enormes bestias salvajes y se inundaba por oceánicas corrientes de agua.
Nuestros amigos italianos, particularmente dotados de sensibilidad para estos temas, han reaccionado con firmeza y claridad frente a tamaña profanación. Les dejo la traducción de los párrafos más sobresalientes de los artículos de Roberto De Mattei, Antonio Socci y Alessandro Gnochi:


Durante el show, pagado por el Banco Mundial, las imágenes de gigantescos leones, tigres y leopardos se superpusieron a San Pedro, que se levanta justamente sobre las ruinas del circo de Nerón, donde las bestias salvajes devoraban a los cristianos. Gracias al juego de luces, la basílica parecía derrumbarse, disolverse y sumergirse en el agua, mientras sobre su fachada aparecían peces payaso y tortugas marinas, casi evocando la liquefacción de las estructuras de la Iglesia, privadas de cualquier elemento sólido. Una enorme lechuza y extraños pájaros volaban sobre la cúpula, mientras monjes budistas marchando parecían indicar un camino de salvación alternativo al cristianismo. Ningún símbolo religioso, ninguna referencia al cristianismo, la Iglesia cedía el paso a la naturaleza soberana.

Cuando hace cincuenta años se concluía el Concilio Vaticano II, el tema dominante de ese hecho histórico parecía ser un cierto “culto del hombre”, encerrado en la fórmulahumanismo integral de Jacques Maritain. El libro del filósofo francés que lleva ese título es de 1936, pero su influencia se da sobre todo cuando uno de sus más entusiastas lectores, Juan Bautista Montini, convertido en Papa con el nombre de Pablo VI, quiso hacerlo una brújula de su pontificado. El 7 de diciembre de 1965, en el homilía de la Misa, Pablo VI recordó que en el Vaticano II se había producido el encuentro “entre la religión del Dios que se ha hecho hombre” y la “religión (porque eso es) del hombre que se hace Dios”.

Cincuenta años después, asistimos al pasaje del humanismo integral a la ecología integral, de la Carta de los derechos del hombre a la de los derechos de la Naturaleza. En el siglo XVI, el humanismo había rechazado la civilización cristiana medieval en nombre del antropocentrismo. El intento de construir la ciudad del hombre sobre las ruinas de la ciudad de Dios falló trágicamente en el Novecientos, y de nada sirvieron los intentos de cristianizar el antropocentrismo bajo el nombre de humanismo integral. A la religión del hombre se la sustituye por la de la tierra; al antropocentrismo, criticado por sus “desvíos”, se lo sustituye por una nueva visión eco-céntrica. La teoría del género, que disuelve toda identidad y toda esencia, se inserta en esta perspectiva panteísta e igualitaria. (Roberto de Mattei).


“Un espectáculo inconcebible en la plaza de San Pedro; una afrenta a la basílica símbolo de la catolicidad”, escribía Riccardo Cascioli, director del diario católico online Nueva brújula cotidiana.