jueves, 11 de abril de 2013

DEL DIÁLOGO ENTRE LA NUEVA IGLESIA Y LA NUEVA FRATERNIDAD




“Charlemos”, dice el tango. “Charlemos, nada más/Soy el cautivo/de un sueño tan fugaz/que ni lo vivo”.


Decía Monseñor Lefebvre: “La unión adúltera de la Iglesia y la Revolución se concreta en el diálogo”.

Vieja estrategia que empezó con la serpiente ante Eva, la Roma ocupada por los modernistas ha ofrecido el “diálogo” a la Fraternidad San Pío X para hacerla caer del mismo astuto modo. Y la Fraternidad, como la primera mujer, ha aceptado el convite y entrado en esa dialéctica tramposa y embarulladora cuyos resultados son la caída que hoy se observa. Consagrado oficialmente por la secta modernista en el Vaticano II, ya anteriormente había dicho Pablo VI sobre el diálogo: “A propósito de este impulso interior de caridad que tiende a traducirse en un don exterior, Nos empleamos el nombre que ha llegado a ser usual de diálogo” (Ecclesiam suam, 6 de agosto de 1964).
Continuaba Mons. Lefebvre: “Nuestro Señor dijo: “Id, enseñad a las naciones y convertidlas”, pero no dijo “Dialogad con ellas sin tratar de convertirlas”. El error y la verdad no son compatibles, dialogar con el error supone colocar a Dios y al demonio en el mismo plano” (Carta abierta a los católicos perplejos). Pero la aceptación del diálogo para un acuerdo doctrinal sin la conversión de Roma “porque no es práctico” se convirtió en la política oficial de Menzingen, con la excusa de que a partir de 2006 habían cambiado las cosas en Roma y había posibilidades de “restaurar todo en Cristo”…a través del diálogo.


Dialoguemos.

“La mayor victoria del diablo –dijo Mons. Lefebvre- consiste en haber emprendido la destrucción de la Iglesia sin hacer mártires”. Ahora se podría decir que “la mayor victoria de la Roma modernista consiste en haber emprendido la destrucción de la Fraternidad San Pío X inoculando el liberalismo en sus conductores, dialogando con ella y “levantando sus excomuniones” sin haber firmado nada. Con el saldo para Menzingen de un obispo y varios sacerdotes despedidos, perseguidos y despreciados…por no aceptar el diálogo con vistas a un acuerdo sin la conversión de Roma.

En su citado e indispensable libro, Monseñor Lefebvre pone un ejemplo: “Tuve la oportunidad de ser testigo de una operación de este tipo en mi congregación, de la cual fui superior general durante un tiempo. Lo que primero se exige al sujeto es que “confiese el cambio”: el concilio ha determinado cambios, por lo tanto es menester que también nosotros mismos cambiemos”. Del mismo modo Monseñor Fellay ha confesado el “cambio” de Roma (véase el Cor Unum de marzo de 2012) y exige ahora a todos que acepten esa mirada suya conciliadora con “los nuevos amigos” de Roma. ¡Nada nuevo hay bajo el sol! Sólo las caras cambian, pero el enemigo de Dios usa siempre el mismo truco, con diferentes agentes cooperadores, conscientes o no.

Extracto del excelente libro del Padre Álvaro Calderón “Prometeo. La religión del hombre. Ensayo de una hermenéutica del Concilio Vaticano II” (puede leerse en este enlace)

Comunión y Diálogo

“Los vínculos que establecen la Comunión que es la Iglesia, son múltiples y están librados a una múltiple interpretación. Hay vínculos verticales con Dios y horizontales entre los hombres (cf. Communionis notio n. 3), visibles e invisibles (ibíd. n. 4); entre los visibles están los ministerios jerárquicos, los sacramentos, los «elementa Ecclesiae», los «semina Verbi»; entre los invisibles, la unión quodammodo de todo hombre con Cristo. Pero si quisiéramos encontrar la noción vinculante necesariamente asociada a la de Comunión, que tenga la misma amplitud y la misma aceptación, no habría que buscarla en el orden entitativo (pues lo que las cosas son en sí hoy está puesto en discusión y reina la libertad de opinión), sino en el operativo: es el «Diálogo» (que no se discute porque es discusión). Es verdad que si consideramos qué es una comunidad dialógica, más que la Iglesia nos aparece la Humanidad, pues el diálogo es propio del hombre en cuanto animal social.
 Pero entonces comprobamos que no andamos desencaminados, pues a   esta identificación quería llegar el humanismo conciliar. El verdadero vínculo que, a modo de sacramento instituido por el Concilio, significa y realiza la unidad de la Iglesia en el Género Humano, es el sacrosanto Diálogo:
• El diálogo ad intra.  Ya no es el Magisterio infalible quien establece y sostiene el vínculo fundamental de la Iglesia, la fe en la Revelación, sino el diálogo de la comunión eclesiástica.
• El diálogo ad extra. Ya no es la Misión evangelizadora quien convierte las almas y las incorpora por el bautismo a la unidad eclesiástica, sino que el diálogo ecuménico une religiones y culturas en el respeto de la diversidad (1).

Dijo la serpiente a la mujer: “No moriréis”

 Hagamos una última observación. Se trata del diálogo de un subjetivismo optimista, es decir, de un diálogo que cree progresar siempre por la superación de la simple y llana contradicción, no al modo escolástico sino al modo hegeliano (2). De manera que es un diálogo sin adversarios, que siempre une y nunca provoca división (3). Este aspecto tan esencial del pensamiento conciliar, pues constituye el entramado de la nueva «Comunión de los Santos» (es decir, de todo hombre) y el fundamento de su esperanza, nos parece quizás el más perverso. Porque cree hallar el progreso de la Comunión no en la suma de los iguales, que nada nuevo pueden aportar, sino en la complementariedad de los contradictorios. Pero entonces se va a buscar el crecimiento de la verdad por el aporte de la falsedad (4) y el aumento del bien por la contribución del mal.
Por desgracia, no se trata de divagaciones metafísicas. La que hasta ahora consideramos peor afirmación del Concilio, al hablar «de la ayuda que la Iglesia recibe del mundo moderno», sostiene: “La Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios” (Gaudium et spes 44). Es una gran verdad católica que las herejías causaron el progreso de la doctrina de la Iglesia y las persecuciones el crecimiento de su santidad, pero ¡no son causas per se a las que haya que agradecerles tales efectos! Es horrible expresarlo, pero ¿la Virgen debía agradecer a Caifás la crucifixión de su Hijo, que todo bien trajo a la humanidad? Es una burla satánica sobre la cuestión del mal, pero así piensa y funciona la dialéctica hegeliana: los contradictorios son causas per se de la síntesis superadora. El Concilio agradece a la Revolución francesa haber guillotinado a sus clérigos, porque la Iglesia aprovechó para ser más democrática; le agradece al Islam haber descuartizado a sus fieles, porque se volvió más ecuménica. Este sistema de teoría y praxis lleva a la jerarquía actual a traicionar sistemáticamente a los fieles y dialogar amablemente con los perseguidores (5). Ignora a los rusos uniatas y dialoga con los cismáticos; silencia a los católicos chinos martirizados y conversa con los «patriotas»; evita a los cubanos anticomunistas y fuma un habano con Fidel Castro. Es así que convocó la Comunión de Asís y excomulgó la Tradición. El concilio ha retomado el diálogo de Eva  con la serpiente, que pone en entredicho la veracidad de Dios”.


Notas de Syllabus:
(1)  En ese marco de respeto de la diversidad –siempre y cuando se mantenga el carácter de diversidad y, por lo tanto, de anomalía o mera curiosidad, pero no de norma o uniformidad-, es que Roma ha entablado el diálogo con las distintas congregaciones de la Tradición, que una a una fueron perdiendo de a poco su identidad inicial para convertirse en un elemento más –con sus peculiaridades- de la gran mezcla ecuménica modernista. Este ecumenismo ad extra, entonces, ha sido aplicado para las congregaciones de la Tradición como si éstas fueran embajadoras de otras religiones y a las cuales había que aplicarles el “diálogo interreligioso”, aceptado por la Fraternidad.  La única condición de Roma a la Tradición es que ésta respete también su “diversidad” (diversidad con respecto a la Tradición, no con respecto a ellos mismos), esto es, su sumisión al ídolo del Vaticano II. Una medida clave al respecto fue el motu proprio Summorum Pontificum, donde se reconoce la “diversidad” de la Misa tradicional pero subordinada a la Misa nueva, cosa que la Fraternidad aceptó. Una vez que se acepta –aunque sea a regañadientes, lo mismo da- la conciliación o la convivencia entre las diferencias inconciliables, se acepta esa superación de las diferencias que ha traído el “diálogo”.

(2)  En efecto, del (aparentemente) modo escolástico propuesto para las discusiones doctrinales se pasó luego del fracaso de éstas al modo hegeliano para buscar un acuerdo práctico sin acuerdo doctrinal.

(3) ¿Qué pasó con el diálogo “doctrinal” entre la FSSPX y Roma? Luego de dos años de diálogo, no hubo acuerdo acerca de la doctrina, es decir, no hubo acuerdo acerca de lo que dialogaron. Sin embargo, Roma hizo una propuesta para llegar a un acuerdo, y la Fraternidad la aceptó con unas condiciones que la ponían en manos de Roma (sólo la oposición de los ultramodernistas, que deseaban obtener más de inmediato, evitó el escandaloso acuerdo). Se decidió superar la contradicción a partir de las diferencias. Ya lo dijo el padre Niklaus Pfluger, en Hattersheim, en abril de 2012:   “Estos acontecimientos sugirieron a Monseñor Fellay dejar de lado el principio que guio las negociaciones con Roma. Este principio era: “ninguna solución práctica sin acuerdo doctrinal”. Pero los acontecimientos pasados probaron que las diferencias relativas a la cuestión doctrinal no pueden ser resueltas. El papa quiere una solución canónica para la FSSPX… Si la Fraternidad rechaza un acuerdo, incluso en estas circunstancias, el resultado podría ser nuevas excomuniones".  Y también Mons. Fellay en su conferencia a los sacerdotes y seminaristas en el Seminario de La Reja en octubre del 2012: “La condición del capítulo del 2006 que decía que no debemos buscar una solución práctica antes de la doctrinal, es en teoría muy clara pero en la práctica impracticable. ¿Qué significa “doctrinal resuelta”? Eso jamás estará porque en la Iglesia Militante siempre habrá problemas. Por eso hemos tomado una perspectiva más concreta, no hay diferencia con la primera, porque decir que tenemos derecho a atacar los errores significa que la autoridad está de acuerdo, significa una conversión. Es muy claro. Significa que la cabeza no es liberal porque un liberal, modernista, un liberal no puede permitir que se ataque al liberalismo. Poner las cosas de modo más práctico. No hay diferencia fundamental con la primera (2006), es más fácil de verificar”. Hay aquí entonces un subjetivismo optimista producto de largos años de diálogos con los modernistas, que sin haber llegado a las conclusiones que se pretendían coincidentes con los interlocutores, ahora llega a otras conclusiones “más prácticas”. El truco está en no hacer tan contradictorios a esos contrarios, en disminuir las diferencias, las distancias, entre lo absolutamente inconciliable.

(4) Retengamos esto: “el crecimiento de la verdad por el aporte de la falsedad”. ¿No fue esta acaso la táctica utilizada para la imposición de dos medidas aplaudidas por la cúpula de la Fraternidad como dos grandes logros y triunfos de la Tradición? Nos referimos a 1. el ya mencionado motu proprio sobre la misa tradicional, que mezcla la verdad con el error y falsifica el verdadero alcance que debe tener la misa tradicional que no puede convivir con una misa mala y que “se aleja de manera impresionante, en conjunto y en detalle, de la teología católica de la Santa Misa, cual fue formulada en la XXII Sesión del Concilio de Trento, el cual, al fijar definitivamente los “cánones” del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera menoscabar la integridad del mismo” (Cardenales Bacci y Ottaviani, “Breve examen crítico del “Novus Ordo Missae”), un rito que, como dicen los mismos autores, “complacerá en sumo grado a todos aquellos grupos que, ya próximos a la apostasía, devastan a la Iglesia, ya sea manchando su cuerpo, ya sea corroyendo la unidad de su doctrina, de su moral, de su liturgia y de su disciplina. Peligro más terrible que éste nunca existió en la Iglesia”.  y 2. El “levantamiento de las excomuniones” falsas, so pretexto de acercar más fieles a la Tradición y la misa tradicional; véase acá la gran contradicción: se acepta y agradece un motu proprio que coloca a la misa nueva como el rito ordinario de la Iglesia, y después se pretende aceptar una medida irreal e injusta con la excusa de que los fieles podrán participar más de la misa tradicional, que para el motu proprio aceptado es el rito extraordinario de la Iglesia. Si la Iglesia lo impone como extraordinario, ¿cómo esperar después que deje de serlo por sí mismo? “Roma locuta, causa finita”.

(5) Del mismo modo la FSSPX ha sido llevada por sus actuales autoridades a dialogar amablemente con los perseguidores de la Tradición católica, con los amigos de los perseguidores de Cristo, con los que persiguen a Cristo con sus herejías modernistas. ¿Cómo se puede conciliar al Papa de las Sinagogas, de la nueva reunión de Asís, del Vaticano II y del Nuevo Orden Mundial con la Tradición católica? Allí aparece la dialéctica hegeliana: tesis-antítesis y síntesis: una Fraternidad San Pío X para la cual criticar muy duramente el Vaticano II puede conducir al sedevacantismo, para quien aquel enseñó una libertad religiosa “muy, muy limitada”, para quien es aceptable el nuevo Código de Derecho canónico, para quien la situación ha cambiado a partir del 2006 y entonces se debe ser optimista, etcétera.